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Full text of "Eduardo Acevedo - 1933 - Anales Históricos del Uruguay Tomo I"

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EDUARDO ACEVEDO 


OBRAS HISTÓRICAS 


Anales Históricos 
del Uruguay 


TOMO I 


1933 

"CASA A. BARREIRO Y RAMOS” S. A. 
MONTEVIDEO 



EDUARDO ACEVEDO 


OBRAS HISTÓRICAS 

Anales Históricos 
del Uruguay 

tomo i 


1933 

“CASA A. BARREIRO Y RAMOS" S. A. 
MONTEVIDEO 




Hay dos maneras de escribir una obra de 
historia nacional. La primera , dando entrada 
a muchos detalles que fatigan el cerebro , 
sin dejar sedimento alguno; y la segunda, 
sacrificando esos detalles para dar amplitud 
a la. parte de hechos susceptibles de deter- 
minar onentacÁones y de formar un . criterio 
permanente en el alunmo . 

He optado por la segunda , porque me pod- 
rece la más pedagógica y la que mejor res- 
ponde al decreto gubernativo de mayo del 
corriente año (1916), cuando señala la nece- 
sidad de redactar una obra de historia na- 
cional Cí adaptable a la vez a la enseñanza 
primaria y a la secundaria, ’ como libro de 
lectura y temas de composición , en la pri- 
mera, y como texto de clase en la segun- 
da. . . reproduciendo los hechos sustanciales 
así como los documentos de más resonancia, 
cuya lectura permita a las generaciones del 
presente vivir la vida del pasado y de esta 
manera fortificar el sentimiento nacional 




PARTE PRIMERA 


Abarca los tiempos heroicos, desde la conquista del territorio 
por los españoles, hasta la cruzada de los Treinta y Tres 

Orientales. 




CAPITULO I 


LA HISTORIA DEL URUGUAY 


Su punto de arranque. 

La historia del pueblo uruguayo arranca realmente de las invasiones 
inglesas. 

Hasta el arribo del almirante Popham y del general Beresford al Río de 
la Plata, Montevideo y los demás centros de población, uruguaya eran simples 
engranajes de una organización militar genuinamente española, de la que 
estaban sistemáticamente excluidos los criollos y todos sus intereses cívicos 
y económicos. 

El. español procedente de- España era el dueño del gobierno, y sus inte- 
reses eran los únicos que se tomaban en cuenta. 

La vida oscura, casi claustral, de la población criolla, torna así la his- 
toria primitiva del Uruguay en historia exclusivamente española, con perso- 
najes españoles, únicos que se mueven en el escenario hasta la rendición de 
Buenos Aires a las tropas inglesas. 

Durante los trescientos años que median entre la toma de posesión por 
Solís y la reconquista de Buenos Aires, el Uruguay resulta entonces un trozo 
de España, sin historia propia, sin derechos y' sin intereses propios, porque 
hasta la misma vida económica estaba subordinada a la madre patria, que 
todo lo centralizaba, temerosa de un antagonismo de intereses que pudiera 
obstaculizar la absoluta absorción y el absoluto aprovechamiento del Conti- 
nente por sus conquistadores. 

Están, sin duda alguna, en el coloniaje los orígenes remotos, desde t que 
la estructura intelectual, moral y física del uruguayo surgido a- la vida cívica 
en 1806, es el resultado de una adaptación de la raza española al territorio 
conquistado a los charrúas, y de una selección de tipos transmitida de padres 
a hijos por la ley de herencia. 

El pueblo uruguayo surge a la vida con tres actos de gloria. 

Pero el Uruguay, como organismo propio, surge a la vida con ocasión de 
la toma de Buenos Aires por los ingleses, y desde ese momento para servir 
de guía al Río de la Plata. 

Frente al sometimiento tranquilo y resignado de Buenos Aires, los crio- 
llos de Montevideo se organizan militarmente, confieren a su Gobernador 
Ruiz Huidobro facultades que las instituciones reservaban expresamente a la 
Corte de Madrid y, fuertes en su derecho, cruzan el río, asaltan las posiciones 
fortificadas y obligan al ejército inglés a capitular sin condiciones. 

Tal es el acta de nacimiento del pueblo uruguayo, acta de nacimiento de 
un pueblo gigante, que despierta a Buenos Aires de la siesta colonial y pro- 
voca la destitución del Virrey Sobremonte. 

En una segunda etapa de su desarrollo cívico, da el pueblo uruguayo 
en 1808 el molde de las Juntas Gubernativas demoledoras del andamiaje 
español. Repudiado al principio en Buenos Aires, como un invento diabólico, 
fué allí, sin embargo, donde tuvieron que fundir los proceres de Mayo la 
fórmula revolucionaria de 1810. 

•Completando su obra, presenta luego el pueblo uruguayo en las Instruc- 
ciones de 1813, el tipo insuperable de organización institucional que habría 
de servir de modelo a la Argentina y que aún hoy, a más de cien años de 
distancia, continúa siendo el eje de los más nobles movimientos de la vida 
cívica en todo el antiguo dominio colonial. 



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ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Necesidad de formar ei sentimiento nacional. 

Se trata de un desarrollo orgánico y progresivo, que convierte al Uruguay 
en admirable laboratorio de las nuevas nacionalidades, pero que a la vez lo 
condena a dolorosos sacrificios, bajo forma de Incesantes guerras de exter* 
minio de hombres y de absorción de territorios, iniciadas por los mismos 
pueblos hermanos que más habrían de aprovechar de su ejemplo y de su v 
impulso orientador. 

La historia política del Uruguay es la más rica de todas las de las colo- 
nias españolas, hasta 1820 por lo menos. Porque después de ese año, en 
que Artigas desaparece del escenario, empieza un período, sólo interrumpido 
por la epopeya de los Treinta y Tres, de disensiones que desangran y postran 
al Uruguay' durante tres cuartos de siglo, mientras los demás países avan- 
zan en paz a la sombra del mismo programa institucional que actúa como 
factor de guerra y de ruinas irreparables para el pueblo que lo había in- 
cubado. 

Y hay que difundirla en las escuelas de nuestra población cosmopolita, 
como medio de propender a la formación de un «sentimiento nacional», a base 
de glorias absolutamente indiscutibles, o, lo que es lo mismo, de una herencia 
común que nadie se atreva a repudiar, sean cuales fueren las actuales y futu- 
ras divergencias de criterio, entre colorados o blancos, liberales o católicos, 
individualistas o socialistas, nacidos en el país o extranjeros vinculados a él 
por su familia o por sus intereses. 


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CAPITULO II 


DESCUBRIMIENTO Y TOMA DE POSESIÓN DEL TERRITORIO URUGUAYO 

POR LOS ESPAÑOLES 


Exploraciones iniciales. 

Dos veces llegó Juan Díaz de Solís al Río de la Plata: en 1512 y en 1516. 

La primera, se detuvo a la altura de Maldonado, y fué recibido en forma 
amistosa por los charrúas, que eran, los dueños del territorio. 

La segunda, desembarcó también en Maldonado, y reanudando su viaje 
costeó el Río de la Plata, al que bautizó con el nombre de «Mar Dulce»; 
dió nombre a la isla de Martín García, en recuerdo de uno de sus compañeros 
de viaje allí fallecido; y tomó posesión de la tierra firme, a la altura de la 
Colonia. Esta vez los charrúas, vengando, sin duda alguna, ofensas recibidas, 
atacaron a los conquistadores y dieron muerte en la pelea a Juan Díaz de Solís. 

Cuatro años después, una segunda expedición española, al mando de 
Hernando de Magallanes, arribó al Río de la Plata; bautizó el Cerro con el 
nombre que tiene actualmente la capital del Uruguay, y alejándose luego 
de nuestras costas, en dirección al extremo del Continente, descubrió el estre- 
cho que lleva el nombre del jefe de la expedición. 

En 1527, una tercera expedición española al mando de Sebastián Gaboto, 
construyó una fortaleza a orillas del río San Salvador y, extendiendo sus 
exploraciones al Paraná, arrebató a los indios de aquella región una carga de 
plata, que provenía de otras tierras, pero que asimismo dió lugar a que el 
«Mar Dulce» de Solís recibiera la denominación actual de Río de la Plata. 

Los charrúas. 

Estaba poblado el territorio del Uruguay, al tiempo del descubrimiento, 
por diversas tribus indígenas, destacándose los charrúas, que ocupaban todo 
el litoral del Océano, del río de la Plata y del río Uruguay; los chanás, que 
ocupaban las islas del río Negro; los yaros, que carecían de residencia fija; 
los guenoas, minuanes o charrúas de Santa Fe, triple denominación que apli- 
caban los españoles a otras importantes tribus compuestas, según todos los 
indicios, de verdaderos charrúas uruguayos que se habían corrido a las már- 
genes del Paraná y que luego tuvieron que replegarse a su territorio de origen 
ante la presión española. 

Los charrúas figuraban a la cabeza de todas las demás naciones indígenas 
del Uruguay. Sus cualidades eran verdaderamente notables. 

Poseían en el más alto grado de desarrollo el espíritu de independencia 
y el amor a la tierra natal. Carecían de jefes, funcionarios o mandatarios 
permanentes, y sólo admitían la designación de superiores para una tarea 
determinada o en momentos de guerra. 

El valor de los charrúas jamás fué superado, ni siquiera igualado en todo 
el amplio escenario primitivo del continente americano. 

Verdaderos valientes, jamás atacaban al hombre pacífico y eran huma- 
nitarios con el vencido. 

Alimentábanse con productos de la caza y de la pesca. 

Su género de vida y el dilatado territorio que estaban obligados a reco- 
rrer y defender, les daban condiciones de agilidad y fortaleza que admiraban 
a los españoles. 



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ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


«Hoy aquí, mañana allá — escribe el historiador Lozano — siempre 
peregrinos y siempre en su patria, hallándose en todas partes para su útil 
y gozando de los frutos del país, según las estaciones del año.» 

Luchas que sostienen con los españoles. 

Durante tres siglos sostuvieron la lucha, una lucha brava a la que sólo 
pudo poner término el conquistador español mediante el exterminio total del 
vigoroso pueblo que defendía palmo a palmo su territorio, en condiciones de 
tenacidad y de heroísmo no superadas en la historia de América. 

Con la expedición de Sebastián Gaboto en 1527, empieza la toma efec- 
tiva de posesión del territorio uruguayo por los españoles. 

Ese cuerpo expedicionario construyó efectivamente un fuerte a orillas 
del río San Salvador y organizó la exploración de la costa uruguaya. Pero los 
exploradores, que iban al mando del capitán Juan Alvarez Ramón, fueron 
derrotados por los indios yaros, y el fuerte de San Salvador fué atacado y 
destruido por los charrúas. La guarnición tuvo que reembarcarse con des- 
tino al Paraná, y Gaboto volvió a España absolutamente decepcionado. 

En 153 5 arribó al Río de la Plata la expedición de don Pedro de Mendoza 
y los españoles tomaron posesión de la región que hoy ocupa Buenos Aires, 
habitada a la sazón por los indios querandíes. A raíz de una derrota infli- 
gida a los indígenas, fundó allí don Pedro de Mendoza una ciudad. Pero lós 
querandíes volvieron al ataque, ayudados por los charrúas, y sitiaron e incen- 
diaron la población, obligando a sus habitantes a desalojar esa zona que sólo 
pudo ser reconquistada en 1580 por don Juan de Garay, mediante la funda- 
ción definitiva de la ciudad de Buenos Aires. 

Los españoles tuvieron, por efecto de ese desastre, que dirigirse' al Para- 
guay, donde fundaron la Asunción, como asiento más tranquilo para el go- 
bierno del Río de la Plata. 

Uno de los gobernantes de la Asunción, don Domingo Martínez de Irala, 
ordenó en 15 52 al capitán don Juan Romero la fundación de un pueblo en 
territorio uruguayo. De acuerdo con esa orden, Romero fundó la ciudad 
de San Juan, aunque en condiciones muy jprecarias. Los charrúas obligaron, 
efectivamente, a los nuevos colonos a reembarcarse con destino al Paraguay. 

E’n 1573 arribó al Río de la Plata y se situó a la altura de la Colonia 
otra fuerte expedición española, al mando de don Juan Ortiz de Zárate. 

Los charrúas recibieron sin violencia a los expedicionarios. Pero las 
tendencias de la época se encargaron bien pronto de promover la ruptura 
de relaciones. 

Un desertor español había buscado asilo en el campo charrúa, y Ortiz 
de Zárate resolvió, por vía de represalia, la aprehensión de un indígena. 
Los soldados encargados del cumplimiento de esa orden arrestaron al sobrino 
del caudillo más prestigioso de los charrúas. Zapicán, que así se llamaba el 
caudillo, consiguió al fin la libertad del prisionero, a cambio de la entrega 
del desertor. Pero ya los ánimos quedaban agriados y los charrúas en pleno 
tren de lucha para la defensa de su territorio y la libertad de sus pobladores. 

El plan de campaña que se trazó Zapicán, abarcaba la zona que se extiende 
desde la Colonia, hasta las márgenes del Paraná, con el concurso de otros 
caudillos que respondían a su influencia. 

En uña primera batalla salieron triunfantes los indígenas. Pero los 
españoles recibieron refuerzos de Santa Fe, al mando de Juan de Garay, y 
de San Vicente a.1 mando de Melgarejo, y las condiciones de la lucha cam- 
biaron fundamentalmente. 

Atacaron asimismo los charrúas al cuerpo expedicionario de Garay en 
las márgenes del San Salvador, librándose con tal motivo la más grancTe y 
sangrienta batalla de la época. Todos los principales caudillos indígenas, 



DESCUBRIMIENTO DEL URUGUAY POR LOS ESPAÑOLES 


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incluso Zapicán, fueron muertos por los españoles, y los charrúas abando- 
naron el campo en plena derrota. 

C'omo consecuencia del nuevo giro que tomaba la conquista, Ortiz de 
Zárate, que había buscado asilo en la isla de Martín García, se dirigió a las 
márgenes del San Salvador y fundó una ciudad, que poco después era aban- 
donada, bajo la presión de los indígenas, reembarcándose los pobladores para 
la Asunción. 

Corresponden a este período algunos actos de crueldad que por primera 
vez atribuyen los testigos de la conquista a los charrúas, que ya habían per- 
dido a todos sus caudillos y que estaban bajo la presión de una formidable 
derrota. 

Cerca de treinta años corrieron sin que los españoles volvieran a terri- 
torio uruguayo. En 1603, finalmente, el Gobérnador de la Asunción, Her- 
nando Arias de Saavedra, resolvió dirigirse contra los charrúas, y así lo hizo 
al frente de un ejército de quinientos soldados. 

Esta vez los charrúas salieron victoriosos. Todo el ejército español quedó 
tendido en el campo de batalla, escapando a duras penas el jefe expedicionario. 

A raíz' de ese gran desastre, escribió el Gobernador a la Corte de España 
un memorable oficio, en que decía que era imposible dominar el territorio 
uruguayo por la fúerza, y que entonces lo que convenía era ensayar la con- 
quista de las almas, por medio de la prédica religiosa. 

En 1617 fué creada la Gobernación del Río de la Plata, con asiento en 
Buenos Aires, segregándose sus territorios del Gobierno que regía en la 
Asunción. 

El primer Gobernador del Río de la Plata, don Diego de Góngora, ini- 
ció el plan de conquista pacífica propuesto por Hernando Arias de Saavedra. 

De ese impulso inicial resultó en 1624 la fundación del pueblo de 
Santo Domingo de Soriano, con los chanás de la isla del Vizcaíno. 

Los charrúas recibieron sin violencia a los misioneros y varios de sus 
caudillos consintieron en ir a Buenos Aires para saludar al Gobernador Gón- 
gora y a su sucesor don Francisco de Céspedes. Pero nada más pudo conse- 
guirse de su ardoroso espíritu de independencia y de su entrañable cariño a 
la tierra de la que iban siendo desalojados. 

El exterminio de la raza. 

Poco tiempo después de la fundación de la ciudad de Montevideo, fué 
asesinado un charrúa, y eso bastó para provocar el alzamiento de todos los 
indígenas próximos a la plaza. 

Varias expediciones españolas salieron en su persecución, pero fueron 
derrotadas, con pérdida de casi todos los hombres de guerra de la naciente 
ciudad. 

«Quedó la población, escribía uno de los funcionarios de la época, en la 
deterioridad que se deja suponer: llenas de lamento las familias y sin remedios 
a tanta fatalidad.» 

Algunos años más tarde, ante el anuncio de posibles disturbios en el 
campo de los indios minuanes, comunicaba el Gobernador de Buenos Aires, 
don José de Andonaeguy, al Cabildo de Montevideo, que había dado órdenes 
al Comandante Militar de la Plaza para que «pasase a cuchillo» y «exterminase» 
a los rebeldes, como ya se había hecho con los charrúas de la jurisdicción 
de Santa Fe. 

La campaña que entonces se inició, tuvo mejor resultado que las ante- 
riores. Tras una larga persecución, los charrúas fueron derrotados y des- 
hechos en las márgenes del Queguay. 

Otra campaña igualmente eficaz organizó el primer Gobernador de 
Montevideo, don José Joaquín de Viana, ante el amago de alzamientos. 



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ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


• 

Después de un sangriento combate en las márgenes del arroyo Tacuari, 
los charrúas tuvieron que replegarse al Norte del río Negro, ya muy raleados 
por las enormes bajas sufridas en las últimas batallas. 

En 1800 procuró el Virrey del Río de la Plata, marqués de Avilés, redu- 
cir a la obediencia a los restos flotantes de charrúas y minuanes. Y ante el 
fracaso de sus gestiones, organizó contra ellos una fuerte expedición militar 
al mando del capitán de blandengues, don Jorge Pacheco Ceballos, a quien 
los cronistas de la época atribuían la costumbre de encerrar a los prisioneros 
en cueros frescos, como medida de seguridad. 

La columna expedicionaria exterminó dos tolderías de charrúas ubicadas 
en el Arapey Grande y en las Sopas y luego remató su obra en las márgenes 
del Tacuarembó, donde estaba el campamento principal. 

Según el parte de Pacheco, los muertos eran tantos que fué imposible 
contarlos, y explicando la causa del exterminio, agregaba que los charrúas 
habían «peleado uno a uno y dos a dos con tanto espíritu como si tuvieran 
a su lado un ejército»; y que «entre ellos no hubo quien se quisiera rendir». 

Al empezar el siglo XIX ya no existían, pues, los primitivos dueños del 
territorio uruguayo. Habían caído por su espíritu de independencia y su 
entrañable amor a la tierra. 

Si los españoles, en vez de pretender reducirlos por la fuerza, los hubie- 
ran buscado como aliados, habrían podido oponer a la invasión portuguesa 
de Santa Catalina, del Río Grande y de las Misiones, una barrera formidable, 
librando luego al tiempo la obra de fusión de razas encaminada a la des- 
aparición definitiva de la barbarie, obra tanto más fácil cuanto que todos 
los testigos de la época están contestes en reconocer las grandes condiciones 
del indígena uruguayo. 



CAPITULO III 


ABSORCIÓN 1>E TERRITORIOS POR LOS PORTUGUESES 


Primitivos dominios españoles sobre el Atlántico. 

Las tierras españolas del Atlántico llegaban hasta Cananea, lo que im- 
porta decir que las actuales provincias brasileñas del Paraná, Santa Catalina 
y' Río Grande del Sur, formaban parte integrante del territorio uruguayo, y. 
servirían hoy de asiento a una gran Nación, con base en Montevideo, si la 
desidia de los conquistadores por un lado y la inagotable voracidad portu- 
guesa, por otro, no hubieran separado territorios que estaban unidos por la 
Naturaleza y por el título de la primera posesión. 

Carecían de colonias y de fortificaciones, y eso explica la maravillosa 
facilidad del avance portugués. 

El mismo territorio actual del Uruguay, estuvo expuesto varias veces al 
zarpazo, y el zarpazo se habría dado, desde un principio, si la proximidad 
del peligro no hubiera despertado el espíritu guerrero de las autoridades espa- 
ñolas que tenían asiento en Buenos Aires. 

Fundación de la Colonia por los portugueses 

« 

En 1680, el Gobernador de Río de Janeiro, don Manuel Lobo, fundó la 
ciudad de la Colonia, frente a Buenos Aires, para asegurar el movimiento de 
avance hasta el puerto mismo de Montevideo, y a la vez explotar el comercio 
de contrabando con las poblaciones del Río de la Plata, que estaban aisladas 
del mundo, sin poder exportar sus frutos, ni tampoco importar mercaderías 
extranjeras. 

Las autoridades españolas de Buenos Aires, reaccionando contra su mo- 
dorra, despacharon una expedición militar a cargo de Vera Mujica, que cruzó 
el río y tomó por asalto la plaza. Pero casi en seguida se encargó la diplo- 
macia de restituir la presa a los portugueses, sin perjuicio de los derechos de 
las coronas de España y Portugal, que serían ventilados oportunamente. 

Dueños del terreno, los portugueses se preocuparon de consolidarlo, me- 
diante un fuerte impulso comercial que llegó a, inspirar verdadero pavor al 
Cabildo de Buenos Aires. 

Véase, efectivamente, lo que decía esa corporación al Rey de España, 
al pedir en dioiembre de 1699 la destrucción de la Colonia: 

«Crecerá de suerte la Colonia de San Gabriel que será en breve, una de 
las mayores poblaciones de la Europa y de pequeña centella, no apagada en 
los principios, pasará a rayo que encienda y devore toda la América, mayor- 
mente si como tiene tratado aquella Corona fortifica y se apodera de la 
i6la de Maldonado, que está sita en la boca de este gran río.» 

La diplomacia portuguesa supo triunfar, sin embafgo, de todas las resis- 
tencias. El tratado celebrado en 1681 por las coronas de España y Portugal, 
había restituido transitoriamente la Colonia a los usurpadores, mientras se 
arribaba a la discusión definitiva sobre límites. Pues bien: un segundo tra- 
tado celebrado en 1701, se encargó de ratificar la restitución de una manera 
lisa y llana, o sea sin subordinar el título a futuros debates sobre límites. 

Poco después se rompían las relaciones entre España y Portugal, y el 
Gobernador de Buenos Aires, Valdez Inclán, cruzaba el río con su ejército, 
ponía sitio a la Colonia, y obligaba a los portugueses a embarcarse para Río 
de Janeiro a principios de 1705. 

De nuevo la diplomacia se encargó de inutilizar el esfuerzo de las armas 



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ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 



y de restituir la Colonia a los portugueses, y otra vez el territorio uruguayo 
se convirtió en emporio del contrabando, sobre la doble base de la compra 
de frutos de Buenos Aires y de la venta de mercaderías europeas transpor- 
tadas por buques portugueses e ingleses principalmente. 

Eran tan tentadoras las ganancias, que el corsario francés Esteban Moreau 
tomó también posesión de tierra uruguaya a la altura de Maldonado y de 
Castillos, para explotar el comercio de cueros, obligando al Gobernador de 
Buenos Aires don Bruno Mauricio de Zabala, a despachar dos expediciones 
militares que desalojaron a los franceses y mataron a su jefe. 


.Fundación de Montevideo. 


Asegurado el dominio de la Colonia por la diplomacia, trataron los 
portugueses de ensanchar el radio sometido a su influencia. 

A fines de 1723, arribó a Montevideo una flota al mando de Freitas 
Fonseca, compuesta de cuatro buques y de trescientos hombres de desembarco. 
Los invasores bajaron a tierra; construyeron un parapeto que se hizo pedazos 
por efecto de la salva real del 1 .» enero de 1724; y se hubieran adueñado 
del puerto, en la misma forma que de la Colonia, sin la oportuna interven- 
ción del Gobernador de Buenos Aires. 

Zabala se puso en marcha al frente de un ejército que debió parecer 
incontrarrestable, como que ante su simple llegada resolvieron I 9 S portugueses 
abandonar el reducto que habían construido y embarcarse.’"''^ 

Con el propósito de evitar análogas agresiones, Zabala dió principio de 
ejecución en el acto a un vasto plan de fortificaciones, trazado por el inge- 
niero don Domingo Petrarca, y se preocupó de allegar pobladores a esa zona 
desierta. 

La Corte de España, que había indicado varias veces la necesidad de 
fundar la ciudad de Montevideo, prometió el envió de cincuenta familias 
de Galicia y de las islas Canarias, y ratificó un programa de Zabala para 
estimular a otras tantas familias dq Buenos Aires a cruzar el río, con el 
halago de la,s siguientes concesiones: declaración de hijodalgos y de noble 
linaje a favor de los pobladores y descendientes legítimos; pago de gastos de 
viaje; reparto de solares, chacras y estancias; regalo de doscientas vacas 
y de cien ovejas a cada poblador; ayuda de brazos y de materiales para la 
edificación de viviendas; distribución de semillas; reparto gratis, durante un 
año, de carne, yerba y tabaco. 

Fueron muy pocas las familias de Buenos Aires y de España que respon- 
dieron a esos estímulos. Pero con ellas quedó formado el núcleo de la ciu- 
dad en 1726. Sólo tres años después, Zabala levantó el acta oficial de funda-^ 
ción de Montevideo y dotó a la nueva población del Ayuntamiento encargado^ 
de su gobierno civil y administrativo. s < 

y El primer Cabildo que entró a actuar el I.® de enero de 1730, estaba 
compuesto por los siguientes vecinos: José Yera Perdomo, José Fernández 
Medina, Cristóbal Cayetano de Herrera, Juan Canejo Sotto, procedentes todos 
ellos de las islas Canarias; y Bernardo Gaytán, José González de Meló, Jorge 
Burgués y Juan Antonio Artigas, procedentes de Buenos Aires. 

Tal es el origen de la ciudad de Montevideo: una reacción contra la 
invasión portuguesa. Y vale la pena de destacar que entre los fundadores 
figura el abuelo del Jefe de. los Orientales, a título de contingente argentino. 

También había hecho reiteradas indicaciones la Corte de España a favor 
de la fundación de una ciudad en Maldonado. Pero Zabala, después de estu- 
diar personalmente aquellas costas, acompañado del ingeniero Petrarca, pro- 
dujo un informe negativo, invocando las dificultades opuestas por los arenales 
y la falta de un puerto amplio y abrigado. 



ABSORCIÓN DE TERRITORIOS POR LOS PORTUGUESES 


17 


Prosigue la invasión portuguesa con el concurso español. 

Los portugueses obtuvieron el desquite en otr.os puntos del territorio 
ambicionado. 

Tomaron posesión del Río Grande y ensancharon su radio de influencia 
en la Colonia. 

El Gobierno de Buenos Aires, que sólo adoptaba medidas ante la proxi- 
midad del peligro, dirigió una expedición contra la Colonia en 1735; y habría 
caído de nuevo la plaza, si la diplomacia no se hubiera encargado de concertar 
un armisticio, a la espera de mejores oportunidades para dar la tarascada. 

Arribaron, finalmente, las Cortes de España y Portugal a un tratado 
de límites en 1750. De acuerdo con sus cláusulas más interesantes del punto 
de vista uruguayo, los portugueses devolvían la Colonia del Sacramento, a 
cambio de enormes compensaciones territoriales, que arrancaban del dominio 
español las zonas de Santa Catalina, Río Grande y Misiones orientales. 

Entre los indios de las Misiones levantó enorme polvareda el tratado. 
Los habitantes del pueblo de San Juan, escribían al Gobernador de Buenos 
Aires: «Que así como los animales se hallan bien en su querencia y cuando 
tratan de echarlos acometen, ellos con más razón acometerían forzados con- 
tra su voluntad». Los del pueblo de San Luis, declaraban que «siendo aquella 
tierra donde habían nacido, se habían criado y bautizado, en ella querían 
morir». 

Las poblaciones misioneras estaban constituidas por familias indígenas, 
reducidas a una vida sedentaria y de intensa actividad industrial, que asegu- 
raba plenamente la efectividad del dominio español en extensos territorios. 
Por eso mismo interesaba su destrucción a los invasores, y a la obra se lanza- 
ron con el concurso de los propios españoles. 

Un fuerte ejército compuesto de españoles y portugueses arrasó al núcleo 
de civilización allí constituido, pasando a la vez a sangre y fuego a buena 
parte de sus colonos. 

Cuando la transferencia a Portugal parecía próxima a su fin, surgieron 
desavenencias entre las Cortes de Madrid y de Lisboa, y un nuevo tratado, 
el de 1761, anuló el pacto que acababa de dar lugar al exterminio de las 
Misiones, y devolvió al dominio español sus antiguos límites y títulos en 
esa parte de América. 

Los portugueses se adueñan del Río Grande. 

Pero los portugueses, lejos de devolver los enormes territorios que ha- 
bían ocupado en el Río Grande a la sombra del tratado anulado, prosiguieron 
y aseguraron su avance, mediante la construcción de la fortaleza de Santa 
Teresa, sobre la zona de Maldonado. 

Rotas de nuevo las hostilidades entre España y Portugal, el general 
Ceballos, Gobernador de Buenos Aires, marchó al. frente de un ejército sobre 
la Colonia del Sacramento; obligó a la guarnición a capitular, y en seguida 
se dirigió a Maldonado, donde tomó las fortalezas de Santa Teresa y San 
Miguel. 

Ese impetuoso impulso reivindicador quedó detenido por eí tratado de 
1763, que devolvió la Colonia a los portugueses y reconoció los derechos 
de España al Río Grande y fortalezas conquistadas. 

La invasión continuó, sin embargo, bajo forma de bandas de salteadores 
que se internaban por todas partes, al mando de caudillos audaces, entre los 
que sobresalía Pintos Bandeira. Y el Virrey Vértiz se decidió, al fin, a 
marchar contra ellos en 1774, al frente de una expedición militar que limpió 
de invasores el territorio. 



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ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAt 


Poco después, tomaban su desquite los portugueses con el asalto a 
Río Grande, cuya guarnición tuvo que replegarse M fuerte de Santa Teresa 
en 1776. 

Habían llegado a sú límite máximo los atropellos y la Corte de Madrid 
creó, entonces, el Virreinato del Río de la Plata, como medio de aumentar la 
acción política y militar de estas regiones, que no podían continuar por más 
tiempo sometidas al Virrey del Perú. 

El primer nombramiento de Virrey recayó en el general don Pedro de 
Ceballos, quien salió de España al frente de un ejército dé nueve mil hombres; 
tomó posesión, en 1777, de Santa Catalina y de la Colonia del Sacramento; 
y, cuando se dirigía a Maldonado, para ensanchar su gran campaña de recon- 
quista de territorios usurpados, le sorprendió el tratado de San Ildefonso, 
ajustado a fines del mismo año 1777. 

De acuerdo con el nuevo tratado, quedaban en poder de España la Colo- 
nia del Sacramento y las Misiones del Uruguay, y pasaban a los portugueses 
las provincias de Santa Catalina y de Río Grande. 

Destrucción de la Colonia por los españoles. 

La Colonia carecía ya de importancia militar y económica, y por eso los 
portugueses la abandonaban. 

El Virrey Ceballos, en efecto, a raíz de su entrada pacífica a la plaza, 
previa rendición de las tropas portuguesas, había destruido las murallas y 
los baluartes y también los edificios valiosos de los tres mil habitantes que 
allí había, entre amos y esclavos. 

La ciudad había quedado convertida en un montón de escombros y la 
población había sido embarcada con destino a Río de Janeiro y Buenos Aires. 

Y no satisfecho con la demolición general, había hecho arrojar los efccom- 
bros a la canal del río, con el propósito de que «los portugueses no apete- 
cieran más esa plaza, y aún cuando las potencias garantes la reclamasen, no 
pudiera servirles para nada». 

La conquista de las Misiones orientales. 

En cuanto a las Misiones orientales, ya se encargarían los portugueses 
de conquistarlas a la sombra del incurable abandono de las autoridades espa- 
ñolas y del indefinido aplazamiento de 1a. demarcación de límites sobre el 
terreno. Y así lo hicieron. 

Empezaron por correrse en 1798 hasta la laguna Merim, violando de un 
modo descarado el tratado de límites. . 

Y en 1801, pretextando el estado de guerra entre las coronas de España 
y Portugal, pero realmente después que el estado de guerra había terminado, 
prosiguieron su avance en toda la extensa línea fronteriza y se posesionaron, 
para siempre de las Misiones uruguayas, compuestas, a la sazón, de catorce 
mil almas, y de un territorio de cuarenta leguas de ancho por cien leguas 
de fondo. 

La conquista portuguesa se verificó por una partida de cuarenta hombres 
al mando del soldado Canto, que marchaba sin insignias militares, y que al 
amparo de su disfraz obtuvo fácilmente la capitulación de la pequeña guardia 
allí destacada al mando de Francisco Rodrigo. 

En forma más violenta tuvo que realizarse el avance portugués en el 
resto de la línea divisoria con el territorio uruguayo. Las fuerzas españolas, 
aunque inferiores en número, opusieron resistencia, especialmente en Cerro 
Largo, ¡dándose con ello el espectáculo de la lucha armada y de la absorción 
de territorios en pleno proceso de demarcación de límites! 



ABSORCIÓN DE TERRITORIOS POR DOS PORTUGUESES 


1 !) 


Artigas y Rondeau contra los portugueses. 

Durante esta etapa de la conquista surgen en el escenario Artigas y 
Rondeau. i 

A Rondeau tocó el honor de la jornada contra una fuerza portuguesa 
que al mando de Francisco Barreto traspuso la frontera en 1804. 

La Corte de España aplaudió ese acto militar, censurando a la vez la 
desidia del Virreinato. 

Los portugueses, decía el Rey a su delegado de Buenos Aires, no con- 
testan los reclamos y, en consecuencia, lo que corresponde es que las fuerza? 
españolas penetren en el territorio que ellos detentan y readquieran lo que 
se ha perdido por la fuerza o la inacción, de suerte que las quejas en vez de 
partir de este lado, partan del otro. 

Prevenía la Corte que no debía aplazarse por más tiempo la formación 
de poblaciones en la frontera, único medio, agregaba, de impedir que conti- 
nuaran invadiendo los portugueses en plena paz. 

Estos trabajos de colonización fronteriza habían sido iniciados en años 
anteriores, aisladamente, bajo la dirección personal y directa del gran natu- 
ralista don Félix de Azara. El Virrey Avilés, al aceptar el plan de coloniza- 
ción ideado por Azara, puso al servicio del insigne explorador al ayudante 
José Artigas y al teniente Gazcón, con la manifestación de que ambos reunían 
las cualidades necesarias para el desempeño de la delicada tarea. 

Pronto se persuadió Azara de que sin la ayuda de fuerzas suficientes era 
imposible la colonización de la frontera. El hecho es que a fines dé 1801, 
dió órdenes a Artigas de retirarse de la guardia de Batoví y dirigirse a 
Montevideo. El futuro Jefe de los Orientales, aunque sufriendo ya la presión 
de la ola invasora, trató de mantenerse todavía en sus posiciones; pero el 
comandante de Batoví, don Félix Gómez, traicionó los intereses confiados a 
su celo, y entonces Artigas tuvo que retrogradar hasta Cerro Largo a la 
espera de los acontecimientos. 

Por qué los españoles perdían sus territorios. 

Hemos visto que la fundación de Montevideo constituye un incidente de 
la lucha contra la invasión portuguesa. Y es interesante agregar, que una 
de las primeras preocupaciones de sus autoridades fué la de* impedir que a 
la sombra de alianzas de familia, llegara el invasor a apoderarse de estas 
regiones del Plata. Al dirigirse don Bruno Mauricio de Zabala al Cabildo 
de Montevideo, con ocasión de la renovación de sus miembros, le demostraba 
la necesidad de impedir la entrada de portugueses y de prohibir casamientos 
con ellos, previniéndole que si alguna mujer violase la prohibición, la man- 
dara presa a Buenos Aires, aunque el casamiento se hubiera ya consumado. 

Pero a despecho de todas las dificultades, los portugueses jamás retro- 
gradaban en su vasto plan de absorción. Ellos, aunque inferiores del punto 
de vista militar, colonizaban las regiones invadidas, en tanto que los españoles 
se contentaban con destacar expediciones victoriosas siempre, pero que al 
retornar a Buenas Aires, volvían a dejar abandonado el campo a los vencidos, 
quienes reanudaban entonces su obra con nuevos elementos de población y 
de conquista. En la guerra, eran derrotados; pero en la paz, se desquitaban 
de sus contrastes. 

Las invasiones de 1811 y de 1810. 

© 

Instalada la Junta Revolucionaria de Mayo e insurreccionada toda la 
campaña uruguaya, quedó Montevideo como único baluarte de la dominación 




20 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


española, y a la plaza de Montevideo se dirigió la diplomacia portuguesa con 
el ofrecimiento de un ejército, que fué aceptado, y que traspuso la frontera 
al mando del general Souza en julio de 1811. Felizmente para las libertades 
del Río de la Plata, Artigas opuso una resistencia formidable al ejército de 
Souza, y así los trabajos de conquista violenta, como los de creación de una 
monarquía independiente, fracasaron. 

En 1816, la diplomacia argentina se puso de acuerdo con la diplomacia 
portuguesa, y de ese acuerdo surgió la conquista del territorio uruguayo, 
después de cuatro años de lucha gigantesca, que los Treinta y Tres orientales 
se encargaron de reanudar más tarde. 

Absorción y reconstitución de territorios por factores económicos. 

Fuera de estos dos actos finales de carácter militar y de alguna que otra 
tentativa de lucha dentro de los muros de la Colonia del Sacramento, todas 
las demás etapas de la conquista portuguesa en los territorios del Paraná, 
Santa Catalina, Río Grande y Misiones, traducen simples avances en terri- 
torios no colonizados. 

Y si es así como han pasado las cosas, si son los intereses económicos 
más que los militares los que explican estas enormes mutilaciones territoriales, 
bien podría el Uruguay halagarse con la perspectiva de una reorganización de 
fronteras que sus hijos obtendrían por el crecimiento de su población, por el 
desarrollo de sus industrias, por la influencia civilizadora de sus leyes, por 
la acción de sus organismos económicos, por la energía de sus capitales, por 
la repercusión de sus instituciones de enseñanza. 


* ★ 



CAPITULO IV 


EL MEDIO AMBIENTE DEL PUEBLO URUGUAYO 


Tres siglos se interponen entre él descubrimiento del territorio uruguayo, 
bautizado con la sangre de Solís en 1516, y la conquista portuguesa de 1816. 

Y tres siglos de rudos e incesantes combates sostenidos por españoles, 
portugueses y charrúas, en que cada uno de estos elementos étnicos trata de 
exterminar a los otros y no pide ni da cuartel. 

A las luchas verdaderamente militares, a las batallas y combates en 
que intervienen, de uno y otro lado, fuerzas más o menos organizadas, se 
agrega en el curso de los tres siglo? otro factor más: el bandolerismo portu- 
gués, bajo la forma de grupos de asesinos y ladrones, que se internan periódica- 
mente en el territorio español abandonado, para matar al poblador pacífico, 
saquear haciendas bravias, y, de vez en cuando, establecer un baluarte para 
luchar contra las fuerzas regulares y fundar, de paso, títulos para la con- 
quista definitiva. 

Tal es el medio ambiente de formación del pueblo uruguayo. Y de ese 
medio ambiente tenía que resultar, como efectivamente resultó, un elemento 
étnico lleno de virilidad, lleno de patriotismo, desbordante de energías, prepa- 
rado para todas las luchas de la vida, y con aptitudes para trazar rumbos a 
todos los demás pueblos de la América española. 


* * 



CAPITULO y 


LA ADMINISTRACIÓN URUGUAYA DURANTE EL COLONIAJE 


Diversas autoridades coloniales. 

Los pueblos de la América española estaban regidos durante el coloniaje 
por autoridades que residían en España y por autoridades que residían en 
América. 

Residían en España, el Rey, cuyas facultades eran ilimitadas; el Consejo 
Real de Indias, que realmente ejercía el gobierno superior de los pueblos de 
América, por delegación del Rey; la Casa de Contratación de las Indias, que 
se ocupaba de todo lo relativo al comercio entre España y América; y el 
Consulado de Indias, verdadero, tribunal encargado de resolver algunas de 
las cuestiones a que daba lugar ese mismo comercio. 

Residían en América, el Virrey, que era el representante del Rey; la 
Audiencia Real, que tenía a su cargo la administración superior de justicia; 
los Intendentes y Gobernadores; el C'onsujado, que era el tribunal encargado 
de resolver los pleitos comerciales; los Cabildos, que administraban todos los 
demás intereses locales. 

Los Cabildos. 

Sólo dos de esas autoridades tenían origen popular: el Consulado y el 
Cabildo. 

El Consulado era elegido anualmente por los comerciantes que hacían el 
tráfico entre la madre patria y las colonias, pero tanto los electores como los 
elegidos debían ser españoles. 

El Cabildo era organizado generalmente por el Cabildo anterior. Formad 
excepción honrosa el de Montevideo, que en tres épocas memorables fué ele- 
gido directamente por el pueblo. Sus miembros podían ser españoles o 
americanos. 

Tanto por su origen, como por su composición, la institución de los Ca- 
bildos era durante el coloniaje la única verdaderamente popular, y en torno 
de ella se agrupaban invariablemente los criollos para robustecer su autoridad. 

Componíase el Cabildo de seis a doce individuos, según la importancia 
de la localidad. Sus miembros debían ser vecinos del lugar, y por eso cada 
ciudad o población tenía Cabildo propio. 

Su programa de trabajo abarcaba, entre otras cosas, la administración 
de justicia en materia civil y criminal, la policía, la salubridad, la vialidad, 
la defensa de menores. 

Cada miembro se ocupaba, generalmente, de una tarea determinada. 
Así los Alcaldes de l.o y de 2.o voto, administraban justicia; el Alcalde de 
Hermandad, entendía en los delitos cometidos fuera de las poblaciones; el 
Juez de Policía, tenía a su cargo el mantenimiento del orden público y la 
limpieza de la población; el Síndico Procurador asumía la defensa de los 
intereses del Fisco; los Defensores de menores y de pobres, tenían la repre- 
sentación de los que por su escasa edad o falta de recursos no podían 
defenderse. 

De vez en cuando, el Rey concedía el cargo de capitular vitalicio, como 
un honor a grandes servicios; y de vez en cuando, también, el cargo de cabil- 
dante e.ra sacado a remate y adjudicado por largos años al que ofrecía 



LA ADMINISTRACIÓN URUGUAYA DURANTE EL COLONIAJE 


23 


una suma de dinero a las autoridades españolas. Pero eran excepciones. 

La masa de los Cabildos mantuvo siempre su tradición popular, y hasta era 
de ley, no acatada por cierto, que los agentes del Rey se abstuvieran de toda 
coacción o influencia sobre los electores de cabildantes. 

Las sesiones de los Cabildos se realizaban, por regla general, con la sola 
concurrencia de los capitulares. A veces, sin embargo, por iniciativa del 
mismo Cabildo, o de acuerdo con el pedido directo del pueblo, tenían lugar 
sesiones públicas, en las que hacían oir su palabra los delegados del vecindario. 

Esas sesiones públicas recibían la denominación de «Cabildos abiertos». 
Y en ellas se resolvían casi siempre cuestiones de interés general para todos 
los vecinos. En realidad, el pueblo mismo asumía el Gobierno en el cabildo 
abierto, y ya veremos al pueblo uruguayo dando en esa forma los más grandes 
pasos institucionales de la época. 


El Cabildo de Montevideo y los comandantes militares. 

V El primer Cabildo de Montevideo, como lo hemos dicho antes, fué nom- 
brado el l.« de enero de 1730, por don Bruno Mauricio de Zabala, Gobernador 
del Río de la Plata. 

No fueron tranquilos sus comienzos. Dos de los capitulares resultaron 
expulsados por sus colegas y, a consecuencia de ello, tuvo que protestar el 
Gobernador Zabala contra «los lances escandalosos con que el bullicioso genio 
y poco celó» de los propios funcionarios alteraba «la paz que con tan repetidas 
expresiones» había recomendado a todo el vecindario. 

-/ A otras luchas más graves y permanentes daban origen los constantes 
rozamientos entre el Cabildo y los comandantes militares o gobernadores que 
desconocían su autonomía^ trababan su programa de amplia vitalidad na- 
cional. 

En el curso de uno dé esos incidentes, el Gobernador de Buenos Aires, 
don Miguel de Salcedo, destituyó al Alcalde de 2.o voto; quitó al Cabildo la 
facultad de reunirse sin previa autorización del jefe de la tropa; y dispuso 
que el capitular destituido probase diversas acusaciones que había dirigido 
a un oficial, bajo apercibimiento de prisión y embargo de bienes, «para que 
de este modo (decía) sepa tener respeto a la milicia y cabos principales, como 
que están ahí representando a mi persona». 

V Cada día resultaban más tirantes las relaciones, y al fin, el Cabildo re- 
solvió comisionar a uno de sus miembros, don Juan de Achucarro, para que 
se trasladase a Buenos Aires e impusiera al Gobernador de toda la gravedad 
de la situación. El comisionado presentó un memorial en que solicitaba: 

«Que el Comandante que es, y los que se sucediesen en el comando 
militar de la plaza, no se entrometan ni mezclen en el gobierno político y admi- 
nistración de justicia de esta ciudad, como hasta aquí lo han practicado, 
sin que se les haya concedido jurisdicción por el Rey nuestro Señor, ni 
otro tribunal a quien competa.» 

Precisando más sus anhelos, pidió luego el Cabildo al Gobernador estas 
tres cosas: 

Que se deslindase la jurisdicción civil de la militar; que los militares 
no tuvieran tiendas ni pulperías en la ciudad; que fueran expulsados del 
pueblo los extranjeros. 

Pero los conflictos continuaban, y entonces resolvió el Cabildo dirigir 
un memorial a la Corte de Madrid cpn el siguiente capítulo de cargos: 

Que el vecindario y sus autoridades civiles eran ajados y menospreciados 
por el Comandante de la guarnición y subalternos; que los militares mono- 
polizaban el comercio de la ciudad y eran, en realidad, los únicos mercaderes 
en ejercicio; que los mismos militares se habían adueñado de los mejores 
solares de la ciudad, y ocupaban grandes superficies, gracias a la ayuda del 



24 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Gobernador de Buenos Aires y el Comandante de la plaza; que el obispo de 
Buenos Aires cobraba indebidamente diezmos a Montevideo. /' 

Mientras el memorial seguía su trámite en Madrid, propuso el Cabildo 
al Gobernador de Buenos Aires el nombramiento de un «Teniente del Rey», 
funcionario que ya tenían otras ciudades del Río de la Plata, «para que mane- 
jara y gobernara lo político, a fin de evitar y cortar las competencias y dis- 
turbios que ha habido entre el Cabildo y el Comandante». 

Tratábase de un lugarteniente del Gobernador, pero sin mando de fuer- 
zas, y que, por lo mismo, podría actuar entre el Comandante de la guarnición 
y el Cabildo. 

Fué aceptada la idea y nombrado para el nuevo empleo don Juan de 
AchucarrorV Pero el Cabildo sostuvo su derecho a ser oído y consultado antes 
de la designación, dando lugar con ello a una réplica del Gobernador Ando- 
naegui, que cerraba el debate en forma agresiva: 

«Y así inmediatamente vista ésta, sin réplica alguna, pondrá en posesión 
a don Juan de Achucarro en el empleo de tal Teniente General, dando las 
fianzas acostumbradas, y en su defecto sabré volver por la autoridad que la 
piedad del Rey se ha dignado conferirme, para cuyo efecto tengo dadas al 
Comandante de esa plaza las órdenes convenientes.» 

Creación (le la Gobernación de Montevideo. 

La Corte de Madrid decretó en 1749 la creación del cargo "de Gober- 
nador de Montevideo. — 

En los diez y nueve años transcurridos desde la fundación oficial de 
la ciudad, en 1730, habían actuado como comandantes militares de la plaza 
don Francisco A. de Lemos, don Francisco de Cárdenas, -don N. Carbajal, don 
Fructuoso de Palafox, don Alfonso de la Vega, don José de Arce y Soria, 
don Francisco Lobato, don Domingo Santos de Uriarte y don Francisco Gorriti; 
todos ellos bajo la dependencia directa del Gobernador de Buenos Aires. 

/ La creación del empleo de Gobernador, constituía una viva aspiración del 
pueblo de Montevideo y de sus autoridades civiles y daba, a la vez, la medida 
de la importancia que ya había adquirido el Ururuay.\. 

Los gobernadores de Montevideo y el Cabildo. 

El primer Gobernador de Montevideo fué el coronel dón José Joaquín 
de Viana. Aunque nombrado directamente por la Corte de Madrid, quedaba 
subordinado al Gobierno de Buenos Aires en todos los asuntos militares, 
económicos y políticos de importancia. 

Entró a desempeñar su empleo a principios del año 1751, y no se mostró 
más respetuoso de los fueros del Cabildo que los gobernadores de Buenos 
Aires y sus delegados los comandantes militares de la plaza. 

Lo demuestra el incidente surgido con motivo de la designación de don 
Pedro León de Romero y Soto para el cargo de Teniente General. Las leyes 
exigían la presentación de fianza y el acuerdo de la Real Audiencia, y el 
Cabildo reclamó el cumplimiento de ambas formalidades. No pudo ser más 
insultante la réplica del Gobernador Viana. Después de echar en cara a los 
cabildantes que no sabían leer ni escribir, en su mayor número, les decía: 

«Fuera mejor que todo el que tal cuerpo capitular no hubiere, porque 
de esta creación recibe tantos perjuicios el vecindario, así en los que son 
electos para mandar, como en el mayor cuerpo que queda a obedecer; pues 
la primera parte, o bien se ha de extraer al ejercicio de buscar sus vidas en 
el manejo de sus pulperías y tabernas, o bien con indecencia tan fea han de 
seguir su administración con desdoro del común aprecio de su dignidad, que 
a la vista del vulgo les provoca a despreciar el mandato.» 



LA ADMINISTRACIÓN URUGUAYA DURANTE EL COLONIAJE 


25 


Terminaba el Gobernador anunciando que en caso de resistencia a sus 
órdenes* adoptaría las «medidas convenientes para la corrección y castigo» 
y advertía, de paso, que ya había arrestado por análogo delito a uno de los 
capitulares. 

Aparte de este incidente, en que el sable continuaba alzado contra la 
corporación que representaba al pueblo, es lo cierto que el coronel Viana se 
ocupó intensamente del fomento del Uruguay y que" gracias a ello, la pobla- 
ción de Montevideo, que no alcanzaba a un millar de almas, pudo duplicarse 
bajo su gobierno y encontrarse bien alojada y provista de subsistencias en 
230 casas, un centenar de chacras de labranza y 140 estancias, con ganado 
vacuno, yeguarizo y lanar en abundancia. 

La administración de Viana se extiende de 1751 a 1764. 

A su reemplazante el coronel don Agustín de la Rosa le concedió la 
Corte facultades más amplias, y de ellas se valió el nuevo Gobernador para 
proseguir la lucha contra la corporación popular. 

Deseando formar un Cabildo que le obedeciera ciegamente, propuso 
en 1771 a varios capitulares una lista que él mismo había redactado; y para 
asegurar el triunfo, concurrió a la sala capitular el día de la elección al frente 
de tropa armada. No obtuvo el resultado que deseaba, y entonces promovió 
un altercado, sosteniendo que los capitulares no podían ser reelectos; y 
agriándose los diálogos, arrestó a todos los miembros del Cabildo. Ante ese 
acto de violencia, el Gobierno de Buenos Aires separó a de la Rosa y puso, 
interinamente, en su lugar a don José Joaquín de Viana. 

A los culatazos, se agregaba la resonante venta de empleos de justicia 
por el Tribunal de la Real Hacienda de Buenos Aires. El oficio de Alguacil 
Mayor del Cabildo de Montevideo, fué así sacado a remate en 1771, y adjudi- 
cado a don Ramón de Cáceres, mediante el precio de 1,500 pesos. 

' La administración de don Agustín de la Rosa se extiende de 1764 a 1771. 

Su continuador interino, Viana, fué reemplazado por el teniente coronel 
don Joaquín del Pino, quien tampoco hizo buenas migas con el Cabildo. 

Durante su administración, que corre de 1773 a 1790, tuvo lugar un 
incidente muy ruidoso entre las dos autoridades de Montevideo. 

El Gobernador sostuvo la tesis de que los alcaldes de 1.® y 2.o voto 
debían darle conocimiento de las causas que subieran para sentencia, a fin 
de que él proveyera lo que debía hacerse, sin ’ cuyo requisito consideraba 
menoscabada su autoridad. Y como los alcaldes sostuvieran lo contrario, el 
Virrey Vértiz, que se encontraba accidentalmente en Montevideo, decretó el 
arresto de los dos capitulares. 

La Corte de Madrid, ante la cual apeló el Cabildo, dió la razón a los 
alcaldes y aplicó una multa al Gobernador por abuso de autoridad. 

A don Joaquín del Pino sucedió el brigadier don Antonio Olaguer Feliú, 
cuya administración se extiende de 1790 a 1797. 

El nuevo Gobernador acentuó el menosprecio por el Cabildo. En un 
primer incidente protestó contra la reelección del Alcalde de l.« r voto, y 
habiendo sido confirmada su protesta por el Virrey de Buenos Aires, reunió 
a la corporación y, bajo la presión de la soldadesca, arrancó el nombramiento 
de otro Alcalde. En un segundo incidente, vetó la elección de dos capitu- 
lares y reanudó el empleo de los medios de fuerza. 

La representación popular del Cabildo seguía mermando a la vez por 
la creciente venta de oficios. El empleo de Alcalde provincial fué rematado 
y adjudicado a don Juan Antonio Bustillos por el precio de 7,300 pesos. 

Ocupó luego la gobernación el general don José de Bustamante y Guerra, 
cuya administración corre de 1797 a 1804. 

Siguiendo la tradición, no se mostró más respetuoso con el Cabildo. 
Exigió que en los días de besamanos, los cabildantes depositaran las varas 


26 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


de mando detrás de la puerta de su despacho, procurando con ello humillar 
a la autoridad popular. 

Lo reemplazó el brigadier don Pascual Ruiz Huidobro, hasta la con- 
quista de la plaza de Montevideo por los ingleses, en febrero de 1807. 

Cuando los ingleses desalojaron la plaza en septiembre del mismo afio, 
entró a desempeñar la gobernación el coronel don Francisco Javier de Elío, 
por encontrarse Ruiz Huidobro en Inglaterra, como prisionero de guerra. 

Veremos más adelante, que bajo estas des últimas administraciones, el 
Cabildo de Montevideo, saliendo del rango subalterno a que lo habían rele- 
gado los primeros Gobernadores, asume real y ampliamente el ejercicio de 
la soberanía popular, y se pone a la cabeza del movimiento que da por resul- 
tado la independencia de todo el Rfo de la Plata. . 




CAPITULO VI 


LA POLITICA ECONÓMICA DEL COLONIAJE 


Ideas de la época. 

Los pueblos de América debían ser tributarios de las fábricas de España, 
como medio de impedir que el oro y la plata de sus minas pasaran a manos 
de los extranjeros. Tampoco debían tener industrias propias, porque ellas 
podían rebajar la importancia de la producción española. 

«Yo entiendo ‘ (decía uno de los propagandistas de esas ideas al Rey Fe- 
lipe III) que esta opinión que se debe comerciar con extranjeros, para que 
así abunde el reino en mercaderías, es arbitrio del mismo demonio, que tiene 
puesto entre los que la sustentan para destruir un reino que Dios ha mante- 
nido tan católico y cristiano.» 

«En los tratos (decía un grupo de comerciantes al monarca español), 
cuando no son de género a género, sino de género a moneda de peso y valor 
intrínseco, siempre pierde el que recibe y compra, porque éste se queda con 
la ropa que el tiempo consume, y el otro con la plata y oro que nunca se acaba.» 
- } Toda la política económica de la época está concentrada en esas propo- 
siciones famosas: impedir la entrada de hombres y de mercaderías extran- 
jeros en América; procurar que el oro y la plata de las minas de América 
quedaran en España y perpétuamente en manos de los españoles. 

Las colonias debían permanecer aisladas del resto del mundo, porque 
sólo así se conseguía que el oro no marchara al extranjero. Y tampoco debían 
tener industrias propias, porque al tenerlas quitaban a la metrópoli una parte 
de las monedas que a ella era necesario que fueran. 

Tres grandes errores económicos. 

Ese plan de engrandecimiento de España, estaba basado en tres gruesos 
errores: perseguir al extranjero; considerar que el oro vale más que otra 
mercadería; impedir el desarrollo industrial de las colonias. 

Empecemos por el primero. 

No podía España fabricar todas las mercaderías que necesitaban las colo- 
nias. Y entonces . el comerciante español se veía obligado a comprarlas en 
olro mercado, o se ingeniaba el comerciante extranjero para introducir clan- 
destinamente sus mercaderías en las colonias. Hasta la misma Corte de 
Madrid concedía permisos especiales al comercio extranjero, que éste se 
encargaba de agrandar por medio del fraude. 

El Virrey marqués de Loreto, hablando en la Memoria correspondiente 
a su administración, del comercio de contrabando, expresa que a pesar de 
todos sus esfuerzos para expulsar de la rada de Buenos Aires a los barcos 
portugueses, los contrabandistas continuaban despachándose a su gusto, 
porque en Madrid se negociaban permisos que daban lugar a los más graves 
abusos. Así, por ejemplo, decía, el segundo comandante del Resguardo, 
don Manuel Cipriano de Meló, adquirió un permiso que autorizaba a comprar 
mercaderías portuguesas por valor de «treinta pesos»; ¡pero la palabra «pesos» 
pasó a representar, por obra del fraude, «embarcaciones portuguesas», y como 
consecuencia de ello, el favorecido solicitó y obtuvo el despacho del carga- 
mento de treinta barcos! 



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ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Llegado el caso extremo, el contrabandista recurría a las armas. Cuenta 
el deán Funes que el Gobernador Zabala se propuso combatir rudamente el 
contrabando, y que consiguió apresar importantes partidas de cueros y otros 
artículos. Pero agrega, refiriéndose a los abusos que cometían los ingleses 
a la sombra de la venta de negros de Africa, que el capitán King desacató la 
autoridad de Zabala y amenazó con hacer fuego sobre los agentes fiscales 
que pretendían revisar las bodegas del «Duque de Cumberland», repleto de 
mercaderías prohibidas; y habla también del navio «Carteret» que, de regreso 
a Inglaterra, embarcó en Buenos Aires, a pesar de todas las prohibiciones, 
algunos millones de pesos oro y algunos millares de cueros vacunos. 

Pasemos al segundo. 

Si había error en proscribir al extranjero y a las mercaderías extran- 
jeras, mayor error había todavía en sostener que lo que interesaba a España 
era tragarse el oro y la plata de las colonias, por ser riquezas más valiosas 
que las mercaderías obtenidas a cambio de ellas. 

El oro y la plata en barras son mercaderías, como los cueros, los trigos, 
los paños que el comercio compra en una región para revender en otra. 

Cuando el Estado los convierte en monedas, sirven para facilitar los 
cambios, pero nada , más que para facilitarlos. 

El agricultor puede cambiar o permutar una bolsa de trigo, que no le 
hace falta, por un sombrero, o por un par de zapatos de que tiene necesidad. 
Pero el cambio directo de producto p or producto, está expuesto- a grandes 
dificultades. No es fácil, desde luego, que se encuentren las dos personas 
que desean cambiar, es decir, el agricultor que ofrece una bolsa de trigo por 
un par de zapatos y el zapatero que necesita trigo. Y aün suponiendo que se 
encuéntren, puede resultar que uno de los productos valga más- que el oti 
y sea imposible fraccionarlo, como sería el caso del agricultor que sólo pudieiá* 
ofrecer un caballo, en cambio de un par de zapatos. 

Con la intervención de la moneda, todas las dificultades desaparecen. 
El agricultor vende su bolsa de trigo por cuatro pesos en monedas de oro o 
plata y una vez provisto de esas monedas, compra los zapatos o el sombrero 
de que tiene necesidad. 

¿Qué se diría del agricultor que se limitara a vender sin comprar nada; 
a convertir en monedas todos los productos de su cosecha, sin adquirir nin- 
guna de las mercaderías que necesita para su alimentación, su abrigo y su 
confort? 

Es necesario ahorrar, sin duda alguna. Todo el que trabaja está moral- 
mente obligado a guardar una parte dé los ingresos, para constituirse un 
capital o fondo de previsión. Pero ahorrar todo, significa renunciar al cam- 
bio, condenarse a una vida de miseria, a la enfermedad y a la muerte. 

Pues bien: tampoco un pueblo puede limitarse a vender los productos 
que elabora. Tiene, a la vez, que comprar los que se elaboran en otras regio- 
nes de la tierra. Sólo así saca realmente provecho de sus propias riquezas. 

Acumular oro y plata más allá de lo que se necesita para el cambio, 
es, en realidad, empobrecerse, o por lo menos dificultar el desarrollo de las 
industrias. El exceso de moneda, por otra parte, no puede mantenerse inde- 
finidamente en un país. La sola diferencia del interés, basta para llevarlo, 
a despecho de todas las prohibiciones, a los países en donde escasea y es 
más solicitado. 

En cuanto al tercer errpr de la política comercial española, salta a los 
ojos que al mantener en la pobreza a las colonias no se colocaba a la metró- 
poli en situación de enriquecerse. Una América rica y próspera, hubiera 
podido comprar a la madre patria mucho más de lo que compraban los mise- 
rables pueblos del coloniaje. 

Las* regiones del Río de la Plata y sus extensos territorios sobre el Atlán- 
tico, que hubieran podido atraer pobladores que consolidasen el dominio 



LA POLÍTICA ECONÓMICA DEL COLONIAJE 


29 


español, quedaron, por falta de industrias y de comercio, condenadas a una 
vida raquítica, de la que sacaron grueso provecho los portugueses, que tenían 
aptitudes colonizadoras, sin duda alguna, superiores a sus rivales. 

Para que nadie pudiera arrebatar el oro y la plata de América, se esta- 
bleció al principio una sola línea de navegación entre la madre patria y las 
colonias. Los barcos cargados de mercaderías, debían salir de un puerto 
único de E'spaña y llegar a otro puerto único de América. 

Los puertos de entrada y salida fueron multiplicados después. Pero du- 
rante largo tiempo, el Río de la Plata no figuró entre ellos. Todo el comer- 
cio de estas resiones tenía que hacerse por intermedio del Perú. 

Como resultado de tantos extravíos, cada barco contrabandista se llevaba 
de retorno oro y plata, en vez de cargar cueros, carnes, cereales y otros de 
los productos que se depreciaban o perdían por falta de compradores. 

El aislamiento intelectual. 

Para que la obra de aislamiento económico fuera estable, debían las 
colonias permanecer en la ignorancia, y con ese propósito se difundían pre- 
venciones y se dictaban medidas encaminadas a deprimir el nivel intelectual 
de los criollos. 

Uno de los gobernadores de Buenos Aires, don José de Andonaegui, 
dando cuenta al Virrey del Perú del derrumbe de una iglesia antigua, atribuía 
el hecho a los abogados y a los pleitos con que ellos fomentaban odiosidades 
en el vecindario. El obispo de Buenos Aires, en un oficio al conde de Aranda, 
se oponía, en 1769, a la creación de una Universidad, alegando que «de la 
cátedra de leyes no se sacarían sino mayores enredos.» 

No era más favorable el juicio que merecía la Medicina. En los pueblos 
del Pacífico, sobre todo, era una profesión baja y menospreciada, de la que 
sólo los negros solían hacerse cargo. 

La instrucción de los criollos, según escribía el jesuíta Iturri al director 
del Colegio Carolino de Buenos Aires, en 1787, debía limitarse a «tres facul- 
tades»: las de «leer, escribir y contar». Y esas tres únicas facultades debían 
establecerse, en su concepto, sobre las ruinas de todas las universidades 
americanas. 

«Hasta que las provincias del Río de la Plata asumieron el manejo de 
sus propios negocios en 1810 (dice el historiador Parish) por toda esta vasta 
extensión de territorio que se extiende desde Buenos Aires hasta Lima, más 
de mil leguas, incluyendo muchas ciudades y lugares’ populosos, con sus 
universidades, colegios, escuelas y sus tribunales úe justicia civiles y ecle- 
siásticos, se sabe que sólo existía una prensa miserable y vieja que había 
pertenecido antiguamente a los jesuítas de Córdoba.» 

Cuando el Virrey Vértiz trató de sacar partido de esa vieja imprenta, no 
pudo encontrar en Buenos Aires una sola persona que supiera distribuir le- 
tras y manejar la prensa. Fué necesario que el Gobernador de Montevideo 
lo sacara de apuros, enviándole un andaluz que fué recibido hasta con pompa, 
como que el propio Virrey lo presentó al Cabildo y le arregló el casamiento 
con una joven de la Casa de Expósitos, formándose así el asiento de una de 
las más distinguidas familias de Buenos Aires antiguo. La imprenta, que 
estaba destinada al sostén de la Casa de Huérfanos, tomó el nombre de 
Imprenta de los Niños Expósitos. 

La circulación de libros estaba sujeta a una reglamentación estricta. 
En 1779, el Ministro español Gálvez dirigió una circular a las autoridades 
coloniales, que da idea de la severidad reinante. 

«El doctor Guillermo Robertson (decía). Rector de la Universidad de 
Edimburgo y cronista de Escocia, ha escrito y publicado en idioma inglés la 
historia del descubrimiento de América; y teniendo el Rey justos motivos 



30 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


para que dicha obra no se introduzca en España y en sus Indias, ha resuelto 
Su Majestad que con el mayor rigor y vigilancia se impida su embarco para 
las Améripas y Filipinas, ni en el idioma inglés ni en ningún otro a que sea 
traducida o se traduzca; y que si hubiera algunas partidas o ejemplares de 
dicha obra en los puertos de unos u otros dominios, o introducidos ya tierra 
adentro, se detengan y embarguen a disposición del Ministerio de mi cargo. 
Y de su real orden lo participo a V. E., para que tomando las providencias 
más estrechas y convenientes tenga el debido cumplimiento esta resolución.» 

La lectura de la obra de Robertson podía ser castigada hasta con pena 
de muerte, según una real cédula que la Suprema Junta de Nueva Granada 
incluyó entre sus «Motivos para reasumir los derechos de la Soberanía». 
La misma Junta citó el hecho de que habiendo el patriota granadino Manuel 
Pombo, comprado en Filadelfia una imprenta con destino al Consulado de 
Cartagena, el Virrey Amar obtuvo una real orden que prohibía el uso de 
esa imprenta. 

El título 2 4 libro I de la Recopilación de Indias contiene diversas leyes 
reglamentarias de la impresión y venta de libros. Estaba prohibido vender 
o imprimir libros en América sin licencia del Consejo de Indias o de otra 
autoridad igualmente empeñada en impedir la difusión de las ideas. Esas le- 
yes permanecieron en vigencia hasta los últimos momentos de la dominación 
española. Lo prueba una real cédula de 11 de abril de 1805, según la cual 
toda obra concerniente a la América, debía remitirse al Consejo de Indias 
en demanda de licencia. 

Recién en 1796 tu.vo Montevideo una escuela laica, y sólo en 1809 tuvo 
una escuela gratuita en la que se enseñaba lectura, escritura, gramática 
y religión. 

Tucumán y Charcas contaban con Universidades. Buenos Aires, que gozaba 
de enseñanza secundaria en el Real Colegio de San Carlos, quiso tener tam- 
bién escuelas de náutica, dibujo y escultura; pero apenas instaladas, fueron 
suprimidas por la Corte de Madrid, a título de disciplinas de puro lujo, y 
substituidas por una cátedra de medicina y cirugía. 

Y nada más había para estimular a la juventud estudiosa del Río de la 
Plata, ¡trescientos años después del descubrimiento de Juan Díaz de Solís! 

Las riquezas del Río de la Plata y su exterminio. 

Dice don Félix de Azara en su «Memoria Rural del Río de la Plata», 
que en la primera mitad del siglo diez y ocho, pastaban «cuarenta y ocho 
millones» de animales vacunos cimarrones, en una sola zona de cuarenta y 
dos mil leguas cuadradas. 

Y agrega que al finalizar el mismo siglo, la existencia había bajado a 
«seis millones y medio», como consecuencia del exterminio realizado al solo 
objeto del aprovechamiento del cuero y del sebo, porque de la carne nadie 
se ocupaba. 

Véase cómo describe Azara, en otra de sus Memorias, el procedimiento 
de exterminio: 

«Se junta una cuadrilla de gente, por lo común perdida, facinerosa, sin 
ley ni rey, y va donde hay ganados. Cuando hallan una tropa o punta de 
ella, se forman en semicírculo, los de los costados van uniendo el ganado y 
los que van en el centro llevan un palo largo con una media luna bien afilada 
con la que desgarretan todas las reses, sin detenerse, hasta que acaban con 
las que hay o las que tienen por necesarias. Entonces vuelven por el mismo 
camino y el que desgarretó, armado de una chuza penetra con ella en la entraña 
de cada res para matarla, y los demás le quitan el cuero para estirarlo con 
estacas. Toda la carne se pierde y, cuando mucho, se aprovecha algún sebo. 
Además se pierden los terneros jóvenes que quedan sin madres.» 



LA POLÍTICA ECONÓMICA DEL COLONIAJE 


31 


«Los negociantes de Montevideo y Buenos Aires son los que fomentan 
estas matanzas que el Gobierno prohíbe a veces y otras disimula a sus favo- 
ritos y otras la» reduce a matar solo los machos. Pero rara vez consigue lo 
que manda, y si alguna vez sucede, que yo lo he visto una sola en cuatro o 
cinco años, hay un producto admirable. En fin, este es un asunto en que 
cabe y hay mucho monopolio difícil de cortar, por la utilidad que tiene para 
los que andan en él y que se acabará antes de muchos años, porque des- 
aparecerán los ganados y quedarán los campos desiertos.» 

La «Revista del Río de la Plata» reprodujo del archivo del canónigo 
Seguróla, un informe al Virrey sobre reparto de tierras y ganados, cuyas con- 
clusiones coinciden con los procedimientos de exterminio que menciona Azara. 

Establece ese informe, con relación a la riqueza pecuaria de la Banda 
Oriental en 1790, que los estancieros pobres aplican marca a su ganado, 
pero lós ricos no; que hay estancias hasta de ochenta y cien leguas, como la 
de Alzáibar; que cuando los ganados salen de las sierras uruguayas, se forman 
partidas que acorralan y desgarretan con media luna desde a caballo, sin 
perdonar vacas, siguiendo las persecuciones y matanzas de un campo a otro 
y perteneciendo a cada hacendado los animales caídos en su respectivo esta- 
blecimiento. 

El primer ensayo industrial en vasta escala para el aprovechamiento 
de la carne del Uruguay, corresponde a don Francisco Medina, quien fundó 
un establecimiento saladeril y otro de cría de vacas y cerdos para el sumi- 
nistro de la materia prima. 

A la muerte del progresista industrial, el Virrey de Buenos Aires, mar- 
qués de Loreto, embargó sus bienes, y dejó perder todas las salazones prepa- 
radas para la exportación, cegando así una fuente de riqueza en la que, sin 
duda alguna, habría encontrado la Corte de España resultados pecuniarios 
inmensamente mayores que en las minas de plata y oro que absorbían toda 
su atención. 


El proceso económico del coloniaje: lo formulan los labradores en 1793. 


Varias veces procuraron los labradores y los estancieros del Río de la 
Plata abrirse corrientes de exportación para sus productos, único medio de 
fomentar los intereses rurales, dada la relativa insignificancia del consumo 
interno. i 

En 1793 se dirigieron los labradores de Buenos Aires al Virrey, en de- 
manda de medidas protectoras «de este gremio (decían), el más pobre y nume- 
roso y que cultiva unos terrenos los más fértiles del mundo, susceptibles de 
producir cosechas inmensas de granos, capaces no sólo de mantener a España 
en caso de carestía, sino también a mucha parte del resto de Europa». 

«En medio de tan bellas proporciones (agregaban), se ven los labradores 
de estas dilatadas campañas en la mayor pobreza y aniquilamiento, por no 
tener salida de sus frutos a falta de comercio y extracción, lo que ha moti- 
vado, y particularmente el antecedente año de 92, que el trigo se haya ven- 
dido aún después de la cosecha al precio bajo de 10 a 12 reales la fanega, 
sin embargo de ser doble mayor que la de España; y siendo constante que 
las costas de siembra y recogida ascienden a mucho más, es consiguiente la 
pérdida. De este principio, se siguen males de la mayor consecuencia, y el 
abandono de muchos pobres labradores que por no tomar el arado con repug- 
nancia dimanada de la ninguna recompensa de su trabajo, más bien se entre- 
gan al ocio y la pereza, naciendo de esto otros tantos ladrones y salteadores, 
como la experiencia lo tiene acreditado.» 



32 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Y lo amplían los estancieros en 1794. 

Un año después, en 1794, los estancieros de Montevideo y Buenos Aires 
se dirigían al Ministro don Diego Gardoqui, en demanda de medidas tendientes 
al aprovechamiento de la carne vacuna. 

El Memorial de los estancieros es todo un formidable proceso de la po- 
lítica económica de la época. 

Empieza por establecer que las reses vacunas se cuentan por millones; 
que hay parajes muy adecuados para el establecimiento de saladeros, y puer- 
tos cómodos de embarque, como los de Montevideo, Buenos Aires, Maldonado 
y Colonia; que la propensión de la gente de campo se adapta maravillosa- 
mente a la cría, conservación y explotación de los ganados; que hay una 
producción abundantísima de granos, lanas, avestruces, peces, lobos marinos; 
que también se cuenta con algodón en Corrientes y Misiones, y con minas de 
oro en Maldonado y San Luis. 

«La caza, la pesca, la pastoril, la agricultura y la metalurgia, son las 
cinco artes fundamentales de cualquier Estado, y las que producen las mate- 
rias primas para formar el nervio de la Nación.» 

Examina luego el Memorial estas cinco fuentes de riqueza, para concluir 
que el pastoreo es la que atrae más intensamente la atención del hombre 
de campo; y suministra con tal motivo varios datos estadísticos de interés. 

El ganado caballar cuenta «un crecido número de millones», a uno y 
otro lado del río, y se multiplica de una manera tan extraordinaria que los 
estancieros tienen que reunirse en ciertas oportunidades del año y organizar 
matanzas para la defensa de sus pasturas. 

De la abundancia del ganado vacuno, dan testimonio los ochocientos 
mil cueros que anualmente empieza a exportarse. Hay una matanza anual 
de 600,000 animales. De ellos, 150,000 corresponden al consumo de las 
poblaciones de Montevideo, Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes y Misiones, 
resultando «que por no aprovecharse los frutos que producen las cuatrocientas 
cincuenta mil cabezas, pierde la Nación, a reserva de los cueros, el ingreso 
de cerca de ocho millones de pesos, vendidos que fuesen en España y en 
otros parajes». 

«Por lo que dejamos expuesto, ¿no está comprobado que este es el país 
más rico del mundo por hallarse bajo un clima dulce, con muchos puertos 
que favorecen el comercio, abundantes tierras que producen copiosamente 
los alimentos de primera necesidad, como es el pan y la carne, pues ambos 
ramos pueden formar un gran fondo de comercio y una masa no pequeña 
de riquezas más seguras que las que producen las manufacturas, por tener 
éstas una existencia precaria dependiente del gusto y de las industrias de las 
otras naciones, y a veces del capricho de la moda; y aún más seguras también 
que las minas de oro y plata, porque éstas, cuanto más se cavan, menos pro- 
ducen, o bien sea por quedar en agua, o porque se pierden y se agotan las 
vetas, o bien porque el beneficiarlas ocasiona más gastos?» 

«¿Cuál será la verdadera, sólida y permanente arte de hacer dinero? 
¿Cuál la sola lícita y aprobada por Dios y la Naturaleza? La pastoril, sin 
duda, que produce abundantes ganados, y la agricultura mucho trigo, ayudada 
del comercio marítimo: estos son los medios justos de enriquecerse y pro- 
curar atraer los metales, sacándolos de los países que los poseen y que se 
hallan escasos de otras especies y socorriéndoles con ellas por el dinero que 
les sobra, o permutándolas por otras que necesitamos: este es y debe ser el 
único fin del comercio; nuestros ganados, que producen abundante carne, 
cuyo alimento es, después del pan, el más necesario a la vida humana, los 
cueros, sebos y lanas, son una piedra imán que ayudada del comercio atrae 
con fuerza y enriquece todos los años a la Nación: es una locura pretender 



LA POLÍTICA ECONÓMICA DEL COLONIAJE 


33 


otros manantiales: estas son unas minas ricas que se poseen con seguridad, 
se cultivan con tranquilidad y’ se disfrutan con justicia; y para esto, mere- 
ciendo el fomento de nuestro Soberano, ¿quién duda que podríamos llegar al 
colmo de la mayor felicidad, y a tan alto grado que se podría cargar todos 
los años seiscientas á setecientas embarcaciones, reguladas una con otra 
de doscientas cincuenta toneladas, con granos, lanas, cueros, sebos, carnes, 
astas y cerda, que producen el ganado vacuno y caballar, y pieles, crines y 
su grasa para curtidos, con más aceite de ballena, de lobo y sus pieles, tocinos 
de los cerdos, «in otros frutos que produce la agricultura, como el trigo, lino, 
cáñamo, algodón y otros?» 

Después de esta soberbia lección de economía política dada a la Corte de 
Madrid, entran los hacendados de Montevideo y Buenos Aires a estudiar las 
dificultades de un vasto plan de establecimientos de salazón: falta de obreros 
competentes en la manipulación de carnes; falta de toneleros; escasez de 
barriles; pobreza de los estancieros; falta de embarcaciones. 

Véase cómo las solucionan: 

Habría que combinar un programa de premios y castigos, para impedir 
que continúe la obra de exterminio de los ganados al solo objeto de aprovechar 
el cuero, la lengua y la picana o parte más gorda del anca. Sería el medio 
de reformar a los dos o tres mil hombres que en la Banda Oriental se ocu- 
pan del exterminio del ganado, y que viven tan alzados como los mismos 
animales, llevando una vida vagabunda, de la que suelen aprovecharse los 
portugueses para la formación de partidas volantes encargadas de difundir el 
terror, mediante el robo y el saqueo. 

Las carnes preparadas han hecho ya su experiencia, sin embargo. 
Pueden llevarse a grandes distancias. Al Asia mismo han ido varios barriles 
y han vuelto a Gádiz después de largos viajes en perfecto estado de conser- 
vación. 

Lo que necesitamos ahora es generalizar la salazón en forma de que 
cada estanciero pueda preparar carne en proporción al ganado que posea, y 
ese resultado se conseguiría toda vez que el Rey contratara un centenar de 
irlandeses solteros, con aptitudes para esta industria. El sueldo del Estado 
cesaría a medida que los contratados fueran encontrando ocupación a cargo 
de los hacendados, y se viera, «con gloria de la Nación, que toda la Pro- 
vincia era un saladero». 

Estos irlandeses formarían luego familias, que «serían unos maestros 
permanentes, no sólo de salar carne, sino también de hacer quesos y manteca, 
de lo que resultaría otro ramo de comercio no pequeño, porque aunque aquí 
se sabe el arte de hacer manteca, se ignora el modo de prepararla para que 
se conserve buena para largos viajes». 

Habría que contratar también toneleros, bajo la promesa de pagarles 
aparte de su sueldo un premio por cada aprendiz que formasen. En cuanto 
a maderas, sobran en el Paraguay las que se prestan para la construcción 
de barriles. 

Para suplir la falta de embarcaciones y de corresponsales o agentes de 
venta de carnes saladas, podría promoverse una compañía con privilegios 
comerciales de importancia, dotada de amplios almacenes de depósito en 
Montevideo y Buenos Aires y concesiones complementarias para la exporta- 
ción de manteca, quesos, lenguas, cueros de carnero y madera. 

Y concluyen los estancieros con esta moraleja política: 

«Hasta para mantener la tranquilidad de los pueblos y obtener el res- 
peto a las leyes y al Gobierno conviene el comercio, pues como suministra 
abundantes materias no sólo para vivir, sino para vivir con sosiego y con 
gusto, los acostumbra a la paz y a la quietud, haciéndoles aborrecer los albo- 
rotos públicos.» 



34 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


¡El criollo para la servidumbre! 

En resumen: la Corte de Madri^ se había propuesto extraer todo el oro 
y toda la plata -de las minas de sus colonias, y reducir a la población ame- 
ricana a la condición de consumidora de los productos de las manufacturas 
españolas. 

El eje de este monstruoso programa era el aislamiento absoluto de las 
colonias, y para obtener ese aislamiento se prohibía todo ccAtacto con e] 
extranjero y con las mercaderías extranjeras, y se impedía en toda forma el 
desarrollo intelectual de los colonos. 

La población estaba dividida en tres categorías: el indígena, condenado 
al exterminio; el español criollo, o sea el nacido en América de padres espa- 
ñoles, considerado como un ser inferior o peligroso; y el español procedente 
de España, para el que estaban reservados todos los honores y prerrogativas. 

En su oración patriótica del 25 de mayo de 1815, en Tucumán, conden- 
saba así el doctor Pedro Ignacio de C'astro el proceso del exclusivismo español: 

. Durante los trescientos años de su cautividad, sólo ha tenido el conti- 
nente, 4 virreyes y 14 gobernadores americanos, habiendo venido de España 
170 de los primeros y 602 de los segundos: ni el dibujo se nos permitía apren- 
der, para perpetuar así nuestra servidumbre bajo el poderoso garante de la 
ignorancia; nuestra América se presenta por eso idiota y supersticiosa, pobre 
y desolada, semejante a una casa robada, sin puentes, sin caminos arreglados; 
sin poderse explotar sus grandes riquezas naturales y con un comercio tan 
supeditado a los puertos peninsulares que el azogue de Almadén o de la Istria, 
por ejemplo, comprado allí a doce pesos el quintal, era vendido aquí a setenta 
y tres! 

Ante el cabildo abierto de mayo de 1810, sostuvo el obispo Lúe, de 
Buenos Aires, reflejando vieias ideas, «que mientras existiera en España un 
pedazo de tierra debía España mandar en América, y que mientras existiera 
un solo español en la América, ese español debía mandar a los americanos, 
pudiendo sólo venir el mando a los hijos del país cuando ya no hubiera un 
solo español en él». 

El Virrey del Perú, Abascal, en su bando de 13 de julio del propio año. 
expresaba con más crudeza el mismo pensamiento arraigado en la conciencia 
española, cuando decía que los americanos eran «hombres destinados por la 
Naturaleza a vegetar sólo en la oscuridad y el abatimiento». 

«Es el último extremo de una arrogancia insensata (replicaba Mariano 
Moreno desde «La Gaceta de Buenos Aires») y el último grado de desgracia 
a que se no*, pudiera reducir. Colonos de España, hemos sufrido con pacien- 
cia y con fidelidad las privaciones consiguientes a nuestra dependencia. 
Trescientos años de pruebas continuadas, han enseñado a nuestros monarcas 
que las Américas estaban más seguras en el voluntario vasallaje de sus hijos, 
que en las fuerzas de sus dominadores. ET español europeo que pasaba a 
ellas, era noble desde su ingreso, rico a los pocos años de residencia, dueño 
dé los empleos y con todo el ascendiente que da sobre los que obedecen la 
prepotencia de hombres que mandan lejos de sus hogares. El curso de las 
vicisitudes humanas reduce la s España a la esclavitud, todos los pueblos libres 
de la monarquía recobran sus derechos primitivos, y cuando los naturales 
del país parecían destinados por la naturaleza misma de las cosas a subrogar 
el rango de sus dominadores, se ofenden éstos *de las moderadas pretensiones 
con que aquéllos se contentan. Y aunque se reconocen sin patria, sin apoyo, 
sin parientes, y enteramente sujetos al arbitrio de los que se complacen en 



LA POLÍTICA ECONÓMICA DEL COLONIAJE 


35 


ser sus hermanos, les gritan todavía con desprecio: americanos, alejaos de 
nosotros, resistimos vuestra igualdad, nos degradaríamos con ella, pues la 
Naturaleza os ha creado para vegetar en la oscuridad y el abatimiento; 
aturde semejante atentado y aturde mucho más que en la gran ciudad de 
Lima se haya formulado este insulto públicamente.» 



CAPITULO VII 


LI CHAS COMERCIALES ENTRE MONTEVIDEO * Y BUENOS AIRES 


Importancia del puerto de Montevideo. 

Tenían los gobernantes españoles un alto concepto de la importancia del 
puerto de Montevideo. 

En 178 4, don Juan José Vértiz, Virrey del Río de la^Plata, escribió una 
«Memoria de gobierno» con destino a su sucesor el marqués de Loreto. 

Decía en ella que el puerto de Montevideo ocupaba el segundo lugar en 
toda la extensión de la América española. Es cierto, agregaba, que no tiene 
minas en explotación, aunque tampoco debe olvidarse que en las inmedia- 
ciones de Maldonado, donde se está concentrando una población de españoles 
asturianos, existen muchas vetas de oro y plata, jaspes, mármoles y otras 
piedras valiosas, y asimismo que en los pueblos de Misiones hay oro, plata y 
azogue y sólo faltan peritos que estudien y reconozcan esas fuentes de riquezas. 
Pero aún cuando no las hubiera en las entrañas de la tierra, bastaría para 
demostrar la importancia del puerto de Montevideo, el opulento comercio a 
que podría hacer frente con destino a Chile, Tucumán, Potosí y Lima. 

Eso escribía el Virrey Vértiz para demostrar la necesidad de consolidar 
la situación española en Montevideo, contra posibles zarpazos de los portu- 
gueses y de los ingleses. 

Pocos años después, era don José de Bustamante y Guerra, Gobernador 
de Montevideo, quien 'se encargaba de llamar la atención del Cabildo acerca 
del futuro halagador del gran puerto uruguayo. Luego de indicar la urgencia 
de combatir el desaseo de las calles como medio de que las aguas no siguieran 
arrastrando escombros e inmundicias que diariamente disminuían los, fondos__ 
de la bahía, agregaba: 

«Son bien palpables las razones que se presentan a los ánimos despre- 
ocupados e instruidos, cuando se reflexiona, que este puerto ha de abrigar 
dentro de pocos años más de 200 embarcaciones, sin que puedan competir 
con él en su capacidad y aún seguridad, ejecutadas las obras proyectadas de 
fortificación, los pequeños puertos, impropiamente llamados tales, de Ense- 
nada y Maldonado; y si no se atiende al sólido empedrado de las calles y a 
la perfección de la policía que es indispensable, sin desatender la limpieza 
del puerto prevenida por Su Majestad en la real cédula de creación del Con- 
sulado, vendría a ser el de Montevideo en el punto en que consideramos de 
mayor prosperidad y opulencia, la triste ruina y memoria de la indolencia y 
abandono del mayor y casi único puerto del Río de la Plata.» 

La idea de «empedrar las calles», representaba toda una revolución en 
§1 ambiente atrasado de las colonias. Hay que recordar, efectivamente, que 
el marqués de Loreto, Virrey del Río de la Plata, al ocuparse en su «Memoria 
de gobierno» de los pantanos de las calles de Buenos Aires* sostuvo la tesis 
de que el empedrado podría ser causa del derrumbe de muchos edificios, «por 
el tormento que recibirían de los carruajes», aparte de que obligaría a poner 
llantas de hierVo a las ruedas de los vehículos y herraduras a los animales, 
operaciones muy onerosas, en su concepto, por lo cual sintetizaba a, sí su pian 
de pavimentación urbana nada menos que para la capital del Virreinato: 

«Creo que sólo debe tratarse, por ahora, de ir argamasando las calles con 
cascotes y tosca que aún quedará más unida al barro que la piedra, haciendo 
esta operación sob^e los mismos lodazales, en cuya forma excusarán pisones o 



LUCHAS COMERCIALES ENTRE MONTEVIDEO Y BUENOS AIRES 


37 


les bastará con menos, cubriendo después todo el piso con arena buena; enten- 
dido que para afirmarlo, particularmente en las rampas o derrames que él 
hace para la barranca, hay recurso en las osamentas de los mataderos, eli- 
giendo las más ventiladas y depuradas de su médula, productiva de gusanos, 
aunque no nocivos, incómodos.» 

El Gobierno de Buenos Aires procura trabar el desarrollo de Montevideo. 

Apenas instalado el primer Cabildo de Montevideo, las autoridades~~de 
Buenos Aires ^se apresuraron a transmitirle instrucciones para «hacer registros» 
en los barcos que cruzaran el río, «decomisando la plata sellada y géneros de 
comercio transportados sin licencia» y asimismo para «inspeccionar todas las 
embarcaciones que se preparasen a salir de Montevideo, cuidando que no 
fueran portadoras de mercadería alguna, y tratando de evitar rigurosamente 
las arribadas maliciosas de navios y' embarcaciones a este puerto». 

Montevideo debía quedar, pues, absolutamente aislado. Podía comprar 
las mercaderías transportadas de Buenos Aires, con licencia. Pero le estaba 
prohibido exportar sus frutos y le estaba prohibido, además, admitir barcos 
que no procedieran de Buenos Aires. 

Contra este insoportable régimen prohibitivo, no tardó en alzarse el 
Cabildo. 

Don Francisco de Alzáibar quedó encargado de ilustrar a la Corte de 
Madrid acerca del estado lastimoso de la ciudad. En el pliego de instruc- 
ciones dadas al comisionado, pedía el Cabildo que se concediera a los vecinos 
de Montevideo la licencia de que ya gozaban los de Buenos Aires para conducir: 

«Sebo, cecina y harinas al Brasil en trueque de oro y algunos negros 
para sus estancias y labrar tierras, por no ser perjuicio este tráfico al servicio 
de Su Majestad; con cuyo alivio, y sabiendo que sus frutos han de tener 
salida, se adelantarán al trabajo con gran esfuerzo. Lograrán esta ciudad 
y su vecindario considerable adelantamiento, asignando Su Majestad, al año, 
tres balandras o sumaquillas que, aunque son pequeñas por ser largo el 
trecho y caminar costeando, podrán hacer su viaje por tiempo oportuno del 
verano.» 

El Comandante Militar ¿de la plaza, coronel Santos de Uriarte, uniendo 
sus votos a los del Cabildo, decía en su dictamen para demostrar la situación 
angustiosa del Uruguay: 

«Los granos que se producen no costean el alimento dé Montevideo, 
por no tener salida, y es imposible contratar peones por lo crecido de^ los^ 
salarios. Los ganados cimarrones, han sido monopolizados por los portu- 
gueses al abrigo, de los nuevos fuertes construidos de Río Grande para acá.» 

Recién en 1774. la Corte de Madrid autorizó a las poblaciones del Río 
de la Plata para comerciar con el Perú, Méjico, Nueva Granada y Guatemala. 

Gracias a esa medida, pudo iniciarse una corriente de navegación entre 
el Río de la Plata y el Perú, que permitía exportar cueros, carne y sebo, e 
importar diversos artículos de consumo necesario. 

Cuatro años después, en 1778, otra real cédula puso al Río de la Plata 
en perfecto pie de igualdad con las colonias que ya gozaban del privilegio de 
comerciar directamente con España, y para facilitar el nuevo intercambie de 
productos, autorizó la creación de las aduanas de Montevideo y de Buenos 
Aires. 

Hasta entonces sólo habían podido disponer los países del Plata, como 
consecuencia de, largas gestiones, y eso mismo «anualmente», de un barco de 
cien toneladas de registro, para remesar a España productos naturales y traer 
de retc-no mercaderías de consujno. Todo el resto de su movimiento de 
importaciones y exportaciones comerciales, tenía que hacerse por intermedio 
del Perú. 



38 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Los colonos debían resignarse, sin embargo, a no competir con la metró- 
poli. Apenas cobraba alas una industria similar a las españolas, se dictaba 
un decreto restrictivo. Fueron así restablecidas las leyes que prohibían en 
América la plantación y explotación de viñas y olivos, y más de una vez reci- 
bió órdenes terminantes el Virrey del Río de la Plata, para comprar todá 
la lana de vicuña que se cosechase en el territorio, ¡por haberse divulgado la 
noticia de que en Buenos Aires era utilizado ese producto en la fabricación 
de sombreros! 

En 1791 fué habilitado el Río de la Plata para ejercer el comercio de 
negros esclavos durante el plazo de seis años. ' 

También se autorizó a favor de la «Compañía Marítima» una estación de 
pesca en Maldoifado, para la explotación de ballenas y lobo?, creándose a la 
vez allí una oficina real de hacienda y habilitándose el puerto para todas las 
expediciones de la compañía. La explotación marchó con desahogo mientras 
tuvo a su servicio obreros ingleses y norteamericanos, prácticos en el negocio; 
pero cayó en ruinas una vez que ese personal emigró del país, como conse- 
cuencia de intimaciones que afectaban sus creencias religiosas. 

El impulso comercial que empezaba a tomar el Uruguay, a la sombra 
de las franquicias acordadas por la Corte de Madrid, fué causa de grandes 
alarmas allende el Plata. 

En 179 7 los comerciantes de Buenos Aires promovieron gestiones para 
reconcentrar en la Ensenada de Barragán toda la corriente marítima entre 
el Río de la Plata y España. El Consulado encontró justo el reclamo y lo 
elevó a la Corte de Madrid. 

Pero el Cabildo de Montevideo resolvió dirigir al Rey una contrarepre- 
sentación, que tuvo pleno éxito. Véase lo que decía el Alcalde de l. cr voto 
en la sesión en que se tomó esa salvadora actitud: 

«Nuestra provincia sería la más perjudicada con la derogación pedida, 
a causa de su posición local, la asombrosa fertilidad de sus campos y la 
abundancia casi increíble de sus ganados y otros frutos, a pesar de los cuales 
sólo se ha visto hasta aquí que teniendo ventajas y proporciones quizás sobre 
todas las otras partes de la tierra para ser la provincia más rica y más flo- 
rida, es, sin embargo, la más pobre y la más infeliz, sólo porque no ha 
logrado salida o gente que consuma sus frutos,, conocidos por los más apre- 
ciables del mundo, y otros muchos más que podría producir, si se Cultivara 
la industria y agricultura que hasta ahora estuvo sin el menor ejercicio y, por 
consecuencia, reducidos a la mayor indigencia millares de hombres que hay 
en esta campaña, sin destino, ocupación ni ejercicio.» 

Otro incidente comercial surgió en seguida entre los dos puertos del 
Plata. Con motivo de haber ordenado la Corte de Madrid que se practicaran 
estudios para la construcción de uii faro en el Cerro de Montevideo, el Consu^ 
lado de Buenos Aires, invocando que el faro sólo aprovecharía al puerto de 
Montevideo, pidió que se ubicara en la isla de Flores, Punta del Sur o Punta 
Lara. Pero la resolución fué mantenida y el C'erro dé Montevideo sirvió de 
asiento al primer faro del Río de la Plata. 


Una página de la época. 

El historiador don Juan Manuel de la Sota, que tuvo oportunidad de 
recoger informaciones directas de la época o de los que conservaban fresco 
el recuerdo de datos suministrados por testigos presenciales, ha escrito esta 
página reveladora del origen remoto dél antagonismo económico entre Monte- 
video y Buenos Aires: * 

«La Banda Oriental del Río de la Plata fué destinada por los pobladores 
de Buenos Aires para proveerse de leña, carbón y maderas gruesas, de que 
se carecía en la ribera austral, donde yace la ciudad dé Buenos Aires; como 



LUCHAS COMERCIALES ENTRE MONTEVIDEO Y BUENOS AIRES 


39 


en especial para cría de ganados que no sólo sufragasen entonces y en lo 
venid§ro a su propia subsistencia, sino también que produjesen sobrante pro- 
ducción de cueros para comerciar en tan útilísimo género.» 

’ «Habiéndola reservado para este objeto, donde los animales procreasen 
con libertad y quietud, y se alimentasen sin escasez de pastos, se abstuvieron 
por mucho tiempo de formar poblaciones capaces de impedir la cría que suce- 
siva y rápidamente se fué multiplicando después.» 

Agrega el mismo historiador que, para explotar esos ganados, había que 
sacar licencias del Ayuntamiento de Buenos Aires, bajo obligación de ceder 
la tercera parte al tesoro de aquella ciudad, y que con tal motivo se formaban 
fuertes partidas que establecían su asiento a orillas de los ríos y arroyos, 
emanando de los apellidos de los jefes o capataces de esos grupos muchas 
de nuestras denominaciones geográficas, como Pando, Solís, Maldonado y 
Rocha. 

La Banda Oriental hahía sido, pues, en sus comienzos, algo así como una 
estancia del Municipio de Buenos Aires, y es explicable entonces que el Con- 
sulado procurara por todos los medios a su alcance, oponerse al desarrollo 
comercial de Montevideo, porque ese desarrollo significaba, a la vez que la 
independencia económica de la estancia, la organización de un rival comercial 
en el Río de la Plata. 

¡Y hay que advertir que la estancia era de una riqueza insuperable! 

El doctor Miguel Lastarria, secretario del Virrey, marqués de Avilés, 
dice en sus «Colonias Orientales del río Paraguay o de la Plata», que, «del 
casi millón de cueros que se extraen del Río de la Plata, más de la mitad 
salé del territorio oriental»; agrega en cuanto a las carnes que es «muy sen- 
sible el mejor sabor de las de la Banda Oriental, que aún de regalo las llevan 
a Buenos Aires»; y cierra el elogio con este magnífico broche: 

«La gran parte de nuestro territorio comprendida entre la línea divi- 
soria del Brasil, curso del Uruguay, ribera del Río de la Plata y del mar, 
hasta donde principia aquella línea, es el depósito de la salud, de la riqueza, 
de la comodidad de los fieles vasallos de Su Majestad en la Provincia de 
Buenos Aires.» 


★ ★ 



CAPITULO VIII 


LAS INVASIONES INGLESAS 


Cuál era, en ese momento, la situación del Río de la Plata, 


Sintetizando el contenido de los capítulos anteriores, puede caracteri- 
zarse así el estado del Río de la Plata, al tiempo de iniciarse la conquista 
inglesa: * 

El elemento indígena, exterminado totalmente en el Uruguay y casi exter- 
minado en las demás provincias; el criollo o americano, sometido en absoluto 
al yugo español, sin derechos, verdadero paria en su patria; la ganadería y 
la agricultura, asfixiadas por falta de salidas; la obra entera de la civiliza- 
ción, detenida por temor de que al alzarse el nivel general de la cultura y 
de la riqueza, quedara en ries&o la clase dominadora; y, para colmo de males, 
una lucha económica cada día más acentuada entre las dos riberas del Plata, 
por el empeño de las autoridades españolas de Buenos Aires en deprimir a 
Montevideo. 

¿Podía aguardarse, dentro de ese cuadro, una vigorosa iniciativa popular 
contra el cambio de amos o dominadores del Río de la Plata? 

Es lo que nos van a contestar la actitud de Buenos Aires y la actitud de 
Montevideo. 


Toma de Buenos Aires por los ingleses. 


La primera expedición inglesa se produjo a mediados de 1806, bajo el 
mando del almirante Pópham y del general Beresford. 

Pasaron de largo los expedicionarios por el puerto de Montevideo, en 
dirección a la costa arg-entina. 

El 2 5 de junio desembarcó el general Beresford, al frente de 1,600 sol- 
dados, en Quilmes. 

^ Una división de mil hombres, que había salido a su encuentro, se dis- 
persó ante la simple aproximación del invasor, sin haber sufrido una sola 
baja por concepto de muertos o heridos. 

Dos días después, el ejército inglés entraba a Buenos Aires, cuy'a po- 
blación contaba ya alrededor de cincuenta mil almas, también sin lucha, 
previa rendición de las fuerzas militares que la guarnecían. 

Y en el acto, la ciudad prestó juramento de obediencia al monarca in- 
glés, por el órgano de sus autoridades, quedando el mismo Cabildo al frente 
del gobierno civil. 

Uno de los testigos de la época, don Ignacio Núñez, dice que después 
de los primeros momentos de estupor, Beresford y sus jefes y oficiales 
recorrían las calles de la ciudad, del brazo de las principales señoras de 
la sociedad argentina. 

Había pagado, pues, la población de Buenos Aires del dominio es- 
pañol al dominio inglés, sin derramar uno sola gota de sangre, y hasta sin 
conflictos sociales de ninguna especie. 



LAS INVASIONES INGLESAS 


41 


Montevideo decreta la reconquista y se da una organización política revo- 
lucionaria. 

De este lado del Plata, el ambiente oficial era también de apocamiento. 
El Virrey había huido de Buenos Aires, y el Gobernador de Montevideo, 
don Pascual Ruiz Huidobro, parecía resuelto a mantenerse en una situa- 
ción de expectativa, doblemente justificada por la fafí& de órdenes supe- 
riores y por la pequeñez de la guarnición de la plaza, que sólo constaba 
de quinientos soldados. 

Pero la población de Montevideo se alzó como un solo hombre, para 
organizar la reconquista de Buenos Aires. Verdad es que ya sabía lo que 
era triunfar de los ingleses. Y véase cómo lo había aprendido:' 

Don José de Bustamante y Guerra, uno de los gobernadores de Mon- 
tevideo, se embarcó de regreso para España, a fines de 1804, al mando de 
una escuadra que conducía cinco millones de pesos en metálico y un ri- 
quísimo cargamento de .mercaderías. Del metálico correspondía a remesas 
del comercio uruguayo, con destino a pagos internacionales, un millón y 
medio de pesos, y el resto del dinero y' las mercaderías a Lima. Al llegar 
a la altura del cabo de Santa María, la escuadra inglesa del comodoro Moore 
atacó y venció a la española, apoderándose de sus caudales y mercaderías. 
Ese atropello produjo enorme impresión en nuestra plaza y vivos deseos 
de emprender represalias. Como consecuencia de ello, el Gobierno español 
autorizó el corso, y' en el acto el pueblo de Montevideo armó dos barcos 
llamados «Oriente» y «Reina Luisa», con trescientos hombres de combate, 
que se lanzaron al océano y atacaron, vencieron y trajeron al puerto una 
media docena de barcos ingleses repletos de prisioneros y de valiosas mer- 
caderías que permitieron resarcir las pérdidas. 

Ya sabía, pues, Montevideo, lo que> era pelear con los ingleses, y' por 
eso se alzó como un solo hombre para organizar la reconquista de Buenos 
Aires. \ I ( |; 

Concurso personal y concurso pecunario; todo fué ofrecido a las au- 
toridades para marchar contra el invasor, en manifestaciones ruidosas que 
recorrían las calles, caldeaban la atmósfera, triunfaban de las vacilaciones 
de Ruiz Huidobro, e infundían impulsos revolucionarios de la mayor im- 
portancia. 

Como resultado de esa nueva fuerza popular que tan de improviso 
surgía dentro de la plaza fuerte de Montevideo, el Cabildo declaró en su 
famosa sesión del 18 de julio de 1806: 

«Que en virtud de haberse retirado el Virrey al interior del país, de 
hallarse suspenso el Tribunal de la Real Audiencia y juraimentado el Ca- 
bildo de Buenos Aires, era y debía respetarse en todas las circunstancias 
al Gobernador don Pascual Ruiz Huidobro, como Jefe Supremo del Con- 
tinente, pudiendo obrar y 1 proceder con la plenitud de esta autoridad para 
salvar la ciudad amenazada y desalojar la capital el Virreinato.» 

Era un formidable golpe de maza contra el andamiaje institucional 
existente. 

La vida de las colonias del Río de la Plata era de absoluta servidumbre 
cívica. Ningún cargo podía crearse, especialmente en una ciudad subalterna 
como Montevideo, sin la autorización del Rey 1 y la intervención del Virrey. 
Pero ¡he aquí que el Cabildo de Montevideo, alzado por el pueblo, asume la 
personería del Rey, se suplanta, más bien dicho, ál Rey de España, deja de 
lado al Virrey, y por sí y' ante sí inviste a Ruiz Huidobro de una función 
nueva y verdaderamente extraordinaria y lo autoriza para emprender la re- 
conquista de Buenos Aires! 

Desde esa declaración famosa, la primera que se hace en todo el ex- 
tenso escenario de la dominación española, el coloniaje queda herido de 
muerte y en plena germinación la idea de la independencia americana. 



42 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Y para que no hubiera dudas acerca del alcance de sus términos, el 
propio Ruiz Huidobro se encarga de anteponer en seguida su mandato po- 
pular de Jefe Supremo a su mandato oficial de Gobernador. 

En respuesta, efectivamente, a una circular del Virrey, recabando con- 
tingentes para marchar sobre Buenos Aires, y a una orden especial sobre 
envío de tropas veteranas y artillería de campaña, contestó Ruiz Huidobro: 
en cuanto á la circular, que «había tenido por conveniente suspender su pu- 
blicación, por. hallarse autorizado por el Cabildo para la reconquista»; y 
en cuanto a la tropa veterana, que «no podía enviársela, pues debía mar- 
char en la expedición». 

Las líneas estaban tendidas y la revolución muy avanzada para que 
el Virrey se arriesgara a insistir. Corría el peligro de que el pueblo de 
Montevideo * lo destituyera, y prefirió acatar esa- autoridad que se sobre- 
ponía tan audazmente a la suya. Aprobó, pues, la expedición reconquista- 
dora, limitándose a insinuar a Ruiz Huidobro, «que si en la demora no 
hubiera peligro, esperase los refuerzos que él debía llevarle, pero que si 
temiere perder la oportunidad del ataque y se conceptuase con bastante 
seguridad, procediese en consecuencia». 

El Virrey se ofrecía a ir «en ayuda» del Jefe Supremo de Montevideo, 
y la autoridad divina de los Reyes de España y' de sus delegados en Amé- 
rica, quedaba desconocida y ya definitivamente herida de muerte por obra 
del soberbio gesto del pueblo uruguayo. 

Ruiz Huidobro cede el mando del ejército a Liniers. 

Tocaban a su término los preparativos militares, sobre la base de un 
concurso popular ilimitado en hombres, dinero, armas, caballadas, víve- 
res y embarcaciones destinados a la reconquista de Buenos Aires, y tam- 
bién a la defensa de Montevideo que no podía quedar confiada a su pe- 
queña guarnición de quinientos hombres, hallándose a la vista la escuadra 
de Popham, en actitud amenazadora. 

Cuando todo estaba pronto y la columna expedicionaria en 'tren de 
marcha tenía ya un efectivo de mil quinientos soldados, pareció inminente 
el ataque a Montevideo por las tropas inglesas, y hubo que efectuar un 
cambio en la jefatura del ejército reconquistador. 

Precisamente en esos momentos de alarma llegaba de Buenos Aires 
en demanda de tropas, el capitán francés don Santiago Liniers, al servicio 
del Gobierno español, y' entonces las autoridades de Montevideo, conciliando 
las exigencias de la propia defensa con las de la reconquista, resolvieron 
que el Gobernador Ruiz Huidobro quedara al ¡frente de la plaza, y que 
la columna expedicionaria marchara a las órdenes de Liniers. 

Hablan algunos testigos presenciales. 

Don Ignacio Núñez describe así el efecto que produjo en Montevideo 
la not'icia de la toma de Buenos Aires: 

«Todo se puso en movimiento para preparar una expedición, desple- 
gándose en el pueblo el primer entusiasmo nacional que yo mismo he pre- 
senciado; se mandaron agentes a Buenos Aires para tomar conocimientos; 
se promovió la formación de nuevos cuerpos de milicias; se compraron ar- 
mas y municiones; se aprestaron los buques de guerra y se contrataron 
buques de transporte.» 

Agrega que antes de la llegada de Liniers ocurrió algo «que en otras 
circunstancias hubiera bastado para trastornar todos los proyectos», refi- 
riéndose a las órdenes del Virrey, desacatadas por Ruiz Huidobro, y al 
anuncio del bombardeo y ataque a Montevideo por la escuadra inglesa. 

DiCe el deán Funes: 

«Cuando Ruiz Huidobro recibió la carta de Liniers, era precisamente 



LAS INVASIONES LNGLESAS 


43 


el momento en que asegurado del consentimiento del . Cabildo y de las ge- 
nerosas asistencias del vecindario, se ocupaba de la organización de un 
ejército que debía tener el mismo destino bajo sus órdenes.» 

En este estado de cosas «se tuvieron noticias positivas de que intenta- 
ba el enemigo bombardear a Montevideo y tentar un desembarco». 

«Ya no era prudente que Ruiz Huidobro fuera a ser restaurador de 
otra plaza con riesgo de la suya. En virtud de esta ocurrencia, quedó Li- 
niers autorizado con el poder legal para disponer de la fuerza armada 
como jefe de la precitada empresa.» 

Un manuscrito del archivo del canónigo don Bartolomé Muñoz, pu- 
blicado por Carlos Guido y Spano, refleja en estos términos el efecto que 
la toma de Buenos Aires produjo en Montevideo: 

«Se inflamaron todos sus vecinos de tan extraordinario coraje, que 
corrieron a la una de la noche a demostrar generosos a su Gobernador don 
Pascual Ruiz Huidobro, los efectos de su patriotismo y’ lealtad, sacrifi- 
cando al momento sus vidas y haciendas en defensa de su religión, de su 
Rey y de su patria.» 

«No se puede explicar sin emoción los ofrecimientos de vidas y hacien- 
das que se siguieron, y en que veíamos con admiración venir de lo más 
distante de la campaña muchos pobres hacendados y labradores, dejando 
sus casas, haciendas, familias, y abandonando sus vidas 'al amor de tan 
digno objeto.» 

El Cabildo se reunió, agrega, con asistencia del Gobernador, para tra- 
tar seriamente de la reconquista de Buenos Aires, si^ descuidar la de- 
fensa de la plaza de Montevideo, «amenazada y con pocas tropas y con me- 
nos dinero para levantarlas». 

Y reproduce, finalmente, la lista de los donativos populares, en la que 
se destacan: 

El comercio de Montevideo, con 100,000 pesos; el cuerpo de hacenda- 
dos, ‘ saladeristas y* abastecedores, con 50,000; don Mateo Magariños, con 
8,000 pesos y 40 barriles de aguardiente; don Francisco Antonio Maciel, 
con 70 negros; don Juan José Seco, con un cuerpo de caballería compuesto 
de 200 hombres; el negro Francisco Ortegadio, con 1,000 pesos y su pro- 
pia persona para incorporarse a la expedición; los pulperos de la ciudad, 
con 3,379 pesos; los panaderos, con 1,391 pesos; una suscripción popular 
destinada a premios, con 10,414 pesos; otra suscripción, a cargo de don 
Antonio Vilardebó, don Faustino García y don Manuel Diago, con 39,261 
pesos; una suscripción abierta por los militares y destinada a premios a 
los soldados que más se distinguieran en la reconquista, con 2,488 pe- 
sos; la compañía de Miñones, formada en dos días para servir sin sueldo, 
costeando el comerciante Miguel Monel el gasto de los soldados que por 
su pobreza no podían uniformarse. 

El ejército de Montevideo reconquista a Buenos Aires. 

Oigamos a los capitanes de dragones don José Espina y don Ambrosio 
Pinedo, oficiales de uno de los cuerpos salidos de Montevideo a órdenes do 
Liniers: ' ' ! 

«El 22 de julio emprendió marcha la columna compuesta de 700 hom- 
bres, a la que se incorporó mucha gente en la Colonia. La fuerza de línea 
ascendía a 800 hombres; el servicio de artillería a 100 hombres; y’ la tropa 
>> tripulación de los buques a 700. En conjunto, 1,600 plazas.» 

«Estábamos igualmente en la persuación de que a nuestro arribo a 
la otra Banda, encontraríamos tres a cuatro mil hombres prontos a re 
unírsenos.» 

«Estando nosotros cercanos a partir, se presentó en la Colonia don 
Juan Martín de Pueyrredón, uno de los caudillos de la Unión, y manifestó 



44 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


a nuestro general, públicamente, que no debía contar con dicho socorro, 
porque las tropas de Buenos Aires, reunidas a ese efecto en el campo de 
Pedriel, habían sido descubiertas y malbaratadas por las fuerzas británicas.» 

«Nuestro general, en vez de ^apocarse con tan infausta noticia, dió 
muestras de la magnanimidad de su corazón, diciendo con alegre sem- 
blante: no importa, nosotros bastamos para vencerlos.» 

«Y la verdad es que esta heroica confianza, difundida con rapidez en 
todo el ejército, fué el presagio más seguro de la victoria.» 

El 3 de agosto salió la expedición de la Colonia y al día siguiente tuvo 
lugar el desembarco en el puerto de las Conchas. La columna avanzó hasta 
San Isidro y luego acampó en la Chacarita, donde el capellán don Dámaso 
Larrañaga dijo su misa, emprendiéndose acto continuo la marcha hasta los 
mataderos del Miserere, a orillas de la ciudad. 

Ya en ese punto «nos comenzó a acompañar mucho pueblo», contri- 
buyendo «con sus esfuerzos a que nuestra artillería no se embarrase en 

los lodazales». 

Reanudada la marcha y acampado el ejército expedicionario en el 

Retiro, y después de librados los primeros combates con los ingleses, se 

presentaron grupos de vecinos y de soldados de las fuerzas de Juan Váz- 

quez y Lucas Vivas, de las milicias derrotadas de Pueyrredón y‘ Muñoz y 
de los cuerpos de Buenos Aires, «unos con malas armas, y otros pidiéndolas 
con instancia». Compondrían «de quinientos a seiscientos hombres». 

Liniers, concluyen los señores Espina y* Pinedo, llevó el ataque con- 
tra las posiciones de la Plaza Mayor, y obtuvo el día 12 una victoria com- 
pleta, y como conéfecuencia de ella la rendición, a discreción, de los in- 
vasores. 

Buenos Aires desconoce la importancia de la reconquista uruguaya. 

La campaña había sido, pues, rapidísima: iniciada el 22 de julio, con 
la salida de la columna de Montevideo, terminaba el 12 de agosto siguiente, 
con la reconquista de Buenos Aires, habiendo tenido el ejército inglés cua- 
trocientas bajas, y la columna reconquistadora doscientas. 

Era obra exclusiva de la iniciativa y del concurso personal del vecin- 
dario de Montevideo. Los contingentes de Buenos Aires, tardíos y muy po- 
bres, escasamente habían aumentado las fuerzas de Liniers. 

Y por eso Ruiz Huidrobo y' el Cabildo de Montevideo pidieron las ban- 
deras arrebatadas a los ingleses. 

Fué la señal de un nuevo y grave incidente entre las dos ciudades del 
Plata. 

El Cabildo de Buenos Aires, luego de oir a Liniers y a la Real Audien- 
cia, que se pronunciaron por la negativa, declaró «que era una temeri- 
dad pretender abrogarse la gloria de una acción que ni aún hubieran in- 
tentado los de Montevideo a no contar con la gente y auxilio que estaban 
dispuestos en Buenos Aires». 

Llevado el pleito ante la Corte de Madrid, en donde Montevideo estaba 
'representado por don Nicolás Herrera y don Ray*mundo Guerra, . y Buenos 
Aires por don Juan Martín de Pueyrredón, dió el Rey, en abril dé 1807, el 
triunfo a Montevideo, concediéndole «el título de muy fiel y* reconquista- 
dora; facultad para que use de la distinción de maceros, y que al escudo 
de sus armas pueda añadir las banderas inglesas abatidas que apresó en 
dicha reconquista, con una corona de olivos sobre el Cerro, atravesada con' 
otra de las reales armas, palma y espada». 

Existe un «Estado general de los oficiales y tropas que se hallaron en 
las acciones de guerra al mando del capitán de navio don Santiago Li- 
niers, para la reconquista de Buenos Aires», que fija el monto de las fuer- 
zas en 1,936 hombres, incluyendo: 



LAS INVASIONES INGLESAS 


45 


La plana mayor del ejército, el -primer regimiento de artillería, la 
real marina y marinería, la infantería de Buenos Aires, los dragones de 
Buenos Aires, los blandengues de la frontera de Buenos Aires, las milicias 
auxiliares de la misma frontera, los voluntarios de caballería de la Colo- 
nia, los Voluntarios de infantería de Montevideo, los' Miñones, los volun- 
tarios patriotas y los voluntarios patriotas de caballería. 

Ese «Estado general» fué levantado por don Marcos Balcarce, quien 
hace constar en una advertencia, que él recibió órdenes de formar el cua- 
dro de todos los elementos que habían concurrido a la reconquista, y que 
para redactarlo sacó datos de los mismos cuerpos, hospitales, parroquias y 
alcaldes de Buenos Aires, a raíz de los sucesos. 

Comparando los contingentes que desembarcó Liniers en la costa ar- 
gentina, con el total de las fuerzas reconquistadoras que arroja el estado 
del general Balcarce, resulta que el concurso de Buenos Aires era de unos 
quinientos hombres, o sea la misma cifra que establecen los oficiales Es- 
pina y Pinedo en su crónica de la campaña. 

Y hay que agregar que eran quinientos hombres desmoralizados por 
la derrota, y sin armas muchos de ellos. 

Preparativos contra la segunda invasión. 

La primera invasión inglesa sorprendió, pues, a Buenos Aires en pieria 
siesta colonial. 

Los criollos argentinos no tenían la más remota idea de sus fuerzas 
propias, ni atribuían importancia al cambio político que se operaba. En 
vez del 'monarca español, el monarca inglés. Era igual para ellos, según 
resulta de las crónicas de la época. 

En cambio, los criollos de Montevideo, que habían ya actuado en lar- 
gas luchas contra los charrúas y' contra los portugueses, estaban despier- 
tos, plenamente despiertos,, y con la conciencia clara de sus fuerzas, cuando 
Ja escuadra de Popham dió su manotón. 

Y por eso en "el acto mismo de recibida la infausta noticia de la rendi- 
ción de Buenos Aires, se lanzaron a la calle, dieron un puntapié al régi- 
men colonial, y organizaron por su propia cuenta el ejército de la recon- 
quista. 

Su ejemplo, prestigiado por el éxito, debía estimular y estimuló a los 
criollos de la capital del Virreinato, del doble punto de vista político y 
militar. 

La escuadra del almirante ^Popham, lejos de abandonar las aguas del 
Plata, después de la rendición del ejército del general Beresford, mante- 
níase en ellas, en actitud amenazadora. 

El pueblo de Buenos Aires echó, pues, a un lado al Virrey 1 , y pidió 
el traspaso de sus poderes militares a Liniers. y obtuvo ambas cosas con 
expresa conformidad de Sobremonte, que veía su causa irremediablemente 
perdida. Era la reproducción de la actitud del pueblo uruguayo al inves- 
tir a Ruiz Huidobro con el mando supremo en la víspera de la reconquista 
y al desacatar las órdenes del Virrey. 

Y en el acto empezó a preocuparse de su organización militar y 1 a pre- 
prarar la formidable resistencia que le permitiría vencer a un ejército in- 
mensamente mayor que el que había hecho su entrada triunfal* y sin derra- 
mar una sola gota de sangre meses antes, con el general Beresford a la 
cabeza. 

Bobremonte expulsado de Montevideo. 

El Virrey Sobremonte, corrido de Buenos Aires, se dirigió a Montevi- 
deo al frente de sus indisciplinadas milicias de caballería, para asumir la 



46 ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


defensa de la plaza, seriamente amenazada por la escuadra del almirante 
Popham. 

Pero el pueblo uruguayo, que y'a había desconocido su autoridad en 
la víspera de la reconquista, volvió a desconocerla ahora. Pidió a gritos 
que el Virrey se fuera. Y tanto se caldeó el ambiente, que el Cabifdo tuvo 
que comisionar a varios de sus miembros para manifestar a Sobremonte, 
que en el estado de ánimo del vecindario era imposible contener la agita- 
ción s pública de otro modo que con su inmediata retirada de la ciudad, 
invitación que acató el Virrey, a raíz de protestar que sólo saldría de allí 
«muerto o por la fuerza»/ 


La segunda ihvasión inglesa. Saqueo de Maldonado. 

La escuadra inglesa, que había recibido un refuerzo de 1,400 hombres 
al mando del general Ba^ el fuego sobre Montevideo, cón 

la idea de proteger un desembarco. Pero ante la resistencia de la plaza, 
emprendió marcha con rumbo a Maldonado, a la espera de nuevos contin- 
gentes, posesionándose de dicha ciudad a fines de octubre de 1806. 

El vecindario de Maldonado, en una Memoria que presentó al año si- 
guiente al Cabildo de Montevideo, relata, en los términos que extractamos 
a continuación, la entrada a la plaza del ejército inglés y' su conducta con 
los vencidos: 

Al tenerse noticia del desembarco, el capitán de blandengues don Mi- 
guel Borrás reunió 230 hambres, que fueron distribuidos en los médanos, 
en la torre de observación y’ en las calles de la ciudad. 

Pero la resistencia era imposible, y el ejército inglés quedó dueño de 
la plaza con baja de 3 7 muertos y 40 heridos, siendo también muchas las 
pérdidas de los patriotas. 

En el acto empezó el saqueo de la ciudad, y continuó durante tres 
días y tres noches, tomando parte en la tarea más de tres mil hombres de 
tropa y toda la marinería de los setenta barcos fondeados en la bahía. 
Las casas eran registradas una por una; las ropas, el dinero, las alhajas, 
robadas; los muebles, hechos pedazos; los hombres de todas edades, in- 
sultados, golpeados y encerrados luego en los cuarteles; las mujeres vio- 
ladas; los archivos públicos del Ministerio de la Real Hacienda, de la Su- 
perintendencia, de la Comandancia Militar y del Cabildo, saqueados tam- 
bién y sus papeles tirados a la calle. 

Por fin, apareció un bando del general Backhouse, ofreciendo garan- 
tías; recuperaron la libertad los prisioneros, excepto ochenta soldados; se 
restituyó una pequeñísima parte de la ropa saqueada; hubo distribución de 
raciones a las familias necesitadas; y se prohibió la venta de bebidas al- 
cohólicas a los soldados. 

El ejército utilizaba como leña las puertas, las ventanas y los mue- 
bles de las casas de Maldonado. 

La resistencia, concluye la Memoria que extractamos, vencida en la 
ciudad, prosiguió en las cercanías y en la campaña, hostilizando incesan- 
temente a las tropas inglesas que se arriesgaban a salir en busca de ga- 
nados. 

Montevideo^ pide auxilios a Buenos Aires y es desatendido. 


Al principio, pareció que el ejército inglés se proponía atacar a Mon- 
tevideo por tierra, y' fueron destacadas diversas partidas para hostilizarlo, 
las cuales se aproximaron con denuedo hasta formalizar un verdadero si- 
tio en^ torno de Maldonado, que obligaba a los ingleses a buscar sus pro- 
visiones 'en la escuadra. Pero llegaron nuevos y considerables refuerzos a 



LAS INVASIONES INGLESAS 


47 


cargo del general Auchmuty, y entonces quedó resuelto un plan de ataque 
por mar. 

Después de la primera experiencia, reveladora de la falta absoluta de 
organización en Buenos Aires y é del poderoso nervio militar de Montevideo, 
resolvían así los generales ingleses atacar y’ destruir el foco principal de 
la defensa española del Río de la Plata, para reanudar luego la obra de 
Beresford. 

Montevideo sólo había podido organizar una guarnición de tres mil 
soldados, y fuera de sus muros vagaba el Virrey' a la cabeza de otros tres 
mil hambres de caballería que, en parte principal, procedían de Córdoba 
y del Paraguay, sin armas, sin disciplina y' dispuestos a imitar a su jefe 
en la constante huida de los sitios de peligro. 

El ejército de Auchmuty contaba cerca de seis mil combatientes de línea. 

Era muy grande el desequilibrio, y' el Cabildo despachó una comisión 
a Buenos Aires en demanda de auxilios militares. 

Cuando la primera invasión, Montevideo se había anticipado de tal 
manera al grito de socorro de Buenos Aires, que Liniers encontró la expe- 
dición pronta para partir, y en estado ya de vencer a los ingleses, como él 
mismo se encargó de decirlo a Pueyrredón en la‘ Colonia, al enterarse de 
que con ninguna otra fuerza podía contar allende el Plata. Y todo ello, 
a pesar de que la escuadra de Popham cruzaba a la vista de Montevideo, 
amenazando con desembarcos que obligaban a no desprenderse de tan con- 
siderables fuerzas militares. 

¿Qué resultados obtuvo, entretanto, la delegación del Cabildo? 

Habla Liniers: 

- «Yo quise pasar a Montevideo con algunas tropas para socorrerlo; pero 
los habitantes de aquí se opusieron y solamente me permitieron enviar qui- 
nientos hombres que llegaron a ella con felicidad, pero que no pudieron 
retardar su pérdida sino muy poco tiempo. El Gobernador pidió bien pronto 
un refuerzo mayor. Entonces me concedieron que lo llevase, pero ya era 
tarde.» 

El general Belgrano, refiriéndose a los preparativps de la expedición 
militar que se resolvió enviar en ayuda de Montevideo, dice que de todos 
los cuerpos de Buenos Aires salían voluntarios, pero agrega: 

«Sin embargo, de que hubo jefe, que yo vi, que cuando preguntaron a 
su batallón quién quería ir, le hizo señas con la cabeza para que no con- 
testase.» 

< 

El asalto a Montevideo. 

La escuadra inglesa, compuesta de un centenar de buques, se presentó 
a la vista de Montevideo el 15 de enero de 1807, y al día siguiente se pro- 
dujo el desembarco de la tropa en el Buceo. 

Las caballerías de Córdoba y' del Paraguay, que había traído Sobre- 
monte, faltas de disciplina y de armas, se desbandaron sin pelear a los pri- 
meros tiroteos, sosteniendo todo el fuego los blandengues de Montevideo 

y algunas fuerzas salidas de la plaza, que al fin tuvieron que retirarse con 
muchas pérdidas. 

Frente al desastre, y como medida heroica, resolvieron las autorida- 
des de Montevideo que la guarnición abandonara las murallas y' fuera a 
presentar batalla en campo abierto. 

Las tropas de línea apenas excedían de 2,000 hombres. Con ellas y 
algunos centenares de soldados de caballería, emprendió marcha el briga- 
dier don Bernardo Lecocq hasta la altura del Cristo, bajo los fuegos del 

ejército de tierra y de la escuadra. Pero tuvo que replegarse en derrota, 

con pérdida de la tercera parte de sus efectivos, entre muertos, heridos, 

prisioneros y dispersos. 



48 ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Volvió en esas circunstancias el Cabildo de Montevideo a reiterar el 
pedido de auxilios. En su oficio de 23 de enero, decía al Cabildo de Buenos 
Aires, para alejar temores sobre un posible ataque a dicha plaza: 

«Lo que sí podemos asegurar a V. S., .es que en tanto no seamos ven- 
cidos de nuestro común enemigo, no tiene esa ciudad el más leve motivo 
para recelar que él pase a invadirla. Si él fuese vencido por nosotros, no 
podría reembarcar sus tropas; sería cuando estuviesen disminuidas y no 
se hallaría en estado de intentar la conquista de esa ciudad. Y sí lo hi- 
ciese, sabe V. S. por experiencia que ésta, sin reparar en los peligros de 
su indefensión, sabría acudir con todas sus fuerzas a dar ayuda a esa ca- 
pital.» ¡ 

■Recién entonces, ante la caída inminente, se autorizó a Liniers para 
organizar una expedición, de la que solamente quinientos hombres al mando 
del brigadier Arce pudieron llegar en la víspera del asalto, pues el grueso 
del ejército, con Liniers a la cabeza, tuvo que retroceder a Buenos Aires, 
ante la noticia de que la plaza había sido tomada el día 3 de febrero. 

Actuación heroica de los blandengues 

Entre las fuerzas que combatieron dentro y fuera de las murallas, se 
destacó el regimiento de blandengues de Montevideo. 

Véase cómo describe su participación en la lucha el coronel Cayetano 
Ramírez de Arellano, comandante del regimiento: 

«Parte del regimiento estaba en Cerra Largo cuando llegó la orden de 
regresar a Montevideo y situarse en Punta Carretas para observar las ope- 
raciones del ejército inglés. El resto de los blandengues estaba en Maído- 
nado, en número de 120 hombres, y' sufrió el primer choque con el ejér- 
cito invasor, siendo deshecho en lucha desigual, con pérdida de 8 hombres, 
14 heridos de gravedad y muchos prisioneros. 

«A la llegada de la escuadra inglesa al Buceo, el regimiento de blan- 
dengues y otras tropas fueron destinados a impedir el desembarco, sin po- 
der conseguirlo a causa del continuo fuego de los buques. Desde el sala- 
dero de Magariños, la tropa hizo fuego y detuvo el avance de los ingleses. 
Puestos de nuevo los invasores en marcha sobre la plaza, los blandengues 
reunidos a las milicias de Córdoba y del Paraguay’, que mandaba el Virrey, 
salieron a su encuentro y fueron atacados a la bayoneta por fuerzas muy 
superiores, sufriendo los blandengues 24 bajas entre muertos y heridos y 
teniendo que retirarse en derroüa al matadero de Silva. Allí reanudaron 
su ataque los ingleses y tuvieron los blandengues que retirarse en direc- 
ción a la plaza, seguidos por los atacantes que se posesionaron del Cristo. 

«De la plaza volvió a salir el regimiento/ en unión de las demás tro- 
pas, con resultados también adversos, sufriendo los blandengues 30 muertos 
y varios heridos. 

«De regreso, fueron destinados los blandengues a la muralla y allí su- 
frieron el vigoroso fuego de mar y tierra hasta el asalto del 3 de febrero, 
con pérdida de muchos muertos y* heridos, cuyo número no es posible pre- 
cisar, por que se ignora el de los prisioneros que fueron embarcados para 
Inglaterra. 

«Del citado cuerpo, concluye el comandante del regimiento, concurrieron 
a la acción conmigo los capitanes don Bartolomé Riego, don Carlos Maciel, 
don Felipe Carduzo, el ayudante mayor don José Artigas, los alféreces don 
Pedro Martínez, don José Manuel Victorica, y' los cadetes don Juan Corbera, 
graduado de alférez don Roque Gómez de la Fuente, don Prudencio Zufria- 
tegui, don Juan Manuel Pagóla, que murió la noche del ataque, habiéndose 
portado todos con el mayor enardecimiento, sin perdonar instante de fatiga, 
animando a las tropas, sin embargo de que no lo necesitaban por el ardor 
con que se arrojaban al fuego de los enemigos.» 



LAS INVASIONES INGLESAS 


< 


49 


El parte oficial del Gobernador de Montevideo. 

El Gobernador Ruiz Huidobro, que fué hecho prisionero y remitido en 
ese carácter a Inglaterra, redactó su parte oficial en Madrid, el 30 de di- 
ciembre de 1807. Oigamos Su relato: 

Desde el 20 de enero hasta el 3 de febrero en que se consumó el asalto, 
no hubo un solo momento de descanso ni para la guarnición, ni para el 
vecindario. Del vigor de la resistencia, puede dar idea el número de las 
bajas. El solo asalto a la plaza costó a sus defensores setecientos muertos 
y heridos y más de mil a los ingleses. 

«Nada menos costó la rendición de una plaza sin murallas en la ma- 
yor parte de su recinto, sin estacada, sin .minas, sin puentes en sus puer- 
tas, sencilllas como las de una casa particular, con una ciudadela que so- 
bre tener desplomado uno de sus baluartes, está doiminada, como toda la 
plaza, de un punto inmediato. Así es que nuestras cureñas y cañones eran 
despedazados con una frecuencia admirable, y que sólo pudo remediar du- 
rante tanto tiempo una actividad extraordinaria.» 

«Los sacrificios que hizo de sus más sagrados intereses este pueblo 
fiel, para verificar la reconquista de Buenos Aires, no fueron más que unos 
ensayos de las acciones heroicas que ha ejecutado para sostener una re- 
sistencia que llenó de asombro a los enemigos. El dinero, las propiedades, 
las alhajas, la sangre de sus propios hijos, todo se me ofreció con placer, 
con amistad y con instancia. Un soldado, un solo vecino no hubo que se 
quejase de la extraordinaria fatiga de quince días con sus noches de alarma, 
con continuo fuego y trabajo incesante. Ellos veían con indiferencia las 
ruinas de sus casas, cuyo costo absorbía la mayor parte de los sudores de 
toda su vida. La muerte de sus hijos, parientes, amigos, no fué capaz de 
suspender ni un instante el ardor de sus nobles sentimientos.» 

Una Memoria del Cabildo. 

También el Cabildo de Montevideo redactó una Memoria en marzo de 
1808 para instruir a la Corte de Madrid acerca de la magnitud del esfuerzo 
realizado contra los invasores. 

Habla en ella de los reveses de Sobremonte, de la salida de la guarni- 
ción, del combate desgraciado que tuvo lugar en el Cristo, del regreso pre- 
cipitado a la plaza, del avance del ejército inglés hasta el Cordón, Arroyo 
Seco y Aguada, de la aproximación de los buques de la escuadra a la costa 
para el bombardeo de la ciudad; y agrega: 

«El fuego continuaba sumamente vivo desde las cuatro de la mañana 
en que empezaba, hasta las siete de la noche, de una y otra parte, y los días 
que podían arrimarse los buques era completo el fuego por mar y por tierra, 
y tan excesivo el que se hizo por nuestra parte, que llegaron a reventar al- 
gunos cañones.» 

«La parte de tierra de la Ciudadela, batería de San Sebastián, Parque 
de Artillería y Cubo del Sur, estaban ya el día 2 de febrero demolidos 
sus merlones y más de diez y seis varas de brecha abierta por el portón 
de San Juan.» 

«En la tarde de ese mismo día enviaron los enemigos un parlamento 
pidiendo la plaza bajo de unas capitulaciones honrosas en consideración a 
la vigorosa defensa que se había hecho y a tener brecha abierta, pero el 
vecindario y su guarnición no admitían más contrato que el de vencer o 
morir por la religión, por su Rey y' por su patria, con cuyo motivo se tocó 
el propio día tres veces generala para estar todos prevenidos.» 

«La mortandad que hubo de parte del enemigo no pudo saberse con 
certeza, porque nunca quisieron declararla, pero sí se ha sabido que ha 


4 



50 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


sido mucha y de los nuestros de bastante consideración, pues en tres días 
continuos no se acabaron de enterrar. 

«El número de heridos de ellos y nuestros, era considerable; ocupaba 
el del enemigo sólo la iglesia Matriz, hospitales y algunas casas particula- 
res que se desocuparon, y los nuestros, las bóvedas de la muralla y el Hos- 
pital del Rey. ( : I ' 

«Las tropas enemigas, mientras duró el toque de ataque, no perdona- 
ren la vida a nadie, pero después que quedó ya todo sosegado, sólo hacían 
prisioneros a todos los hombres que encontraban, fuesen blancos o negros. 

«El trato que en los buques daban a los prisioneros era tan inhumano, 
que muchos murieron de necesidad y la mayor parte de ellos se hallaban 
ya a los siete días enteramente enfermos y sin alientos para manejarse.» 

Los vencedores hacen honor a los vencidos. 

Fué grande y heroica, como se ve, la resistencia de la plaza, y los ven- 
cedores se mostraron dignos de ella, según resulta de los siguientes, párrafos 
de un oficio que dirigió el Cabildo de Montevideo en agosto de 1807 al co- 
ronel Browne, jefe de la guarnición inglesa de la plaza: 

«Algunas de las tropas victoriosas, considerándose con derecho a las 
propiedades de los ciudadanos, empezaban a saquear. ¡Qué acto^ de violen- 
cia no habrían cometido, si no fuera por vuestra actitud y* firmeza! ¡Qué, 
sin vuestra resolución y virtud, podría haber refrenado las furias de los 
soldados exasperados, engreídos con la victoria, en medio de una ciudad cu- 
yos habitantes se hallaban fugitivos o prisioneros, cuyas calles estaban lle- 
nas solamente con los heridos, los muertos y los moribundos! 

«Dos horas después del ataque, esta plaza parecía un desierto. Un silen- 
cio profundo y letárgico reinaba en toda la ciudad. No se veía ningún objeto, 
salvo solamente los cuerpos de los heridos y los muertos. Aún vos mismo, se- 
ñor, parecíais consternado de la escena solemne. No permitíais que sonase 
la aguda trompeta, ni el pífano, ni la caja, ni ningún instrumento de mú- 
sica marcial. El ruido de los cañones había cesado; no se oía nada que inte- 
rrumpiese el triste y terrible silencio de aquellas horas fatales. A pesar de 
haber huido todos los habitantes, abandonando sus posesiones, todos sus 
bienes y efectos quedaban, por la justicia y lá benignidad de los vencedores, 
tan seguros como si hubieran sido guardados por ellos mismos. En el primer 
momento de confusión, se cometió algún insignificante exceso; pero por el 
mismo, en la gran plaza de la ciudad, fueron los perpetradores del exceso 
públicamente castigados con la mayor severidad; y' sólo a los ruegos* enca- 
recidos de algunos del Cabildo, fuisteis inducido a perdonar la vida a dos 
reos que estaban condenados a morir. Todo artículo, por pequeño- e insignifi- 
cante, que se halló en poder de cualquier soldado o marinero, fué enviado 
al Cabildo para ser devuelto, si era posible, a su verdadero dueño. Las fami- 
lias eran tratadas con la mayor ternura y respeto. El orgullo de das tropas 
victoriosas que acababan de conquistar la ciudad y entrar a sangre y' fuego, 
quedó en un momento suprimido y su regocijo reducido a la quietud y 
tranquilidad. Después de eso, ninguna vez han causado el menor disturbio 
ni vejación a los habitantes.» 

Aparte, pues, de los primeros rigores a que fueron sometidos los prisio- 
neros, se esforzaron los ingleses en destruir la deplorable inpresión que sus 
excesos habían producido en Maldonado. 

No consig’uen los ingleses dominar la campaña uruguaya. 

Sobre su amplia base de operaciones en Montevideo, empezaron los in- 
gleses a extender su radio de acción y' de influencia a la campaña, mientras 
se completaban y organizaban las fuerzas que debían lanzarse sobre Buenos 
Aires. 



LAS INVASIONES INGLESAS 


51 


Ocuparon algunos puntos de Canelones, San José y la Colonia. 

Pero la resistencia empezó a organizarse, con el concurso de algunos 
vecinos de valimiento, y de Liniers, que alentaban los trabajos desde Buenos 
Aires; y varios de los destacamentos ingleses que se habían internado tu- 
vieron que replegarse a Montevideo, acosados por los patriotas. 

La Colonia misma estuvo a punto de ser reconquistada por una fuerza 
que cruzó el río bajo el mando del coronel Francisco Javier de Elío. 

En la Memoria que el Cabildo de Montevideo redactó con destino a la 
Corte de Madrid en 1808, se refiere que Elío penetró en la plaza, causó va- 
rias bajas a los ingleses, e introdujo en sus filas tal confusión, «que parte 

de los enemigos corrían en camisa, con las armas en la mano, a embarcarse». 

«Después de esta acción (concluy'e el Cabildo), tuvo otra el mismo se- 
ñor Elío entre el río de San Juan y el de San Pedro, de no poca considera- 
ción, pues habiendo salido de dicha plaza novecientos cincuenta soldados con 

su pequeño tren, a atacar a los nuestros que eran mucho menos por no ha- 

berse reunido aún a dicho Elío todas las fuerzas de su mando, y haber huido 
la caballería que mandaba Muñoz, fué tal la defensa que hizo con aquella 
poca gente y tan reñido el combate, que casi llegaron a la mano con el ene- 
migo, de cuyo combate resultaron de lós nuestros algunos muertos, heridos 
y prisioneros; y de los enemigos" pasaron de ciento cincuenta entre muertos 
y heridos; quedando tan aterrados los ingleses de esta acción, que las tropas 
que se embarcaban para ir contra Buenos se hallaban tan atemorizadas que 
fué preciso, para hacer el embarco de ellas e impedir no se les huyesen, acor- 
donar el muelle de centinelas, pues estaban muy acobardadas.» 

En cambio revolucionan el ambiento del Río de la Plata. 

La plaza de Montevideo permaneció en poder de los ingleses desde el 
3 de febrero de 180 7, día del asalto, hasta el 9 de septiembre del mismo 
año, en que asumió el mando el nuevo Gobernador español don Francisco 
Javier de Elío. 

Durante esos siete meses los ingleses realizaron una doble campaña 
contra el coloniaje español: de ideas, por la prensa; de hechos, por el co- 
mercio libre. 

De la primera, se encargó «La Estrella del Sur». 

«En esta región (decía en su programa), las ventajas de una imprenta 
libre nunca se han experimentado.» * 

«Nuestra conducta acreditará la honradez de nuestros sentimientos, igual- 
mente que la sabiduría y suavidad de nuestras leyes. La brillantez que re- 
viste el espíritu de la libertad, penetrará las nieblas que oscurecen vues- 
tros ojos.» 

La España, agregaba en otros números, «es el esqueleto de un gigante», 
sin condiciones ya para gobernar y hacer felices a los pueblos de América, 
por la absoluta decadencia de su genio, de su poderío, de sus industrias. 

Procuró «el esqueleto», por intermedio de la Real Audiencia de Buenos 
Aires, prohibir la circulación del diario inglés. Véanse los términos de su 
bando de junio de 1807: 

«Los enemigos de nuestra santa religión, del Rey y’ del bien del género 
humano, escogieron entre todas sus alemas, como la más fuerte para el 
logro de sus malvados designios, la de una imprenta, por medio de la cual 
les fuese fácil difundir entre los habitantes de esta América, especies Jas 
más perniciosas y seductoras.» 

Algo más procuró hacer la Audiencia para contener esa prédica de- 
moledora, Pidió, efectivamente, a Mariano Moreno que escribiera una ré- 
plica, Pero, según ha referido don Manuel Moreno, el futuro director de la 
«Gaceta de Buenos Aires» pudo producir el convencimiento de que era más 
prudente el silencio. 



52 


ANALES HISTÓRICOS BEL URUGUAY 


De la segunda tarea, se encargaron varios centenares de comerciantes 
ingleses que habían marchado detrás del ejército expedicionario, y que des- 
parramaron sus mercaderías, realizando una demostración viviente de las 
ventajas de la libertad de comercio y de la monstruosidad del régimen con 
que España aherrojaba al Río de la Plata, para satisfacer el apetito devo- 
rador de un grupo de comerciantes que se encargaba de engañar al mismo 
Fisco, con ayuda del contrabando. 

El ¡ejército inglés ataca a Buenos Aires y es vencido. 

A principios de mayo de 1807, llegó a Montevideo el general White- 
locke, con el nombramiento de General en Jefe de todas las fuerzas ingle- 
sas, y a fines de junio cruzaba el rio al frente de doce mil hombres, desem- 
barcaba en la ensenada de Barragán y’ se ponía inmediatamente en marcha 
sobre Buenos Aires, cuy'a guarnición se aproximaba a nueve mil hombres. 

Los atacantes derrotaron y dispensaron totalmente al ejército de Li- 
niers, que había salido a su encuentro. 

Pero en el acto se organizó la resistencia dentro de la plaza misma, 
bajo el impulso de don Martín de Alzaga, y, después de un sangriento com- : 
bate en que la división atacante, compuesta de seis mil hombres, perdió la 
mitad de sus efectivos, entre muertos, heridos y prisioneros, se iniciaron 
y concluyeron negociaciones de paz el 6 de julio de 1807. 

Los defensores de Buenos Aires habían sufrido una pérdida de 300 
muertos y de 500 heridos. 

Desocupación de Montevideo. ¿ ' 

Al iniciarse las negociaciones de paz, se limitó Liniers a exigir el reem- 
barco inmediato del ejército inglés, con sus armas y pertrechos de guerra. 

Pero don Martín de Alzaga, alma de la organización de la defensa, 
exigió, además, la desocupación de la plaza de Montevideo. 

..Es decisivo el testimonio de los contemporáneos. 

El general Martín Rodríguez afirma en su «Memoria Histórica» que 
cuando Alzaga expresó la necesidad de exigir la desocupación de Montevi- 
deo, declaró Liniers que eso «era un disparate; que los ingleses nunca aban- 
donarían la plaza de Montevideo; pero Alzaga insistió y Liniers tuvo que 
ceder». 

Don Ignacio Núñez declara también que Alzaga, enterado de las ba- 
ses de la. capitulación, pidió que se impusiera la desocupación de Montevi- 
deo, y’ que, «el general Liniers se vió obligado a aceptar ese temperamento». 

El Cabildo de Buenos Aires, en oficio que dirigió al Rey el 10 de marzo 
de 1808, corrobora el hecho en forma terminante. Habla de Liniers: 

«Sólo trató de proponer al inglés el reembarco de sus tropas, entre- 
gándole los prisioneros sin otra cualidad ni condición; el señor Alzaga, Al- 
calde de l.er. voto, manifestó repugnancia y convino, por último, que se 
propusiera el reembarco de las tropas con la entrega de los prisioneros de 
aquel día y aún los que se tomaron al general Beresford,' pero a condición 
de que el enemigo evacuase la plaza de Montevideo y todo el Río de la Plata, 
en el concepto de que si no adhería a estas proposiciones sería pasado a 
cuchillo todo el ejército. El general, conformándose con las ideas del Alcalde, 
entró inmediatamente en la casa capitular y en ella firmó el oficio.» 

Aceptada por Whitelocke la capitulación en esa forma, y de acuerdo 
con sus cláusulas expresas, la desocupación de Buenos Aires se produjo a 
mediados de julio y la de Montevideo a principios de septiembre siguiente. 

Liniers era el centro del elemento criollo de Buenos Aires, y' Alzaga 
era ef más español de todos los españoles del Virreinato. 



LAS INVASIONES INGLESAS 


53 


4 


Quiere decir, que la liberación de Montevideo no emanaba de los crio- 
llos, sino de los peninsulares. 

La obra efectiva ele las invasiones inglesas. 

La primera invasión inglesa había servido para dar a los criollos del 
Río de la Plata! la plena conciencia de su poderío. No< eran nada hasta ese 
momento; y desde entonces fueron dueños absolutos de su destino. 

Corresponde el honor de la jornada al pueblo de Montevideo, que se 
arma y' organiza con sus propios recursos, se yergue contra el Virrey Sobre- 
monte, confiere a Ruiz Huidobro un 'mandato revolucionario superior a 
todos los existentes y rinde al ejército inglés en las calles de Buenos Aires. 

En la segunda invasión, Montevideo tiene que luchar solo contra las 
fuerzas superiores que lo atacan por mar y por tierra, y aún cuando cae, 
sirve de antemural al resto del Río de la Plata, por su heroica y prolongada 
resistencia que abre anchos claros en los regimientos ingleses y’ entona el 
ambiente de Buenos Aires, que ya no podía ser de afectuoso recibimiento, 
sino de heroica lucha también, cual correspondía al fuerte pueblo hermano 
q\ie despertaba a la vida propia. 

Como consecuencia de la victoria de Buenos Aires, el Río de la Plata 
quedaba dueño absoluto de la situación, y aunque todavía nadie pensaba 
en romper cabos con España, ya las viejas colonias sin derechos cívicos, 
se habían convertido en pueblos autónomos, con facultades para voltear y 
constituir gobiernos. 

Algo más dejaban las invasiones inglesas: el conocimiento práctico de 
las ventajas de la prensa libre y el conocimiento práctico de las ventajas del 
libre intercambio de productos, dos cosas que la política española había 
proscrito, precisamente porque sabía que podían servir de palanca contra 
la servidumbre de la vida colonial. 

Y dejaban asimismo un nuevo germen de distanciamiento entre Mon- 
tevideo y Buenos Aires, y no ciertamente por culpa de las autoridades uru- 
guayas, sino como desde el comienzo de la lucha económica, por culpa de 
las autoridades de la capital del Virreinato. 

Y así quedaron los dos pueblos del Plata el día en que la escuadra in- 

glesa levó anclas, en viaje de retorno a Europa: dueños de sus destinos por 
la disciplina militar que se habían dado, y por la costumbre que y*a habían 
adquirido de influir decisivamente en la organización de sus gobiernos; pero 
más airados que nunca, por resonantes agravios que habrían de colaborar 
en la obra de emancipación ya iniciada. f 


★ ★ 



CAPITULO IX 


LA JUNTA DE GOBIERNO DE 1808 

Continúan las disidencias entre Montevideo y Buenos Aires. 4 

Al reasumir el Virrey Liniers su jurisdicción en el territorio ocupado 
por los ingleses, entró a desempeñar la gobernación de Montevideo el coro- 
nel Francisco Javier de Elío, en reemplazo de Ruiz Huidobro, enviado a 
Inglaterra como prisionero de guerra a raíz de la caída de la ciudad. 

El nuevo Gobernador se encauzó en el acto en las corrientes de inde- 
pendencia a que los acontecimientos venían empujándo al pueblo uruguayo. 

Inició la lucha con el envío de su renuncia al Virrey. El sabía que con 
esa actitud afirmaba su autoridad, en vez de exponerla a una derrota, por- 
que tenía de su lado al Cabildo y al pueblo. 

Y no se engañaba. El Cabildo de Montevideo se dirigió, efectivamente, 
a Liniers, pidiéndole que no aceptase la renuncia. 

«Nuestra seguridad, decía el Cabildo en su oficio, pende del valor, acti- 
vidad y celo del que nos manda. Estas y otras circunstancias tiene acredita- 
das y está dando continuas y* claras pruebas de ello el señor Elío; él se 
vuelve todo fuego; sin reposo ni descanso, no hace ni casi se emplea en 
otra cosa que en organizar las que nos han de poner a cubierto de la temida 
cruel dominación inglesa que nos amenaza.» 

Por su parte- el pueblo de Montevideo, que también estaba preocupado 
con el peligro de una tercera expedición inglesa, se reunió para pedir que 
Elío fuera mantenido en su puesto de Gobernador. 

El Virrey, muy' alarmado ante esa intervención del, pueblo, exigió a 
Elío el castigo de los instigadores del tumulto, y’ entonces asumió el Ca- 
bildo- de Montevideo la defensa del pueblo en forma francamente revolucio- 
naria. 

«Las juntas populares (decía el Cabildo a Elío) cuando son dirigidas a 
representar, pedir y suplicar con veneración lo conveniente a la seguridad 
de la patria; cuando en ellas se descubre que en el corazón del pueblo no 
hay más que amor a su monarca, y por él a sus magistrados, lejos de ser 
perjudiciales, considera el Chbildo que son convenientes y deben agrade- 
cerse.» 

«Bajo eSte principio se ve este Ayuntamiento en la necesidad de pedir 
a V. S. suspenda todo procedimiento contra individuo alguno de los que 
concurrieron a la Sala Capitular, a quien nos veremos en la necesidad de 
sostener por cuantos medios sean legales y permitan las leyes.» 

No tardó en surgir otro factor de discordia. 

Los comerciantes ingleses que venían a retaguardia de la expedición de 
Whitelocke, habían liquidado en Montevideo los fuertes cargamentos de 
mercaderías con que se preparaban a formalizar sus relaciones de intercam- 
bio, y el Virrey procuró dificultar su circulación mediante un impuesto del 
2 5 % sobre las destinadas al consumo, y’ de otro mayor sobre las que fue- 
ran exportadas, levantando con ello gruesa polvareda. 

Organización de la Junta de Gobierno de 1808. 

Sobre este ambiente de continuas disidencias, vino a repercutir, final- 
mente,' como la última, gota de agua en un recipiente ya lleno, la guerra 
europea. 



LA JUNTA DE GOBIERNO DE 1808 


55 


Liniers era francés y Elío español. 

Cuando Napoleón se adueñó de España, mediante la renuncia del trono 
arrancada a Carlos IV y a su hijo Fernando VII, y más tarde cuando se pro- 
dujo la insurrección española contra la dominación francesa, las autoridades 
de Montevideo resolvieron romper y' rompieron relaciones con las de Bue- 
nos Aires, acompañando los criollos a sus respectivos gobernantes. 

Los uruguayos rcfdearon a Elío, y los argentinos rodearon a Liniers. 

Fué llamado Elío a Buenos Aires para responder de la insubordinación 
y no habiendo acudido al llamado, Liniers lo destituyó y' designó para reem- 
plazarlo al capitán de navio don Juan Angel Michelena. 

Sin dar tiempo al cambio, se reunió el pueblo' de Montevideo para exi- 
gir el mantenimiento de su Gobernador y la celebración inmediata de un 
cabildo abierto. 

El cabildo abierto tuvo lugar el 21 de septiembre de 1808, y de lo que 
en él se resolvió va a enterarnos el acta de la sesión: 

«Siendo como las diez de la mañana concurrió a las puertas de las 
casas capitulares un inmenso pueblo, que se difundía por toda la extensión 
de la Plaza May'or, repitiendo los clamores de la noche anterior e insis- 
tiendo en sus pretensiones y en la celebración de un cabildo abierto que se 
le había acordado, y como el negocio imperiosamente exigiese una pronta 
resolución para no irritar más al pueblo exaltado, los señores Presidente y 
capitulares, a ejemplo de lo que en iguales apuros ha practicado la capital, 
adoptaron el temperamento de permitir que eligiese a su albedrío un deter- 
minado número de sujetos, por cuyo medio explicase sin confusión sus ins- 
tancias, y' con su acuerdo quedasen libradas en este acto; y en conformidad 
con estos principios recayó la elección en los señores Juan Francisco García 
de Zúñiga, coronel comandante del regimiento de Voluntarios de Infantería 
de esta Plaza; doctor José Manuel Pjérez, presbítero; reverendo padre guar- 
dián del Convento de San Francisco, fray Francisco Javier Carvallo; don 
Mateo Magariños, don Joaquín de Chopitea, don Manuel Diago, don Ilde- 
fonso García, don Jaime Illa, don Cristóbal Salvañach, don José Antonio Zu- 
billaga, don Mateo Gallego, don José Cardozo, don Antonio Pereira, don 
Antonio de San Vicente, don Rafael Fernández, don Juan Ignacio Martínez, 
don Miguel Antonio Vilardebó, don Juan Manuel de la Serna y don Miguel 
Costa y Tejedor; todos vecinos antiguos de esta ciudad, notoriamente acau- 
dalados, del may'or crédito y concepto.» 

Tal es lo que consta en el preámbulo del acta. 

El pueblo de Montevideo, se congregaba en la plaza y’ elegía a sus hom- 
bres más importantes, para que concurrieran a las liberaciones y resolucio- 
nes del Cabildo. 

Una vez designados esos diputados, entró el Cabildo a ocuparse de los 

sucesos del día. Seguimos extractando el acta: 

«Después de varias discusiones, oída la opinión de los representantes 
del pueblo, de la clerecía, jefes militares y de rentas, Asesor de Gobierno 
doctor Eugenio Elias, e interino de Marina doctor Lucas José Obes, declaró 
la Junta por unánime consentimiento, voto y dictamen <de aquellos vocales: 

«Que para salvar al pueblo de los disturbios que le amenazaban... debía 
obedecerse, pero no cumplirse la citada orden superior.» 

«Que el señor Gobernador elevase por su parte los recursos que la Ley 
le franquea en estos casos, bien a la Real Audiencia Territorial, sin cuyo 
acuerdo procedió el excelentísimo Virrey a su deposición del mando, o bien 
tentando este arbitrio al mismo Soberano.» 

«Sin apartarse de esta ciudad, por interesar así a la tranquilidad pú- 
blica, por tener este vecindario cifrada en él su esperanza, caso de realizarse 
alguna invasión por los enemigos de la corona, esperanza que con funda- 
mento han hecho concebir la notoria aptitud, actividad y valor de este jefe, 



56 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


de que tiene dadas las más revelantes pruebas... y finalmente ser éste 
el voto del pueblo a cuyas instancias se han congregado en este día.» 

«Que en el entretanto y hasta que con mejor acuerdo se establezca 
aquel plan de gobierno más adaptable a las circunstancias y resoluciones 
sucesivas de la capital, se reconozca esta Junta, presidida por el indicado 
Gobernador don Francisco Javier de Ello, como la particular y subalterna 
de este pueblo.» % 

«Que todos los jefes militares que son presentes, quedan obligados a 
consultarle cualquier género de órdenes que directamente se les comunique 
por el excelentísimo señor Virrey don Santiago Liniers, o bien por otra 
autoridad de la capital, ínterin las cosas subsistan en el estado que hoy' 
tienen, y que el objeta de la presente determinación no se entienda ni in- 
terprete por motivo alguno, ser otro que el de evitar conmociones populares 
y conservar esta parte del Virreinato en la debida obediencia de su legítimo 
soberano el señor don Fernando VII, defenderlo hasta donde nuestras fuer- 
zas alcancen y en un todo y por todo servirle como fieles vasallos.» 

Quiere decir, pues, que los miembros del Cabildo y' los representantes 
del pueblo resolvían desacatar el decreto del Virrey" que destituía al Gober- 
nador Elío y constituirse desde aquel mismo momento en Junta Suprema 
de Gobierno, no sometida a ninguna otra autoridad de la tierra. 

Esta acta enteramente revolucionaria, está firmada por todos los hom- 
bres representativos de Montevideo antiguo, por todos los hombreís que 
más valían por su posición y por su cultura en el momento en que así apa- 
recían en el escenario. He aquí sus firmas: 

Javier de Elío, Pascual José Parodi, Pedro Francisco de Berro, Ma- 
nuel de Ortega, José Manuel de Ortega, Manuel Vicente Gutiérrez, Juan 
José Seco, Juan Domingo de las Carreras, José Manuel Pérez Castellano, 
Fray Francisco Javier Carballo, Juan Francisco García, Joaquín Ruiz Hui- 
dobro, José de Pozo, Cayetano Ramírez de Arellano, Juan Balbín Vallejo, 
Bernardo Barateguy, Ventura Gómez, José Martínez, José Antonio Fernán- 
dez, Indalecio de Murguiondo, doctor Juan Andrés Piedra Cueva, Pedro Vi- 
dal, Joaquín de Soria, Joaquín Veretal, Dámaso Antonio Larrañaga, Vi- 
cente Fernánez Saavedra, Miguel Murillo, Luis González Vallejo, Antonio 
Cordero, Miguel Antonio Vilardebó, Juan Ignacio Martínez, Francisco An- 
tonio Luaces, Antonio Pereira, Rafael B. Zufriateguy, Manuel Diago, José 
Cardozo, José Antonio Zubillaga, José Prego de Oliver, Miguel de Cabra, 
Miguel Zamora, Diego Ponze, Jaime Illa, Juan Manuel de la Serna, Antonio 
de San Vicente, Joaquín de Chopitea, Rafael Fernández, Mateo Magariños, 
Cristóbal Salvañach, Miguel Costa y Tejedor, Ildefonso García, Mateo Ga- 
llego, doctor José Giró, doctor Lucas José Obes, doctor José Eugenio de 
Elias. 

Buenos Aires exige la disolución de Ja Junta. 

Las autoridades de Buenos Aires procuraron parar el formidable golpe 
que Montevideo daba a la organización colonial. 

Se recabó el dictamen de los fiscales Villota y Caspe, y las conclusio- 
nes a que éstos arribaron fueron sancionadas de inmediato y comunicadas 
a Montevideo. 

Para los fiscales, el cabildo abierto del 21 había adoptado «un medio 
tan escandaloso como opuesto a nuestra Constitución». 

«En estos dominios gobiernan los representantes del monarca que se ha 
jurado y proclamado. 

«El procedimiento de Montevideo, efecto sin duda de uii desgraciado 
momento de efervescencia popular, suscitado por algunos díscolos, que no 
dejó a . su Gobernador y Cabildo toda la reflexión de que son susceptibles, 
podría ocasionar la ruina de estas provincias, la absoluta subversión de 



LA JUNTA PE GOBIERNO PE 1808 


57 


nuestro Gobierno, el trastorno de su sabia Constitución, e imponer una man- 
cha sobre aquel pueblo que tiene acreditada su noble fidelidad.» 

Concluían los fiscales aconsejando las siguientes prevenciones al Go- 
bernador de Montevideo, y por su intermedio al Cabildo: 

«Que haga separar de los libros capitulares el acuerdo o acta en que 
se extendió la formación de dicha Junta, haciendo saber separadamente a 
cada una de las personas que la componían, que queda suprimida por ser 
contraria a la constitución del Gobierno establecido, y opuesta a la legisla- 
ción de estos dominios; que se abstengan de practicar directa ni indirecta- 
mente gestión alguna referente a ella, y en caso de contravención serán con- 
denados en las penas que prescribe la ley. 

«Que prevenga al Cabildo se abstenga en lo sucesivo de celebrar nin- 
guno abierto.* i : 

No se hizo esperar la réplica de la Junta de Gobierno. Declaró que 
ella había sido «erigida por unánime consentimiento del pueblo y acaso 
inspirada por el cielo»; y agregó que sólo podría disolverse en el caso de 
que la Audiencia propusiera el medio «para contener a un pueblo intrépido 
que protestaba trucidar a sus vocales en el acto de su disolución y subrogar 
otros representantes». 

Por su parte, el Cabildo de Montevideo procuró conquistar la opinión 
del Cabildo de Buenos Aires. 

«El pueblo de Montevideo — le decía — que dió hace poco tiempo tan- 
tos asuntos a la historia de la América, vuelve a ser hoy toda la expecta- 
ción de este gran Continente.» 

«Seguramente después de los sucesos de nuestra invasión, no se ha 
presentado otro lance más digno de la protección y* cuidados de ese Ayun- 
tamiento.» 

«El pueblo pidió que se hiciese una Junta de Gobierno... ¿qué remedio 
había sino concederla? Un pueblo tumultuado es como el rayo: donde halla 
más resistencia, allí es más poderosa su acción.» 

«Los honrados vocales de la Junta de Gobierno son intimados a disol- 
verla bajo graves penas. Ellos quisieran' hacerlo, porque no tienen empeño 
en lo contrario; pero su seguridad individual corre un riesgo inevitable; dó- 
ciles, pues, a la ley del más fuerte, se mantendrán velando por el bien de 
sus convecinos, mientras las circunstancias no varíen.» 

La Real Audiencia interrogó por segunda vez a sus fiscales Villota 
y Caspe. Y como ellos dijeran que «la Junta ni era legítima, ni era inspi- 
ración del cielo, sino una efervescencia popular tumultosa», reiteró, en carta 
sellada con el sello real, su anterior mandato de disolución. 

A lo que contestó la Junta que aún en los tiempos pacíficos «la obe- 
diencia a los reales rescriptos, cédulas y provisiones, suele padecer sus fa- 
lencias», y que con mayor razón debería padecerlas en circunstancias en que 
su cuihpli miento «acaso irritaría a un pueblo que no encuentra medios entre 
la permanencia de la Junta y el derramamiento de sangre». 

La fórmula revolucionaria explicada por el doctor Pérez Castellano. 

El doctor José Manuel Pérez Castellano, iniciador de la Biblioteca de 
Montevideo y uno de los más notables criollos de la época, explicaba así las 
dos gloriosas iniciativas uruguayas en oficio dirigido al obispo de Buenos 
Aires, a raíz de la organización de la Junta de Gobierno, de la que él for- 
maba parte: 

«Los españoles americanos somos hermanos de los españoles de Europa... 
Los de allí, viéndose privados de nuestro muy amado Rey el señor don Fer- 
nando VII, han tenido facultades para proveer a §u seguridad y defender 
los imprescriptibles derechos de la Corona, creando juntas de gobierno que 
han sido la salvación de la patria y creándolas casi a un mismo tiempo y 



i 


58 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


como inspiración divina. Lo misimo sin duda podemos hacer nosotros, pues 
somos igualmente libres.» 

«Si se tiene a mal que Montevideo haya sido la primera ciudad de 
América que manifestase el noble y enérgico sentimiento de igualarse con 
las ciudades de su madre patria... la obligaron a eso circunstancias que 
son notorias y no es un delito ceder a la necesidad. También fué la primera 
ciudad que despertó el valor dormido de los americanos. La brillante recon- 
quista de la capital, la obstinada defensa de esta plaza tomada por asalto, no 
se le ha premiado ni en común ni en sus individuos y aún se le ha tirado 
a oscurecer aquella acción gloriosa, con mil artificios groseros e indecentes 
que han sido el escándalo de la razón y la justicia.» 


El ejc¡mplo de Montevideo cunde en el resto del continente. 


La Junta de Montevideo* continuó organizada y dió el molde de la re- 
volución a todo el continente español. 

El l.° de enero de 1809, hubo una vigorosa tentativa en Buenos Aires 
para crear una Junta de Gobierno a base popular. Emanaba el movimiento 
del propio Cabildo, apoyado por las tropas españolas de la guarnición. 

Mariano Moreno, el más grande de los pensadores de la época, fué uno 
de los primeros en concurrir al cabildo abierto y en votar a favor de la 
proyectada Junta. 

Pero sus compatriotas, con don Cornelio Saavedra a la cabeza,, lejos de 
imitarlo, rodearon a Liniers que había resuelto renunciar, aclamaron al 
Virrey' y desarmaron a los batallones europeos que respondían al Cabildo. 

La ciudad de Charcas reanudó la tentativa el 25 de mayo de 1809. Con 
motivo de una disidencia entre el arzobispo y el clero, se trabaron en lucha 
el Gobernador y la Audiencia. El Gobernador fué depuesto, y se constituy‘0 
un gobierno popular presidido por la Audiencia, independiente del Virrey 
de Buenos Aires, pero adicto a Fernando VII. 

Dos meses después estalló otro movimiento en La Paz, organizándose 
una Junta Popular que concretó sus ideas en esta proclama: 

«Hasta aquí hemos tolerado una especie de destierro en el seno de 
nuestra misma patria: hemos visto con indiferencia por más de tres si- 
glos sometida nuestra primitiva libertad al despotismo y tiranía de un usur- 
pador injusto, que degradándonos de la especie humana, nos ha reputado 
por salvajes y' mirado como esclavos... Ya es tiempo de organizar un sis- 
tema nuevo de gobierno, fundado en los intereses de nuestra patria... Ya 
es tiempo, en fin, de levantar el estandarte de la libertad en estas desgra- 
ciadas colonias, adquiridas sin el menor título y conservadas con la mayor 
injusticia y tiranía.» 

El general Goyeneche, encargado de sofocar la revolución de La Paz, 
y* que venció y tomó prisioneros a todos los promotores del movimiento, 
dictó este terrible fallo el 2 8 de febrero de 1 8 1 Ó : 

«Atento a los autos y mérito de la causa y a lo que de ellos resulta, 
debo declarar y declaro a don Pedro DQmingo Murillo, titulado coronel Pre- 
sidente, a Gregorio García Lanza, a Basilio Catacora y Buenaventura Bueno, 
representantes del pueblo, al presbítero José Antonio Medina, al subteniente 
Juan B. Sagarnaba, Melchor Giménez, Mariano Graneros, Juan Antonio Fi- 
gueroa y Apolinario Jens, por reos de alta traición, infames, aleves y’ subver- 
sores del orden público, y en consecuencia les condeno a la pena ordinaria 
de horca, a la que serán conducidos arrastrados a la cola de una bestia al- 
bardada y suspendidos por mano del verdugo hasta que hayan perdido la 
vida... Después de seis horas de la ejecución, se cortará las cabezas a Mu- 
rillo y. Jens y se colocarán en sus respectivos escarpíos, construidos a este 
fin, la primera en la entrada del Alto Potosí, y la segunda en el pueblo de 



-LA JUNTA DE GOBIERNO DE 180 8 


59 


Croico, para que sirvan de satisfacción a la majestad ofendida, a la vindicta 
pública del reino y de escarmiento a su memoria.» 

El 19 de abril de 1810 el Ayuntamiento de Caracas declaraba que la 
Provincia de Venezuela, «en uso de sus derechos naturales y‘ políticos, pro- 
cedería al establecimiento de un gobierno que ejerciese la autoridad a nombre 
y en representación de Fernando VII» y creaba en seguida una Junta de 
Gobierno. 

Pocos meses después, se constituía en Quito otra Junta Suprema de 
origen popular, también a nombre del monarca español. 

La vigorosa iniciativa de Montevideo había despertado, pues, al Conti- 
nente, preparando la insurrección general contra el dotminio español. 

Es disuelta la Junta de Gobierno. 

• 

La Junta de Gobierno de Montevideo subsistió hasta mediados de 1809, 
en cuya época el Virrey Liniers fué reemplazado por don Baltasar Hidalgo 
de Cisneros. 

El oficio de disolución, honrosísimo para el pueblo que acababa de asu- 
mir el ejercicio de la soberanía, estaba así concebido: 

«La Suprema Junta Central Gubernativa del Reino ha visto con la ma- 
y’or satisfacción la lealtad y patriotismo que ha desplegado la capitular 
provincial de esa ciudad en las últimas ocurrencias de ese Virreinato, que 
dieron motivo a la creación de dicha Junta... Su Majestad me encarga dé 
a V. S. las gracias en su real nombre por los últimos servicios con que se 
ha distinguido en las actuales circunstancias y quiere Su Majestad que el 
Presidente de la Junta Provisional dé a cada uno de sus vocales una autén- 
tica certificación y que además les comunique a todos esa soberana reso- 
lución.» 

El coloniaje herido de muerte. 

Quedaba restablecido el coloniaje en el Río de la Plata. Pero ya con su 
sentencia de muerte confirmada. 

En la primera instancia, el pueblo de Montevideo había arrinconado al 
Virrey; había otorgado a su Gobernador un título superior a todos los de 
la Corona de España; se había organizado militarmente; y' con todo ese 
caudal revolucionario a cuestas, había cruzado el río, había vencido a Be- 
resford y había inoculado al pueblo de Buenos Aires sus mismas energías, 
promoviendo así con el ejemplo el formidable movimiento argentino que 
en seguida permitía deponer al Virrey', nombrar en su lugar un gobernante 
de origen popular y vencer a Whitelocke. 

Y en la segunda, creaba una Junta de Gobierno que, rechazada en 
Buenos Aires a principios de 1809, debía servir luego a los próceres de mayo 
para organizar la revolución argentina, exactamente sobre el modelo uru- 
guayo, como lo veremos más adelante. 


★ ★ 



CAPITULO X 


EL RIO DE LA PLATA CONQUISTA ALGUNAS FRANQUICIAS ECONOMICAS 
Un paréntesis de tranquilidad. 

Libre momentáneamente la atmósfera de los factores políticos que tan 
hondas agitaciones acababan de producir, pudo consagrarse el nuevo Virrey 
Cisneros a la realización de un plan económico por el que venían pugnando 
los hacendados y labradores de Montevideo y Buenos Aires. 

El tesoro colonial estaba en crisis. Las rentas habían disminuido y 
los gastos aumentado. Para salir de apuros, resolvió el Virrey permitir la 
importación de mercaderías extranjeras y la exportación de frutos nacionales. 
Era el medio de fomentar los despachos de Aduana. 

Ya hemos hecho conocer la representación de los labradores en 1793 y 
la de los hacendados en 1794, encaminadas ambas a favor de la apertura de 
mercados para los productos de la agricultura y de la ganadería, dos indus- 
trias condenadas a perpetua ruina por las incalificables restricciones comer- 
ciales a que estaban sometidas las colonias. 

Representación de los hacendados y agricultores en 1809. 

La iniciativa del Virrey Cisneros daba nueva oportunidad a esas ges- 
tiones, y, en consecuencia, los hacendados y labradores de ambas márgenes 
del Plata resolvieron reanudarlas, confiando su defensa al doctor Mariano 
Moreno. 

En su representación de septiembre de 1809, formula así el doctor Mo- 
reno el proceso contra los comerciantes del Plata que habían puesto el grito 
en el cielo ante la actitud del nuevo Virrey: 

«De un pueblo que no tiene minas, nada más saca el erario que los dere- 
chos y contribuciones impuestos sobre las mercaderías: los apreciables fru- 
tos de que abunda esta provincia y el consumo proporcionado a su población, 
son los verdaderos manantiales de riqueza, que deberían prestar al Gobierno 
abundantes recursos; pero por desgracia, la importación de negociaciones de 
España es hoy, día tan rara como en el rigor de la guerra con la Gran Bre- 
taña, y los frutos permenacen tan estancados como entonces por falta de 
buques que verifiquen su extracción.» 

«Debieran cubrirse de ignominia los que creen que abrir el comercio a 
los ingleses en estas circunstancias, es un mal para la Nación y para la pro- 
vincia.» 

Desde la invasión inglesa de 1806, el Río de la Plata quedó abierto al 
comercio inglés, que se ha encargado de proveer casi enteramente el consumo 
del país, y esa ingente importación contra las leyes y reiteradas prohibiciones 
no ha tenido otro resultado que privar al tesoro público de fuertes derechos 
y a la industria del país del fomento que habría recibido con las exportaciones 
de un retorno libre. 

«¿Qué cosa más ridicula puede presentarse que la vista de un comer- 
ciante que defiende a grandes voces la observancia de las leyes prohibitivas 
del comercio extranjero a la puerta de su tienda en que no se encuentran 
sino géneros ingleses de clandestina introducción?» 

Cuando fué restituida al dominio español la plaza de Montevideo, había 
allí uñ gran depósito de mercaderías inglesas. Conociéndose que no retor- 
narían al país de origen, se propuso su importación en provecho de los inte- 



FRANQUICIAS ECONÓMICAS 


61 


reses del Estado, de los consumidores y de la salida de los frutos estancados. 
Pero se clamó contra este sacrilegio, se argumentó con las leyes' prohibitivas 
y no hubo más remedio que prohibir la importación de esas mercaderías. 

Pues bien: los que estaban a la cabeza de esa campaña introdujeron por 
valor de más de cuatro millones, y la Aduana -percibió apenas noventa y seis 
mil pesos, debiendo recibir un millón y medio. 

Traza en seguida el doctor Moreno el cuadro del régimen implantado por 
los ingleses: 

«Ocupada la plaza de Montevideo por las armas inglesas, se abrió puerto 
franco a la introducción de aquella Nación y exportaciones del país conquis- 
tado: la campaña gemía en las agitaciones consiguientes a toda nueva con- 
quista; sin embargo, la benéfica influencia del comercio se hizo sentir entre 
los horrores de la guerra, y los estruendos del cañón enemigo fueron pre- 
cursores no tanto de un yugo, que la energía de nuestra gente logró romper 
fácilmente, cuanto de la general abundancia que derramada por aquellos cam- 
pos hizo gustar a nuestros labradores comodidades de que no tenían idea. 
El inmenso cúmulo de frutos acopiados en aquella ciudad y su campaña fué 
extraído enteramente; las ventas se practicaron a precios ventajosos, los 
géneros se compraron por ínfimos valores, y el campestre se vistió de telas 
que nunca había conocido, después de haber vendido con estimación cueros 
que siempre vió tirar como inútiles a sus abuelos. V. E. ha transitado feliz- 
mente una gran parte de aquella campaña, ha palpado las comodidades que 
disfrutan sus cultivadores; era necesario que hubiese honrado igualmente 
nuestros campos, para que la comparación de sus habitantes excitase la com- 
pasión debida a sus miserias.» 

Invoca luego el contundente ejemplo de la misma ciudad de Montevideo 
durante las divergencias entre la Junta de Gobierno y el Virrey Liniers: 

«Rota la unidad entre esta capital y Montevideo por el establecimiento 
de la Junta, se contaba arruinada dicha plaza por la supresión de las remesas 
para sostenerla, pero la necesidad hizo adoptar el arbitrio de admitir las 
importaciones y exportaciones que el sistema ordinario prohibe. 

«V. E. tuvo la satisfacción de encontrar aquel pueblo en una situación 
admirable. Considerables auxilios remitidos a la metrópoli, las tropas pa- 
gadas hasta el día corriente, las atenciones del Gobierno satisfechas entera- 
mente y las arcas reales con el crecido residuo de trescientos sesenta mil pesos. 
¡Cuán distinta era la situación de esta capital! El erario sin fondos algunos, 
empeñado en cantidades que por un orden regular nunca podrá satisfacer, las 
tropas sin pagarse más de cinco meses, los ingresos enteramente aniquilados 
y la metrópoli sin haber recibido el menor socorro.» 

Y remontándose a los prejuicios y errores a que obedecía el plan de 
restricciones vigente, decía: 

Los verdaderos intereses de la metrópoli están fundados en la prospe- 
ridad de las colonias y en el aumento de sus riquezas. Si las colonias .tuvie- 
ran libertad para producir y comerciar, ¿quién no vé cuánto prosperarían sus 
fuerzas, su población, sus riquezas? 

«No puede tolerarse la satisfacción con que se asienta que el comercio 
con los ingleses destruiría las manufacturas de España. Las fábricas na- 
cionales jamás pudieron proveer enteramente el consumo de América; jamás 
bastaron para las necesidades de la Península, y aunque se subrogó el arbitrio 
de comprar manufacturas extranjeras y estamparles nueva forma para espa- 
ñolizarlas, pocos hombres han podido decir que los géneros que vestían eran 
nacionales. En vano mandó el Rey que la tercera parte de todo cargamento 
íuqfa de industria nacional; los comerciantes se valieron del fraude para 
eludir esta orden, obrando no tanto la malicia, cuanto la imposibilidad de 
que nuestras fábricas correspondieran a todas las demandas. Ello es que la 



62 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


mayor parte del consumo, de América ha sido siempre de efectos extranjeros, 
sin que se l>ueda alcanzar por qué principios el comercio de la Nación haya 
reservado su celo para cuando no pueda ministrar ni aún aquella pequeña 
parte que antes sufragaba.» 

Se objeta que el comercio con los ingleses dará lugar a la extracción 
de. nuestra moneda; que los extranjeros nos llevarán la plata. Esto es lo 
mismo que decir que nos llevarán los cueros, la lana, el sebo, desde que la 
plata es un fruto igual a los demás. 

«Si se desea evitar la extracción considerable de numerario que se ha 
producido en estos últimos tiempos, habría que abrir los puertos al comercio, 
para que el negociante inglés pueda extenderse a todo género de exporta- 
ciones. Es funesta consecuencia del contrabando’ poner al introductor en la 
precisión de extraer en dinero efectivo los valores importados.» 

Háse calculado prudentemente en seis millones de pesos las mercaderías 
inglesas introducidas en el Río de la Plata desde el año 1806, y la mayor 
parte de estos considerables valores han sido extraídos en numerario, en 
virtud de estar prohibida la exportación de nuestros frutos, cuyo embarque 
clandestino ofrece grandes riesgos. 

Cierra su alegato el doctor Moreno, con un dato formidable: 

Hay quien dice que con las franquicias comerciales, llegará la agricultura 
al último desprecio. La salvación deberá consistir entonces en que los frutos 
queden estancados por falta de compradores y se pierdan por su infructuosa 
abundancia, «teniendo por último destino llenar las zanjas y pantanos de 
nuestras calles». 

«Sí, señor: a este grado de abatimiento ha llegado nuestra agricultura 
en estos últimos años; se ha cegado con trigo los pantanos de esta ciudad.» 

Ventajas que obtuvo el tesoro público. 

Tuvo esta vez la representación de los labradores y hacendados el éxito 
que todo el Río de la Plata anhelaba. 

El exhausto tesoro del Virreinato fué el primer favorecido. La renta se 
quintuplicó, gracias al notable aumento de las importaciones de mercaderías 
inglesas y de las exportaciones de frutos del país, no obstante las trabas que 
a los despachos oficiales oponían los propios derechos aduaneros. 

A mediados de 1810 el cpmercio de Buenos Aires, en una representación 
dirigida a la Junta Gubernativa, hablaba del contrabando que seguía cre- 
ciendo, e invocaba como causa la elevación de las tarifas. Y véase con 
cuanta razón: 

¡Acababa de llegar con procedencia de Liverpool una partida de medias 
de algodón, gravadas con un derecho equivalente a ocho pesos por docena, 
y las mfedias se vendían, despachadas, a nueve pesos! El derecho legal era 
de treinta y tres por ciento, pero en la práctica subía a ciento por ciento. 
También había llegado de Río de Janeiro una partida de bayetones cuyo dere- 
cho era de nueve reales por yarda, mientras que el precio de venta en plaza 
no excedía de ocho reales! 


★ ★ 



CAPITULO XI 


LA REVOLUCION DE MAYO DE 1810 

Una nueva repercusión del conflicto europeo. 

La guerra napoleónica, causa ocasional de la Junta Gubernativa de 1808, 
seguía actuando, entretanto, con alternativas de resurgimiento del dominio 
español y de triunfos de los ejércitos franceses; y esas alternativas -tenían 
que mantener a los americanos en continuas dudas y en intensa preocupación 
acerca del destino que les estaba deparado. 

Llegó un momento en que casi todo el territorio de la metrópoli había 
pasado al dominio de los franceses y en que las autoridades españolas se 
habían disuelto de hecho, quedando las colonias de América abandonadas a 
su propia suerte. 

El pueblo de Buenos Aires resolvió entonces pedir la celebración de un 
cabildo abierto y la organización de un Gobierno local que reemplazase al 
que había caducado por la disolución de las autoridades de la metrópoli. 

El Cabildo abierto de mayo de 1810. 

Tuvo lugar el cabildo abierto el 22 de mayo de 1810. 

El obispo Lué sostuvo en él, como ya lo hemos dicho, que «mientras exis- 
tiese en España un pedazo de tierra habitado por españoles, ese pedazo de 
tierra debía mandar a la América; y que mientras existiese un solo español 
en la América, ese español debía mandar a los americanos, pudiendo sólo ve- 
nir el mando a los hijos del país cuando ya no hubiera un solo español en él». 

Era la síntesis de la política del coloniaje: la América constituía un 
patrimonio de España y los americanos un patrimonio de los españoles. 

«La España, contestó el doctor Chstelli, Tía caducado en su poder para 
con la América, y con ella las autoridades que son su consecuencia. Al pueblo 
corresponde reasumir la soberanía del monarca e instituir, en representación 
suya, un Gobierno que vele por su seguridad.» 

Objetó, con razón, el doctor Villota, Fiscal de la Real Audiencia, que la 
soberanía del Virreinato del Río de la Plata no residía en el municipio de 
Buenos Aires, y que en consecuencia había que organizar una nueva asamblea 
en que estuvieran representadas todas las Provincias. , 

El doctor Passo se apresuró entonces a presentar a Buenos Aires «como 
una hermana mayor que en una grave emergencia de familia asume la gestión 
de sus negocios, con el propósito de ser útil a sus administrados». 

Era muy deprimente la tesis para los demás pueblos, y el propio doc- 
tor Passo consideró necesario agregar que la consulta se haría, pero más ade- 
lante, una vez que fueran separadas las autoridades coloniales que estaban 
interesadas en el mantenimiento del viejo régimen. 

Triunfaron esas ideas que en el fondo tendían a implantar el predominio 
de Buenos Aires sobre los demás pueblos del Virreinato, y el debate quedó 
terminado con la sanción de uña fórmula que declaraba caducada la autoridad 
del Virrey Cisneros y autorizaba al Cabildo para organizar úna Junta de 
Gobierno, con mandato del pueblo, pero que gobernaría a nombre de Fer- 
nando VII. 

Procuró el Cabildo detener la caída del Virrey, constituyendo una Junta 



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ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


presidida por Cisneros, de la que formaban parte Saavedra y Castelli, ídolos 
del pueblo y del ejército. 

Pero el pueblo no se dejó engañar, y congregándose de nuevo obligó al 
Virrey a renunciar, y el día 2 5, mientras se consideraba esa renuncia, im- 
puso al Cabildo una lista combinada en la propia plaza pública, en la que 
figuraban Saavedra, Castelli, Belgrano, Azcuénaga, Matheu, Passo y Moreno, 
para constituir la Junta Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata, 
con la precisa obligación de despachar una expedición militar para auxiliar a 
las Provincias del interior en la libre elección de sus diputados al congreso 
que habría de reunirse. 

Véase la fórmula del juramento exigido por la Junta en el acto de su 
instalación: 

«¿Juráis a Dios nuestro Señor, y estos Santos Evangelios, reconocer la 
Junta provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata, a nom- 
bre del señor don Fernando VII y para guarda de sus augustos derechos; 
obedecer sus órdenes y decretos, y no atentar directa ni indirectamente con- 
tra su autoridad, propendiendo pública y privadamente a su seguridad y 
respeto?» i 


Se repite la fórmula uruguaya de 1808. 

La fórmula del 2 5 de mayo de 1810 es, pues, la exacta reproducción de 
la que había servido al pueblo de Montevideo para organizar la Junta de 
Gobierno del 21 de septiembre de 1808. 

En uno y otro caso se constituía una corporación de origen popular más 
alta que todas las autoridades coloniales; pero en uno y otro caso también 
se prevenía que esa autoridad, que no tenía constitución, que no reconocía 
límites ni barreras de ninguna especie, gobernaría a nombre de Fernando VII, 
el monarca destronado, a efecto de conservar sus derechos. Y para que la 
semejanza fuera completa volvía a funcionar en 1810 el Cabildo abierto que 
tanta polvareda había levantado dos años antes cuando era Montevideo el 
que recurría a ese poderoso- resorte de la vida democrática. 

Es tanto más necesario hacerlo constar así, cuanto que la actitud de 
resistencia de Montevideo contra la Junta Gubernativa de Mayo, ha sido 
interpretada por muchos publicistas como una tentativa del coloniaje contra 
la independencia del Río de la Plata. 

Nada más inexacto que esa interpretación. 

«Don Florencio Varela, que tan preparado estaba para escribir la his- 
toria — dice el general Mitre — no podía discurrir si la Junta del 25 de mayo 
empezó determinada a r emancipar al país de la tutela peninsular o siguió 
solamente al principio el impulso que había movido a las Provincias espa- 
ñolas y a Montevideo; y exclamaba con tal motivo: a medida que avanzo en 
el estudio de los movimientos de nuestra revolución, se hace más espeso el 
círculo de dudas que me ciñe.» 

Ha escrito también el general Mitre que largos meses después de pro- 
ducida la revolución, era proscripta la bandera celeste y blanca que Belgrano 
desplegaba en reemplazo de la bandera española, al frente del ejército que 
debía marchar sobre Montevideo; y agrega que como Belgrano repitiera la 
tentativa para entonar las fibras patrióticas de su ejército en Jujuy, el Go- 
bierno «le ordenó que pusiera remedio a tamaño desorden, con la prevención 
de que sería la última vez que sacrificaría a tal extremo los respetos de su 
autoridad», amonestación severa que obligó al prócer a declarar que des- 
haría en el acto la bandera celeste y blanca «para que no hubiera memoria 
de ella». 



LA REVOLUCIÓN DE MAYO DE 1810 


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El propio Congreso de Tucumán explicaba así en su manifiesto de 2 5 de 
octubre de 1817 el alcance de la Junta Gubernativa de 1810: 

«Las Provincias Unidas han sido acusadas por el Gobierno español de 
rebelión y de perfidia ante las demás naciones.» ,, 

«Entretanto, nosotros establecimos nuestra Junta de Gobierno a seme- 
janza de las de España. Su institución fué puramente provisoria y a nom- 
bre del cautivo Rey Fernando. El Virrey don Baltasar Hidalgo de Cisneros 
expidió circulares a los Gobernadores para que se preparasen a la guerra civil 
y armasen sus provincias contra las otras.» 


Dos variantes de la fórmula de mayo. 

Si de ese punto de vista la fórmula de 1810 es la exacta reproducción 
de la fórmula uruguaya de 1808, señala en cambio aquélla dos graves va- 
riantes que en manera alguna pueden considerarse como resultado de una 
evolución progresiva: el derramamiento de sangre realista, y' el absoluto desco- 
nocimiento de la autonomía de los demás pueblos del Virreinato. 

El exterminio dé los realistas. 

El doctor Mariano Moreno, secretario de la Junta Gubernativa y el 
verdadero hombre de pensamiento de la Revolución, fué encargado (je for- 
mular «el plan de operaciones que el Gobierne Provisional de las Provincias 
del Río de la Plata debía poner en práctica para consolidar la libertad y la 
independencia». 

Y el doctor Moreno produjo un informe del que vamos a reproducir 
algunas frases reveladoras de la índole del medio ambiente que a todos 
dominaba y enceguecía: 

«El hombre es hijo del rigor y nada hemos de conseguir con la mode- 
ración y la benevolencia. . . Los tres millones de hombres del coloniaje 
fueron manejados por unos pocos mandones mediante la fuerza. . . Jamás se 
han echado los cimientos de una nueva república de otro modo que por el 
rigor, el castigo y la sangre de todos aquellos miembros que pudieran im- 
pedir su progreso... Hay que desembarazar el suelo de los escombros; 
quiero decir, concluyamos con nuestros enemigos. . No debe escandalizar el 
sentido de mis voces de cortar cabezas, de verter sangre, y sacrificar a toda 
costa, aún cuando tengan semejanza con las costumbres de los antropófagos 
y caribes. Si nos presentan a la Libertad ciega y armada de un puñal, es 
porque ningún Estado envejecido o provincias pueden regenerarse sin verte 1 * 
arroyos de sangre. . . Todos los enemigos que caigan en poder de la patria 
y que sean de importancia por su jerarquía administrativa o militar, por su 
riqueza, por su influjo o por su talento, deben ser decapitados... A los pa- 
triotas que delinquen, hay que tratarlos con consideraciones y extrema bon- 
dad; pero en cambio la conducta del Gobierno debe ser cruel y sanguinaria 
con los enemigos, especialmente si s'on de talento, pues entonces hay que ma- 
tarlos. . . Las denuncias de los particulares contra los enemigos, aún cuando 
sean totalmente infundadas, deben ser satisfechas por el Gobierno con la 
aplicación de penas, a fin de no enervar a los denunciantes. . . Los bandos y 
mandatos públicos deben ser muy sanguinarios y muy ejecutivos.» 

Estas ideas, que eran las ideas de la énoca y que por lo mismo deian 
intacta la figura culminante y gloriosa de Mariano Moreno, no se estampaban 
en el papel a manera de amenazas o de instrumentos de presión. Eran ideas 
que se ejecutaban, eran ideas vivientes. 

En circular de 27 de junio de 1810 la Junta Gubernativa comunicaba 



66 


ANALES HISTÓRICOS BEL URUGUAY 


en estos términos a todos los Cabildos su plan de exterminio de un movi- 
miento de restauración española en Córdoba: 

«La Junta cuenta con recursos efectivos para hacer entrar en sus deberes 
a los díscolos que pretendan la división de estos pueblos que es hoy día tan 
peligrosa: los perseguirá, y hará un ejemplar castigo que escarmiente y 
aterre a los malvados.» 

Cuando ya se consideraba inminente la aprehensión de los factores de ese 
movimiento realista, la Junta Gubernativa comunicó la siguiente sentencia 
de muerte al jefe de la expedición militar: 

«La -Junta manda que sean arcabuceados don Santiago Liniers, don Juan 
Gutiérrez de la Concha, el obispo de Córdoba, don Victoriano Rodríguez, el 
coronel Allende y el Oficial Real don Jorge* Moreno. En el momento en 
que todos o cada uno de ellos pillados sean cuales fueren las circunstancias, 
se ejecutará esta resolución sin dar lugar a momentos que proporcionen rue- 
gos y relaciones capaces de comprometer el cumplimiento de esta orden y 
el honor de V. E. Este escarmiento debe ser la base de la estabilidad del 
nuevo sistema, etc.» 

Firmantes: Cornelio Saavedra, Juan José Castelli, Manuel Belgrano, 

Manuel de Azcuénaga, Domingo Matheu, Juan Larrea, Juan José Passo y 
Mariano Moreno. 

La terrible sentencia fué ejecutada, y entonces la Junta Gubernativa 
resolvió publicar un manifiesto en el que después de algunas observaciones 
generales, decía refiriéndose a los españoles: 

«La tierra, peligra y la existencia de estos hombres inquietos era arries- 
gada en todo punto del suelo. La impunidad de crímenes tan detestables 
podría ser un ejemplo fatalísimo, y si algún día la causa que protegemos con- 
tra los insurgentes en las Provincias sufriere un contraste, que' comprome- 
tiese los sagrados derechos del Estado y de los pueblos de que estamos encar- 
gados, seríamos responsables del cúmulo de males e infortunios que habría 
ocasionado nuestra imprudente condescendencia. No hay arbitrio. Es pre- 
ciso llenar dignamente ese importante deber. Aunque la sensibilidad se 
resista, la razón suma ejecuta, la patria imperiosamente lo manda.» 

«A la presencia de estas poderosas consideraciones, exaltado el furor 
de la justicia, hemos decretado el sacrificio de estas víctimas a la salud de 
tantos millares de inocentes. Sólo el terror del suplicio puede servir de 
escarmiento a sus cómplices. Las recomendables cualidades, empleos y ser- 
vicios, que no han debido autorizar los malignos proyectos, tampoco han 
podido darles un título de impunidad que haría a los otros más insolentes.» 

«El terror seguirá a los que se obstinaren en sostener el plan acordado 
con éstos.» 

Se ve que hay perfecta concordancia entre el dictamen de Mariano Mo- 
reno y las resoluciones oficiales de la Junta, emanadas, sin duda alguna, de 
la misma pluma que esta vez recibía la consagración dolorosa de los hechos. 

Antes de finalizar el año 1810 fué decretado otro ruidoso bautismo de 
sangre. 

El doctor Castelli recibió de la Junta Gubernativa dos pliegos de ins- 
trucciones destinados al ejército expedicionario contra los realistas. He aquí 
algunas cláusulas de esos pliegos: 

«Jamás aventurará combate sino con ventajas de una superioridad cono- 
cida; procurará disponer ai soldado para ataques principales y en la primera 
victoria que libre dejará que los soldados hagan estragos en los vencidos para 
infundir el terror en los enemigos.» 

«Procurará entablar relaciones ocultas y mandar emisarios a los pueblos; 
establecerá relaciones secretas con Goyenéche y otros oficiales enemigos. 



LA REVOLUCIÓN DE MAYO DE 1810 


67 


alimentándoles de esperanzas, pero sin creer jamás sus promesas, y sin fiar 
sino de la fuerza.» 

«El Presidente Nieto, el Gobernador Sánz, el obispo de la Paz, y Goye- 
neche, deben ser arcabuceados en cualquier lugar donde sean habidos, y a 
todo hombre que haya sido principal director de la expedición.» 

Y de acuerdo con estas instrucciones, fueron pasados por las armas el 
general Nieto, el general Córdoba y el Gobernador intendente Paula Sánz. 

lia Dictadura en vez del Gobierno Constitucional. 

La cláusula 10.a del acta aprobada el 25 de mayo de 1810, por el Ca- 
bildo de Buenos Aires, disponía que la Junta Gubernativa debía «despachar 
sin pérdida de tiempo órdenes circulares a los jefes del interior y demás a 
quienes corresponde, encargándoles muy estrechamente y bajo de responsa- 
bilidad, hagan que los respectivos Cabildos de cada uno convoquen por medio 
de esquelas la parte' principal y más sana del vecindario para que, formando 
un Congreso de sólo los que en aquella forma hubieren sido llamados, elijan 
sus representantes y éstos hayan de reunirse a la mayor brevedad en esta 
capital para restablecer la forma de gobierno que se considere más conve- 
niente.» i , i I | 

Pero en diciembre del propio año 1810, hubo un cambio de orientación 
y la Junta Gubernativa anunció el suceso al país en un manifiesto qué llevaba 
la firma de todos sus miembros sin discrepancia alguna. 

«Considerando — decía la Junta — que en el estado ya más tranquilo 
del reino, era llegada la oportunidad de consolidar el gobierno por los prin- 
cipios mismos de su institución, convocó a los nueve diputados existentes 
en esta capital, y abriéndose la sesión el día 18 del presente mes, se dió 
principio a una discusión pacífica en la que la verdad, la sinceridad y la 
buena fe por parte del Gobierno, decidieron su incorporación, como así quedó 
resuelto, prestando todos al día siguiente el juramento en los mismos tér- 
minos prevenidos en el acta de su primera instalación y tomando posesión 
de su empleo de vocales.» 

Se ha dicho que Mariano Moreno, el numen de la Revolución de Mayo, 
se opuso a este cambio radical de orientación, y que la disidencia surgida en 
tal oportunidad determinó su separación voluntaria de la Junta Gubernativa. 
Pero el manifiesto a que acabamos de referirnos, tiene su firma como secre- 
tario de la Corporación. 

Lo que hay de cierto, es que desde las columnas de «La Gaceta de Bue- 
nos Aires», había sostenido y sostenía la necesidad de una Constitución. 

«El pueblo no debe contentarse,’ escribía el doctor Moreno, con que sus 
jefes obren bien; él debe aspirar a que nunca puedan obrar mal; que sus 
pasiones tengan un dique más firme que el de su propia voluntad; y que 
delineado el camino de sus operaciones por reglas que no esté en sus manos 
trastornar, se derive la bondad del Gobierno, no de las personas que lo ejer- 
cen, sino de una Constitución firme, que obligue a los sucesores a ser igual- 
mente buenos que los primeros, sin que en ningún caso deje a éstos la 
libertad de hacerse malos impunemente.» 

Si el Congreso se hubiera reunido, de sus decisiones habría emanado 
seguramente una carta política provisoria que hubiera dado satisfacción a la 
expectativa pública mientras se planteaba con toda calma el problema de la 
organización definitiva. * 

Pero los próceres de Mayo optaron por constituir una Dictadura Cole- 
giada, para dar aplicación a los diputados de las provincias. 

De ese engendro y de sus posteriores transformaciones, sólo podía surgir 
una corriente malsana de despotismo, de fraude, de usurpaciones contra la 
soberanía, de motines y de sangre, como la que, efectivamente, llena el dece- 



68 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


nio comprendido de 1810 a 1820, en forma que obligaba a exclamar al gene- 
ral BeiBrano, a raíz de la instalación del Congreso de Tucumán: 

«No demos conocido más que el despotismo bajo los gobernadores y 
virreyes y bajo las juntas, los triunviros y los directorios.» 

Montevideo rechaza la fórmula de mayo. 

El 2 4 de mayo, cuando ya el movimiento revolucionario tomaba su 
dirección definitiva, uesembarcó en Montevideo don Juan Jacinto de Vargas, 
secretario de Cisneros. 

según ei noro ue actas del Cabildo, para manifestar que el Virrey «espe- 
raba luese su autoridad debidamente respetaua por el pueblo y el vecindario»; 
y según una correspondencia publicada en «Ga Gaceta de Buenos Aires», para 
gestionar ei trasiaao a Montevideo de todas las altas autoridades coloniales. 

Ga llegada dei secretario del Virrey produjo una gran agitación popular, 
y anteo de que ena tomara cuerpo volvió a sesionar el Cabildo, con asistencia 
ue vanos uruguayos notables, como Garranaga, el doctor Perez Castellano, el 
doctor Nicolás Herrera y el doctor Lucas José Übes; y de esa nueva sesión 
sa xio una oraen para que «se indicara a don Juan Jacinto de Vargas, a fin 
de impedir que Hubiera una conmoción popular o fuere victima de una tro- 
pelía, ia -conveniencia de que se retirara al campo basta nueva providencia». 

Bn la correspondencia de «La Gaceta de Buenos Aires» se ilustra esa 
referencia de los libros capitulares con esta otra: 

Que ei secretario. del Virrey habría sido víctima de la indignación gene- 
ral, si el Comandante de Marina no le hubiera dado escape. 

Pocos días después desembarcaba otro comisionado, el capitán de patri- 
cios don Martin Gaiain, con un oficio de la Junta de .Buenos Aires, recabando 
la adhesión de las autoridades de Montevideo al movimiento de Mayo. 

La misión de Gaiain tenía que ser más simpática que la de Vargas, para 
un pueblo que, como el de Montevideo, había inaugurado y aclimatado en 
América el procedimiento de las Juntas populares de Gobierno; y, en conse- 
cuencia, quedó resuelta la celebración de un cabildo abierto para considerar 
ei oficio y resolver lo que fuese más conveniente a la autonomía uruguaya. 

Dando cuenta el Cabildo de Montevideo a la Junta de Buenos Aires del 
resultado de la asamblea, se expresaba así: 

«Después de una larga discusión, se acordó que debía este pueblo unirse 
cordialmente a esa capital para sostener los intereses de la patria, y los 
derechos sagrados de nuestro legítimo y único soberano el señor don Fer- 
nando VII, pero que esta unión y el reconocimiento consiguiente de la 
superior autoridad de V. E. debía ligarse a ciertas modificaciones y .calidades 
relativas a la seguridad, defensa, conservación y buen gobierno de esta ciudad 
y su preciosa campaña, hoy más expuesta que nunca a los horrores de una 
invasión.» 

Nombrada la comisión encargada de dictaminar acerca de esas condi- 
ciones — agregaba el Cabildo — y pronto el pueblo para elegir el diputado 
que habría de incorporarse a la Junta, hasta la verificación del Congreso/ 
llegó el correo de España con la noticia de la instalación de un Consejo de 
regencia y diversas proclamas de ese Consejo y de la Junta Suprema de Cá- 
diz, a los americanos; y en vista de ello queda en suspenso la incorporación, 
a la espera de la actitud que asumij-á Buenos Aires ante la reconstitución de 
las autoridades de España». 

Replicó la Junta Gubernativa, que ya estaba en marcha «un oficial de 
honor, para instruir al Gobierno soberano que encontrase legítimamente 
establecido en España.» 

«Lo sustancial, decía luego, es que todos permanezcamos fieles vasallos 
de nuestro monarca el señor don Fernando VII, que cumplamos el juramento 



LA REVOLUCIÓN DE MAYO DE 1810 


69 


de reconocer el Gobierno soberano de España legítimamente establecido, que 
examinemos con circunspección la legitimidad del establecimiento, y no la 
consideremos como una voz vana, sino como la primera regla directiva de 
nuestra resolución; y que, entretanto, estrechemos nuestra unión, redoble- 
mos nuestros esfuerzos para socorrer la metrópoli, defendamos su causa, 
observemos sus leyes, celebremos -sus triunfos, lloremos sus desgracias, y 
llagamos lo que hicieron las Juntas provinciales del reino antes de la insta- 
lación legítima de la central, que no tenían una representación soberana del 
Rey por quien peleaban, y no por eso eran menos fieles, menos leales, menos 
heroicas, ni menos dispuestas a prestar reconocimiento a un supremo poder, 
apenas se constituyó legítimamente.» 

Uno de los vocales de la Junta de Buenos Aires, el doctor Passo, se 
trasladó a Montevideo para reforzar la argumentación de esa nota. 

Volvió entonces a sesionar el cabildo abierto, o lo que es igual volvió el 
pueblo de Montevideo, por medio de sus delegados, a reunirse en la sala 
capitular, y de nuevo se declaró que, «entretanto la Junta no reconociese la 
soberanía del Consejo de regencia que había jurado el pueblo, no podía ni 
debía reconocer la autoridad de la Junta de Buenos Aires, ni admitir pacto 
alguno de concordia o de unidad». 


Habilitación del puerto de Maldonado. 


La actitud de Montevideo no concordaba con la que asumían otras pobla- 
ciones uruguayas, la Colonia, por ejemplo, donde la Comandancia prestó 
acatamiento a la Junta Gubernativa, luego de reunir al vecindario y obtener 
su voto favorable. 

En la esperanza de conquistarse adhesiones, la Junta Gubernativa vol- 
vió a dar trámite a un viejo expediente del coloniaje sobre fortificación y 
fomento de la ciudad de Maldonado, iniciado bajo el gobierno de don Pedro 
de Ceballos. 

En su decreto de 2 de julio de 1810, establecía que Maldonado había 
llegado a adquirir verdadera importancia como centro de población y de 
ganadería, gracias a la naturaleza de su territorio y al celo del Ministro de 
la Real Hacienda, don Rafael Pérez del Puerto; pero que las invasiones ingle- 
sas habían destruido esa fuente de población y de riquezas, y que, en conse- 
cuencia, era necesario llevar allí nueva vida, facilitando las exportaciones y 
abaratando las importaciones. 

«Socorridas las necesidades de aquellos habitantes por la facilidad y 
baratura de las importaciones, excitados al trabajo por el lucro y ventajas 
de una exportación activa, se aumentará la población que sigue naturalmente 
a la riqueza: y formada una barrera en los límites del territorio español, 
quedará éste seguro de invasiones por aquella parte y cesará el ignominioso 
abandono con que hasta ahora se ha mirado el fomento y prosperidad de 
pueblos confinantes con un reino extranjero, dejando su fortuna expuesta a 
cualquier invasión y destruyendo el estímulo del trabajo por la poca segu- 
ridad de su producto.» 

Terminaba el decreto habilitando el puerto de Maldonado para las 
importaciones y exportaciones relativas a su jurisdicción y campañas inme- 
diatas. 

El Cabildo de la localidad favorecida se apresuró a contestar en térmi- 
nos entusiastas: 

«Maldonado, este pueblo expirante, revive hoy en su existencia política 



70 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


al impulso de las sabias providencias de V. E. La habilitación de su puerto 
lo hará en breve numerar entre los grandes de esta América.» 

Pero el decreto no pudo recibir cumplimiento, y así se encargó de anun- 
ciarlo la propia Junta, en virtud de que eran las autoridades de Montevideo 
las que dominaban en Maldonado. 

Por qué Montevidleo rechazó la fórmula de Mayo. 

La Junta Gubernativa cerró el incidente entre Montevideo y Buenos 
Aires, con una orden del día en que formulaba así sus agravios: 

«Son ya demasiado notorios los motivos que produjeron la instalación 
de la Junta en la capital, y Montevideo no debía oponerse a la subsistencia 
del proyecto después que con menores fundamentos sostuvo su Junta de 
Observación, que obtuvo aprobaciones de la Corte en el acto de disolverse. . . 
Las apologías que se escribieron en favor de aquella resolución, justificaban 
la nuestra: y una ciudad del rango de Buenos Aires no debió esperar resis- 
tencia de un pueblo subalterno que había clamado tanto por la integridad 
de aquellos derechos que en las circunstancias del día autorizan a los pueblos 
para semejante conducta.» 

Montevideo se había dado en 1808 una Junta de Gobierno perfectamente 
igual a la que se daba Buenos Aires en 1810. ¿Por qué, pues, rechazaba lo 
que era en realidad obra de su propio impulso? 

Asoman en los antecedentes que acabamos de reproducir las causas 
fundamentales de la nueva disidencia. ” . 

Para Buenos Aires, Montevideo era una ciudad subalterna; una ciudad 
que debía obediencia ciega a la capital; una ciudad sin derechos propios. 

Para Montevideo, la fórmula de Mayo signifipaba simplemente un cambio 
de amos: en vez del amo español, el amo criollo; y un cambio nada favorable 
ciertamente, porque si la Corte de. Madrid en más de una oportunidad había 
dado la razón a Montevideo, lo que es el Gobierno de la capital dal Virreinato, 
siempre había procurado impedir el desarrollo económico del Uruguay, como 
medio de que las energías de todo el Río de la Plata quedaran reconcentradas 
en una sola ciudad. 

Si en vez de enviar comisionados para obtener la adhesión a favor de 
una Junta ya votada, se hubiera reconocido la igualdad de todas las pro- 
vincias, bajo forma de convocatoria inmediata de un Congreso llamado a 
resolver sobre lo que conviniera a los intereses generales del Río de la Plata, 
el pueblo uruguayo no habría negado su concurso a Buenos Aires, y con toda 
seguridad habría llevado a ese Congreso la fórmula más avanzada de la 
época, porque estaba preparado para darla. 


★ ★ 



CAPITULO XII 


CUALES ERAN LAS IDEAS POLITICAS 

DE LOS REVOLUCIONARIOS DE 1810 


En la víspera de la Revolución. 


Todos los hombres dirigentes de la Revolución de Mayo eran monar- 
quistas, y eso explica, en buena parte, los acontecimientos que vamos a his- 
toriar en los capítulos siguientes. 

Es necesario, pues, fijar exactamente el criterio a ese respecto, antes 
de proseguir el desarrollo de la Revolución aquende y allende el Plata. 

Buenos Aires rechaza el plan de anexión a Portugal. 

t 

A principios de 1808 la Corte portuguesa tuvo que emigrar de Lisboa 
con destino a Río de Janeiro, a consecuencia de haber sido conquistado su 
territorio europeo por los ejércitos de Napoleón. 

Encabezaban la familia real el príncipe don Juan de Braganza y su es- 
posa la princesa Carlota, hija de Carlos IV y hermana de Fernando VIT. 
El nríncipe, que entonces gobernaba como Regente por enfermedad de la 
madre, fuó más tarde coronado bajo el nombre de Juan VI. 

Procuró desde el primer momento la Corte portuguesa apoderarse del 
Río de la Plata. 

Felizmente para los intereses americanos, actuaban dos influencias ver- 
daderamente antagónicas: mientras que don Juan de Braganza pretendía la 
anexión del Río de la Plata a la corona portuguesa, la princesa Carlota 
deseaba las colonias para ella, como única sucesora legítima al trono de 
España después de las abdicaciones de Carlos IV y Fernando VII, arrancadas 
por Napoleón. La divergencia política era profunda, tan profunda como el 
distanciamiento de hecho que existía entre los dos esposos, provocado, en 
gran parte, por la conducta privada de la princesa. 

El Ministro de Relaciones Exteriores Souza Coutinho, empezó por dirigir 
una nota exploradora al Cabildo de Buenos Aires. Anunciaba en ella que 
España estaba totalmente ocupada por Napoleón, y que la Corte de Braganza 
se ofrecía para tomar a Buenos Aires y a todo el Virreinato, «bajo su real 
protección, respetando todos sus derechos y fueros y empeñando su real 
palabra de no gravarlos con nuevos Impuestos y de garantirles, además, una 
completa libertad de comercio». Y prevenía, nue en caso de negativa la Corte 
de Braganza se pondría de acuerdo con su poderoso aliado el Gobierno inglés. 

Pero el Cabildo de Buenos Aires rechazó con altanería el ofrecimiento y 
las amenazas. 

Estos pueblos, decía en su respuesta, están acostumbrados «a arrostrar 
todos los peligros y hacer toda clase de sacrificios en defensa de los sagrados 
derechos del más justo, más piadoso y más benigno de los monarcas; y si 
en otras ocasiones y tan recientemente este pueblo ha dado ante el mundo 
pruebas inequívocas de lo que puede hacerse por medio del valor exaltado por 
la lealtad y por el entusiasmo de una causa, de igual manera está pronto a 
derramar hasta la última gota de su sangre, antes de permitir que la más 
mínima porción de estos vastos territorios sea usurpada a la corona de España». 



72 


ANALES HISTÓRICOS BEL URUGUAY 


Pero gestiona la coronación de la princesa Carlota. 

No encontraban iguales resistencias los trabajos de la princesa Carlota 
a favor de la organización de una monarquía española en América. 

Uno de los proceres argentinos, don Saturnino Rodríguez Peña, resi- 
dente en Río de Janeiro, tomó a su cargo con verdadero entusiasmo la tarea 
de convencer a sus paisanos de la necesidad de que arrimaran el hombro a 
la ejecución de ese programa. 

«La señora doña Carlota, princesa de Portugal y del Brasil, e infanta 
de España (decía en carta de 4 de octubre de 1808), tiene una educación 
ilustrada y los sentimientos más heroicos. Esta mujer singular y que la creo 
tínica en su * clase, me parece dispuesta a sacrificarlo todo por alcanzar la 
notable satisfacción de servir de instrumento a la felicidad de sus semejantes. 
Es imposible oir hablar a esta princesa sin amarla: no posee una sola idea 
que no sea generosa, y jamás da lugar a las que infunden en estas personas 
la adulación y el despotismo. Parece prodigiosa la venida de tan digna 
princesa, por su educación, intenciones y demás extraordinarias circunstancias 
que la adornan, en cuya virtud no dudo ni ustedes deben dudar de que ella 
sea la heroína que necesitamos, y la que, seguramente, nos conducirá al más 
alto grado de felicidad.» 

El historiador brasileño Pereyra da Silva, asegura que estos trabajos 
llegaron a tener tanto éxito que a mediados de 1809 funcionaba en Buenos 
Aires una Junta secreta compuesta de los conspicuos ciudadanos Manuel Bel- 
grano, Nicolás Rodríguez Peña, Juan José Passo, Manuel Alberdi, Nicolás 
Vieytes y Juan José Castelli, para proclamar en momento oportuno, a la Car- 
lota; que ese comité envió a Río de Janeiro al señor Pueyrredón, con el en- 
cargo de gestionar el traslado de la princesa a Buenos Aires; que el plan 
fracasó por la negativa del príncipe don Juan a autorizar el viaje, dominado 
por el temor de que una vez al frente del Virreinato atentara su consorte 
contra la integridad territorial del Brasil. Agrega Pereyra da Silva, que 
entonces regresó Pueyrredón, llevando el convencimiento «de que no se conse- 
guiría la presencia de la princesa en Buenos Aires». 

El secretario de la princesa, don José Presas, dice que tres circuns- 
tancias pudieron influir en 1a. negativa del príncipe de Braganza: las intrigas 
de los que consideraban inevitable la ruina de la Corte, una vez que la prin- 
cesa adquiriera mando; la influencia de Inglaterra a favor de la indepen- 
dencia de las colonias españolas; y el temor del príncipe de que su esposa 
pudiera organizar ejércitos en Buenos Aires y arrebatarle su trono de 
Portugal. 

La historia, del Río de la Plata confirma plenamente las aseveraciones 
de Pereyra da Silva. 

Habla el general Mitre de la Junta de Montevideo de 1808, y de las 
tentativas para establecer otra similar en Buenos Aires: 

«Belgrano trató de sacar partido de estas efervescencias, invitando a 
Saavedra y demás jefes de cuerpo a que aceptaran la monarquía con la prin- 
cesa Carlota . . . No hay duda de que si en aquellas circunstancias la infanta 
hubiera decidido venir a Buenos Aires, habría encontrado apoyo, pues todos 
los Jefes de Cuerpo, incluso don Cornelio Saavedra, se habían comprometido 
a sostener su proclamación.» 

Años después, en 1814, se le instauró a Saavedra un juicio por resi- 
dencia, y el prócer dio a su apoderado un pliego de instrucciones, en el cual 
se relatan los trabajos para traer a la princesa Carlota al Río de la Plata. 
Reproducimos del plieeo: 

«Lps principales promotores de estas ideas es sabido fueron en aquel 
entonces el finado doctor José Castelli, don Hipólito Vieytes, el doctor Ma- 



Í.DEAS5 POLÍTICAS HE LOS REVOLUCIONARIOS 73 

riano Moreno y otros, mandándo sus pliegos y correspondencias a la Corte 
del Brasil por mano de don Nicolás Peña a su hermano don Saturnino.» 

Refiere a continuación Saavedra una entrevista que tuvo con Vieytes, en 
que éste le pgppuso el mismo plan, y agrega: 

«Cuando concluyó su discurso le dije: ya el señor don Manuel Belgrano 
ha hablado conmigo de estos negocios, y estamos de acuerdo en que yo, con 
mi cuerpo de patricios, tan lejos de hacer oposición al proyecto, lo seguiremos.» 

El monarquismo durante la Revolución de Mayo. 

Ha dicho don José María Roxas, historiando los sucesos del 2 5 de mayo 
de 1810, que él presenció, que los patriotas argentinos, aunque se daban 
cuenta de que con su actitud se separaban de España, juzgaban que sería 
imposible por largo tiempo organizar gobierno propio, y que siempre pensa- 
ron en la necesidad de buscarlo fuera del Río de la Plata. 

«Traer el gobierno de afuera — dice — fué la idea de los principales 
patriotas, y siguieron propagándola desde los primeros tiempos Saavedra, San 
Martín, Belgrano, Castelli, Pueyrredón, etc. Ningún hombre de juicio pensó 
en la república.» 

Otro testigo presencial de los sucesos, el doctor Tomás Manuel Anchorena, 
declara que al iniciarse el movimiento de Mayo, se partía siempre del reco- 
nocimiento de Fernando VII; que sólo se aspiraba a constituir una Nación 
distinta aunque gobernada por un mismo Rey, para que no se sacrificaran 
estos pueblos a los intereses de la Península; y agrega: 

«De este modo era como yo oía discurrir entonces a los patriotas de pri- 
mera fila de nuestro país. . . Fué después de reunida la Asamblea General. . . 
que se observó un manifiesto despego por el monarca español... Mas no 
por eso cayó en descrédito el gobierno monárquico constitucional, que, según 
yo oía discurrir entonces generalmente, se deseaba que el monarca fuera 
algún vástago de la familia de Borbón reinante en España. Nadie, nadie 
se ocupaba del sistemá republicano federal, porque todas las provincias esta- 
ban en tal estado de atraso, de pobreza, de ignorancia y de desunión entre 
sí, y todas juntas profesaban tal odio a Buenos Aires, que era como hablar de 
una quimera el discurrir sobre el establecimiento de un sistema federal.» 

Después de la Revolución de Mayo. 

/ 

Al finalizar el año 1814 resurgió con bríos la idea del gobierno monár- 
quico, y desde ese momento los trabajos prosiguieron sin interrupción hasta 
el año 1820. ¡ 

El general Belgrano y don Bernardino Rivadavia fueron enviados a 
las cortes de Inglaterra y España, con un pliego de instrucciones reservadas, 
en que el Director Posadas les prevenía que el primordial objeto de la misión 
era «asegurar la independencia de América, negociando el establecimiento 
de monarquías constitucionales en ella, ya fuera con un príncipe español, si se 
podía, ya con uno inglés o de otra casa poderosa, si la España insistía en la 
dependencia servil de las colonias.» 

Al llegar a Río de Janeiro, fueron sorprendidos los comisionados con la 
noticia de una revolución que había dado por resultado- la renuncia del Di- 
rector Posadas y el nombramiento del general Alvear. 

Entrega del Río de la Plata al monarca inglés. 

El nuevo gobernante despachó en el acto otra misión ante la Corte de 
Río de Janeiro, a cargo de don Manuel José García, con dos notas, una para 
el Ministro de Relaciones Exteriores de la Gran Bretaña, que debía pasarse 



74 ANAL. ES HISTORIOOS DEL URUGUAY 

a Belgrano y Rivadavia, y otra para el Embajador inglés en el Brasil, que 
debía entregar el propio García. 

En la primera expresaba el Gobierno argentino, que las provincias eran 
inhábiles «para gobernarse a sí mismas, y que necesitaban una mano exterior 
que las dirigiese V contuviese en la esfera del orden, antes que se precipitaran 
en los horrores ele la anarquía». 

«Estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, 
obedecer su Gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan 
sin condición alguna a la generosidad y buena fe del Gobierno inglés, y yo 
estoy resuelto a sostener tan justa solicitud para libertarlas de los males que 
las afligen.» 

«Es necesario que se aprovechen los momentos, que vengan tropas que 
impongan a los genios díscolos, y un jefe plenamente autorizado que empiece 
a dar al país las formas que sean de su beneplácito, del Rey y de la Nación, 
a cuyos efectos espero que V. E. me dará sus avisos con la reserva y pron- 
titud que conviene para preparar oportunamente la ejecución.» 

En la segunda nota, decía el Director Alvear: 

«Ha sido necesaria toda la prudencia, política y ascendiente del Gobierno 
actual, para apagar la irritación que ha causado en la masa de estos habi- 
tantes el envío de diputados al Rey. La sola idea de composición con los 
españoles los exalta hasta el fanatismor y todos juran en público morir antes 
que sujetarse a la metrópoli. 

«En estas circunstancias, sólo la generosa Nación británica puede poner 
un remedio eficaz a tantos males, acogiendo en sus brazos a estas provincias, 
que obedecerán su Gobierno y recibirán sus leyes con placer, porque conocen 
que es el único medio de evitar la destrucción del país, a que están dispuestas 
antes que volver a la antigua servidumbre, y esperan de la sabiduría de esa 
Nación una existencia pacífica y dichosa. 

«La Inglaterra, que ha protegido la libertad de los negros en la costa 
de Africa, impidiendo con la fuerza el comercio de esclavatura a sus íntimos 
aliados, no puede abandonar a su suerte a los habitantes del Río de la Plata 
en el acto mismo en que se arrojan a sus brazos generosos.» 

Proyecto de coronación de un príncipe español. 

Belgrano y Rivadavia partieron en el acto para Europa, y allí, en unión! 
con don Manuel de Sarratea, iniciaron gestiones ante Carlos IV para la 
coronación de su hijo el príncipe don Francisco de Paula. 

Ya estaban muy adelantados los trabajos, y hasta redactado un proyecto 
de Constitución para el «Reino Unido de la Plata, Perú y Chile», cuando 
Carlos IV se echó atrás. 

Son muy ilustrativos los documentos de esta gestión diplomática. 

En su nota inicial de 16 de mayo de 1815, decían Belgrano y Rivadavia 
a Carlos IV, que las miras de todos los hombres públicos de Buenos Aires 
habían sido invariablemente estas tres: que '1a monarquía era la única forma 
adecuada a los hábitos del pueblo; que ningún príncipe extranjero podía ase- 
gurar la felicidad tan eficazmente como uno de la familia de España; que si 
fuera imposible el nombramiento de un príncipe, habría que mantener la 
integridad de la monarquía, pero con una' administración independiente en 
los asuntos internos de las provincias. 

Agregaba que Carlos IV era el único monarca que reconocían las Pro- 
vincias; expresaban el deseo de que él cediera a favor de su hijo don Fran- 
cisco de Paula el dominio y soberanía del Río de la Plata; y concluían con 
esta súplica: 

«Prosternándose a las plantas de Vuestra Majestad, en su nombre propio 
y en el de sus constituyentes, imploran de Vuestra Majestad como su soberano. 



IDEAS POLÍTICAS DE LOS REVOLUCIONARIOS 


75 


les otorgue el objeto de su ardiente súplica, y que Vuestra Majestad se digne 
extender benignamente su paternal y poderosa protección a tres millones de 
sus más leales vasallos, y asegure -la felicidad de las generaciones venideras.» 

No es menos expresivo el encabezamiento del acta que asignaba a Car- 
los IV sus emolumentos reales: 

«Don Manuel de Sarratea, don Bernardino Rivadavia y don Manuel 
Belgrano, plenamente facultados por el Supremo Gobierno délas Provincias 
del Río de la Plata para tratar con el Rey nuestro señor don Carlos IV (que 
Dios guarde) a fin de conseguir del justo y piadoso ánimo de Su Majestad 
la institución de un reino en aquellas Provincias, y cesión de él al serenísimo 
señor infante don Francisco de Paula, en todas y las más necesarias formas, 
prometemos y juramos por nosotros y nuestros comitentes.» 

Véanse ahora los lincamientos del proyecto de Constitución del «Reino 
Unido del Río de la Plata. Perú y Chile»: 

La corona sería hereditaria; la persona del Rey sería sagrada e invio- 
lable, pero sus Ministros responsables; el Rey mandaría las fuerzas, decla- 
raría la guerra, negociaría los tratados, distribuiría los empleos y nombraría 
la nobleza compuesta de duques, condes y marqueses; el Cuerpo Legislativo 
sería integrado por el Rey, por la nobleza y representantes del común; for- 
marían la Cámara alta los duques, condes y marqueses; y la segunda Sala, 
los diputados del pueblo; ninguna orden del Rey seria cumplida sin la firma 
de sus Ministros; los Jueces serian nombrados por el Rey; la Nación gozaría 
del derecho de propiedad, de la libertad de cultos, de la libertad de imprenta 
y de la seguridad individual. 

Hasta el manifiesto que debía lanzar Carlos IV había sido redactado por 
los comisionados, con párrafos tan expresivos como éste: 

«Las Provincias del Río de la Plata han sido las primeras que postradas 
a mis reales pies, protestan que no han reconocido ni pueden reconocer otro 
soberano legítimo que yo, y como de su Rey y padre llaman y piden de mí 
el remedio de los males que padecen y' de la ruina que las amenaza.» 

El Congreso de Tucumán y la dinastía de los Incas. 

He aquí la fórmula de la declaratoria de la independencia argentina, 
tal como fué votada por el Congreso de Tucumán, en su sesión del 9 de 
julio , de 1816: 

«Nos, los representantes de las Provincias Unidas de Sudamérica, reuni- 
dos en Congreso General, invocando al Eterno que preside el Universo, en el 
nombre y por la autoridad de los pueblos que representamos, protestando al 
cielo, a las naciones y hombres todos del globo, la justicia que regla nuestros 
votos: declaramos solemnemente a la faz de la tierra que es voluntad uná- 
nime e indubitable de estas Provincias, romper los violentos vínculos que 
las ligaban a los Reyes de España, recuperar los derechos de que fueron des- 
pojadas, e investirse del alto carácter de una Nación libre e independiente 
del Rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli. Quedan, en consecuencia, 
de hecho y de derecho con amplio y pleno poder para darse las formas que 
exige la justicia e impone el cúmulo de sus actuales circunstancias.» 

Consta en el libro de actas correspondiente a la sesión del 19 del mismo 
mes de julio, que el señor Medrano: . 

«Pidió que, pues se había de pasar al ejército el acta de la independencia 
y fórmula del juramento de ella, después de las expresiones «sus sucesores y 
metrópoli», se agregase: y de toda dominación extranjera. Dando por ra- 
zón que de este modo se sofocaría el rumor esparcido por ciertos hombres 
malignos de que el Director del Estado, el general Belgrano, y aun algunos 
individuos del Soberano Congreso, alimentaban ideas de entregar al país a 
los portugueses; y fué acordado.» 



76 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Pero es lo cierto que en todo el transcurso del mes de julio, antes y 
después de la declaración de la independencia y de la fórmula complementaria 
del señor Medrano, el Congreso dedicó buenas horas al estudio del proyecto 
de establecimiento de una monarquía en el Río de la Plata. 

En la sesión secreta del 6 de julio el general Belgrano, especialmente 
invitado por el Congreso para transmitir impresiones acerca del criterio euro- 
peo en los asuntos del Río de la Plata, expresó que en el viejo mundo predo- 
minaban absolutamente las ideas monárquicas, y que, «en su concepto, la forma 
de gobierno más conveniente para estas Provincias, sería la de una monarquía 
temperada, llamando la dinastía de los Incas per la justicia que en sí envuelve 
la restitución de esta casa tan inicuamente despojada del trono por una san- 
grienta revolución». 

En la sesión del 12 de julio se mocionó a favor del establecimiento 
«de la monarquía temperada en la dinastía de los Incas y sus legítimos suce- 
sores, designándose desde que las circunstancias lo permitiesen, para sede del 
Gobierno, la misma ciudad de Cuzco, que había sido antiguamente su Corte». 

El 2 0 de julio continuó el debate sobre la forma de gobierno. 

«Se oyeron (dice el diario de sesiones) las exposiciones de algunos seño- 
res diputados, que llenando el tiempo dedicado a esta sesión, presentaron los 
unos la cuestión problemática con los motivos que los detenían para no deci- 
dirse por la monarquía temperada, a pesar de las ventajas o- menores incon- 
venientes que ofrecía con respecto a las demás, y opinaron otros por su 
positiva conveniencia, atendiendo al estado y circunstancias del país, y por 
comparación, a los bienes y males que todas ellas, respectivamente, presentan; 
y no decidiéndose cosa alguna, terminó la sesión.» 

El gobierno monárquico constitucional, exclamaba el diputado Castro 
en la sesión del 31 de julio, es el que «dio el Señor a su antiguo pueblo, el 
que Jesucristo instituyó en su Iglesia». 

Todavía prosiguió el debate hasta los primeros días de agosto, en que 
el diputado Anchorena, recogiendo el programa de Artigas, sostuvo que el 
único régimen capaz de solucionar todas las diferencias era «el de la fede- 
ración de las Provincias». 

El general Belgrano se apresuró a llevar la noticia de estos debates al 
ejército que estaba bajo sus órdenes. 

Con ocasión de la ceremonia de la jura de la independencia, habló a sus 
soldados de la monarquía constitucional; del restablecimiento de la casa de 
los Incas; y anticipó que después de haber asistido a las deliberaciones del 
Congreso de Tucumán, le parecía que tendría realización «ese pensamiento 
tan racional, tan noble y tan justo». 

Y en una proclama decía a los pueblos del Perú: 

«Ya nuestros padres del Congreso, han resuelto revivir y reivindicar la 
sangre de nuestros Incas,- para que nos gobiernen. 

«Yo, yo mismo, he oído a los padres de nuestra patria reunidos, hablar 
y resolver, rebosando de alegría, que pondrán de nuestro rey a los hijos de 
nuestros Incas.» 

E‘l Cabildo de Buenos Aires colaboró en esa obra de propaganda oficial. 
En oficio de 20 de septiembre de 1816, suscrito por don Francisco Escalada 
y don Félix J. Frías, manifestaba al general Juan R. Balcarce: 

«Con el objeto de que los honrados habitantes de la campaña logren ser 
en lo posible ilustrados sobre la forma monárquico-constitucional y el resta- 
blecimiento de los Incas, como paso útilísimo a la Nación y muy conveniente 
en las circunstancias, ha acordado el Excmo. Ayuntamiento, correspondiendo 
en esto a las intenciones del Soberano Congreso, se pongan en mano de V. E. 
quince ejemplares de los números 55 y 56 de «El Censor», y 50 de la pro- 
clama, que ha hecho publicar el mismo Ayuntamiento.» 



IDEAS POLÍTICAS DE LOS REVOLUCIONARIOS 


77 


Variante a que da lugar la invasión portuguesa. 

Los planes de Belgrano que, como se ve, estaban en tren de grandes 
progresos, no podían escapar a la influencia modificadora de la invasión 
portuguesa al territorio uruguayo. Y sufrieron, efectivamente, la acción de 
ese nuevo factor. 

En su sesión del 4 de septiembre de 1S1G resolvió el Congreso de Tucu- 
mán despachar un comisionado ante el general Lecor, jefe de la expedición 
invasora, con dos pliegos de instrucciones, que vamos a transcribir en lo 
pertinente al tema monárquico: 

«También le expondrá la gran aceptación del Congreso entre las Provin- 
cias y 1a, confianza de éstas en sus deliberaciones, y que, a pesar de la exal- 
tación de ideas democráticas que se ha experimentado en toda la Revolución, 
el Congreso, la parte sana e ilustrada def pueblo y aún el común de éstos, 
están dispuestos a un sistema monárquico constitucional o moderado, bajo las 
bases de la Constitución inglesa acomodadas al estado y circunstancias de es- 
‘tos pueblos, de un modo que asegure la tranquilidad y orden interior y 
estreche sus relaciones e intereses con los del Brasil, hasta el punto de identi- 
ficarlos en la mejor forma posible.» 

«Procurará persuadirle del interés y conveniencia que de estas ideas 
resulta al gobernante del Brasil en declararse protector de- la libertad e 
independencia de estas Provincias, restableciendo la casa de los Incas y enla- 
zándola con la de Braganza.» 

«Si después de los más poderosos esfuerzos que deberá hacer el comi- 
sionado para recabar la anterior proposición, fuera rechazada, propondrá la 
coronación de un infante del Brasil en estas Provincias, o la de cualquier 
infante extranjero con tal que no sea de España, para que enlazándose con 
alguna de las infantas del Brasil, gobierne este país bajo de una Constitución 
que deberá dar el Congreso.» 

«Si se le exigiese al comisionado que estas provincias se incorporen a 
las del Brasil, se opondrá abiertamente manifestando que sus instrucciones 
no se. extienden a este caso y exponiendo cuántas razones se presenten para 
demostrar la imposibilidad de esta idea y los males que ella produciría al 
Brasil. Pero si después de apurados todos los resortes de la política y de 1 
convencimiento, insistieren en el empeño, les indicará como una cosa que 
sale de él y que es lo más a que tal vez podrán prestarse estas provincias, 
que formando un Estado distinto del Brasil reconocerán por su monarca al 
de aquél mientras mantenga su corte en este continente, pero bajo una Cons- 
titución que le presentará el Congreso.» 

Resulta del libro de actas que los pliegos de instrucciones fueron sancio- 
nados por una mayoría de veintidós votos «conformes de toda conformidad», 
y que sólo indicaron enmiendas seis congresistas, quienes dijeron: el primero 
que la monarquía debía ser necesariamente a base de los Incas: el segundo 
que no podía ocultarse que los pueblos aspiraban al régimen renuhlicano: * el 
tercero, que antes de darse comienzo a la organización monárquica, había, que 
obtener la pacificación general del país; el cuarto, que sólo en el caso de inca- 
pacidad para luchar contra las fuerzas portuguesas, era posible admitir 
la dominación extranjera; el quinto, que en la designación del enviado inter- 
viniera el Congreso; y el sexto, que se declarase que el ejército portugués 
no podría apoderarse de la Provincia de Entre Ríos. 

En ía mi^Tna sesión fueron nombrados el coronel Florencio Terrada y 
don Miguel Irigoyen en calidad de enviados ante el general Lecor. 

Meses más tarde, en 11 de enero de 1817, volvió a reunirse en sesión 
secreta el Congreso de Tucumán para sancionar otro pliego de instrucciones 



78 


ANALES HISTÓRICOS BEL URUGUAY 


con destino al Director Pueyrredón. Véase el contenido de sus principales 
cláusulas: » i 1 

«Se encardará al enviado don Manuel José García que procure recabar 
de la Corte de Río de Janeiro el reconocimiento solemne de la independencia 
de las Provincias Unidas del Río de la Plata.» 

«Se tratará de convencer a García, para que él lo haga con el Ministro 
del Brasil, de la absoluta imposibilidad de que estos pueblos se presten a 
formar un solo Estado con los de aquel reino, por todas las razones que se 
indican en las instrucciones de 4 de septiembre y demás que ocurran, así 
como de los inconvenientes del todo insuperables que se presentan para la 
realización de dicho proyecto incompatible con la independencia absoluta que 
han jurado.» 

«Se le hará otro encargo para que manifieste que estos pueblos no insisten 
ya en las ideas puramente democráticas a que se inclinaban al principio de la 
Revolución: la disposición del Congreso y parte sana de ellos por una monar- 
quía moderada, sobre las bases de la Constitución inglesa en cuanto sea apli- 
cable a nuestras circunstancias.» 

«Sobre todos estos antecedentes, podrá el enviado hacer proposiciones 
para la coronación de un infante del Brasil en la forma que expresan las 
instrucciones citadas, y bajo las condiciones siguientes: Que será de cargo 

de aquel Gobierno allanar las dificultades que presente la España; que lh 
Banda Oriental del Uruguay forme con ésta un solo Estado.» 

Sigue ocupándose el Congreso de Tucumán de la erección de un trono 

Transcurre algún tiempo más y el Congreso de Tucumán resuelve cam- 
biar de programa, sin mengua de la idea monárquica. 

En octubre de 1818 fué comisionado el doctor José Valentín Gómez, 
aparentemente para negociar en Europa el reconocimiento de la indepen- 
dencia; pero en realidad para negociar una monarquía. 

Un año después, dando cuenta de la marcha de las gestiones, el Direc- 
tor Rondeau expresaba al Congreso lo siguiente: 

El Gobierno francés propone al «duque de Lúea, antiguo heredero del 
reino de Etruria y entroncado por línea materna con la augusta dinastía de 
los Borbones», e indica que ese candidato podría contraer enlace con una de 
las princesas del Brasil. Pero en concepto del doctor Gómez, el duque no 
tiene ni el poder ni las fuerzas «para presidir los destinos de unos pueblos 
que se han hecho dignos de la expectación de la Europa y que han comprado 
su libertad al precio de tantos y’ tan extraordinarios sacrificios.» 

En su sesión del 3 de noviembre de 1819, el Soberano Congreso, des- 
pués de un cambio de ideas acerca de la incompatibilidad del proyecto con 
la constitución política ya jurada, resolvió aceptar «con condiciones» la pro- 
puesta francesa, por casi ^unanimidad de votos, pues sólo dos diputados se 
retrajeron, uno de ellos declarando que la proposición era «degradante y per- 
judicial a la felicidad nacional». 

No figuran «las condiciones» en el libro de actas de donde extraemos 
estos datos. Pero el general Mitre, que tuvo oportunidad de examinar el 
archivo secreto, establece que se resolvió contestar al doctor Gómez que 
examinado el plan de coronación del príncipe de Lúea, el Congreso Nacional 
de las Provincias Unidas de Sudamérica «no lo encuentra inconciliable ni 
con los principales objetos de la Revolución, la libertad e independencia polí- 
tica, ni con los grandes intereses de las mismas provincias». Y agrega que el 
Congreso concretaba así las condiciones de la aceptación: 

Que debía recabarse el consentimiento de las cinco más altas potencias 
de Europa; que el matrimonio del duque con la princesa del Brasil debía 
tener por resultado la renuncia de Su Majestad Fidelísima «a los territorios 



IDEAS POLÍTICAS DE LOS REVOLUCIONARIOS 


79 


que poseía la España conforme a la última demarcación», y a las indemniza- 
ciones por los gastos de la actual empresa contra los habitantes de la Banda 
Oriental; que el Gobierno francés se obligara «a prestar al duque de Lúea 
una asistencia entera de cuanto necesite para afianzar lar monarquía en 
estas Provincias y hacerla respetable, debiendo comprenderse en ella todo el 
territorio de la antigua demarcación del Virreinato del Río de la Plata y 
quedar, por lo mismo, dentro de sus límites la Provincia de Montevideo, con 
la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes y el Paraguay». 

Artigas hace triunfar la idea republicana. 

Y en estas tramitaciones se andaba, cuando Artigas derrumbó al histó- 
rico Congreso de Tucumán e hizo triunfar para siempre la idea republicana 
en todo el Río de la Plata. 



CAPITULO XIII 


APARECE ARTIGAS EX EL ESCENARIO BE LA REVOLUCION DE MAYO 
Los progresos de la Revolución en 1810 . 

De escasa importancia fueron los progresos de la Revolución de Mayo 
durante el año 1810. 

La Junta Gubernativa deportó al Virrey Cisneros y a los oidores y fis- 
cales de la organización colonial, y publicó con tal motivo un manifiesto en 
el que luego de ratificar su absoluta fidelidad al Rey y a las Juntas de 
España, denunciaba así la conducta de algunos de los funcionarios expulsados: 

«Habiendo concurrido el Tribunal para cumplimentar *a la Junta en el 
salón de la real fortaleza, repitió el señor Reyes el mismo insulto que el 
señor C'aspe había ejecutado en el Cabildo; y a falta de palitos con que escar- 
barse los dientes, lo verificó con las uñas, procurando aumentar el desprecio 
de la Junta con una acción tan indecente y extraña en hombres de aquel rango. 
El público miraba con horror el sistema de los ministros, veía en sus acciones 
y palabras una semilla que produciría algún día una convulsión funesta, y en 
la noche del 10 de junio desfogó su cólera, por una inmensa partida de 
pueblo, que al retirarse a su casa el Fiscal señor Caspe, acometió su persona 
dándole una formidable paliza.» 

También organizó la Junta dos expediciones militares. 

Una de ellas, con destino al Paraguay. Iba al mando de Belgrano y fué 
rápidamente derrotada y expulsada. 

La otra, con rumbo al Alto Perú. Tras una rápida acción en Córdoba, 
donde aprisionó y fusiló a Liniers, Concha, Allende, Moreno, Orellano y Ro- 
dríguez, obtuvo bajo el mando del general Balcarce la victoria de Suipacha 
que costó a los realistas 40 muertos y 150 prisioneros, entre éstos últimos 
Nieto, Córdoba y Sanz, que fueron fusilados en la plaza de Potosí. Pero derro- 
tada luego en el Desaguadero, tuvo que retrogradar a Buenos Aires en com- 
pleto desorden. 

El distaneiaaniento entre Montevideo y Rueños Aires. 

Montevideo seguía siendo, entretanto, el baluarte del dominio español 
en el Río de la Plata. 

Allí estaba en plena actividad la idea revolucionaria, desde antes de 
estallar el movimiento de Mayo. Pero todavía los uruguayos no habían creído 
llegado el momento de hacer causa común con sus hermanos de Buenos Aires. 

¡Eran tantos sus agravios! Desde el año mismo de la fundación oficial 
de Montevideo en 1730, hasta la organización de la Junta Gubernativa en 1S10, 
no había dejado de estar asitado el ambiente del* Río de la Plata por razones 
económicas unas veces y por razones políticas otras, emanadas invariable- 
mente del empeño de la capital en relegar a Montevideo a un rango subalterno. 

Hemos seguido paso a paso el proceso económico de esas agitaciones, 
en que las autoridades bonaerenses abatían el desarrollo industrial y comer- 
cial del Uruguay y abandonaban su territorio a la voracidad portuguesa; y 
hemos seguido paso a paso el proceso político de esas mismas agitaciones 
en sus diversas etapas de la reconquista de Buenos Aires por Montevideo; de 
la negativa de Buenos Aires a auxiliar a Montevideo; de la Junta Suprema 
de 1§08, atacada por los mismos prohombres que luego habrían de glorifi- 
carla en 1810. 



ARTIGAS EN LA REVOLUCIÓN DE MAYO 


8-1 


Montevideo había sido la Cenicienta del Virreinato, a despecho de las 
nobles y fecundas iniciativas que le habían tocado en lote en cada gran mo- 
mento histórico de la vida colonial. 

Todo eso estaba actuando bajo forma de factores de efervescencia, de 
distanciamiento, de agravios entre las dos ciudades del Plata, en el momento 
en que Artigas se arranca las insignias españolas y cruza el -Uruguay para 
ofrecer sus servicios a la Junta de Mayo. 

Es un paréntesis que se abre en la vieja y ardorosa controversia, y que 
se abre por iniciativa del más grande de los representantes del pueblo uru- 
guayo, o, más bien dicho, de la más acabada exteriorización de su medio 
ambiente. 

Pero, ante todo, ¿quién es Artigas? ¿De dónde sale? ¿Qué es lo que 
ha hecho antes de emprendeV su marcha á Buenos Aires? ¿Y cuáles son las 
ideas políticas que lleva en su cabeza? 

Los antepasados de Artigas. 

«Belgrano vivió cincuenta años. Nacido en Buenos Aires en 1770, murió 
allí mismo en 1820. Solamente los últimos diez años- de su vida pertenecen 
a la historia política de su país, pues antes de 1810, ni el país ni el hombre 
tuvieron vida pública. Las colonias, como las vírgenes, vivían para su 
claustro.» 

Estas palabras de Alberdi son de rigurosa aplicación a todos los proceres 
de la América española y es inútil, por consiguiente, echarse a averiguar lo 
que hacían y cómo vivían en las primeras etapas de su existencia ignorada. 

Nació Artigas en la ciudad de Montevideo el 19 de junio de 1764. 

Su padre, don Martín José Artigas, actuó en la vida cívica varias veces, 

como miembro del Cabildo de Montevideo, y en la milicia llegó 
a conquistar el grado de capitán, que era el .más alto a que podían 
aspiraj* los americanos dentro de la organización colonial. El Virrey Vértiz, 
de regreso de su expedición a Río Grande contra los portugueses, dejó desta- 
cados en el fortín de Santa Tecla dos pequeños destacamentos al mando de 
Martín José Artigas y de Luis Ramírez. El fortín fué rodeado por una 
numerosa fuerza portuguesa al mando de Pintos Bandeira, que realizó, sin 
éxito, cinco furiosos as'altos, hasta que agotados los víveres y municiones 
después de veintisiete días de lucha los sitiados tuvieron que capitular. 
Del heroísmo de la resistencia, da idea la forma en- que la guarnición salió 
del fortín, según el testimonio de los señores Larrañaga y Guerra: ¡los sol- 
dados con sus armas y los cañones con la mecha encendida! 

Su abuelo, don Juan Antonio Artigas, aragonés, vivía en Buenos Aires 
al tiempo de la fundación de Montevideo. En el reparto de tierras, le tocó 
un solar ubicado en la calle Washington, entre Pérez Castellano y Maciel, 
donde según todas las probabilidades nació el Jefe de los Orientales; y un 
campo de estancia en Casupá que explotaba en compañía de sus hijos. Antes 
de su arribo al Plata había actuado en los ejércitos de España, y aquí reanudó 
su carrera militar, con el grado de capitán, tomando parte activa en nume- 
rosas expediciones contra los indígenas, contra los portugueses y contra los 
malhechores que infestaban la campaña uruguaya. Formó parte del primer 
Cabildo que tuvo Montevideo en 1730. 

Campañas militares ele Artigas durante el coloniaje. 

Ha referido el mismo Artigas sus primeras campañas, en una represen- 
tación que dirigió al Rey de España el 24 de octubre de 1803, gestionando 
su retiro, como «ayudante mayor del cuerpo de caballería de blandengues 
de la frontera de Montevideo.» 

Extractamos el contenido de ese documento histórico: 


6 



§2 ASNALES HISTÓRICOS PEL TjKL'GlíAY 


Ingresó Artigas como soldado raso y en ese mismo rango fué designado 
en 1797, por el Virrey don Antonio O laguer" Feliú, para reclutar gente con 
destino a la formación del regimiento de blandengues, tarea que desempeñó 
rápida y satisfactoriamente por los muchos conocimientos que tenía de la 
campaña; 

Tuvo que marchar luego a la costa del Chuy, para observar a los portu- 
gueses que acopiaban tropas; y allí permaneció hasta que le llegaron nuevas 
órdenes para perseguir y aprehender a los ladrones y vagabundos que pertur- 
baban la campana. En esta nueva comisión, que se prolongó hasta principios 
de 179S, obtuvo el mejor éxito, pues hizo prisioneros, decomisó mercaderías 
contrabandeadas y continuó el reclutamiento de soldados, por todo lo cual 
el Virrey le otorgó los despachos de capitán de milicias del regimiento de 
caballería de Montevideo; 

Poco después se le destinó a Maldonado con el empleo de ayudante ma- 
yor del regimiento de blandengues, y al frente de sus fuerzas reanudó la cam- 
paña contra los indios y contrabandistas, apresando gente y decomisando 
mercaderías, hasta principios del año 1800, en que recibió'órdenes para diri- 
girse a los pueblos de Santo Domingo de Soriano y Víboras y perseguir a los 
desertores, vagos y ladrones que por allí pululaban, como así lo cumplió, 
realizando nuevos arrestos e. interceptando nuevos contrabandos; 

Cuando el Virrey marqués de Aviiés resolvió poblar la frontera y de- 
signó para realizar la obra al capitán de navio don Félix de Azara, éste pidió 
y obtuvo el concurso de Artigas para el reparto de las tierras y otras tareas 
que fueron interrumpidas por la agresión portuguesa; 

En tal oportunidad tuvo Artigas que marchar a las Misiones, con el 
coronel don Nicolás de la Quintana, para contener una invasión que amena- 
zaba. En el trayecto se incorporó a la división del coronel don Bernardo 
Lecocq que se dirigía al mismo rumbo; y el nuevo jefe confióla Artigas el 
cargo de ayudante, la dirección de la ruta y el cuidado de la artillería. 

«Las continuas fatigas de esta vida rural por espacio de seis jAos y 
más (concluye Artigas), las inclemencias de las rígidas estaciones, los cuida- 
dos que me han rodeado en estas comisiones por el mejor d^empeño, han 
aniquilado mi salud en los términos que indican las adjuntas certificaciones 
de los facultativos, por lo cual hallándome imposibilitado de continuar en el 
servicio, con harto dolor mío, suplico a la R. P. de V. M. me conceda el 
retiro en clase de agregado a la plaza de Montevideo y con el sueldo que por 
reglamento se señala.» 

La solicitud pasó a informe del comandante del regimiento de blanden- 
gues don Cayetano Ramírez Arellano, y ese jefe dijo que efectivamente Arti- 
gas había ingresado como soldado en marzo de 1797; que en el mismo año 
recibió el nombramiento de capitán de milicias de Montevideo; y que aunque 
luego volvió a quedar incorporado al regimiento con el empleo .de ayudante 
mayor, no conocía la foja de servicios correspondiente a las demás comisiones 
desempeñadas por el solicitante. 

Ya sea por efecto del trámite equivocado dado a la solicitud de retiro, 
o más probablemente porque el Virrey no quería desprenderse de un auxiliar 
tan importante, el hecho es que el retiro fué denegado, y que Artigas con- 
tinuó en su fatigante tarea de blandengue. 

Un año y medio después, en mayo de Í8U5, Artigas, que estaba desta- 
cado en Tacuarembó, volvía a dirigirse al Rey, y esta vez para solicitar su 
licencia absoluta, por la imposibilidad de seguir en el servicio, según el 
certificado médico que iba adjunto a la solicitud. 

Repetía en su nota que como soldado laso había recibido la comisión 
de reclutar gente para la formación del regimiento de blandengues, obte- 
niendo el concurso de más de 200 hombre?, sin gasto alguno para el erario 
real; que también como soldado raso, había mandado varias comisiones enea- 



ARTIGAS EN T,A REVOLUCIÓN T)E MATO 8 3 


minadas al cuidado de la camnaña y de las fronteras del río Santa María, 
contra los ladrones, contrabandistas e indios, «obligando por sus servicios a 
los jefes a Que lo .distinguiesen con el grado de capitán de milicias y seguida- 
mente el de ayudante mayor de blandengues que obtuvo pasado apenas el 
año dé la creación del referido cuerpo»; que en su nuevo empleo había em- 
nrendido cinco campañas considerables, destrozando diferentes cuadrillas de 
indios y apresando ladrones, contrabandistas y numerosas caballadas; que 
eran notorios, finalmente, los servicios que había prestado a don Félix de 
Arara, para fundar las poblaciones y villas de Batoví en la frontera de Santa 
María. 

Terminaba Artigas su pedido, diciendo que estaba a más de cien leguas 
de distancia de la plaza de Montevideo, a cora paña” do al comandante principal 
de la expedición, «sin embargo de los graves padecimientos que sufría, por 
haberle significado serle precisa su persona». 


Tareas de los blandengues. 

Aparece, pues. Artigas por primera, vez en la historia del coloniaje, como 
reclutador del regimiento de blandengues de Montevideo en 1797. 

"Las funciones de los blandengues eran principalmente de carácter rural. 
Estaban encargados de la policía de la campaña. Defendían la vida y los 
intereses de las localidades contra los malhechores; sostenían la integridad 
territorial, oponiéndose a la absorción portuguesa; impulsaban la renta pú- 
blica. persiguiendo el contrabando de la frontera. 

La vida del blandengue tenía oue ser, y era realmente, una vida de con- 
tinuo movimiento y de grandes fatigas. 

En 1795, es decir, dos años antes de ponerse Artigas en actividad, el 
gremio de hacendados había presentado una solicitud al Cabildo de Monte- 
video, en la que decía que el estado de la campaña era deplorable; que la 
producción se perdía por falta absoluta de brazos para recogerla; que los 
destacamentos que tenían a su cargo la policía rural jamás aprehendían a los 
malhechores, porque los amparaban, o porque conocían mal el manejo del 
caballo y tenían pereza para galoparse una docena de lenguas. Solicitaban, 
en consecuencia, los hacendados el restablecimiento de los antiguos destaca- 
mentos de soldados veteranos, dirigidos por jefes de buena fe, celo e inte- 
ligencia. 

El Síndico Procurador, a quien fué pasado el asunto, aconsejó, en cam- 
bio, la formación de un regimiento de blandengues, semejante al que ya exis- 
tía en el otro lado del Plata para contener a los indios y que aquí podría ser- 
vir ^>ara el mantenimiento del orden en la campaña. «Los blandengues, decía 
el Síndico, gente toda de campo, acostumbrada a sus fatigas y a las del caba- 
llo, serían mucho más a propósito para celar los desórdenes de esta campaña 
que la tropa veterana». 

De una segunda representación que los hacendados dirigieron al Virrey 
en 1803, resulta que los blahdengues eran pocos y no podían hacer frente a 
las numerosas exigencias del servicio. 

Véase el cuadro que traza de una parte del país atacada por los portu- 
gueses: 

«Sus frecuentes incursiones, la asiduidad, el despecho con que se han 
manejado contra nuestra campaña y haciendas después de la publicación de * 
la paz, no dejan arbitrio para dudar que ha llegado el tiempo de alcanzar 
ellos con sus obras a satisfacer sus conocidos deseos. En efecto, han exten- 
dido su mano los portugueses en más de diez y seis mil leguas superficiales 
de tierra comprendidas entre el Ibicuy Grande y el Cerro de las Palomas.» 

«Habitan nuestras posesiones; ocupan nuestros campos; corren, matan 



84 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


y benefician nuestros ganados y nuestras haciendas, sin temor, sin cuidado y 
sin oposición.» 

«Los requerimientos, los partes, los clamores de estos hacendados son 
continuos, y sería infalible la ruina de todos los que pueblan y ocupan los 
feraces dilatados campos que corren desde las fronteras hasta el río Negro, 
si la benéfica mano de V. E\ no contiene los procedimientos arbitrarios, pér- 
fidos y dolosos de los portugueses limítrofes, sucediendo por forzosa conse- 
cuencia que el florecimiento, el pjmgüe y fuerte comercio de los frutos del 
país toque su última decadencia.» 

El gremio de hacendados formula el elogio de Artigas. 

Un nuevo documento de los hacendados vamos a extractar. Es una 
declaración suscrita por los señores Miguel Zamora, Lorenzo Ulibarri y Anto- 
nio Pereyra, en su carácter de apoderados del gremio de hacendados del Río 
de la Plata durante el período de 1802-1810. Formula en estos términos el 
elogio de los servicios de Artigas: 

«Que hallándose en aquel tiempo sembrada la campaña de un número 
crecido de hombres malvados de toda casta, que la desolaban e infundían en 
los laboriosos y útiles estancieros un terror pánico, ejercitando impunemente 
robos en las haciendas y otros atroces delitos, solicitamos de la superioridad 
se sirviese, en remedio de nuestros males, nombrar al teniente de blanden- 
gues don José Artigas, para que mandando una partida de hombres de armas, 
se constituyera a la campaña en persecución de los perversos; y adhiriendo 
el superior jefe excelentísimo marqués de Sobremonte a nuestra instancia, 
marchó Artigas a dar principio a su importante comisión. Se portó en ella 
con tal eficacia, celo y conducta, que haciendo prisiones de los bandidos y 
aterrorizando a los que no cayeron en sus manos por medio de la fuga, 
experimentamos dentro de breve tiempo los buenos efectos a que aspirábamos, 
viendo sustituida en lugar de la timidez y sobresalto la quietud de espíritu 
y seguridad de nuestras haciendas.» 

Los primeros servicios. 

De la foja de servicios que hemos extractado, resulta que Artigas tuvo 
necesidad de sentar plaza de soldado raso, para entrar en el ejército español. 

Como criollo debía despertar recelos entre los que se consideraban due- 
ños y señores de los territorios conquistados. Pero eran tan relevantes sus 
condiciones personales, que en menos de un año obtenía los despachos de capi- 
tán de milicias y de ayudante mayor de blandengues, las más altas jerar- 
quías militares franqueadas a los americanos y adquiría la envidiable noto- 
riedad de que instruyen las numerosas comisiones a que fué llamado. 

El Virrey Olaguer Feliú le confiaba el mando de las expediciones con- 
tra los malhechores, contrabandistas y portugueses; 

El Virrey marqués de Avilés, recomendaba al célebre naturalista don 
Félix de Azara, para sus trabajos de colonización de la frontera, los servicios 
del ayudante Artigas y del teniente Gazcón, «en quienes respectivamente con- 
curren (le decía), las cualidades que al efecto se requieren»; 

E’l mismo naturalista don Félix de Azara, le entregaba la parte más deli- 
cada de su obra colonizadora; 

El subinspector Sobremonte, comunicaba al marqués de Avilés, la sa- 
lida de una expedición de trescientos blandengues para combatir a los cha- 
rrúas, contrabandistas portugueses y bandidos de toda especie, con esta nota 
tan honrosa: 

«Me parecía muy del caso para dirigir a éstas (fuerzas) el ayudante 
mayor de blandengues don José Artigas, por su mucha práctica de los terre- 



ARTIGAS EN LA REVOLUCIÓN DE MAYO 


85 


nos y conocimientos de la campaña; pero como está a las órdenes del capitán 
de navio don Félix de Azara, sólo lo hago presente a V. E. para que se sirva 
resolver lo que fuere de su superior agrado »; * 

El coronel Lecocq le confiaba el cargo de ayudante en su expedición a 
las Misiones; i 1 | 1 

El gremio de hacendados pedía su designación para el comando de la 
policía de la campaña y, terminada la tarea, aplaudía la eficacia de sus ser- 
vicios y dejaba constancia de la absoluta corrección de sus procederes. 

Algunos de estos jefes eran realmente superiores y a su contacto podía 
vibrar un cerebro tan vigoroso como el de Artigas. Azara, por ejemplo. 
No era simplemente un militar. Era a la vez un gran naturalista, un geó- 
grafo eminente, un ilustre historiador, a quien el Río de la Plata debe estu- 
dios originales de considerable importancia.# 

Hay que advertir que todos los documentos de la época hablan de 
«los prisioneros» que hacía Artigas, hecho muy significativo en épocas terri- 
bles en que la muerte de un malhechor, de un contrabandista o de un invasor 
portugués, a ninguna responsabilidad exponía. 

Todavía se custodian en los archivos nacionales partes militares y expe- 
dientes en los que consta que Artigas, aún en casos que ofrecían margen al 
ataque, prefería exponer su vida antes que matar a un bandido. 

En 1797, por ejemplo, marchó Artigas en persecución del portugués 
Mariano Chaves, acusado de contrabando y asesinato, y producido el encuen- 
tro, en vez de hacer fuego, se abalanzó personalmente sobre el criminal y' 
lo envió a Montevideo para su juzgamiento. 


En las invasiones inglesas. 

Con mucho brillo actuó Artigas en la reconquista de Buenos Aires y 
en la defensa de Montevideo. 

Él mismo ha referido, a solicitud del Cabildo de Montevideo, su actua- 
ción en la reconquista. He aquí sus palabras: 

«Hallándome enfermo en esta plaza, supe se preparaba en ella de sus 
tropas y vecindario una expedición al mando del capitán de navio don San- 
tiago Liniers, actualmente Virrey de estas Provincias, para reconquistar del 
poder de los enemigos la capital de Buenos Aires, con cuyo motivo me pre- 
senté al señor Gobernador don Pascual Ruiz Huidobro, a efecto de que me 
permitiese ser uno de los de dicha expedición, ya que no podía ir con el 
cuerpo de que dependo, por hallarse éste en aquella época cubriendo los 
varios puntos de la campaña, lo que se sirvió concederme dicho señor, 
ordenándome quedase yo en esta ciudad para conducir por tierra un pliego, 
como lo verifiqué, para el citado señor Santiago Liniers, destinándome des- 
pués este señor al ejército nuestro que se hallaba en los corrales de Miserere, 
desde donde pasamos a ocupar el Retiro.» 

El Gobernador Ruiz Huidobro pedía a Liniers en el pliego de que ‘había 
sido portador Artigas, que por intermedio de este oficial le comunicara el 
resultado de la expedición reconquistadora. 

Rendido a discreción el ejército de Beresford, Artigas volvió con la 
noticia del triunfo, y al cruzar el río Uruguay estuvo a punto de perecer, 
según lo acredita una orden de pago del mismo Gobernador Ruiz Huidobro, 
datada el 15 de agosto de 1806, que dice así: 

«El ayudante mayor de blandengues don José Artigas, acaba de regresar 
de Buenos Aires en una comisión interesante del real servicio a que fué des- 
tinado por mí y en la que estuvo para perecer en el río, por haber naufra- 
gado el bote que le conducía, en cuyo caso perdió la maleta de su ropa, apero, 
poncho y cuanto traía, por cuya pérdida y los gastos que ha ocasionado la 



86 


ANALES HISTÓRICOS BEL URUGUAY 


misma comisión, estimo de justicia se le abone por la Real Tesorería del 
cargo d$ usted, trescientos pesos corrientes.» 

Al producirse la segunda invasión inglesa, los blandengues lucharon bra- 
vamente en los alrededores de Montevideo y cuando se dispersaron las fuer- 
zas del Virrey Sobremonte y sufrió un fuerte descalabro la guarnición de 
la plaza, el regimiento penetró en la ciudad, y sus jefes, oficiales y soldados 
subieron a las murallas y desde allí sostuvieron y contestaron el fuego del 
ejército y de la escuadra sitiadora, día y noche, con pérdida de muchos de 
sus elementos, y manteniéndose firmes en sus puestos hasta el momento mis- 
mo del asalto. * > 

Hemos extractado en otro capítulo el parte del comandante del regi- 
miento de blandengues, don Cayetano Ramírez de Arellano, quien luego de 
describir las diversas peripecias de la lucha, designa al ayudante mayor Ar- 
tigas entre los oficiales que se portaron «con el mayor enardecimiento, sin 
perdonar instante de fatiga, animando a las tropas, sin embargo de que no 
lo necesitaban por el ardor con que se arrojaban al fuego del enemigo». 

Sigue en aumento el prestigio del personaje. 

Los merecimientos de Artigas debieron ir creciendo. 

Todos los testimonios posteriores demuestran, efectivamente, la noto- 
riedad y los prestigios del personaje, aún después de embarcado Artigas en 
la corriente revolucionaria y cuando el anatema español Caía con furia sobre 
los criollos. 

En una exposición sobre el estado de Montevideo y la campaña, redac- 
tada en agosto de 1811 por don Rafael Zufriateguy, diputado al -Congreso 
Nacional de Cádiz y con destino al mismo Congreso, se habla de la deserción 
de cinco oficiales de blandengues, entre ellos los capitanes don José Artigas 
y don José Rondeau; y se agrega: 

«E’stos dos sujetos en todos tiempos se habían merecido la mayor con- 
fianza y estimación de todo el pueblo y jefes en general, por su exactísimo 
desempeño en toda clase de servicios; pero muy particularmente don José 
Artigas, por comisiones de la campaña, por sus dilatados conocimientos en 
la persecución de vagos, ladrones, contrabandistas e indios charrúas y minua- 
nes que la infestan y causan males irreparables e igualmente para contener 
a los portugueses que en tiempo de paz acostumbraban a usurpar nuestros 
ganados y a avanzar impunemente sus establecimientos dentro de nuestra 
línea.» I ¡ I * 

«Ciando de Montevideo pasamos algunas tropas a la Colonia del Sacra- 
mento, para atender desde este destino a las necesidades de toda aquella 
campaña perturbada por algunas partidas de insurgentes; en este tiempo en 
que se consideraban dichos capitanes más necesarios, desaparecieron de aquel 
'punto en consorcio del cura párroco y de otro oficial subalterno de los del 
número precitado, llamado Ortiguera.» 

En 1818, proyectó la Corte de Madrid una gran expedición militar con- 
tra el Río de la Plata y fué encargado el mariscal de campo don Gregorio 
Laguna de trazar el plan de operaciones. Pues bien, véase en qué términos 
se expresaba el mariscal Laguna acerca de Artigas: 

«Será uno de los primeros cuidados del general atraerse a su partido al 
guerrillero don José Artigas, el que se halla hoy separado de los insurgentes 
y en guerra con ellos y con los portugueses. Este Artigas, era el día de la 
revolución, ayudante mayor de un regimiento de caballería y tomó el partido 
de los insurgentes; después el Rey, conociendo el mérito de este oficial, lo 
indultó y ascendió al grado de brigadier, cuyo despacho, bien sea por la 
poca finura o mal modo con que los generales Se han portado con él, o porque 




AKTlüAS EN LA REVOLUCIÓN DE ti A V Ü 


87 


no supieron atraerlo con dulzura, no ha querido admitir, temeroso de que 
sea un engaño para cogerlo y fusilarlo.» 

El historiador español don Mariano Torrente, que al escribir su historia 
sobre la Revolución americána, examinó todos los archivos de su patria y 
oyó a todos los actores de la época, incluye a Artigas entre «los oficiales de 
valor y prestigio» que abandonaron la causa española para ponerse al servicio 
de la revolución. 

' En el plan que redactó el doctor Mariano Moreno, secretario de la 
Junta Gubernativa de Buenos Aires, para consolidar la libertad e indepen- 
dencia del Río de la Plata, se registran varias cláusulas relativas a la Pro- 
vincia de Montevideo, muy honrosas para el procer oriental. Dice la cláu- 
sula 7. a : i ¡ | j 

«Sería muy del caso qtraerse a dos sujetos por cualquier interés y pro- 
mesas, así por sus conocimientos que nos consta son muy extensos en la 
campaña, como por sus talentos, opinión, concepto y respeto: como son los 
del capitán de dragones don José Rondeau y los del capitán de blandengues 
don José Artigas, quiénes puesta la campaña en este tono y concediéndoseles 
facultades amplias, concesiones, gracias y prerrogativas, harán en poco tiempo 
progresos tan rápidos, que antes de seis meses podría tratarse de formalizar 
el sitio de la plaza.» 

La cláusula 11. a indica la necesidad de enviar de Buenos Aires jefes y 
oficiales entendidos para adelantar terreno hacia la plaza de Montevideo, 
y agrega: , ¡ < 

«Ya en este caso ningunos podrán ser más útiles para los adelantamientos 
de esta empresa que don José Rondeau por sus conocimientos militares adqui- 
ridos en Europa, como por las demás circunstancias expresadas, y éste para 
general en jefe de toda la infantería; y para la caballería, don José Artigas, 
por las mismas circunstancias que obtiene con relación a la campaña.» 

Artigas en 1810. ! 

Era, pues. Artigas al tiempo de producirse el movimiento ere Mayo en 
Buenos Aires, un personaje de relieve vigoroso; un personaje que había lle- 
gado a los puestos más aitos a que podían aspirar los criollos durante el 
coloniaje; un personaje a quien mimaban a la vez las autoridades españolas 
confiándole múltiples tareas y las poblaciones rurales que cifraban en él la 
conservación de sus vidas y la seguridad de sus intereses. 

Varios años más tarde, en 1818, cuando el Gobierno de Buenos Aires y 
la Corte de Río de Janeiro, ponían la proa contra Artigas, se resolvió acom- 
pañar la acción militar de los ejércitos con la elaboración de una leyenda en 
que el Jefe de los Orientales resultaba un antiguo bandolero del coloniaje, 
cubierto de sangre y de robos, con quien las autoridades españolas habían 
tenido que transigir, dándole los despachos de oficial de blandengues para que 
•dejara de matar y de robar y se convirtiera en perseguidor implacable de sus 
mismos compañeros de bandidaje. 

Tendremos más adelante oportunidad de examinar ese proceso fantástico. 
Por ahora, sólo necesitamos dejar constancia „de. que al tiempo de estallar la 
Revolución de Mayo, Artigas marchaba lleno dé luz, sin sombras de ninguna 
vspecíe, aclamado y prestigiado por sus contemporáneos. 

Trabajos anteriores de. los patriotas uruguayos. 

El movimiento de Mayo sorprendió a Artigas en plena tarea revolu- 
cionaria. . . I ' I.*” 1 ' 

Dice don Joaquín Suárez, en su autobiografía, que en 1809 varios crio 
líos, entre los cuales él mismo figuraba, acordaron trabajar por la indepen- 



88 


ANALES HISTÓRICOS DEL UKUOUAY* 


dencia e iniciaron con tal propósito trabajos de propaganda en la campaña 
uruguaya. El grupo tenía como agentes en Montevideo y Buenos Aires a 
don Mateo Gallegos y a don Francisco Javier de Viana; y se disolvió ante el 
anuncio transmitido por el primero de una partida que había despachado el 
Gobernador Elío en persecución de los conjurados. 

Doña Josefa Artigas declara también que en la chacra del doctor Manuel 
Pérez, se reunían Larrañaga, Barreiro, Monterroso, los hermanos de Artigas, 
Otorgués y otros, para conversar acerca de la independencia, indicándose ya 
entonces a don José Artigas para asumir la dirección del movimiento. 

De estos trabajos estaban perfectamente enterados los próceres de Mayó, 
según lo prueba el siguiente párrafo del informe del doctor Mariano Moreno 
de 30 de agosto de 1810, relativo al envío a territorio del Uruguay de una 
fuerza de quinientos a seiscientos hombres para, la organización de escua- 
drones: 

«Teniéndose presente el haberse atraído ya a nuestro partido y honrán- 
dolos con los primeros cargos a un Valdenegro, a un Baltasar Vargas, a los 
hermanos y primos de Artigas, a un Benavídez, a un Vázquez, de San José, 
y a un Baltasar Ojeda, etc., sujetos que por lo conocido de sus vicios, son 
capaces para todo, que es lo que conviene en las circunstancias, por los talen- 
tos y opinión popular que han adquirido por sus hechos temerarios.» 

Dejemos de lado las apreciaciones malevolentes, dignas del lenguaje de 
la época y contradichas por la propia Junta Gubernativa que se encargó poco 
después de honrar a los oficiales uruguayos en la persona de Manuel Artigas, 
mandando esculpir su nombre en la Pirámide de Mayo. 

Lo que interesa destacar es que los trabajos por la independencia que, 
venían organizando los uruguayos desde 1809, eran conocidos en Buenos 
Aires al producirse el movimiento de 1810 y ya se les tomaba como base de 
operaciones para marchar contra las murallas de Montevideo. 


Se presenta Artigas en Buenos Aires. 

Desbaratados los trabajos a que se refiere don Joaquín Suárez, resolvió 
Artigas ponerse al servicio de la Junta Gubernativa de Buenos Aires, por 
mucho que le hicieran vacilar las dos sombras de la fórmula de Mayo: el 
gobierno a nombre de Fernando VII, y la absorción de las autonomías pro- 
vinciales por Buenos Aires. Sin duda pensó que pronto él se encontraría 
habilitado para pedir y obtener la independencia de E’spaña y para pedir y 
obtener un régimen institucional que garantizara plenamente la libertad de 
las provincias que no podían ni debían resignarse a un simple cambio de 
mandatarios omnipotentes. 

Y el 15 de febrero de 1811 salió de la ciudad de la Colonia, donde 
estaba de guarnición, y cruzó 'el Uruguay, en* dirección a Buenos Aires. 

Algunos de los rumores de la época atribuyen la determinación de Ar- 
tigas a un altercado con su jefe el brigadier don Vicente Muesas. No era im- 
posible una disidencia, entre ^1 jefe del absolutismo español y el criollo que 
ya andaba en tren de revolución. Pero es lo cierto que las .versiones más 
generalizadas no hablan de incidente. 

Bondeau refiere en su autobiografía que Artigas llegó a Buenos Aires 
«fugado de la Colonia, donde servía a las órdenes del brigadier Muesas»; y 
nada más agrega, como habría agregado si el altercado hubiera sido real, 
puesto que él estaba al corriente de todos los detalles de la fuga. 

El general Nicolás de Vedia, lejos de mencionar en sus «Memorias» inci- 
dente alguno como causa de la fuga, hace declaraciones que demuestran que 
Artigas estaba embarcado en la corriente revolucionaria desde antes de pro- 
ducirse el movimiento de Mayo. He aquí sus palabras: 



ARTIGAS EN LA REVOLUCIÓN DE MAYO 


89 


«El que esto escribe se hallaba en Buenos Aires en los momentos de la 
Revolución, y fué de los más activos y acalorados actores de aquel sacudi- 
miento político que será memorable en los fastos de la América; y desde el 
primer día en que la patria formó su Gobierno y se segregó de la odiosa 
dominación española, aseguró reiteradas veces que Rondeau y Artigas aban- 
donarían las banderas enemigas de la América, y se incorporarían a las de 
la patria.» • 

«Su pronóstico se verificó después de corridos pocos meses. Primero 
llegó Artigas a Buenos Aires, donde fué bien recibido de todos, especialmente 
del Gobierno, que Jo condecoró, le dió dinero y armas para trasladarse a 
la Banda Oriental, para levantar una fuerza contra los españoles. No tardó 
en seguirle Rondeau, que mereció igual acogimiento y la misma misión que 
Artigas, pero dejando una opinión más favorable en el Gobierno por su 
capacidad y moderación.» 

Impresión que sus ideas producen en Buenos Aires. 

Estas últimas palabras del general Vedia constituyen el único comen- 
tario de la época acerca del cambio de ideas que fatal y necesariamente hubo 
entre Artigas y la Junta Gubernativa. 

Rondeau era argentino y se presentaba a la Junta como soldado. Estaba 
de acuerdo con la fórmula de Mayo, y ninguna exigencia podía brotar de 
sus labios. 

Artigas estaba en distinto caso. Las luchas económicas y políticas soste- 
nidas por Montevideo contra Buenos Aires, habían creado un ambiente uru- 
guayo de acentuada autonomía, que obligaba al Jefe de los Orientales a fijar 
las condiciones de su incorporación al movimiento. 

La orientación que al poco tiempo adoptó el pueblo uruguayo en el 
doble sentido de la independencia absoluta de España y de una Constitución 
política que asegurase la autonomía de las provincias, demuestra que Artigas 
ya tenía ideas definidas sobre ambos puntos al tiempo de embarcarse con 
destino a Buenos Aires, las mismas ideas que habría de traducir así en sus 
célebres Instrucciones de 1813: 

«Primeramente pedirá la declaración de la independencia absoluta de 
estas colonias, que ellas están absueltas de toda obligación de fidelidad a 
la corona de España y familia de los Borbones, y que toda conexión política 
entre ellas y el Estado de la España, es y debe ser totalmente disuelta. 

«No admitirá otro sistema que el de confederación para el pacto recí- 
proco con las provincias que formen nuestro Estado. 

«Como el objeto y fin del Gobierno debe ser conservar la igualdad, liber- 
tad y seguridad de los ciudadanos y los pueblos, cada provincia formará su 
gobierno bajo esas bases, además del gobierno supremo de la Nación. 

«Así éste como aquél, se dividirán en Poder Legislativo, Ejecutivo y 
Judicial. . 

«Estos tres resortes jamás podrán ser unidos entre sí, y serán indepen- 
dientes en sus facultades. 

«El Gobierno supremo entenderá solamente en los negocios generales 
del Estado. El resto es peculiar al Gobierno .de cada provincia. 

«Que precisa e indispensablemente sea fuera de Buenos Aires donde re- 
sida el sitio del Gobierno de las Provincias Unidas.» 

No eran bases de circunstancias, ni el resultado de una improvisación. 
Constituían el término final de una lenta evolución en las ideas que se inicia 
desde el día mismo de la fundación oficial de Montevideo, y que tiene sus 
etapas más ilustres en los cabildos abiertos de 1806 y 1808 que, respectiva- 
mente, consagran el derecho del pueblo uruguayo a darse un Gobierno propio 
frente a España y frente a la capital del Virreinato. 



90 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Con todo ese grueso bagaje debió, pues, Artigas cruzar el Uruguay y 
llegar a Buenos Aires en febrero de 1811. 

Ya en 1806 había hecho el mismo viaje, como oficial de blandengues, 
batiéndose denodadamente desde los Corrales de Miserere y desde la plaza 
del Retiro, para libertar a Buenos Aires de la conquista inglesa. 

Ahora volvía para batirse contra la dominación española y para exigir 
una Constitución política que garantizara la autonomía de las piévincias. 

Sus palabras debieron producir estupor entre los próceres de Mayo, ' 
cuyas ideas directrices pueden sintetizarse así, según toda la amplia docu- 
mentación de la época y la doctrina de los grandes historiadores argentinos: 
la monarquía, en vez de la república; la dominación absoluta de Buenos Aires, 
en vez de la autonomía de las Provincias. 

Artigas tenía que ser aceptado, sin embargo. Era la única palanca 
para promover la insurrección del pueblo uruguayo contra el dominio español. 
Pero la Junta resolvió tomar precauciones, y las tomó con rigor al relegarlo 
a un plano subalterno, para que no pudiera dar rumbo a los sucesos. 

i Precauciones inútiles! Artigas tenía que alzar la cabeza, porque su 
cabeza era de gigante. Y la alzó, como vamos a verlo. 



CAPITULO XIV 


INSURRECCIÓN GENERAL DE LA CAMPANA URUGUAYA 


La obra de Artigas. 

La expedición al territorio uruguayo fué confiada al general Belgrano, 
que en esos momentos abandonaba el Paraguay con su ejército derrotado, 
y no podía, en consecuencia, asumir de inmediato la dirección de los trabajos. 

Pero desde su puesto subalterno, Artigas se entregó en cuerpo y alma 
a promover la insurrección de las poblaciones rurales contra el dominio espa- 
ñol, y las poblaciones respondieron entusiastamente a su llamado. 

El 28 de febrero de 1811, un grupo de uruguayos, a las órdenes de 
Viera y Benavídez, dió la señal del movimiento armado en la costa del arroyo 
Asencio, y esa señal se extendió en el acto a toda la campaña, gracias a la 
extraordinaria actividad que había desplegado Artigas. 

Horas después del movimiento de Asencio, el comandante don Ramón 
Fernández, unido ya a las fuerzas de Viera y Benavídez, pasaba a la Junta 
Gubernativa el primer parte militar de la campaña. Está datado en la 
ciudad de Mercedes el l.° de marzo, y en él comunica su autor que al frente 
de una división de 300 hombres había ocupado el día antes los pueblos de 
Mercedes y Soriano, y que ya había puesto esos hechos en conocimiento 
de Artigas, residente en Nogoyá, Provincia de Sánta Fe. 

Artigas que era, como se ve, el inspirador y el jefe del movimiento 
empezado en Asencio, recién se dirigió a la Junta de Buenos Aires a mediados 
de abril, en un oficio datado en Mercedes, que puede sintetizarse así: 

Tuvo necesidad de detenerse en los pueblos del Arroyo de la China, Pay- 
sandü y Mercedes, para restablecer el orden y', devolver a los habitantes su 
tranquilidad perdida; se había puesto en comunicación con los vecinos más 
caracterizados de la campaña, recibiendo de todas partes ofrecimientos de 
hombres y de recursos; ya tenía reunidos 150 blandengues armados, una 
división de 300 paisanos formada en el trayecto de Paysandü a Mercedes, y 
otra división considerable a la vanguardia de su campamento; dos partidas, 
de cien hombres cada una, recorrían las costas del Santa Lucía y las Minas; 
y en cuanto a tropas españolas, las de la Colonia estaban compuestas de 
«700 a 800 infelices que, como se desvíen un poco perecerán, y que en caso 
de no salir, serán humildes despojos del hambre y de la necesidad». 

«Aguardo las órdenes del Excmo. señor Belgrano (terminaba el oficio), 
para dirigirme a Montevideo con la brevedad posible, y puede V. E. descansar 
en los esfuerzos de estas legiones patriotas que sabrán romper las cadenas de 
la esclavitud y asegurar la felicidad de la patria.» 

Antes de dirigir este parte, Artigas había arengado así a sus tropas 
preparándolas para el avance a Montevideo: 

«Unión, caros compatriotas, y estad seguros de la victoria. He convocado 
a todos los patriotas caracterizados de la campaña; y todos, todos se ofrecen 
con sus personas y bienes a contribuir a la defensa de nuestra justa causa. 
A la. empresa, compatriotas, que el triunfo es nuestro: vencer o morir, sea 
nuestra cifra, y tiemblen esos tiranos de haber excitado vuestro enojo, sin 
advertir que los americanos del Sur están dispuestos a defender su patria 
y a mori* antes con honor que vivir con ignominia en afrentoso cautiverio.» 



92, 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Por segunda vez el Gobierno de Buenos Aires posterga a Articas. 

Belgrano recién pudo cruzar el Uruguay con los restos de su ejército a 
mediados de abril. 

Su actuación como General en Jefe fué de muy pocos días, a causa de 
habérsele instaurado un proceso por los desastres de la campaña paraguaya, 
que le obligó a retornar a a la capital. 

«La Gaceta de Buenos Aires» reconocía y aplaudía, entretanto, la magni- 
tud de la obra de Artigas. 

«La Banda Oriental de este Río (decía a principios de mayo) que sacudió 
con tanta energía y oportunidad la injusta agresión del despotismo, sigue 
obrando con el mayor éxito que pudiéramos desear... El déspota y sus se- 
cuaces no saben ya dónde poner el pie con seguridad: una incesante deserción 
de los que más adictos se le mostraban; una escasez notable ya de todo 
mantenimiento en la desgraciada ciudad que nos ocupa, y mantiene aislada 
en su fanatismo, y cortadas todas sus más esenciales relaciones de comercio, 
sin numerario, sin víveres, y sin más auxilio ni esperanza que la débil y 
despreciable que puedan fundar sus fanfarronadas y plantonas: la necesidad 
de disputar una vaca con una acción de guerra entre los que salen por ella 
y nuestras partidas, que les impiden su internación: en una palabra, la proxi- 
midad ya de éstas a las mismas murallas, de que se parapetan los guapos» 
sin que se atrevan ni puedan resistirlo, todo es obra de los valerosos habi- 
tantes de la Banda Oriental, y un anuncio de los pocos momentos que restan 
de posesión al engaño.» 

Nadie había soñado con tal acumulación de fuerzas. Belgrano mismo, 
al dirigirse a la Junta Gubernativa, a mediados de marzo, pronto para po- 
nerse en marcha rumbo a Montevideo, decía que allí estaba «la raíz del árbol», 
y que para arrancar esa raíz era necesario que le enviaran «fuerzas de consi- 
deración»; y agregaba: 

«Aún cuando no se consiga más que desviar a Elío de todas sus ideas en 
contra de la capital, habremos hecho una gran obra.» 

Artigas era el promotor de ese considerable movimiento de la campaña 
oriental. Pero la Junta Gubernativa lo había condenado al segundo plano, 
y en el segundo plano volvería a dejarlo: 

En reemplazo de Belgrano nombró, pues, a Rondeau. 

Primeras victorias artiguistas. 

Una fuerza al mando de Benavídez sorprendió y aprisionó a la guarni- 
ción española del Colla, y otras a órdenes de Manuel Artigas, de Baltasar 
Vargas y del mismo Benavídez obtuvieron dos victorias importantes contra 
tropas españolas al mando del teniente coronel Bustamante, atrincheradas 
sucesivamente en el Paso del Rey, de donde fueron desalojadas, y en la ciudad 
de San José, donde tuvieron que rendirse a discreción, después de un fuerte 
combate en el que cayó mortalmente herido Manuel Artigas. 

La batalla de Las Piedras. 

Despejado así el camino, avanzó Artigas con el resto de sus fuerzas, 
que constituían la vanguardia del ejército de Rondeau, y el 18 de mayo 
de 1811 obtuvo sobre la guarnición española, que había salido a su encuentro, 
la famosa victoria de Las Piedras. 

En su parte oficial a la Junta de Buenos Aires, hace constar Artigas 
que los patriotas tenían al principio 346 infantes (250 patricios y 96 blan- 



INSURRECCIÓN BE LA CAMPAÑA URUGUAYA 


93 


dengues), 3 50 hombres de caballería y 2 piezas de artillería; pero que des- 
pués de la incorporación de las fuerzas de Manuel Artigas, subió el efectivo 
a 400 hombres de infantería y 600 de caballería; y que el ejército español 
se componía de 1,230 hombres, entre los que figuraban 600 infantes. 

Describe así la batalla: 

«Exhorté a las tropas recordándoles los tiempos gloriosos de nuestras 
armas y el honor con que debían distinguirse los soldados de la patria, y 
todos unánimes exclamaron con entusiasmo que estaban resueltos a morir 
en obsequio de ella. 

«Es inexplicable, Excmo. Señor, el ardor y entusiasmo con que mi tropa 
se empeño entonces en mezclarse con los enemigos, en términos que fué nece- 
sario todo el esfuerzo de los oficiales y el mío para contenerlos y evitar el 
aesorden.» 

«Los contrarios nos esperaban situados en la loma indicada arriba, guar- 
dando formación de batalla, con cuatro piezas de artillería, dos obuses de a 
treinta y dos colocados en el centro de su línea y un cañón en cada extremo, 
de a cuatro. L'n igual forma dispuse mi infantería, con las piezas de a dos 
y se trabó el fuego más^ activo.» 

«La situación ventajosa de los enemigos, la superioridad de su artillería, 
así en el número como en el calibre y dotación de 16 artilleros en cada una, 
y el exceso de su infantería sobre la nuestra, hacían la victoria muy difícil; 
pero mis tropas enardecidas, se empeñaban más y más, y sus rostros serenos 
pronosticaban las glorias de la patria. El tesón y orden de nuestras fuerzas 
y el arrojo de los soldados obligó a los insurgentes a salir de su posición, 
abandonando un cañón que en el momento cayó en nuestro poder xon una 
carreta de municiones.» 

«Ellos se replegaron en el mayor orden sobre Las Piedras, sostenidos 
del incesante fuego de su artillería, y como era verosímil que en aquel punto 
hubieran dejado algunas fuerzas, cuya reunión nos era perjudicial, ordené 
que cargaran sobre ellos las columnas de caballería de los flancos y la encar- 
gada de cortarles la retirada. De esta operación resultó que los enemigos 
quedasen encerrados en un círculo bastante estrecho: aquí se empezó la 
acción con la mayor viveza por ambas partes, pero después de una vigorosa 
resistencia, se rindieron los contrarios, quedando el campo de batalla por 
nosotros.» , l I , , ! 

«La tropa enardecida hubiera pronto descargado su furor sobre la vida 
de todos ellos, para vengar la inocente sangre de nuestros hermanos acabada 
de verter para sostener la tiranía; pero ellos, al fin, participando de la 
generosidad que distingue a la gente americana, cedieron a los impulsos de 
nuestros oficiales empeñados en salvar a los rendidos.» 

«La superioridad en el todo de las fuerzas de los enemigos, sus posiciones 
ventajosas, su fuerte artillería y particularmente el estado de nuestra caba- 
llería, la mayor parte armada de palos con cuchillos enastados, hace ver indu- 
dablemente que las verdaderas ventajas que llevaban nuestros soldados sobre 
los esclavos de la tiranía, estarán siempre selladas en sus corazones inflamados 
por el fuego que produce el amor a la patria.» 

Es admirable, concluye Artigas, «la fuerza con que el patriotismo ha 
electrizado a los habitantes todos de esta campaña, que después de sacrificar 
sus haciendas gustosamente en beneficio del ejército, brindan todos con sus 
personas, en términos que podría decirse que son tantos los soldados con 
que puede contar la patria cuantos son los americanos que habitan en esta 
parte de ella». 

El ejército español vencido en Las Piedras tuvo una pérdida que el 



94 


A X ALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


parte computa así: 97 muertos, 61 heridos, 482 prisioneros, de. los cuales 186 
tomaron las armas de la patria y 296 fueron remitidos a disposición de la 
Junta Gubernativa de Buenos Aires. 

La victoria de Las Piedras en el primer aniversario de la Revolución de Mayo 

Rondeau había quedado con el grueso de su ejército en Mercedes, y 
allí recibió el parte de la victoria. En el acto lo elevó a la Junta Guberna- 
tiva con las siguientes palabras: 

«En los transportes de mi mayor alegría felicito a V. E. por tan impor- 
tante y plausible noticia, deseando vivamente llegue a tiempo de que aumente 
la celebridad del cumpleaños^ de la gloriosa instalación de la Junta.» 

Y, efectivamente, el parte de Artigas liego a Buenos Aires el 24 de 
mayo y fue publicado en un suplemento de «La Gaceta» el mismo día, de 
manera que ei 2 5 de mayo de 1811, primer aniversario de la Revolución, pudo 
ser solemnizado en la forma que deseaba Rondeau. 

«La Gaceta» comentaoa algunos días después el acontecimiento en estos 
entusiastas términos: ¡ 

«Entre las glorias y satisfacciones con que hemos ^celebrado el aniversario 
de la instalación de nuestro Gobierno, serán siempre muy notables las plau- 
sibles noticias que las han acompañado üe ias ventajas conseguidas de nues- 
tros enemigos.» c 

«El despota hace salir a Las Piedras una fuerza ventajosa, acaso toda 
la única útil con que contaba, para que los contenga y precava en parte el 
cruel asedio que ya experimenta; pero ella es derrotada enteramente, como 
io fue antes la que sano a ban jóse: su artillería, sus soiuados, sus famosos" 
marinos, todo viene a poder de nuestros generales; las avanzadas ael ejercito 
llegan ya a ia Aguada y con ios fuegos incesantes de la muralla se ven nece- 
sitados a defender las panaderías.» 

Su significado del punto de vista militar. 

Puede decirse que la batalla de Las Piedras cambió de una manera 
fundamental ei ambiente de Buenos Aires, que era a ia vez de abatimientr 
y de sangre. . ¡ | | ¿ . 

Respecto de lo primero, dan testimonio las siguientes palabras del gene- 
ral Nicolás de Vedia, decidido adversario político de Artigas: 

«Celebróse en Buenos Aires la llamada acción de Las Piedras con trans- 
portes del mayor entusiasmo. Este suceso no menos brillante que ventajoso 
para todas las operaciones que le habían de suceder, consoló los ánimos no 
poco afectados con el mal éxito que habían tenido nuestras armas en el 
Paraguay y la desastrosa derrota de nuestro ejército en el Desaguadero.» - 

Era la primera vez que las simples milicias se medían con las tropas de 
línea y ias derrotaban. Ei dominio realista quedaba reducido al espacio que 
rodeaban las murallas de Montevideo. Y ese resultado a raíz de las derrotas 
de Beigrano en el Paraguay y de Balcarce y Castelli en el Alto Perú, levantó 
el espíritu de todo ei Rio de la Plata y afirmó definitivamente la Revolución 
de Mayo. 

Tantas y tan grandes fueron las ‘proyecciones de la victoria, que varias 
veces se ha intentado la tarea de rebajar el mérito del vencedor, con argu- 
mentos que felizmente no pueden resistir a la crítica histórica. 

Hase dicho, en primer lugar, que las tropas españolas, lejos de compo- 
nerse de veteranos, estaban formadas principalmente de presos de las cárceles 
de Montevideo. El Virrey Ello, efectivamente, organizó una compañía de 
presidiarios que fué puesta bajo el mando de Mena, un procesado también. 



INSURRECCIÓN BE LA CAMPAÑA URUGUAYA . 


95 


y — 

Pero ía documentación de la épbca prueba que cuando se daba la batalla de 
Las Piedras, la compañía de presidiarios corría a la altura del Yí, perse- 
guida por una fuerza patriota. 

En cuanto a la categoría de las fuerzas de Posadas, véase lo que dice el 
historiador don Mariano Torrente, que tuvo a la vista todos los archivos y 
que estuvo al habla con todos los jefes españoles de la época: 

«Conociendo el impávido Elío la necesidad de destruir oportunamente 
la gran preponderancia que había tomado el enemigo, dispuso una expedición 
de 1,230 hombres de sus mejores tropas con un gran tren de artillería. 
Toma posición este brillante cuerpo en el lugar de Las Piedras, confiando 
en que la superioridad de su disciplina y arreglo le haría triunfar de las 
informes masas de insurgentes, pero la veleidosa Fortuna no correspondió 
a la veneración que se le prestaba en el altar de los esfuerzos. El bulli- 
cioso 'Artigas desplegó en esta ocasión un valor indomable, y una decisión 
tan heroica que lo habría cubierto de gloria si la causa que sostenía no lle- 
vara el sello de la reprobación: se debió, pues, a sus esfuerzos la derrota 
completa de las fuerzas realistas que hubieron de retirarse en dispersión a 
la plaza.» _ 1 i 

Otro de los historiadores de la época, el deán Funes, también enemigo 
político de Artigas, ha escrito estas palabras después de describir los comien- 
zos de 1a, insurrección oriental: 

«Tan rápidos progresos llevaron la consternación al ánimo de Elío, quien 
cor» oció la necesidad de un gran esfuerzo para contener su marcha victoriosa. 
Mü doscientos treinta hombres de sus meiores tropas, Con un gran tren de 
artillería ocuparon el lugar de Las Piedras. A pesar de sus ventabas en 
número, armas, situación y disciplina, son arrolladas por unos hombres a 
cm lenes la gloria de vencer les hace olvidar su desnudez, su cansancio y su 
peligro, con todos los horrores de la muerte. El general don José Articas 
manifestó en esta ocasión, un gran valor y un reposo en la misma acción con 
que supo encender y mitigar, a un mismo tiempo, las pasiones fuertes y 
vehementes de su tropa.» 

Se ha pretendido también desconocer el mérito principalísimo de Artigas, 
atribuyendo al General en Jefe argentino la gloria del plan. 

«La batalla de Las Piedras, escribe el general Mitre, preparada por los 
trabajos de Belgrano y ganada quince días después de entregar el mando de 
los ejércitos de la Panda Oriental, etc.» 

Pero esta tentativa es tan insostenible como la anterior, y para demos- 
trarlo. basta una sencilla confrontación de fechas. 

Pe la propia relación histórica del general Mitre, resulta eme el 9 de 
abril llegaba Belerano a la> Concepción del Uruguay, con ánimo de cruzar el 
río e instalarse en Mercedes; y que el 2 de mavo transfería el mando a Ron- 
deau, en cumplimiento de un decreto de destitución, datado el 19 del mes 
anterior. El generalato bahía tenido simplemente 23 días de duración y hay 
que destarar ¿1 tiempo absorbido por los preparativos del pasaie del Uru- 
guay v marcha a Mercedes y por las indecisiones de Belgrano ante la orden 
del Gobierno argentino míe al principio había resuelto desacatar. 

Belgrano, pues, ni siquiera gozó de una semana de reposo para preocu- 
parse de la campaña oriental, que estaba real y positivamente a cargo de 
Artiga*, como tampoco la tuvo Hondean, alejado hasta entonces del teatro de 
lo* secesos, y míe sólo se resolvió a avanzar cuando la vanguardia oriental ya 
estaba arrimada a las murallas de Montevideo y había puesto un sitio rigu- 
roso a la guarnición española. ^ 

En resumen, desde la llegada de Artigas a Buenos Aires para ofrecer 
sus servicios a la Junta Gubernativa (15 de febrero) hasta la victoria de 
Las Piedras y formalización del sitio de Montevideo (18 de mayo), habían 



96 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


corrido simplemente tres meses, pero tres meses de gigantescos esfuerzos y 
trascendentales resultados, no obstante, todo el empeño de las autoridades 
argentinas en relegar al secundo plano al Jefe de los Orientales. 


Su significado del punto de vista del respeto a la vida de los prisioneros. 

Ya hemos visto al ocuparnos del plan de operaciones redactado por el 
doctor Mariano Moreno y de los fusilamientos que siguieron a la sanción de 
ese plan, que para 1a. Junta Gubernativa de Mayo había que derramar sangre 
de prisioneros, porque sólo de ese modo era posible, en su concepto, la conso- 
lidación del nuevo régimen. 

Era ese también el criterio dominante en todas las colonias españolas, 
destacándose Venezuela por el terrible impulso de que instruye la siguiente 
síntesis de sus luchas iniciales: 

Un grupo de criollos presidido por Briceño, «con el fin de destruir en 
Venezuela la raza maldita de los españoles europeos y de los isleños canarios, 
de manera que no quedase uno solo vivo», resolvió adjudicarse la mitad de 
sus bienes y brindar grados y premios a los que presentasen más de veinte 
cabezas de españoles. 

Bolívar prestó su aprobación a este plan, con la única salvedad de 
«matar, por el momento, a los que se tomasen con las armas en la mano», 
y someter a la aprobación del Gobierno de la Unión lo relativo a distribución 
de caudales y cabezas cortadas. 

Provisto de esta credencial abrió la campaña Briceño con un centenar 
de juramentados, y pocos días después dirigía a Bolívar una carta escrita con 
sangre y le adjuntaba como trofeo de guerra dos cabezas de españoles. 

Bolívar rechazó el presente. Pero en su proclama datada en Trujillo 
el 15 de junio de 1813, decía lo siguiente: 

«Todo español que no conspire contra la tiranía en favor de la justa 
causa, por los medios más activos y eficaces, será tenido por enemigo, casti- 
gado como traidor a la patria, y, en consecuencia, será irremediablemente 
pasado por las armas.» 1 

«Españoles y canarios, contad con la muerte, aún siendo indiferentes, 
si no obráis activamente en favor de la libertad de Venezuela. Americanos, 
contad con la vida, aún cuando seáis culpables.» 

Desde ese instante abrió Bolívar para fechar sus bandos, una nueva era 
en los anales americanos: «Año III de la independencia y primero de la guerra 
a muerte.» 

Y la guerra a muerte fué realizada al pie de la letra, y de ella se ha 
ocupado el general Mitre en los términos que subsiguen: 

«Preconizada como acto de fortaleza, explicada por la necesidad como 
cálculo de fría prudencia, justificada como medio de hostilidad, excusada 
por las perturbaciones morales de la época, nadie, con excepción de los espa- 
ñoles, la ha condenado en absoluto como acto de ferocidad personal, que no 
estaba en la naturaleza elevada y magnánima aunque soberbia del dictador.» 

«Es que la guerra a muerte estaba en el corazón de los combatientes 
enconados por la lucha, y el dictador impregnado de las pasiones de su 
tiempo y de su medio, y con sus instintos de criollo americano, no fué sino 
su vehículo.» 

«Da guerra a muerte no fué inventada por Bolívar. Desde los primeros 
días de la Revolución, las Provincias del Río de la Plata proclamaron la doc- 
trina terrorífica de que eran reos de rebelión, sin remisión, los que encabe- 
zaran resistencias <*mtra sus armas y en nombre de ella perecieron en un 
patíbulo el ex Virrey Liniers y sus compañeros civiles y militares, del mismo 
modo que los generales y funcionarios del Alto Perú, que cayeron prisioneros 



INSURRECCIÓN DE LA CAMPAÑA URUGUAYA 


97 


Chile siguió su ejemplo, proclamando la misma doctrina y la ejecutó en el 
coronel Figueroa. Los españoles, a su vez hicieron la guerra a muerte en 
Méjico, en el Alto y Bajo Perú, tratando como rebeldes, según sus leyes, a los 
que levantaran armas contra el Rey.» 

El Gobernador Elío, que había sido ascendido a -Virrey y que continuaba 
en Montevideo, proclamó la misma terrorífica doctrina desde los comienzos 
de la insurrección uruguaya. 

En abril de 1811, denunciaba al Cabildo que las fuerzas de Manuel Ar- 
tigas interceptaban correos y mantenían relaciones con personas- de la ciu- 
dad; prevenía que estaba tomando «providencias para alejar y desbaratar 
esa canalla» y agregaba: 

«Pero estoy convencido- que sin adoptar el sistema de rigor militar cada 
vez nos hallaremos más incomodados. A fin, pues, de usar rápidamente del 
castigo merecido, procederá V. E. a hacer colocar a la mayor brevedad la 
horca en la plaza, que a mi pesar deberá servir para que en ella expíen con 
prontitud sus crímenes los traidores a su Rey y a su Patria.» 

Formalizado ya el movimiento insurreccional, expidió el Virrey un pliego 
de instrucciones a los comandantes Bustamante, Sampiere y Herrera, envia- 
dos en auxilio de la guarnición española de San José, con esta cláusula: 

«Siempre que se pueda aprehender a cualquiera de los que llevan armas 
en contra de las de nuestro monarca, se le asegurará y será conducido a esta 
plaza: y si se le pillase en el acto de hacer fuego contra las nuestras, con 
una justificación ante los oficiales y dándole una hora de término, será ahor- 
cado y colgado en el sitio donde cometió el crimen.» 

El Gobernador Vigodet organizó más tarde una comisión de soldados 
con el nombre de «Partida Tranquilizadora», y dió a su jefe un pliego de 
instrucciones, vaciado en el mismo molde: 

«Si se encontrase alguna gavilla de rebeldes con las armas en la mano, 
se les tratará como a reos de Estado, y si las urgencias y escasez de gente 
no le permiten enviarlos a Montevideo o puerto más inmediato de donde con 
toda seguridad pueda remitirlos a dicha ciudad, les formará el más sumario 
y, convencido de tal hecho, los hará pasar por las armas, dejando la cabeza 
de los tales colgada en los lugares más visibles y transitables.» 

A mediados de 1812, la «Gaceta de Montevideo» se encargaba de anun- 
ciar que una ae las fuerzas de la plaza, al mando del capitán don Luis de 
la Robla, había sorprendido en las sierras del Olimar Chico once bandoleros 
y que cuatro de ellos habían sido fusilados. 

«Sus cabezas, agregaba, se han colocado en los lugares donde habían 
hecho mayores estragos: una en la cuchilla Grande, camino de Cerro Largo: 
otra en el paso de Illescas; la tercera en el paso del Durazno, camino de 
Cerro Largo; y la cuarta en la capilla de San Ramón.» 


Artigas encabeza la reacción humanitaria. 

Corría, pues, la sangre por todas partes. De uno y otro lado, en el 
campo americano y en el campo español, la palabra de orden era la guerra 
a muerte, el sacrificio de los heridos, el exterminio de los prisioneros. 

Pues bien: ¡frente a esa ola general de sangre, se yergue Artigas y, rea- 
lizando un caso único en todo el vasto escenario del continente americano en 
armas, cura a los heridos de Las Piedras y envía centenares de prisioneros, 
con sus jefes y oficiales, a la Junta de Buenos Aires, sin infligirles ninguna 
pena y respetándolos en toda forma! 

Cuando los habitantes de la campaña oriental se ponían de pie al lla- 
mado de Artigas, «La Gaceta de Buenos Aires», persuadida de que la sangre 
española correría aquí también, como corría en todas partes, se expresaba en 


7 



98 


AKAI.ES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


estos términos acerca de los orientales y de sus primeros hechos de armas 
en Asencio, Soriano y Mercedes: 

«Es tal el entusiasmo que han tomado por la buena causa, que persiguen 
con energía a cuantos saben ser de contraria opinión; si por su desgracia 
caen en su mano, sin más formalidad los pasan por las armas, persuadidos de 
que unos hombres semejantes jamás podrán ser útiles a la sociedad que 
intentan destruir. No han dado cuartel ni a europeo ni a criollo que resis- 
tían obedecér a la capital de Buenos Aires. El pueblo de Mercedes ocupará 
siempre un lugar muy distinguido en la historia de los hechos heroicos de 
la América.» 

En el concepto de que los prisioneros eran masacrados y de que los 
enemigos de la Revolución eran exterminados, «La Gaceta de Buenos Aires» 
glorificaba, pues, a los revolucionarios orientales. 

Pero el propio órgano oficial del Gobierno argentino se encargó de probar, 
pocos días déspués, que la revolución oriental respetaba la vida de los prisio- 
neros, fueran cabezas dirigentes o simples soldados. ¿En qué forma? Publi- 
cando los siguientes documentos: 

El parte oficial de la acción del Colla, en que Benavídez comunicaba a 
Belgrano que los realistas se habían rendido a discreción, y agregaba: «Los 
presos europeos y soldados prisioneros se los remití al segundo general inte- 
rino don José Artigas, con una lista de todos ellos »; 

Los partes y oficios relativos al ataque y toma de San José, suscritos 
por Quinteros, Artigas y Belgrano, y una copiosa información periodística 
complementaria, de la que resultaba que los prisioneros tomados en las accio- 
nes del Colla y San José eran trescientos, y que muchos de ellos estaban 
agregados al cuartel general de Mercedes, «obrando ya con la mayor adhesión 
a nuestra causa contra Montevideo»; 

Algunas de las listas de los prisioneros de esas acciones, remitidos a 
Buenos Aires, en las que figuraban 3 tenientes coroneles, 2 tenientes, 1 ayu- 
dante, 2 sargentos, 2 cabos, 1 capellán y 76 soldados; 

El parte militar de la batalla de Las Piedras y diversos oficios poste- 
riores en que se fijaba el número de prisioneros y se daba cuenta minuciosa 
del canje de heridos españoles por soldados del ejército de Belgrano que 
los generales paraguayos habían tomado prisioneros, y que el Gobierno de 
la Asunción había remitido a los calabozos de la ciudadela de Montevideo. 

La Junta de Buenos Aires, contagiada por la lectura de estos partes 
altruistas, se dirigió al Virrey Elío el propio 25 de mayo de 1811, en término 
que significaban el repudio del sistema de sangre que había imperado hasta 
entonces en los documentos oficiales y en los hechos. Helos aquí: 

«Los buenos militares hacen la guerra sin ofender los derechos de la 
humanidad. Su saña sólo se dirige contra los que tienen las armas en la 
mano. La clemencia ocupa su lugar desde el instante en que las rinden, 
porque saben que la victoria no es un título para tratar mal a los vencidos. 

«Tomad ejemplo de esta Junta que sólo celebra las victorias que acaba 
de ganar por sus generales, en cuanto pueden mejorar la suerte de estos 
pueblos.» 


El sitio de Montevideo. 

Al día siguiente de la victoria de Las Piedras, Artigas se puso en mar- 
cha sobre Montevideo y organizó el sitio de la plaza. 

Lo .demuestran estas palabras de un segundo parte suyo al Gobierno de 
Buenos ^.ires: 

«El 19 mandé algunas partidas de caballería en observación hasta el 
arroyo Seco y extramuros de la plaza, a donde llegaron sin oposición: en la 



INSURRECCIÓN DE LA CAMPAÑA URUGUAYA 


99 


tarde recibí aviso del Gobierno de Montevideo solicitando el canje de 
prisioneros.» 

«Trasladé mi campamento al Cerrito para tenerlo en estado de sitio 
riguroso. Nuestras partidas continuaban internándose hasta las inmediaciones 
de la ciudad a cuyo recinto se hallaban reducidos los enemigos.» 

Horas después, intimaba Artigas al Cabildo la entrega inmediata de la . 
plaza en esta forma: 

«Oiga V. E. las voces de esas afligidas familias que perecerán pronto 
de hambre, el llanto de las que han perdido sus hijos o hermanos en la batalla, 
el voto, en fin, de todos esos habitantes; la Naturaleza se resiente por tantq 
sangre vertida, y la humanidad, la conveniencia, la necesidad misma, todo 
está clamando por una negociación que deje libres a nuestros hermanos para 
establecer los vínculos y relaciones que deben ligarlos.» 

«Pero si sordo a las voces de la humanidad, quiere V. E. aumentar los 
males que afligen a esos habitantes cuyos sagrados derechos representa, pro- 
testo que V. E. será particularmente responsable de los daños que resulten 
y que experimentará todo el rigor de la justicia. Mis tropas enardecidas 
asaltarán, sí, esas murallas, y verterán dentro de ella la sangre de sus her- 
manos; pero V. E’. sentirá ya demasiado tarde los efectos de una obstinación 
sin principios.» j 

Y al Virrey Elío le decía, al intimarle la rendición: 

«Reine paz, señor, la paz que deseo: que nuestras bayonetas no vuelvan 
a teñirse con la sangre de nuestros hermanos y que esos vecinos cuya feli- 
cidad anhelo, disfruten de la bella unión que debe ligarnos.» 

Mientras Artigas se preparaba para el asalto, el general Rondeau, que 
todavía continuaba en su cuartel general de Mercedes, anunciaba así al ejér- 
cito argentino la victoria de Las Piedras: 

«Soldados de la Patria: Nuestros hermanos y compañeros de armas aca- 
ban de triunfar de nuestros enemigos en el campo de batalla. Cuatrocientos 
y más prisioneros con su General en Jefe rendidos a discreción, después de un 
largo y obstinado combate, os dan el testimonio de esta irrefragable verdad: 
cañones, parque de artillería, municiones y demás, son despojos de su biza- 
rría, esforzado valor e intrepidez. Esos tan dignos compatriotas nos llaman 
para que unidos gustemos con ellos las dulzuras de sus triunfos y nos dis- 
pongamos a alcanzar otros mayores. Sí, valerosos americanos; mañana em- 
prenderemos nuestra marcha animados con esta lisonjera idea: sobre los 
muros de Montevideo están los laureles que han de coronar nuestras sienes: 
a merecerlos, soldados.» 

Catorce días contaba ya el sitio de Montevideo cuando llegó Rondeau 
al frente <Jel ejército argentino para asumir sus funciones de General en Jefe. 

Y allí, ante las murallas españolas, volvió a dirigirse a los vencedores 

de Las Piedras: >;• j ¡ 

«Nada hay que pueda resistir al denodado valor con que habéis allanado 
el paso de cien leguas, recogiendo los laureles de la victoria en medio de las 
aclamaciones patrióticas de vuestros conciudadanos.» 

«Aniquilado el despotismo europeo, consolidada nuestra libertad e inde- 
pendencia y asegurados para siempre los .derechos sagrados de Fernando 
sobre este continente, las naciones repetirán vuestro nombre, la historia tras- 
mitirá con asombro vuestra memoria a las edades venideras.» 


El Gobierno de Buenos Aires levanta el sitio de Montevideo. 

Con la llegada de Rondeau quedó abandonado el plan de asalto a las 
murallas, que se había trazado Artigas a raíz de la victoria de Las Piedras. 
Era un primer error, aunque no irremediable, desde que la situación 



100 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


de la plaza alejaba la posibilidad de una larga resistencia. Cada día resul- 
taba, efectivamente, más difícil a la escuadrilla española el transporte de 
provisiones de boca; y en cuanto a municiones, habían sufrido fuerte merma 
los depósitos de la isla de Ratas, a consecuencia de un soberbio asalto de las 
fuerzas sitiadoras. 

Pero un segundo y más deplorable error se encargó de salvar a los 
españoles. 

Oigamos a Rondeau: 

«Tres meses habían ya corrido de sitio y no hay duda de que los habi- 
tantes de la plaza se hallaban ya en grandes apuros, como privados de carne 
y demás víveres que les suministraba la campaña; pero los militares, espe- 
cialmente sus jefes, respetaban tanto al ejército de la Patria, que no se 
determinaban a hacer una tentativa fuerte para ver si podían librarse de las 
escaseces que sufrían, hasta que al fin consiguieron mejorar sus posiciones 
por un armisticio que celebraron los gobiernes patrio y peninsular, por el 
cual, según uno de los artículos, debía levantarse el sitio dentro de un término 
corto y las tropas de Buenos Aires debían retirarse a su Provincia y las de 
Artigas a la costa del Uruguay, frente al Salto. Puntualmente se cumplió 
lo estipulado en este tratado, embarcándose las primeras en el puerto del 
Sauce, como lo verificaron, y Artigas marchó al mismo tiempo al paraje que 
se le había señaladb.» 

Tratado de pacificación de 1811. 

El armisticio a que se refiere Rondeau, fué suscrito por la Junta de 
Buenos Aires y el Virrey Elío el 20 de octubre de 1811. Véase en qué tér- 
minos estaba concebido: 

«Ambas partes contratantes, a nombre de todos los habitantes sujetos a 
su mando, protestan solemnemente a la faz del universo, que no reconocen 
ni reconocerán jamás otro soberano que el señor Don Fernando VII y sus 
legítimos sucesores y descendientes. 

«Reconoce la Junta Gubernativa la unidad indisoluble de la monarquía 
española, de la cual forman parte integrante las Provincias del Río de la 
Plata en unión con la Península. 

«E’l Excmo. señor Virrey se ofrece a que las tropas portuguesas se retiren 
a sus fronteras.» 

Tales eran las cláusulas más significativas. Prescribían las demás que 
las tropas dependientes del Gobierno de Buenos Aires desocuparían la Banda 
Oriental, y que los pueblos del Arroyo de la China, Gualeguay y Gualeguaychú, 
quedarían también sujetos a las autoridades españolas de Montevideo. 

¿Qué razón podía haber influido en el Gobierno de Buenos Aires a fa- 
vor del levantamiento del sitio de Montevideo, cuando todo anunciaba la 
caída inevitable de la plaza? 


★ * 



CAPITULO XV 


EL LEVANTAMIENTO BEL SITIO BE MONTE VIBEO 
Sus causas determinantes. 

Sobre la base de la documentación de la época, podría atribuirse la idea 
inspiradora del tratado de octubre de 1811 , a uno de estos tres factores fun- 
damentales: los desastres del ejército argentino en el Alto Perú, que obli- 
gaban a llevar a otro teatro las tropas que actuaban sobre Montevideo; la 
entrada de un ejército portugués a territorio uruguayo para auxiliar a la 
autoridad española de Montevideo; el prestigio que ya circundaba a Artigas 
y lo colocaba en el primer plano de la Revolución, a despecho de todos los 
esfuerzos para convertirlo en subalterno de los generales argentinos. 

Vamos a determinar el grado de importancia de cada uno de esos factores. 

Los desastres del ejército argentino. 

El ejército argentino había sufrido un nuevo desastre en Huaquí a fines 
de junio, del que recién se tuvo noticia en Buenos Aires un mes después. 
Pero el desastre, lejos de abatir los ánimos, sirvió para exaltarlos. En su 
proclama del mes de julio decía la Junta Gubernativa: 

«¿Hemos sido vencidos? Esta es una razón más para pelear. La victo- 
ria nos es del todo necesaria, y la necesidad es la mejor y la más poderosa 
de las armas. Acordémonos que el Senado Romano, después de la derrota 
de Cannes, dió gracias al Cónsul Varrón por no haber desesperado de la 
república.» 

El triunvirato que entró a ejercer las funciones ejecutivas de la Junta, 
decía con no menos entusiasmo a los pueblos a fines de septiembre: 

«Ea, compatriotas, ciudadanos ilustres, pueblos libres de la América del 
Sur: no desmayéis en la mitad de la carrera. Corred al templo de la Gloria, 
donde la Fama erigirá un altar a vuestra constancia heroica. Perezcamos to- 
dos, o desaparezca para siempre de nuestro suelo el trono de la tiranía.» 

Las fuerzas españolas del Alto Perú podían, sin duda alguna, después 
del triunfo de Huaquí, avanzar por Salta y Tucumán. 

Era necesario, en consecuencia, rehacer el ejército patriota y volver a 
tomar la ofensiva contra el realismo victorioso; pero sin abandonar las 
magníficas posiciones conquistadas en Montevideo. 

Aún en el supuesto de que se hubiera considerado necesario el concurso 
de las tropas de Rondeau para las operaciones del Alto Perú, podía mante- 
nerse la línea sitiadora con los soldados de Artigas, en cuya utilización no 
se pensaba absolutamente, desde que las divisiones orientales, lejos de mar- 
char a Buenos Aires como el resto del ejército, debían ir a situarse en la 
costa argentina frente al Salto. 

Artigas lo pidió insistentemente así y con perfecta conciencia de sus fuer- 
zas, desde que el éxito de la insurrección oriental era obra suya, exclusiva- 
mente suya. Hasta después de la batalla de Las Piedras sólo habían figu- 
rado en las divisiones artiguistas, algunas decenas de soldados procedentes 
de Buenos Aires; y en cuanto a suministro de armas, era tan pobre, que el 
parte oficial de la victoria consigna el hecho estupendo de que los soldados 
habían tenido que esgrimir cuchillos enastados a fálta de fusiles o de lanzas! 

Habla del alzamiento del sitio uno de los testigos de la época, el coro- 
nel Cáceres: 



102 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


«Artigas se opuso diciendo que él no podía abandonar a la furia y 
saña de los españoles tantos orientales como había comprometido; que se 
. retirasen enhorabuena las tropas de Buenos Aires y que lo dejaran a él 
que se consideraba capaz de hostilizar a los españoles y a los portugueses 
a un tiempo; se hizo una junta para tratar sobre este asunto en el Miguelete, 
a la que asistieron todas las personas notables y de consejo que había en 
aquella época; en la cual don Francisco Javier de Viana objetando a Artigas 
por su tenacidad, le dijo que con qué recursos pensaba resistir a los portu- 
gueses que venían tan bien fardados, armados y equipados, y Artigas le 
contestó que «con palos, con los dientes y con las uñas». 

Si no se accedió, pues, al pedido de Artigas y de todos los orientales 
que le acompañaban, era porque actuaba otra consideración más importante 
que la de reforzar el ejército argentino contra los españoles que amagaban 
por Salta y Tucumán. j 


La invasión portuguesa. 

Hemos hablado ya de las dos tendencias antagónicas que existían en 
la Corte de Río de Janeiro. E’l príncipe regente quería anexar- a su corona 
el Río de la Plata, o por lo menos el territorio uruguayo: En cambio, su 

consorte la princesa Carlota, hermána de Fernando VII, quería mantener la 
dominación española, pero sobre la base de una monarquía cuya jefatura 
ocuparía ella misma, de acuerdo con trabajos que en la víspera de la Revo- 
lución de Mayo contaban con el concurso de la generalidad de los prohombres 
de Buenos Aires. 

Pues bien: ante las gestiones de la princesa Carlota, la Corte portu- 
guesa resolvió en febrero de 1811 que el Gobernador y Capitán General de 
Río Grande prestase todo el auxilio de tropas que le fuese solicitado por el 
Virrey Elío. Y a mediados del mismo año, reiteraba así sus órdenes al 
general Souza: 

«Sin pérdida de tiempo trate d!e salvar esa plaza y pacificar el territorio 
de esa Banda del Uruguay, entrando inmediatamente V. S. con la mayor 
fuerza en el territorio español y dando al mismo tiempo los golpes más decisi- 
vos, sin perdonar V. S. esfuerzo alguno para que esta resolución sea acompa- 
ñada del más glorioso éxito para nuestras armas, de lo cual precisa mucho 
el real servicio en esta oportunidad, para asegurar el buen efecto de las me- 
didas que desea ejecutar.» 

Pero juntamente con el ejército de Souza, era despachada una misión 
diplomática a cargo de don Felipe Contucci, de cuyos propósitos habla así un 
autorizado testigo de la época, el deán Funes: 

«Levantando el último velo del misterio, hizo proponer a la Junta revolu- 
cionaria comprase su reconocimiento por una sumisión voluntaria y viviese 
asegurada que estos dominios no volverían al yugo español, aún cuando Fer- 
nando VII recuperase el trono de sus padres.» 

Al tener noticia de la resolución de la Corte portuguesa, don Gaspar de 
Vigodet, que ocupaba la gobernación de Montevideo, dió una proclama en 
que decía: 

«Su Alteza Real el serenísimo Príncipe Regente de Portugal, acorde 
con los generosos sentimientos de su augusta esposa nuestra infanta señora 
doña Cárlota, nos auxilia con tropas y víveres y os reconoce como los hijos 
más beneméritos de la España y fieles vasallos de su hermano nuestro amado 
monarca Fernando VIL Nuestra gratitud no puede olvidar jamás esta dis- 
tinción del Gobierno portugués, que desinteresadamente y sin otras miras 
poéticas ajenas de su alto carácter nos ayuda a purgar este fecundo suelo, 
haciendo desaparecer de él los delitos y los delincuentes.» 



EL LEVANTAMIENTO DEL SITIO DE MONTEVIDEO 


103 


Pocos meses después, se encargaba la Junta de Buenos Aires de sem- 
brar la cizaña entre la Corte portuguesa y el Gobernador Vigodet. 

«V. S. sabe — le decía a Vigodet — y ha visto los oficios originales del 
general Souza y del representante de doña Carlota, don Felipe C'ontucci, en 
que se exigió de esta capital el reconocimiento de la soberanía de aquella 
señora en este continente, ofreciendo reunir fuerzas a las nuestras para 
rendir esa plaza en el caso de que manifestase alguna oposición al proyecto..» 

La invasión portuguesa se produjo a mediados de julio de 1811. Según 
la proclama del general Souza, el ejército auxiliador sólo se proponía resta- 
blecer la tranquilidad de la campaña y evitar que el espíritu de rebelión 
penetrase en los dóminos portugueses. 

La Junta de Buenos Aires anunció al principio un refuerzo de 1,50 0 
hombres. Pero luego dejó que los portugueses invadieran el territorio de 
Maldonado, tranquilamente, sin oponerles resistencia alguna. 

Uno de los grandes historiadores argentinos, el doctor Vicente F. López, 
ha escrito que con anterioridad al desastre de Huaquí, ya la diplomacia de 
Buenos Aires estaba gestionando el armisticio que debía dar por resultado 
el levantamiento del sitio de Montevideo; y que la gestión había sido ini- 
ciada por don Manuel de Sarratea en la víspera de su ingreso al triunvirato 
que asumió las funciones ejecutivas de la Junta de las Provincias Unidas. 

Y la información del doctor López está confirmada por una nota del 
Ministro portugués a la Junta Gubernativa, expresando que su Gobierno 
sabía que el de Buenos Aires aceptaba su mediación en la lucha con Monte- 
video y que en consecuencia de ello venía a ofrecer como base de arreglo que 
el territorio uruguayo quedase bajo la exclusiva dependencia de Elío. 

Esa nota es del 30 de mayo de 1811, es decir, doce días después de la 
batalla de Las Piedras, y por lo tanto muy anterior a Huaquí, y sobre todo 
a la llegada a Buenos Aires de la noticia del desastre. 

La Corte portuguesa resultaba solicitada simultáneamente por la diplo- 
macia de Buenos Aires y por la diplomacia española, en momentos en que 
Artigas, según el historiador brasileño Pereira da Silva, lanzaba sobre la 
frontera proclamas y papeles incendiarios encaminados a promover el levan- 
tamiento de los pueblos y la liberación de los esclavos. La reconquista de 
las Misiones probablemente, que constituía una de las obsesiones de su 
espíritu! 

Sea de ello lo que fuere, lo esencial es que la entrada del ejército de 
Souza alentada por la diplomacia de Buenos Aires, tampoco podía actuar como 
factor del levantamiento del sitio. 


El prestigio de Artigas como causa* dei levantamiento del sitio. 

Queda entonces como razón determinante del levantamiento del sitio 
la aureola que ya circundaba a Artigas y que lo colocaba en el primer plano 
de la Revolución, a despecho de todos los esfuerzos para convertirlo en 
subalterno de los generales argentinos. 

Artigas era el jefe único e indiscutible de los orientales. Sin otros 
recursos que los que él mismo podía levantar, había llegado a la cumbre; 
y el derrumbe español en Montevideo, inminente ya, podía convertirlo en 
árbitro de los destinos del Río de la Plata. 

Los estadistas de Buenos Aires que conocían sus ideas, y que por eso 
mismo se habían empeñado en alejarlo de la acción dirigente, tenían que 
experimentar grandes alarmas ante el prestigio cada día más acentuado de 
ese militar ciudadano que sobre los escombros de la dominación española 
llegaría a erguirse contra el centralismo absorbente de la capital y arrancaría 
a las provincias del nuevo tutelaje que se les había impuesto. 



104 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Habla el general Nicolás de Vedia de los generalatos de Belgrano y 
Rondeau: 

«Pero a pesar de su justo resentimiento, si no justo, al menos natural, 
Artigas concurrió con sus fuerzas al primer sitio bajo las órdenes de Rondeau, 
pero no pudo dejar de dar muestras de su encono y de lo poco conforme que 
estaba en el lugar subalterno que se le hacía ocupar, lo que desde luego llegó 
a conocimiento dél Gobierno, que puso en ejercicio muchos medios para des- 
hacerse de un jefe que invadía su política, y se consideraba independiente al 
frente de una crecida población que lo tenía por su verdadero caudillo.» 

Quiere decir que frente mismo a las murallas de Montevideo ya se había 
tenido el propósito de darle el golpe a Artigas, y debe, entonces, atribuirse 
al fracaso de la tentativa la medida más radical de levantar el sitio cuando 
la plaza estaba próxima a rendirse, según resulta de la declaración del gene- 
ral Rondeau. 

Honores al ejército oriental. 

Al publicarse el tratado de pacificación, el Gobierno de las Provincias 
Unidas tiró un decreto declarando al ejército oriental, «benemérito de la 
Patria en grado heroico», y una proclama que concluía así: 

«Pueblos y conciudadanos de la Banda Oriental: la Patria os es deudora 
de los días de gloria que más la honran. Sacrificios de toda especie y una 
constancia a toda prueba harán vuestro elogio eterno. La Patria exige en 
este momento el sacrificio de vuestros deseos, y por mucho que parezca con- 
trariada esa propensión genial a servirla, luchando con los rigores de la 
guerra, quiere economizar esa sangre que le es tan preciosa, para que oportu- 
namente empleada decida de su suerte.» 

Artigas hace la historia de la campaña. 

Artigas ha hecho la historia del levantamiento del sitio en un oficio 
memorable que dirigió al Gobierno del Paraguay en diciembre de 1811. 

La insurrección de 1811 y sus resultados. 

Véase cómo describe los comienzos de la insurrección oriental, una vez 
que él se puso a las órdenes de la Junta Gubernativa de Buenos Aires: 

«No eran los paisanos sueltos, ni aquellos que debían su existencia a 
su jornal o sueldo los solos que se movían; vecinos establecidos, poseedores 
de buena suerte y de todas las comodidades que ofrece este suelo, eran los 
que se convertían repentinamente en soldados; los que abandonaban sus inte- 
reses, sus casas, sus familias; los que iban acaso por primera vez a presentar 
su vida a los riesgos de una guerra; los que dejaban acompañados de un 
triste llanto a sus mujeres e hijos; los que sordos a la voz de la Naturaleza, 
oían sólo la de la Patria.» . 

Habla luego de la victoria de Las Piedras y de la imperdonable reso- 
lución de no atacar a Montevideo: 

«Los restos del ejército de Belgrano que retornaban de esa Provincia 
feliz, fueron destinados a esta Banda y llegaron a ella cuando los paisanos 
habían libertado ya su mayor parte, haciendo teatro de sus triunfos al Colla, 
Maldonado, Santa Teresa, San José y otros puntos: yo tuve entonces el honor 
de dirigir una división de ellos con solo doscientos cincuenta soldados vete- 
ranos, y llevando con ellos el terror y el espanto a los ministros de la 
tiranía, hasta las inmediaciones de Montevideo, se pudo lograr la memorable 
victoria del 18 de mayo en los campos de Las Piedras, donde mil patriotas 
armados en su mayor parte de cuchillos enastados vieron a sus pies nove- 



EL LEVANTAMIENTO DEL SITIO DE MONTEVIDEO 


105 


cientos soldados de las mejores tropas de Montevideo, perfectamente bien 
armados; y acaso hubieran dichosamente penetrado dentro de sus soberbios 
muros, si yo no me hubiera visto en la necesidad de detener su marcha al 
llegar a ella, con arreglo a las órdenes del jefe del ejército.» 

«La Junta de Buenos Aires reforzó el ejército de que fui nombrado 
segundo jefe y que constaba en el todo de 1,500 veteranos y más de 5,000 
vecinos armados; y no habiéndose aprovechado los primeros momentos des- 
pués de la acción del 18, en que el terror había sobrecogido los ánimos de 
nuestros enemigos, era preciso pensar en un sitio formal a que el Gobierno 
se determinaba.» 

«Así nos vimos empeñados en un sitio de cerca de cinco meses, en que 
mil y mil accidentes privaron de que se coronasen nuestros triunfos, a que 
las tropas estaban siempre preparadas. Los enenygos fueron batidos en to- 
dos los puntos y en repetidas salidas no recogieron otros frutos que una reti- 
rada vergonzosa dentro de los muros que defendían su cobardía.» 

«Nada se tentó que no se consiguiera: multiplicadas operaciones militares 
fueron iniciadas para ocupar la plaza, pero sin llevarlas a su término, ya 
porque el General en Jefe creía que se presentaban dificultades invencibles, 
o que debía esperar órdenes señaladas para tentativas de esta clase, ya por 
falta de municiones, ya finalmente porque llegó una fuerza etxranjera a llamar 
nuestra atención.» 

LOS PORTUGUESES. 

«Yo no sé si cuatro mil portugueses podrían permitirse alguna ventaja 
sobre nuestro ejército, cuando los ciudadanos que lo componían habían redo- 
blado su entusiasmo y el patriotismo elevado los ánimos a un grado incalcu- 
lable. Pero no habiéndoseles opuesto en tiempo una resistencia, esperán- 
dose siempre por momentos un refuerzo de 1,400 hombres y municiones que 
había ofrecido la Junta de Buenos Aires desde la primera noticia de irrupción 
de los limítrofes, y habiéndose emprendido últimamente varias negociaciones 
con los jefes de Montevideo, nuestras operaciones se vieron como paralizadas 
a despecho de nuestras tropas, y los portugueses casi sin oposición pisaron 
con pie sacrilego nuestro territorio hasta Maldonado.» 

Actitud de los orientales ante el armisticio. 

«Estos beneméritos ciudadanos tuvieron la fortuna de trascender la 
sustancia del todo, y una representación absolutamente precisa en nuestro 
sistema dirigida al General en Jefe, manifestó en términos legales y justos 
ser la voluntad general no se procediese a la conclusión de los tratados sin 
la anuencia de los orientales, cuya suerte iba a decidirse.» 

«A consecuencia de esto fué congregada la asamblea de los ciudadanos 
por el mismo jefe auxiliador.» 

«Yo entonces, reconociendo la fuerza de su expresión y conciliando mi 
opinión política sobre el particular con mis deberes, respeté las decisiones de 
la superioridad sin olvidar el carácter de ciudadano y sin desconocer el im- 
perio de la subordinación recordé cuánto debía a mis compaisanos. Testigo 
de sus sacrificios, me era imposible mirar su suerte con indiferencia y no 
me detuve en asegurar del modo más positivo cuánto repugnaba se les aban- 
donase en un todo. Esto mismo había ya hecho conocer al señor represen- 
tante y me negué absolutamente* desde el principio a entender en unos trata- 
dos que consideré inconciliables con nuestras fatigas.» 

«Seguidamente representaron los ciudadanos que... el ejército auxilia- 
dor se tornara a la capital si así se lo ordenaba aquella superioridad; y decía- 



106 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


rándome su general en jete protestaron no dejar la guerra en esta Band^i 
hasta extinguir en ella a sus opresores o morir dando con su sangre el mayor 
triunfo a la libertad.» 

«En vista de esto, el Excmo. señor representante, determinó una sesión 
que debía tenerse entre dicho señor, un ciudadano particular y yo: en ella 
se nos aseguró haberse dado ya cuenta de todo a Buenos Aires, y que espe- 
rásemos la resolución, pero que entretanto estuviéramos convencidos de la 
entera adhesión de aquel Gobierno a sostener con sus auxilios nuestros de- 
seos; y ofreciéndosenos a su nombre toda clase de socorros, cesó por aquel 
instante toda solicitud.» 

«Marchamos los sitiadores a San José y allí se vieron precisados los bra- 
vos orientales a recibir el gran golpe que hizo la prueba de su constancia: 
el Gobierno de Buenos Aires ratificó el tratado de todas sus partes. . . y por 
él se entregaron pueblos ^enteros a la dominación de aquel mismo señor Elío 
bajo cuyo yugo gimieron. ¡Dura necesidad! En consecuencia del contrato, 
todo fué preparado y comenzaron las operaciones relativas a él.» 


Como consecuencia de la ratificación del armisticio emigra ex masa el pueblo 

ORIENTAL. 

«En esta crisis terrible y violenta, abandonadas las familias, perdidos 
los intereses, acabado todo auxilio, sin recursos, entregados solo a sí mismos, 
¿qué podía esperarse de los orientales, sino que luchando con su infortunio, 
cediesen al fin al peso de ellos, y víctimas de sus mismos sentimientos mor- 
diesen otra vez el duro freno que con un impulso glorioso habían arrojado 
lejos de sí?» 

«Pero. . . ellos se resuelven a dejar sus preciosas vidas antes que sobre- 
vivir al oprobio y la ignominia a que se les destinaba, y llenos de tan reco- 
mendable idea, firmes siempre en la grandeza que los impulsó cuando pro- 
testaron que jamás prestarían la necesaria expresión de su voluntad para 
sancionar lo que el Gobierno había ratificado, determinaron gustosos dejar 
los pocos intereses que les restan en el país, y trasladarse con sus familias a 
cualquier punto donde puedan ser libres, a pesar de trabajos, miserias y toda 
clase de males.» 

«Yo no seré capaz de dar a V. S. una idea del cuadro que presenta al 
mundo la Banda Oriental desde ese momento: la sangre que cubría las armas 
de sus bravos ' hijos, recordó las grandes proezas que continuadas por muy 
poco más habrían, puesto fin a sus trabajos y sellado el principio de la feli- 
cidad más pura: llenos todos de esta memoria, oyen solo la voz de su libertad 
y unidos en masa marchan cargados de sus tiernas familias a esperar mejor 
proporción para volver a sus antiguas operaciones; yo no he perdonado me- 
dio alguno de contener el digno transporte de un entusiasmo tal; pero la 
inmediación de las tropas portuguesas diseminadas por toda la campaña, que 
lejos de retirarse con arreglo al tratado, se acercan y fortifican más y más; 
y la poca seguridad que fían en la palabra del señor Elío a este respecto, les 
anima de nqevo, y determinados a no permitir jamás que su suelo sea entre- 
gado impunemente a un extranjero, destinan todos los instantes a reiterar la 
protesta de no dejar las armas de la mano hasta que éj no haya evacuado 
el país y puedan ellos gozar de una libertad por la que vieron derramar la 
sangre de sus hijos, recibiendo con valor su postrer aliento.» 

«Ellos lo han resuelto, y yo veo que van a verificarlo: cada día miro 
con admiración sus rasgos de heroicidad y constancia: unos quemando sus 
casas y los muebles que no podían conducir, otros caminando leguas a pie 
por falta de auxilios o por haber consumido sus cabalgaduras en el servicio: 
mujeres ancianas, viejos decrépitos, párvulos inocentes acompañan esta mar- 



EL LEVANTAMIENTO DEL SITIO DE MONTEVIDEO 


107 


cha, manifestando todos la mayor energía y resignación en medio de todas 
las privaciones.» 

«Yo llegaré muy en breve a mi destino con este pueblo de héroes, y 
al frente de seis mil de ellos que obrando como soldados de la Patria sabrán 
conservar sus glorias en cualquier parte, dando continuos triunfos a su liber- 
tad: allí esperaré nuevas órdenes y auxilios de vestuarios y dinero y trabajaré 
gustoso en propender a la realización de sus grandes votos.» 


Causas de la emigración del pueblo oriental. 

Todos los adversarios de Artigas han puesto en duda la espontaneidad 
con que las poblaciones rurales se incorporaban a la columna en marcha, 
y han invocado como prueba de ello, algunas frases de las «Memorias» del 
general Nicolás de Vedia. 

Es cierto que el general Vedia dice que en el campamento del Ayuí 
estaba toda la Banda Oriental, «porque es de saber — agrega — que al alza- 
miento del primer sitio, Artigas arrastró con todos los habitantes de la cam- 
paña»; que «sus comandantes amenazaban con la muerte a los que eran moro- 
sos»; y que «no fueron pocos los que sufrieron la crueldad de los satélites de 
Artigas». 

Pero el propio general Vedia refiere en ctro pasaje de sus «Memorias» 
que Sarratea recibió orden de apoderarse de Artigas, pero que se abstuvo 
de cumplirla «porque temió que recayese sobre él la responsabilidad atentando 
contra un sujeto que ya entonces gozaba de un renombre grande entre todos 
los pueblos de la unión»; y agrega, justificando sus palabras, que «el suceso 
de 'Las Piedras y la facilidad con que se había hecho seguir de los habitantes de 
una inmensa campaña , habían contribuido a vigorizar su fama». 

¿Cuál de las dos afirmaciones debe prevalecer: la que establece que 
Artigas arrastró al vecindario por medios violentos, o la que establece la 
espontaneidad de ese movimiento? 

El general Vedia que formaba parte <iel ejército de Rondeau, se dirigió 
a la Colonia, con una división argentina de quinientos hombres, en busca de 
medios de transporte para marchar a Buenos Aires. Y él refiere que junta- 
mente con sus soldados subieron a los barcos «más de 300 personas de todos 
sexos, que huían de los godos, como ellos se explicaban». 

Quiere decir, pues, que las poblaciones rurales no querían quedarse en 
territorio oriental y que las familias que estaban lejos de la ruta de Artigas 
se incorporaban a las divisiones argentinas. 

Lo confirma el coronel Cáceres, testigo presencial de los sucesos, en esta 
forma terminante: 

«Se ratificó, pues, el armisticio, y se levantó el sitio de Montevideo; el 
vecindario de la campaña abandonando sus casas amuebladas y todos sus 
haberes, siguió en procesión a Artigas de miedo a los españoles, y Artigas 
fijó su campo \n el Ayuí, a inmediaciones del Salto, del otro lado del Uru- 
guay, con cerca de nueve mil hombres.» 

Y también don Santiago Vázquez, desde la tribuna del Congreso General 
Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata en 1825: 

«Todos los que están en aptitud de marchar fuera de la Provincia y 
todos los que aunque hubieran de pasar por encima de grandes obstáculos, 
tenían bastante alma y firmeza para hacerlo, siguieron la dirección del 
caudillo. Ya se ve de qué prestigio iba cercado, y cómo en la angustia de 
los qye emigraban pesaba sobre el Gobierno su desgracia y las que arrastraba. 
Era el hombre de la época!» 

El general Vigodet, Gobernador de Montevideo, formuló el siguiente capí- 
tulo de agravios contra Artigas al finalizar el año 1811: 



IOS 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Las divisiones orientales, lejos de marchar para la Colonia como las 
tropas de Rondeau, seguían otra dirección; Artigas arrastraba todas las 
propiedades de los vecinos; preparaba elementos para una nueva guerra; iba 
levantando a la fuerza y con seducción a las familias de la campaña «de forma 
que ya no existía en toda ella ni la quinta parte de sus habitantes». 

Léase ahora la contestación del Gobierno argentino, que lleva las fir- 
mas de Chiclana, Sarratea, Passo y Rivadavia: 

«Artigas sigue sus marchas con destino a situarse en el territorio de 
esta jurisdicción, aunque el crecido número de familias que espontáneamente 
le sigue, o temiendo la dominación portuguesa o resueltas por opinión a no 
someterse jamás al Gobierno de esa plaza, impide que se hagan aquéllas con 
la rapidez que fuera de desear. No está en manos de aquel general precaver 
la emigración de familias y hacendados que le acompañan con los cortos bie- 
nes que pueden salvar en medio de su conflicto.» 

Repitió Vigodet la denuncia contra Artigas en su manifiesto de enero 
de 1812: 

«Las familias han sido arrastradas o con engaños o a la fuerza y con 
ellas se han cometido toda clase de crímenes: pueblos y estancias han que- 
dado desiertos y todo el campo asolado; es seguro que casi no se hallará 
ejemplo c de ferocidad y barbarie que pueda compararse a la conducta de Ar- 
tigas y del tropel que le sigue.» 

Pero la explicación del éxodo volvió a darla el Gobierno de Buenos Aires, 
al reiterar el propósito de proteger a Artigas y al pueblo que iba con él, por- 
que no conceptuaba justo «abandonarlos a los furores de un extranjero em- 
peñado en realizar conquistas contra todos los principios del derecho de 
gentes». 

«V. S. no crea, concluía el Gobierno argentino, que la campaña se tran- 
quilice mientras existan en el territorio los portugueses. Sus vecinos ven 
sus fuerzas, conocen sus miras, no hallan en esa plaza un ejército que los 
contenga, temen y huyen despavoridos a refugiarse en la división del general 
Artigas, abandonando sus hogares hasta que cesen sus justos recelos.» 


La causa culminante expuesta por el mismo pueblo oriental* 

En el Archivo General de la Nación Argentina existe una representación 
del pueblo oriental que aleja toda duda acerca de la espontaneidad de 
la emigración. 

Está datada en el campamento del Salto el 24 de diciembre de 1811 y 
tiene un encabezamiento que dice así: «los vecinos de la Banda Oriental uni- 
dos al ejército al mando del señor coronel Artigas, representados por los que 
suscriben». 

Hablan en ella los delegados del pueblo de la conveniencia de señalar 
el Arroyo de la China como punto de concentración de las familias orientales; 
hacen algunas referencias a la guerra contra el dominio español, a la inva- 
sión portuguesa y al tratado de octubre inspirado, al parecer, en el deseo 
de asegurar la vida, los intereses y la tranquilidad de los orientales compro- 
metidos" en la contienda armada, pero obligándoles a marchar, «por la senda 
de la humillación», y concluyen así: 

«i Qué distante estaría V. E. de creer que cuando se afanaba por propor- 
cionarles un asilo de seguridad, pagándolo acaso al precio de no pequeños 
sacrificios, ellos se afanaban por proporcionarse un asilo de libertad, desde 
el centro de las desgracias! Aquel voto contra la tiranía nada se había debi- 
litado por sus ventajas siempre efímeras, y todo era mejor para los orien- 
tales que encorvarse de nuevo bajo un yugo odioso. Si era preciso que su 
territorio fuera dominado por un gobierno despótico, disfrute él enhorabuena 



EL LEVANTAMIENTO DEL SITIO DE MONTEVIDEO 


109 


los pingües bienes que multiplicados afanes les habían proporcionado; pero 
jamás esperen los ministros del terrorismo, que bajo cualquier forma que 
se disfracen serían soportables a los exponentes; sea cual fuera la suerte que 
les prepare el destino, les detestan de corazón, les huirán siempre, y en tanto 
que en algún punto de la América respiren las almas libres, desde allí espe- 
rarán constantes el triunfo de la justicia: así lo han verificado los que se 
presentan, y atropellando dificultades casi invencibles han seguido las mar- 
chas del ejército hasta este punto.» 

Al pie de esta representación, que era todo un proceso del armisticio y 
del levantamiento del sitio, escribió el Gobierno de Buenos Aires: 

«Avísese al general Artigas que haga saber a las familias emigradas, 
que el Gobierno tiene muy presente su representación del 2 4 de diciembre, 
para proveer a su alivio y al premio de su heroico y distinguido patriotismo.» 

Nada más necesitamos agregar para que quede demostrado irrefragable- 
mente, que el movimiento emigratorio obedecía al prestigio incomparable del 
Jefe de los Orientales y de la causa que él sustentaba contra los españoles, 
contra los portugueses y contra el Gobierno de Buenos Aires. 

La Banda Oriental en masa se transportaba así a la costa argentina, 
a la espera de una nueva y vigorosa campaña contra la dictadura de Buenos 
Aires, contra el coloniaje español que tenía su baluarte en Montevideo, y 
contra la conquista portuguesa que después de haberse absorbido valiosos y 
dilatados territorios que histórica y geográficamente pertenecían a Monte- 
video, pretendía clavar sus garras en el pedazo de tierra que todavía estaba 
libre. l ; \ . ¡ 

La Banda Oriental en masa, hemos dicho. Y no hay exageración, cierta- 
mente. El general Souza, jefe del ejército portugués, declaraba a su Go- 
bierno en oficio datado en la barra del arroyo San Francisco, a mediados 
de junio de 1812, que en la ciudad de Paysandú vivían dos indios viejos, 
como únicos pobladores! 

El Gobierno de Buenos Aires contra Artigas. 

Los orientales querían, pues, quedarse en su Provincia para combatir 
contra los portugueses y contra los españoles; querían ser oídos en las nego- 
ciaciones con el Virrey Elío; querían tener un representante para asumir 
la defensa de sus derechos. 

Y mientras retrocedían de la línea sitiadora a San José a la espera de 
una anunciada resolución favorable a esas pretensiones, les llega la noticia 
de la celebración del tratado que entregaba al Virrey toda esa heroica pobla- 
ción rural que desde la costa del arroyo Asencio hasta las murallas de 
Montevideo, había ido corriendo a los veteranos españoles, sedientos ahora 
de represalias vengadoras. 

En medio de la desesperación general de la campaña, Artigas es acla- 
mado Jefe de los Orientales y hacia su campamento convergen todos los 
habitantes rurales, con sus mujeres, con sus hijos, con sus muebles, resueltos 
a reanudar la lucha más adelante y por el momento a colocarse al abrigo 
de las garras de los españoles y de los zarpazos de los portugueses. 

Intentó la Junta al principió conjurar esa emigración en masa, que era 
la apoteosis del Jefe de los Orientales. 

El mismo Artigas ha referido los medios puestos en juego para conse- 
guirlo, en un oficio que dirigió a Saríatea al año siguiente: 

«¡Qué no hizo el Gobierno mismo para eludirlo! Se me figuraban en 
número excesivo las tropas portuguesas que cubrían a Paysandú; se me acor- 
daban los movimientos a que podría determinarse Montevideo; y por último, 
para inutilizar nuestros esfuerzos, se tocó el medio inicuo de hacer recoger 



110 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


las armas de todos los pueblos de esta Banda, y se circularon por todos lados 
las noticias más degradantes, tratándosenos de insurgentes. Nada bastó para 
arredrar nuestro ánimo resuelto* y seguimos nuestra marcha siempre sobre 
el Uruguay, sacando recursos de la imposibilidad misma para aquel empeño.» 

Pero como a despecho de todo, la población uruguaya seguía el camino 
de la emigración, tuvo que reaccionar el Gobierno de Buenos Aires. 

En vez de perseguir al Jefe de los Orientales, ratificó su mandato de 
origen popular; le nombró, además, Teniente Gobernador del departamento 
de Yapeyú; y permitió que continuara bajo su mando el cuerpo de blanden- 
gues de Montevideo y un pequeño parque compuesto de 8 piezas de artillería 
y un repuesto de municiones. 

Artigas se apresuró a aceptar el nombramiento el 31 de octubre de 1811. 

«El oficio de V. E. — decía al Gobierno de las Provincias Unidas — 
ratificando la elección que en mí hicieron estos dignos hijos de la libertad, 
empeña mi reconocimiento de una manera imprescriptible». Y aprovechaba 
la oportunidad para trazar en estos términos el cuadro aflictivo de la pobla- 
ción en marcha: 

«Nunca podré dar a V. E. una idea que pueda conducir al conocimiento 
de lo aflictivo de su estado: básteme decir que sólo ellos pueden sostenerse 
a sí mismos: sus haciendas perdidas, abandonadas sus casas, seguidos a todas 
partes no del llanto, pero sí de la indigencia de sus caras familias; expuestos 
a las calamidades del tiempo, desde los primeros instantes en que resonó en 
esta Banda el nombre augusto de la libertad, sin haber recibido en este gran 
período otro auxilio, otro pret que sólo cinco pesos; pobres, desnudos, en el 
seno de la miseria, sin más recurso que embriagarse en su brillante resolución.» 

La reacción del Gobierno de Buenos Aires era un simple paréntesis en 
la campaña contra el Jefe de los Orientales, seguido y aclamado por todo 
su pueblo. 

Apenas llegara a la costa argentina, ya se repetiría el golpe en forma 
más eficaz. 


★ ★ 



CAPITULO XVI 


VIOLACION DEL TRATADO DE OCTUBRE DE 1811 


De quién fué la responsabilidad. 

No fueron cumplidas íntegramente las cláusulas del tratado de 1811. 
El ejército portugués permaneció en el territorio uruguayo, y, como conse- 
cuencia de ello, volvieron a encontrarse en guerra el Gobierno de las Provin- 
cias Unidas del Río de la Plata y las autoridades españolas de Montevideo. 

¿De quién fué la responsabilidad? 

Según los historiadores antiartiguistas, del Jefe de los Orientales. 

Pero según la documentación histórica, de los portugueses invasores. 

El testimonio de lais autoridades argentinas. 

Se alejaba Artigas tranquilamente de San José en dirección a la costa 
del Uruguay, para situar su campamento en territorio argentino, cuando reci- 
bió un oficio del Gobierno de Buenos Aires, anunciándole que «los portu- 
gueses, lejos de hacer movimiento alguno retrógrado, se sabe que lo han 
hecho progresivo», y que era necesario que buscase el acuerdo con las tropas 
del Paraguay. 

Artigas envió en el acto al Paraguay al capitán Arias, con un pliego de 
instrucciones que, entre otras cosas, decía lo siguiente: 

«El ejército sigue sus marchas. El portugués extiende sus partidas 
hasta nuestras inmediaciones. Roba y saquea escandalosamente por todas 
partes.» 

Al finalizar el año 1811 tuvo oportunidad el Gobierno argentino de 
denunciar al Gobernador de Montevideo esa violación del tratado. 

«El ejército portugués, le decía, lejos de haber retrogradado una línea, 
ha recibido auxilios y continúa sus escandalosas usurpaciones en las haciendas 
de esa campaña, mientras que nuestras divisiones apresuraron sus marchas 
a esta capital y al territorio de nuestra jurisdicción.» 

Casi en esos mismos momentos llegaba Artigas al Salto Grande, y era 
allí hostilizado por los portugueses, y tenía que desprender una fuerza para 
batir a los atacantes y proseguir el pasaje. Dando cuenta del incidente, decía 
al Gobierno de Buenos Aires: 

Que desde los primeros días de diciembre había empezado el pasaje a 
la costa argentina; que los portugueses continuaban su movimiento de avance, 
con establecimiento de cuarteles en el Gualeguay, en el Arroyo de la China 
y en la villa de Belén; que los orientales cercados por todas partes, y sin 
alimentos las familias que aguardaban su turno para pasar el río, se habían 
visto en la necesidad de rechazar a las fuerzas portuguesas instaladas en 
Belén. 

El Gobierno argentino se dirigió, a su turno, a la autoridad española 
de Montevideo para denunciarle «la conducta escandalosa de las divisiones 
portuguesas, que con sus agresiones habían precipitado ya nuestras armas a 
todas las consecuencias de un rompimiento», y pedirle, a la vez, su concurso 
para «conseguir del general portugués que suspendiendo toda hostilidad y 
retirando sus tropas de aquellos puntos, deje a Artigas en libertad para pa- 
sar el Uruguay y situarse en el territorio de esta jurisdicción como está 
mandado». i ■ ¡ 



112 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Y escribió a Artigas manifestándole el temor de que los portugueses y 
los españoles pudieran renovar sus hostilidades en los ríos Uruguay y Pa- 
raná, y anunciándole el envío de tropas veteranas para reforzar las divisio- 
nes orientales. 

«E'l Gobierno, concluía el oficio, está satisfecho de los conocimientos, 
actividad y celo de V. S. por la causa de la Patria.» 

En una segunda nota le avisaba que embarcadas ya las tropas expedicio- 
narias con destino a Santa Fe, se había presentado la escuadrilla española 
con órdenes de Yigodet para auxiliar a los portugueses; que la marcha ten- 
dría que hacerse por tierra; y que, entretanto, adoptara providencias contra 
una división de mil doscientos portugueses que había salido de Maldonado 
con ánimo de atacar a los orientales. 

La escuadrilla española formalizó, entretanto, el bloqueo del puerto 
de Buenos Aires y con tal motivo el Gobierno argentino dirigió una protesta 
en que reiteraba su absoluta buena fe en el cumplimiento de lo pactado. 

«Todo el mundo, le decía, es testigo que mientras por nuestra parte 
se cumplían las condiciones estipuladas, no daban los portugueses ni aún 
señal de retirarse, que era el objeto primordial de nuestras negociaciones. 
El ejército de la patria levantó el sitio sin la menor demora; la mayor parte 
de su fuerza vino a esta capital y una pequeña división al mando del general 
Artigas marchó a j?asar ef Uruguay, para defender a los pueblos de las 
Misiones de nuevos insultos. La animosidad de los portugueses le puso en 
la dura precisión de rechazar uno de sus destacamentos... Los portugueses 
han avanzado a nuestro territorio de mala fe.» 

A fines de abril de 1812, hablaba así el Gobierno de Buenos Aires al 
general Souza, jefe de las fuerzas invasoras: 

«Parece que el ejército de V. E. aunque entró con el título de pacifi- 
cador, toma el carácter de conquistador bajo las insinuaciones de los jefes 
de Montevideo, y con el pretexto de asegurar los derechos eventuales de la 
serenísima señora infanta de España Doña Carlota; todos los partes y avisos 
anuncian que Y. E. avanza a nuestro territorio, trata como enemigos a nues- 
tros compatriotas, hostiliza nuestras partidas, y se dirige a batirse con 
nuestras divisiones.» 


El testimonio de las autoridades portuguesas. 

La «Gaceta de Montevideo», publicó en esa misma oportunidad un docu- 
mento oficial demostrativo de que el ejército portugués no limitaba sus ata- 
ques al territorio uruguayo. 

Es un oficio de mayo de 1812 en que el coronel Chagas Santos expresa 
que habiendo tenido noticias de que las tropas de Buenos Aires se reunían 
con ánimo de invadir las Misiones portuguesas, él había crúzado con sus fuer- 
zas el río Uruguay a la altura del Paso de Santa Anna, matando doscientos 
treinta hombres en el pueblo de Santo Tomé, destruyendo todos los edificios 
de ese pueblo y alzando el ganado vacuno y caballadas de las inmediaciones. 

El vizconde de San Leopoldo, que formó parte del ejército del general 
Souza, refiere en los términos que extractamos en seguida la invasión al 
territorio uruguayo: 

Después de la batalla de Las Piedras, el Virrey Elío solicitó el apoyo 
de los portugueses, organizándose con tal motivo en Bagé una división de 
tres mil hombres que tomó la fortaleza de Santa Teresa, y siguió en dirección 
a Maldonado. A esa altura de la campaña llegaron oficios del Virrey Elío, 
en que se anunciaba la celebración de un tratado con Rondeau, y se pedía 
vivamente el retiro de las tropas portuguesas. El general Souza, «no acce- 
dió a las instancias de su aliado». 



VIOLACIÓN DEL (TRATADO DE OCTUBRE DE 1811 


113 


Rondeau se embarcó para Buenos Aires. Pero Artigas, que se llevaba 
por delante a las poblaciones de la campaña, agredió a los portugueses, dando 
lugar a la reanudación de las hostilidades. El ejército de Souza se dirigió 
entonces de Maldonado a Paysandú, en busca de los orientales y marchaba 
de triunfo en triunfo cuando llegaron, en junio de 1812, órdenes de retro- 
gradar a la frontera, emanadas del Agente Diplomático portugués, Rade- 
macher, como consecuencia de un nuevo armisticio con la Junta de Buenos 
Aires. 

Cierra su relato el vizconde de San Leopoldo con estas palabras revela- 
doras del plan de conquista que traía el ejército portugués: 

«Supe por persona fidedigna que el Rey Don Juan había manifestado 
que los dos sucesos que más le habían hecho sufrir durante su estada en 
Río de Janeiro, eran la muerte de su sobrino el infante Don Pedro Carlos 
y este desairado armisticio.» 

El historiador Pereyra da Silva declara que el general Souza «vaciló» 
antes de acceder al retiro de sus tropas; que dirigió un oficio a la Junta 
de Buenos Aires con diversas observaciones relativas algunas de ellas a la 
actitud de Artigas contra los destacamentos portugueses; que mientras se 
producía este cambio de notas, el ejército portugués marchó en dirección 
a Paysandú, obligó a Artigas a vadear el río Uruguay y destruyó las pobla- 
ciones de Yapeyú y de Santo Tomé; y suministra el siguiente dato que basta 
y sobra para demostrar que el incumplimiento del armisticio no radicaba 
en Artigas: 

La princesa Carlota, que tenía conocimiento de una conspiración de los 
españoles en Buenos Aires, había conseguido que el príncipe regente transmi- 
tiera órdenes reservadas al general Souza para que se pusiera de acuerdo con 
Vigodet, y se demorase en la Banda Oriental si los generales españoles así 
lo exigían. 

Pereyra da Silva reconoce también que el príncipe regénte reprobó pú- 
blicamente la orden de retrogradar a la frontera que había dado el diplomá- 
tico portugués al general Souza, aún cuando tuvo que ratificarla porque ya 
había tenido cumplimiento. • 

Otros testimonios de contemporáneos. 

El deán Funes, al ocuparse del tratado de octubre de 1811 ha escrito 
estas palabras que arrojan toda la responsabilidad sobre los portugueses: 

«La buena fe nivelaba los pasos dél Gobierno, al mismo tiempo que la 
perfidia los de este enemigo solapado. Una invasión escandalosa de su 
parte abrió de nuevo el teatro de la guerra, y dió ocasión a las tropas del 
general Artigas para darles a entender que nadie las ofendía impunemente. 
Las miras portuguesas parece que eran un objeto desconocido para Montevideo. 
Por su influjo seductor, ella rompió el tratado y renovó el bloqueo del puerto.» 

El coronel Echeandía, otro testigo presencial de los sucesos, establece 
en sus «Apuntes Históricos, que una división portuguesa arrebató las caba- 
lladas de las fuerzas orientales en el Salto; que Artigas dispuso entonces el 
pasaje de las familias a la costa entrerriana; que habiéndose aproximado 
nuevamente los portugueses y dispersado parte de las milicias orientales, se 
resolvió en junta de oficiales que un cuerpo de mil hombres saliera a , su 
encuentro y los batiera, como en efecto lo hizo, pudiéndose continuar así el 
pasaje a Entre Ríos. 

Artigas se instala en la costa argentina. 

Es concluyente, como se ve, la demostración histórica de que el incum- 
plimiento del tratado de 1811 no es imputable a Artigas, y sí a los portugueses. 


8 



114 


ANALES HISTÓRICOS DEL LRU0UAY 


La marcha de la división oriental tenía que ser lenta, porque la distancia 
a recorrer era larga y el núcleo de familias que iba en pos del ejército obli- 
gaba a hacer continuos paréntesis de descanso. 

Pero era una marcha correcta e invariablemente en dirección al Salto, 
por donde debía realizarse el pasaje al territorio entrerriano, como efectiva- 
mente se realizó al finalizar el propio año 1811. 

Los portugueses, en cambio, lejos de retrogradar a la frontera, se exten- 
dían a todo el territorio uruguayo, obstaculizando la marcha pacífica de ios 
orientales, con asesinatos, saqueos y ataques directos a la misma columna 
que Artigas hacía pasar a la costa argentina. 

Y continuaron así hasta mediados de 1812, atacando a los pocos pobla- 
dores que habían quedado, consumando el saqueo de los ganados, y dirigiendo 
zarpazos a los mismos pueblos de la costa argentina. 


* * 



CAPITULO XVII 


LUCHA ENTRE ARTIGAS Y EL GOBIERNO DE BUENOS AIRES 


Artigas en su campamento argentino d'el Ayuí. 


Acababa de instalarse Artigas en el Ayuí, cuando llegó a su tienda de 
campaña, en viaje de inspección, el general Nicolás de Vedia. 

Véase como refiere el objeto de su viaje al propio general Vedia: 

«Diré, por lo que pueda valer al objeto que aquí me propongo, que luego 
que llegué del primer sitio a Buenos Aires, me nombró el Gobierno para que 
fuera a explorar las intenciones de Artigas y a examinar la naturaleza de sus 
elementos de guerra. En cinco días anduve 185 leguas para llegar al paraje 
en que Artigas estaba acampado sobre la costa del Uruguay. Dos me detuve 
con éste en largas conversaciones y en otros cinco estuve en Buenos Aires, 
e informé al Gobierno que Artigas manifestaba los mejores sentimientos con 
respecto a volver sobre Montevideo, y que sus soldados maniobraban diaria- 
mente y hacían ejercicios de fusil y carabina con unos palos a falta de estas 
armas, y por último que cuantos le seguían daban muestras de un entusiasmo 
el más decidido contra los godos.» 

«La viveza con que pinté al Gobierno las buenas disposiciones que yo 
había notado en él, fué oída con sombría atención, y después supe que el 
Gobierno no gustaba que se hablase en favor del caudillo oriental,- pero yo 
había desempeñado mi comisión con franqueza y sin doblez alguna y así 
nada se me dió de la errada política de la administración.» 

Artigas preparaba sus soldados para la nueva campaña contra, los 
españoles y portugueses, dentro de un régimen de absoluta dependencia 
del Gobierno de las Provincias Unidas. Nada había que objetar de ese 
punto de vista. ¡Pero el Gobierno habría preferido encontrar pretextos para 
enjuiciar al estadista cuyas ideas tanta alarma habían causado en Buenos 
Aires! 

Tal es el espíritu del relato del general Vedia, relato de alta impor- 
tancia, como que emana de un adversario decidido de Artigas. 

Oigamos a otro testigo presencial, el capitán paraguayo don Bartolomé 
Laguardia, enviado por la Junta Gubernativa de la Asunción en marzo 
de 1812 para conferenciar con Artigas: 

«Toda esta costa del Uruguay está poblada de familias que salieron 
de Montevideo; unas bajo las carretas, otras bajo los árboles, y todas a la 
inclemencia del tiempo, pero con tanta conformidad y gusto que causa admi- 
ración y da ejemplo. La tropa es buena y bien disciplinada, y toda gente 
aguerrida, la mayor parte compuesta de los famosos salteadores y gauchos 
que corsaron estos campos, pero subordinados al general y tan endiosados 
en él que estoy seguro que no han de admitir otro jefe en caso que Buenos 
Aíres quisiera substituir a éste. El general es hombre de entera probidad, 
paraguayo en su sistema y pensamiento, y tan adicto a la Provincia que pro- 
testa guardar la unión con ella aún rompiendo con Buenos Aires, por tener 
conocidos los sinceros sentimientos del Gobierno de aquélla y malignos del 
de ésta.» 



116 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


La justicia artignista en el Ayuí. 

El testimonio del general Vedia y el del capitán Laguardia, valen más, 
mucho más que las afirmaciones enteramente calumniosas de algunos histo- 
riadores posteriores, que presentan el campamento del Ayuí como un foco 
inagotable de crímenes, de inmoralidades, de corrupción y despotismo. 

En el riquísimo Archivo General de la Nación Argentina, no existe un 
solo documento acusador, y en cambio figuran muchos que reflejan el am- 
biente de Orden y de patriotismo del campamento en que se Concentraba 
realmente la Banda Oriental. Vamos a extractar el contenido de algunos 
de ellos. 

Al tiempo de cruzar el Uruguay para establecerse en el Ayuí, se vió 
obligado Artigas á ordenar el fusilamiento de «tres desgraciados confesos y 
Convencidos dé haber cometido varios robos y violencias»; y decía con tal 
motivo al (TÓbierno de las Provincias Unidas: 

«MÍ natural aversión contra todos los crímenes, particularmente hacia 
Cd fcérroroso del hurto, y el interés que he concebido de que en este ejército, 
Compuesto generalmente de ciudadanos virtuosos, no se mezclasen los vergon- 
zosos desórdenes que acarrean los malevos, me han movido' a tomar todas 
las providencias convenientes para evitar esta clase de males; pero como no 
es posible infundir sentimientos rectos a las almas habituadas a una criminal 
arbitrariedad y obcecadas en sus errores, y por desgracia no se consigue re- 
unir una multitud de hombres donde presida la virtud, nada ha sido bastante 
para cortar de raíz los vicios antes de satisfacer a la justicia por medio de 
un castigo doloroso en su ejecución como útil en sus consecuencias.» 

Artigas dirigió, a la vez, un bando al ejército, del que envió copia al 
Gobierno. Léase uno de sus párrafos: 

«Si aún queda alguno mezclado entre vosotros que no abrigue senti- 
mientos de honor, patriotismo y humanidad, que huya lejos del ejército que 
deshonra, y en el que será de hoy más escrupulosamente perseguido: que 
tiemblen, pues, los malevos y que estén todos persuadidos de que la infle- 
xible vara de la justicia, puesta en mi mano, castigará los excesos en la 
persona que se encuentre; nadie será exceptuado, y en cualquiera sin distin- 
ción alguna se repetirá la triste escena que se va a presentar al público, para 
temible escarmiento y vergüenza de los malevos, satisfacción de la justicia 
y seguridad de los buenos militares y beneméritos ciudadanos.» 

Luego de instalado en su campamento del Ayuí volvía a dirigirse Artigas 
al Gobierno de las Provincias Unidas, para comunicarle la ejecución de otros 
dos delincuentes: 

«En odio al crimen, determiné y firmé la sentencia de muerte que in- 
cluyo con el sumario... Yi el sentimiento de la humanidad, pero respeté 
.el grito de la justicia.» 

He aquí la sentencia que acompañaba: 

«Confrontando los cargos y contestaciones de ambos, en que resultan 
plenamente convencidos del asesinato perpetrado por ellos de don Antonio 
Rivero, con robo y alevosía, según consta de declaración de ambos reos, les 
condeno a que sufran la pena capital, y respecto a no haber proporción para 
que sean ahorcados según previenen las ordenanzas, mando sean pasados 
por las armas en la forma prevenida a la alevosía del hecho.» 

Tal es la índole de los documentos que obraii en el Archivo de la Nación 
Argentina: documentos reveladores del ambiente de corrección, de respeto 
a los procedimientos penales, de horror al crimen que existía en el campa- 
mentQ del Ayuí, y que pulverizan todas las calumnias amontonadas para 
arrancar a Artigas de su alto sitial y convertir el territorio aecidentaljnente 



artigas y el gobierno de buenos aires 


117 


ocupado por los orientales en un verdadero infierno de asesinatos, de robos, 
de violaciones, presididas, ejecutadas o toleradas por el General en Jefe. 

Y hay que recordar el estado de angustiosa miseria en que vivían esas 
quince o veinte mil personas aglomeradas en el Ayuí a la espera de la 
reanudación de la lucha contra españoles y portugueses, para graduar todo 
el valor de las palabras elogiosas del general Yedia y del capitán Lagua^dia. 

Del mismo Archivo de la Nación Argentina vamos a extraer un oficio 
del Jefe de los Orientales al Gobierno de las Provincias Unidas, fechado el 
mismo día de la ejecución de los dos asesinos de Rivero, que exterioriza el 
admirable ambiente de miseria, de orden y de patriotismo del vasto campa- 
mento del Ayuí, bajo forma de un soldado que llora de tristeza al ver que 
otro compañero fuma y que él no puede imitarlo; pero que al sentir pasos 
y encontrarse con Artigas, entra en un estado de franca alegría, temeroso 
de que su jefe vaya a creer que le faltan entusiasmos para volver al campo 
de batalla! 

He aquí el cuadro que traza Artigas: 

«No se pueden expresar las necesidades que todos padecen, expuestos a 
la mayor inclemencia, sus miembros desnudos se dejan ver por todas partes 
y un poncho hecho pedazos, liado a la cintura, es todo el equipaje de estos 
bravos orientales.» 

«He sido testigo de las más tristes expresiones de sus privaciones . . . 
¡Qué rato tan cruel. Señor Excelentísimo, al ver correr las lágrimas de uno 
de esos héroes que observaba con la mayor atención á otro compañero fu- 
mando, y reprimirlas ostentando la mayor alegría al sentir que me acercaba!» 

Preparativos para la reanudación de la guerra. 

Las prevenciones del Gobierno de Buenos Aires contra Artigas sufrie- 
ron un paréntesis en marzo y abril de 1812, bajo la presión de la actitud 
cada ve más amenazadora de los portugueses y de los españoles. 

Fué reforzado con tropas y material de guerra el campamento del Ayuí, 
quedando así habilitado el ejército para volver inmediatamente al territorio 
oriental. 

Artigas, que ya consideraba inminente la reanudación de la guerra, se 
dirigió al Gobierno paraguayo solicitando una columna de 500 soldados «para 
ayudar a la toma de los pueblos orientales de Misiones», y hacía a la vez 
este llamado a los que habían abandonado las filas del ejército: 

«Don José Artigas, coronel de blandengues orientales. Teniente Go- 
bernador del departamento de Yapeyú y General en Jefe del ejército patriota, 
destinado a la Banda Oriental... a los desertores: 

«El día de gloria se acerca: venid a formar parte en las filas que habéis 
abandonado... Yo os llamo a nombre de la sociedad que ultrajasteis con 
vuestra deserción y os juro sobre mi honor que ella solo es recordada para 
manifestaros este decreto de clemencia. . . Acordaos de aquella sangre digna 
que vertieron otros a vuestro lado, para asegurar el laurel que ciñe vuestras 
cabezas. . . Yo me olvido de todo y os convido a ser libres. Corred a saludar 
esta época suspirada por nuestros paisanos.» 

Desbordante de alegría escribía a don Elias Galván, Teniente Gobernador 
de Corrientes: 

«Saludemos el momento grande que ha sido por tanto tiempo el objeto 
de nuestros dignos votos. Ya voy a abrir la campaña... Vamos, paisano, 
demos abora un nuevo pábulo al ardor santo que hemos alimentado, miremos 
con un placer respetuoso este instante que hemos apetecido, que marca el 
primer período de nuestro tránsito a la gloria inmortal.» 

El plan que Artigas sometió a la aprobación (leí Gobierno de ] as Pro- 



118 


ANAMOS HISTÓRICOS I) Y t U UHtXUJAY 

víncias Unidas, consistía en la ocupación inmediata de ambas márgenes del 
río Uruguay, reconquista de las Misiones orientales y establecimiento del 
cuartel general en Santa Tecla, como medio de que los portugueses desalo- 
jaran el territorio uruguayo y acudieran a la defensa de sus propios intereses. 

«Todo esto, prevenía Artigas en su oficio, es bajo el concepto de que 
V. E. quiera sean atacados los portugueses, pero de otro modo si V. E. sólo 
aspira a que se retiren, yo marcharé luego a Montevideo que al instante abrirá 
sus puertas y no será menester la sangre para levantar en medio de ella el 
pabellón sagrado.» 

Tíos portugueses proponen un armisticio. 

Pero los preparativos contra los portugueses quedaron cruzados por la 
diplomacia inglesa que obligó a la Corte de Río de Janeiro a despachar al 
coronel Rademacher en misión de paz. 

El enviado llegó a Buenos Aires a fines de mayo de 1812, y en el 
mismo día de su arribo propuso y firmó con la garantía de la Oran Bretaña 
un tratado cuyas cláusulas substanciales pueden reasumirse así: 

Cesación de hostilidades; armisticio por tiempo ilimitado; retiro de las 
tropas «dentro de los límites del territorio de los Estados respectivos, enten- 
diéndose estos límites aquellos mismos que se reconocían como tales antes 
de empezar sus marchas el ejército portugués hacia el territorio español». 

El general Souza, a quien fué comunicado el armisticio, hubo de opo- 
nerse al principio a su ejecución y luego optó por demorar el cumplimiento 
hasta mediados de septiembre. 

De todos modos, ya estaba descontado el peligro portugués, y en el acto 
Artigas empezó los preparativos para la reanudación del sitio de Montevideo. 

El Gobierno de Buenos Aires desorganiza el campamento oriental. 

De pronto llega al campamento uruguayo don Manuel de Sarratea, repre- 
sentante del Gobierno de las Provincias Unidas; se hace reconocer como 
General en Jefe; y arrebata las tropas veteranas de Artigas. 

¿Qué es lo que había ocurrido? 

Guando los portugueses preparaban su ataque sobre las costas del 
Uruguay, los españoles avanzaban por Salta y Tucumán, multiplicándose en 
forma alarmante la superficie y los peligros del teatro de la guerra. En esas 
condiciones, Artigas resultaba un factor irreemplazable. Con el refuerzo de 
pocas tropas veteranas y de un parque regular podía desafiar a los portu- 
gueses y actuar sobre Montevideo, reservando el Gobierno todos sus demás 
elementos contra la invasión española de que estaba amenazado por el 
Norte. Pero obtenido el armisticio de 1812, volvía a ocupar el primer rango 
el obsesionante problema de la organización institucional del Río de la 
Plata. Artigas seguía insistiendo en la necesidad de una Constitución y la 
oligarquía de Buenos Aires no quería admitir limitación alguna a sus facul- 
tades. Artigas seguía insistiendo en la organización federal, con la vista 
fija en el modelo insuperable de los Estados Unidos, y la oligarquía de Bue- 
nos Aires se aferraba cada vez más al régimen monárquico y a la absorción 
absoluta de todas las provincias por la capital. 

Tal podría ser una de las explicaciones. Otra podría ser ésta: 

Dada la importancia considerable que habla adquirido Artigas como 
consecuencia de la victoria de Las Piedras, del sitio de Montevideo y de la 
emigración en masa de las poblaciones rurales al campamento del Ayuí, no 
era fácil desbancarlo de la jefatura popular que desempeñaba y se recurría- 
al plan de organizar dentro del campamento uruguayo un ejército enemigo, 



ARTICAS Y El. G0R1ERN0 I)E DUEÑOS AIRES , 119 


aunque aparentemente aliado, para poder aplicar el golpe en el momento 
oportuno, como efectivamente se aplicó. 

Sea una u otra la explicación real, el hecho es que Sarratea tomó el 
mando de las tropas procedentes de Buenos Aires; impartió órdenes directas 
a las fuerzas orientales; obtuvo que algunas de ellas, como el regimiento de 
blandengues, abandonaran a su jefe; y marchó con rumbo a Montevideo, 
seguido a larga distancia por Artigas y sus fieles orientales. 


Artigas explica su disidencia con Buenos Aires. 

Era por tercera vez que el Gobierno de Buenos Aires lo desalojaba de 
su posición natural. Primero, en favor de Belgrano, que hasta ese momento 
solo tenía en su foja de servicios la desastrosa campaña del Paraguay; luego, 
en favor de Rondeau, de inferior categoría militar, y sin sus grandes recursos 
para levantar la campaña oriental; y ahora en favor de Sarratea, ex agente 
diplomático encargado de estimular la invasión portuguesa de 1811 , como 
ya hemos tenido oportunidad de verlo. 

«Nosotros hemos vu'elto a quedar solos, pobres hasta el exceso ... la 
hambre, la desnudez, todos los males juntos han vuelto a señalar nuestros 
días», escribía, en tal oportunidad. Artigas a la Junta del Paraguay. 

«El pueblo oriental que abandonando sus hogares, cargado de sus fami- 
lias y seguido de la miseria, se constituyó, por el resultado de la campaña 
pasada, bajo una forma militar para conservar una libertad que rubricó la 
sangre de sus conciudadanos delante de Montevideo, pudo creer alguna vez 
verse despojado de los laureles que le ceñían... Los orientales pudieron 
esperar ser derrotados por sus enemigos . . . pero nunca pudieron figurarse 
hallar su desgracia en el seno mismo de sus hermanos, no pudiendo estar 
jamás a sus alcances que el auxilio con que volvía a socorrerlos Buenos Aires 
para lograr la gran consolidación, presentase a su vista la alternativa exe- 
crable de un desprecio el más ultrajante o de una esclavitud muy nueva, muy 
singular y mucho más odiosa que la primera.» 

«Si el pueblo de Buenos Aires, cubierto de las glorias de haber implan- 
tado la libertad, conoció en su objeto la necesidad de trasmitirla a los pue- 
blos hermanos» ... ha debido limitarse a dar «el carácter de auxiliadoras a 
las tropas que destine a arrancar las cadenas de sus ‘convecinos». 

«Los orientales lo creyeron así, mucho más. . . no existiendo hasta ahora 
un pacte? expreso que deposite en otros pueblos de la confederación la admi- 
nistración de su soberanía.» 

«Atacados en sus fundamentos los principios del sistema proclamado, 
se desvanecen sus dulzuras y el derecho abominable de conquista es el que 
se presenta por fruto de nuestros trabajos y por premio de unos servicios 
que reclaman el reconocimiento de toda la América libre. ¿En qué puede 
garantir el pueblo de Buenos Aires un comportamiento tal? El pueblo 
oriental es este: si los auxilios de su generosidad e interés son prodigados 
en su obsequio, ¿cómo marchar llevando la libertad a sus hogares, sin permi- 
tirles la gloria de contribuir a ella, hallándose todos con las armas en la 
mano para llenar su objeto?» 

Artigas, que ya se había acostumbrado a que el Gobierno de Buenos 
Aires lo relegara Invariablemente al segundo plano, habría aceptado en silen- 
cio el generalato de Sarratea, si lo hubieran mantenido a él al frente de las 
divisiones orientales. Y así se lo decía al Gobierno, a raíz del incidente, sin 
abandonar la perfecta corrección de su conducta. Véase en qué términos: 

«Yo tuve a mis órdenes toda la fuerza que V. E. destinó a esta Banda: 
prescindiendo de mi ascendiente sobre algunos de aquellos regimientos, yo 
pude haberlos hecho servir a mis intereses personales hasta el instante 



120 


AvNALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


mismo de mi separación. Pude impedir la llegada del Excmo. señor general 
don Manuel Sarratea, haber excusado su reconocimiento de General en 
Jete... pero yo a la cabeza de los orientales por el voto expreso de su 
voluntad, aspiré solo a preservar su honor, y se habría precisamente sofocado 
toda desaveniencia si, sin dividirlos, hubiera yo marchado con ellos como 
su jefe inmediato.» 

Y olvidando todos sus agravios, agregaba en ese mismo oficio, que si 
había que mandar fuerzas a Tucumán para contrarrestar la invasión espa- 
ñola, retirara el Gobierno de la Banda Oriental todas las tropas necesarias, 
que él se encargaría de llenar los claros con los soldados que se le conser- 
vaban fieles. 

Empeño inútil, porque lo que se buscaba era su alejamiento de la zona 
de influencia política. Ai persuadirse de ello, escribía a la Junta del Para- 
guay en dos de sus oficios: 

«Nada tendré jamás que increparme a la vista de la autoridad que le- 
vanta el cetro de hierro y se ostenta como un conquistador, profanando sacri- 
legamente el derecho sagrado de los pueblos a % cuya sombra fomenta su 
egoísrño.» 

«Yo continuaré siempre en mis fatigas por la libertad y grandeza de 
este pueblo... y en medio de los mayores apuros no me prostituiré jamás. 
Libertad, igualdad, seguridad, son nuestros votos; libertad, igualdad, segu- 
ridad, serán nuestros dignos frutos.» 


La expulsión de Sarratea. 

Fracasadas las primeras negociaciones, resolvió Artigas cambiar de 
táctica, dispuesto g, impedir que se consumara una nueva y dolorosa con- 
quista en substitución de la que él había hecho vacilar en el campo de Las 
Piedras. Interceptó los recursos a Sarratea, a la vez que promovía en esta 
forma su separación del ejército: 

«No cuente ya V. S. con ninguno de nosotros. El pueblo de Buenos Ai- 
res es y será siempre nuestro hermano, pero y nunca su Gobierno actual. 
Las tropas que se hallan bajo las órdenes de V. E. serán siempre objeto de 
nuestra consideración, pero de ningún modo V. E.» 

Sarratea envió entonces dos diputados al campamento de Artigas en 
el Yí, y sus delegados en unión con los del Jefe de los Orientales, suscri- 
bieron en enero de 1813 unas bases de paz por las que se establecía: 

El'retiro de Sarratea y de varios jefes de su estado mayor; las divisiones 
orientales quedarían bajo las órdenes inmediatas de Artigas; las tropas de 
Buenos Aires actuarían como auxiliadoras. 

Coinciden estas bases, suscritas por don Ramón de Cáceres, don Felipe 
Pérez, don Sebastián Ribero, don Juan Medina, don José Agustín Sierra 
y don Tomás García de Zúñiga, con un pliego de proposiciones que Artigas 
mandó al Gobierno de Buenos Aires por intermedio de don Tomás García 
de Zúñiga para gestionar una declaración que dijera que «la soberanía par- 
ticular de los pueblos» era el «único objeto de nuestra Revolución». 

Pero Sarratea había abierto negociaciones simplemente con el propósito 
de engañar a Artigas y arrebatarle el resto de sus fuerzas, y así que consideró 
llegado el momento de descargar el golpe publicó su famoso bando de 
febrero de 1813 , en el que luego de hablar «de la bárbara y sediciosa con- 
ducta del traidor a la Patria, José Artigas», ofrecía un indulto general a 
todos los desertores de los cuerpos de línea que estuvieran refugiados en el 
Ejército Oriental, siempre que se acogieran «a la inmediata protección del 
Gobierno bajo las órdenes del señor coronel de milicias don Fernando 
Otorgués». 



ARTIGAS Y Eli GOBIERNO BE BUENOS AIRES 


121 


Otorgués denunció la trama a Artigas y le entregó ef bando en que se 
le declaraba traidor. 

Y Artigas dirigió a su antagonista un ultimátum, en el que después de 
referirse a las versiones que lo presentaban en comunicación con las autori- 
dades de Montevideo, le decía: 

«La libertad de América forma mi sistema y plantearla mi único anhelo. 
Tal vez V. E. en mis apuros y con mis recursos. . . se habría prostituido ya. 
Aún en el día, cuando V. E. parepe que hace el último esfuerzo para abu- 
rrirme, Montevideo empeña más sus pretensiones sobre mí. Con todo, no 
hay circunstancia capaz de reducirme a variar de opinión... Un lance fu- 
nesto podrá arrancarme la vida, pero no envilecerme.» 

Tenía su origen el cargo de traidor en ciertos trabajos que realizaban 
las autoridades españolas de Montevideo para sacar partido de las desave- 
nencias entre Artigas y Sarratea. ¿Cuáles eran esos trabajos? 

En el plan de reconquista militar del Río de la Plata, formulado en 1818 
por el mariscal de campo don Gregorio Laguna, a requerimiento de Fer- 
nando VII, de que ya hemos hablado, se ocupaba ese reputado técnico español 
del Jefe de los Orientales y decía con tal motivo: 

«El Rey, conociendo el mérito de este oficial, lo indultó y ascendió al 
grado de brigadier, cuyo despacho no ha querido admitir.» 

Artigas marchaba, pues, contra Sarratea. Pero a la vez marchaba 
centra los españoles, sin querer aceptar transacciones con ninguna de las 
dos fuerzas en lucha* firme en su propósito de consolidar la libertad de 
su Patria. 

Llegada la disidencia a tales extremos, se reunieron los jefes y ofi- 
ciales argentinos a invitación de los coroneles Rondeau y French, y de esa 
junta de guerra salieron dos resoluciones de importancia: una en que se 
decía que los militares allí congregados eran ajenos a la nota de traidor 
lanzada contra «la benemérita persona» del Jefe de los Orientales; y la otra 
por la que se decretaba el inmediato regreso a Buenos Aires del general 
Sarratea y del grupo a él vinculado, y se ponía el ejército bajo el mando de 
Rondeau, hasta nueva orden del Gobierno. 


Lo que dicen los contemporáneos. 

Explican los señores Dámaso Larrañaga y José Raymundo Guerra las 
disidencias entre Artigas y Sarratea antes de llegar a las murallas de Monte- 
video y durante el segundo sitio: 

«Artigas nunca quiso reconocer absoluta dependencia: exigió ser reco- 
nocido como supremo Jefe de los Orientales, y que sus tropas fueran repu- 
tadas de ejército unido y confederado. 

«En una palabra, sostuvo la independencia y unión de esta Banda 
con las demás provincias, según la constitución de los Estados norte- 
americanos. 

«De aquí resultó no haberse acercado al sitio hasta pasados algunos me- 
ses, fijando desde luego su cuartel general en el Paso de la Arena del Santa 
Lucía Chico, hasta que el ejército de Buenos Aires quitó el mando a don 
Manuel Sarratea, que había venido como vocal y representante del Go- 
bierno de Buenos Aires a mandar en jefe.»/ 

Toda la inquina del Gobierno de Buenos Aires contra Artigas desde el 
comienzo de la insurrección oriental, está explicada ahí, en esas palabras 
de Larrañaga y Guerra. 

Artigas quería una constitución federal y el Gobierno de Buenos Aires 
quería mandar como dueño y señor en todas las provincias de su jurisdicción. 

Una disidencia de principios fundamentales, como se ve, que cada día se 



122 


ANALES JIISTÓRTCOS DEL URUGUAY 


agravaba y repercutía más intensamente en todo el vasto escenario del Río 
de la Plata. ( 

En cuanto a los procedimientos de que echó mano Sarratea en el campa- 
mento del Ayuí y en el territorio uruguayo, para aislar y desprestigiar a 
Artigas, y en cuanto al resultado final del incidente, hay también en las 
declaraciones de los contemporáneos valiosos elementos para la defensa del 
Jefe de los Orientales. 

9 

Habla el coronel Cáceres de la llegada de Sarratea a las proximidades 
del campamento del Ayuí: 

«Este hombre luego que llegó, trató de desmoralizar al ejército de Ar- 
tigas, y de deshacer esa unión que constituye la fuerza; al efecto empezó por 
seducir a los jefes de más capacidad que aquél tenía, ofreciéndoles oro, charre- 
teras y galones. . . y en seguida' los pidió con los cuerpos que cada uno man- 
daba y que eran los mejores del ejército oriental, especialmente el de blan- 
dengues que mandaba Vázquez.» 

«Artigas los entregó sin decir una palabra.» 

«Marchó en seguida Sarratea con un inmenso y lindo ejército sobre 
Montevideo. Artigas con sus divisiones de milicias.... se quedó a reta- 
guardia, escoltando el numeroso convoy de familias que regresaba a sus hoga- 
res, y Sarratea que lo miraba ya con desprecio, porque lo consideraba ven- 
cido, empezó a desairarlo y hostilizarlo.» 

Fué entonces, continúa el testigo, que Artigas irfterceptó el parque y 
la comisaría que venían para el sitio, obligando con esa actitud a Sarratea 
a nombrar una comisión compuesta de don Ramón de Cáceres, don Tomás 
García, don Felipe Pérez y don Juan Medina, con el encargo de manifestar 
al Jefe de los Orientales que él estaba dispuesto a resignar el mando en 
otro jefe de su confianza. Con la mediación de esos respetables vecinos, 
consintió Artigas en que el parque y la comisaría se incorporaran a las fuer- 
zas argentinas, bajo la promesa de que fueran separados varios jefes. 

Pero Sarratea, concluye el coronel Cáceres, se negó a cumplir el pacto, 
dando lugar a que sus propios subordinados lo expulsaran del ejército. 

Habla el general Nicolás de Vediá: 

«Sarratea supo aprovecharse bien del poder que le daba su representación 
para arrancar al general Artigas las fuerzas que tenía a sus órdenes; supo, 
además, con su habilidad ganar a su -devoción algunos jefes que mandaban 
las divisiones de milicias de los diferentes cuerpos orientales, y de facto el 
regimiento de blandengues que comandaba don Ventura . Vázquez.» 


El doctor Anchorena dice que había orden de matar a Artigas. 


En 1820 sostuvieron una polémica por la prensa el doctor Tomás Ma- 
nuel Anchorena, de importante actuación política en el escenario argentino, 
y don Manuel de Sarratea, a propósito de las desavenencias de Artigas con 
el Gobierno de Buenos Aires. 

Dijo Sarratea en el curso de la polémica que él había recibido órdenes 
terminantes del Gobierno para prender a Artigas en su campamento del Ayuí, 
y remitirlo a Buenos Aires, pero que se había abstenido de ello «para evitar 
las funestas consecuencias que preveía de tal medida». 

Y replicó el doctor Anchorena que era el propio Sarratea quien había 
indicado al Gobierno la necesidad de atacar a viva fuerza al Jefe de los 
Orientales durante el segundo sitio de Montevideo, y que contrariando las 
instrucciones pacifistas que tenía había lanzado el bando en que ¿e le decla- 
raba traidor y había regalado además a Otorgués un par de pistolas para 
que lo asesinase, según carta privada que Artigas mostraba a todo el mundo. 



ARTIGAS Y EL GOBIERNO DE BUENOS AIRES 123 


/ El coronel Cáceres confirma esa formidable acusación del doctor Ancho* 
rena en la siguiente forma: 

«Cuando Artigas estuvo en el paso de la Arena antes de la expulsión de 
Sarratea, había tratado éste de hacerlo asesinar, valiéndose al efecto c^e don 
Fernando Otorgués; en Montevideo existe aún la persona que anduvo encar- 
gada de este negocio: yo he tenido en mis manos las ricas pistolas que Sa- 
rratea mandó a Otorgués Dara este fin; mas Otorgués era pariente de Artigas 
y le descubrió la trama, a pesar de que le chupó muchas onzas a Sarratea.» 

La soberanía uruguaya según el concepto de la época. 

Caracterizando la política de Sarratea, escribía Artigas al Gobierno de 
las Provincias Unidas en febrero de 1813: 

«El pueblo oriental es, en concepto de aquel ilustre general, de un orden 
inferior al resto de los hombres, sus armas poco eficaces a la redención del 
propio país, sus votos de ninguna importancia aún en lo que más inmediata- 
mente le concierne, y la libertad con que se le convidó en otro tiempo que 
vivían más incautos, la ha de recibir ahora como presente que le concede la 
mano férrea de un conquistador.» 

Pero él sabía bien que al caracterizar así la política de Sarratea, carac- 
terizaba a la vez la política fundamental de la oligarquía que detentaba el 
Gobierno de las Provincias Unidas desde el día de la revolución y que seguiría 
detentándolo por largos años todavía. 

Al mismo tiempo que Sarratea desarticulaba el campamento uruguayo, el 
Gobierno de Buenos Aires prevenía al general Vigodet que el ejército portu- 
gués retrocedía ya a sus fronteras; que de España no podía aguardar recursos; 
que las fuerzas de la Patria estaban prontas para emprender la marcha; y 
concluía pidiendo la entrega de la plaza, bajo las siguientes condiciones: 

Que Montevideo tendría representación en el Congreso de las Provincias 
Unidas; que serían respetados en sus cargos todos los empleados civiles, mili- 
tares y eclesiásticos; * que en el caso de triunfar España de Napoleón, el 
Gobierno de las Provincias Unidas devolvería la plaza de Montevideo «en el 
mismo estado, bajo la garantía de la Gran Bretaña». 

Tal era la propuesta formulada en agosto de 1812 mediante oficio que 
lleva las firmas de C'hiclana, Pueyrredón y Rivadavia: mientras durase la 
guerra napoleónica Montevideo formaría parte de las Provincias Unidas; 
concluida la guerra en condiciones felices, sería devuelto a España ese rico 
pedazo del territorio nacional. 

La Banda Oriental era un bien susceptible de pasar de amo en amo, 
sin previa consulta de sus habitantes. 

Si la negociación fracasó, no fuá por la inactividad de la diplomacia 
argentina que puso a contribución todos sus recursos, sino por la altiva resis- 
tencia del Gobernador Vigodet, sintetizada en esta frase de su respuesta: 

«Sus absurdas proposiciones, las desecha el honor, las condena la justicia 
y las execra el carácter español que no sabe, sin envilecerse, permitir se le; 
propongan traiciones a su Rey y a su Nación.» 

Había armonía plena entre las ideas de Sarratea y las ideas del Gobierno. 
Los dos reducían a cero la soberanía de la Banda Oriental; los dos partían 
de la base de que un pueblo no tiene derechos, sino gobernantes que lo admi- 
nistran como cosa propia. 

Y era natural, en consecuencia, que dirigieran la proa contra Artigas, 
el portaestandarte del régimen federal de los Estados Unidos que ya desde el 
campamento del Ayuí era señalado a la oligarquía de Buenos Aires como 
el modelo obligado del Río de la Plata! 


★ ★ 



CAPITULO XVIII 


EL, SEGUNDO SITIO DE MONTEVIDEO 
Los orientales lo inician. 

La campaña iniciada por Sarratea en el Ayuí, había terminado, pues, en 
territorio uruguayo, con la expulsión del promotor del incidente. 

Durante todo el lapso de tiempo que media entre uno y otro extremo 
de la contienda, el ejército argentino había ido caminando en dirección a 
Montevideo y a su retaguardia habían seguido también los restos del ejército 
de Artigas. 

Unas y otras fuerzas se proponían la reanudación de las hostilidades 
contra los españoles, pero marchaban desunidas, en crudo antagonismo más 
bien dicho, un antagonismo que no era de personas, sino de ideas fundamen- 
tales de gobierno, como hemos visto. 

A cierta altura de la marcha, Sarratea desprendió una fuerte vanguardia 
al mando de Rondeau, con instrucciones para formalizar el sitio de Monte- 
video. Esa vanguardia estaba compuesta principalmente de los batallones; 
orientales arrancados a Artigas en el Ayuí, y de un cuerpo argentino, el 6.<> 
de línea, que comandaba el coronel Soler. 

Pero cuando Rondeau llegó a Montevideo, ya un grupo de orientales, al 
mando del comandante José Enrique Culta, había organizado el sitio riguroso 
de la plaza. 

De Culta se han dicho horrores, como se han dicho horrores de todos* 
los oficiales de Artigas. 

Oigamos, sin embargo, la voz de un contemporáneo ilustre, don Fran- 
cisco Acuña de Figueroa, que estaba dentro de los muros de la ciudad y que 
tenía a la mano todas las fuentes de información que más directamente po- 
dían utilizarse para el proceso contra «el bandolero», si la historia del bando- 
lero hubiera sido cierta: 

«Era un hombre vulgar, pero de grande valor y opinión entre los campe- 
sinos. El se alzó en la campaña a hacer la guerra por su cuenta, a la voz 
de libertad que a la distancia proclamaba don José Artigas, instalado general 
y como patriarca de los orientales. 

«Culta, con un grupo de paisanos mal armados, empezó a hacer correrías 
en la campaña y algunos desórdenes y violencias. Pero después, don Tomás 
García de Zúñiga que se hallaba a su cabeza, lo llamó, lo aconsejó bien y 
le proporcionó ropa y armamento; lo mismo hizo el compatriota don Pedro J. 
Sienra, quien con grandes riesgos y loables astucias logró proporcionarle arma- 
mento y dinero, con lo cual Culta empezó ya a hacer la guerra de un modo 
regular y con cierta disciplina, aumentando su crédito y el número de su 
gente; de manera que el 28 de septiembre de 1812, según consta de oficio, 
ya tenía^ trescientos cincuenta hombres.» 

«Tomó prisioneras varias guarniciones realistas en los pueblos, y caba- 
lladas y armamentos; y así, acosando, y persiguiendo a cuantas partidas se 
le oponían, se presentó en el Cerrito el l.° de octubre de 1812, pudiendo 
decirse con exactitud que él con sus orientales plantó el sitio de la plaza 
veinte días antes de llegar el ejército argentino con el general Rondeau.» 

De sus soldados se ocupa también Figueroa. Uno de ellos, que actuaba 
como correo, fué capturado por las avanzadas de la plaza y conducido a la 
ciudad, donde «se comió» los pliegos que llevaba, para impedir la divulgación 
de su contendo. Condenado por un consejo de guerra a sufrir la pena de 



EL SEGUNDO SITIO DE MONTEVIDEO 


125 


trescientos azotes, y ya en el lugar del suplicio, se le ofreció el perd'ón si 
revelaba los secretos de que era portador. Pero el valeroso criollo contestó 
que no podía delatar a nadie y que prefería sufrir la tortura, como efectiva- 
mente la sufrió. 

Culta se incorporó en el acto con su gente al ejército de Rondeau; actuó 
con brillo en la batalla del Cerrito, mereciendo que su nombre fuera desta- 
cado en los partes y relaciones militares de la época; y encabezó, juntamente 
con otros compañeros, un asalto heroico a la escuadra española, fondeada en 
el puerto de Montevideo, del que resultó el apresamiento de un bergantín, 
que fué reconquistado por los españoles, cayendo Chita entre los prisioneros 
y teniendo que purgar su heroísmo en los calabozos de la Ciudadela. 

Otro dato interesante de su foja de servicios: 

Según el testimonio de Acuña de Figueroa, Culta fué el primero en alzar 
frente a las murallas de Montevideo «la insignia blanca y celeste». 


La batalla del Cerrito. 

El 31 de diciembre de 1812, salió de la plaza una columna de cerca 
de 2,000 soldados, con el propósito de asaltar por sorpresa el campamento 
del Cerrito. 

Vamos a extractar de la autobiografía de Rondeau la descripción del 
lamentable estado de indisciplina y desorganización de las fuerzas sitiadoras, 
sólo imputable al alto comando que todavía ejercía Sarratea: 

Dos días antes de la batalla había llegado el coronel Francisco Javier 
de Viana, con el nombramiento de mayor general y un oficio de Sarratea, 
ordenando que se le entregara el mando del ejército. Al anunciarse la salida 
de la guarnición de la plaza, se comunicó reiteradamente el suceso al nuevo 
general; pero éste se limitó a contestar que nada tenía que hacer, y que 
Rondeau tomara sus medidas. Realizado el ataque, el 6. o de línea huyó de 
su puesto con el coronel Soler, vestido* de soldado raso y cargando fusil en 
vez de espada. «No me detuve en reprochaile aquel disfraz tan contrario 
a las prácticas militares, y lo que es más, al espíritu de las ordenanzas, por- 
que mi objeto principal en aquellos momentos era hacer volver el batallón 
al combate.» 

Tal es el primer cuadro de la batalla del Cerrito. Rondeau suplantado 
por Viana, tiene que asumir la dirección del ejército, porque el nuevo general 
declara que nada le corresponde hacer frente al enemigo que avanza. ¡Y el 
jefe del 6. o de línea argentino, cambia sus galones por el uniforme de sol- 
dado, sin preocuparse de quién había de reemplazarlo en la jefatura del 
batallón! 

Felizmente Rondeau pudo llegar a tiempo para imponerse al batallón 
en fuga y hacerlo retornar al campo de batalla, donde actuó con gloria, a 
la par de los cuerpos orientales que se habían sostenido en sus posiciones, !y 
que cargaban valientemente al enemigo. Y gracias a ello, al cuadro de la 
derrota sucedió el cuadro de la victoria, la victoria del Cerrito que obligó a 
los españoles a encerrarse dentro de las murallas de Montevideo, tal como 
lo habían hecho durante la primera campaña a raíz de la victoria de Las 
Piedras. 


Artigas se incorpora a la línea sitiadora. 

La noticia de la victoria del Cerrito llegó al campamento de Artigas 
pendiente todavía el conflicto con Sarratea. 

Resuelta la separación de este último por iniciativa de sus propios subal- 



126 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


temos, y aprobada la actitud de esos subalternos por el Gobierno de las Pro- 
vincias Unidas, el Jefe de los Orientales se incorporó a la línea sitiadora. 

«Nada más resta a mis anhelos después de tener la honra de felicitar a 
V. E. por el restablecimiento de. la paz» — decía, con tal motivo Artigas al 
Gobierno de Buenos Aires en su oficio de 27 de febrero de 1813 • — «la dis- 
cordia desapareció de entre nosotros». 

Los soldados de Artigas se destacaron en la línea sitiadora por rasgos 
salientes de heroísmo y de humanidad, según el diario histórico de don Fran- 
cisco Acuña de Figueroa, especialmente Juan Antonio Lavalleja, que solía 
presentarse completamente solo frente a las trincheras, para desafiar a los 
españoles, quienes un día le prepararon una emboscada y le hicieron una 
formidable descarga de la que salió ileso; y Fructuoso Rivera, notable tam- 
bién por su valentía y por su humanidad con los prisioneros. 



CAPITULO XIX 


DURANTE EL SEGUNDO SITIO DE MONTEVIDEO 
La gran contienda de ideas entre Montevideo y Buénos Aires 
El Gobierno de Buenos Aires exige el sometimiento de la Provincia Oriental. 

Sarratea había sido expulsado de la línea sitiadora. Pero las ideas de Sa- 
rratea eran las ideas del Gobierno de las Provincias Unidas, o más bien dicho 
de la oligarquía que se había adueñado del Gobierno desde el día mismo de 
la Revolución, de esa oligarquía que desconocía en absoluto la autonomía 
de las provincias, que centralizaba todos los poderes en Buenos Aires, y que 
trabajaba sin descanso por el establecimiento del régimen monárquico en 
el Río de la Plata. 

Con la expulsión de Sarratea no podían desaparecer, en consecuencia, 
las causas determinantes de los conflictos con Artigas, las causas que ya 
habían actuado bajo forma de relegación reiterada del Jefe de los Orientales, 
del levantamiento del primer sitio, de anarquía en el Ayuí, y’ aún de ten- 
tativas audaces para aprisionar al portaestandarte de la idea republicana y 
del régimen federal. 

Había corrido apenas un mes desde la incorporación de Artigas a la 
línea sitiadora, cuando llegaba de Buenos Aires la orden de proceder al re- 
conocimiento y jura de la Asamblea General Constituyente. 


Una consulta al pueblo. 


Artigas contestó en el acto que él no se negaba a cumplir la orden, 
pero que necesitaba un breve aplazamiento de la ceremonia a efecto de que 
los pueblos orientales enviasen los diputados que debían pronunciarse sobre 
el particular. 

Salta a los ojos la diferencia fundamental de criterios. Para la Asam- 
blea Constituyente y para el Gobierno de Buenos Aires, Artigas podía dis- 
poner de los destinos de la Provincia Oriental, y por eso se limitaban a exi- 
girle un juramento personal. Para Artigas, en cambio, era necesario que 
el pueblo se reuniera y designara diputados encargados de prestar o no pres- 
tar el juramento que se exigía. / 

-C* r ! '• ■ - •' ' - 

El M0 gfer Congreso de- la Provincia Oriental. / 

r c - ■ 

El 4 de abril de 1813 se reunió el Congreso que debía resolver ese 
punto importantísimo. 

Era la primera vez que los pueblos orientales elegían un Congreso, 
aunque no era la primera vez que elegían autoridades. A raíz del levan- 
tamiento del primer sitio, en efecto, Artigas había sido aclamado Jefe de 
los Orientales por los hombres de armas, y por las poblaciones rurales que 
abandonaban sus hogares y se corrían al A/uí para no sufrir el yugo de 
los españoles ni los zarpazos de los portugueses. 

Artigas consideró, pues, que había terminado su mandato popular, y 
así lo dijo a los diputados del pueblo, en estos términos que nunca serán 
bastantemente elogiados, como que se anticipaban por decenas y decenas de 
años al lenguaje de los más grandes estadistas sudamericanos: 

«Mi autoridad emana de vosotros, y ella cesa por vuestra presencia 
soberana. Vosotros estáis en el pleno goce de vuestros derechos: ved ahí el 



128 


ANALES HISTÓRICOS PEL URUGUAY 


fruto de mis ansias y' desvelos, y ved ahí, también, todo el premio de mi 
afán.» 

Todos los estadistas americanos desconocían entonces y siguieron des- 
conociendo durante largo tiempo todavía la soberanía popular. .En el fondo 
de sus cerebros persistía el sedimento colonial del origen divino del gobierno, 
con la sola variante de que al monarca verdadero había sucedido un monarca 
sin corona, que podía, como el anterior, gobernar a su antojo y como patri- 
monio propio a los pueblos subyugados. Y lo que es en el escenario del Río 
de la Plata, especialmente, el monarca sin corona no sólo absorbía todos 
los derechos populares, sino que los contrariaba cruelmente, al buscar tes- 
tas coronadas en todas las cortes del mundo, sin solución de continuidad, 
desde la víspera de la Revolución, en que los ojos se dirigían a la princesa 
Carlota, hasta la catástrofe del año 1820, en que el Congreso de Tucumán 
derrumbado por Artigas, estudiaba una negociación secreta para la corona- 
ción del príncipe de Lúea y de una princesa del Brasil. 

Sigamos oy'endo a Artigas: 

«La Asamblea General, tantas veces anunciada, empezó ya sus fun- 
ciones en Buenos Aires. Su reconocimiento nos ha sido ordenado. Resolver 
sobre este particular ha dado motivo a esta congregación, porque yo ofen- 
dería altamente vuestro carácter y el mío, vulnerando enormemente vues- 
tros derechos sagrados, si pasase a resolver por mí una materia reservada 
sólo a vosotros.» 

Con estas admirables palabras dejaba explicado el aplazamiento pe- 
dido a Rondeau. Artigas había sido aclamado Jefe de los Orientales, y en 
ese carácter ejercía el mando sobre los hombres de armas y' sobre los vecin- 
darios rurales. Pero no era dueño de los orientales, ni podía disponer en 
ninguna forma de sus destinos. Y por eso los llamaba para trasmitirles la 
orden de proceder al reconocimiento de la Soberana Asamblea reunida en 
Buenos Aires. La contestación pertenecía al pueblo y no a su jefe. 

Entrando luego al fondo del asunto del día, decía: 

«Ciudadanos: Los pueblos deben ser libres... Por desgracia va a con- 
tar tres años nuestra revolución y aún. falta una salvaguardia general al 
derecho popular... Estamos aún bajo la fe de los hombres y no aparecen 
las seguridades del contrato ... Es muy veleidosa la probidad de los hom- 
bres; sólo el freno de la Constitución puede afirmarla.» 

Proclamaba así Artigas la absoluta necesidad de que el Río de la 
Plata se diera una Constitución. 

Hasta entonces sólo había regido la voluntad caprichosa de los manda- 
tarios, el despotismo de los gobernantes. Y era urgente salir de ese estado 
inorgánico y dictar una carta política que sirviera de freno a las autoridades 
y de salvaguardia a los pueblos. 

Mariano Moreno había proclamado en 1810, desde las columnas de 
«La Gaceta de Buenos Aires», ideas análogas. Extractamos de sus notas 
editoriales: 

«Algunos, transportados de alegría por ver la administración pública 
en manos de patriotas, que en el antiguo sistema habían vegetado en la 
oscuridad y abatimiento, cifran la felicidad general en la circunstancia de 
que los hijos del país obtengan los empleos de que eran antes excluidos ge- 
neralmente, y todos sus deseos quedan satisfechos cuando consideran que 
sus hijos optarán algún día las plazas de primer rango. El principio de estas 
ideas es laudable; pero ellas son muy mezquinas y' el estrecho círculo que 
las contiene podría ser alguna vez tan peligroso al bien público, como el 
mismo sistema de opresión a que se opone. El país no sería menos infeliz 
por ser hijos suyos los que lo gobernaran mal.» 

«Otros, agradecidos a las tareas y buenas intenciones del presente Go- 
bierno, .lo fijan por último término de sus esperanzas y deseos... Sin em- 
bargo, el pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien. El debe 



DURANTE EL SEGUNDO SITIO 


129 


aspirar a que nunca puedan obrar mal: que sus pasiones tengan un dique 
más firme que el de su propia voluntad; y que delineado el camino de sus 
operaciones por reglas que no esté eu sus manos trastornar, se derive la 
bondad del Gobierno, no de las personas que lo ejercen, sino de una Cons- 
titución firme que obligue a los sucesores a ser igualmente buenos que los 
primeros, sin que en ningún caso deje a éstos la libertad de hacerse malos 
impunemente.» 

«No tenemos una Constitución, y sin ella es quimérica la felicidad que 
se nos promete.» 

Por proclamar estas ideas, había tenido Mariano Moreno que abandonar 
el escenario de la Revolución de Mayo 3 r que marcharse a Europa, provisto 
de unas credenciales de agente diplomático con las que se procuraba dis- 
frazar el decreto de proscripción lanzado por todos los demás próceres re- 
sueltos a reivindicar para ellos la herencia de facultades omnipotentes de 
los Reyes de España y' de sus tenientes los virreyes. 

Murió el ilustre secretario de la Junta de Mayo en la mitad del camino, 
y hubo que arrojar su cadáver al Océano. 

«Tanta agua era necesaria para apagar tanto fuego», exclamó su ri- 
val triunfante, don Cornelio Saavedra, al proseguir en el plan de organiza- 
ción de una dictadura sin limites a favor de la capital del antiguo Virreinato. 

El Jefe de los Orientales daba, pues, el brazo a Mariano Moreno al le- 
vantar ía bandera de las instituciones en el Congreso de abril, como habría 
de darlo de nuevo al fundar la Biblioteca de Montevideo, reanudando otro 
gesto del numen de la Revolución de Mayo. 

Concluy'e su discurso Artigas: 

«Examinad si debéis reconocer la Asamblea por obedecimiento o por 
pacto. No hay un solo motivo de conveniencia para el primer caso, ri”e no 
sea contrastable en el segundo, y al fin reportaréis la ventaja de haberlo 
conciliado todo con vuestra libertad inviolable. Esto ni por asomo se acerca 
a una separación nacional: garantir las consecuencias del reconocimiento, 
no es negar el reconocimiento.» 

Hermosas conclusiones, como se ve. 

Para la Asamblea General Constituyente, para el Gobierno de las Pro- 
vincias Unidas y para Rondeau, la Provincia Oriental debía jurar obediencia 
lisa y llana. Los pueblos no tenían ‘derechos, y en consecuencia estaban obli- 
gados a seguir a remolque de los nuevos amos que les había dado la Re- 
volución de Mayo. 

Para Artigas, en cambio, el reconocimiento debía prestarse con condi- 
ciones que garantizaran las libertades de la Provincia. El quería ardiente- 
mente mantenerse en el seno de las Provincias Unidas. Jamás le ha.Ma. espi- 
tado la idea de independizar a la Banda Oriental. Pero ¡la Banda Oriental 
debía conservar su autonomía y no ser tratada como una colonia de esclavos! 

Las condiciones que impone la Provincia Oriental. 

Y el Congreso Provincial a quien así hablaba, fué también de su opi- 
nión. Un día después, es decir, el 5 de abril, volvían los diputados orientales 
a celebrar sesión y resolvían reconocer a la Asamblea Constituyente con- 
gregada en Buenos Aires, sobre la base de ciertas condiciones encaminadas 
a garantizar la libertad y los derechos de la Provincia. 

Entre esas condiciones figuraban tres de índole institucional y per- 
manente y cinco de carácter transitorio. 

Decían las primeras: 

«Será reconocida y garantida la confederación ofensiva y defensiva de 
esta Banda con el resto de las Provincias Unidas, renunciando cualquiera 
de ellas la subyugación a que se ha dado lugar por la conducta del ante- 
rior Gobierno. 





1 30 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


«En consecuencia de dicha confederación, se dejará a esta Banda la 
plena libertad que ha adquirido como provincia compuesta de pueblos li- 
bres; pero queda desde ahora sujeta a la Constitución que emane y resulte 
del Soberano Congreso General de la Nación y a sus disposiciones consi- 
guientes teniendo por base la libertad. 

«En virtud de que en la Banda Oriental existen cinco cabildos en vein- 
titrés pueblos, se ha acordado deben reunirse cinco diputados en la Asam- 
blea Constituyente, cuyo nombramiento, según espontánea elección de los 
pueblos, recayó en los ciudadanos don Dámaso Larrañaga y don Marcos 
Vidal por la ciudad de Montevideo; don Dámaso Gómez de Fonseca por Mal- 
donado y su jurisicción; don Felipe Cardozo por Canelones y su jurisdic- 
ción; don Marcos Salcedo por San Juan Bautista y San José; doctor Fran- 
cisco Bruno de Rivarola por Santo Domingo de Soriano y su jurisdicción.» 

Prescribían las segundas: 

Que Artigas y sus tropas habían garantido la seguridad de la Patria 
y eran los verdaderos defensores del sistema de libertad proclamado eu 
América; que no se procedería a un nuevo levantamiento del sitio de Mon- 
tevideo, ni se disminuirían los auxilios que reclamaba la toma de la plaza 
ni se removería a Rondeau del cargo de jefe del ejército auxiliador; y fi- 
nalmente, que se devolvería el armamento del regimiento de blandengues, 
llevado por Sarratea. 

Hállase firmada el acta de la sesión en que se adoptaron estas decisio- 
nes por los siguientes diputados: León* Pérez, Juan José Durán, Pedro Fabián 
Pérez, Ramón de Cáceres, Felipe Pérez, Francisco Antonio Bustamante, Pe- 
dro Vidal, Manuel del Valle, José Antonio Ramírez, Manuel Martínez de Haedo, 
Francisco Sierra y Antonio Díaz, este último como secretario. 

Adoptaba, pues el Congreso Provincial el gobierno federativo para la 
organización definitiva del Río de la Plata; reservaba a la Banda Oriental 
todas las libertades locales; establecía que ninguna provincia podría sub- 
yugar a las otras, como medio de desmontar a Buenos Aires de su dictadura; 
exigía una constitución política, que pusiera freno a la arbitrariedad de los 
gobernantes; y enviaba cinco diputados al Congreso Constituyente para sos- 
tener el derecho y las ideas de los pueblos orientales. 

Pliego de instrucciones a los diputados orientales. 

Una semana después, prontos y'a los cinco diputados para embarcarse 
con destino a Buenos Aires, Artigas entregó a cada uno de ellos el famoso 
pliego de instrucciones oue subsigue: 

«Primeramente pedirá la declaración de lá independencia absoluta de 
estas colonias; que ellas están absueltas de toda obligación de fidelidad 
a la corona de Esnaña y familia de los Borbones; y que toda conexión po- 
lítica entre ella y el Estado de la España, es y debe ser totalmente disuelta. 

«2.° No admitirá otro sistema que el de confederación para el pacto 
recíproco de las provincias que formen nuestro Estado. 

«3.° Promoverá la libertad civil y religiosa en toda su extensión imagi- 
nable. 

«4.° Como el objeto y fin del gobierno debe ser conservar la igualdad, 
libertad y seguridad de los ciudadanos y de los pueblos, cada provincia for- 
mará su gobierno bajo esas bases, además del Gobierno supremo de la 
Nación. 

«5.° Así éste como aquél, se dividirán en Poder Legislativo, Ejecutivo y 
Judicial. 

«6.° Estos tres resortes jamás podrán estar unidos entre sí, y serán in- 
dependientes en sus facultades. 

«7.° El Gobierno supremo entenderá, solamente en los negocios genera- 
les del Estado. El resto es peculiar al gobierno de cada provincia. 



DURANTE EL SEGUNDO SITIO 131 

«8.° El territorio que ocupan estos pueblos desde la costa oriental del 
Uruguay hasta la fortaleza de Santa Teresa, forma una sola provincia, de- 
nominándose: la Provincia Oriental. 

«9.® Que los siete pueblos de Misiones, los de Batoví, Santa Tecla, San 
Rafael y Tacuarembó, que hoy ocupan injustamente los portugueses y a su 
tiempo deben reclamarse, serán en todo tiempo territorio de esta Provincia. 

«10. Que esta Provincia por la presente entra separadamente en una 
firme liga de amistad con cada una de las otras para su defensa común, 
seguridad de su libertad y' para su mutua y general felicidad, obligándose a 
asistir a cada una de las otras contra toda violencia o ataques hechos sobre 
ellas o sobre alguna de ellas, por motivo de religión, soberanía, tráfico o 
algún otro pretexto cualquiera que sea. 

«11. Que esta Provincia retiene su soberanía, libertad e independencia, 
todo poder, jurisdicción y derecho que no es delegado expresamente por la 
confederación a las Provincias Unidas juntas en Congreso. 

«12. Que el puerto de Maldonado sea libre para todos los buques que con- 
curran a la introducción de efectos y exportación de frutos, poniéndose la 
correspondiente aduana en aquel pueblo; pidiendo al efecto se oficie al 
comandante de las fuerzas de Su Majestad Británica sobre la apertura de 
aquel puerto para que proteja la navegación o comercio ,de su Nación. 

«13. Que el puerto de la Colonia sea igualmente habilitado en los tér- 
minos prescriptos en el artículo anterior. 

«14. Que ninguna tasa o derecho se imponga sobre artículos exportados 
de una provincia a otra; ni que ninguna preferencia se dé por cualquiera 
regulación de comercio o renta a los puertos de una provincia sobre los de 
otra; ni los barcos destinados de esta Provincia a otra, serán obligados a 
entrar, anclar, o pagar derechos en otra. 

• «15. No permita se haga ley para esta Provincia sobre bienes de ex- 
tranjeros que mueren intestados, sobre multas y confiscaciones que se apli- 
caban antes al Rey', y sobr^ territorios de éste, mientras ella no forme su 
reglamento y determine a qué fondos deben aplicarse, como única al derecho 
de hacerlo en la economía de su jurisdicción. 

«16. Que esta Provincia tendrá su constitución territorial: y que ella 
tiene el derecho de sancionar la general de las Provincias Unidas que forme 
la Asamblea Constituyente. 

«17. Que esta Provincia tiene derecho para levantar los regimientos que 
necesite, nombrar los oficiales de compañía, reglar la milicia de ella para la 
seguridad de su libertad, por lo que no podrá violarse el derecho de los 
pueblos para guardar y tener armas. 

«18. El despotismo militar será precisamente aniquilado con trabas cons- 
titucionales que aseguren inviolable la soberanía de los pueblos. 

«19. Que precisa e indispensablemente sea fuera de Buenos Aires donde 
resida el sitio del Gobierno de las Provincias Unidas. 

«20. La Constitución garantirá a las Provincias Unidas una forma de 
gobierno republicana y - que asegure a cada una de ellas de las violencias do- 
mésticas, usurpación de sus derechos, libertad y seguridad de su soberanía, 
que con la fuerza armada intente alguna de ellas sofocar los principios pro- 
clamados. Y asimismo prestará toda su atención, honor, fidelidad y i eligió - 
sidad a todo cuanto crea o juzgue necesario para preservar a esta Provin- 
cia las ventajas de la libertad y mantener un gobierno libre, de piedad, jus- 
ticia, moderación e industria. 

«Delante de Montevideo, 13 de abril de 1813. Es copia, Artigas.» 
l'n segundo Congreso oriental organiza el régimen interno de la Provincia. 

El Congreso provincial reunido el 4 de abril se ocupó de la organiza- 
ción institucional de las Provincias Unidas del Río de la Plata y del régimen 



132 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


político y’ económico a que cada una de ellas debía estar sujeta con relación 
a las demás. 

Un segundo Congreso provincial reunido el 20 del mismo mes de 
abril, organizó la autoridad municipal encargada del mantenimiento del 
oraen interno. 

Extractamos del acta de la sesión de ese día:' 

«Expuso el ciudadano don José Artigas los desórdenes, abusos y ex- 
cesos que en la campaña se notaban, y que él no podía combatir, por la ne- 
cesidad de mantenerse en la línea sitiadora.» 

«Lo cual oído atentamente por la multitud de ciudadanos que estaban re- 
unidos por sí y en representación de la Provincia, después de una reflexiva y 
bien meditada conferencia, acordaron por el mayor número de votos que 
convenía a la Provincia Oriental y que era su voluntad irrefragable el que 
se estableciera un cuerpo municipal que entendiese en la administración 
de justicia y demás negocios de la economía interior del país, sin perjuicio de 
las ulteriores providencias que para este mismo propósito emanen de la 
Asamblea Soberana del Estado, con acuerdo de los respectivos diputados de 
esta Provincia.» 

«Y en consecuencia, convino toda la asamblea en hacer las elecciones de 
miembros que han de formar dicho cuerpo municipal en los términos si- 
guientes: el ciudadano José Artigas, Gobernador militar y sin ejemplar 

Plásmente del cuerpo municipal; los ciudadanos Tomás García de Zúñiga y 
León Perez, Jueces generales; el ciudadano Santiago Sierra, Depositario de 
los fondos públicos de esta Provincia; el ciudadano Juan José Durán, Juez 
de economía; el ciudadano doctor José Revuelta, Juez de vigilancia y asesor 
en los casos que esté impedido el propietario; los ciudadanos Juan Méndez 
y Francisco Pía, Protectores de pobres; el ciudadano doctor Bruno Méndez, 
Expositor general de la Provincia y Asesor del cuerpo municipal; el ciudadano 
Miguel Bárreiro, secretario del Gobierno, y el ciudadano José Gallegos, Escri- 
bano público de dicha corporación.» 

El doctor Bruno Méndez, vicepresidente de la Junta, se dirigió en se- 
guida a la Asamblea Constituyante reunida en Buenos Aires para anunciarle 
su instalación, expresarle sus buenos deseos a favor de la unión con las 
demás provincias, y pedirle un refuerzo de auxilios militares para triunfar 
de los españoles encerrados en Montevideo. 

Una tentativa de conciliación que fracasa. 

En el intervalo que media entre los dos congresos provinciales, Rondeau 
comunicó a Artigas que había recibido instrucciones para oir y resolver las 
solicitudes del pueblo oriental. 

Su oficio era muy expresivo, como que todavía no habían trascendido 
las condiciones del reconocimiento del Soberano Congreso. Helo aquí: 

«Después de las fatigas y agitaciones de espíritu que tanto tiempo ha 
sufrido V. S. con generosa constancia, por precaverse de que algún nuevo 
género de política mezquina o ambiciosa intentase ofuscar desde los prime- 
ros días de nuestra libertad naciente la dignidad del pueblo oriental, que 
en parte milita bajo su esclarecida conducta, yo tengo la singular satisfacción 
de poder informar a V. S. que el Supremo Gobierno Ejecutivo, adoptando de 
buena fe los medios más liberales y eficaces para remover del concepto 
de V. S. cualquier duda o incertidumbre en aquel respecto, me autoriza e 
instruye suficientemente por sus últimas comunicaciones del 6 del corriente, 
para oir y tratar con V. S. en el asunto de sus solicitudes y las del pueblo 
oriental.» 

Contestó Artigas en el acto que nada era tan lisonjero, tan satisfacto- 
rio y tan glorioso para él como esa comunicación; y tras una ligera refe- 
rencia a agravios pasados, concluía así: 



DURANTE EL SEGUNDO SITIO 


133 


«Por fortuna llegó el período de la organización del Estado y él hará 
brillar su Constitución.» 

«Mientras ella no existe, esta provincia cree precisar sus primeros pasos, 
y en consecuencia yo tengo la honra de incluir a V. S. los adjuntos pape- 
les que hacen el objeto de sus miras y son el tratado que vamos a con- 
cluir V. S. y yo.» ; i 

Iba entre los papeles el acta de la sesión del Congreso, relativa al re- 
conocimiento de la Soberana Asamblea Constituyente. 

Y apenas conocido su texto quedaron interrumpidas las negociaciones 
y se reanudó la lucha contra Artigas, o más bien dicho, contra los principios 
que Artigas proclamaba desde su alto sitial de Jefe de los Orientales. 

El plan político de Artigas. 

Las decisiones de los dos congresos provinciales de abril de 1813, y las 
instrucciones complementarias dadas a los diputados que debían incorporarse 
a la asamblea argentina, constituyen el punto de arranque y a la vez la 
fórmula definitiva de la organización institucional del Río de la Plata y 
de una manera general de toda la América del Sur. 

Nada hay' en la historia de la Revolución que se aproxime siquiera al 
valor político de esas decisiones y de esas Instrucciones, por la admirable 
visión del porvenir que revelan y por el vigor de orientación de que invaria- 
blemente estuvieron acompañabas en todas las alternativas de una larga y por- 
fiada lucha. 

Han transcurrido ya cien años desde entonces, y' todavía el programa 
trazado por Artigas frente a las murallas de Montevideo continúa exteriori- 
zando el ideal de estos países del Plata, la aspiración incesante de los que 
están en la llanura y el freno de los que están en las alturas, de tal manera y 
con tal exactitud que cada acto de progreso político resulta siempre una 
feliz aplicación de aquel programa y cada salto atávico o cada acto atentato- 
rio de las autoridades, una simple violación de sus famosos postulados. 

i*" 

La independencia de España. 

Ante todo, la independencia absoluta de España. 

Todavía seguía la Revolución gobernando a nombre de Fernando VII, 
sin perjuicio de cañonear a los soldados de Fernando VII que defendían los 
muros de Montevideo o que avanzaban por el lado de Tucumán. Todavía se 
censuraba a Belgrano porque alzaba la bandera celeste y' blanca, en vez de 
alzar la bandera española, que era la bandera del Gobierno de las Provincias 
Unidas. 

No podía ser más sana la exigencia. El Río de la Plata había roto sus 
amarras con el dominio español y era necesario y correcto, en consecuencia, 
enterrar de una vez para siempre los proyectos de restauración borbónica en 
que antes habían pensado los próceres de Mayo y en que todavía seguían 
pensando muchos de ellos cuando Artigas formulaba la primera base de su 
pliego de instrucciones. 

La idea federal es de Artigas. 

Hay que recordar que cuando Artigas proclamaba el gobierno repu- 
blicano, todo el Río de la Plata vivía y' pensaba en pleno régimen monár- 
quico. Ni uno solo de los prohombres de Buenos Aires era republicano. Por 
convicción, por hábito, o por circunstancias del momento, todos ellos traba- 
jaban en silencio o públicamente por la implantación de una monarquía, 
única forma de gobierno que encontraba ambiente entre las clases ilustradas 
de la época. 

Dando forma a su idea favorita, exigía Artigas el establecimiento del 



ANALES HISTÓRICOS 1)EL URUGUAY 


m 


régimen federal sobre la doble base de un gobierno nacional que atendería 
los intereses de toda la Nación y de gobiernos provinciales que garantizarían 
la igualdad, la libertad y la integridad de los ciudadanos y de los pueblos 
de su jurisdicción; y exigía, a la vez, como medio de asegurar el equilibrio 
de las autoridades, que tanto el Gobierno de la Nación como el Gobierno de 
las provincias fueran ejercidos por intermedio de tres Poderes, el Poder Legis- 
lativo, el Poder Ejecutivo y el Poder Judicial, que jamás podrían refundirse 
y que serían independientes en el ejercicio de sus respectivas facultades. 

Se trata también en este caso de un pensamiento original de Artigas, y 
de un pensamiento tan grande, que se han realizado y se continúan realizando 
esfuerzos de todo género para arrancarlo de su haber histórico y adjudicárselo 
a otros. 

Para unos, la iniciativa emana del dictador Francia; para otros, es el 
resultado de. viejas tendencias españolas; para los más, es gloria exclusiva 
de Mariano Moreno, a quien se ha llamado «apóstol del federalismo». 

El dictador del Paraguay empleó la palabra «federación» en uno de sus 
oficios. Pero la palabra aislada, sin una explicación, sin un complemento 
cualquiera que mostrara el. alcance que atribuía a ese vocablo. 

El individualismo español, exteriorizado en la institución de los cabil- 
dos, en la autonomía de las ciudades, coexistió durante trescientos años con 
un centralismo absorbente que el. Gobierno de mayo recibió y conservó in- 
tacto, hasta que Artigas lanzó, difundió e hizo ¿triunfar la idea federal. 

En cuanto a Mariano Moreno, ni la más remota noción tuvo jamás del fe- 
deralismo que hoy existe en la República Argentina. 

Mariano Moreno consagró algunas páginas de «La Gaceta de Buenos Ai- 
res» al federalismo, pero no de las Provincias Unidas del Río de la Plata, 
sino de todas las naciones de la América española; y entonces, para fulmi- 
narlo en estos términos; 

«Es una quimera pretender que todas las Américas españolas formen un 
solo Estado. ¿Cómo podríamos entendernos con las Filipinas, de quienes 
apenas tenemos otras noticias que las que nos comunica una carta geográ- 
fica? 

«Pueden, pues, las Provincias obrar por sí solas su Constitución y arre- 
glo, deben hacerlo, porque la Naturaleza misma les ha prefijado esta con- 
ducta en las producciones y límites de sus respectivos territorios. 

«Yo desearía que las Provincias, reduciéndose a los límites que hasta 
ahora han tenido, formasen separadamente la Constitución conveniente a la 
felicidad de cada una, que llevasen siempre presente la justa máxima de au- 
xiliarse y' socorrerse mutuamente; y que reservando para otro tiempo todo 
sistema federaticio, que en las presentes circunstancias es inveriíicable y po- 
dría ser perjudicial, tratasen solamente de una alianza estrecha que sostuviese 
la fraternidad que debe reinar siempre y que únicamente pueden salvarnos 
de las pasiones interiores, que son enemigo más terrible para un Estado que 
intenta constituirse, que los ejércitos de las potencias extranjeras que se le 
opongan.» 

En este estudio de «La Gaceta de Buenos Aires», habla Mariano Moreno 
de la América del Norte, pero no de la población civilizada, sino de las tri- 
bus salvajes de toda la América del Norte, y de un Consejo General de Ca- 
ciques en que se acordaba la guerra o la paz. En cuanto a los Estados Uni- 
dos y a su famosa Constitución federal, ni una sola palabra les dedica. 

Años más tarde, el doctor Manuel Moreno, desterrado por el Gobierno de 
Puey'rredón, tuvo oportunidad de conocer y estudiar en los Estados Unidos 
el régimen federal; y, al editar los escritos de su hermano, injertó un pá- 
rrafo de su cosecha que concluía con estas palabras: 

«Puede, pues, haber confederación de naciones como las de Alemania, 
y' puede haber federación de sola una Nación compuesta de varios Estados 
soberanos, como la de los Estados Unidos.» 



DURANTE EL SEGUNDO SITIO 


135 


El Ateneo de Buenos Aires, que reprodujo en su Biblioteca los escritos 
de Mariano Moreno, advierte en una nota que el párrafo de que nos ocupa- 
mos no figura en el editorial de «La Gaceta», aún cuando el doctor Manuel 
Moreno lo publica como parte integrante de ese editorial. 

¿De dónde sacó Artigas la idea inspiradora de sus instrucciones sobre el 
régimen federal? 

Ciertamente que de su entusiasmo ardoroso por los Estados Unidos, en- 
tusiasmo que no decayó en los años subsiguientes, como lo demuestra este 
acuse de recibo de una obra histórica que le envió de regalo el Cabildo de 
Montevideo: 

«Espero igualmente los dos tomos que V. S. me oferta referentes al des- 
cubrimiento de Norteamérica, su revolución, sus varios contrastes y sus pro- 
gresos hasta el año 1807.» 

«Yo celebraría que esa historia tan interesante la tuviera cada uno de los 
orientales.» 

Artigas tenía, además, a su lado, formando parte de su consejo, hom- 
bres de mucha inteligencia, de vasta ilustración y de notables aptitudes para 
el estudio, como Pérez Castellano, Larrañaga, Barreiro y Monterroso, a 
quienes podía entregar una idea en la seguridad de que sabrían desarrollarla 
como el más encumbrado de sus contemporáneos. 

El redactó con toda seguridad las Instrucciones que llevan su firma, 
como redactaba toda su correspondencia y todas sus resoluciones oficiales, 
según el testimonio irrefragable de Robertson. 

Pero aún cuando la forma no le perteneciera, el pensamiento era suyo, 
personalmente suyo, y esto es lo esencial. 

La conducta de Artigas desde el día en que llegó a Buenos Aires para 
incorporarse al movimiento de mayo, hasta el día en que llegó a la Asunción 
para no volver a actuar más en el Río de la Plata, es de firme y tenaz aca- 
tamiento a la idea federal, que él no abandonó ni traicionó jamás, y que 
impuso y' prestigió para siempre con el ejemplo de su formidable apostolado. 

La organización política que hoy tiene la República Argentina, es obra 
de la iniciativa y de la propaganda de Artigas, y es también la glorificación más 
grande del Jefe de los Orientales. 

Las autonomías provinciales. 

Proclamadas así las tres bases cardinales de la organización institucional 
del Río de la Plata: absoluta independencia de España; adopción del go- 
bierno republicano; y establecimiento del régimen federal, con la misma or- 
ganización de poderes que existía en los Estados Unidos, había que preocu- 
parse de garantizar la libertad de las provincias y’ 1¿ libertad de los ciudadanos. 

Y Artigas aborda la tarea con la misma elevación de criterio. Tenía 
por delante el cuadro de las desgracias de las Provincias Unidas, especial- 
mente de la Provincia Oriental, por obra de la prepotencia de Buenos Aires, 
o más bien dicho de la oligarquía militar y política que se había apoderado de 
todos los resortes de la administración pública; y procuraba evitar su repe- 
tición. ¿En qué forma? 

Garantizando la libertad civil y religiosa en toda su extensión imagina- 
ble: acordando a las provincias toda la parte de soberanía no delegada expre- 
samente al Congreso, el derecho de tener armas, el derecho de organizar 
su propia fuerza militar, el derecho de dictar su Constitución provisional y de 
concurrir a la sanción de la Constitución nacional; exigiendo trabas eficaces 
contra el despotismo militar. 

Y como coronamiento de estos postulados, que eran entonces indiscutibles 
y siguen siéndolo todavía a los cien años, exigía Artigas que la capital de las 
Provincias Unidas del Río de la Plata tuviera su asiento f '’*a ^ Frenos 
Aires, 



136 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Durante toda la evolución colonial, Buenos Aires había herido intensa 
y reiteradamente a Montevideo, y durante la Revolución había también des- 
conocido sus derechos y sacrificado sus intereses. En Buenos Aires residía, 
además, la oligarquía que se atribuía el gobierno de todas las demás provincias. 

Tanto, pues, por razones históricas, como por razones políticas, era ur- 
gente transportar la capital a otro lado, y así debían exigirlo los diputados 
orientales, como medio de garantizar la libertad de las provincias y* de ase- 
gurar la estabilidad de la paz. 

Reconquista de las Misiones. 

Tenía cnie pensar también Artigas en el ensanche del territorio de la 
Provincia Oriental. Por efecto de la inconcebible incuria de las autoridades 
españolas que habían tenido asiento en Buenos Aires, todo el vasto territo- 
rio del Atlántico, que histórica y geográficamente pertenecía a Montevideo, 
estaba en manos de los portugueses. 

Artigas no lo olvidaba. Pero limitándose a las usurpaciones contempo- 
ráneas a la época en que él había actuado como oficial de blandengues o 
como subalterno de Azara, exigía la reintegración de las superficies en que 
estaban diseminados los pueblos de Misiones, Batoví, Santa Tecla y San 
Rafael, con el patriótico propósito de restaurar algunos de los marcos de la 
Provincia Oriental. 

El fomento económico. 

Para asegurar el desenvolvimiento industrial y comercial de la Provincia 
Oriental, exigía finalmente Artigas la plena habilitación comercial de los 
puertos de Maldonado y de la Colonia y‘ la proscripción de toda tasa o % dere- 
cho sobre los artículos que exportase una provincia con destino al consumo 
de otra. 

La habilitación de Maldonado había figurado entre los primeros decre- 
tos de la Junta Gubernativa de Mayo, y esa medida, como las demás de su 
índole que registran las Instrucciones, tiene el invariable sello de absoluta 
permanencia que caracteriza el programa de Artigas. 

Organización interna de las Provincias. 

En cuanto al segundo Congreso provincial del mes de abril, sus conclu- 
siones concuerdan con las del primero y ponen de relieve la absoluta fijeza 
de la orientación artiguista. 

Había que organizar el régimen interno de la Provincia, mientras no se 
dictase la Constitución nacional por la Asamblea reunida en Buenos Aires. 
Y Artigas en vez de proceder por sí y’ ante sí, convoca un Congreso que 
crea el puesto de Gobernador militar y organiza un cuerpo municipal para 
el mantenimiento del orden interno, eligiendo simultáneamente las personas 
que debían ocupar los empleos creados. Todo se articula y se correlaciona 
armónicamente en el admirable plan institucional de Artigas. 

Al año siguiente, el Supremo Director don Gervasio Antonio de Posadas, 
disponía, en cambio, como de un feudo, de la Provincia Oriental. Léase su 
decreto de 7 de marzo de 1814: 

«Considerando ciue el territorio de la Banda Oriental por su extensión, 
fertilidad, situación topográfica y crecida población, debe formar por sí solo 
una parte constituyente del Estado... He venido en declarar, como declaro 
por el presente decreto, que todos los pueblos de nuestro territorio con sus 
respectivas jurisdicciones que se hallan en la Banda Oriental del Uruguay* 
y oriental y septentrional del Río de la Plata, formen desde hoy en ade- 



DURANTE EL SEGUNDO SITIO 


137 


lante una de las Provincias Unidas, con la denominación de Oriental del 
Río de la Plata, que será regida por un Gobernador Intendente, con las fa- 
cultades acordadas a los jefes de esta clase.» 

Actitud que asume el Gobierno de Buenos Aires. 

Los dos congresos orientales del mes de abril respondían, pues, al mis- 
mo movimiento patriótico de autonomía local y de unión sincera de las pro- 
vincias sobre la base de una constitución federal calcada en la de los Esta- 
dos Unidos de Norteamérica. 

Artigas no quería absolutamente la segregación de la Provincia Oriental, 
pero tampoco quería el mantenimiento de la dictadura de Buenos Aires. Su 
punto de mira era la sanción de úna carta orgánica nacional y' de cartas 
orgánicas provinciales, que hicieran imposible el despotismo interno e im- 
pidieran que la capital continuara subyugando a todos los demás pueblos de 
la unión. 

Pero dentro de ese programa no tenía cabida la oligarquía que se había 
apoderado del Gobierno de las Provincias Unidas. Y, en consecuencia, ella 
resolvió asumir actitudes radicales contra el portaestandarte de la Constitu- 
ción federal. 

El plan de campaña de la oligarquía puede descomponerse así: 

Desconocimiento del Congreso del 5 de abril, mediante el rechazo liso 
y llano de los cinco diputados elegidos para llevar la representación de la 
Provincia Oriental en la Asamblea Constituyente; 

Desconocimiento del Congreso del 20 de abril; 

Alzamiento del sitio de Montevideo y ruptura de hostilidades contra 
Artigas. 

JE1 rechazo de los diputados orientales. 

La crónica oficial de la Asamblea Constituyente, explica así el rechazo 
de los diplomas orientales en las sesiones de junio de 1813: 

«Habiendo ocurrido en una de las sesiones anteriores, mediante un oficio 
dirigido al secretario de la Asamblea, los diputados que se dicen electos por 
la Banda Oriental, acompañando como única credencial las cartas de aviso que 
Jes comunicaban algunos individuos de aquellos pueblos, se acordó no ha- 
cer lugar a su incorporación hasta que viniesen en forma bastante sus respec- 
tivos poderes.» 

«A consecuencia de este decreto, se han dirigido hoy al secretario, re- 
clamando los papeles presentados e insistiendo en la legalidad de sus poderes.» 

«El secretario ha puesto a consideración de la Asamblea este incidente, 
y él ha precisado aún de nueva discusión sobre el particular, repitiéndose 
la lectura de las mencionadas cartas.» 

«En seguida los ciudadanos Vidal, Gómez, Valle, Monteagudo y otros, 
por el orden que pidieron la palabra, demostraron que los pretendidos pode- 
res eran nulos por incontestables principios. Por una parte resultaba la elec- 
ción hecha por compromiso de los pueblos en una sola persona, habiéndose 
nombrado cinco compromisarios para elegir los cinco diputados ocurrentes, 
y sin que haya constancia de las cartas en. que sancionó el compromiso, pres- 
cindiendo de si en el caso es legítimo y conforme a la convocatoria del 24 
de octubre la elección hecha por compromiso. A más de que los referidos 
avisos sólo vienen firmados por un individuo cuyo carácter se ignora, a 
excepción del ciudadano Artigas que suscribe la carta dirigida al ciudadano 
Larrañaga.» 

«Estas justas consideraciones fueron amplificadas en el debate y des- 
pués de concluido recayó el siguiente decreto: 

«La Asamblea General ordena que se devuelvan por el secretario en co- 



13S 


A.NALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


pia certificada los documentos que han presentado para incorporarse los 
cinco diputados que como electos por la Banda Oriental los han exhibido, 
por no hallarse bastantes al indicado efecto, quedando por ahora en la secre- 
taría los originales.» 

Tal es lo que establece el acta oficial de la sesión, firmada por don Vi- 
cente López como presidente y por don Hipólito Vieytes como secretario. 

El reglamento de 24 de octubre de 1812 a que hace referencia el acta, 
establecía que los vecinos de cada cuartel o distrito nombrarían un elector, 
y esos electores en consorcio con el Cabildo elegirían el diputado de la ciudad, 
pudiendo «todo ciudadano, al extenderse los poderes e instrucciones de los 
diputados, indicar a los electores lo que creyera conveniente al interés gene- 
ral y al bien y felicidad común». 

Los diputados eran, pues, rechazados por supuestos defectos de forma en 
sus poderes o diplomas. Y defectos de forma imposibles de subsanar, porque 
ya estaba resuelto, efectivamente, el Gobierno de Buenos Aires a ejercer una 
formidable presión militar sobre los orientales, como lo veremos más ade- 
lante, al ocuparnos del tercer Congreso Provincial reunido en diciembre de 
1813 bajo el sable de Rondeau. 

Conviene advertir, desde luego, que en materia de vicios electorales 
podía la oligarquía gobernante aplicar a todos los comicios en que le tocó 
actuar, la siguiente confesión de don Gervasio Antonio de Posadas, uno de 
sus ilustres componentes y jefe clel Gobierno durante estas luchas contra Ar- 
tigas: 

«Mi elección para supremo Director del Estado (enero de 1814), se 
hizo lo mismo que se han hecho, con más o menos estrépito, con puebladas o 
sin ellas, todas las elecciones de gobernantes desde el mes de mayo de 1810 
hasta la fecha en que escribo (1829) y lo mismo que se han practicado to- 
das las elecciones de diputados así en las ciudades como en los partidos de 
campaña, es decir, se ha hecho revolucionariamente.» 

¿Pero existían realmente vicios en los diplomas de los diputados orien- 
tales? 

Véase lo que dos de esos diputados, don Dámaso Larrañaga y' e* doctor 
Mateo Vidal escribían a Artigas desde Buenos Aires, al adjuntarle la cró- 
nica oficial de la sesión que había publicado «El Redactor de la Asam- 
blea»: 

«Por su simple lectura comprenderá V. S. que se procura persuadir y 
se toma por fundamento de nuestra no admisión por ahora, el haber presen- 
tado los diputados electos por la Banda Oriental como única credencial las 
cartas de aviso que les comunicaban algunos individuos de aquellos pueblos.» 

«V. S. juzgará de todo el fondo y veracidad de esta aserción, luego que 
sepa que los documentos presentados por los apoderados reclamantes, no 
sólo fueron los oficios de los respectivos pueblos que representaban rubri- 
cados por las justicias y testigos, en los que no sólo les noticiaban el acor- 
dado nombramiento, sino que en él se lo ratificaban y aún exponían sir- 
viesen aquellos documentos por suficientes poderes para con ellos presentar- 
se y 1 obtener la correspondiente incorporación en la Soberana Asamblea, sino 
que aún agregamos, principalmente los dos que abajo suscribimos, el acta 
de 5 de abril por la que consta de un modo indudable nuestro nombramiento.» 

«Si, pues, «El Redactor» hace mérito en su exposición de la carta de 
aviso dirigida al ciudadano Larrañaga, que si no producía efecto favorable 
ni menos deparaba el menor daño y fué acompañada a los papeles presenta- 
dos por un involuntario accidente, nosotros ignoramos en qué funde el tan 
decidido estudio que se manifiesta de no hacer referencia de la expresada 
acta, siendo así que era el documento principal en que afianzábamos nues- 
tras solicitudes.» 



DURANTE EL SEGUNDO SITIO 


139 


Artigas' busca, una fórmula de conciliación. 

Es concluyente, como se ve, la argumentación de Larrañaga y del doctor 
Vidal. Todo estaba en forma. Pero entre los papeles marchó confundida una 
carta innocua que nada tenía que ver con los diplomas. Y la Asamblea 
Constituyente, deiando de lado los documentos de importancia, exactamente 
como si no se hubieran presentado, ¡toma pie en esa carta innocua para de- 
cir que ella no constituye un diploma electoral! 

Lo que había en realidad es que los diputados orientales eran cinco 
hombres de pensamiento que llevaban a la Asamblea Constituyente el pliego 
de instrucciones en que se proclamaba la independencia absoluta de España, 
el gobierno renublicano. la confederación de las provincias sobre la base de 
una Constitución nacional y constituciones provinciales, la autonomía lo- 
cal. el establecimiento de la caoital fuera de Buenos Aires: proposiciones 
todas ellas que chocaban contra las ideas de la oligarquía imperante, y que, 
sin embargo, podrían abrirse camino y acaso triunfar en un gran debate 
público como el que eran capaces de afrontar Larrañaga y’ sus compañeros. 

Podía la oligarquía imperante desarrollar en silencio sus planes y 
hasta disfrazarlos en los documentos destinados a la publicidad. ¿Pero cómo 
sostener desde la más alta tribuna del país, que era necesario seguir go- 
bernando a nombre de Fernando VII; oue había que traer un Rey al Río 
de la Plata: que el gobierno era el patrimonio de un pequeño grupo de 
personas; que las provincias no tenían derechos de ninguna especie; que 
no había para qué sancionar una Constitución? ¿Habrían, acaso, tolerado 
los pueblos esos discursos, aún suponiendo que algunos oradores se hubieran 
arriesgado a pronunciarlos? 

Tal era la situación que creaba en Buenos Aires la llegada de los di- 
putados orientales, y de esa situación gravísima sólo podía salir la soberana 
Asamblea, cerrando las puertas, como las cerró, a todos los que no pensaran 
como ella, a todos los que no estuvieran dispuestos a aceptar el yugo de la 
oligarquía gobernante. 

Para Artigas el golpe era formidable. 

Había creído llegado el momento de sustituir el imperio de las insti- 
tuciones al imperio de los hombres; la libertad, al despotismo; la autonomía 
vivificante de las localidades, al centralismo matador de Buenos Aires; y 
he aquí que la propia Asamblea Constituyente llamada a. dar satisfacción 
a la prolongada expectativa de los orientales, resuelve extremar las persecucio- 
nes y alelar toda esperanza de concordia, de afianzamiento político, de 
progreso institucional, de adelanto económico, que ¡eso y mucho más signi- 
ficaba el rechazo de los diputados! 

Juntamente con la resolución de la Asamblea Constituyente se articu- 
laba un amplio plan de medidas contra los orientales: el levantamiento del 
sitio de Montevideo; el acantonamiento de fuerzas en las costas del Uruguay 
y del Paraná; la entrega de su pasaporte a don Tomás García de Zúñiga, 
que había ido a Buenos Aires con varias solicitudes de los pueblos. 

Pero Artigas, lejos de aceptar el rompimiento de hostilidades a que 
lo arrastraba la oligarquía imperante, resolvió apelar a todos los recursos 
pacíficos, con el intento patriótico de que no se malograra la oportunidad 
histórica de dar al Río de la Plata una carta política que evitase en el 
porvenir la repetición de los grandes golpes de autoridad que en esos mis- 
mos momentos se extremaban tan cruelmente en Buenos Aires. 

Envió, pues, un pliego de instrucciones a Larrañaga para que se apro- 
ximará al Gobierno y buscara soluciones transaccionales, y dirigió una ex- 
presión de agravios al mismo Gobierno, en la que luego de enumerar los 
diversos actos y medidas de que eran víctimas los orientales y de recordar 




140 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


todo lo que la Provincia había sufrido por mantener sus principios y procu- 
rar conciliarios con los intereses generales, decía: 

«¿Pero hasta . cuándo, Excmo. Señor, ha de servir esta moderación 
a garantir los proyectos de la intriga?... Por fin, si examinadas todas las 
proposiciones y hecha la combinación debida, halla V. E. que sólo la unión 
puede poner el sello a nuestra obra, fijemos las garantías de esa unión... 
La historia de la regeneración de esta Provincia es demasiado reciente... 
Es un delirio formar el proyecto de subyugarla... Desista V. E. del empeño: 
entre con nosotros al templo augusto de la confederación. . . Esta Provincia 
penetra las miras de V. E., ella está dispuesta a eludirlas; pero ella ruega a 
Y. E. aparte el motivo de sus temores: ella tiene ya todas sus medidas toma- 
das, y al primer impulso de sus resortes hará conocer a V. E. la extensión 
de sus recursos irresistibles.. El ciudadano Dámaso A. Larrañaga, está 
encargado de concluir esta cuestión. Mis conciudadanos esperan de rodillas 
el resultado.» 

Artigas se dirigió al mismo tiempo al Gobierno del Paraguay para ha- 
cerle conocer el giro que iban tomando los negocios del Río de la Plata. 
Le decía que el Gobierno argentino acantonaba tropas en el Paraná y Uru- 
guay y distribuía tres mil fusiles para humillar a los orientales; que al fi- 
nalizar el mes de mayo se había dado orden de proceder al -levantamiento 
del sitio de Montevideo, a pretexto de la llegada de una expedición espa- 
ñola; que si esa orden no había tenido cumplimiento, era por efecto de tra- 
bajos de Rondeau; y agregaba: 

«Buenos Aires, constante siempre en su proyecto de hollar la libertad 
de los pueblos, ha avanzado sus pasos y los ha marcado con el escándalo... 
¿Qué hacer delante del cuadro de nuestros trabajos, humeando aún la san- 
gre de nuestros hermanos, desierta nuestra campaña,' extinguidas nuestras 
pingües haciendas, y hechos todos al testimonio de las miserias, a la vista 
de una libertad que se nos anunció en una forma la más seduciente?» 

Del pliego de «instrucciones y de conocimientos», que Artigas envió a 
Larrañaga, extraemos estas nuevas frases reveladoras del mismo propósito 
de ir a la unión constitucional del Río de la Plata: 

«Preguntará al Gobierno qué es lo oue exige de los orientales; que por 
Dios entre a garantir la unión; que la continuación de estos pasos no hará 
más que atrasar los progresos del sistema, sin que él llegue a consolidar 
sus planes; que esté muy seguro de que sean ellos cuales fueren, nosotros 
sabremos hundirlos; que todas las medidas están, al efecto, tomadas, y' sólo 
resta la ejecución. Le asegurará que jamás podrá llenarse la idea de levan- 
tar el sitio y que crea firmemente que no da paso alguno que no conozca- 
mos su fin.» 

«Esta Provincia ha tenido noticias muy positivas de que el Gobierno 
de Buenos Aires levanta tropas con el fin, precisamente, de garantir sus 
proyectos sobre ella... Esta Provincia está alarmada contra el despotismo; 
si sus prosélitos se han multiplicado, ella fto es menos libre. Sería muy ri- 
dículo que no mirando ahora por sí, prodigase su sangre al frente de Mon- 
tevideo y mañana ofreciese a otro nuevo cetro de hierro el laurel mismo 
que va a tomar, de sobre sus murallas. La Provincia Oriental no pelea por 
el restablecimiento de la tiranía de Buenos Aires.» 

Larrañaga trasmite la fórmula conciliatoria. 

Después de largas entrevistas se encontró Larrañaga habilitado para 
trasmitir a Artigas las proposiciones del Gobierno argentino. Véase cuáles, 
eran: 

La. Provincia Oriental enviará cuatro diputados, en vez de cinco. Esos 
diputados, en unión de todos los demás; determinarán la forma de gobierno 
a implantarse en el Río de la Plata. Los diputados de la Banda Oriental 



DURANTE EL SEGUNDO SITIO 


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expondrán por sí mismos sus derechos y sancionarán lo que conceptúen más 
útil y conveniente. En cuanto al régimen interno, el general Rondeau invi- 
tará a los hacendados propietarios a una reunión en la que se establecerán 
las justicias y se tomarán las medidas de protección que se estime más con- 
venientes. 

Artigas aceptó la idea de una nueva elección de diputados, creyendo 
en el primer momento que se dejaría a los orientales en plena libertad de ac- 
ción. 

Pronto debieron disiparse, sin embargo, sus patrióticas esperanzas, 
pues anunciaba al Gobierno paraguayo oue su comisionado don Tomás Gar- 
cía de Zúñiga había tenido que regresar de Buenos Aires sin poder dar cum- 
plimiento a su comisión; y agregaba: 

«No hay remedio. Se quiere precisamente que se esté sólo a las deli- 
beraciones de Buenos Aires. 

«Ese extremo de servilidad a que se quiere conducirnos, ultraja a la 
justicia.» 

El gobierno econóanico de la Provincia Oriental. 

Pasemos, entretanto, al segundo capítulo del plan de medidas del Go- 
bierno de Buenos Aires contra el programa de Artigas: el desconocimiento 
de la junta municipal creada a fines del mes de abril. 

La Soberana Asamblea Constituyente que había rechazado a los dipu- 
tados orientales surgidos del Congreso de 5 de abril, tampoco reconoció a 
la Junta Municipal surgida del Congreso del 20 del mismo mes. 

El doctor Bruno Méndez, vicepresidente de la Junta, comunicó su ins- 
talación a la Soberana Asamblea y al Gobierno de las Provincias Unidas. 
Pero ni uno ni otro se dieron por entendidos de los oficios recibidos. 

Artigas reprochó ese acto de desprecio en su expresión de agravios al 
Gobierno y' repitió el reproche en el pliego' de instrucciones a Larrañaga. 

Por toda respuesta, fueron libradas órdenes a Rondeau para autorizar 
una reunión de hacendados que se encargaría de establecer las justicias y 
de tomar las medidas de protección más necesarias, que era precisamente 
el programa que había abordado y resuelto el Congreso el 20 de abril. 

El Gobierno de Buenos Aires consideraba, pues, como no existente el 
cuerpo municipal, y eso que estaba en plena actividad, y que siguió fun- 
cionando hasta que un tercer Congreso provincial hizo tabla rasa de ese or- 
ganismo artiguista, para reemplazarlo por otro que respondía al centra- 

lismo absorbente de la Capital. 

Vivió pocos meses el cuerpo municipal que presidía Artigas. Pero su 
corta historia está ilustrada por una vigorosa tentativa que pone de mani- 
fiesto la orientación del organizador y su fecundo programa de progreso eco- 
nómico. 

Apenas constituido, se dirigió al doctor José Manuel Pérez Castellano, 
pidiéndole sus apuntaciones sobre agricultura, «por lo mucho que pueden 
servir al fomento de aquélla y alivio de los que de nuevo se empleen en 
tan laudable ejercicio». 

El doctor Pérez Castellano había estudiado agricultura en su chacra 

del Miguelete, durante cuarenta años, y estaba habilitado para dar a la 

campaña el impulso que ambicionaba Artigas desde la línea sitiadora de 
Montevideo. 

Aceptó, pues, el encargo. Pero como la preparación de una cartilla de- 
bía ser lenta, invocó la Junta razones de urgencia para pedirle que remitiera 
al Gobierno, mes a mes, lo que fuera escribiendo, en forma de entregas par- 
ciales de la obra en preparación. 

La contestación del doctor Pérez Castellano da idea de las estrecheces 
en que se vivía: 



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ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


«Como me faltaba papel en que escribir, me acordé de un libro de 
marquillas en que tengo otras apuntaciones curiosas, ya propias, ya copia- 
das, y en las hojas blancas de ese libro estoy escribiendo mis rústicas obser- 
vaciones, y llevo ya en borrador catorce hojas sin haber salido del principio; 
porque la agricultura en este país prescribe al que quiere tratar la materia 
con claridad y de un modo que sea útil, un campo tan vasto como el que 
se presenta en nuestras campiñas a la vista del que las observa, que es 
un campo, digámoslo así, sin horizontes y sin término.» 

Cuenta el mismo Pérez Castellano que eran tantos y tan grandes los 
disgustos que él experimentaba frente a la obra destructora de la guerra, 
que al empezar a escribir le pareció que la pluma «se le iba a caer de la 
mano». 

«No obstante — agrega — venciendo la repugnancia que tenía de entrar 
en materia y sacando, como se suele decir, fuerzas de flaqueza, tomé la 
pluma y empecé a escribir sin plan, empezando por lo primero que se me 
ocurrió como más necesario a un labrador, que son los cercos, pues éstos 
eran puntualmente los que primero violentaban y vencían los soldados para 
hacer de las propiedades cultivadas un campo raso. Mi diligencia fué madre 
de la buenaventura, porque experimenté que con el escribir hallaba alivio 
a mis males; pues a más de distraerme de los que diariamente me carga- 
ban, me servía de mucho consuelo sólo el pensar que mientras conspiraban 
tantos a destruir, era de ánimos generosos el edificar; y yo me envanecía 
de que podría contarme en el número de éstos, si por mi parte hacía lo 
que me era posible en sostener aquello mismo que muchos tiraban a de- 
rribar.» 

Esa también tenía que ser la situación de ánimo de Artigas, cuando 
iba a golpear a las puertas de la chacra del sabio agricultor, para pedirle 
que sirviera de guía al paisanaje y preparara al soldado para el momento 
de la paz, transformándolo de destructor en constructor. Estaba, efectiva- 
mente, en lo más recio de la lucha, combatiendo a la vez contra la guarnición 
de Montevideo que pretendía mantener el cetro del coloniaje español y con- 
tra el Gobierno de las Provincias Unidas que pretendía sustituir ese cetro 
por otro de cuño criollo, pero no menos agobiante. 

¿Dónde había recibido el Jefe de los Orientales esa magnífica orien- 
tación económica que entonces se traducía en elaboración de libros y car- 
tillas de propaganda, y que más tarde, en el largo ostracismo del Paraguay, 
se traduciría en trabajo personal y directo de roturación de tierras y de 
cría de ganados y de aves? 

En la frontera uruguaya, seguramente, al lado de don Félix de Azara, 
el célebre naturalista, su jefe inmediato en la obra de colonización abordada 
por el Gobierno español en 1801, cuando la invasión portuguesa, que ya se 
había tragado enormes territorios, ponía en riesgo las Misiones orientales 
y amenazaba otras zonas valiosas de la Provincia de Montevideo. 

Colonizando, estimulando los trabajos agrícolas, dando hábitos seden- 
tarios al paisanaje errante, se organizan los grandes factores de la paz y 
se defiende, a la vez, la integridad del territorio nacional: así pensaba 
sin duda alguna, el gran Azara al bosquejar el plan de colonización de la 
frontera uruguaya; y así debió comprenderlo también Artigas, que era su 
segundo, o más bien dicho, ¡su brazo ejecutor en la campaña económica 
que tan tardíamente se iniciaba contra los portugueses! 


Amenazas de alzamiento del segundo sitio. 

Llegamos a la última etapa del plan adoptado por el Gobierno de las 
Provincias Unidas a raíz de los congresos provinciales de abril y de las^ 
Instrucciones dadas por Artigas a los diputados que debían llevar la re-' 



DURANTE EL SEGUNDO SITIO 


1-13 


presentación uruguaya en la Soberana Asamblea Constituyente: el alzamiento 
del sitio de Montevideo. 

En su oficio de 30 de junio, relativo al rechazo de los diputados orien- 
tales por la Asamblea Constituyente, habla Artigas al Gobierno del Paraguay 
de una orden de levantamiento del sitio dada por la autoridad argentina a 
fines de mayo anterior, y revocada en virtud de trabajos de Rondeau. 

Hay que advertir que a fines de mayo ya estaban los diputados orien- 
tales gestionando su incorporación y estaba alborotada la oligarquía impe- 
rante, con motivo de las decisiones del Congreso y* del pliego de instrucciones 
que llevaban los electos. 

¿Serían infundados los temores de Artigas? 

Léase lo que ha escrito Rondeau en. su autobiografía, al referirse, al 
arribo de un refuerzo de tropas españolas y a la actitud del Gobierno de 
Buenos Aires: 

«Me ordenó terminantemente que levantando el sitio me retirase a la 
Colonia, con todos los cuerpos de tropas que pertenecían a Buenos Aires, 
y que allí tendría transportes para conducirme y conducirlos a sus valizas: 
grande fuá la sorpresa que me causó esta resolución inesperada, y haciendo 
violencia a los principios de obediencia y‘ subordinación militar en que es- 
taba educado, me propuse observar al Gobierno, como lo hice, que la medida 
era poco meditada, porque si se fundaba en que el ejército sitiador podía 
ser batido por las tropas de la plaza en caso de ser atacado, presunción única 
que por entonces yo supuse la había ocasionado, era totalmente equivocada, 
porque las tropas de mi mando eran superiores en número y no cederían 
también en valor a las que los enemigos pudieran presentarme.» 

«Me fué ordenado por segunda vez lo llevase a efecto, imponiéndome 
grandes responsabilidades si no lo cumplía.» 

«Sujetándome, pues, a la responsabilidad con que se me amenazaba, 
volví a replicar a S. E. se sirviese mandar inteligentes que se impusiesen 
de las fuerzas del ejército y posiciones que cubría.» 

El Gobierno envió entonces a la línea sitiadora una comisión militar 
de la que formaba parte el barón de Olemberg. 

«Trasmitido su informe al Director Supremo, se vió en la precisión de 
tolerar la prosecución del sitio.» 

Habla en seguida Rondeau de los sucesos posteriores a la retirada de 
Artigas de la línea sitiadora: que hubo que pedir a Buenos Aires 500 hom- 
bres para llenar el claro; que corrieron dos meses sin conseguirse un sol- 
dado; que al fin se presentó Alvear con 1,500 hombres y un decreto para 
asumir el mando de la línea sitiadora; y’ comenta así su destitución: 

«¿Y quién podría dudar de que esta maniobra tan poco digna del Go- 
bierno de Buenos Aires, tuviera por origen lo que antes he indicado? Pre- 
venciones que me atraje por no haber levantado el sitio y retirádome a 
Buenos Aires con las tropas argentinas cuando entró en Montevideo el re- 
fuerzo de tropas españolas, y de cuya acertada opinión me han justificado 
los resultados; y si este juicio no fuese exacto, ¿por qué motivo se mandaron 
a esta Banda mil quinientos hombres cuando ya la plaza de Montevideo 
estaba para rendirse, no habiendo pedido yo más que quinientos en circuns- 
tancias que era de esperarse una acción general por el claro que me dejó 
Artigas en el sitio, como queda dicho? ¿Por qué se me relevó por el general 
Alvear cuando ya no tenía él enemigo con quien batirse, y que bien mirado 
le hacía poco honor tomar el mando del ejército en ese estado de cosas, sólo 
para recoger los laureles que yo en dos años de constancia y* peligros había 
conseguido ganar?» 

Rondeau atribuye al refuerzo de tropas españolas la reiterada orden 
del Gobierno de Buenos Aires, aunque él se encarga de probar con $u pro- 
pio testimonio y con el testimonio de la comisión militar que presidía el ba- 



144 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


rón de Olemberg, que tal refuerzo en nada amenguaba la formidable si- 
tuación de la línea sitiadora. 

Por otra parte, si ese hubiera sido el motivo real de las órdenes, no se 
explicaría que ya a raíz de la caída de la plaza, es decir, cuando precisa- 
mente los sucesos iban a dar la razón a Rondeau, fuera éste destituido y 
se enviara a otro para recoger el fruto de la victoria. 

La ceremonia de la entrega del mando a Alvear tuvo lugar el 17 de mayo 
de 1814, y en el mismo día llegaba al campamento la noticia de que la 
escuadra de las Provincias Unidas, al mando del almirante Brown, «que 
enarbolaba la insignia española», había destruido totalmente a la escuadra 
de Montevideo. Sitiada por tierra y bloqueada por el río, la guarnición es- 
pañola sólo podía continuar en las murallas mientras no se agotaran los 
víveres almacenados, que apenas alcanzaban para dos o tres semanas, como 
efectivamente sucedió, pues el 2 3 de junio entraba Alvear a Montevideo 
y salía el ejército español al amparo de una capitulación militar. 

Sería inexplicable, pues, la actitud del Gobierno argentino al destituir 
a Rondeau, si el motivo inspirador del levantamiento del sitio hubiera sido 
el peligro a que quedaba expuesto el ejército argentino con la incorpora- 
ción de algunos batallones españoles a la plaza de Montevideo. 

Pero el cuadro se aclara relacionando la Reiterada orden con los con- 
gresos de abril y‘ pliego de instrucciones complementario, con el rechazo de 
los diplomas por la Asamblea Constituyente, y con la elección de otros nue- 
vos diputados que debían ser elegidos bajo la presión del Gobierno de Bue- 
nos Aires. 

La primera orden para el levantamiento del sitio es de fines de mayo, 
cuando el escenario político de Buenos Aires estaba profundamente agi- 
tado con motivo de los congresos orientales del mes anterior, y sobre todo, 
de la llegada de los cinco diputados que venían a plantear desde la tribuna 
de la Asamblea Constituyente el problema de la independencia de España, 
el problema de la organización federal del Río de la Plata y el problema de 
la traslación de la capital de las Provincias Unidas. 

A la oligarquía no le convenía en esos momentos la caída de Monte- 
video. Y la razón es obvia. Sobre los escombros del dominio español empe- 
zaba a alzarse el de los orientales, que era un dominio mucho más temible 
porque contaba ya con todas las poblaciones de la campaña y con las simpa- 
tías de las provincias del litoral, y Artigas podría acaso organizar sobre esa 
base una fuerza verdaderamente incontrarrestable que actuaría, dentro del 
propio ambiente nacional, con el derecho de integrar sus asambleas y' de' con- 
tribuir a la formación de sus gobiernos. 

Ante este grave peligro fué dictada, pues, la primera orden de levanta- 
miento del sitio, y esa orden no tuvo cumplimiento porque Rondeau pudo 
convencer a todo el mundo que la guarnición de Montevideo estaba a punte 
de rendirse, y faltó a la oligarquía el coraje necesario para afrontar la res- 
ponsabilidad de tamaño desacierto. 

La reiteración de la orden de que habla Rondeau, corresponde a una 
segunda etapa de la lucha con Artigas. 

Rechazados los diputados del Congreso del 5 de abril se acordó, como 
hemos dicho, por intermedio de Larrañaga la celebración de un nuevo 
Congreso provincial que eligiría los cuatro diputados llamados a integrar la 
Asamblea Constituyente. 

Artigas empezó a mover todos los resortes cívicos para que ese tercer 
Congreso se desarollara en el mismo ambiente de absoluta libertad en que 
habían actuado los dos congresos anteriores. Rondeau, en cambio, recibió 
instrucciones para aislar a Artigas del Congreso, y para actuar militar- 
mente sobre éste, en forma de que los nuevos diputados no fueran a Buenos 
Aires con exigencias o condiciones de ninguna especie, sino dispuestos a 
pasar por las horcas caudinas de la oligarquía imperante. 



DURANTE EL SEGUNDO SITIO 


145 


En esta segunda etapa de la lucha tenía que haber y hubo alternativas 
favorables y contrarias a los propósitos de Gobierno de Buenos Aires, y hubo 
más de una oportunidad, en consecuencia, para reiterar la orden del levanta- 
miento del sitio, como recurso de inmediata realización, o como medio de 
ejercer presión sobre los orientales, trayendo a la memoria de todos el re- 
cuerdo de las indecibles angustias de la expatriación al Ayuí. 

Hay otro antecedente muy valioso acerca de la persistencia de la causa 
inspiradora de la orden del levantamiento del sitio. 

En diciembre de 1813, cuando se reunía el tercer Congreso de la Pro- 
vincia Oriental para la elección de diputados a la Asamblea Constituyente, y 
libraba Rondeau una batalla política contra Artigas, tramitaba en Río de 
Janeiro un acuerdo para restablecer la dominación española en el Uruguay, 
actuando don Manuel de Sarratea, en calidad de Ministro negociador, con el 
concurso de la Embajada inglesa. 

De conformidad al armisticio que se proyectaba, el Gobierno de Bue- 
nos Aires procedería al inmediato retiro de las tropas sitiadoras de Monte- 
video; el territorio uruguayo quedaría bajo la jurisdicción española, mien- 
tras se arribaba a un tratado definitivo; y se obligarían ambos Gobiernos 
en el caso de que, «algún jefe militar se atreviese a no obedecer las órdenes 
a sujetarlo por medio de la fuerza, tratándole a este efecto como enemigo 
de la tranquilidad pública». 

Fracasaron estos planes contra Artigas. Pero el Gobierno de Buenos 
Aires resolvió reanudar directamente las gestiones en Montevideo. 

Hablan los señores Dámaso Larrañaga y José Ray'mundo Guerra: 

«El l.° de abril de 1814 llegaron a Montevideo los doctores Gómez y 
Echevarría, comisionados por el Gobierno de Buenos Adres f'ara tratar del 
armisticio, sin que se arribara a nada en las conferencias que celebraron con 
los comisionados de la plaza.» 

Díjose entonces, «que Buenos Aires proponía levantar el sitio siempre 
que Pezuela se retirara con su ejército del Perú al Desaguadero, con otras 
especies casi iguales a las del armisticio celebrado en el Janeiro entre los Em- 
bajadores de España y de Inglaterra y don Manuel de Sarratea, despreciado 
por Vigodet; y que éste, para saber la voluntad del pueblo pasó oficio al 
Cabildo a fin de que hiciese una convocatoria de vecinos, de que resultó la 
escogida reunión de 80 en las casas capitulares, quienes de común acuerdo 
votaron por la guerra. A pesar de lo cual, los comisionados de este Gobierno 
propusieron en última conferencia que se hiciese tregua hasta que viniesen 
diputados de Pezuela y de Artigas, y entre todos se tratara de la paz, con lo 
que los de Buenos Aires no se conformaron». 

No cabe duda, pues, de que la orden de levantar el sitio de Montevideo, 
surgida a raíz de la celebración de los congresos de abril, se mantuvo sin in- 
terrupción como una amenaza contra los orientales, y que si no alcanzó a 
cristalizar debe atribuirse a la resistencia de Rondeau y al fracaso de las 
diversas gestiones diplomáticas encaminadas a descargar un golpe de maza 
sobre Artigas o, más bien dicho, sobre su hermoso programa de organiza- 
ción institucional del Río de la Plata. 

El tercer Congreso de la Provincia Oriental. 

* 

Se quería evitar a todo trance la influencia de Artigas en las nuevas 
elecciones de diputados. 

Rondeau mismo lo confiensa en su autobiografía: 

«El Gobierno estuvo tan franco que permitió la reunión del Congreso 
pretendido* pero no fué Artigas el comisionado para convocar los miembros 
o diputados que habían de formarlo, sino yo bajo de unas instrucciones que 
se me acompañaban, siendo también nombrado presidente para la elección 
preparatoria: dispuesto todo por los trámites establecidos, y señalados el día 

H> 



ANALES HISTÓRICOS DLL URUGUAY 

y casa en que debían reunirse los diputados, concurrieron puntualmente en 
número de veintiocho, habiendo los pueblos en la elección procedido con 
mucho tino, pues se fijaron en los hambres más espectables y de luces como 
para desempeñar tan alto éncargo: en la apertura del Congreso ful reele- 
gido presidente, y en tres días de sesión quedó sancionada la forma de go- 
bierno.» 

Todo el proceso del tercer Congreso oriental, reunido en la Capilla Ma- 
ciel, está condensado en estas palabras del jefe del ejército sitiador: el Go- 
bierno de Buenos Aires autorizaba la convocatoria, pero las elecciones de- 
bían hacerse bajo la dirección de Rondeau, y' el Congreso que resultase de 
esas elecciones debía ser presidido por Rondeau. ¡Era el medio heroico de 
que los diputados a la Asamblea Constituyente no llevaran el pliego de ins- 
trucciones surgido del Congreso de abril! 

La crónica fiel tercer Congreso hecha por uno (le sus miembros. 

El doctor Pérez Castellano, uno de los hombres más notables de su épo- 
ca, intervino en el Congreso de la Capilla Maciel, como representante del 
pueblo de Minas, y él ha dejado una circunstanciada relación que demuestra 
que aquello no fué Congreso sino imposición lisa y llana de la voluntad del 
Gobierno de Buenos Aires. Vamos a extractarla. 

Juntamente con el acta de su elección o diploma, recibió el doctor Pé- 
rez Castellano una nota del comandante de Minas, convocándolo para las 
sesiones en el cuartel general de Rondeau y un testimonio de documentos 
emanados de Artigas eif que éste expresaba que los electores debían estar 
autorizados para examinar lo resuelto por los congresos de abril, debiendo 
con tal objeto ocurrir, en primer término, a su alojamiento, y’ seguidamente, 
al de Rondeau, todo ello de acuerdo con lo convenido entre ambos jefes. 

No pudo menos de expresar extrañeza el doctor Pérez Castellano al 
enterarse de que el Gobierno de Buenos Aires había ordenado que el Con- 
greso sesionase en el cuartel general y bajo la presidencia del General en Jefe. 

«Y ahora que nos dicen que somos libres y que hemos roto las cadenas 
de una esclavitud la más ignominiosa, ¡se señala por lugar del Congreso para 
la elección de los diputados a la Soberana Asamblea Constituyente un cuar- 
tel general, bajo las bayonetas y' sables de todo un ejército!» 

Esa observación indujo a Rondeau a modificar las instrucciones del 
Gobierno de Buenos Aires, y por efecto de ello el Congreso, en vez de reunirse 
en el cuartel general, se reunió en la capilla de don Francisco Antonio Maciel. 

Desde el primer día se persuadió ya el doctor Pérez Castellano por el 
rechazo de varias mociones, que lo que se procuraba «no era el bien de esta 
Provincia, sino el que ciegamente obedeciere y quedase sujeta al Supremo 
Gobierno». 

En la sesión del segundo día, pidió uno de los electores que Rondeau 
bajara dé la presidencia, como medio de que fuera libre la elección de dipu- 
tados a la Soberana Asamblea Constituy’ente, a lo que otro replicó que el 
general había ocurrido a la Capilla Maciel sin tropa. ^ 

«Esta causal pareció generalmente muy débil, pues aunque el Presi- 
dente hubiera concurrido sin tropa al Congreso, venía acompañado de un 
ayudante que se quedó a la parte de la puerta de afuera, y a la mentir con- 
traseña podía llamar de algún punto cercano ocho o diez dragones que con 
sus sables no hubieran dejado títere con cabeza, si el presidente tuviese mala 
intención.» 

Aunque todos consideraban que la moción, «era fundada y bien hecha», 
se resolvió que el general continuara en la presidencia atendlenáo a su no- 
toria moderación. 

Procedióse luego a la elección de los tres diputados a la Asamblea Cons- 
tituyente, saliendo triunfantes don Marcos Salcedo, don Dámaso Larrañaga 



DURANTE Et. SEGUNDO SITIO 


147 


y el doctor Luis Chorroarín, el primero y el tercero oriundos y vecinos de 
Buenos Aires. 

Hubo una protesta: los diputados de siete u ocho pueblos sostuvieron 
que antes de la elección debían de haber concurrido los electores al aloja- 
miento de Artigas, pero la mayoría declaró que era improcedente la protesta. 

En la sesión del último día Rondeau leyó una nota del Gobierno de 
Buenos Aires autorizando la creación de una municipalidad encargada de 
arreglar contribuciones. Y el Congreso, ampliando el pensamiento, votó la 
creación de una corporación compuesta de tres personas, con las atribucio- 
nes de Gobernador Intendente de Provincia. 

Habiendo expresado Rondeau que le parecía que el Gobierno de Buenos 
Aires quedaba ya reconocido por la Banda Oriental, replicó el doctor Pérez 
Castellano: 

«¿Cuándo se ha reconocido? Yo no sé cuando; lo que yo sé, es que el 
mismo derecho que tuvo Buenos Aires para sustraerse al Gobierno de la 
metrópoli de España, tiene esta Banda Oriental para sustraerse al Gobierno 
de Buenos Aires. Desde que faltó la persona del Rey, que era el vínculo que 
a todos unía y subordinaba, han quedado los pueblos acéfalos y 1 con derecho 
a gobernarse a sí mismos.» 

«A este réplica que hice, callaron todos, y nadie habló una palabra ni 
en pro ni en contra de ella; y así no puedo decir >si les sentó bien o mal.» 

«Sólo puedo decir que se echaba bien de ver ñor el general silencio que 
sobre este punto y algún otro de oue se ha hablado, observaron muchos vo- 
cales en quienes v'o reconocía suficiente instrucción para hablar algo, oue 
no había en ellos la libertad necesaria para tales casos, y que sólo enmude- 
cían de temor y espanto.» 

«Yo, por lo menos de mí puedo decir que también lo tenía y que no sé 
por qué especie, si de valor o de imprudencia, me resolví a decir lo que dije.» 


El Congreso no tenía libertad. 

Tal es la relación del doctor Pérez Castellano, testigo indiscutible y 
no discutido por su inteligencia, su preparación, sus magníficas condiciones 
morales y el medio ambiente en que vivía, fuera de la influencia de Ar- 
tigas y fuera de la influencia de Rondeau. 

A los factores de silencio y de terror que él invoca, hay que agregar la 
insistente amenaza de levantamiento del sitio. 

Ya hemos dicho que precisamente en la época del Congreso de la Capilla 
Maciel fué reiterada a Rondeau la orden oue se le había dado a raíz de los 
congresos de abril, de retirarse a la Colonia y de allí a Buenos Aires, y que 
en esos mismos días también la diplomacia argentina gestionaba un armisticio 
para la entrega del Uruguay al dominio español. 

Rondeau. que no se resignaba a perder la gloria de rendir a la guarni- 
ción de Montevideo, tenía que ejercer una presión enorme sobre los miembros 
del Congreso, agregando al argumento de las bayonetas el recuerdo de lo 
ocurrido a raíz del levantamiento del primer sitio, bajo forma de pérdida 
absoluta de intereses y de emigración en masa, para escapar a la venganza 
de las autoridades españolas. 

La may'oría del Congreso de la Capilla Maciel, cediendo a las exigencias 
premiosas del momento, resolvió, pues, ‘reconocer a la Asamblea Constitu- 
yente sin condiciones de ninguna especie. 

Artigas apela ante el pueblo. 

Artigas se encontraba en distinto caso. Él era el Jefe de los Orientales; 
tenía que encauzar el movimiento institucional del Río de la Plata; la gran 
bandera que estaba en sus manos no podía ya ser arriada: y, en consecuencia. 



348 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


debía resistir a la presión militar de las circunstancias, por graves que fue- 
ran, porque más arriba que ellas estaban los principios tutelares de la Revo- 
lución. 

El Congreso de la Capilla Maciel, teniendo en cuenta que algunos de 
los diplomas establecían la obligación de concurrir al alojamiento de Arti- 
gas, a fin de examinar las actas de abril, designó una Comisión especial 
para que se aproximara al Jefe de los Orientales, y le pidiera su concu- 
rrencia al« local de sesiones con los documentos respectivos. 

Pero la Comisión dió cuenta de que Artigas se negaba a concurrir, 
«concibiendo un desaire que se le Hacía por parte de los pueblos a quienes 
había citado para que concurrieran a su alojamiento»; y que en aquel local 
nada tenía que exponer, ni documento que remitir». 

Eso dice el acta de la sesión correspondiente a los días 8 y 9 de diciem- 
bre de 1813. El acta de la segunda y última sesión, correspondiente al 10 
del mismo mes, habla de un oficio de Artigas que sólo tuvo el voto favorable 
del elector don Manuel Muñoz de Haedo, según el cual el Congreso debería 
suspender las sesiones a la espera de una nueva convocatoria de los pueblos 
anunciada por el Jefe de los Orientales. 

Veamos lo que decía Artigas en ese oficio: 

El levantamiento del primer sitio y la admirable emigración que ase- 
guró la integridad del territorio, «obligaron al pueblo armado a establecer 
unas garantías que sirviesen de apoyo a su seguridad ulterior». Cuando llegó 
el momento de reconocer la Asamblea Constituyante, el Congreso fijó las 
condiciones de ese reconocimiento, y creó, además, un gobierno económico 
de que era presidente el mismo jefe militar de la Provincia. 

Pues bien: la autoridad de ese jefe y la voluntad de los pueblos han 
sido desconocidas y atropelladas. 

«Estoy en que vuestras facultades sean extensivas a cuanto con- 
venga al pueblo entero; pero una proposición tan general no podrá daros la 
autorización bastante para desbaratar ciegamente las , garantías convencio- 
nales que el pueblo estableció para su seguridad. Yo no quiero insinuaros 
en esto que precisamente debáis estar a las actas. Vosotros podéis romper- 
las; pero vosotros debéis tener la prudencia de examinarlas.» 

«Suspended vuestras sesiones, ciudadanos electores. Yo voy* a escribir 
a los pueblos, y entonces veré si su voluntad es la misma.» 

«Esperad las explicaciones dé vuestros constituyentes; yo no puedo ni 
debo prescindir de ellos; y mientras, sabedlo, ciudadanos electores, yo esta- 
ré únicamente a lo deliberado en las actas del 5 y 21 de abril; cualouiera de- 
terminación que adelantéis en contrario, la desconoceré abiertamente y vos- 
otros responderéis a los pueblos del escándalo.» 

Artigas se dirigió al mismo tiempo a los cabildos y vecindarios, pidién- 
doles que declararan si había existido el propósito de que el Congreso des- 
conociera la autoridad del Jefe de los Orientales, y de que los electores no 
fueran a la sesión a que él los había invitado. 

«Sea V. S. seguro, terminaba la circular, de que para mí nada hay más 
sagrado que la voluntad de los pueblos, .y que me separaré al momento si 
es realmente su voluntad no reconocerme.» 

Desairado por el Congreso que presidía Rondeau, apelaba así Artigas 
al veredicto popular. 

Las respuestas tenían que ser favorables al mantenimiento de las reso- 
luciones del Congreso de abril, y era forzoso impedirlo con actos de fuerza 
o con amenazas de levantamiento del sitio. Y contra el pueblo se alzó el 
sable de Rondeau, para imponer el mismo silencio que había reinado en las 
votaciones de la Capilla Maciel. 

Al vecindario de Canelones, procuró intimarlo Rondeau con las bayo- 



DURANTE EL SEGUNDO SITIO 


149 


netas, dando con ello lugar a un oficio en que Artigas le advertía el riesgo 
de envolver al país en una anarquía funesta frente a frente del enemigo. 

Al vecindario del Colla le prevenía que si daba un paso tan poco re- 
flexivo, «sería consiguiente la levantada del presente sitio y que se repitan 
los males a que fué expuesta la Provincia Oriental en la del pagado. Anar- 
temos estas desgracias aprobando unas actas que hacen el honor de esta Pro- 
vincia». 

Al Cabildo de Soriano, que acababa de declarar la vigencia de las actas 
de abril, le hablaba en términos igualmente graves: 

«El paso oue V. S. ha dado fomenta la desunión. Ella va a ser inevita- 
ble en la misma Banda Oriental; yo lo preveo y V. S. y los demás pueblos 
s^rán los solo culpados si ven renovarse el cuadro lamentable nue hizo la 
desgracia de esta Provincia en la retirada del sitio pasado. El Gobierno Su- 
premo. noticioso de estas ocurrencias, es muy justo que haga retirar sus 
tropas.» 

Artigas había buscado fórmulas transaccionales. Pero sin éxito. Las res- 
puestas de los pueblos, favorables a los congresos de abril, irritaban más 
y más a Rondeau, y el peligro del levantamiento del sitio era ya inminente. 

La polémica sostenida en esa oportunidad, ilustra un punto muy im- 
portante del Congreso de la Capilla Maciel. 

Se había convenido, y’ así lo comunicó Artigas en sus oficios e instruc- 
ciones, que los electores se reunirían primeramente en el campo oriental a 
efecto de examinar las actas de abril. 

Pues bien: Artigas reconvino a Rondeau en estos términos categóricos 
oue aclaran el alcance de la sesión previa en el campamento oriental y que 
denuncian el medio de que se valía el General en Jefe para impedir esa se- 
sión importantísima: 

«El Congreso a que invitó V. S. a nombre de la autoridad suprema, 
debía, según mis circulares, ser precedido del que se tuviera en mi aloja- 
miento. Habiendo ya los pueblos expresada su voluntad sobre los mismos 
asuntos, era preciso oue yo los instruyese del por qué de la nueva invitación. 
Ellos, entonces, resolverían, y* según sus resoluciones, pasarían o no al cuartel 
general. Si ellos no lo expresaron así en las credenciales y poderes de sus 
respectivos electores, fué un defecto involuntario oue los constituyentes o 
jefes tuvieron al extender las actas, guiándose para ello del borrador que 
V. S. se sirvió pasarles, según ellos mismos me lo han confesado, y de lo que 
yo estoV bastantemente convencido.» 

Quiere decir, pues, oue la sesión previa en el campamento oriental, 
podía no ser seguida de la reunión definitiva en el campamento de Ron- 
deau, si los electores optaban por el mantenimiento de las resoluciones de 
abril; y que el sentimiento popular se inclinaba al mantenimiento, se encar- 
gaban de revelarlo a diario las contestaciones de los cabildos y vecindarios. 

Y quiere decir también que Rondeau envió un borrador de acta o de 
diploma a los comandantes locales, alterando lo acordado, y de una manera 
substancial al prescribir que los electores se reunirían en el cuartel gene- 
ral, sin pasar antes por el de Artigas. 

Arrinconado Rondeau ante el descubrimiento de la artimaña de que 
se había valido para anular la influencia de Artigas y* ejercer una presión 
militar avasalladora sobre el Congreso, no pudo desconocer la realidad del 
hecho, y se limitó a decir en su descargo *que el borrador que había pasado 
a los comandantes de campaña pára extender el acta de las elecciones «no 
era obligatorio para nadie», ¡deglorable excusa tratándose de instrucciones 
fiel General en Jefe a sus oficiales subalternos! 



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ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Artigas se ve obligado a abandonar la línea sitiadora. 

Todas las soluciones conciliatorias habían sido ensayadas ya por Ar- 
tigas y habían fracasado. 

Rechazados los diputados orientales por efecto del programa de prin- 
cipios que iban a defender, se recurría a los procedimientos de fuerza para 
que el nuevo Congreso reconociera incondicionalmente al Gobierno de Bue- 
nos Aires. Y cuando Artigas, que ouería sinceramente la paz, apelaba a la 
ratificación popular, ¡movía Rondeau sus bayonetas contra el pueblo y decla- 
raba a los cabildos su propósito de proceder al levantamiento inmediato 
del sitio! 

;.Qué actitud debía asumir Artigas frente al fracaso de las fórmulas 
pacifistas? 

/.Reconocer la legitimidad del Congreso de la Capilla Maciel? Pero el 
Congreso de la Capilla Maciel derogaba las condiciones e instrucciones para 
la incorporación de la Banda Oriental a las Provincias Unidas del Río de 
la Plata; alzaba en reemplazo del dominio español, el dominio de Buenos 
Aires, o más bien dicho de la. penueña oligarquía oue se había apoderado 
del Gobierno y que lo explotaba en exclusivo provecho de sus intereses polí- 
ticos: anulaba la soberanía popular; atacaba el dogma mismo de la Re- 
volución; transformaba una eran contienda de ideas en una miserable lu- 
cha de personas aleña a todo principio institucional. 

/.Romper hostilidades con Buenos Aires, dando luear al inmediato le- 
vantamiento del sitio? Tampoco. Artigas no ouería absolutamente la inde- 
pendencia de su Provincia; ouería la unión con las demás provincias, pero 
una unión a base de instituciones one asegurasen las autonomías provincia- 
les. Además, el levantamiento del sitio constituía un peligro muy grave para 
las poblaciones de la campaña oue todavía no se habían repuesto de las enor- 
mes pérdidas sufridas con motivo de la expatriación anterior. 

Quedaba una tercera solución: el aleiamiento de los orientales de la 
línea sitiadora, a la espera de una eventualidad favorable a la reanudación 
de la política de concordia nacional. 

Y Artigas adoptó esa última solución. En la noche del 20 de enero de 
1814 se retiró de la línea sitiadora seguido de casi todas las tropas orientales, 
pero en un tren de perfecta tranquilidad, sin hostilizar al ejército argentino. 

Era ya Artigas un personaje de vigoroso relieve en las provincias de 
Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Córdoba, que habían aplaudido 
las Instrucciones a los diputados orientales surgidos del Congreso de abril, 
y que aceptaban su acción directriz en la lucha que ellas también se prepara- 
ban a sostener contra el centralismo de Buenos Aires. 

Todavía no había sonado, sin embargo, la hora de una concentración 
de fuerzas, y el Jefe de los Orientales habría continuado en su actitud de 
pacífica expectativa si el Gobierno de Buenos Aires no hubiera iniciado, 
como inició, el crudo rompimiento de las hostilidades en forma que de- 
nota la barbarie de la época. 

Por el decreto de 11 de febrero de 1814. el Gobierno declaraba a Arti- 
gas «infame, fuera de la ley y enemigo de la Patria»; prevenía que debía ser 
«perseguido y muerto en caso de resistencia»; y ofrecía una prima de seis 
mil pesos a quien lo entregara «vivo o muerto». 

Ya no era posible prolongar la actitud de expectativa. Artigas tenía 
que defender su gran bandera de principios, y en el acto’ se puso en marcha. 
Dejando en posiciones estratégicas a las divisiones de Otorgués y de Rivera, 



DURANTE, EL SEGUNDO SITIO 




se dirigió a las Provincias que reconocían su influencia, resuelto a organizar 
un vasto movimiento de opinión susceptible de repercutir en Buenos Aires 
y de promover la unidad nacional sobre la base de instituciones libres, de 
las mismas instituciones y'a programadas por él a raíz del Congreso provin- 
cial del 5 de abril de 1813. 



CAPITULO XX 


ARTIGAS RECHAZA TODOS LOS OFRECIMIENTOS DE LOS ESPAÑOLES 


En la víspera de la batalla de Las Piedras. 

Desde los comienzos de la insurrección de la campaña oriental, procu- 
raron las autoridades españolas atraerse el concurso de Artigas. 

Se refiere a una propuesta del Virrey' Elío, la siguiente réplica de Arti- 
gas datada el 10 de mayo de 1811: 

«Sólo aspiro al bien de mi Patria en la justa causa que sigo; y si algún 
día los americanos del Sur nos vimos reducidos al abatimiento, hoy estamos 
resueltos a hacer valer los derechos que los tiranos mandones nos tenían 
usurpados.» 

«Así, pues, desprecie usted la vil idea que ha concebido, seguro de que 
el premio de la mayor consideración jamás será suficiente a doblar mi cons- 
tancia ni hacedme incurrir en tan horrendo crimen.» 

Durante las luchas entre Artigas y Sarratea. 

Más tarde, cuando Sarratea desarrollaba sus planes contra ¡Artigas, 
reanudaron los españoles la tentativa, en la forma de que 'instruye el si- 
guiente oficio de don Luis de Larrobla, datado el 10 de febrero de 1813: 

«El señor capitán general don Gaspar de Vigodet, su fiel amigo, ha 
puesto en mi mano la ancha o fácil comisión, pues depende de usted, de 
hacerle presente ser eternamente su amigo, que sólo de usted el alto* Go- 
bierno de la Nación se acuerda, para lo que le ha expedido una real orden 
en su favor; que usted quedará en la campaña con el grado y ctfmo quiera; 
que podrá formar cuerpos y oficiales; mandándole despachos en blanco o 
dándolos usted al modo mejor que halle; y que siendo usted el único gene- 
ral de esta campaña, se le franquearían sin demora alguna los auxilios que 
necesita para libertarla, sea con armas, gente, municiones y* dinero; y el 
Excmo. Cabildo hace a usted la más solemne protesta de adherir a cuanto 
usted proponga bajo la justa recompensa de su unión con Montevideo, su 
Patria, y con sus amigos, que son todos sus habitantes.» 

He aquí la contestación de Artigas, tal como la ha trasmitido a la 
historia don Francisco Acuña de Figueroa, quien en esa época hacía causa 
común con las autoridades españolas y tenía a su disposición los archivos 
oficiales: 

«¿Qué me importa a mí del empleo de comandante general de campaña 
ofrecido por Vigodet, si el voto unánime de sus habitantes me señala ;más 
alto destino? Y aunque así no fuera, prefiero ser independiente a cualquier 
cosa.» 

Y al margen del oficio de Larrobla, escribió estas palabras desbordantes 
de honradez cívica: 

«Sirve para la vindicación del Jefe de los Orientales, que dejspreció el 
convite en las circunstancias más apuradas.» 

No se trataba de un ofrecimiento personal de Vigodet, sino de un decreto 

.de la Corte de Madrid, el mismo decreto de que ya nos ha hablado el piaris- 
cal Laguna, por el cual se acordaba a Artigas el grado de brigadier. 



ARTIGAS RECHAZA TODOS LOS OFRECIMIENTOS 


153 


Después del bando que puso a precio al cabeza de Artigas. 

Con motivo del decreto de Posadas que ponía a precio l/i cabeza de 
Artigas, volvieron los españoles a gestionar el concurso del antiguo oficial 
de blandengues. 

Véase lo que. le escribía el general Pezuela, invocando órdenes del 
Virrey de Lima, en. oficio datado en Jujuy' el 5 de mayo de 1814: 

«Estoy impuesto de que V. S., fiel a su mionarca, ha sostenido sus dere- 
chos combatiendo contra la facción: por lo mismo cuente V. S. y sus oficiales 
y tropa con los premios a que se han hecho acreedores, y' por lo pronto, con 
los auxilios y cuanto pueda necesitar: para todo acompaño las instrucciones 
a que se servirá contestar.» 

Había creído el Virrey de Lima que por el hecho de estar en hostilidades 
con el Gobierno de Buenos Aires, se asociaría a los españoles. Pero la con- 
testación del Jefe de los Orientales, no tardó en volverlo a la realidad de 
los sucesos que se desenvolvían en el Río de la Plata bajo el ariete arti- 
guista que maniobraba contra todas las tiranías, fueran de la nacionalidad 
que fueran. Véanse los términos de la magnífica respuesta de Artigas a Pe- 
zuela: ’ ! ) 

«Han engañado a V. S. y ofendido mi carácter cuando le han informado 
que defiendo a su rey’. . . La sangre y la desolación de América la ha causado 
la ‘ambición española... Yo no soy vendible, ni quiero más premio a mi 
empeño que ver libre mi Nación del poderío español.» 

En la misma oportunidad las autoridades de Montevideo despachaban 
comisiones al campamento de Otorgués, en la esperanza de arribar a un ave- 
nimiento. 

En el «Diario Histórico», de don Francisco Acuña de Figueroa, hay nu- 
merosas referencias a esa gestión a la que puso término el teniente de Ar- 
tigas, con un expresivo oficio datado el 26 de mayo de 1814, en que incita 
así al Cabildo a plegarse a la causa de la independencia: 

«Hable V. S. por medio de sus representantes, déseles a éstos la investi- 
dura de absolutos poderes, que usando ellos del majestuoso idioma de la li- 
bertad y felicidad de los orientales, los vivas y aclamaciones sucederán al ruido 
de las armas.» 

Artigas combatía contra todos los despotismos. 

Cada vez, pues, que la oligarquía de Buenos Aires asestaba uno de sus 
golpes formidables al Jefe de los Orientales, salían comisiones y se escribían 
oficios desde todos los focos españoles para halagar al perseguido con hono- 
res y -perspectivas de revancha. 

En esos mismos momentos o en los meses subsiguientes, la bandera es- 
pañola era enarbolada por el almirante Brown frente a Montevideo, como 
insignia argentina, y la diplomacia ejercida por Sarratea y' por próceres de la 
elevada talla moral de Rivadavia y de Belgrano, hacía protestas de vasa- 
llaje ante el trono de Madrid y procuraba instituir una monarquía española 
en el Río de la Plata. El ambiente inclinaba a las transacciones. 

Pero Artigas no transigía. Era el, único republicano de la revolución y 
el único estadista que entonces proclamaba que arriba de los hombres esta- 
ban las instituciones. Y esos dos principios, condensados en sus famosas 
Instrucciones de 1813, le obligaban a rechazar todas las fórmulas transae- 
cionales por angustiosas que fueran las circunstancias en que invariable- 
mente vivía. 


★ ★ 



CAPITULO XXI 


EL GOBIERNO ARGENTINO EN MONTEVIDEO 


Capitulación de la plaza. 

Cuando Artigas se retiró de la línea sitiadora era ya tan angustiosa la 
situación de la plaza, que los españoles no se atrevieron a sacar partido del 
brusco debilitamiento que sufrían las fuerzas de Rondeau. 

Pero el puerto estaba abierto a la importación de artículos de boca y 
así continuó algunos meses todavía, hasta mediados de mayo de 1814, en que 
la escuadra de las Provincias Unidas al mando de Brown, que enarbolaba la 
bandera española, atacó y destruyó a la escuadra de Montevideo, quedando 
desde ese momento la plaza absolutamente aislada. 

Agotados los víveres, se rindió la guarnición española el 23 de junio 
del mismo año 1814. ¿Pero, en qué forma? 

Dos partes dirigió Alvear al Supremo Director de las Provincias Unidas. 

En el primero, datado el 20 de junio, se expresaba así: 

«A esta hora, que son las tres y’ media de la tarde, acaba de entregarse 
por capitulación la plaza de Montevideo al ejército de mi mando. En conse- 
cuencia, pasado mañana debe ya tremolar el pabellón de la libertad en la 
Fortaleza del Cerro.» 

En el segundo, datado el 30 del mismo mes, se expresaba de esta otra 
manera: 

«Aunque por mis anteriores comunicaciones, participé a V. E. que esta 
plaza se había entregado al ejército de mi mando por capitulación, no ha- 
biendo sido ratificados los artículos propuestos por ella, resultó que el día 
23 del corriente, tomando todas aquellas medidas de precaución que debió 
sugerirme la frecuente experiencia de la mala fe de su Gobierno, me pose- 
sioné de todas sus fortalezas, parques y demás útiles concernientes al fondo 
público. Esta oportunidad ocasionada por la malicia o debilidad del gene- 
ral enemigo en diferir hasta aquel acto nuestra ratificación respectiva sobre 
lo pactado, me proporcionó apoderarme de la ciudad a discreción, haciendo 
que las tropas que la guarnecían salieran a extramuros, quedando deposita- 
das en la casa de los negros y panadería de Pérez. Sucesivamente determiné 
el arresto del general Vigodet con toda la oficialidad veterana que había en 
ella, apoderándome juntamente de los buques que se hallaban en la bahía y* 
demás pertrechos navales.» 

El general Vigodet, ex jefe de la plaza, dirigió una protesta al Gobierno 
de las Provincias Unidas, ilustradas con todas las piezas relativas a la ca- 
pitulación, trabándose con tal motivo una polémica en la que Alvear, des- 
pués de invocar varios precedentes de palabras empeñadas y no cumplidas por 
los militares, concluía así: 

«Pero estas opiniones y estas leyes están fundadas en una razón bien 
manifiesta: que siendo las violencias, las muertes y los estragos lícitos en 
la guerra sólo en cuanto conducen necesariamente a un fin justo, deben 
ser lícitos y laudables los ardides, los engaños y estratagemas que excusan 
aquellos males, en lo que se consulta a la humanidad y la equidad natural.» 

Tal era el criterio de los grandes adversarios de Artigas: todo era lí- 
cito en la guerra, hasta el engaño, hasta la violación de los pactos. 

La plaza se había rendido, efectivamente, por capitulación. Pero des- 
pués de rendida, Alvear aprisionó a los jefes y oficiales; distribuyó parte 
de los soldados en las filas de su ejército y a todos los que no habían que- 



EL GOBIERNO ARGENTINO EN MONTEVIDEO 


155 


rido traicionar su bandera, los embarcó con destino a Buenos Aires; secuestró 
todas las embarcaciones particulares que había en el puerto y' las propiedades 
y mercaderías de españoles ausentes; e impuso al pueblo una contribución 
extraordinaria y otra ordinaria que debía pagarse mensualmente. 

Entre las cláusulas de la capitulación figuraba una que autorizaba al 
ejército español para retirarse a Maldonado con todo su armamento, a fin 
de tomar allí los barcos que habrían de conducirlo a España. 

Pues bien: esa cláusula tuvo pleno principio de ejecución el mismo día 
23 de junio. Un testigo presencial y de .alta respetabilidad, don Francisco 
Acuña de Figueroa, luego de referir que a las doce del día salía la guarnición 
española, compuesta de 2,600 hombres, en columna cerrada, con banderas 
desplegadas y cuatro piezas de artillería, agrega el siguiente dato: 

«La columna de tropas de la plaza verificó su salida por el portón de 
San Juan o del Sur, para no encontrarse con el ejército sitiador que para 
hacer su entrada se aproximaba ya al portón de San Pedro.» 

«El general Alvear, al divisar la columna que salía por el lado del Sur, 
destacó a su jefe de vanguardia Valdenegro con tropas, para que al pasar el 
ejército realista le hiciera los saludos y honores de la guerra, lo que fué 
una cierta mortificación para los vencidos.» 

A los seis días, agrega el señor Acuña de Figueroa, es decir, el 30 de 
junio, la capitulación fué hecha pedazos. Paseábanse libremente por la ciu- 
dad los oficiales realistas y muchos soldados de los que estaban acantonados 
en la casa de los negros y cercanías aguardando el embarque para España, 
cuando fueron arrestados todos los oficiales y como 500 soldados. En seguida 
marchó fuerza a la casa de los negros a recoger las armas y' notificar a 
la tropa que los que no quisieran ingresar en los cuerpos argentinos serían 
enviados a Buenos Aires. 

Muchos se enrolaron ante el temor de nuevos sufrimientos, pero unos 
trescientos, termina el señor Acuña de Figueroa, prefirieron ser tratados 
como prisioneros y fueron embarcados como tales a Buenos Aires. 

El general Antonio Díaz, decidido alvearista, afirma que «los vence- 
dores y los vencidos quedaron sorprendidos en presencia de los actos reali- 
zados después de la capitulación». 

Otros dos contemporáneos muy autorizados, los señores Larrañaga y 
Guerra, refieren que el capitán de navio Vargas, uno de los comisionados 
de Vigodet, «se encargó de la redacción del tratado, adhiriendo Alvear fran- 
camente a todas las proposiciones y condiciones, tantas y tales que a ser 
cumplidas se hubiera dudado quién era el vencedor y quién el vencido»... 
pero «los resultados del honorífico tratado consistieron en no cumplirlo los 
sitiadores». 


Alvear tiende una celada a Otorgués. 

Quince días antes de la capitulación, escribía Alvear a Otorgués, jefe 
de las fuerzas artiguistas: 

«Nada me será más plausible, nada más lisonjero y satisfactorio que la 
plaza de Montevideo en poder de mis paisanos. En el día se halla en los úl- 
timos apuros y desea entrar en negociación. Yo no admito ninguna como no 
sea la entrega de ésta a usted. Lo que quiero es verla en poder de ¡mis pai- 
sanos y no de los godos a quienes haré eternamente la guerra. Para el efecto, 
mándeme sin perder un solo instante dos diputados plenamente autorizados 
que vengan a tratar con los de la plaza de Montevideo del modo y' forma con 
que deben hacer la entrega de ella.» 

«Las fuerzas de mi actual ejército hacen falta en el Perú, y yo que me 
veo animado sólo de los verdaderos intereses de la libertad y muy distante 
de personalidades, creo un deber mío atender a las necesidades efectivas de 



ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


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mi país, despreciando partidos que sólo sirven para nuestro descrédito y 
para exponer la causa común.» 

¿Qué se proponía Alvear al dirigirse en tal forma a Otorgués? 

Estas dos' cosas: impedir que el general Vigodet resolviera entregar la 
plaza a los orientales, en vez de entregarla a los argentinos, hipjótesis muy 
verosímil dadas las tentativas anteriores para entenderse con Artigas, y el 
hecho muy reciente de haber salido el cabildante Moran en cumplimiento 
de una comisión al campamento uruguayo; y adormecer a Otorgués, para 
destruirlo más fácilmente. 

Cuando el ejército argentino entraba a Montevideo, Otorgués se co- 
rrió a Las Piedras confiando, seguramente, en la efectividad de las promesas 
que se le habían hecho. 

Alvear, que consideró llegada la hora del ataque, salió inmediatamente 
de la ciudad, y el 25 de junio, o sea dos días después de la rendición de la 
plaza, dirigió el siguiente oficio a don José Moldes, comandante de armas 
ae Montevideo: 

«Acabo en este momento de derrotar completamente a Otorgués.» 

«Este hombre no tuvo valor para esperarme y presentarme batalla. Cuando 
llegué al campo de la acción, yo tenía sólo 200 hombres: con parlamentos lo 
estuve entreteniendo hasta que a las siete de la noche me llegó infantería 
y el teniente coronel Zapiola y, sin perder instante, cargué entonces a los 
contrarios, no obstante la oscuridad de aquel momento. Ellos han sido des- 
trozados completamente, y yo he conseguido un número m,uy considerable 
de caballadas, boyadas y prisioneros.» 

Confiesa Alvear, como se ve, que ¡estuvo «entreteniendo con parlamentos» 
a Otorgués, a la espera de refuerzos para caer de noche sobre su campa- 
mento desprevenido! 

El general Antonio Díaz, declara en sus «Memorias» que cuando Alvear 
llegó a Las Piedras, Otorgués dirigió a su encuentro con bandera de parla- 
mento al doctor Revuelta y al capitán Sáenz, pero que Alvear arrestó a los par- 
lamentarios como anarquistas y traidores y cargó en seguida sobre Otorgués, 
sorprendiendo sus fuerzas. 

La «Memoria de los sucesos de armas» inserta en la Colección Lamas, 
agrega que esos dos parlamentarios habían sido pedidos por Alvear para com- 
binar una forma de avenimiento, y que cuando los orientales esperaban el 
regreso de los comisionados, «Alvear cargó sobre ellos obligándolos a retro- 
ceder hasta el pueblo de Canelones, donde se interpuso la división de Rivera». 

Para atenuar la crudeza de este plan de exterminio, a base de engaños, 
que empieza a desarrollarse desde antes de la capitulación de Montevideo, 
hanse invocado dos documentos relativos a supuestas complicidades con 
los españoles. 

El primero de ellos, es un oficio de Otorgués a los jefes españoles pri- 
sioneros, datado el día siguiente de la capitulación. He aquí su contenido: 

«Las intrigas de un Gobierno que después de tratar de su protección nos 
ha sido infidente, ha colocado esos valientes soldados en el seno del pre- 
cipicio y' del deshonor. Esta mancha que permanecerá delante de todas las 
naciones entre nosotros, puede obscurecerse enteramente si V. S. quiere co- 
locarse bajo nuestra protección.» 

Es posible que la carta fuera fraguada para dar pretextos al extermi- 
nio del campamento oriental. Pero aún siendo auténtica, su contenido no 
podía sorprender a Alvear que acababa de tratar directamente con Vigodet 
después de anunciada la intervención principal de los orientales y de expresado 
el propósito de entregarles la plaza. 

Es más pobre todavía el otro documento. Se trata de un oficio atribuido 
a don Luis de Larrobla, comunicando al encargado de negocios de España 
en Río de Janeiro, en noviembre de 1814, que «por noticias fidedignas re- 
cibidas de Río Grande de San Pedro, parece que los jefes de la Banda Orien- 



EL GOBIERNO ARGENTINO EN MONTEVIDEO 


157 


tal, José Artigas y Fernando Otorgués, han comisionado sus diputados pi- 
diendo auxilio para continuar la guerra en nombre del señor don Fernando 
VII contra los rebeldes de Buenos Aires». 

No está firmado y, además, carece de todo interés como documento de 
prueba: porque se limita a recoger un chisme que corre en el Brasil; por- 
que la resolución siempre inquebrantable de Artigas contra el dominio espa- 
ñol, excluye toda duda acerca de la perfecta invariabilidad de su conducta; 
y' porque al tiempo de escribirse ese oficio, hacía ya cinco meses que la guar- 
nición española había capitulado y ni huellas quedaban de las tropas de Vi- 
godet en Montevideo. 

En resumidas cuentas, Alvear se propuso ador^n^cer a Vigodet con una 
capitulación honrosa que tenía el propósito de violar; y a Otorgués con pro- 
mesas encaminadas a facilitar el exterminio artiguista mediante un solo golpe 
de mano, sin necesidad de incómodas marchas, ni de penosas campañas. 

* 

Cómo se inició le. administración argentina en Montevideo. 

El 4 de julio de 1814 publicó Alvear un bando de confiscación general 
de bienes e intereses de ausentes, ordenando, de acuerdo con instrucciones 
del Director Supremo, que todas las cantidades resultantes de consignacio- 
nes, habilitaciones y créditos de individuos residentes en España y sus colo- 
nias, fueran denunciadas en el término de 48 horas, bajo pena a los ocul- 
tadores y' remisos de confiscación de la mitad de sus bienes. 

Un mns después, el 10 de agosto, el diputado de la Soberana Asamblea, 
doctor Pedro Pablo Vidal, se airigía en éstos términos a los vecinos de 
Montevideo: 

«El Director Supremo necesitando hacer cuantiosos gastos para arrojar 
del Perú al enemigo que lo tiraniza, se ve en el caso de ordenar a usted que 
en el preciso término de ocho días entregue indispensablemente en la Teso- 
rería de esta ciudad la suma de... pesos.» 

De la severidad con que se procedía dan testimonio el caso del comer- 
ciante don Manuel Diago, quien no teniendo dinero en caja tuvo que entre- 
gar, por concepto de la cuota arbitraria que se le había señalado, seis te- 
lescopios y un microscopio que fueron enviados en el acto a Buenos Aires 
para su tasación y traspaso al Gobierno; y los tres documentos oficiales que 
indicamos a continuación: 

Una representación del comercio al comisionado argentino doctor Ni- 
colás Herrera, de enero de 1815, solicitando la reforma del régimen contri- 
butivo como medio de evitar, decían los firmantes, que al que debe pagar 
mil se le cobre cien y al que debe pagar cien se le cobre mil; 

Una representación del Cabildo, de febrero del mismo año, contra los 
secuestros, prisiones y' demás medidas dictadas para extraer contribuciones, 
cuyo resultado principal, decía el oficio, «era que estuvieran engrillados en 
la cárcel por no poder pagar su cuota» diversas personas que constituían el 
único sosten de sus familias; 

Una exposición del doctor Nicolás Herrera al Gobierno argentino, da- 
tada el mismo mes de febrero, en la que después de referirse a casos de 
embargo de útiles de los negociantes y muerdes de las casas, hablaba de 
la anomalía «de terminar la guerra de la Banda Oriental y al mismo tiempo 
fomentar una de sus causas, como don José Artigas supone serlo el trata- 
miento de este vecindario»; y concluía así: 

«Llamando la atención suprema hacia el clamor general del vecindario, 
hacia el llanto de las familias, hacia el desierto que se ha formado en el seno 
de la mejor población, y' sobre todo hacia las consecuencias que debemos es- 
perar si empeñados en sostener providencias, nada hiciéramos por suavizar 
este cáncer que va devorando la influencia del Gobierno Supremo y esta- 
bleciendo sobre su propia debilidad los triunfos de un soldado a quien no 



158 


Ais ALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


pueden oponerse las armas por causas de que supongo a V. E. informado, 
ni el concepto ni el clamor del pueblo porque no trabajamos para ganarlo.» 

El régimen político de la Provincia. 


¿Sería más tolerable el régimen político impuesto por el gobierno de 
Buenos Aires a la Banda Oriental? Ya liemos dicho que por decreto de 7 
áe marzo de 1814, a raíz de la campaña emprendida contra Artigas, el Su- 
premo Director Posadas dispuso administrativamente de la Provincia Orien- 
tal como de un feudo, fijando sus límites y designándole un Gobernador 
Intendente, sin la previa consulta a los pueblos de cuyos destinos se disponía. 

La intendencia fué desempeñada por don Juan José Durán hasta pocos 
días después de la rendición de la plaza, en cuya oportunidad el Director 
Posadas, prosiguiendo en el mismo camino de completa absorción de las 
autonomías locales, creó el empleo de Gobernador político y’ militar de la 
Provincia Oriental y designó para ocuparlo al coronel Nicolás Rodríguez 
Peña. s 

El nuevo Gobernador dirigió en el acto al Cabildo el siguiente oficio: 

«Habiendo dispuesto S. E. el Director Supremo que los capitulares que 
actualmente componen la Municipalidad de este pueblo cesen en su oficio 
y sean elegidos en su lugar los individuos comprendidos en la nota adjunta, 
dispondrá V. S. que reunido ese cuerpo precisamente el día de mañana y 
convocados a la sala capitular los que deben entrar al desempeño de los 
cargos, se les dé inmediata posesión, previo el juramento de estilo y el re- 
conocimiento del gobierno superior que rige las Provincias Unidas del Río 
de la Plata.» 

En la nota adjunta figuraban todos los cargos y’ sus candidatos res- 
pectivos, desde el de Alcalde de primer voto, a favor de don Manuel Pérez, 
hasta el de Portero, a favor de don Alejo Martínez. 

No se contentaba, pues, el Gobierno de Buenos Aires con el nombra- 
miento de Gobernador; imponía también la lista de los capitulares con pres- 
cindencia del vecindario de Montevideo, para que no quedara ningún res- 
quicio ni válvula de escape a las ideas de autonomía y de régimen institu- 
cional que tan honda repercusión habían tenido en los congresos de abril 
de 1813 y’ en los actos a que esos congresos habían dado lugar. 

Hasta 1812 había sido de ley y de práctica que el cabildo cesante eligiera 
al Cabildo que debía sucederle. Pero en diciembre de ese año, de acuerdo 
con la nueva carta española que acababa de jurarse, la elección de cabil- 
dantes quedó librada a un colegio de 16 electores votados directamente por 
el pueblo; y la elección popular se repitió en diciembre de 1813, y resultó 
muy’ acertada, dice don Francisco Acuña de Figueroa. 

Quiere decir, pues, que el mismo absolutismo español había dado al 
pueble^ de Montevideo el derecho de elegir a sus cabildantes, y que en cam- 
bio la Revolución de Mayo, no obstante su programa de libertad y de con- 
sagración de la soberanía popular, i imponía a la Provincia hasta el nombra- 
miento de porteros! 

¿Cómo podían armonizarse los principios políticos de Artigas con esas 
prácticas que reconcentraban en Buenos Aires todos y cada uno de los resor- 
tes del gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata? 


Prosigue la guerra contra Artigas. 

J.os comienzos de la administración del coronel Nicolás Rodríguez Peña 
parecieron favorables a un avenimiento. 

El nuevo Gobernador se dirigió efectivamente a Artigas en términos 



EL GOBIERNO ARGENTINO EN MONTEVIDEO 


159 


honrosos para el Jefe de los Orientales, cuy’a cabeza estaba todavía puesta 
a precio: 

«Por la primera vez, le decía, tengo el placer de dirigirme a V. S. mo- 
vido de las circunstancias felices que merecen nuestras 'mutuas felicitacio- 
nes, estimulado, además, por la afección con que siempre he mirado su per- 
sona. Los intereses 4e la Patria, porque V. S. ha trabajado con tanto des- 
velo y el carácter en que nos hallamos, hacen necesaria la apertura de nues- 
tras relaciones.» 

«Mucho es lo que la Patria espera de nosotros en estos preciosos mo- 
mentos, y V. S. que tanto se esfuerza en restablecer los días de dulzura y de 
vida que nos piden nuestros hermanos, va a tener una parte la más distin- 
guida en este negocio.» 

Pocos 'días después, el Director Posadas, autor del monstruoso bando 
de exterminio del 11 de febrero, declaraba a Artigas «buen servidor de la 
Patria»; lo reponía «en su grado de coronel del regimiento de blandengues 
con todos sus honores y prerrogativas»; y’ le confería «el empleo de coman- 
dante general de la campaña de Montevideo». 

Dentro de este nuevo ambiente pudo Alvear reanudar el plan iniciado 
en la víspera de la rendición de Montevideo: abrió negociaciones con Artigas; 
obtuvo el nombmmiento de comisionados para el ajuste de un tratado; si- 
muló el embarque de sus tronas para Buenos Aires; y cuando todo el mundo 
creía que efectivamente se iba a producir la entrega de Montevideo a los 
orientales, lanzó al coronel Dorrego contra el campamento de Otorgués en 
Marmarajá, obteniendo, mediante este ardid, una completa victoria y mu- 
chos prisioneros, entre ellos la familia de Otorgués. 

De los excesos cometidos por la soldadesca, da idea el siguiente párrafo 
de un oficio de Otorgués al delegado extraordinario del Gobierno argentino 
doctor Nicolás Herrera: 

«Mi hija, digno objeto de mis delicias, ha sido víctima de la lascivia 
de un hombre desmoralizado y la violencia se opuso a su inocencia. ¡Qué 
cuadro tan lisonjero para un padre honrado y amante de su familia! ¡Y qué 
bases para fundamentar un gobierno liberal y virtuoso!... Permítame V. 8. 
oue me haya separado algún tanto del objeto general, pues el amor paternal 
ha trastornado mi razón.» 

Podía t tratarse de un hecho aislado, se dirá. Pero dos testigos de tan 
alta autoridad moral como don Dámaso Larrañaga y don José Raymundo 
Guerra, declaran que después de su victoria de Marmarajá las fuerzas ar- 
gentinas se retiraron a la Colonia, y* que allí, en un baile dado en la ciudad, 
el coronel Dorrego sirvió cantáridas a las señoras! 

¡Había llegado la oportunidad de elegir diputados! 

La Provincia Oriental carecía de representación en el Congreso Cons- 
tituyente que funcionaba en Buenos Aires desde 1813. Los diputados sur- 
gidos del Congreso provincial de abril habían sido rechazados. Y los que pos- 
teriormente designó el Congreso de la Capilla Maciel tampoco alcanzaron a 
ocupar sus bancas. 

Celebrando el resultado del ataque al campamento de Otorgués en Mar- 
marajá, dirigió en octubre de 1814 el nuevo Gobernador intendente de Mon- 
tevideo, don Miguel Estanislao Soler, esta circular a los Alcades de campaña, 
con instrucciones para la elección de los representantes orientales: 

«Ahora que la justicia por ante las armas de la Patria ha aniquilado 
los grupos de bandidos que alteraban la tranquilidad de la Provincia, es 
llegado el caso de que se hagan requeribles las supremas intenciones, y 
para ello he dispuesto que en el día de mañana se proceda a la elección de 
los dos diputados.» 

Para que la elección de diputados fuera buena era necesario que los 



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ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


orientales no pudieran votar: en primer lugar, porque eran bandidos que 
alteraban la tranquilidad pública; y en segundo lugar, porque querían que 
las Provincias Unidas del Río de la Plata tuvieran la Constitución más ade- 
lantada del mundo, exactamente la misma Constitución que tiene actualmente 
la República Argentina. 

La guerra de extei^ninio. 

Al finalizar el año 1814 el general Soler transcribía al coronel Dorrego 
«para su conocimiento y puntual observancia», un oficio del Supremo Direc- 
tor de las Provincias Unidas, en el que se recomendaba la mayor actividad 
en la campaña contra Otorgués y se agregaba lo siguiente: 

«Tampoco puede Y. S. perder de vista que todas las ventajas que se lo- 
gren sobre el enemigo serán infructuosas si el escarmiento no lo contiene 
en los límites de la subordinación y del deber. Ellos deben ser tratados como 
asesinos e incendiarios, supuesto cue sus incursiones no respetan ni los de- 
rechos de la guerra y de la humanidad. Todos los oficiales, sargentos, cabos 
y jefes de partida que se aprehendan con las armas en la mano serán fusi- 
lados y los demás remitidos con seguridad a esta Banda occidental del Paraná 
para que sean útiles a la patria en otros destinos.» 

Pocos días antes habíase dirigido el Gobierno de Buenos Aires a los je- 
fes Blas José de Pico, Miguel Estanislao Soler y Comandante General de la 
Banda Oriental, en estos términos: 

«Considerando el Director Supremo que los medios de suavidad y de 
condescendencia empleados hasta aftora con los que desgraciadamente siguen 
el partido de don José Artigas, no han surtido los efectos deseados, ha venido 
en ratificar las medidas tomadas por el general Carlos Alvear, sobre la con- 
fiscación de los bienes raíces y muebles de los americanos que siguen al re- 
ferido Artigas y a los jefes de sus divisiones, toda vez que no se presenten 
y’ vuelvan a sus hogares dentro del término de cuarenta días.» 

«Sus bienes se repartirán a los americanos patriotas, que siguiendo el 
sistema de la Unión, único que salva el territorio de los peligros que lo cer- 
can, obedecen al Gobierno de las Provincias Unidas.» 

Batalla de Guayabos. 

Bajo el impulso de estas órdenes furibundas/ recrudeció la campaña 
contra Artigas. Pero esta vez con resultado adverso. 

El ejército de Dorrego, fuerte de 1,700 hombres, fué totalmente des- 
hecho en los campos de Guayabos el 10 de enero de 1815, por Rivera al 
frente de una división de 1,000 soldados de la que también formaban parte 
Lavalleja y Bauzá. 

Tan enorme fué el desbande, que Dorrego cruzó el Uruguay con una 
veintena de soldados solamente. 

El ejército^ [argentino desaloja la plaza de Montevideo. 

La dominación argentina quedaba circunscripta desde ese momento a 
la ciudad de Montevideo, a su turno sitiada rigurosamente por las fuerzas 
de Otorgués . 

El 10 de febrero, escribía el nuevo Director Alvear a su delegado en 
Montevideo don Nicolás Herrera: 

«Es imposible que podamos mandar víveres por lo que cuestan y* no 
haber plata para ello; ahí van todos los buques para que vengan todos los 
pertrechos de guerra y efectos pertenecientes al Estado; es preciso que se 
sostenga el sitio hasta la última hora, y que se embarque todo sin dejar un 
grano de pólvora ni un fusil.» 



EL GOBIERNO ARGENTINO EN MONTEVIDEO 


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Una seímana después, el general Soler, jefe de la plaza, expresaba al de- 
legado Herrera: 

«El ejército corre a su disolución... Es necesario tomar una resolución 
que tal vez no será posible cuando estén los enemigos encima, porque enton- 
ces el mismo pueblo abrirá sus puertas y serán sacrificados los que queden 
para la última operación.» 

«Tengo fundados motivos para solicitar, como lo hago, que V. S. me 
releve del cargo de general y del gobierno interino de esta Provincia... fran- 
quéandome el buque necesario para restituirme a la capital.» 

Ya no era posible aguardar más. Y el 24 de febrero empezó el embarque 
con destino a Buenos Aires, de todo el valioso material de guerra que la 
dominación española había amontonado en Montevideo. 

Según las órdenes de Alvear no debía dejarse a Artigas ni un fusil, ni 
un grano de pólvora. Los fusiles y' los cañones pudieron, embarcarse. Pero 
la pólvora era mucha, y en la imposibilidad de conducirla toda, se resolvió 
echar los sobrantes al agua; y en esa tarea se trabajaba cuando llegó orden 
de apurar y de emplear palas, cuyos instrumentos al rozar con el piso de 
piedra produjeron la terrible explosión que destruyó el depósito y los edifi- 
cios contiguos y que costó la vida de ciento veinte personas. 

El rico archivo de Montevideo fué abandonado, dicen Larrañaga y Guerra, 
«a discreción de la chusma, perdiéndose por tal barbaridad una multitud de 
preciosos expedientes y documentos». 

Había también orden de arrasar la fortaleza del Cerro «empleando la 
guarnición con azadas y picos», según oficio del Gobierno de Buenos Aires 
al general Soler. Pero la orden no fué cumplida por intervención del dele- 
gado doctor Herrera, quien invocó «la mala impresión que causaría ese 
paso» en perjuicio de las transacciones que se tramitaban con los sitiadores. 

Dando cuenta más adelante el delegado doctor Herrera al Gobierno de 
Buenos Aires del desempeño de su misión, reflejaba en esta forma el estado 
del ejército argentino en la víspera de la desocupación: 

«El general don Miguel Estanislao Soler me hizo presente a los pocos 
días de mi llegada que era necesario embarcar las tropas y retirarse a la ca- 
pital sin pérdida de instantes, porque la seducción de los enemigos, el odio 
del pueblo y’ la escandalosa deserción que se experimentaba en las tropas, 
le hacían temer con fundamento una sedición militar o una disolución del 
ejército, cuyos resultados serían los más funestos para la Patria.» 

Tal fué el desenlace de la dominación argentina en Montevideo. Ini- 
ciada el 23 de junio de 1814, con la violación de las capitulaciones pactadas, 
la confiscación de las propiedades españolas y la absorción absoluta de la 
autonomía provincial, terminaba el 24 de febrero de 1815, bajo la doble pre- 
sión del odio del pueblo y de la deserción de los soldados, según el propio 
testimonio del delegado argentino. 

¡Ya se ve con cuanta razón exigía Artigas una Constitución política que 
garantizara las autonomías locales y a la vez la soberanía de toda la Nación, 
en la forma amplia que denuncian los dos congresos de abril y el pliego de 
instrucciones de que emanaba la guerra a muerte decretada contra los 
orientales! 


★ ★ 



CAPITULO XXII 


EXTIENDE ARTIGAS SU ACCION A LAS PROVINCIAS ARGENTINAS 
Los prestigios de Articas. 

Mientras que sus tenientes seguían luchando así en la campaña oriental 
y obligaban finalmente al ejército argentino a desalojar la plaza de Monte- 
video, Artigas amalgamaba fuerzas y formaba ambiente a favor de un 
movimiento político que garantizara los derechos de los pueblos. 

Aclamado «Jefe de los Orientales» a raíz del levantamiento del primer 
sitio, era aclamado luego «Protector de los pueblos libres» por las Provincias 
de áanta Fe, Córdoba, Entre Ríos, Corrientes y Misiones. 

El deán Funes, miembro activo de la oligarquía que se había apoderado 
del Gobierno de las Provincias Unidas, declara sin ambages que «los orientales 
tenían levantados tronos en sus pechos al general Artigas», y habla con 
asombro de: 

«Este hombre singular que une una sensibilidad extremosa a una indi- 
ferencia al parecer fría; una sencillez insinuante a una gravedad respetuosa; 
una franqueza atrevida a una familiaridad cómoda; un patriotismo exaltado 
a una fidelidad a veces sospechosa’; un lenguaje siempre de paz a una incli- 
nación nativa a la discordia; un amor vivo por la independencia de la Patria 
a un extravío clásico de su camino.» 

Don Benigno Martínez, historiador de Entre Ríos, condensando el juicio 
de la generación anterior a la suya acerca de la actuación descollante de 
Artigas en la política argentina, recuerda el entusiasmo de aquellas épocas 
de lucha, y agrega: 

«El historiador imparcial no puede dejar de reconocer que se necesita 
mucha popularidad, dotes especiales de carácter y no escaso ingenio para 
que un hombre pueda ser obedecido y aceptado como Protector en cinco pro- 
vincias argentinas.» 

«En su carácter de Protector de los pueblos del litoral, investía, por 
decirlo así,<la primera magistratura de nuestras nacientes villas; era el verda- 
dero director de la política a la que se hallaban ligadas las Provincias de 
Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos.» 

El Cabildo de Córdoba, luego de invocar la libertad, «ídolo de todos 
los pueblos americanos», le decía a Artigas: 

«Si V. S. es el protector de esa libertad, ¡cuán dulce y consoladora no 
debe ser esta idea al virtuoso y patriota pueblo de Córdoba!» 

«Este pueblo da a V. S. las gracias por su protección y en uso de ella 
ha procedido a la elección de un nuevo jefe.» 

En el Museo Nacional de Montevideo existe el complemento de este oficio: 
una espada con vaina de oro y las siguientes leyendas: «Córdoba en sus 
primeros ensayos a su Protector el inmortal general don José Artigas»; «Cór- 
doba independiente a su Protector don José Artigas. Año 1815». 

Don Urbano de Iriohdo, historiador de Santa Fe, contemporáneo de 
Artigas, al referir los sucesos militares de marzo de 1815 en que los santa- 
fecinos vencieron a los ejércitos de Buenos Aires «con la protección del gene- 
ral Artigas», tiene esta mención muy honrosa para la bandera artiguista: 

.«El Cabildo nombró de Gobernador interino a don Francisco Antonio 
Candioti hasta que se pudiera reunir el pueblo para nombrar en propiedad, y 
luego se enarboló la bandera de la libertad con toda solemnidad en medio 



ACCIÓN BE ARTIGAS EN LAS PROVINCIAS ARGENTINAS 


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de la plaza, compuesta de una faja blanca en el centro, dos celestes a los 
lados y una encarnada que la cruzaba.» 

Otro historiador posterior, el señor Lasaga, complementa el cuadro así: 

«La situación de Santa Fe en esos momentos no podía ser más crítica: 
las masas del pueblo exaltadas por la federación habían levantado altares al 
general Artigas, y declarado guerra a muerte a todos los que entre sus ene- 
migos se encontrasen.» 

La causa de los orientales era La causa de las demás provincias. 

¿Por qué cundía tan entusiastamente la idea artiguista en las Provincias 
Unidas? * 

Oigamos lo que decía Belgrano al Gobierno de Buenos Aires, a mediados 
de 1812, relatando la marcha del ejército expedicionario del Alto Perú: 

«Ni en mi camino del Rosario, ni en aquel triste pueblo, ni en la Pro- 
vincia de Córdoba y su capital, ni en las ciudades de Santiago, Tucumán y’ 
Jujuy, he observado aquel entusiasmo que se manifestaba en los pueblos que 
recorrí cuando mi primera expedición al Paraguay; por el contrario, quejas, 
lamentos, frialdad, total’ indiferencia, y diré más, odio mortal, que casi estoy 
por asegurar que preferirían a Goyeneche cuando no fuese más que por variar 
de situación y ver si mejoraban.» 

«Créame V. E.: el ejército no está en país amigo; no hay una sola demos- 
tración que me lo indique; no se nota un solo hombre que se una a él, no 
digo para servirle, ni aún para ayudarle; todo se hace a costa de gastos y 
sacrificios.» 

«Se nos trata como a verdaderos enemigos.» 

En otro oficio pedía Belgrano al Gobierno, como medio de restaurar el 
primitivo entusiasmo, que se hiciese comprender a las provincias «que Buenos 
Aires no quiere dominarlas, idea que va cundiendo hasta en los pueblos inte- 
riores y de que ya se trata aún en la misma C'ochabamba.» 

La causa de los orientales era, pues, la causa de las demás provincias 
que no querían resignarse a que la Revolución de Mayo significara un simple 
cambio de amos. 

Artigas aclamado por Buenos Aires a raíz del derrumbe de Alvear. 

Fácil le fué por eso mismo a Artigas, a raíz de la liberación de Monte- 
video, organizar un vasto movimiento federal contra la dictadura de Buenos 
Aires. 

Esbozando su campaña escribía al Cabildo de Montevideo desde su 
cuartel general en el Paraná: 

«Hasta el presente yo no he hecho más que cumplir con los deberes de 
un buen ciudadano, empeñando los esfuerzos que han estado a mis alcances 
para verla libre de los tiranos. Allanado gloriosamente ese paso, era de 
indispensable necesidad tocar todos los resortes que afianzasen en lo sucesivo 
el triunfo de la libertad. Por lo mismo he continuado mis afanes en las 
demás provincias vecinas, creyendo adelantar con este suceso la inviolabi- 
lidad ulterior de nuestros derechos.» 

Procuró Alvear contener el torrente. 

«Fijad la vista sobre el territorio en que hace sus incursiones el Jefe 
de los Orientales, decía en su famoso manifiesto de marzo de 1815, y hallaréis 
el cuadro de los beneficios que os prepara. Los campos desiertos, saqueados 
los pueblos, las estancias incendiadas, las familias errantes, destruida la 
fortuna particular de los ciudadanos, despreciada la religión santa de nues- 
tros mayores, los asesinos con el mando, autorizados los más horrendos crí- 



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Anales históricos kel iruouay 


menes y el país más hermoso del mundo convertido en un teatro de sangre y 
desolación: tales son los resultados de la anarquía que tratan de introducir 
aquellos caudillos en nuestro territorio para completar sus miras de ambición 
o de perfidia.» 

Bajo la presión de sus bayonetas, también el Cabildo de Buenos Aires 
lanzó un bando contra Artigas. 

«Un aventurero, decía, se ha levantado alrededor de nuestra patria... 
Ya ha convertido en lugares de muerte todos aquellos puntos por donde ha 
pasado su influjo devorador. . . C’on el vano título de Jefe de los Orientales 
y Protector de los pueblos libres, don José Artigas ^irige ya los bandidos que 
le siguen a ocupar vuestras propiedades, a dilapidar vuestras fortunas, a 
derrumbar vuestro Gobierno, a humillad y talar a la gran capital, a atar, 
en fin, a los que han nacido en la cuna de la libertad, a su carro de desola- 
ción, de ruina y de espanto.» 

Pero el torrente era irresistible. El mismo ejército de Buenos Aires 
que estaba bajo el mando del general Ignacio Alvarez, resolvió hacer causa 
común con Artigas, y cayeron con estrépito, en abril de 1815, el Directorio 
y la Asamblea Constituyente, los dos baluartes de la oligarquía porteña. 

En la víspera de la caída escribía Artigas al general Alvarez: 

«Mi moderación en todos los pasos está de manifiesto y sería menos 
liberal en mis ideas si un solo acto designase que las armas de mi mando 
son contra el pueblo de Buenos Aires.» 

«Tenga V. S. la dignación y demás oficiales de su mando de creer que 
mis desvelos son por la salud de los pueblos y muy recomendablemente el 
de Buenos Aires. En ello está empeñado mi honor y sería desmentir inme- 
diatamente el sistema si con una exclusión vergonzosa mirase al benemérito 
pueblo de Buenos Aires fuera del rango de los demás.» 

«Por lo mismo, creo sincerado mi buen deseo ante ustedes, y que sola- 
mente obrarán mis tropas cuando tengan que contrarrestar tiranos.» 

Producido el derrumbe, Artigas habló así al general Alvarez, de la «vo- 
luntad popular»: 

«Ella debe ser la norma de ulteriores providencias para que las virtu- 
des sean respetadas y tiemblen los tiranos a presencia de los pueblos enér- 
gicos. La libertad naciente es celosa y los magistrados deben acreditar que 
han llenado la pública confianza. Allanado este paso, los demás son consi- 
guientes. En consecuencia, la guerra civil es terminada y mi primera provi- 
dencia al recibir el honorable de V. E. fué repasar mis tropas el Paraná.» 

Ante una actitud tan altruista, el Cabildo de Buenos Aires se apresuró 
a desagraviar al prócer en esta proclama que dirigió al pueblo: 

«Empeñado el tirano en alarmar al pueblo contra el que únicamente 
suponía invasor injusto de nuestra Provincia, precisó con amenazas a esta 
corporación a autorizar con su firma la infame proclama del 5 del corriente. 
Ella no es más que un tejido de imputaciones las más execrables contra ej 
ilustre y benemérito Jefe de los Orientales don José Artigas.» 

«Ciudadanos: deponed vuestros recelos; vuestros verdaderos intereses 
son el objeto de los desvelos de vuestro Ayuntamiento, y para afianzarlos 
procede de acuerdo con el jefe oriental; la rectitud de intenciones del invicto 
general es tan notoria y la ha acreditado de un modo tan plausible, que no 
podéis dudar de ella sin agraviar su decoro.» 

No se contentó con ese manifiesto el Cabilo de Buenos Aires. E’n una 
segunda resolución que lleva a su pie las firmas de Escalada, Oliden, Belgrano, 
Correa, Cueto, Vidal, Rufino, Barros, Zamudio y Bustamante, completó en 
esta forma su nota de desagravio: 

.«Deseando dar a los pueblos un testimonio irrefragable del aprecio que 
le ha merecido la conducta del Jefe de los Orientales don José Artigas.. . 



ACCIÓN DE ARTIGAS EN t,AS PROVINCIAS ARGENTINAS 


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Ha acordado que los ejemplares (de la inicua proclama) que existen y conserva 
en su archivo sean quemados públicamente por mano del verdugo en medio 
de la plaza de la Victoria. . . y que este acto que presenciará en la galería, 
del Cabildo el Excmo. Director reunido con esta corporación se ejecute con 
auxilio de tropa, asistencia del Alguacil Mayor y Escribano de este Ayunta^ 
miento.» 

Se refiere reiteradamente en ambos documentos el Cabildo a actos de 
violencia y amenazas de Alvear para arrancar el bando contra Artigas. ¿En 
qué consistían esas violencias y amenazas? 

Establece Zinny que Alvear citó a los cabildantes a su campamento de 
los Olivos y amenazó con fusilamientos si continuaban desobedeciendo sus 
órdenes en lo relativo a la proclama contra Artigas, y que entonces cedió el 
Cabildo, previas algunas alteraciones de forma encaminadas a suavizar las 
expresiones de la proclama de Alvear. 


Un presente de carne humana. 

El nuevo Gobierno que se instalaba en Buenos Aires a .raíz del derrumbe 
de Alvear, era una simple variante de la misma oligarquía contra la que 
había combatido Artigas. No era dable esperar, en consecuencia, un cambio 
de rumbos políticos. Pero Artigas suponía, sin duda alguna, que la lección 
recibida aprovecharía a los sucesores del Director derrumbado, y se abstuvo 
de llevar adelante su plan de campaña. 

Uno de los primeros actos de ese Gobierno consistió en el envío al 
campamento de Paysandú, de un presente de carne humana. 

Oigamos al general Antonio Díaz, uno de los siete jefes que la oligarquía 
destinaba al sacrificio: 

El Gobierno surgido de la revolución de abril encarceló a muchas per- 
sonas notables de la administración de Alvear: Ministros de Estado, Dipu- 
tados de la Asamblea Constituyente y Jefes del ejército, con ánimo de hacer 
un fusilamiento ejemplar. Fué ejecutado el coronel Enrique Pallardel. Pero 
esa primera ejecución produjo malísimo efecto en el pueblo y hubo que va- 
riar de plan. 

Siete de los jefes pertenecientes al ejército que Alvear destinaba al 
Perú, fueron engrillados y remitidos a Artigas «para que los fusilase o hi- 
ciese en ellos venganza del modo que quisiese como adictos al Gobierno legal 
que acababa de ser derrocado». 

Eran el coronel Ventura Vázquez, el coronel Juan S. Fernández, el coro- 
nel Matías Balbastro, el comandante Ramón Larrea, el mayor Juan Zufria- 
teguy, el comandante Antonio Pallardel, y el comandante Antonio Díaz, autor 
de la relación histórica que extractamos. 

Artigas, después de mirar a los jefes engrillados, entre los cuales figu- 
raba el coronel Vázquez que había traicionado su causa en el Ayuí para 
plegarse con el batallón de blandengues orientales al ejército de Sarratea, 
habló en estos términos: 

«Siento, señores, ver con esos grillos a hombres que han peleado y 
pasado trabajos por la causa. El Gobierno de Buenos Aires me los manda 
a ustedes para que los fusile; pero yo no veo los motivos. Aquí me dice 
(señalando un papel que tenía en la mano), que ustedes me han hecho la 
guerra, pero yo sé que ustedes no tienen la culpa. . . Si es que ustedes me 
han hecho la guerra, lo mismo hacen mis jefes y mis oficiales obedeciendo 
lo que les mando, como ustedes habrán obedecido lo que sus superiores les 
mandaron; y si hay otras causas, yo no tengo que ver con eso, ni soy verdugo 
del Gobierno de Buenos Aires.» 



■I6fi ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Después de conversar con todos, se quedó un ralo pensativo, y dijo con 
una sonrisa de desprecio: 

«¡Vaya, que ni entre infieles se verá una cosa igual!» 

Contra la dictadura de la Capital. 

Pocos días después del derrumbe de Alvear, anunciaba Artigas al Ckbildo 
de Buenos Aires la próxima reunión de un Congreso de las provincias que 
estaban bajo su mando y protección, para ratificar el reconocimiento del 
nuevo Gobierno, y pedía que entretanto fueran allanadas las diferencias que 
habían obstaculizado la efectividad de la unión. 

Desde el levantamiento del primer sitio, decía en su oficio, la Revolu- 
ción de Mayo ha quedado prostituida por el absoluto desconocimiento de las 
libertades locales, y ese desconocimiento se ha acentuado posteriormente hasta 
dar origen a un abierto sistema de conquista que convierte al Gobierno de 
Buenos Aires en dueño y señor de las demás provincias; y en consecuencia, 
antes de la reunión del Congreso es necesario celebrar transacciones capaces 
de infundir «una confianza tal cual se requiere para dar al Gobierno insta- 
lado todo el nervio conveniente al ejercicio de sus altas funciones». 

Otro documento notable salió el mismo día de la pluma de Artigas: 
un manifiesto al pueblo de Buenos Aires, insistiendo en la necesidad de la 
unión. Articas formula en ese manifiesto el proceso de la guerra civil 
desoladora provocada por el Gobierno’ con sus expediciones militares a las 
provincias; pero a la vez formula la unión con el pueblo de Buenos Aires 
que habiendo sido «el primero en proclamar la dignidad popular, sus esfuerzos 
por consolidarla sólo podían excitar en él la dulce y noble satisfacción de 
ver er ios demás pueblos los monumentos preciosos que se le erigiesen para 
inmortalizar la gratitud popular». 

Artigas propone como base de pacificación el sistema federal. 

Cediendo a las reiteradas gestiones de Artigas para dirimir las diferen- 
cias políticas que habían dado origen al conflicto con Alvear y fijar las 
bases de la unión con las provincias, el Gobierno de Buenos Aires encomendó 
a los señores Blas José de Pico y Francisco Bruno de Rivarola la tarea de 
entrevistarse con el Jefe de los Orientales y arribar a fórmulas transaccionales. 

Los comisionados presentaron un pliego, cuyas disposiciones fundamen- 
tales pueden sintetizarse así: 

El Gobierno de Buenos Aires reconoce la independencia de la Banda 
Oriental; renuncia a sus derechos sobre ella; se obliga a ayudarla en caso 
de lucha contra España; y declara que entre ambas Provincias no habrá 
lugar a reclamos por concepto de gastos y auxilios anteriores. Las Provin- 
cias de Entre Ríos y Corrientes quedan en libertad de declararse indepen- 
dientes o de ponerse bajo la protección de cualquier otro Gobierno. 

Artigas presentó otro pliego. He aquí sus conclusiones: 

Se reconocerá el acta del C'ongreso del 5 de abril de 1813, sobre incor- 
poración de la Banda Oriental a las Provincias Unidas del Río de la Plata 
bajo forma de pacto; 

Todas la* provincias tendrán iguales dignidades y privilegios y cada 
una renunciará al proyecto de subyugar a las demás; 

La Constitución que dicte el Congreso General tendrá por base la libertad; 

Se declarará que la ocupación de Montevideo por las tropas de Alvear 
no fué realizada con fines de conquista, restituyéndose, en consecuencia, el 
material de guerra extraído de la plaza y ‘acordándose las compensaciones y 
reembolsos procedentes de contribuciones y confiscaciones decretadas; 



ACCIÓN DE ARTIGAS EN LAS PROVINCIAS ARGENTINAS 1 ()7 


Las Provincias de Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Córdoba y Santa Fe, 
quedan amparadas al régimen de libertad establecido por el Congreso de abril, 
hasta que voluntariamente quieran separarse de la dirección del Jefe de los 
Orientales. 

Hay, como se ve, diferencias substanciales entre los dos pliegos. 

Artigas quería la libertad e igualdad de todas las provincias; que la 
unión fuera la obra de un pacto; que la Nación entera fuera regida por una 
Constitución a base de libertad. La oligarquía de Buenos Aires no deseaba 
que se hablara de igualdad, ni de pacto ni de Constitución nacional, porque 
ella quería manejar dictatorialmeute al país entero. 

Artigas quería extender a* las cinco provincias de su protectorado el 
régimen de libertad que el Congreso de 1813 había dado a la provincia de 
su nacimiento. Pero- la oligarquía, aunque tenía que reconocer la situación 
inconmovible de Artigas en Entre Ríos, Corrientes y Misiones, quería destruir 
su influencia en Santa Fe y Córdoba, o más bien dicho, quería reservarse esas 
dos provincias como patrimonio propio. 

Artigas quería reconstituir el parque de Montevideo, y la oligarquía 
deseaba reservárselo para atacar con mayores seguridades de éxito al- Jefe de 
los Orientales. 

Artigas quería mantenerse absolutamente dentro de la unidad nacional. 
Y la oligarquía, con tal de quedar tranquila, ofrecía la independencia absoluta 
de la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes y Misiones. 

En definitiva: Artigas actuando como «Protector de los pueblos libres», 
planteaba el problema de la reorganización de las Provincias Unidas del 
Río de la Plata, exactamente en la misma forma en que lo había planteado 
dos años antes, frente a las murallas de Montevideo, actuando como Jefe de 
los Orientales. Por eso exigía el reconocimiento del acta de incorporación 
sancionada por el Congreso de abril y hacía extensivas las garantías de esa 
acta a las cinco provincias cuya dirección política le había sido confiada. 

No funcionaba ninguna Asamblea Constituyente. De otro modo, Artigas 
habría promovido, como en 1813, la elección de diputados y habría dado a 
los electos las mismas famosas Instrucciones que recibieron los diputados 
orientales en esa oportunidad. 

Era cuestión de tiempo, sin embargo. Aceptada la incorporación en 
la forma propuesta por Artigas, la Asamblea Constituyente tenía que ser 
convocada, y las instrucciones para organizar las Provincias del Río de la 
Plata sobre el modelo de los Estados Unidos tenían que reaparecer. 

Los comisionados de Buenos Aires dieron, pues, por fracasada su misión. 


Un Congreso artiguista. 

Pero Artigas, que no quería romper la unidad nacional, resolvió reanu- 
dar las negociaciones sobre la base previa de la convocatoria de un Congreso 
en que tendrían representación la Banda Oriental, Santa Fe, Córdoba, Entre 
Ríos, Corrientes y Misiones. 

El 23 de junio de 1815 reuniéronse los diputados en la Concepción del 
Uruguay. 

Era el primer Congreso federal que funcionaba en la América del Sur, 
como el de abril de 1813 había sido el primer Congreso provincial de la Amé- 
rica española. ¡Dos grandes glorias del artiguismo! 

Artigas dió cuenta circunstanciada al Congreso de las proposiciones que 
acababan de ser discutidas y obtuvo el nombramiento de una alta delegación 
encargada de trasladarse a Buenos Aires, para gestionar las bases del acuerdo 
que tanto anhelaba. 

La alta delegación estaba compuesta del doctor José García de Cossio, 



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ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


diputado por Entre Ríos; doctor Pascual Andino, diputado por Santa Fe; 
doctor José Antonio Cabrera, diputado por Córdoba; y don Miguel Barreiro*, 
diputado por Montevideo. 

Lleno de patrióticas esperanzas, escribía Artigas al Gobierno de Buenos 
Aires: 

«Ansioso siempre del restablecimiento de la concordia, he puesto en 
ejecución todas las medidas y reunido a este fin el Congreso general de los 
pueblos y provincias que se hallan bajo mis órdenes y protección.» 

«Yo espero que V. S. tendrá la dignación de ver en este paso una nueva 
muestra de mis ardientes deseos de restablecer la fraternidad y la unión, 
una unión tanto más preciosa cuanto no hay un solo motivo que no se emplee 
en mandarla, y cuyas consecuencias bienhechoras deben hacernos dignos a 
todos de la regeneración ide la América y de las bendiciones de la posteridad.» 

El Gobierno de Buenos Aires contesta con la guerra. 

Los comisionados del Congreso federal presentaron al doctor Sáenz, dele- 
gado del Gobierno Supremo, dos únicas proposiciones. 

Según la primera, «habría unión ofensiva y defensiva entre las provincias 
%ue se hallan bajo la dirección del Jefe de los Orientales y el Excmo. Go- 
bierno de Buenos Aires». 

De acuerdo con la segunda, Buenos Aires devolvería una parte del par- 
que de guerra extraído de Montevideo y «la imprenta» que también había 
sido extraída. 

Eran dos bases bien modestas. Ya no se hablaba de organización insti- 
tucional, porque tal exigencia podía considerarse como la causa del fracaso 
de las negociaciones últimas. Simplemente, ¡un pacto de unión y parte de 
las armas arrancadas a la plaza de Montevideo! 

El rechazo fué, sin embargo, fulminante. La sola idea de pacto impor- 
taba reconocer derechos a las provincias y la oligarquía quería mandar sin 
trabas ni retrancas. 

La diputación federal, quemando íos últimos cartuchos de acuerdo con 
las instrucciones de Artigas y del Congreso, renunció entonces al pacto de 
unión, y también al reintegro del material de guerra, a cambio de una 
declaración de paz. ¡Ya que nada podía conseguirse del centralismo absor- 
bente de la oligarquía, por lo menos que la oligarquía se abstuviera de lanzar 
contra las provincias ejércitos devastadores! 

Véase la fórmula artiguista: 

«Los ciudadanos don José García de C’ossio, don José Antonio Cabrera, 
don Pascual Andino y don Miguel Barreiro, diputados por el Congreso de 
los pueblos orientales para tratar la paz con el Excmo. Gobierno de Buenos 
Aires, la concluyeron con el ciudadano don Antonio Sáenz, autorizado por 
S. E'. para el efecto, por la siguiente única proposición: 

«Habrá paz entre los territorios que se hallan bajo el mando y protección 
del Jefe de los Orientales y el Excmo. Gobierno de Buenos Aires.» 

El doctor Sáenz propuso otra fórmula en cuya virtud también «habría 
paz, amistad y alianza perpetua entre el Jefe de los Orientales y el Gobierno 
de Buenos Aires, y entre los ciudadanos que residen en los territorios que 
están bajo el efectivo mando y protección de cada uno»; pero con estos 
agregados: 

«Ambos territorios y gobiernos serán independientes uno de otro; el 
Paraná será la línea de demarcación que los distinga; se obligan también a 
remitir diputados al Congreso de Tucumán.» 

Lo que fundamentalmente quería la oligarquía, era arrebatar la Pro- 
vincia de Santa Fe al protectorado artiguista, y ante las primeras resistencias 



ACCIÓN DE ARTIGAS EN LAS PROVINCIAS ARGENTINAS ](;9 


resolvió ir a la lucha armada. En consecuencia, los delegados del Congreso 
federal fueron arrestados y el general Viamonte, que ya estaba al frente de 
un fuerte ejército, marchó con destino a la Provincia ambicionada, a la vez 
que el Director Supremo don Ignacio Alvarez, explicaba así la guerra a los 
santafecinos: 

«La desgracia común ha querido que no se presenten por el Jefe de los 
Orientales bases decorosas ni justas para el restablecimiento de la concordia.» 

«Yo envío esas tropas a vuestro territorio, porque es de interés de to- 
das las provincias hacer impenetrable esta puerta a la guerra civil.» 

«Si el caudillo oriental ama la paz, las tropas de Buenos Aires no osarán 
perturbarla.» 

E'l propio Director se encargó de comunicar a Artigas ambas medidas. 

«He enviado fuerzas a Santa Fe, le decía, con las instrucciones que 
manifiestan las proclamas que incluyo. Los diputados de Y. S. han padecido 
alguna detención en su despacho, porque hallándose informados de la indi- 
cada medida, temí precipitasen a V. S. para oponerse a que se realizase con 
el sosiego que conviene a todos.» 

Los señores Barreiro, Andino, Cossio y Cabrera, ante el atentado de que 
eran víctimas, solicitaron sus pasaportes mediante un escrito en que hacían 
constar que las bases por ellos propuestas habían sido rechazadas «sin habér- 
seles llamado ni oído»; agregaban que el código sagrado de las naciones les 
permitía salir de Buenos Aires; y concluían con estas palabras: 

«Que' en respeto a tan incontrastables principios no continuará la deten- 
ción de nuestras personas, vulnerando en nuestro carácter a aquellos esta- 
blecimientos universales, tanto más cuando somos espectadores del arma- 
mento que se hace en contradicción con el objeto de nuestra venida, a pesar 
de hallarse en el concepto de V. E. aún pendiente la negociación.» 


Artigas y el Congreso de Tucumán. 

t 

Con la prisión de los diputados del Congreso federal, empieza un nuevo 
y formidable plan de guerra del Gobierno de las Provincias Unidas contra 
Artigas. 

La expedición militar del general Viamonte a Santa Fe, constituía la 
primera parte de ese plan, parte poco eficaz, desde que meses después el 
jefe expedicionario y todo su estado mayor marchaban prisioneros al campa- 
mento de Purificación, 'Sonde sus vidas eran respetadas, pese a la doctrina 
de la época que ordenaba el sacrificio de todos los prisioneros de valimiento. 

La entrega de la Provincia Oriental a la Corte portuguesa, constituye la 
segunda parte del plan del Directorio, y esa sí debía tener plena eficacia, 
porque el conquistador traería un fuerte ejército para trabajar en combina- 
ción con las tropas de las Provincias Unidas. 

Entre las bases propuestas a los delegados artiguistas figuraba el envío 
de diputados al Congreso de Tucumán, y más de una vez ha sido censurado 
el Jefe de los Orientales por haber hecho el vacío en torno de esa asamblea. 

Y, sin embargo, la actitud de Artigas estaba impuesta por los sucesos. 

La reunión del Congreso de Tucumán coincidía con el fracaso de las 
negociaciones de paz, con el arresto de los diputados artiguistas, con la expe- 
dición del general Viamonte a Santa Fe, con una negociación diplomática para 
entregar la Provincia Oriental a los portugueses y, ante todo y sobre todo, 
con el ambiente monárquico que se iba acentuando en torno del nuevo Con- 
greso. 

¿Cómo era posible que Artigas, haciendo tabla rasa de todos los sucesos, 
reanudara la tentativa que en circunstancias inmensamente más favorables 
había fracasado en 1813? 



lío 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Como trataba el Gobierno de Unenos Aires a las provincias. 

¿Para qué se reservaba el Gobierno de Buenos Aires la Provincia de 
Santa Fe? ¿Acaso para extender hasta ella la acción civilizadora de la 
capital? 

Oigamos a don Urbano de Iriondo, testigo presencial de los sucesos que 
narra: 

Santa Fe tenía verdadera aversión contra el Gobierno de Buenos Aires. 
Cuando contó con la protección de Artigas, produjo el levantamiento que dió 
por resultado la rendición de las tropas que mandaba el general Díaz Vélez. 

Más tarde el general Viamonte, con su ejército de 1,500 hombres, causó 
todo género de vejámenes a la población. 

En marzo de 1816, subleváronse los santafecinos, de nuevo con la 
protección de Artigas, y otra vez el ejército de Buenos Aires tuvo que rendirse. 

Una tercera tentativa de conquista se produjo a los pocos meses. La ex- 
pedición que estaba a cargo del general Díaz Vélez no se portó mejor que 
las anteriores. 

«Puso guardia en algunas de las casas principales de la ciudad, sin 
duda para imponer contribuciones como se vió después, y dejó el pueblo a 
discreción dé su tropa, la que desde el mismo día empezó a saquearlo y a 
cometer mil escándalos y atrocidades en la población.» 

Termina Iriondo sus «Apuntes» con la transcripción de un oficio que 
años más tarde dirigió el general López, Gobernador de Santa Fe, al Cabildo 
de Buenos Aires, formulando el proceso de la oligarquía imperante, un pro- 
ceso terrible que concluía así: 

«La Provincia de Santa Fe ya no tiene nada que perder, desde que tuvo 
la desgracia de ser invadida por unos ejércitos que parecía que venían de los 
mismos infiernos. Nos han privado de nuestras casas, porque las han que- 
mado; de nuestras propiedades, porque las han robado; de nuestras familias, 
porque las han muerto por furor o por hambre. Existen solamente campos 
solitarios por donde transitan los vengadores de tales agravios, para renovar 
diariamente su juramento de sacrificar mil veces sus vidas por limpiar la 
tierra de unos monstruos incomparables; conocen que de otro modo es impo- 
sible lograr tranquilidad, y que se multiplicarán las víctimas sin alcanzar 
jamás una paz duradera que tenga por base la igualdad de derechos y la 
pública felicidad.» 

Para eso, pues, se persistía en sustraer a Santa*Fe del protectorado de 
Artigas: para destruirla, porque no se sometía ciegamente a la férrea dicta- 
dura de la capital! 


★ ★ 



CAPITULO XXIII 


CÓMO GOBERNABA ARTIGAS 
En las provincias de su protectorado. 

Acabamos -de exponer el programa* político del protectorado de Artigas. 
Es el mismo programa de verdadera autonomía provincial y de amplias ga- 
rantías institucionales votado por el Congreso oriental de abril de 1813. 
Como Protector de los Pueblos Libres, quería Artigas para Santa Fe, Córdoba, 
Entre Ríos, Corrientes y Misiones, exactamente lo mismo que había pedido 
como Jefe de los Orientales para la Provincia de Montevideo. 

No puede darse un altruismo más notable, ni un respeto más firme a 
la idea de la soberanía popular, de la que siempre fué portaestandarte 
entusiasta. 

Lo reconocen el historiador de Entre Ríos don Benigno Martínez, cuando 
afirma que Artigas respetaba la autonomía de los pueblos argentinos; el 
estadista correntino doctor Pujol, cuando refiere que la revolución de Corrien- 
tes, promovida por Artigas en 1814, se caracterizó por el respeto a la vida de 
los vencidos, y por la elección popular de nuevo Gobernad, or; el historiador 
de Córdoba don Ignacio Garzón, al establecer que cediendo a un ultimátum 
de Artigas cayeron las autoridades que había puesto allí Buenos Aires y 
surgió por primera vez, en 1815, un Gobierno de origen popular, en pleno 
cabildo abierto; el historiador de Santa Fe don Urbano de Iriondo, al referir 
que los gobernadores enviados por Buenos Aires esquilmaban a la población 
y que a principios de 1815 estalló un movimiento popular que fué seguido 
de la designación de un Gobernador por el Cabildo provisionalmente, y por 
el pueblo luego, a la sombra de la bandera tricolor de Artigas. 

El protectorado sólo se hacía sentir, pues, en favor de la acción popular 
amplia, fiel siempre Artigas a su programa de libertad y de autonomías 
provinciales. 

Y cuando por excepción asumía el Gobierno alguno de sus tenientes, 
entonces era para dar lecciones a los gobernantes argentinos. 

Según la relación histórica de Robertson, fundada en lo que él mismo 
pudo ver o confirmar y en el testimonio complementario -de un testigo pre- 
sencial de los sucesos, cuando Andresito llegó a .Corrientes regía allí un Go- 
bierno dependiente de Buenos Aires que, entre otras cosas, acababa de 
exterminar a un pueblo de indios y de reducir a la esclavitud a los niños 
de otra población indígena. 

Andresito, que iba* al frente de una división de indios misioneros, libertó 
a los pequeños secuestrados y arrancó a la vez -de las casas en que vivían, 
un número igual de niños correntinos. Después de una semana de cauti- 
verio, cuando las familias de Corrientes estaban en la mayor desesperación, 
el teniente de Artigas publicó un bando convocando a las madres, y una 
vez que las hubo reunido hizo el proceso de las injusticias de que habían sido 
víctimas los indígenas y devolvió la libertad a todos los niños, con estas 
palabras memorables: 

«Llévense a sus hijos, peí o recuerden siempre que las madres indias 
tienen también un corazón.» 

Durante los siete meses del Gobierno de Andresito sólo se cometió un 
robo, el robo de un pañuelo, y su autor fué arrestado y castigado. Ni un 
solo delito más, y eso que los soldados estaban desnudos y con una ración 



ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


tan pobre y tan intermitente, que ¡para no morirse de inanición tenían que 
mascar trozos de cuero mojado! 

Tal es lo que dicen los hermanos Robertson, terribles detractores de 
Artigas cuando hablan del personaje en términos generales, pero sus glori- 
ficadores cuando tienen que referir los hechos concretos que ellos tenían 
delante de sus ojos. 

El Gobierno de Artigas en la Provincia Oriental. 

Una vez desocupada la plaza de Montevideo por el ejército argentino, 
el Cabildo invitó al coronel Otorgués a que se hiciera cargd de la ciudad. 

La contestación de Otorgués, datada en su cuartel general de Canelones 
el 25 de febrero de 1815, es un documento de verdadero cuño artiguista. 

«Me parece conveniente, decía, que el Excmo. Ayuntamiento continúe 
interinamente en el mando de esa plaza, hasta que en oportunidad los pueblos 
en quienes reside la soberanía dispongan y elijan lo más adaptable y compa- 
tible con sus intereses, seguro de que las providencias de V. E. serán por 
mis armas auxiliadas.» 

Era la doctrina de Artigas, aplicada en un medio ambiente que acababa 
de sufrir la dictadura de Buenos Aires: el gobierno correspondía al pueblo 
y el pueblo debía ser convocado para la elección de sus mandatarios. 

Pero las circunstancias eran muy excepcionales. La plaza abandonada 
reclamaba un gobernante. El Cabildo insistió, pues, en su pedido y entonces 
Otorgués se resolvió a tomar a su cargo la ciudad. 


¿Quién era Otorgués? 

Dom Fernando Otorgués figura entre los primeros patriotas de la insu- 
rrección oriental. . En su chacra del Pantanoso se reunían desde 1809 Larra- 
ñaga, Monterroso, Barreiro y otros para proyectar el movimiento revolucio- 
nario que debía encabezar Artigas. Cuando el movimiento se produjo, en 
1811, Otorgués sublevó su distrito y organizó una fuerte columna con la 
que se incorporó al ejército de Artigas, conquistando entonces los despachos 
de teniente coronel que le fueron expedidos por el Gobierno de Buenos Aires. 

Dos de sus más autorizados contemporáneos, don Dámaso Larrañaga y 
don José Raymundo Guerra, han condensado su impresión propia y la im- 
presión de la época, en estas palabras que abarcan buena parte de la agitada 
actuación del teniente de Artigas: 

«Otorgués, por más que no faltará quien lo describa con otros coloridos, 
era hombre sencillo e inclinado al bien, dócil, generoso y buen amigo. Nació 
de padres pobres, -y por eso no consiguió una cultura correspondiente a sus 
talentos nada comunes, porque tiene previsión y con facilidad se impone de 
cualquier negocio. Su natural candor le hace susceptible de dejarse guiar 
por personas peligrosas, pero si consiguiese a su lado algún bien intencionado 
director, procederá siempre con rectitud en todos respectos.» 

Otro contemporáneo, el historiador don Juan Manuel de la Sota, des- 
cribe en cambio a Otorgués y a sus subalternos como verdaderos bandidos. 

Según él, los españoles y porteños «ariscos» eran ensillados y montados 
en las aceras de Montevideo; los soldados arrancaban las mercaderías de 
las casas de negocio; los frailes, eran desnudados y atados en la calle, obli- 
gándose a los transeúntes a escupir o besar las espaldas de los torturados. 

«Montevideo era, entretanto, no un pueblo, sino un desierto; todo era 
destruido: la moralidad atacada en sus fundamentos, los hombres perse- 

guidos,* las mujeres gimiendo, la civilización insultada y el barbarismo aplau- 
dido; el lenguaje viciado por el abuso de los equívocos y frases groseras 



CÓMO GOBERNABA ARTIGAS 


173 


inventadas por Artigas de «sacar a pasear», y por Otorgués, de «tocar el 
violín», para deshacerse de los hombres.» 

Tal es la fuente de información de los detractores de Artigas, la única; 
fuente de información, aunque casi todos se abstienen de citarla, porque 
comprenden que las vinculaciones de don Juan Manuel de la Sota con Alvear 
dan carácter sospechoso a sus referencias. 

La frase «tocar el violín» nació en la época de Rosas, y así se encar- 
garon de comprobarlo los ilustres argentinos que redactaban «El Nacional» 
en 1842, precisamente cuando de la Sota preparaba materiales para su libro. 
Pero era una frase horrenda y el historiador no vaciló en darle notable anti- 
güedad para herir la memoria de Otorgués, o más bien dicho, de Artigas, 
porque el fin principal era ese. 


Dos bandos de sansre de Otorgués y de Alvear. 


Hemos dicho que la autoridad del historiador don Juan Manuel de la 
Sota es sospechosa, y nos será fácil demostrarlo. 

Durante el mes de marzo de 1815, se dictaron dos bandos terribles en 
el Río de la Plata, ante el anuncio de una gran expedición militar española. 

Otorgués, en el suyo, decretaba la muerte contra todos los españoles 
que expresaran ideas contrarias a la libertad de la Provincia; contra todos 
los que criticaran las ideas del Gobierno en reuniones o corrillos sospechosos; 
contra todo el que se hiciese justicia por su propia mano; contra todo el 
que atacase directa o indirectamente la libertad de la Provincia. 

Y el Director Alvear decretaba, en el suyo, la pena de muerte contra 
todo español que «de palabra o por escrito, directa o indirectamente, ataque 
el sistema de libertad e independencia que han adoptado estas provincias»; 
contra todo «americano que incurra en semejante delito»; contra «todo indi- 
viduo que directamente o indirectamente trate de seducir a los soldados»; 
contra todo divulgador de noticias alarmantes «cuando de resultas de ellas acae- 
ciese algún movimiento que comprometa el orden público». 

Ambos Gobiernos del Plata colocábanse así en el mismo plano de 
severidad. 

Pero conviene advertir que mientras que la plaza de Montevideo era 
esencialmente española y tenían, en consecuencia, los criollos que estar siem- 
pre en guardia; la de Buenos Aires era, al contrario, esencialmente ame- 
ricana, y podía el Gobierno mostrarse menos nervioso con los españoles. 
O lo que es lo mismo, Otorgués tenía pretextos para hacer efectivo su bando 
con al'-íún escarmiento, mientras que Alvear no los tenía. 

¿Qué dice, entretanto, la historia? Que Otorgués a nadie mató, y que 
Alvear, en cambio, fusiló al oficial español José Ubeda, y hubo de amarrar 
al banquillo a otro oficial llamado Trejo. 

Ubeda fué ejecutado en la madrugada del Sábado Santo, y colgado en 
el centro de la plaza Victoria, donde el pueblo lo confundió en los primeros 
momentos con uno de los tantos judas de los festejos de Pascua. ■ 

Pues bien: al ocuparse del fusilamiento, hace la siguiente confesión el 
historiador de la Sota: 

«Desgraciadamente, al autor de estos «Cuadros Históricos» le cupo el 
ser destinado con su compañía a ejecutar a este valiente.» 

El detractor de Otorgués, era, como se ve, oficial de Alvear y uno 
de sus más adictos oficiales. Y esa filiación basta y sobra para explicar su 
inquina contra Articas, autor del derrumbe de Alvear, y contra los tenientes 
de Artigas. 



174 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Una elección popula** de mandatarios. 

Ya sabemos de qué manera el Gobierno de Buenos Aires había entendido 
la autonomía de Montevideo: remitiendo al coronel Rodríguez Peña, Gober- 
nador político y militar de la Provincia, la lista íntegra de los capitulares 
que debían integrar el Cabildo de 1814, sin olvidar el más pequeño detalle, 
porque hasta el nombre del portero de la Municipalidad era objeto de los 
cuidados del Director Posadas. 

No podía subsistir ese Cabildo después de evacuada la plaza por el 
ejército argentino. Pero los procedimientos de renovación tenían que va- 
riar de arriba abajo, dentro del ambiente artiguista. Y así sucedió, efecti- 
vamente. 

En vez de un decreto gubernativo, como el que el año anterior había 
dictado el Gobierno argentino, destituyendo al Cabildo español, hubo una 
asamblea popular y de ella surgió el nombramiento de una delegación enca- 
bezada por don Juan María Pérez, con el encargo de expresar al Ayunta-» 
miento los deseos del pueblo. El Cabildo encontró atendible el pedido. 
Y entonces, recién entonces, Otorgués, resolvió promover la reorganización 
de las autoridades. 

Véase su circular a los comandantes militares de campaña: 

«En ninguna ocasión mejor que ésta, deben los pueblos usar de la 
libertad que tanto hemos defendido, por lo que recuerdo a usted, muy parti- 
cularmente, haga entender a ese vecindario las facultades que le están con- 
cedidas de poder elegir un Cabildo a su satisfacción, del mismo modo que el 
Jefe que haya de mandarlos, dándose cuenta oportunamente de los sujetos que 
sean electos para los empleos concejiles y Comandante de ese pueblo.» 

Quiere decir, pues, que para Otorgués al pueblo correspondía no sólo 
la elección de sus Cabildos, sino también la elección de sus Comandantes 
Militares, o sea de los tenientes del propio jefe de la Provincia. 

Y tal era, efectivamente, la gran orientación política del artiguismo: 
en el pueblo estaba el origen de todas las autoridades y al pueblo había que 
recurrir para la reorganización de la Provincia. 

El doctor Pérez Castellano y Artigas. 

E'l ilustre Pérez Castellano actuó como votante en esas elecciones. 
Él vivía en el distrito del Miguelete, y fué a depositar su voto al saladero 
de don Juan José Durán. Allí encontró a muchos otros compatriotas que 
habían ido a votar, y aprovechó la oportunidad para leerles una proclama en 
que «el arroyo Miguelete», hablaba así: 

«Amados habitantes de mis riberas: desde que en ellas pisó el Gobierno 
de Buenos Aires se marchitó su hermosura, porque sin cesar talaron sus 
sauzales y alamedas que las adornaban, saquearon las mieses y las frutas 
que os enriquecían, y su crueldad llegó al extremo de arrancaros la espe- 
ranza de vivir, destruyendo vuestros frutales, y haciendo de vuestras pose- 
siones un campo raso.» 

«Agradecimiento eterno, ¡prez inmortal! a nuestros libertadores y al 
ilustre genio que los acaudilla y dirige sus pasos.» 

«Una luminaria para el sábado 4 del presente marzo, si lo permite el 
tiempo, o para la noche más inmediata en que lo permita, publicará) con len- 
guas de fuego nuestra alegría.» 

«Cesen las lágrimas que me afligieron por más de dos años y aumen- 
taron mis corrientes.» 

Se trata de un testimonio del más alto valor histórico respecto de 
Artigas y respecto de Otorgués. 



CÓMO GOBERNABA ARTIGAS 


175 


Pérez Castellano, el iniciador de la Biblioteca Nacional de Montevideo, 
era uno de los hombres más inteligentes, más ilustrados, más rectos de su 
época. Él y su discípulo y continuador Larrañaga, han dejado en el Río 
de la Plata huellas imborrables de ciencia y de virtud. 

Pues bien: el doctor Pérez Castellano acusa al Gobierno de Buenos Ai- 
res de haber talado la Provincia Oriental durante dos años, contados desde 
el segundo sitio hasta la evacuación de la plaza de Montevideo. Y en cam- 
bio, a Otorgués y a sus hombres les llama «libertadores», y a Artigas «el 
ilustre genio que los acaudilla y dirige sus pasos». 


Los desórdenes de la época, de Otorgués. 


Habían sido excelentes los comienzos de la administración de Otorgués. 
Pero luego ocurrieron desórdenes y violencias que Larrañaga y Guerra han 
referido así: 

«Elegido el nuevo Cabildo presidido por el Alcalde de l.er voto, don 
Tomás García de Zúñiga, se desarrolló una política de tolerancia, que no 
perseguía a los españoles por ser españoles.» i 

«Esa conducta tan liberal ocasionó disensiones. Los descontentos ro- 
dearon a Otorgués, y ellos, a pretexto de servirlo y desempeñarlo, disemina- 
ron en esta ciudad el terror y el espanto. La tropa, que hasta aquel mo- 
mento había mantenido una comportación ejemplar, se entregó a la licencia. 
Algunos oficiales se señalaron con la conducta más temeraria y depresiva. 
Renacieron las violentas exacciones. Y para colmo de males, fué suspendida 
la seguridad individual, dejándola a discreción y arbitrio de un tribunal eri- 
gido bajo el título de Vigilancia.» 

«La referida facción era privadamente adicta al sistema de dependencia 
de Buenos Aires, que repugnaba a Artigas y Otorgués, pero éste, sin caer 
en ello, estuvo a dos dedos de distancia de romper con Artigas.» 

Tal es lo que dicen los contemporáneos más autorizados. El Gobierno 
de Otorgués había empezado su marcha a base de una política de amplia 
tolerancia. Pero los agentes y amigos del Directorio, con el doctor Lucas 
José Obes a la cabeza, que querían a todo trance destruir a Artigas, se tra- 
zaron un plan verdaderamente diabólico. Rodearon a Otorgués; se ganaron 
su confianza; y organizaron luego un programa de persecuciones encaminado 
a prestigiar el restablecimiento de la dominación de Buenos Aires. ¡Y son, 
precisamente, esos actos de violencia, emanados de los enemigos de Artigas, 
los que algunos historiadores invocan como cabeza de proceso contra el 
Gobierno de Otorgués! 

Han dicho los señores Larrañaga y Guerra que, por efecto de las intri- 
gas directoriales, estuvieron a punto de romper hostilidades Artigas y Otor- 
gués. Fué así, efectivamente. 

Ante los anuncios cada día más reiterados de expediciones españolas y 
portuguesas, Artigas libró orden a Otorgués, para que en el acto trasladara 
sus tropas a la frontera. Otorgués reunió al Cabildo con el propósito de 
ponerle en posesión del Gobierno. Pero no bien acababa de hablar, cuando 
se produjo un tumulto popular en lá plaza, del que da cuenta así el acta 
del Cabildo: \ 

't 

«Y estando en eso se avocó a la sala capitular una porción de hombres 
con el nombre de pueblo, diciendo en un borrador que traían y leyeron, que 
pedían que el señor don Fernando Otorgués no entregase el mando del Go- 
bierno, sino que continuara en él qomo hasta aquí, en lo político y militar, 
pidiendo al mismo tiempo que se hiciera nueva elección de Cabildo, porque 
no tenían confianza en sus representantes.» 



J7G 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Artigas insistió. «Es urgentísimo, decía al Cabildo, que no se dilate un 
minuto más el cumplimiento de mi última orden. Yo repito a V. S. que 
necesito esa caballería en la frontera». 

Y el Cabildo publicó en seguida un bando comunicando, que había en- 
trado en ejercicio del Gobierno político, y que «el benemérito Gobernador» 
salía con su ejército a cubrir la frontera. 

La administración de Otorgués, que no había alcanzado a contar cuatro 
meses de vida, terminó así por efecto de una medida de guerra, y en un 
ambiente de plena cordialidad con el Cabildo que elogiaba al ex Gobernador 
cuando ya estaba en marcha para la frontera. 

Verdad es que frente al elogio del C’abildo, aparece el juicio adverso de 
Artigas en un oficio a don Miguel Barreiro, que dice así: 

«Los sucesos ocasionados por los reiterados desórdenes de que ha sido 
víctima esa ciudad, por los desaciertos del jefe, burlando mis disposiciones 
y mi permanencia necesaria en campaña para repeler al enemigo, me han 
puesto en el caso de separarlo inmediatamente, fijándome en su persona 
para reemplazarlo en su empleo.» 

Pero no hay que olvidar que los promotores de los desórdenes a que 
se refiere Artigas, eran precisamente los que trabajaban por la causa del 
Directorio, y procuraban por todos los medios un rompimiento entre el Jefe 
de los Orientales y su teniente. 


La administración d'e Barreiro. 

Don Miguel Barreiro entró a desempeñar la administración de Monte- 
video a fines de agosto de 1815. 

Véanse las instrucciones que Artigas dió a su nuevo delegado en tal 
oportunidad: i 

«Aunque tengo plena confianza en su honorabilidad y rectitud, creyendo 
como creo que usted desempeñará la delegación del Gobierno con toda aque- 
lla moderación que debe existir en el carácter del funcionario público, sin 
embargo, debo recomendarle muy encarecidamente el que ponga usted todo 
su especial cuidado y toda su atención en ofrecer y poner en práctica todas 
aquellas garantías necesarias para que renazca y se asegure la confianza 
pública; que se respeten los derechos privados, y que no se moleste ni per- 
siga a nadie por sus opiniones privadas, siempre que los que profesen ideas 
diferentes a las nuestras no intenten perturbar el orden y envolvernos en 
nuevas revoluciones.» i 

Y complementando su programa, hablaba así al Cabildo del nuevo 
mandatario: 

«La manera de entablar nuestro comercio, la economía en todos los 
ramos de la administración pública, el entable de las relaciones extranjeras 
y otros varios negocios, forman el objeto de su misión. V. S. tendrá en to- 
dos ellos la intervención competente, para que dirigiendo a un mismo fin 
nuestras miras, contribuya así cada cual, en la parte que le corresponde, a 
fijar la felicidad del país y realizar el triunfo de la libertad.» 

La guarnición militar de la plaza fué confiada a don Fructuoso Rivera, 
a quien Artigas recomendó especialmente «el más severo castigo a cualquier 
oficial que, olvidando su honor, cometiera el menor atentado». 

«Hágase V. S. respetar en las cabezas, escribía a la vez al Cabildo, para 
que sus subalternos sean obedientes.» 

Un programa lleno de grandes ideas, como se ve: los derechos indivi- 
duales debían ser plenamente garantizados; la divergencia de opiniones polí- 
ticas no debía dar origen a medidas represivas de ninguna especie, salvo que 
se intentara alterar el orden público; había que promover y organizar el 



CÓMO GOBERNABA ARTIGAS 


177 


desenvolvimiento económico del país; el Cabildo, lejos de quedar aislado, 
debía tomar intervención en todos los asuntos de su competencia; para que 
los subalternos cumplieran su deber era necesario que los superiores dieran 
ejemplo de perfecta corrección. 

¿Cómo cumplieron los nuevos mandatarios las instrucciones del Jefe de 
los Orientales? 

Hablan Larrañaga y Guerra de la acción de Rivera: 

«Ninguna tropa del mundo se ha mostrado tan subordinada y atenta, 
en medio de la suma desnudez en que se hallaba.» 

Hablan los mismos testigos de la acción de Barreiro: 

«Desde luego trató de aliviar al pueblo y de observar a sus perseguidores. 
La Junta de Vigilancia fué deshecha.» 

«Los gastos del Estado, que antes recrecían en manos de asentistas, 
se redujeron a la mayor economía. Los ingresos públicos eran adminis- 
trados con prudente regla. Una economía bien entendida los hacía sufi- 
cientes sin necesidad de recurrir a las exacciones extorsivas.» 

«En fin, este joven austeramente desinteresado se mostraba, con admi- 
ración de todos, versadísimo y veterano en los más arduos negocios. Su más 
que mediana instrucción, su genio vasto, su corazón sensible, y un feliz con- 
junto de prendas morales, le hicieron mirar como el iris de la concordia. 

«Él dió vado a cuanto estuvo a su cargo, con presteza y sin afectación, 
manteniendo al mismo tiempo la plaza en buen estado de defensa.» 

Las grandes líneas del Gobierno de Artigas. 

La administración de Barreiro se extiende desde agosto de 1815 hasta 
enero de 1817, en que fué evacuada la plaza de Montevideo bajo la presión 
portuguesa. 

En vez de seguir paso a paso su desenvolvimiento, vamos a indicar las 
grandes líneas que trazó el Jefe de los Orientales durante ese lapso de 
tiempo, y que, efectivamente, sirvieron de marco y de programa a sus dele- 
gados de Montevideo. 

En materia de dignidad nacional. 

Procuró siempre Artigas fortificar el |sentimiento nacional. El Go- 
bierno oriental debía tratar, en su concepto, de potencia a potencia con todos 
los demás gobiernos del mundo, sin achicarse ante ninguno, fuera quien 
fuera. 1 

En agosto de 1815, atendiendo una gestión del jefe de la escuadrilla 
inglesa para facilitar el comercio, habilitó los puertos de Montevideo, Mal- 
donado y Colonia, con expresa exclusión de Buenos Aires, mientras el Direc- 
torio tuviera cortadas sus relaciones con los orientales. Debió el coman- 
dante reclamar contra la exclusión. El hecho es que Artigas previno al 
Cabildo que en caso de no aceptarse el intercambio en la forma propuesta, 
debían ser retirados de la costa uruguaya todos los barcos ingleses. 

«V. S. no se rebaje un ápice de su representación — agregaba — los 
ingleses deben conocer que ellos son los beneficiados, y por lo mismo ja- 
más deben imponernos, sino, al contrario, someterse a las leyes territoriales, 
según lo verifican todas las naciones y la marina inglesa en sus puertos.» 

Poco después autorizaba el envío a Buenos Aires de las declaraciones 
prestadas en un sumario; indicaba que mientras no quedara comprobado el 
delito, ninguna otra medida podía autorizarse; y entonaba la fibra patriótica 
del Cabildo en esta forma: 

«Es preciso que V. S. prevea las consecuencias y, sin rebajar la digni- 
dad de su representación, trate de igual a igual.» 



178 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


En MATERIA DE ACATAMIENTO A LA SOBERANÍA POPULAR. 

También luchó Artigas incesantemente a favor de la reorganización 
institucional. Si nada edificó, fué por las continuas guerras a que lo arras- 
traba el Gobierno de Buenos Aires. 

La idea de ir a la fuente originaria de la soberanía, constituía una 
verdadera obsesión de su espíritu. 

Sus convocatorias a raíz del levantamiento del primer sitio y sus nota- 
bles congresos provinciales durante el transcurso del segundo sitio, resurgen 
en 1815 y 1816 bajo las administraciones de Otorgués y de Barreiro. 

Apenas derrumbado el Gobierno de Alvear, resuelve reunir un Congreso 
encargado de reorganizar la Provincia y de fijar, a la vez, las bases de 
incorporación a las demás Provincias Unidas. 

De acuerdo con sus instrucciones de abril de 1815, el C’ongreso debía 
reunirse en la ciudad de Mercedes, y para que los diputados electos respon- 
dieran exactamente al voto de los pueblos, formuló un reglamento notable 
del punto de vista de las medidas encaminadas a asegurar la eficacia del 
sufragio. Léanse estos extractos: 

Cada voto debía ir dentro de un sobre en blanco, cerradp y sellado; cada 
votante escribiría su nombre en el sobre ante el presidente de la mesa; los 
sobres serían rubricados por el presidente y por un escribano; el escribano 
numeraría y anotaría los sobres a medida que se fueran presentando y los 
depositaría en una caja; concluida la elección, las cajas serían transpor- 
tadas al Cabildo; el propio Cabildo, precio cotejo de cada uno de los votos 
con la numeración y anotaciones correspondientes, practicaría el escrutinio. 

Cuando los orientales se preparaban para estas elecciones, se vió preci- 
sado de nuevo Artigas a ponerse al frente de las provincias argentinas que 
respondían a su protectorado, en razón de que el nuevo Director Alvarez 
reanudaba la política de Alvear y obligaba a organizar otro C’ongreso, el 
Congreso federal de la Concepción del Uruguay, de que antes hemos hecho 
mención. 

Más adelante todavía, en marzo de 1816, ante la actitud del Directorio 
en la Provincia de Santa Fe y de los portugueses en la frontera, volvió Artigas 
a dirigirse al Cabildo de Montevideo, prestigiando en esta forma la idea de 
un Congreso: 

«Las complicaciones aumentan y no quisiera por más tiempo tener 
incierto el objeto de la Revolución. Pueden adoptarse medidas muy efica- 
ces para no inutilizar nuestros sacrificios y aventurar nuestra suerte. El nego- 
cio es importante y no quisiera fiar a mi resolución lo que a todos interesa. 
Por lo mismo creo oportuno la reunión de un Congreso general. Deseo lle- 
nar la confianza de mis conciudadanos, y que ellos me inspiren sus recíprocos 
sentimientos. Así podrán adoptarse medidas salvadoras, y nuestra segu- 
ridad interior se afianzará sobre los polos de la opinión y del poder.» 

Está reflejado Artigas todo entero en este oficio. Había llegado el 
momento álgido de la crisis internacional. Era necesario asumir actitudes 
radicales. Pero antes de hacerlo, necesitaba ponerse al habla con sus con- 
ciudadanos, recibir sus inspiraciones, y buscar el apoyo de la opinión pública, 
a la que había dado y seguía dando importancia principal. 

E's conveniente agregar que cada vez que ocurría una disidencia grave 
con el Cabildo o se formulaba algún cargo fundamental contra la orientación 
política adoptada, Artigas reu-nía también a los diputados de los pueblos 
para resignar el mando y seguir combatiendo como soldado. 

A mediados de 1815 juzgó que el Cabildo no tomaba en cuenta sus 
opiniones adversas al establecimiento de nuevos impuestos y otras decisiones 
administrativas; y en el acto se dirigió a la Junta Electoral para la convo- 



CÓMO GOBERNABA ARTIGAS 


179 


cación de diputados y al Cabildo para que designara la persona a quien debía 
entregar las tropas y el parque de guerra. La Junta Electoral comunicó que 
la elección de diputados había recaído en los señores Dámaso Larrañaga, 
Lucas José Obes y Prudencio Murguiondo, y el conflicto quedó solucionado 
después de un viaje de los diputados al campamento de Purificación. 

A fines de 1817, en lo más recio de la guerra contra los portugueses, 
se le censuró públicamente por la inflexibilidad de su conducta con relación 
a Puevrredón. 

Artigas publicó entonces una proclama y a la vez dirigió una circular 
a los Cabildos para conocer cuál era la voluntad del pueblo. 

«Se denigra mi conducta por la desunión con Buenos Aires», decía en 
su proclama. Pero «recordad la historia de nuestras desgracias, la sangre 
derramada, los sacrificios de siete años de penalidad y de miseria». Y luego 
de hacer referencia a sus reiteradas tentativas para arribar a una conciliación, 
invocaba el manifiesto de Moreno, Agrelo y Passo, los tres ilustres argentinos 
desterrados por Pueyrredón, para demostrar que no le eran, imputables las 
causas del fracaso. 

El acta de la asamblea celebrada en la Colonia establece que «sonó en 
el concurso una voz general: ¡viva Artigas, viva nuestro jefe Artigas! A él 
nombramos al principio, él ha de ser nuestro jefe mientras le dure la vida 
v muy contentos con cuanto ha hecho estamos y con cuanto en lo sucesivo 
haga». 

Fueron igualmente entusiastas las demás respuestas y entonces Artigas, 
ratificado en el poder, dirigió a Pueyrredón la famosa conminatoria de que 
más adelante tendremos que hablar. 

El, /RESPETO A LA INSTITUCIÓN DE LOS CABILDOS. 

Traduce el más elevado concepto de la institución de los Cabildos el 
siguiente párrafo del oficio en que Artigas intimaba la rendición de Monte- 
video, a raíz de la batalla de Las Piedras: 

«Entre cuantas autoridades ha creado la política, no hay alguna ni 
mas honrosa ñi más sagrada que la de los Cabildos; no hay otra que per- 
mita el dulcísimo atributo de padres de la Patria, título casi divino bastante 
a llenar los deseos de la ambición más gloriosa.» 

Y de ese elevado concepto jamás fué desmontado Artigas en el curso 
de su azarosa lucha. 

Ante la resistencia del Cabildo a seguir sus indicaciones prefería, como 
hemos visto, la renuncia, a un golpe de autoridad que cualquier otro gober- 
nante habría dado sin vacilar en esos momentos de crisis terrible. 

Sólo una vez se dirigió en tono agrio a los capitulares de Montevideo. 
Acababa de fracasar la negociación de paz iniciada a raíz del derrumbe de 
Alvear. Artigas había prohibido el tráfico con Buenos. Aires. Pero él 
Cabildo, invocando la posibilidad de una expedición militar española, pidió 
embarcaciones al Directorio y autorizó la salida de personas y mercaderías. 

«Mis órdenes sobre el particular, escribía con tal motivo Artigas, han 
sido repetidas y terminantes y su inobservancia no puede sernos favorable. 
En V. S. he depositado la salvación de ese pueblo; y él está exánime y será 
el mayor dolor verle expirar en manos de sus propios hijos. Sean los padres 
de la Patria más inexorables con su deber. De lo contrario, aún me sobran 
bríos para firmar su exterminio. No es difícil, calcule V. S. los sentimientos 
que arrancan de mi corazón estas expresiones.» 

«Háganse los magistrados dignos de sí, y merecerán las consideraciones 
de sus conciudadanos.» 

Hay, como se ve, un vocablo desgraciado que no llevaba envuelto el 
propósito de exterminar o echar abajo el Ayuntamiento, sino de caracterizar 



180 


ANALES I-ITSTÓRTCOS DEL URUGUAY 


la extrema gravedad del momento en que el Cabildo aparecía burlando la 
eficacia de planes relacionados con la defensa militar del territorio amenazado. 

Por lo mismo que respetaba a los Cabildos, reaccionó desde los comien- 
zos de su Gobierno contra el nombramiento por vía administrativa que había 
instituido el directorio de Buenos Aires al tomar posesión de la plaza de 
Montevideo. 

La primera medida de Otorgués consistió, efectivamente, en la entrega 
al pueblo de la elección del Cabildo de 1815. Y én forma todavía más 
amplia fué elegido el del año siguiente, al que Artigas dió la denominación 
y las atribuciones de «Cabildo Gobernador», confiando su elección a los dele- 
gados populares de los distritos y a los delegados de los demás Cabildos de 
la Provincia. 

El precedente fué recordado con orgullo, en plena dominación portu- 
guesa, por los capitulares de 1823, al pedir y obtener en la primera etapa 
de la evolución de la independencia la elección popular y al asentar con tal 
motivo en el libro de actas «que no se debía desprender el pueblo del bene- 
ficio que ya gozó cuando el año 16, nombrada esta corporación por elección 
popular se halló revestida del carácter necesario para tratar con el jefe del 
ejército, por quien y por Su Majestad Fidelísima fué considerada como legí- 
tima su representación». 

Otras reformas municipales fueron resueltas o proyectadas por Artigas 
en el curso del año 1816. Entre las primeras, figura la división del terri- 
torio en tantos cantones o departamentos como eran los Cabildos: Monte- 
video, Maldonado, Soriano, .Guadalupe, San José y Colonia, rigiéndose por 
Jueces todos los demás pueblos que por su escasa población no podían tener 
Cabildo; y entre las segundas, la distribución y deslinde de funciones de cada 
autoridad de la Provincia, tarea que resolvió librar a las deliberaciones de 
un Congreso que no pudo reunirse, porque la guerra lo impidió. 

Las leyes y su cumplimiento. 

Difundiendo dos bases de sana administración, escribía Artigas al Ca- 
bildo en 1815: 

«Sea siempre pronto a oir reclamaciones y tardo en resolverlas», signi- 
ficando la necesidad de atender todos los reclamos, pero de estudiar mucho 
las resoluciones para no cometer una injusticia. 

«Cualquier excepción de la ley que se haga, será un motivo de causar 
celos en los demás ciudadanos. 'Este es por cierto el peor de los males, y 
para evitarlos sean todos iguales a presencia de la ley.» 

El Cabildo de 1816 se estrenó con varios bandos, lo cual dió mérito 
a una significativa felicitación de Artigas que constituye todo un programa 
de sensatez gubernativa: no basta dictar leyes; hay que cumplirlas: 

«Lo que interesa es el mayor celo por la observancia de los artículos 
expresados. Sin él serán pomposos los títulos del Padre de la Patria . . . 
Y. S. debe ser un Argos que todo lo prevenga, inspeccione y remedie.» 

En otra oportunidad aplaudía así un bando del Cabildo relativo al 
pesaje de los cueros por medio de balanzas municipales: 

«Todo el mundo conocerá las ventajas; pero ellas serán ciertamente 
infructuosas si V. S. no toma a su cargo instituirlas en los lugares destinados.» 

«Sancionado el proyecto, deben establecerse los medios de su ejecución, 
de lo contrario es superflua toda resolución.» 

Atendía Artigas con especial cuidado las exigencias de la administra- 
ción de justicia. En 1815 escribía al Cabildo: 

«Procure V. S. fijar la seguridad individual, tanto en esa ciudad como 
en la campaña y castigando severamente al que fuese osado a quebrantarla. 



CÓMO GOBERNABA ARTIGAS 


181 


Para eso nombre V. S. sus jueces pedáneos en los partidos y exhorte a los 
comandantes de campaña para que los auxilien y por su parte contribuyan a 
castigar los excesos y plantear el orden, la quietud y el sosiego.» 

De cómo se aplicaban en el cuartel general algunas de estas bases de 
la administración de justicia, da idea una carta del mismo año a don Anto- 
nio Pereyra, influyente personaje de la época que había reclamado contra 
una medida relativa a testamentarías de extranjeros. Ni dictaba excep- 
ciones odiosas, ni impedía a los magistrados la corrección de los errores en 
que pudiera él incurrir. Véase efectivamente: 

«He dado mis órdenes generales para que con respecto a ellas obren 
los magistrados subalternos. Y a ellos toca decidir. . . Si cree que mis pro- 
videncias no producirán resultados favorables, eso sólo servirá para que 
otro enmiende la plana.» 

LOS EMPLEOS PT T BLICOS. 

No concebía Artigas el desempeño de empleos públicos como un medio 
permanente de vida, sino al contrario, como un sacrificio transitorio que la 
Patria tenía el derecho de exigir a sus hijos. ¡El ciudadano necesitado debía 
dedicarse al trabajo fecundo de la ganadería o de la agricultura! 

Tal es el hermoso programa con que en 1816 despedía a un solicitante 
de empleos. 

«Es un error creer que los empleos en un país libre darán a nadie 
subsistencia: lo primero, porque siempre serán de poca duración; y lo se- 
gundo, que por nuestro estado de indigencia jamás se podrá con el simple 
empleo aventurar la suerte de un ciudadano. Yo soy de parecer aproveche 
usted la oportunidad de los terrenos que se están repartiendo en la Pro- 
vincia, pidiese alguno y dedicándose a su cultivo hallaría en él su descanso 
y el de su familia.» 

Eran ideas que aplicaba dentro de su propio hogar. En 1816, escribía 
al Cabildo que su padre, rico estanciero del coloniaje, había quedado en la 
miseria por efecto de la Revolución; y pedía para él medios de trabajo 
iguales a los que a otros vecinos se estaban proporcionando en esos mismos 
momentos. Léase su oficio: 

«Me es sumamente doloroso oir los lamentos de mi padre a quien amo 
y venero. Acabo de recibir por el correo una solicitud suya relativa a la 
mendicidad en que se halla, y la necesidad que tiene de tomar algún ganado 
para criar y fomentar sus estancias y con ello ocurrir a las necesidades de 
su familia. Yo, sin embargo de hallarme penetrado de lo justo de su soli- 
citud. no he querido resolverla, librándola a la decisión de V. S. Todo el 
mundo sabe que él era un estanciero de crédito antes de la Revolución y que 
por efecto de ella misma todas sus haciendas han sido consumidas o extra- 
viadas. Por lo mismo y estando decretado que de las haciendas de los 
emigrados se resarzan aquellas quiebras, es de esperar de 1$ generosidad de 
V. S. libre la ordenación conveniente, a fin de que se le den cuatrocientas o 
quinientas reses en el modo y forma que V. S. estime más arreglado a la 
justicia. Yo no me atrevo a firmar esa providencia, ansioso de que el mé- 
rito decida de la justicia y no se atribuya a parcialidad lo que es obra de 
la razón.» 

Ya anteriormente el Cabildo, para facilitar el traslado a Montevideo 
de la esposa de Artigas, doña Rafaela Villagrán y de su hijo José María 
que residían en Canelones, había resuelto amueblar una casa, costear la edu- 
cación del niño y pasarles una pensión de cien pesos mensuales. 

Artigas contestó en el acto que «jamás podría consentir esa exorbitancia». 
Sólo aceptaría que se le proporcionara educación a su hijo y una mensua- 
lidad de cincuenta pesos para subsistencia de la familia. 



182 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


«Aún esta erogación, agregaba* hubiera ahorrado a nuestro Estado na- 
ciente, si mis facultades bastasen a sostener esa obligación. Pero no ignora 
V. S. mi indigencia y en obsequio de mi patria, ella me empeña a no ser 
gravoso y sí agradecido.» 

Volvamos al nombramiento de empleados. Dentro del admirable cri- 
terio artiguista, el .empleo público constituía un puesto de sacrificio a la 
patria y en consecuencia podían libremente aspirar a su desempeño los que 
estuvieran en situación de honrar a la administración por su inteligencia, 
su laboriosidad y su rectitud de conducta, fueran amigos o fueran adver- 
sarios del gobernante. He aquí lo que decía al Cabildo de Montevideo en 
1815, al aprobar el nombramiento de un decidido adversario suyo, rasgo verda- 
deramente notable que demuestra que Artigas todo lo sacrificaba al supremo 
interés general, hasta su amor propio de hombre: 

«Hallando V. S. todas las cualidades precisas en el ciudadano Pedro 
Elisondo para la administración de fondos públicos, es indiferente la adhe- 
sión a mi persona. Póngalo V. S. en posesión de tan importante ministerio 
y a V. S. toca velar sobre la delicadeza de ese manejo. Es tiempo de probar 
la honradez y que los americanos florezcan en virtudes. ¡Ojalá se penetren 
todos de estos mis grandes deseos por la felicidad común!» 

En el mismo año pedía al Cabildo una propuesta de empleados e insistía 
con tal motivo en que sólo fuesen incluidos en la lista aquellos candidatos 
que por sus cualidades mereciesen el honor de la designación. ¿Qué otro 
gobernante ha renunciado así espontáneamente a la designación directa de 
los empleados públicos, como medio de asegurar la bondad de los nombra- 
mientos? Oigamos a Artigas: 

«Me manifestará V. S. una relación de todos los empleados y una pro- 
puesta igualmente de todos los patricios que puedan desempeñar algunos ser- 
vicios. Para ello siempre proponga V. S. aquellos hombres que por sus 
conocimientos, adhesión y prudencia merezcan la pública estimación.» 

'Dentro de tan radical orden de ideas, Artigas debía naturalmente 
fiscalizar mucho la conducta de los empleados públicos, para premiar a los 
buenos y castigar a los malos. 

En 1816 naufragó en las costas de San José un barco procedente de 
la C'oncepción del Uruguay. El cargamento fué saqueado y con tal motivo 
se levantó un sumario que dejó en la impunidad el atentado. Pero Artigas 
pidió el sumario y encontrándolo insuficiente se dirigió al Cabildo de San 
José para estimular su espíritu de investigación, con lo cual obtuvo el des- 
cubrimiento de los autores del saqueo. 

Otro sumario pidió Artigas: el de una denuncia popular contra los 
capitulares García de Zúñiga y Cardoso. Después de examinarlo, se declaró 
incompetente para terciar en una acusación que partía del pueblo y contra 
representantes del pueblo y dictó esta sentencia verdaderamente asombrosa: 
que el pueblo mismo resolviera el incidente, a cuyo efecto el Cabildo llamaría 
a elecciones paija, la provisión de los dos cargos concejiles ocupados por 
aquellos ciudadanos. ¡Y así se hizo! 

Fomentando el desarrollo económico. 

Artigas abordó desde el -primer momento el problema de la repoblación 
de la campaña. Las estancias habían sido arrasadas y era necesario preocu- 
parse *de su reconstitución, repartiendo las tierras y los ganados abando- 
nados por los españoles, entre los que llenos de miseria habían hecho frente 
a la defensa nacional. Era la doctrina que la Revolución de Mayo había 
difundido en todo el Río de la Plata. He aquí las bases del reglamento que 
Articas sancionó en 1815: 

El Alcalde Provincial distribuirá terrenos y ganados de emigrados y 



CÓMO GOBERNABA ARTIGAS 


183 


enemigos de la Revolución entre los negros libres, indios y criollos pobres, 
y asimismo designará tres subtenientes de provincia y jueces jurisdiccio- 
nales pedáneos para velar por la tranquilidad de la campaña. Será obliga- 
toria la construcción de ranchos y corrales en el preciso término de dos 
meses. Cada agraciado no podrá recibir más de una suerte de campo y 
tendrá prohibición de enajenarla o gravarla antes del arreglo definitivo de 
la propiedad de la Provincia. El Alcalde Provincial y sus subalternos procu- 
rarán que los ganados distribuidos sean amansados, castrados, sujetos a 
rodeo y marcados. 

A la sombra de estas medidas, continuó el lento proceso del desarrollo 
económico de la campaña. 

El Ayuntamiento de Canelones formuló un plan de fomento agrícola, 
que fué aprobado por el Cabildo Gobernador -de Montevideo. Destinábase 
a chacras o tierras de labor todo el terreno circundante de la villa de Gua- 
dalupe con dos leguas de diámetro; las chacras tendrían seis cuadras cuadra- 
das destinadas a trigo, huerta, plantío de bosques, descanso de tierras o 
variación de semillas de un año a otro, y prados naturales -o artificiales para 
los animales de labor; los lotes se darían en propiedad y no en arrenda- 
miento; dentro de los ocho meses habría que construir rancho, pozo de balde 
y principiar la labranza; se gestionaría una protección especial del Gobierno, 
a favor de los trabajadores de las chacras; todo labrador tendría que plantar 
quinientos árboles por año, como medio de propender a la resularización de 
las lluvias y al desarrollo de la industria de la madera. 

La realización de este hermoso plan quedó a cargo de una «Junta de 
Agricultura» que fué puesta bajo el patronato de Artigas. 

Sin dejar de aplaudir los móviles patrióticos a que respondía, creyó, sin 
embargo, Artigas que el pensamiento era todavía prematuro y que «empren- 
derlo todo en esos momentos sería no abarcar nada». Juzgaba, sin duda, 
que había que limitarse al programa de fomento ganadero que él había dic- 
tado y que efectivamente era la obra más imperiosa para la campaña en 
ruinas. , 

El Cabildo de Montevideo, por su parte, resolvió estimular la repobla- 
ción ganadera mediante la prohibición de la matanza de vacas, teniendo en 
cuenta, decía el decreto, «los enormes desastres y detrimentos que en los 
últimos tiempos ha sufrido la campaña en sus haciendas, debido al influjo 
de las circunstancias, fatalidades dé la guerra y mil otras concausas de 
destrucción y miseria que casi han transformado en desapacible yermo uno 
de los países más fecundos de nuestro continente». 

Otra iniciativa importante tomó el Cabildo de acuerdo con el plan de 
fomento rural que había dictado Artigas: la celebración de una junta de 
hacendados encaminada a uniformar esfuerzos y a cambios fecundos de ideas 
entre los principales factores del progreso de la campaña. 

Presidió la Junta el Alcalde Provincial, y como medida previa propuso 
y obtuvo el Comandante de Armas don Fructuoso Rivera que se recabara de 
Artigas una orden de reconcentración, en el cuartel general, de todas las 
tropas que guarnecían los diversos pueblos y partidos de la campaña, entre- 
gándose la policía a las milicias que los mismos pueblos organizasen. Gomo 
causa determinante de esa sustitución de fuerzas, invocábase que las tropas 
y sus comandantes, lejos de garantizar al hacendado le causaban perjuicios 
con matanzas abusivas de ganados. 

La medida fué aprobada por Artigas, y ella constituye un nuevo testi- 
monio de la liberalidad del régimen artiguista: uno de los comandantes de 
armas hace el proceso de sus colegas y señala como remedio al mal de la 
inseguridad pública la sustitución de las tropas por milicias locales sometidas , 



184 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


a severo contralor; y el jefe superior acoge la denuncia y atiende el pedido 
de los hacendados. 

Estaba Artigas tan entregado a su grande y patriótica tarea de la 
reorganización de la campaña en ese primer año de su gobierno, que no 
transcurría una semana sin que reiterara sus exhortaciones al Cabildo y 
sometiera a su estudio y resolución medidas de positiva importancia. 

«Sería convenentísimo (decía en uno de sus oficios) antes de formar 
el plan de arreglo de la campaña, que V. S. publicase un bando y lo trans- 
cribiese a todos los pueblos de la Provincia, relativo a que los hacendados 
poblasen y ordenasen sus estancias, por sí o por medio de sus capataces, 
reedificando sus posesiones, sujetando las haciendas a rodeo, marcando y 
poniendo todo en el orden debido para obviar la confusión que hoy se expe- 
rimenta después de una revuelta general. Prefije V. S. el término de' dos 
meses para operación tan interesante, y al que hasta aquella fecha no hubiese 
cumplido esta determinación, ese . muy ilustre Cabildo Gobernador debe 
conminarlo con la pena de que sus terrenos serán depositados en brazos úti- 
les, que con su labor fomenten la población y con ella la prosperidad del país.» 

Pero no bastaba asegurar la tranquilidad de los vecindarios rurales e 
impulsar el progreso ganadero mediante el reparto de tierras y animales. 
Era también necesario aumentar la población de la campaña, sin echar mano 
del extranjero que en esas épocas constituía un peligro, mediante una evolu- 
ción fecunda de las tribus indígenas, para vincularlas al trabajo y alejarlas 
de la depredación destructora en que vivían. 

A mediados de 1816 anunciaba Artigas al Cabildo el arribo al cuartel 
general de Purificación, «además de los guaycurúes que tenemos reducidos 
a nuestra sociedad, más de 400 indios abipones con sus correspondientes 
familias» y agregaba: 

«No dudo que ellos serán muy útiles a la Provincia y que todo sacrificio 
debe dispensarse en su obsequio, consiguiendo con ello el aumento de la 
población, que es el principal de todos los bienes.» 

«Estos robustos brazos darán un nuevo ser a estas fértiles campañas, 
que por su despoblación no desbordan todo lo que en sí encierran, ni todas 
las riquezas que son capaces de producir.» 

«Es preciso que V. S. nos provea de algunos útiles de labranza, arados, 
algunos picos y palas e igualmente algunas hachas para que empiecen estos 
infelices a formar sus poblaciones y emprender sus tareas. E*s también nece- 
sario que V. S. me remita semillas de todos los granos que se crea útiles y 
necesarios para su subsistencia.» 

El aumento de la población es el principal de todos los bienes y a rea- 
lizar ese aumento y a promover ese bien deben encaminarse todos los esfuer- 
zos del gobernante: tales son las ideas de esa hermosa nota digna del más 
previsor y más grande de los estadistas americanos. «Poblar es gobernar», 
diría luego Alberdi, uno de los ilustres panegiristas del Jefe de los Orientales. 

Con intenso cariño seguía Artigas la evolución de las tribus indígenas. 
Cuando el pueblo de Concepción de las Misiones empezó a fabricar pólvora, 
se apresuró a remitir una muestra de ese producto al C’abildo, para hablarle 
una vez más de la necesidad de dictar medidas de fomentos 

«Así todos a porfía se empeñarán en descubrimientos útiles, y el Goí- 
bierno tendrá la satisfacción de ver promovida la industria del país y con 
ella su adelantamiento.» 

El ejercicio del comercio estaba sujeto durante la Revolución a fuertes 
trabas. Cediendo a los temores y peligros de la época el Cabildo de Monte- 
video dictó, pues, un bando según el cual los establecimientos de sebos, cue- 
ros y otros productos del país, correrían a cargo de americanos y que, en 
general, sólo ellos podrían ocuparse de la compra y venta de mercaderías. 



CÓMO GOBERNABA ARTIGAS 


185 


«Estas ventajas, decía Artigas al Cabildo al aprobar el bando, debemos 
concederlas al hijo del país para su adelantamiento. 

«V. S. castigue al que fuese ilegal en sus contratos o al que por su mala 
versación degrade el honor americano. Enseñemos a los paisanos a ser 
virtuosos a presencia de los extraños, y si su propio honor no los contiene 
en los límites de su deber, conténgalos al menos la pena con que sean cas- 
tigados.» 

E's así como pensaba y como procedía el Jefe de los Orientales. Dentro 
del estrecho marco que trazaban las exigencias revolucionarias, solo al criollo 
era dable dirigir las corrientes comerciales. Pero como el monopolio podía 
fomentar abusos intolerables, alzaba Artigas con anticipación una hermosa 
bandera de estímulos a las prácticas sanas del comercio y de implacables 
castigos de las inmoralidades y fraudes. 

Contra las contribuciones. 

Era angustiosa la situación del tesoro público en los comienzos del 
Gobierno artiguista de 1815. 

Para hacer frente a los compromisos, que apremiaban, proyectó el Ca- 
bildo de Montevideo una contribución mensual sobre las casas de comercio. 

Artigas andaba recorriendo y organizando las provincias sometidas a 
su protectorado cuando llegó a sus manos la consulta del Chbildo. Su res- 
puesta datada en el Paraná constituye todo un programa de intensa reacción 
contra el régimen de contribuciones y confiscaciones que sombrea el período 
de la ocupación de la plaza de Montevideo por las tropas de Alvear: 

«En general me parece que no están los pueblos en aptitud de recibir 
esos pechos cuando los varios contrastes los tienen reducidos a la última 
miseria. Mi dictamen en esta parte fué siempre que se les dejara respirar 
de sus continuadas gabelas, para que empiecen a gustar las delicias de la 
libertad.» 

«Los males de la guerra (agregaba al día siguiente) han sido trascen- 
dentales a todos. Los talleres han sido abandonados, los pueblos sin comer- 
cio, las haciendas de campo destruidas y todo arruinado. Las contribuciones 
que siguieron a la ocupación de esa plaza, concluyeron con lo que habían de- 
jado las crecidísimas que señalaron los 22 meses de asedio, de modo que la 
miseria agobia todo el país.» 

«Yo ansio con ardor verlo revivir y sentiría mucho cualquier medida 
que en la actualidad ocasionase el menor atraso.» 

Era la tercera vez que el Cabildo insistía en su gabela, y Artigas en 
vez de imponer su voluntad, como la imponían a diario todos los gober- 
nantes de la época, concluía así su oficio: 

«Si esta consideración no es bastante a impedir su resolución, en 
manos de V. S. quedará el mando del pueblo, según lo ordeno en esta fecha, 
y entonces determine.su superior agrado.» 

La idea de extraer contribuciones a pueblos crudamente castigados por 
la guerra, careció de ambiente aún en medio de las crisis más terribles de 
su vida. 

Después de la derrota de Tacuarembó, Artigas cruzó el río Uruguay, 
para organizar un nuevo cuerpo de ejército. Véase lo que escribía al coman- 
dante entrerriano don Ricardo López en febrero de 1820, refiriéndose a la 
defensa' de las provincias de la liga federal: 

«Para mí este no es el mayor trabajo, sino los recursos de su manteni- 
miento. Yo no me atrevo a sacarlos del vecindario, si él voluntariamente 
no quiere prestarlos.» 

Un gobernante tan enemigo de las contribuciones, debía naturalmente 
mostrarse parco en los gastos y severo en la fiscalización de los pocos ingre- 



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ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


sos con que contaba el tesoro de la Provincia. Y es lo que demuestra, efecti- 
vamente, su correspondencia con el Cabildo. 

En 1815 indicaba la necesidad de algunas reglaste fiscalización adua- 
nera tendientes a asegurar la más exacta percepción de las rentas: 

«Sobre ello guardo tanta escrupulosidad que hasta la fecha no he reci- 
bido un solo centavo que no haya sido por conducto o con conocimiento de 
ese Gobierno. Así es que desde que pisé la Provincia, después de la expe- 
dición a Santa Fe, todo mi cuidado ha sido- velar sobre el aumento de estos 
fondos públicos y poner un orden en su establecimiento, requerir a los recep- 
tores por su conservación y expresarles la responsabilidad de su manejo.» 

«Es preciso que las oficinas vayan llenando sus deberes y que la econo- 
mía de todo vaya entrando en orden. Mis esfuerzos y los del Delegado no 
bastan: es preciso que V. S., encargado del gobierno inmediato de la Pro- 
vincia, se desvele igualmente por coadyuvar nuestros esfuerzos y hacer que 
sucedan a los días aciagos y lamentables, la serenidad de otros benignos en 
que resplandezcan las virtudes de los orientales.» 

Pocos días después volvía a hablar al Cabildo de la necesidad de ordenar 
la hacienda pública, mediante reglas para la recaudación de los fondos y una 
fiscalización periódica de todos los ingresos: 

«Practicada esta diligencia dos veces en cada año, será dificultosa una 
mala administración, y a los magistrados muy obvio el calcular sobre los 

fondos de la Provincia y arreglar su inversión sobre su disminución o au- 

mento. Antes de concluirse este año, es preciso quede arreglada esta ope- 
ración para que sirva de norma en el año entrante.» 

«Los primeros en la representación de la confianza de un pueblo, deben 
ser los ejemplares donde aprendan las virtudes los demás ciudadanos, y 
cualquier nota en su comportación es tanto más execrable y reprensible 
cuanto es elevada su decoración.» 

Tal era el hermoso programa financiero del Jefe de los Orientales: 
muy pocas contribuciones; un gran espíritu de economía; la más severa fisca- 
lización de las rentas; el cálculo exacto de los gastos sobre la base del 

producto efectivo de las recaudaciones y por encima de todo, la conducta 

intachable de los superiores, sirviendo de ejemplo y de norma a todos los 
demás ciudadanos. 

Nada parecido a esto presentan los demás escenarios de la Revolución 
americana. 

La enseñanza pública en sus diversas formas. 

Otra de las preocupaciones de Artigas era la difusión de la enseñanza 
pública. No podía hacerse mucho en medio de las continuas agitaciones 
y de las enormes penurias de la época. Pero cada vez que se abría un 
paréntesis de tranquilidad, volvía a pensar el Jefe de los Orientales en la 
educación de sus conciudadanos. 

En 1815 fué reabierta la única escuela pública que había funcionado 
durante el coloniaje. Su director don Manuel Pagóla, vinculado al régimen 
caído, predicaba contra la independencia y fué destituido por el Cabildo. 
Artigas amplió el fallo, prohibiendo a Pagóla tener escuela privada. 

«Los jóvenes, escribía con tal motivo, deben recibir un influjo favora- 
ble en su educación para que sean virtuosos y útiles a su país. No podrán 
recibir esta bella disposición de un maestro enemigo de nuestro sistema.» 

Para ocupar el puesto vacante, fué nombrado el presbítero don José 
Benito Lamas, que actuaba como capellán en el cuartel general de Purifi- 
cación. Era hombre de vastos conocimientos, que había desempeñado con 
brillo el profesorado de Filosofía, y del que Artigas se desprendió pesaroso, 



CÓMO GOBERNABA ARÍIGAS 


187 


según su comunicación al Cabildo, por ser de mucho valimiento, decía, los 
servicios que prestaba a los pueblos. 

En el curso del mismo año pedía Artigas al Cabildo cartillas con destino 
a una escuela de primeras letras que había resuelto fundar en su cuartel 
general y a la vez «resmas de papel para escribir y para hacer cartuchos de 
pólvora», la tarea civilizadora y la tarea de la defensa nacional impuestas 
por las exigencias de la época, que el Jefe de los Orientales hermanaba en 
su oficio. 

En 1816 resolvió Artigas conmemorar la efeméride del 25 de mayo, con 
la inauguración de la Biblioteca Pública de Montevideo. 

A esa gran obra educativa, ya había concurrido el doctor Pérez Caste- 
llano, con su casa habitación de la ciudad y su biblioteca de investigador 
y de estudioso, legadas expresamente para servir de asiento a la Biblioteca 
en su testamento del año 1814, del que fué albacea ejecutor su discípulo don 
Dámaso Larrañaga. 

Y tocó a Larrañaga, como primer director del establecimiento, el honor 
de pronunciar la oración inaugural, para la que estaba preparado por la 
intensidad de su inteligencia y por la extraordinaria multiplicidad de sus 
conocimientos. 

En ese discurso memorable, recordaba Larrañaga que Montevideo ha- 
bía tenido la primera junta de gobierno de la América del Sur en 1808, 
sobre la que nada había innovado la de 1810, y agregaba que con la apertura 
de la Biblioteca pública adquiría la ciudad un rango tan alto de gloria que 
muy pocos pueblos podrían disputarle en la historia. 

Luego de hacer una síntesis magnífica de las principales fuentes de 
conocimientos que encerraba la estantería de la Biblioteca, exaltaba Larra- 
ñaga los grandes títulos del Jefe de los Orientales, en términos que conviene 
recordar, porque emanan del sabio más encumbrado de la Revolución: 

Habla del 18 de mayo de 1811: 

«Día memorable por la acción de Las Piedras, victoria la más decisiva, 
dirigida por el nuevo Washington que aún tan gloriosamente nos preside en 
esta larga lucha.» 

Y refiriéndose al esfuerzo que representaba la creación de una biblio- 
teca «en medio de las ruinas y desolación de las guerras civiles»: 

«¿Qué ideas tan altas no queréis que formen (los sabios del antiguo 
continente) de un gobierno tan celoso y tan ilustrado, y qué esperanzas tan 
lisonjeras no concebirán de sus habitantes con tan excelentes principios?» 

«El jefe que tan dignamente nos dirige, y estos magistrados, lejos de 
temer las luces, las ponen de manifiesto y desean su publicidad.» 

«Gloria inmortal y loor perpetuo al celo patriótico del Jefe de los Orien- 
tales, que escasea aún lo necesario en su propia persona, para tener que 
'expender con profusión en establecimientos tan útiles como éste, a sus 
paisanos!» 

Para Larrañaga, pues, era Artigas tan grande como Wáshington, y ese 
paralelo estupendo lo formula el sabio de la Revolución ya casi al final del 
Gobierno artiguista, desde que pocos meses después se producía la invasión 
portuguesa y empezaba la heroica lucha que el Jefe de los Orientales habría 
de sostener durante cuatro años antes de internarse para siempre en el 
Paraguay. 

«Sean los orientales tan ilustrados como valientes», fué el santo y seña 
del cuartel general de Purificación, el día en que llegó la crónica de la 
inauguración de la Biblioteca de Montevideo. 

De otra poderosa palanca echó mano Artigas para elevar el nivel de 
cultura de los orientales en esos momentos de intensa agitación o más bien 
dicho de cruda guerra. 



188 


Anales históricos uel cruouay 


Montevideo colonial había tenido una pequeña imprenta, de la que 
se incautaron las tropas argentinas cuando se produjo la desocupación de 
la plaza. 

Artigas hizo gestiones a raíz del derrumbe de Alvear para recuperar 
esa imprenta, y una vez obtenida pidió al Cabildo que la hiciera funcionar 
por cuenta propia o dándola a algún periodista. 

El Cabildo resolvió entonces fundar un periódico y designó a Larra- 
ñaga censor o revisor del material de lectura, cargo que declinó el agraciado 
invocando «sus sentimientos liberales sobre la libertad de imprenta y del 
don de la palabra, que como uno de sus primordiales derechos reclaman es- 
tos pueblos.» 

«Por otra parte, agregaba, los pueblos de las Provincias Unidas se ha- 
llan en el nuevo pie de no tener revisores, sino que cada ciudadano tiene 
libertad de imprimir sus sentimientos bajo la responsabilidad correspondiente 
al abuso que hiciese de este derecho.» 

Ante la hermosa actitud de Larrañaga, desistió el Cabildo de la censura 
previa; pero como faltaran periodistas, la imprenta quedó reducida a la 
impresión de cartillas y catones para la enseñanza primaria y de bandos y 
proclamas de las autoridades 'de la Provincia. 

Cuando el Cabildo dió cuenta de la falta de periodistas, contestó Ar- 
tigas: , i 

«Lamento que no haya un solo paisano que se encargue de la prensa 
para ilustrar a los orientales, procurando instruirlos en sus deberes.» 

Tampoco descuidaba Artigas la enseñanza cívica, y predicaba con el 
ejemplo cada vez que los sucesos le ofrecían una oportunidad notable. 

A raíz -del derrumbe del Alvear, celebró una solemne sesión el Cabildo 
de Montevideo para testimoniar la gratitud de la Provincia al Jefe de los 
Orientales. 

Sin un solo voto discorde se concedió a Artigas «la misma represen- 
tación, jurisdicción y tratamiento que un capitán general de Provincia, bajo 
el título de Protector y Patrono de la Libertad de los Pueblos». Y para dar 
mayor realce al homenaje, pidieron los capitulares de Montevideo a los de- 
más Cabildos de campaña que reunieran a los respectivos vecindarios y some- 
tieran a su voto el nombramiento que acababa de ser otorgado. 

Artigas no aceptó el homenaje. Pero recién expuso los fundamentos 
del rechazo un año después, con motivo de diversos honores que el Cabildo 
de 1816 había resuelto votarse a sí mismo, invocando las altas atribuciones 
que ejercía como Cabildo Gobernador. 

Véase la hermosa lección cívica que dió al Ayuntamiento: 

«Los títulos son los fantasmas de los Estados, y sobra a esa ilustre 
corporación tener la gloria de sostener su libertad.» 

«E’l mundo expectador observa aún nuestros menores movimientos y los 
hombres liberales mirarán con indignación que besemos todavía las cadenas 
de nuestro envilecimiento.» 

«Por lo mismo he conservado hasta el presente el título de un simple 
ciudadano, sin aceptar la honra con que el año pasado me designó el Cabildo 
que V. S. representa.» 

Y es conveniente agregar que ese «título de ciudadano» que tan empeño- 
samente reivindicaba Artigas, al rechazar los despachos de capitán general, 
es el que real y positivamente destaca al prócer ante la posteridad. 

Su obra, su grande obra, es ante todo de ciudadano. Fué militar por- 
que era necesario que alguien mandara los ejércitos. Pero el programa a 
cuya ejecución dedicó todas .sus energías, es fundamentalmente cívico, de 
propaganda de ideales, de elaboración de caracteres, de orientación de pueblos 
a báse de grandes acciones y de formidables impulsos patrióticos! 



CAPITULO XXIV 


LA LEYENDA DE SANGRE 
Una supuesta sombra del programa artiguista. 

No registra la historia de la Revolución americana nada parecido al 
programa del Gobierno artiguista, hecho carne en sus congresos, en sus 
instrucciones, en su propaganda y' en sus actos. 

Constituye la cumbre cívica más alta del escenario de toda la América 
española y es sólo comparable del otro lado del continente al programa de 
Washington. 

Hay' una sombra que suprimir, sin embargo, para que la cumbre res- 
plandezca ep toda su magnitud: la sangrienta leyenda de Cavia. 

Artigas y su conducto invariable con los prisioneros. 

Digamos desde luego que la actitud inicial de Artigas al remitir a Bue- 
nos Aires los centenares de prisioneros españoles de los combates del Colla 
y San José y de la batalla de Las Piedras, y' al entregar al Virrey Elío 
hasta el último de los heridos de esta última acción, se mantiene inalterable 
durante la guerra civil, como se mantenían inalterables todas las actitudes 
y principios fundamentales del artiguismo, fueran cuales- fueran las circuns- 
tancias, favorables o adversas. 

En noviembre de 1814 se dirigía Artigas en estos términos a don Blas 
Pico, jefe de las fuerzas entrerrianas adictas al Gobierno de Buenos Aires: 

«Declarada la guerra contra estos pueblos inocentes por el Gobierno 
de Buenos Aires, me he visto en la dura precisión de defenderme y hostili- 
zarlo.» 

«Mi justicia ha triunfado poderosamente y' tengo la satisfacción j e 
asegurar a usted que me sobran prisioneros de las tropas de Buenos Aires 
para rescatar los que usted ha tomado de los míos.» 

«En esta virtud propongo a usted un canje de grado a grado, oficial por 
oficial, subalterno por subalterno y soldado por soldado.» 

«Doy este paso de humanidad para que estos y aquellos infelices gocen 
de tranquilidad en el seno de sus familias, y demos una lección al extranjero 
de que los americanos son dignos de mejor suerte.» 

Medidas contra los españoles. 

Apenas constituido el Gobierno artiguista, a raíz de evacuada la plaza 
de Montevideo por el ejército argentino, se apresuró el Cabildo a dar esta 
nota tranquilizadora a los españoles: 

«Ante la balanza inalterable de la Justicia os presentaréis todos con 
igual respeto y 1 seréis atendidos. El casual nacimiento no servirá como hasta 
aquí de acusación o prevención én los magistrados. Ya ha terminado aquella 
efímera distinción entre los habitantes del mismo país. El pobre, el rico, el 
extranjero y el americano, serán igualmente oídos y atendidos y la vara de 
la Justicia no se inclinará sino ante donde ella exista.» 

«Unión, desciende de esas regiones adonde te habían desterrado los 
enemigos de los pueblos; siéntate entre nosotros y fija tu trono en la Ban- 
da Oriental.» 

Pero al mismo tiempo que el Cabildo escribía esta proclama, llegaban 



J 90 


ANALES HISTÓRICOS DEL EKUCUAY 


noticias gravísimas de reconquista española: una expedición de diez mil 
hombres al mando del general Morillo, procedente de España, atacaría a 
Montevideo en combinación con otro ejército procedente de Río de Janeiro 
al mando del ex Gobernador don Gaspar de Vigodet. 

El historiador don Juan Manuel de la Sota, testigo presencial de los 
sucesos que narra y’ adversario decidido de Artigas, declara que «la población 
de Montevideo era en su mayor parte española europea y que sus hijos par- 
ticipaban casi todos de sus ideas». 

Frente al programa de fraternidad amplia de la proclama del Cabildo, 
surgía así el programa de la defensa nacional. Ya hemos dicho que Otor- 
gués publicó dos bandos de muerte que se abstuvo de ejecutar, en tanto que 
Alvear cumplía los suyos. Pero, aún cuando había el propósito de no derra- 
mar sangre, era necesario evitar que la masa española de Montevideo pu- 
diera servir de apoyo a las expediciones militares que se decían en marcha. 

Se decretó, pues, en primer lugar una apropiación parcial de bienes 
pertenecientes a españoles expulsados de la plaza, bajo forma de «emprés- 
tito documentado», lo cual envolvía una idea de reembolso; y* luego una con- 
fiscación general de intereses pertenecientes a personas que se hubieren 
ausentado después de la ocupación de Montevideo por los patriotas, y 
que no regresaran dentro de treinta o sesenta días de la publicación del 
emplazamiento. 

Eran deplorables, sin duda alguna, las confiscaciones. Pero estaban en 
las doctrinas y prácticas de la época, com,o es fácil comprobarlo. 

En su célebre informe de 30 de agosto de 1810 aconsejaba el doctor Ma- 
riano Moreno a la Junta Gubernativa de Buenos Aires estas tres medidas: 
la confiscación general de haciendas pertenecientes a ganaderos que hubieran 
abandonado sus casas o establecimientos por causas políticas y que no re- 
gresaran dentro del tercer día de los emplazamientos públicos; la confisca- 
ción de todos los barcos españoles y de sus cargamentos, sin averiguación 
previa de antecedentes políticos; la confiscación de todos los bienes raí- 
ces pertenecientes a individuos que hubieren seguido causa contraria a la 
Revolución. 

Días antes de la presentación de este informe, y'a la Junta de Mayo ha- 
bía decretado una confiscación general contra todos los que sin licencia se 
ausentaren de la ciudad. 

Por otro bando de enero de 1812, el Gobierno de Buenos Aires declaró 
obligatoria la denuncia de los dineros o especie de todo género pertene- 
cientes a españoles. Y de que el bando recibió ejecución, da fe el deán Funes, 
cuando dice, refiriéndose a las penurias de ese año, que «la escasez del era- 
rio fué auxiliada con una represalia de propiedades enemigas», agregando 
que hasta octubre de 1817 ingresaron por concepto de pertenencias de ex- 
traños, alrededor de un millón y medio de pesos. 

Ya hemos dicho también cual fué el programa financiero del Gobierno 
argentino, a raíz de la rendición de la plaza de Montevideo: confiscación 
general de todas las cantidades resultantes de testamentarías, consigna- 
ciones, habilitaciones y otros conceptos, pertenecientes a individuos radica- 
dos en España o en las posesiones españolas; contribuciones extraordinarias 
de guerra a los vecinos de Montevideo; confiscación general de bienes a los 
artiguistas. 

Tratábase, pues, de una medida corriente. Pero como se prestaba a 
abusos, Artigas instituyó un tribunal recaudador, compuesto de miembros 
del Cabildo, y dispuso con su acostumbrado espíritu de amplio contralor en 
todo lo relativo al manejo de fondos públicos, que: 

«De estos intereses, como de cualesquiera otros que produjeren las pro- 
piedades extrañas, presentaría dicho tribunal al resto de la Municipalidad 
mensualmente una relación exacta de los productos, debiendo pasarlos a la 
Tesorería General con conocimiento del Cabildo pleno.» 



LA LEYENDA DE SANGRE 


191 


La leyenda de Purificación. 

Cuando Artigas se encontró al frente de las seis provincias del Río de 
la Plata que lo reconocían como jefe, o como protector (Montevideo, Santa 
Fe, Córdoba, Entre Ríos, Corrientes y Misiones), tuvo necesidad de situar 
su cuartel general de operaciones cerca de las fuerzas que estaba encargado 
de estimular, organizar o acaudillar, según los casos. Y fundó con tal objeto 
cerca de la confluencia del Daymán con el Uruguay, el pueblo de Purifi- 
cación. 

Eso ocurría a raíz de la desocupación de Montevideo por el ejército 
argentino y de las insistentes noticias de reconquista española. 

Había que alejar de la plaza a los dirigentes españoles que podían ser- 
vir de auxiliares a Morillo y' Vigodet, y empezó entonces una activa corres- 
pondencia entre Artigas y el Cabildo para el transporte de sospechosos al 
pueblo de Purificación. 

Extractamos de los oficios de Artigas: 

«Mande V. S. principalmente a aquellos que por su influjo e intereses 
serán tenaces en hacernos la guerra, teniendo entendido que allí van a 
subsistir para siempre, y así no se les prohibirá que puedan conducirse a su 
costa con familia e intereses los que quieran.» 

«Este es el lugar destinado para su purificación.» 

«Absuelva más bien V. S. de esta pena a los infelices artesanos y la- 
bradores que pueden fomentar el país y perjudicarnos muy' poco con su 
dureza.» 

De la misma correspondencia que extractamos resulta que ei tjabildo 
daba constantemente esperas a las remesas; que los españoles seguían ocu- 
pando sus casas de Montevideo, o se fijaban libremente en las poblaciones de 
campaña, viéndose obligado Artigas por esa causa a advertir que corría 
grave riesgo la organización de la defensa nacional, y que si las remesas no 
continuaban él devolvería la libertad a los reconcentrados; que los españoles 
, de Purificación obtenían frecuentemente licencias para salir en busca de sus 
familias e intereses radicados en Montevideo. 

Artigas trasladaba, pues, a los enemigos del lugar en que podían per- 
judicar al lugar en que estaban vigilados. Pero con sus familias e intereses, 
en forma de suavizar la pena. 

Lo que, en cambio, no refleja ningún documento de la época, absolu- 
* tamente ninguno, es que los españoles fueran martirizados en su nuevo alo- 
jamiento, ni siquiera incomodados en su régimen de vida. 

Desfilan ilustres testigos militares. 

Purificación no era una zona cerrada. Era un pueblo abierto, aunque 
custodiado por el ejército. Los españoles entraban por* centenares y salían 
muchos de ellos en uso de licencias. Todos habrían sido portavoces de los 
crímenes y abusos artiguistas, si los crímenes y\ abusos hubieran existido. 

Ya hemos oído al brigadier general don Antonio Díaz, uno de los siete 
jefes prisioneros enviados a Purificación por el Gobierno de Buenos Aires al 
día siguiente del derrumbé de Alvear. Artigas devolvió horrorizado ese pre- 
sente de carne humana, dando una gran lección a la oligarquía de Buenos 
Aires. Los siete prisioneros pudieron ver y oir libremente, pero nada vie- 
ron ni oyeron que pudiera oscurecer la aureola del Jefe de los Orientales. 

El propio general Díaz, decidido adversario político suyo, sintetiza así 
sus juicios: 

«Tratándose de Artigas se debe decir que entre lo mucho que sería ne- 
cesario escribir sobre el notable caudillo para justificarlo ante la historia, 
debería tenerse en cuenta que los gobiernos de Buenos Aires fueron causa 



]92 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


de sus desaciertos, cuando pudieron utilizar al hombre en provecho de la 
política americana, creando uno de sus más varoniles y’ poderosos defensores.» 

Meses después llegaba otro notable grupo: el general Viamonte y su 
estado mayor; y más tarde todavía llegaba un tercer cortejo: el barón de 
Olemberg y su estado mayor, unos y otros prisioneros de la liga federal 
que acaudillaba Artigas remitidos bajo segura custodia al cuartel general 
de Purificación. 

Todos ellos permanecieron en el campamento, estuvieron en contacto 
con los españoles, vieron y oyeron libremente, recuperaron su libertad y ob- 
tuvieron sus pasaportes para ir nuevamente, como fueron, a poner su espada 
al servicio del Gobierno de Buenos Aires. Y ninguna acusación han dejado: 
nada que signifique que el pueblo de Purificación fuera un sitio de sufri- 
miento, de martirio o de muerte. 

Lo que dicen Larrañaga y Guerra. 

Larrañaga, otro ilustre visitante de Purificación, ha dejado sus impre- 
siones en esta memorable página de su diario de viaje que constituye la más 
alta apología del Jefe de los Orientales: 

«A las cuatro de la tarde llegó el general, el señor don José Artigas, 
acompañado de un ayudante y una pequeña escolta. 

«En nada parecía un general: su traje era de paisano y muy 1 sencillo: 
pantalón y chaqueta azul sin vivos ni vueltas, zapatos y medias blancas de 
algodón, sombrero redondo con forro blanco y un capote de bay'etón eran to- 
das sus galas, y aún todo esto, pobre y viejo.» 

«Es hombre de una estatura regular y robusto, de color bastante blanco, 
de muy buenas facciones, con la nariz algo aguileña, pelo negro y con pocas 
canas; aparenta tener unos cuarenta y ocho años.» 

«Su conversación tiene atractivos, habla quedo y pausado, no es fácil 
sorprenderlo con largos razonamientos, pues reduce la dificultad a pocas pa- 
labras y, lleno de mucha experiencia, tiene una previsión y un tino extraor- 
dinarios.» 

«Conoce mucho el corazón humano, principalmente el de nuestros paisa- 
nos, y así no hay quien le iguale en el arte de manejarlos.» 

«Todos lo rodean y le siguen con amor, no obstante que viven desnudos 
y llenos de miserias a su lado, no por faltarle recursos, sino por no oprimir 
a los pueblos con contribuciones, prefiriendo dejar el mando al ver que no se* 
cumplían sus disposiciones en esta parte, y que ha sido uno de los princi- 
pales motivos de nuestra misión.» 

«Nuestras sesiones duraron hasta la hora de la cena. Esta fué corres- 
pondiente al tren y boato de nuestro general: un poco de asado de vaca, 
caldo, un guiso de carne, pan ordinario y vino servido en una taza por falta 
de vasos de vidrio, cuatro cucharas de hierro estañado, sin tenedores ni cu- 
chillos, sino los que cada uno traía, dos o tres platos de loza, una fuente de 
peltre, cuyos bordes estaban despegados, por asiento tres sillas y la petaca, 
quedando los demás en pie.» 

Tal era el aspecto del cuartel general de Purificación a mediados de 
1815, cuando fué allí Larrañaga con motivo de la renuncia de Artigas ante 
la insistencia del Cabildo en cobrar un impuesto a los comerciantes de Mon- 
tevideo: una vida de grandes privaciones, de verdadera miseria, pero a la 
vez de grandes afectos en torno del jefe a quien todos adoraban por sus 
revelantes condiciones morales y por su fuerte inteligencia. 

De violencias, de martirios y asesinatos de españoles, ni una sola pa- 
labra contiene el diario de donde extraemos esa página admirable. 

Años después el mismo Larrañaga y’ don José Raymundo Guerra, es- 
cribieron una «Memoria Histórica de la Provincia de Montevideo» y de ella 
entresacamos esta relación de los sucesos posteriores al año 1815: 



LA LEYENDA DE SANGRE 


193 


«Artigas había sido constituido caudillo supremo por la aclamación de 
los pueblos orientales: entiéndase como se quiera esta aclamación nue mi 
las revoluciones de todos los países del mundo han tenido siempre iguales síu . 
tomas; y cuando por adversidad o por contradicciones llegaba a considerar 
crítica su situación, ocurría al efugio de manifestar que renunciaba su autori- 
dad en manos del pueblo, y que ellos libremente eligieran personas más a 
propósito para ejercerla.» 

«En estas demostraciones de desprendimiento, podía muy bien obrar el 
arte, más siempre correspondió un mismo resultado: quedaba reelecto y' cada 
vez más afianzado en la representación superior y en el afecto y confianza 
de sus gentes.» 

«Su sistema constante de mantener la independencia de esta Banda 
Oriental, le hizo partidario de la independencia particular de la<* dom*^ n^n- 
vincias y de la federación de todas; y así como Buenos Aires había afectado 
de ponerlas en libertad de mandatarios españoles para suietarlas a su primi- 
tiva dominación. Artigas concibió el designio de constituirse en protector 
de la independencia de los pueblos libres, para que Buenos Aires, a título de 
capital universal, no los dominara a todos.» 

«Este sistema no podía menos que ser agradable a las provincias y’ mu- 
cho más cuando se veían llenas de mandatarios bonaerenses todas ellas 
De donde dimanó que habiendo sido el Entre Ríos y casi toda la Banda 
Oriental parte de la Provincia de Buenos Aires en la demarcación antigua, 
se desagregaron con tanto ahinco, deseando hacer lo mismo todos los terri- 
torios de Santa Fe en la orilla occidental.» 

«Ello es que esta máquina supo conducirla Artigas con tanta sagacidad 
y destreza, que a pesar de ser muy reducidos y escasos sus medios y' recursos 
disponibles, ha puesto en consternación y ha contrabalanceado el poder do 
Buenos Aires no una vez sola.» 

«Se han escrito por esta razón cosas que horrorizan, tratando de des- 
cribirlo por meras anécdotas, pero no se puede dudar nue este caudillo mon- 
taraz, ecónomo de papel y' aislado en el peculiar consejo de su mente, es 
extraordinario y original en todos respectos; a lo menos debe decirse así 
en honor de las armas que no desdeñan medirse con las suyas.» 

Larrafiaga y Guerra escribían en esa época como adversarios políticos 
de Artigas. Los dos habían figurado en el estado mayor de la administración 
portuguesa: tenían que justificar su voto a favor de la incorporación de la 
Provincia Oriental a la corona conquistadora; y’ lo habrían justificado sin 
duda alguna, con el proceso de Purificación, si el cuartel general del Jefe 
de los Orientales se hubiera transformado en un foco dle crímenes. 

Nada hay, sin embargo, en su «Memoria Histórica» que deprima a 
Artigas. Por el contrario, todo le honra altamente. 

La jefatura de Artigas era el resultado espontáneo de la aclamación 
de los pueblos, y cada vez nue el jefe renunciaba a raíz de algún incidente, 
volvía a ser reelecto con más entusiasmo y con más afecto que nunca. Eso 
dicen Larrañaga y Guerra acerca del origen del mandato de Artigas: y' ex- 
plicando las disidencias con el Gobierno de Buenos Aires, declaran que Artigas 
era el defensor de las libertades locales y de la idea federal, y que sobre la 
base de ese programa había llegado a organizar una fuerza considerable 
que él manejaba con mucha inteligencia. Para que nada falte al elogio, re- 
sulta del comentario final que «los horrores del artiguismo» eran simples 
instrumentos de combate de los enemigos de la federación de las provincias, 
es decir. ;de la oligarquía que se había adjudicado la herencia política del Rey 
de España! 



194 


ANALES HISTÓRICOS DF.L URUGUAY 


Impresiones de Robertson. 

Oigamos a otro visitante del cuartel general de Purificación: el comer- 
ciante inglés Robertson, autor de valiosas obras históricas relativas a las 
Provincias Unidas del Río de la Plata. 

Remontaba Robertson el Paraná con una partida de mercaderías, cuando 
filé asaltado por varios soldados santafecinos. Entablada la reclamación, or- 
denó inmediatamente Artigas, en su calidad de Protector de los Pueblos, que 
Robertson fuera puesto en libertad, y' que se devolvieran las mercaderías. 
La primera medida tuvo inmediata ejecución, pero no así la segunda, por- 
que una parte de las mercaderías había desaparecido en míanos de los sal- 
teadores. i 

Robertson resolvió entonces ir al cuartel general de Purificación, a 
fin de hablar directamente con Artigas, aprovechando así, dice, la oportuni- 
dad de ponerse en relación: 

«Con un hombre que se había elevado a tan singular altura de celebri- 
dad y cuya palabra era en ese momento ley en todo el ancho y en todo el 
largo del antiguo Virreinato de Buenos Aires, con la* sola excepción del Pa- 
raguay’ y de la ciudad de Buenos Aires, manteniendo a esta misma ciudad 
en continuas alarmas, mediante correrías de sus destacamentos que se lle- 
vaban los ganados y se aproximaban a menudo a los suburbios de la po- 
blación.» 

Llegado al cuartel general, véase el cuadro que se presentó ante los 
ojos de Robertson: 

«El excelentísimo señor Protector de la mitad del nuevo mundo estaba 
sentado en una cabeza de buey, junto a un fogón encendido en el suelo fan- 
goso de su rancho, comiendo carne del asador y bebiendo ginebra en un 
cuerno de vaca. Lo rodeaban una docena de oficiales andrajosos en posición 
parecida y ocupados en la misma tarea que su jefe. Todos fumaban y' char- 
laban ruidosamente.» 

«Estaba el Protector dictando a dos secretarios que ocupaban en torno 
de una mesa de pino las dos únicas sillas que había en toda la choza, y esas 
mismas con el asiento de esterilla roto.» 

«Para completar la singular incongruencia de la escena, el piso del de- 
partamento de la choza en que estaban reunidos el general, su estado mayo»' 
y sus secretarios, se encontraba sembrado de ostentosos sobres de todas las 
provincias, distantes algunas de ellas hasta mil quinientas millas de ese 
centro de operaciones, dirigidos a Su Excelencia el Protector.» 

«En la puerta estaban los caballos jadeantes de los correos que llega- 
ban cada media hora y’ los caballos de refresco de los correos que salían 
con igual frecuencia.» 

«De los distintos campamentos llegaban a galope soldados, edecanes, 
exploradores. Todos se dirigían a Su Excelencia el Protector, y Su Excelencia 
el Protector sentado en su cabeza de buey, fumaba, comía, bebía, dictaba, 
conversaba y despachaba sucesivamente todos los asuntos que le llevaban 
a su conocimiento, con una calma distinta de la von chalanee , que demostraba 
de una manera práctica la verdad del axioma «vamos despacio que estoy de 
prisa.» 

«Pienso que si los negocios del mundo entero hubieran pesado sobre sus 
hombros, habría procedido de igual manera. Parecía un hombre abstraído 
del bullicio, y* era de este solo punto de vista, si me es permitida la alusión 
somejante al más grande de los generales de nuestro tiempo.» 

«Al leer mi carta de introducción. Su ílxcelencfa se levantó de su asiento 
y me recibió no sólo con cordialidad sino también, lo que me sorprendió 
rpás, con modales comparativamente de caballero y de hombre bien educado.» 

«Iniciada mi conversación, la interrumpió la llegada de un gaucho, y 



liA LEYENDA DE SANGRE 


Iba 


antes que hubieran transcurrido cinco minutos ya el general Artigas estaba 
de nuevo dictando a sus secretarios, engolfado en un mundo de negocios, al 
mismo tiempo que me presentaba excusas por lo que había ocurrido en Ba- 
jada y* condenaba a sus autores.» 

«El trabajo del Protector -se prolongaba desde la mañana hasta la noche, 
lo mismo que su comida, porque así que un correo llegaba era despachado 
otro, y así que un oficial se alejaba del fuego donde estaba el asador con la 
carne, otro tomaba su asiento.» 

«Habiendo pasado ya varias horas con el general Artigas, le entregué 
la carta del capitán Percy y con palabras tan moderadas como lo permitía 
la explicación de mi caso, inicié el reclamo de indemnización.» 

«Ya ve usted, me contestó con mucha calma y’ naturalidad, de qué ma- 
nera vivimos aquí... Pagarle a usted en estos momentos 6,000 pesos, es 
algo tan fuera de mis alcances como abonarle 60,000 o 600,000 pesos». 
Y levantando la tapa de una vieja caja militar, agregó: «en esta valija de 
lona que hay en el fondo está todo mi tesoro, que llega a 300 pesos y antes 
de la llegada de otra remesa debo ser tan cuidadoso del dinero como lo 
es usted.» 

«Ante esas palabras, haciendo una virtud de la necesidad, cedí a él vo- 
luntariamente lo que por la fuerza no hubiera podido recuperar, y sacando 
partido de mi generosidad obtuve del Excelentísimo Protector, en prenda de 
su gratitud y buenos deseos, algunos privilegios 'mercantiles de importancia, 
relacionados con un establecimiento que yo tenía en Corrientes, que reinte- 
graron con creces mis pérdidas.» 

Tal es el relato de Robertson. Una embarcación es detenida y secues- 
trada en aguas de la Provincia de Santa Fe. Entablado el reclamo, Artigas 
pide los antecedentes y ordena en el acto la libertad del comerciante y la 
devolución de las mercaderías. Pero una parte del cargamento había desapa- 
recido y entonces el Protector otorga al reclamante varias concesiones que 
le permiten recuperar el dinero perdido. Eso en lo que se refiere a la jus- 
ticia artiguista, la más correcta de todas las justicias del Río de la Plata 
en esa época de lucha y' de miseria. Y en lo que atañe a las altas, cualidades 
intelectuales del gobernante, el testimonio de Robertson exhibe a Artigas 
trabajando de sol a sol en el estudio y despacho de los asuntos de seis pro- 
vincias; leyendo oficios; atendiendo consultas incesantes; y' a la vez dictando 
a dos secretarios, porque uno solo no bastaba para el desempeño de la enorme 
tarea, todo eso en medio del bullicio de una choza en la que entra y sale, 
sin cesar, la gente. 

¡Qué abismo entre esa descripción y' la muy generalizada que exhibe a 
Artigas como un ignorante apenas habilitado para poner su firma al pie 
de oficios y resoluciones que otro escribía y que él no entendía! 

Y es conveniente advertir, para que resalte más la importancia del tes- 
timonio, que los hermanos Robertson, que arribaron al Río de la Plata en 
1815, al hablar de los sucesos anteriores a esa fecha, que ellos no conocían, 
copian el folleto de Cavia y repiten con él que Artigas era un bandido lleno 
de sangre y de robos. 

Hablan otros ilustres testigos de la época. 

¿Arrojarán sombras otros de los contemporáneos del glorioso personaje 
del Hervidero? \ 

Don Joaquín Suárez figura entre los factores de la revolución de la 
independencia desde un año antes del movimiento de May’o. Promovida la 
insurrección de la campaña oriental en 1811, actuó como capitán de milicias 
en la batalla de Las Piedras; siguió con las fuerzas de Artigas hasta el 
campamento del Ayuí; concurrió al segundo sitio; formó parte de los cabildos 
de 1815 y 1816; y cuando los portugueses entraron a Montevideo, él marchó a 



196 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


campaña, se incorporó a las tuerzas de Barreiro, y ocupó en seguida el cargo de 
Comisario General de guerra hasta fines de 1818, en cuyo año se dirigió 
al cuartel general de Purificación, para rendir cuentas de su empleo y re- 
tirarse a su hogar en procura de un bien ganado descanso. 

Quiere decir que don Joaquín Suárez, uñó de los personajes que más 
se destacan en la historia uruguaya por su patriotismo, su consagración 
sin ejemplo a la causa pública y la moralidad absoluta de su vida, estuvo en 
contacto con Artigas desde el primer dia de la Revolución hasta la con- 
quista portuguesa. 

Pues bien, el ha escrito en su autobiografía que Artigas fué «el primer 
patriota oriental; que no era sanguinario y sí muy' sensible con los desgra- 
ciados». 

Bel arraigo de los sentimientos que estas palabras reflejan, da testi- 
monio ei hecno comprobado de que en el dormitorio del patricio sólo había 
un retrato: el de Artigas. 

El coronel Ramón Cáceres, que después de haber prestado largos e 
importantes servicios al ejército artiguista, se separó de su jefe y combatió 
contra ei al trente de la vanguardia de Ramírez, hasta empujarlo al terri- 
torio paraguayo, cíe aonae jamás volvió a salir, ha escrito en sus «Memorias» 
ias siguientes palabras: 

«Artigas eia hombre de bien, patriota, desinteresado, muy humano.» 

En 1853, con ocasión del proyecto de ley que daba el nombre de «Villa 
de Artigas» al pueblo fronterizo conocido hasta entonces con la denomina- 
ción cíe «Arredonuo», el venerable constituyente don Antonino Domingo Costa 
hizo una amorosa defensa del personaje,* que el acta oficial resume así: 

«jbil señor senador demostró que los hechos que tanto aquí como en 
Europa se atribuían al general, en nada absolutamente le pertenecían, no 
solo poique era falso arrancasen de él o fueren órdenes suyas, sino también 
porque eran contrarios a su carácter franco y humano, de que dió muchas 
pruebas.» 

«hintre otras cosas se ha dicho que enchalecaba a los hombres con 
cueros frescos, dejándolos al sol para que el cuero secándose, oprimiese el 
cuerpo y brazos. Yo desmiento estos hechos: yo desafío a que se me cite un 
soio ejemplo. Los que le han atribuido una atrocidad semejante, no han co- 
nocido ae cerca al general Artigas, ni conocen la historia de nuestro país.» 

«Concluyó pidiendo que constasen en el acta sus reflexiones, para que 
se viera que aún existe un anciano oriental testigo de todo lo ocurrido, 
que puede desmentir esos hechos falsa o maliciosamente propalados.» 

Otros senadores contemporáneos también de Artigas, como don Fran- 
cisco Solano Antuña, don Ramón Masini, don José Benito Lamas y don 
Antonio Luis Pereyra, adhirieron expresamente al homenaje que el proyecto 
tributaba al Jefe de los Orientales, sin que en esa rama del Cuerpo Legisla- 
tivo, ni en la otra donde también fué sancionado, se levantara una sola 
voz en contra. 

Los detractores de Artigas. 

Cavia. , 

Todos los testigos importantes de la época son, como se ve, favorables 
a Artigas. 

Sólo uno depone en contra: don Pedro Feliciano Cavia, secretario de 
don Manuel de Sarratea en los años 1812 y 1813; Oficial Mayor del Ministe- 
rio üe Gobierno y Relaciones Exteriores del Director Pueyrredón en 1817, 
1818 y 181U; y defensor de Rosas en sus últimos años, desde las columnas de 
«La Gacela Mercantil», que dirigía. 

Cavia era oriundo de Buenos Aires y enemigo personal y* político de Ar- 



XiA. LEYENDA DE SANGRE 


197 


tigas. Enemigo personal, en razón de haber exigido el Jefe, de los Orientales 
su expulsión del ejército sitiador de Montevideo en 1813, al producirse los 
inciüentes con Sarratea. Enemigo político, por haber permanecido invariable- 
mente al servicio de la oligarquía que luchaba contra Artigas. 

En 1818, Cavia publicó un libro infamatorio contra Artigas, que ter- 
minaba así: 

«Al arma, al arma, seres racionales, contra este' nuevo caribe destructor 
de la especie humana.» 

Debuta Artigas en ese libelo como un bandido que abandona el hogar 
paterno al frente de salteadores y contrabandistas que asesinan, que roban, 
que difunden el terror en toda la campaña. Para contener sus fechorías, re- 
suelve el Virrey Olaguer Feliú la creación del regimiento de blandengues 
de Montevideo. ¿De quién echaría mano para tamaña empresa? Pues de 
Artigas. Le regala entonces los despachos de ayudante mayor y, mediante 
ese regalo, obtiene que el capitán de bandidos se consagre en cuerpo y alma 
al exterminio de sus compañeros! 

Encaramado más tarde al gobierno, tenía que emplear todas sus fuer- 
zas en obras feroces. Y es lo que Artigas efectivamente hizo, dice Cavia, 
como Protector de los Pueblos Libres. 

Para demostrarlo publica una «Relación de los asesinatos más horro- 
rosos cometidos en la Banda Oriental y Provincias de Entre Ríos y Corrientes 
durante la influencia de Artigas en estos países en personas visibles y' de 
rango conocido, los cuales han sido autorizados por el expresado Artigas 
en el mero hecho de haberlos dejado impunes». 

Abarca 33 asesinatos, distribuidos en el curso de los años 1811, 1812, 
1813, 1814, 1815, 1816 y 1817, en todo el amplísimo escenario sometido al 
mando o protectorado de Artigas. 

En cuanto a fuentes o pruebas, ni Cavia las exhibe, ni nadie podrá exhi- 
birlas jamás, sencillamente porque todo es fantástico en ese libelo que el Go- 
bierno de Pueyrredón resolvió publicar en los mismos momentos en que 
lanzaba todos sus ejércitos contra Artigas para facilitar la acción de los 
portugueses en la Provincia Oriental. 

Hay que advertir que el libelo no tiene nombre de autor, y que Cavia 
se ocultó así por dos razones: porque era Oficial Mayor del Gobierno de 
Pueyrredón, interesado en el desprestigio de Artigas; y porque él había te- 
nido a la mano los ricos archivos del Río, de la Plata, en Montevideo, como 
Escribano de Gobierno y secretario de la administración de Rodríguez Peña, 
y en Buenos Aires por el elevado empleo que desempeñaba, y' sabía perfecta- 
mente que en esos archivos no existía un solo documento acusatorio contra 
el prócer. 

La parte de novela relativa al coloniaje gira en torno de la transfor- 
mación de un capitán de bandidos en ayudante mayor de blandengues; y 
que la transformación es falsa, lo demuestra el hecho bien documentado de 
que Artigas ingresó en el ejército español como soldado raso, y' conquistó 
rápidamente los galones por indiscutibles servicios militares. 

Y la parte de novela relativa a los asesinatos, está apoyada en un su- 
puesto «diario que llevaban varios orientales curiosos», sin que se diga quié- 
nes eran; sin publicarse ese diario; sin mencionarse el archivo donde existía 
o podría ser consultado. 

Cavia habría publicado, en el mejor de los casos, un estado de los crí- 
menes comunes cometidos en seis Provincias desiertas y constantemente 
devastadas poir la guerra civil; y en tal caso la cifra de 33 asesinatos per- 
petrados en ocho años, no daría base ciertamente para clamar contra las defi- 
ciencias de la policía artiguista. 

Porque, efectivamente, en la fantástica relación sólo alguna vez que 
otra aparece el nombre de Artigas. La generalidad de los asesinatos figuran 
como de origen particular, ajenos a los gobernantes, lo que, sin embargo. 



198 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


no impide que el libelista diga que deben serle imputados al jefe «por el 
mero hecho de haberlos dejado impunes». Sería exacta la tesis si Artigas 
hubiera tenido en la mano a los delincuentes y los hubiera perdonado. Pero el 
libelo no llega hasta ese extremo. 

Sólo un caso de Cavia ha sido documentado por los testigo^ de la época: 
el fusilamiento del oficial correntino Genaro Perugorria, y' ese caso es de 
una corrección absoluta. 

Vamos a invocar, para demostrarlo, la propia historia correntina escrita 
por el doctor Vicente Quesada y el señor M. F. Mantilla. 

Según el doctor Quesada, en 1814 fué depuesto el Gobernador Domín- 
guez, que dependía de Buenos Aires, y nombrado el Gobernador Méndez, 
que respondía al movimiento de independencia local encabezado por Arti- 
gas. El oficial Perugorria fué comisionado por Artigas para celebrar un 
acuerdo con el nuevo mandatario; pero en vez de hacerlo destituyó a Méndez 
y asumió el gobierno. «Cuéntase que Perugorria obraba así de acuerdo con 
Buenos Aires para realizar una contrarrevolución y' volver al centralismo, y 
que estudiadamente se había captado la amistad de Artigas para asegurar 
mejor los planes que meditaba». 

Según el señor Mantilla, Perugorria solicitó el nombramiento de comi- 
sionado para restablecer la concordia entre el Gobernador Méndez y otros 
elementos que estaban en desacuerdo con él. Conseguido ése propósito, mar- 
chó en seguida con una escolta de blandengues; pidió al Gobierno de Buenos 
Aires tropas de refuerzo; depuso al Gobernador; y llegado el momento fa- 
vorable, lanzó el grito contra Artigas. 

Están de acuerdo, como se ve los dos historiadores de Corrientes en 
que Perugorria, explotando su amistad con Artigas, solicitó un nombramiento 
y fuerzas que en seguida puso al servicio del Gobierno de Buenos Aires, en 
guerra a la sazón con Artigas. 

El delito militar no tenía atenuantes y la situación política era muy’ gra- 
ve. Y por eso Artigas mandó verter esa sangre, la única sangre que mandó 
verter en toda su vida de hombre justo, tolerante y humanitario. 

Tal es lo que queda, de la leyenda de Cavia, y al hablar de la ley’enda de 
Cavia, hablamos en general de la leyenda antiartiguista. 

Rengger y Longchamp. 

Todos' los demás detractores del Jefe de los Orientales que han servido 
de fuente a los historiadores contemporáneos del Río de la Plata, se han 
limitado, efectivamente, a reproducir a Cavia en el concepto de que su ele- 
vada posición en Buenos Aires daba carácter auténtico a sus acusaciones. 

Esos otros detractores son Rengger y Longchamp, el general Miller y 
los hermanos Robertson. 

Rengger y Longchamp, naturalistas suizos, arribaron a Buenos Aires 
con procedencia de Europa en julio de 1818; un mes después remontaron el 
Paraná hasta -Corrientes; y en mayo de 1819 obtuvieron permiso para pasar 
al Paraguay’, donde habían resuelto radicarse para ejercer la medicina y reali- 
zar estudios de historia natural. En 1825 emprendieron viaje de regreso a 
Buenos Aires y allí se embarcaron para Europa. 

Este itinerario, que reproducimos del libro histórico que ellos escribie- 
ron, demuestra tres cosas: que los autores no estuvieron absolutamente 

en la Provincia Oriental, ni en ninguna de las regiones sometidas al protec- 
torado de Artigas^ salvo la ciudad de Corrientes; que sus fuentes de infor- 
mación tenían que estar en Buenos Aires; que por la índole de sus estudios, 
escaso interés debían tener para ellos las investigaciones políticas personales. 

Agregaremos que el arribo de los dos naturalistas suizos al Río de la 
Plata, coincidía con la aparición del libelo de Cavia, todo una publicación 
oficial emanada del propio Ministerio de Pueyrredón, que debía tomarse 



LA LEYENDA I>E SANGRÉ 


199 


como un evangelio por viajeros que no estaban ni podían estar interioriza- 
dos en las graves disensiones intestinas de que esa publicación surgía. 

¿Qué dicen, pues, Rengger y Longchamp? 

Que «vieron» a Artigas y a 1 sus subalternos medio desnudos; que Arti- 
gas era un célebre contrabandista y’ salteador de quien había echado mano 
el Gobierno español para exterminar a los demás contrabandistas y salteado- 
res; que durante la Revolución se hizo patriota, pero que sus banderas eran 
el refugio de toda la escoria humana, salteadores, asesinos, piratas, la- 
drones, desertores, de todo lo cual resultaba que la marcha de su ejército 
era una cadena de actos de carnicería humana y de saqueos inauditos. «En 
obsequio de la verdad debe decirse, sin embargo, que Artigas jamás habría 
llevado tan adelante su ferocidad; pero estaba rodeado de facinerosos de 
quienes dependía», sobresaliendo entre los más infames, el fraile Monterroso 
que actuaba de secretario y consejero personal. 

Pues bien, cuando Rengger y Longchamp, «veían» a Artigas medio des- 
nudo en la ciudad de Corrientes, Artigas estaba en la Banda Oriental, pe- 
leando cuerpo a cuerpo con los portugueses. Es posible que ellos vieran a 
Andresito. Pero al confundirlo con Artigas, denuncian la extrema ligereza 
de sus juicios. 

Y en lo que no podían «ver» aceptaron la leyenda de Cavia, salpicándola 
con algunos nuevos epítetos recogidos en el ambiente oficial de Buenos Aires, 
que se caldeaba cada vez más bajo la presión de la colosal resistencia que Ar- 
tigas oponía a los portugueses en la Provincia Oriental y al Directorio en las 
Provincias de su protectorado. 

El general Miller. 1 

Según resulta de sus «Memorias», el oficial inglés Miller llegó de Ingla- 
terra a Buenos Aires en septiembre de 1817. El Director Pueyrredón le 
concedió los despachos de capitán del ejército de San Martín. Antes de mar- 
char a su destino realizó una excursión exploradora a la Patagonia. En enero 
de 1818 cruzó los Andes y se plegó sucesivamente a los ejércitos de San Mar- 
tín y de Bolívar, hasta el año 18 26 en que volvió a Buenos Aires con los des- 
pachos de general. 

¿Qué observaciones personales pudo recoger acerca de Artigas y' de su 
Gobierno este militar que sólo se detuvo en Buenos Aires y Mendoza, y 
que pasó todo su tiempo combatiendo en el Peni? 

Según él. Artigas era un ‘facineroso, de cuyos servicios resolvió valerse 
el Gobierno español para combatir a todos los demás bandidos que tenían 
aterrorizado al país. Sus procedimientos de exterminio eran expeditivos: 
cuando eran pocos los aprehendidos, recurría al fusilamiento previa una breve 
ceremonia religiosa en que se rezaba «el credo cimarrón»; cuando eran mu- 
chos ahorraba la pólvora y «enchipaba» o encerraba el cuerpo de cada bandido 
en un cuero fresco de vaca que al encogerse gradualmente producía la muerte 
en medio de horribles dolores. 

Se limita, pues, Miller a repetir la leyenda de Cavia, con el solo injerto 
de los «enchalecamientos», una atrocidad que el propio libelista no se atre- 
vió a imputar a Artigas, temeroso, sin duda, de que el libelo, rebasados los 
límites de la paciencia, fuera arrojado por el lector sin producir el efecto 
que el Gobierno buscaba con su publicación. Había tenido que contentarse el 
Oficial Mayor de Pueyrredón con incluir en sus tablas de sangre el caso do 
tres individuos cosidos a puñaladas y enchalecados por Pascual Charrúa. 
¡Pero qué inmenso partido habría sacado si hubiera podido atribuir a Ar- 
tigas la práctica de los enchalecamientos que Miller agrega por su cuenta 
y riesgo! 

Hay, efectivamente, en el Río de la Plata una tradición de enchaleca- 
mientos, pero que es absolutamente extraña al artiguismo. Reza con el ca- 



200 


ANALES HISTÓRICOS DEIj Uruguay 


pitán don Jorge Pacheco. Y, según esa misma tradición, no se trataba de 
un procedimiento de sangre y de exterminio, sino de simples medidas pre- 
caucionales y transitorias, para impedir la fuga de los bandoleros aprehendi- 
dos y solamente mientras se les conducía a' sus cárceles o custodias. 

Robertson. 

Los hermanos Robertson, de quienes ya hemos hablado, llegaron al 
Río de la Plata y' se dirigieron a Corrientes, en 1815. Ellos fueron testigos 
de algunas de las cosas que narran, pero de otras simples repetidores de 
Cavia. 

Como repetidores de Cavia, dicen que Artigas carecía completamente 
de educación; que aprendió a leer y escribir en el último período de su 
vida; que vivía entregado al contrabando fronterizo; que ,en ese género 
de vida llegó a ser el terror de la campaña; que, finalmente, el Gobierno 
español consiguió atraerlo mediante el halago de los despachos de capitán 
de blandengues; que los militares de Buenos Aires lo tenían en el concepto 
de un hombre semibárbaro. 

Una vez cargados con este bagaje de Cavia, los hermanos Robertson 
siguen hablando del Protectorado de Artigas en las provincias argentinas 
y aplican, como es natural, el calificativo de bandidos a los soldados que 
sostenían la integridad de esas provincias contra el Gobierno de Buenos 
Aires. 

Pero cuando los hermanos Robertson tienen que describir hechos con- 
cretos, los hechos concretos que se desarrollaban bajo sus propios ojos, en- 
tonces es para honrar a Artigas y a sus tenientes, como ya hemos tenido 
oportunidad de comprobarlo. 

¡Que los «soldados artigueños o bandidos» infundían el terror en Co- 
rrientes! Eso dicen, sin perjuicio de agregar en seguida que Andresito sal- 
vaba la vida de los niños. y‘ que sus soldados desnudos y hambrientos, obli- 
gados a mascar pedazos de cuero por falta de pan y de carne, eran tan res- 
petuosos de los derechos individuales que, en siete meses de permanencia 
en Corrientes, sólo cometieron un delito, el robo de un pañuelo, y ese único 
delito fué castigado! „ 

¡Que Artigas carecía completamente de educación y apenas sabía leer 
y escribir! ¡También lo aseguran repitiendo a Cavia, sin perjuicio de trazar 
luego el cuadro real del campamento de Purificación, en que el prócer hace 
frente al enorme despacho de todo su Gobierno, dicta simultáneamente a dos 
secretarios, interrumpe a cada rato una tarea nara reanudar otra, sin per- 
der el hilo de ninguna, cosas todas que acreditan la fecundidad y* la- fle- 
xibilidad maravillosa del potente cerebro del personaje! 


Y nada más a favor de la leyenda. 

Tales son las' únicas fuentes de la leyenda admitida como un evangelio 
por los historiadores antiartiguistas del Río de la Plata: lo dice Cavia; lo 
vieron Rengger y' Longcliamp; lo asegura el general Miller; lo afirman los 
hermanos Robertson. 

Nada más existe en los archivos y bibliotecas para presentar «como un 
bandido» y como «un gaucho bruto y sin ideas», precisamente al único pró- 
cer no salpicado por la sangre y al de obra cívica más grande, más genial, 
más persistente de la Revolución, ¡como que ha dado y continúa dando su 
fóPmlula ideal a todos los pueblos en materia de régimen de gobierno y de 
libertades públicas! 

•¿Señalarán alguna variante de sangre o de violencias las crónicas por- 
tuguesas? 



I, A LEYENDA DE SANGRE 


201 


Durante la conquista portuguesa de 1816. 

No hemos hablado todavía de esa larga vía crucis del artiguismo que 
empieza en agosto de 1816, con la invasión portuguesa, y que termina en 
lebrero de 1820, de desastre en desastre, pero sin un solo desvío de rumbos. 
Será materia de uno de los capítulos subsiguientes. 

Veremos entonces que el resumen oficial de las campañas fronterizas 
de 1816 y principios de 1817 atribuye a los orientales una baja de 3,190 
muertos y' 360 heridos y prisioneros. Cada victoria portuguesa era seguida 
de una verdadera carnicería. Y que así continuaron las cosas lo demuestra la 
batalla final de Tacuarembó, ¡con sus horrendas cifras de 800 muertos y 15 
heridos! 

El naturalista francés Auguste de Saint-Hilaire, que recorría el Bra- 
sil en esa fecha, ha escrito las palabras que subsiguen, al hablar de Río 
Grande : 

«Las costumbres sanguinarias de los habitantes de esta capitanía in- 
clinaban a la crueldad. En el encuentro de Tacuarembó mataron sin piedad 
a, las mujeres y a los niños y habrían sacrificado a todos los prisioneros, 
si los oficiales no se hubieran opuesto a ello.» 

Y ¡ay! de los que escapaban a la cuchilla exterminadora de los campos 
de batalla. Habla don Juan Manuel de la Sota, adversario político de Arti- 
gas, de las derrotas de Andresito: 

«La suerte de éste y' de sus desgraciados compatriotas fué la más 
amarga. -Atados por el pescuezo con cueros frescos que secándose eran más 
fuertes que el hierro, fueron llevados a pie hasta los calabozos de Porto Ale- 
gre, en la Capitanía de Río Grande, por centenares de leguas, <a trabajar en 
las obras públicas, dándoseles por único sustento un poco de fariña a ve- 
ces corrompida. Allí hasta 400 perecieron de miseria.» 

«Los que cayeron prisioneros en diferentes encuentros de armas, fue- 
ron igualmente remitidos a Porto Alegre y Río Grande, encerrados en he- 
diondos calabozos, desnudos y maltratados como a brutos, sin piedad; car- 
gados de hierros se les veía que los hacían servir para nivelar las calles y 
plazas de Porto Alegre.» 

Otro testigo de la época, el brigadier general don Antonio Díaz, tam- 
bién adversario político de Artigas, dice al recapitular las causas de la gue- 
rra entre las Provincias Unidas y el Brasil: 

«Era necesario tener en cuenta también las injurias que por espacio de 
nueve años habían recibido estos pueblos: la deportación que en diferentes 
épocas se había hecho de la campaña oriental y que alcanzaba a mjles de 
hombres desde la primera remesa del año 1819, condenándolos a una muerte 
probable en los climas ardientes o a la esclavitud no menos mortífera de los 
buques portugueses.* 

Refiere el almirante Sena Pereira que el general Curado, «por necesaria 
seguridad acostumbraba tener en su campamento a los prisioneros con gri- 
llos y que Lavalleja los sorpotaba todas las noches». 

Barreiro, el ilustre delegado de Artigas, permaneció preso en un buque 
de guerra desde mediados de 1817 hasta mediados de 1820. 

Otorgués, Verdum, Lavalleja y Duarte, quedaron en los pontones o eu 
los calabozos hasta fines de ese año. Manuel Francisco Artigas, confinado en 
la isla das Cobras, escribía en la misma época solicitando la intervención 
de personas de valimiento de Montevideo, a favor de «los paisanos que pade- 
cemos tantas necesidades y trabajos en los calabozos de abajo de tierra». 

Eran muy pocos los que podían sobrevivir al martirio. La mayoría su- 
cumbía, como sucumbió Andresito, el reivindicador de las Misiones orienta- 



202 ANA liKS HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


les, el noble apóstol de la raza indígena que con tanto brillo había llevado 
el nombre de Artigas, así eií los campos de batalla como en la gobernación 
de Corrientes. 

¿Aplicaba Artigas la lev bel Talión a los portugueses? 

Llama grandemente la atención que ni en las crónicas de la guerra, 
ni en los partes oficiales, ni en las demás fuentes históricas, de la época, 
se acuse al artiguismo de actos análogos. 

En junio de 1817 anunciaba Artigas al Gobernador Vera, de Sant^a Fe, 
una remesa de prisioneros: 

«No tardarán en llegar a Paysandú algunos de los prisioneros que us- 
ted pide y he mandado traer; al momento se dirigirán para ese destino, que 
ahí por ahora son más útiles que aquí.» 

Y en diciembre del mismo año, hacía una remesa de marinos portugue- 
ses apresados en las costas del San Salvador y repetía al Gobernador de 
Santa Fe: 

«Ahí pueden ser más útiles que acá y V. S. les dará el destino conve- 
niente.» 

Tales eran las represalias de Artigas contra las hecatombes que reali- 
zaban los portugueses y‘ los martirios que imponían a los pocos sobrevivientes 
de los campos de batalla! 

El respeto a la propiedad. 

Los portugueses utilizaban el incendio y el saqueo como procedimientos 
de guerra. 

El capitán Moraes Lara, Joao Pedro Gay, vicario de San Borja, y Martín 
de Moussy, nos dirán más adelante de qué manera se condujo en las Misio- 
nes argentinas el coronel Chagas: incendiando todos los centros de pobla- 
ción, y trasladando a Río Grande todos los valores transportables! 

El general Lecor, que en el bando de 15 de febrero de 1817 declaró a 
los soldados de Artigas «salteadores de caminos», no podía revelar mayor 
consideración por los intereses de esos soldados. 

La obra «Noticias Históricas, Políticas y Estadísticas de las Provincias 
Unidas del Río de la Plata» registra una carta de junio de 1825, en la que 
se afirma que con autorización del general Lecor, fueron transportados a 
territorio portugués más de cuatro millones de animales vacunos, según las 
tomas de razón en los pasos fronterizos y que gracias a ello la capitanía de 
Río Grande, que antes de 1817' sólo tenía trece saladeros, llegó a contar 
ciento veinte. 

Los portugueses, ha escrito don Juan Manuel de la Sota, hacían «sus 
incursiones al Colla y’ Vacas, ejerciendo sobre los vecinos inermes de esas 
campañas el despojo de las haciendas, toda especie de saqueo de sus habi- 
taciones y no pocas violencias en las familias, hasta dejándolas reducidas de 
un momento a otro a la mendicidad, sin padre o deudos y aún sin honor si 
se les dejaba la vida». ' ‘ 

En diciembre de 1817 publicó Lecor un manifiesto ofreciendo amparo 
y protección a los habitantes de la Provincia Oriental y, con tal motivo apa- 
reció una réplica alusiva a grandes saqueos realizados en toda la zona fron- 
teriza. Tanta notoriedad tenían los hechos denunciados, que Lecor se vio 
obligado a dar un segundo manifiesto en febrero de 1818 para reiterar su 
protección en razón de haber sabido, decía, «que algunos portugueses de 
la frontera internados en el territorio de esta Provincia, han cometido ex- 
cesos de consideración en las estancias de los vecinos pacíficos y* de los 
mismos hacendados que residen en esta plaza bajo la protección de las armas 
de Su Majestad Fidelísima». 



LA LEYENDA DE SANGRE 


203 


El general Martín Rodríguez, jefe del ejército argentino en la guerra 
contra el Brasil, pidió autorización a su Gobierno en febrero de 18 2 6 para 
trasladar el campamento a la línea fronteriza, dando como fundamento que 
las extracciones de ganado con destino a Río Grande habían empobrecido 
de tal manera a la Provincia Oriental, que era necesario evitar el completo 
agotamiento de las existencias por las fuerzas a sus órdenes. 

De nada de esto ha sido acusado Artigas por sus contemporáneos, prueba 
evidente de que en el curso de su gigantesca lucha supo mantenerse respe- 
tuoso del derecho de propiedad, como sé había mantenido respetuoso de 
la vida de sus prisioneros. 

Rivera escribía al Alcalde de Maldonado en octubre de 1817, estimu- 
lando su celo de funcionario: 

«Para que sea respetada la justicia... es preciso que los magistrados... 
persigan o denuncien a los perversos... Si ellos se presentan libremente 
en medio de los pueblos haciendo alarde de sus delitos., en ese caso sólo 
son responsables los depositarios de la justicia. Estos jamás deben incurrir 
en el error de creerse débiles para refrenar la maldad. Toda la fuerza del 
Estado está instituida para hacer respetar la autoridad judicial.» 

Y poco después Otorgués se dirigía al mismo magistrado, para anunciarle 
que estaba obligado a vindicarse ante Artigas, y agregaba: 

«No sólo con esta mira, sino también con la de castigar a cualquiera 
de mis súbditos que hubiera contravenido a. mis disposiciones, haciendo al- 
gunas vejaciones al vecindario en sus personas o propiedades, espero de 
V. S., que con toda brevedad me conteste instruyéndome de la dependencia 
de quien han sido las partidas, oficiales o cualquier otra clase dé individuos 
que hubieren inferido el menor perjuicio en la jurisdicción a su cargo, de- 
biendo V. S. estar seguro de que... redoblaré mis medidas para cortar de 
raíz en lo que de mí dependa los males que están oprimiendo y afligiendo 
a todos.» 

Los tiempos eran de grandes apremios financieros y respetado así el 
derecho de propiedad, había que proceder con notable parsimonia en los 
gastos. 

Nada lo demuestra tan ooncluy’entemente como el decreto de creación 
del hospital militar de la Florida en febrero de 1817. Véase lo que prescri- 
bía Artigas al administrador: 

«Pondrá especial cuidado en distribuir diariamente con la mayor eco- 
nomía y medida los intereses de cocina, sin que llegue a escasear nada de 
cuanto contribuya a la asistencia prescripta por el médico y cada mes pre- 
sentará un estado de los artículos de esta especie que se hayan consumido y 
otro del número de enfermos, con noticias de los curados y estado de salud.» 

Artigas juzgado por la diplomacia norteamericana. 

A principios de 1818 llegó al puerto de Buenos Aires, en la fragata de 
guerra norteamericana «Congress», una comisión oficial enviada por el Pre- 
sidente Monroe para practicar el estudio de la situación de las Provincias 
Unidas del Río de la Plata como paso previo al reconocimiento de la inde- 
pendencia votada dos años antes en Tucumán. 

Formaban parte de esa comisión cuatro hombres de inteligencia supe- 
rior: Bland, Rodney, Graham y Brackenridge, este último como secretario. 
Cada uno de los comisionados presentó un informe a su Gobierno y el se- 
cretario escribió sus impresiones de viaje. 

El libelo infamatorio de Cavia salía en esos momentos de la imprenta 
oficial y' el deán Funes escribía expresamente con destino a los comisionados 
su «Historia de las Provincias Unidas del Río de la Plata de 1816 a 1818», 
también a base de crudo antiartiguismo. 

Pues bien: el comisionado Bland. elevándose a la altura de su talento 



204 


ANATAS HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


de observador y de la imparcialidad de su cargo, enrnezó por desautorizar 
en su informe a la prensa de Buenos Aires, acusándola de servilismo; de- 
mostró que en esa ciudad era desterrado todo el que se pronunciaba contra 
la autoridad y contra sus hombres dirigentes; y previno que para estudiar 
el antagonismo entre Artigas y Buenos Aires, había que separar la parte de 
apasionadas recriminaciones de las causas verdaderas y* fundamentales del 
conflicto. 

Hecha esa separación, pudo el eminente observador ver con absoluta 
claridad que era de índole constitucional la causa única de la guerra civil; 
que mientras que Artigas, con la vista fija en el ejemplo de Norteamérica, 
quería elecciones populares, autonomía en las provincias y régimen federal, 
el círculo imperante en Buenos Aires rechazaba las primeras como peli- 
grosas y condenaba las demás como opuestas al desarrollo y al poder de la 
capital. ' | 

Pudo ver también que si Artigas no ponía en práctica el régimen po- 
lítico que inscribía en su programa, debíase sencillamente a que su partido no 
estaba en el poder, ni tenía la prenda de su lado; y asimismo que si en los 
territorios de su dependencia inmediata no regía Constitución alguna, era 
por efecto de la conflagración general en que se vivía. 

Otra cosa llamó su atención: la connivencia del Gobierno de Buenos 
Aires con los portugueses para anonadar a Artigas. 

Tal es la síntesis del extenso estudio del comisionado Bland. He aquí 
algunos de los párrafos que dedica a las causas de la guerra civil: 

«Buscando las causas -de las desgraciadas disidencias y hostilidades 
entre los partidos patriotas y previa separación de lo que se reduce a sim- 
ples vituperios y agrias invectivas, resulta que aquéllas son de importancia 
vital, oue tienen por objeto principios que afectan considerablemente el bien- 
estar del pueblo y que emanan de criterios muy racionales acerca de la forma 
de gobierno más conveniente al país y* más apropiada para promover y ase- 
gurar el interés general a la vez que el interés particular.» 

«El pueblo de esta parte de la América española, tiene filas sus miradas 
desde el comienzo de sus luchas, en el ejemplo y en los preceptos de los Esta- 
dos Unidos, en la orientación de su revolución y en la organización de sus 
instituciones políticas.» 

«Sea que tales sugestiones emanen de uri juicio comparativo, sea que 
reconozcan otra causa cualquiera, es lo cierto que la idea de la convenien- 
cia de gobiernos propios, semejantes a los de los Estados Unidos, con ma- 
gistrados electos por el pueblo y de su propio seno, se ha generalizado y 
ha sido abrazada calurosamente por una gran parte de los patriotas.» 

«En oposición a estos principios y* a este partido, se levantó una facción 
en Buenos Aires, que, preocupada de los intereses y del progreso de su ciu- 
dad, se propuso establecer un Gobierno centralista, provisto de un magis- 
trado supremo, con análogos poderes a los del ex ViiTey, aunque algo con- 
tenido^ y fiscalizados mediante el restablecimiento de las instituciones civi- 
les y políticas del coloniaje modificadas por las exigencias del nuevo or- 
den de cosas.» 

El segundo comisionado, Rodney’, aún cuando no examina las causas 
del conflicto, hace también el elogio de Artigas al declarar que «personas 
dignas de crédito» lo reputan «un amigo firme de la independencia del 
país» y al agregar que «incuestionablemente es hombre de talentos poco 
comunes y excepcionales». 

El tercero, Graham, se limita a exponer los términos del conflicto sin 
acusar ni defender a Artigas. 

Esos informes con apéndices nutridos, en los que se registran varios 
oficios de Artigas al Gobierno de Buenos Aires, fueron pasados por el Presi- 
dente Monroe al Congreso de los Estados Unidos que ya había iniciado el 



LA LEYENDA DE SANGRE 


205 


estudio relativo al Río de la Plata, destacándose en el debate los diputados 
Poindexter y Smith, con discursos en que se censuraba al Director Pueyrre- 
dón y se elogiaba a Artigas. 

«Pueyrredón, dijo Poindexter, es un jefe militar que gobierna a sus 
miserables súbditos con una vara de hierro. Hace la ley y la define y pro- 
mulga sus decretos con la punta de las bayonetas.» 

El diputado Smith leyó extractos de diarios que presentaban a Artigas 
como el único republicano del Río de la Plata; hombre de escasa ilustra- 
ción, pero de mente fuerte, de gran comprensión, valiente, activo-, inteligente, 
consagrado a su país, adorado por su ejército y por el pueblo de su Provin- 
cia; y* terminó su discurso, diciendo que la Corte portuguesa, impotente para 
conquistar toda la Banda Oriental, había obtenido la ayuda del Supremo 
Director «para vencer al valiente y bizarro republicano general Artigas». 

Opinión de Alberdi. ' 

Juan Bautista Alberdi, uno de los más vigorosos cerebros de la Repú- 
blica Argentina, y el aue más a fondo ha estudiado la organización política 
de su país, explica también así el origen de la leyenda de odios: 

«Artigas quería que Montevideo perteneciera a las Provincias Unidas 
del Río de la Plata con solo algunas limitaciones del poder central. Desdo 
1814 en que se tomó aquella plaza a los españoles, despidió del suelo orien- 
tal a las fuerzas de Buenos Aires que se retiraron trayendo la artillería y 
parque de esa Provincia; medida de guerra, prudente tal vez, que deió, no 
obstante, desazonado el espíritu local. A fines de 1816 envió Artigas a su 
secretario Barreiro con proposiciones al Gobierno de Buenos Aires, en que 
ofrecía agregar la Provincia Oriental al Estado de las Provincias Unidas del 
Río de la Plata bajo el sistema federal. Artigas propuso eso después de 
haber triunfado de sus adversarios bonaerenses en la Banda Oriental, siendo 
Borrego el últimío de los derrotados. Artigas decía que no- quería salir del 
poder de los españoles para entrar en el poder de los de Buenos Aires. El 
Director Pueyrredón, siguiendo el parecer de un círculo secreto que dirigía 
la política contra España, desechó la proposición de Artigas, el cual no tardó 
en suscitar las resistencias de Entre Ríos y Santa Fe, dirigidas a disputar 
a Buenos Aires el derecho de dar gobierno a las provincias interiores.» 

Indicada la razón fundamental de la disidencia, véase cómo glorifica al 
personaje: 

«Hay dos modos de escribir la historia: o según la tradición y la le- 
yenda popular, que es de ordinario la historia forjada por la vanidad, una 
especie de mitología política con base histórica, o según los documentos, que 
es la verdadera historia, pero que pocos se atreven a escribir, de miedo de 
lastimar la vanidad del país con la verdad.» 

«Se sabe que hay dos Artigas: el de la leyenda, creado- por el odio a 
Buenos Aires, y el de la verdad histórica.» 

«Este último Artigas es un héroe,» 

El por qué de la leyenda. 

Tenía que luchar Artigas contra la inteligentísima oligarquía monar- 
quista que monopolizaba el Gobierno de las Provincias Unidas; contra los 
españoles que gobernaban en Montevideo y' que después de perder el poder 
conservaron todos los resortes económicos y sociales que podían dar auto- 
ridad a sus palabras; contra los portugueses que necesitaban justificar su 
conquista con ayuda de propagandas apasionadas. 

Un bandido, un asesino, un contrabandista, no podía levantar otra ban- 
dera que la del saqueo y la del asesinato, y todos los adversarios se unían 
en el propósito común de persuadir por medio- de decretos, folletos y tradi- 



200 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


ciones fraguadas, que Artigas vivía en un antro de corrupción y de sangre, 
comiéndose en el asador a los porteños, a los españoles, a los portugueses y 
a sus propios compatriotas disidentes. 

Y el glorioso calumniado dejaba correr en silencio todas las diatribas, 
fuerte en su conciencia sana y cada vez más seguro del éxito final de su 
apostolado. 

«El tiempo es el mejor testigo, y él justificará ciertamente al Jefe de 
los Orientales», escribía a Gíiemes. 

«Deje usted que hablen y' prediquen contra mí... Mis operaciones son 
más fuertes que sus palabras», escribía a su teniente Andresito. 

«Tome de mí un ejemplo: obre y calle, que al fin nuestras operaciones 
se regularán por el cálculo de los prudentes», escribía al coronel Fructuoso 
Rivera. 

Fácil es comprender en estas condiciones por qué motivo Artigas ha 
sido execrado durante largos años: mientras que sus adversarios descargaban 
todas sus baterías con el apasionamiento brutal que inspiran las guerras 
intestinas, él proseguía la gigantesca lucha, lleno de fe, pero en silencio, 
sin replicar a nadie, sin clases ilustradas que defendieran sus principios y re- 
chazaran los cargos furibundos encaminados a aislarlo de su medio y a 
desprestigiar su programa! 


★ ★ 



CAPITULO XXV 


EL GOBIERNO DE BUENOS AIRES PROMUEVE LA CONQUISTA 
DE LA PROVINCIA ORIENTAL POR LOS PORTUGUESES 

Artigas en la víspera de Ja invasión portuguesa. 

Hemos hecho una triple síntesis del programa político de Artigas, de 
su gobierno efectivo en la Provincia Oriental y de su Protectorado en las 
cinco provincias que le estaban sometidas. 

El programa político de Artigas consistía sustancialmente en la adap- 
tación de las instituciones libres de los Estados Unidos a todo el Río de la 
Plata, y* exigía entonces la plena autonomía de las provincias dentro de una 
verdadera y amplia unidad nacional. 

El gobierno efectivo del Jefe de los Orientales en su Provincia natal, 
era de respeto escrupuloso a la soberanía popular, de garantías a todos los 
derechos individuales, de correcta gestión financiera, de progreso sólido en 
materia de población, de instalación de industrias y de enseñanza pública. 

Y en cuanto al Protectorado, era de absoluto acatamiento a las liberta- 
des provinciales, de auxilio a los- pueblos para que pudieran independizarse 
de la dictadura de Buenos Aires, y de concentración ,de voluntades a favor 
del establecimiento del régimen federal. 

Dentro de estas grandes líneas generales había pugnado y seguía pug- 
nando Artigas, tranquila y serenamente, cuando lo sorprendió la invasión 
portuguesa de 1816. 

Si esa invasión se hubiera producido como resultado exclusivo de un 
plan de conquista, posiblemente Artigas habría alzado los brazos al cielo 
ante la esperanza de que pudiera sellarse frente al enemigo común la so- 
ñada unidad del Río de la Plata. 

A mediados de 1815, refiriéndose a la formidable expedición militar 
española destinada a la reconquista del Río de la Plata, había escrito efec- 
tivamente al Cabildo de Montevideo: 

«Felicitémonos íntimamente por su llegada. . . Ella hasta nos es necesaria 
en unos momentos en que tratándose de cimentar con el mayor vigor el res- 
tablecimiento del espíritu público en la fraternidad de todos los pueblos, 
precisábamos de un objeto que con exclusión de todo otro reclamase los 
cuidados de todos. No hay duda de que esta es la época de la consolidación.» 

Desgraciadamente la invasión portuguesa, lejos de poder dar origen a 
iguales esperanzas, se producía de acuerdo con el Gobierno de Buenos Aires, 
o más bien dicho, había sido gestionada por el Gobierno de Buenos Aires 
como medio de triunfar de Artigas y de su programa político- de reorganiza- 
ción del Río de la Plata. 

No actuaba en esos momentos ni siquiera el pretexto de la guerra civil 
para invitar al conquistador extranjero con el regalo- de una provincia. Toda 
la amplia zona de influencia del artiguismo estaba en calma, a la espera de 
una reanudación pacífica de las negociaciones con Buenos Aires que permi- 
tiera consolidar la unidad nacional sobre la base indeclinable de las auto- 
nomías provinciales. : 

J>a diplomacia argentina traza el programa de la conquista portuguesa. 

Desde diciembre de 1815 empezó el Ministro argentino en la Corte de 
Río de Janeiro, don Manuel José García, a instruir a su Gobierno acerca 
del plan de los portugueses; y a medidados de 1816 tomaba así la defensa de 
ese plan: 



208 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


«Yo creo que es un error imaginar proyecto alguno de sólida prosperi- 
dad, mientras sus bases no se asienten sobre las ruinas de la anarquía que 
actualmente nos devora.» 

«Estoy persuadido igualmente, y aún la experiencia parece haberlo de- 
mostrado, que necesitamos la fuerza de un poder extraño, no sólo para ter- 
minar nuestra contienda, sino para formarnos un centro común de autoridad 
capaz de organizar el caos en que están convertidas nuestras provincias.» 

«El poder que se ha levantado en la Banda Oriental del Paraná fué mi- 
rado desde los primeros momentos de su aparición como un tremendo con- 
tagio... La desmoralización de nuestro ejército ha privado al Gobierno de 
la fuerza suficiente para sofocar aquel monstruo.» 

«En tal situación, es preciso renunciar a la esperanza de cegar por nues- 
tras manos la fuente de tantos males.» 

«Es verdad que siempre ha sido temible la ingerencia de una potencia 
extranjera en las disensiones domésticas; pero esta regla demasiado común 
no parece aplicable a nuestro caso.» 

«Los intereses de la casa de Braganza han venido a ser homogéneos 
con los de nuestro continente, por efecto del establecimiento del trono del 
Brasil y abolición del coloniaje.» 

En una segunda comunicación oficial relativa a la urgencia de activar 
las negociaciones con la Corte portuguesa, decía el Ministro argentino a su 
Gobierno: 

«Los principios puramente democráticos son incombinables con los mo- 
nárquicos. El sistema actual de las Provincias del Río de la Plata marchi- 
tará los frutos que puede producir la analogía de intereses públicos con su s 
vecinos.» 

Se regalaría, pues, a la casa de Braganza la Provincia Oriental y en 
seguida se crearía en Buenos Aires un trono que pudiera armonizar inte- 
reses con la Corte de Río de Janeiro. Tal era el programa de la diplomacia 
argentina. 

En una tercera comunicación hablaba el Ministro de la expedición por- 
tuguesa ya próxima a partir y pedía con mucha instancia que el Directorio 
nombrara, para entenderse con su jefe el general Lecor, un agente que fuera 
«manso, callado y negociador». 

Actitud que asume el Congreso de Tucunián. 

El plan de entrega de la Provincia Oriental a la Corte portuguesa y 
creación de una monarquía en el Río de la Plata tenía tanto arraigo en el 
seno de la oligarquía porteña dominante, que en su ejecución alcanzaron a 
intervenir personalmente tres Directores: Alvarez, Balcarce y Pueyrredón, 
sin variantes de ninguna especie, con un criterio perfectamente armónico 
con el del Ministro negociador en Río de Janeiro. 

En cuanto al histórico Congreso de Tucumán, existe un oficio del Direc- 
tor Balcarce al Ministro argentino en Río de Janeiro, de 4 de mayo de 1816, 
que anticipa así sus impresiones: 

«El Gobierno ha dado parte al Congreso Nacional del estado que toman 
nuestras relaciones exteriores y de anuncios hechos por usted sobre las que 
podrían establecerse con esa Corte.» 

«El Congreso ha mostrado las disposiciones más favorables a ese res- 
pecto, y cree que los vínculos que lleguen a estrechar estas Provincias con 
esa Nación, sean el mejor asilo que nos resta en nuestros conflictos.» 

«El negocio se trata con un interés y una reserva que parecen increíbles 
en el estado crítico de nuestras cosas.» 

Pero los actos de resonancia del Congreso quedaban subordinados a 
la obra efectiva de los ejércitos portugueses, los cuales recién a fines de 
agosto dieron su primer zarpazo con la toma del pueblo de Arrendondo 
y de la fortaleza de Santa Teresa. 



el gobierno de buenos aires incita a la invasión portuguesa 


209 


Había llegado, pues, la oportunidad de que la Soberana Asamblea diera 
el campanazo, y efectivamente lo dió en su sesión del 4 de septiembre de 
1816, sesión compuesta de dos cuadros: uno destinado a la publicidad y 
otro destinado al trabajo secreto de ’la diplomacia. 

La parte destinada al púolico consistía en un oficio al Director Pueyrre- 
dón, diciendo que el Congreso ya no dudaba de la salida de una expedición 
portuguesa con destino a las aguas del Río de la Plata, pero que ignoraba su 
objeto y que era necesario, en consecuencia, que el Ministro de la Guerra 
coronel Terrada, fuera al encuentro del invasor y «reclamando atentamente 
ei cumplimiento del armisticio celeorado por el Gobierno de estas provincias 
y la Corte del Brasil el año 1812, le pidiera explicaciones sobre el objeto y 
miras de la expresada expedición». 

Desde mayo, sin embargo, ya el Soberano Congreso estaba perfectamente 
interiorizado del plan de conquista, por la correspondencia del Ministro ar- 
gentino en Río de Janeiro que los Directores Balcarce y Pueyrredón le habían 
iao pasando, en demanda ae instrucciones. ¡Pero había que salvar las apa- 
riencias ante las protestas populares! 

La parte destinada al trabajo secreto de la diplomacia demuestra que 
la designación del coronel Terraaa sólo respondía al propósito de adormecer 
ai pueblo y que lo que el Congreso quería era la anexión de la Provincia 
uriental a la Corte portuguesa y un trono en Buenos Aires con destino a la 
casa ae Braganza. 

Del alcance de la designación del coronel Terrada, instruye el pliego 
de instrucciones votado por el Congreso con destino a otro comisionado que 
también debería marchar al encuentro del jefe del ejército portugués para 
aecirie lo siguiente: 

«Que los pueblos, recelosos de las miras que podrá tener el gabinete 
portugués sobre esta Banda, se agitan demasiado y que esta agitación les 
nace expresar el deseo de auxiliar al general Artigas, por cuya razón el 
Gobierno de estas Provincias querría pruebas de la sinceridad y buenos 
sentimientos de aquel gabinete, capaces de aquietar los recelos de sus habi- 
tantes, pués solo con el objeto de tranquilizarlos ha enviado un oficial par- 
lamentario que solicite del general Lecor el cese de su expedición militar 
sobre este Ría y territorio oriental, no obstante las indicaciones con que se 
halla el Congreso de las disposiciones amigables de Su Majestad Fidelísima.» 

«Si durante el curso de esta negociación fuere acaso reconvenido por 
algunos auxilios que el Gobierno de estas Provincias hubiere dado al gene- 
ral Artigas, satisfará manifestando que él no ha podido prescindir de este 
paso por no haber tenido hasta ahora del Gobierno portugués una garantía 
pública que asegure este territorio de sus miras justas, pacificas y desintere- 
sadas; pues de lo contrario se expondría a excitar la desconfianza de los pue- 
blos y que entrando éstos en una convulsión general se frustrasen los obje- 
tos de ambos gobiernos dirigidos seguramente a poner en paz estas provincias 
y fijar las bases de su eterna felicidad, estrechando las relaciones de uno 
y otro Estado e identificando sus intereses del modo más conforme a sus 
circunstancias.» 

Son declaraciones gravísimas, como se ve. Los pueblos del Río de la 
Plata estaban agitados; podían quedar convulsionados de un momento a otro; 
y sólo para engañarlos y adormecerlos es que el Congreso de Tucumán or- 
denaba el envío del oficial parlamentario al encuentro del ejército invasor, 
¡aún cuando eran conocidas las intenciones de los portugueses y el Congreso 
estaba de acuerdo con ellos! 

Las demás cláusulas del pliego de instrucciones sancionado por el Con- 
greso de Tucumán son relativas a la creación de un trono en Buenos Aires, 
y de su contenido ya hemos tenido oportunidad de ocuparnos anteriormente: 
el comisionado ofrecería sucesivamente al general Lecor coronar «un infante 
del Brasil» o en su defecto «que estas Provincias, formando un Estado dis- 



210 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


tinto del Brasil, reconocerían por su monarca al de aquél mientras mantenga 
su Corte en este continente, pero bajo una Constitución que le presentaría 
el Congreso». 

Un nuevo pliego de instrucciones sancionó el Congreso de Tucumán en 
su sesión de 11 de enero del ano siguiente. 

Autorizaba expresamente al Ministro García para que hiciera llegar a 
1a. Corte portuguesa «la necesidad en que se había visto el Supremo Director 
de publicar su reclamación al general Lecor y' comunicaciones con la Banda 
Oriental, para aquietar la general alarma que ya causaba la aproximación 
de las tropas portuguesas y satisfacer el clamor público»; le recomendaba que 
dijera también que las Provincias del Río de la Plata «no insistían ya en las 
ideas puramente democráticas»; y reiteraba su propuesta a favor de la co- 
ronación en Buenos Aires de un infante del Brasil, con la sola variante de 
que en la nueva monarquía entraría también la Provincija Oriental. 

Quiere decir, pues, que todo cuanto se hacía a la plena luz del día 
por el Congreso y' por el Director Pueyrredón contra la invasión portuguesa, 
eran simples juegos de artificio para tranquilizar al país mientras prose- 
guía la negociación tenebrosa encaminada a asegurar la conquista de la Pro- 
vincia Oriental y la creación de una monarquía con sede en Buenos Aires. 

¿Se quiere una nueva prueba de la connivencia del Congreso de Tu- 
cumán con los portugueses? 

A principios de 1817 resolvió la Soberana Asamblea trasladar su sede 
de Tucumán a Buenos Aires y previno expresamente a Pueyrredón que. 
mientras esa traslación no se hubiese consumado, le quedaba prohibido toda 
declaración de guerra al Brasil. 

Pues bien: ¡cuatro meses absorbió el traslado! La última sesión en 

Tucumán tuvo lugar, efectivamente, el 17 de enero; la primera sesión pre- 
paratoria en Buenos Aires, el 19 de abril; y la primera sesión ordinaria, 
el 12 de may'o. 

De esa manera podían disculpar su complicidad, Pueyrredón diciendo que 
le estaba prohibido declarar la guerra, y el Congreso alegando el receso im- 
puesto por el viaje de Tucumán a Buenos Aires. Y entretanto, el conquista- 
dor se haría dueño de la presa, que era lo que la diplomacia argentina ve 
nía preparando desde largo tiempo atrás. 

La prensa argentina protesta y los i>eri o distas son desterrados. 

No se limitaba la connivencia del Directorio y del Congreso con los 
portugueses a declaraciones y programas de' gobierno. Se exteriorizaba a la 
vez en actos militares encaminados a debilitar el ejército de Artigas, y a 
facilitar la obra de la conquista de la Provincia Oriental. 

Al producirse la invasión, un grupo de periodistas argentinos, en que 
se destacaban el coronel Dorrego, don Manuel Moreno, don Vicente Pazos 
Silva, el doctor Agrelo y el coronel French, inició desde las columnas de 
«La Crónica Argentina» ardorosa campaña contra los portugueses y sus 
cómplices y auxiliares los gobernantes y* diplomáticos argentinos. 

He aquí los temas de esa campaña: 

Había que armar al pueblo y refrenar a los invasores, «gente ignorante 
y bozal que no juzga por su propia razón sino por sugestión ajena»; había 
que combatir el monarquismo, al que procuraban formar ambiente Güemes 
y Belgrano en proclamas lanzadas al día siguiente de la jura de la declara- 
toria de la independencia; si las Provincias estaban desunidas era por culpa 
de la facción del Director Posadas que había rechazado a los diputados ar- 
tiguistas en 1813; el Director Pueyrredón estaba obligado a castigar el 
ataque que los portugueses llevaban a uno de los principales territorios del 
Estado; la invasión era el resultado de los trabajos de la diplomacia argen- 
tina en la Corte de Río de Janeiro, y Pueyrredón mantenía en su puesto al 



EL gobierno de buenos aires incita a LA INVASIÓN portuguesa 


211 


diplomático -negociador don Manuel José García; la prensa oficial pedía que 
se hiciera el silencio ante la invasión, pero el silencio no debía ni podía 
hacerse cuando hasta los mismos invasores lanzaban proclamas reveladoras 
de sus propósitos. 

Para asegurar el anhelado silencio el Director Pueyrredón deportó en 
febrero de 1817 a los redactores de «La Crónica Argentina» y a otros ciu- 
dadanos que seguían sus ideas. 

Desde la ciudad de Baltimore continuaron los deportados el proceso de 
la connivencia del Gobierno de Buenos Aires con los portugueses. 

Dorrego, jefe del ejército argentino vencido en 1815 por las fuerzas de 
Artigas en la batalla de Guayabos, declaró que' muy pocos días antes de 
lanzar el Directorio sus tropas contra Santa Fe," «un amigo» le dijo que 
aguardaba de Tucumán pliegos de importancia; que el mismo amigo le anun- 
ció luego que había llegado el coronel Luna con los pliegos, agregando: 

«Debe usted estar contento, pues los portugueses no' esperan más que 
el que se les designe el tiempo para dar en tierra con Artigas, y tomar pose- 
sión de la Banda Oriental. Yo soy el agente de este negocio que no gira por 
secretaría. Un hijo de don 'Pedro Andrés García, los conducirá a su hermano 
al Brasil. Se nos ^ordena que para la consecución de él se alejen los que 
se crea hacen oposición: a Soler lo juzgo tal, y es indudable que luego que 
venga el nuevo Director se le destinará a la campana de Chile; si usted qui- 
siera quedarse con su madama sin moverse de la Provincia de Buenos 
Aires, no tiene más que decir, sí.» 

«El creía, sin duda, que como yo había hecho la guerra a don José Ar- 
tigas, deseaba su ruina a todo trance.» 

Clara e inequívocamente se refería el coronel Dorrego al doctor Tagle, 
Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno de Buenos Aires. 

Los doctores Moreno y* Agrelo y el señor Pazos Silva publicaron a su 
vez un manifiesto, en el que decían lo siguiente: 

«¿Qué delito es el nuestro, si como uno de tantos y a vista de datos que 
están al alcance de todos, hemos creído con ellos que el Gobierno estaba 
implicado en planes de perfidia y de traición y que había llamado a los por- 
tugueses que invadiesen el territorio?» 

«Desde el tiempo de Alvear se formó el infernal proyecto de postrar 
la Revolución a los pies del Rey 1 del Brasil; este plan ha seguido con más 
o menos descaro por las épocas sucesivas hasta el actual Pueyrredón; y 
ha habido concordatos y mutuas promesas entre los agentes de aquel Prín- 
cipe y nuestros Ministros.» 

Don Vicente Pazos Silva, ex redactor de «La Gaceta de Buenos Aires», 
hizo una publicación por separado, en la que, luego de referirse a los in- 
sistentes trabajos monárquicos de la diplomacia argentina iniciados por el 
Director Posadas sobre la base del coronamiento de un príncipe de la casa 
de Braganza, describía así la actitud de las autoridades de Buenos Aires al 
producirse la invasión portuguesa: 

«La Comisión Gubernativa tomaba medidas de defensa y* había descu- 
bierto la traición, pues hizo saber oficialmente al pueblo que los portu- 
gueses habían sido llamados». Pero llegó Pueyrredón a Buenos Aires «y 
calmó el entusiasmo con su conducta indiferente». «Todos advertían que no 
se hablaba de los portugueses en ningún papel público», y míe, «los periodis- 
tas se habían complotado en persuadir de la conveniencia de establecer una 
monarquía». 

Agregaba Pazos Silva, que esa circunstancia le determinó a fundar «La 
Crónica Argentina»; que Pueyrredón le reconvino dos veces, expresándole 
que no convenía hablar contra los portugueses, porque el Gobierno tenía 
motivos para no impedir la ocupación del territorio oriental; y' que por ha- 
ber sirio desatendido, lanzó el decreto de destierro. 



212 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Las graves revelaciones de los. desterrados llegaron oportunamente a 
conocimiento de Artigas. 

En la circular que dirigió en octubre de 1817 a los Cabildos, al some- 
ter su conducta al veredicto popular, invocaba para explicar su discrepancia 
con el Directorio el manifiesto de Baltimore; y en diciembre del mismo año, 
hablando con el Gobernador de Santa Fe acerca de Agrelo, Moreno y Pazos, 
decía: 

«Ellos manifiestan el misterio de la inacción del Gobierno de Buenos 
Aires, y sus intenciones apoyadas en Puey’rredón complotado con el Con 
greso.» i 

«Los orientales pueden gloriarse de no estar manchados con tan feo 
borrón.» I ^ 1 


La conquista portuguesa ayudada por los ejércitos argentinos. 

Todos los ilustres argentinos desterrados estaban, pues, contestes en 
que el ejército portugués había sido llamado con el halago del regalo de la 
Provincia Oriental, y que la opinión pública estaba al corriente de los trá- 
mites de tan monstruosa negociación. 

Pero uno de ellos, el coronel Dorrego, agregaba el dato muy significativo 
«de que en la víspera de la invasión a Santa Fe» los portugueses sólo aguar- 
daban una señal para lanzarse contra Artigas. 

Dos invasiones casi seguidas a la Provincia de Santa Fe decretó e! 
Directorio, y una de ellas era la señal a los portugueses de que habla el co- 
ronel Dorrego. 

La primera expedición fué organizada por el Director don Ignacio Al- 
varez, en plenas negociaciones con Artigas. El ejército que estaba a cargo 
del general Viamonte fué sitiado y rendido por las fuerzas santafecinas. 

Se ordenó entonces a Belgrano que acudiera con sus tropas. Pero éstas 
se pusieron de acuerdo con las de Santa Fe y con las de Artigas, mediante 
el pacto de Santo Tomé en abril de 1816, y* a consecuencia de ello fué de- 
puesto Belgrano y tuvo que renunciar Alvarez. 

El nuevo Director Balcarce inició negociaciones de paz con el propósito 
de ganar tiempo y afirmar su situación, puesto que estaba embarcado en 
los planes de aniquilamiento del artiguismo. 

Artigas le contestó que él siempre había querido la paz; pero que las 
negociaciones debían ser antecedidas por el retiro de las fuerzas invasoras 
de Santa Fe. 

Intervino el Congreso de Tucumán por intermedio del diputado don 
Miguel del Corro, arribándose a un proyecto de paz sobre la base de la auto- 
nomía de la Provincia de Santa Fe hasta la Constitución que dictaría el 
Congreso. 

Como Artigas no había estado representado en la conferencia, se con- 
vino que todos los comisionados irían a Purificación para llenar ese trá- 
mite que se juzgaba absolutamente necesario. 

Corro pasó al Congreso un ejemplar del proyecto y se dirigió en el 
acto al campamento de Artigas. Pero los comisionados de Buenos Aires 
no lo imitaron y tuvo que retirarse. 

Es que Balcarce, en vez de aceptar la independencia de Santa Fe, había 
resuelto reiniciar las hostilidades. 

A principios de julio de 1816 escribía Artigas al Director refiriéndose 
a los preparativos de esa segunda invasión: 

«Cuando V. E. me invita a la unión por su favorecida del 29 del que 
expira, he recibido los partes tanto de Santa Fe, como del Paraná, que la 
escuadrilla del mando de V. E. se hallaba bloqueando aquellos puertos, 
y que por tierra se advertían iguales movimientos del ejército de San Ni- 



EL GOBIERNO BE BUENOS AIRES INCITA A LA INVASIÓN PORTUGUESA 


213 


eolás. En presencia de estos sucesos, V. E. decidirá de lo injusto de su so- 
licitud.» 

De todo lo cual, y muy 1 esoecialmente de la actitud pacifista de Artigas, 
ouedó impuesto el Congreso de Tucumán, según lo revela el siguiente pá- 
rrafo del libro de actas correspondiente a la sesión del l.° de agosto: 

«Se leyeron dos oficios notables del dinutado don Miguel del Corro. 
El primero, en aue con fecha 19 de julio desde la ciudad de Santa Ee. avisa 
que en los momentos en que se decidía el general Artigas a enviar dipu- 
tados al Soberano Congreso, terminando con este hecho las pasadas discor- 
dias. había varia do r enentina mente de ideas, en razón de no haberse rati- 
ficado los tratados de Santa Fe, y haber regresado a Buenos Aires los dipu- 
tados que lo celebraron y nrometieron pasar a la Banda Oriental a tratar 
con dicho general: y* por haberse presentado en el río Paraná una escua- 
drilla cuya conducta era sospechosa: ocurriendo al mismo tiempo la noticia 
de la expedición portuguesa de quien se persuadían los orientales venía de 
acuerdo con el Gobierno de Buenos Aires: avanzándose a pensar que la ini- 
ciativa de este pueblo a hacer de mancomún una vigorosa defensa era una 
pérfida asechanza.» 

Esta nueva invasión también fracasó: los santafecinos tomaron prisio- 
nero al general Irigoyen, apresaron una parte de la escuadrilla y expulsaron 
a las demás fuerzas invasoras que estaban a cargo del general Díaz Vélez. 
Pero ella constituía, sin duda alguna, la señal que aguardaban los portu- 
gueses, según el coronel Dorrego, para lanzarse sobre la Provincia Oriental, 
como se lanzaron en seguida. 

El Director Balcarce, autor de la invasión, procuró salvar las apa- 
riencias y conjurar las alarmas a que daba origen el plan de conquista de la 
Provincia Oriental, mediante una proclama en que decía: la Corte de Por- 
tugal ha despachado «un armamento misterioso» con el fin de ocupar la 
Banda Oriental. «La patria está en peligro, salvémosla». 

Pero el pueblo de Buenos Aires que estaba al corriente de la trama V 
cue veía oue el Gobierno, letos de tomar medidas ofensivas, cruzábase de 
brazos para dejar en completa libertad de acción a los portugueses, se 
alzó contra Balcarce. lo destituyó de su alto cargo, y depositó el poder en una 
Comisión Gubernativa mientras lineaba el nuevo Director Puevrredón. En 
la proclama popular del 11 de julio, se explicaba así la razón determinante 
de la medida: ' 

«El disimulo que le han merecido los arbitrios que en estos días se han 
visto suscitar, y la apatía, inacción y 1 ningún calor observado para preparar 
la defensa del país en el peligro que amenaza la vida de la Patria, son otros 
tantos motivos imperiosos por que clama la salud del pueblo y constituye la 
imposibilidad de poderse conservar en el mando don Antonio González Bal- 
carce.» ' ' 

Artigas invita a« Pueyrredón a la concordia. 

Ya ardía en guerra todo el Río de la Plata. El Directorio había con- 
fia erado la zona argentina que respondía al Protectorado de Artieas. y el 
eiérrit.o portugués había invadido la campaña oriental. Eran terribles las 
acusaciones oue a diario promovía la connivencia clara y abierta del Gobierna 
de las Provincias Unidas con el conquistador extranjero. 

Pero Artigas, sobreponiéndose, como siempre, a las pasiones del ‘mo- 
mento, intentó todavía una reconciliación con Pueyrredón, sobre la base 
de la reorganización institucional del Río de la Plata. 

Los orientales, decía en su oficio del 10 de octubre de 1816. «no han omi- 
tido sacrificio ni fatiga por coadyuvar a las ideas sagradas de libertad, de 
constituirse leealmente». . . «sin por esto romper de ningún modo los vínculos 
de unión y fraternidad que tan necesarios son». Haciendo «uso de su sobe- 



214 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


ranía han nombrado por dos veces sus representantes que debieron entra 
en el Congreso, y ha sido desconocido este acto de gran interés y trascen 
dencia; se han constituido nombrando su gobierno político, y los resultado 
han sido las hostilidades injustificadas»^.. «Persistir, ahora bien, en es 
camino de ciegas hostilidades y* de amargas injusticias, será provocar d 
nuevo las vías de la guerra y abandonar los grandes males que se han ex 
periinentado en esa interminable cadena de violencias y desacatos»... «Cre 
inútil* manifestar a V. E. que es bien conocido de todos que en la unión est 
nuestro poder, y que sólo ella afianzará nuestro presente* y nuestro poi 
venir». 

Y terminaba expresando la esperanza patriótica de que las altas conve 
niencias de los pueblos del Río de la Plata, hicieran comprender a Pue> 
rredón la necesidad de «emprender otra marcha, manejando una política má 
elevada y patriótica que asegure lok destinos de esta Provincia y los intero 
ses generales, y lo decidan a poner de su parte todo su poderoso empeño e 
hacer desaparecer todos los motivos y justificadas quejas que mantienen 1 
desunión y discordia en momentos tan preciosos que debían consagrars 
a la felicidad de la Patria». 

Acosado por todos lados, teniendo que hacer frente a la agresión ai 
gentina y a la agresión portuguesa, pero resuelto a sostener la lucha hast 
sus últimos extremos como habría de sostenerla, Artigas se yergue así frent 
a la oligarquía que trata de exterminarlo y le pide por última vez ;que reac 
cione a favor de la concordia, oue respete la soberanía popular, que no hag 
fuego contra el régimen federal que continuaba siendo la obsesión de s 
espíritu! 


Pueyrredón respondo a Artigas con la guerra. 

Pero Puey’rredón, como sus antecesores los generales Alvarez y Bal 
caree, había entrado de lleno al plan de entrega de la Provincia Orienta 
a los portugueses y aún cuando de tiempo en tiempo asumía una actitm 
teatral para contener los arrebatos del propio pueblo de Buenos Aires qu 
ya había volteado un Directorio, su política invariable era y tenía que sei 
de continua oposición, al artiguismo. 

Resolvió, pues, llevar la guerra civil a Entre Ríos, Corrientes y Misio 
nes, con el doble propósito de reintegrar al centralismo absorbente de Bueno 
Aires todos esos extensos territorios y’ de facilitar la acción de los portugue 
ses obligando a Artigas al fraccionamiento de sus fuerzas. 

La expedición militar encargada de promover el levantamiento de En 
tre Ríos marchó en diciembre de 1817 al mando del coronel Montesdeoca 
El Director, que consideraba seguro el triunfo, lanzó una proclama en qu< 
hablaba así a los entrerrianos y correntinos: 

«Una opinión extraviada os ha hecho pasar días amargos... Con la- 
mejores intenciones librasteis vuestra confianza en el supuesto Protector d( 
los Pueblos, consignándole el sagrado depósito de vuestros derechos... Arran 
cad la simiente perniciosa de esa doctrina antisocial que el peligroso patriota 
don José Artigas ha esparcido por esos hermosos países.» 

Entre Ríos, que ya tenía por delante el ejemplo heroico de Santa Fe 
rechazó el zarpazo de la oligarquía. El ejército de Montesdeoca fué batido 
y* dispersado a la altura del arroyo Céballos, por las fuerzas artiguistas de 
Ramírez. Y la misma suerte corrió en la batalla del Saucesito un segunde 
ejército de Buenos Aires al mando del general Marcos Balcarce. 

Un mes antes de emprender la marcha Montesdeoca, pero y'a con pleno 
conocimiento de todo lo que se estaba tramando, Artigas dirigió a Pueyrre- 
dón su famosa conminatoria de noviembre de 1817, especie de recapitulación 
de todos los actos que denunciaban y probaban la connivencia argentina cotí 



215 


El/ GOBIERNO DE BUENOS AIRES INCITA A 1,A INVASION PORTUGUESA 

la conquista portuguesa, seguida del comentario enérgico que esa connivencia 
exigía y de que dan ideas estas frases de la nota: 

«¿Hasta cuándo pretende V. E. apurar nuestros sufrimientos?» 

«La grandeza de los orientales sólo es comparable a su abnegación en 
la desgracia: ellos saben acometer y desafiar los peligros y' dominarlos; 
resisten la imposición de sus opresores y yo al frente de ellos marcharé donde 
primero se presente el peligro.» 

«Confieso a V. E. que teniendo que violentarme he podido dominar mi 
indignación, para no complicar los preciosos instantes en que la Patria re- 
clamaba la concentración de sus esfuerzos, y por la misma razón invité a 
V. E. con la paz, ¿y’ V. E. me provoca a la guerra?» 

«Hablaré por esta vez y hablaré para siempre. V. E. es responsable ante 
la Patria de su inacción y perfidia contra los intereses generales. Algún día 
se levantará el tribunal severo de la Nación y administrará justicia equi- 
tativa y recta para todos.» 

Pueyrredón prosiguió impertérrito su obra de exterminio en toda la zona 
artiguista. 

La Provincia de Santa Fe, que después de las expediciones de los gene- 
rales Viamonte y Díaz Vélez había sido teatro de grandes e inútiles tra- 
bajos de* insurrección, fué nuevamente invadida a raíz de los desastres 
de Entre Ríos. 

Marchó contra ella el general Juan Ramón Balcarce al frente de un 
ejército de cuatro mil hombres, con terribles órdenes del Directorio para 
extraer de sus hogares a todos los santafecinos y transportarlos a la Pro- 
vincia de Buenos Aires, y quemar las poblaciones, bajo apercibimiento de 
muerte a los que resistieran. Un plan «de conquista, de despoblación y de 
exterminio», ha dicho el general Mitre. 

Ese ejército avanzó hasta los suburbios de la ciudad de Santa Fe y 
luego se vió obligado a contramarchar arrebatando de paso los ganados e 
incendiando las poblaciones. Al dar cuenta el general expedicionario a Puey- 
rredón del cumplimiento de sus instrucciones, se disculpaba en esta forma 
de no haber extremado las violencias: 

«En otra ocasión manifestaré las poderosas razones que he tenido para 
no destruir la ciudad de Santa Fe, y causar a las familias honradas que 
han quedado, el último mal.» 

Estaba todavía Balcarce ocupado en la tarea de alzar los ganados, cuando 
llegaron de Entre Ríos y Corrientes refuerzos artiguistas que el pueblo de 
Santa Fe recibió a los gritos jubilosos de «¡Viva la Patria Oriental!». 

Tuvo entonces que apurar su retirada, desquitándose del desastre cou 
el saqueo e incendio de la ciudad de Rosario. 

Balcarce fué reemplazado por el general Viamonte, quien al frente d r 
un ejército casi tan fuerte como el de su antecesor, tomó la ofensiva. Pero 
también fué derrotado por las fuerzas santafecinas al mando de López, en 
las barrancas del Carcarañal, y la Provincia de Santa Fe quedó otra vez 
dentro del Protectorado de Artigas. 

Otros actos de connivencia con la invasión portuguesa. 

Aparte de las invasiones en grande escala realizadas sobre la base de 
ejércitos organizados en Buenos Aires a la vista de todo el mundo, no dejaba 
pasar una sola semana el Directorio sin herir a Artigas en las provincias 
de su Protectorado y hasta en la propia Provincia Oriental, donde estimulaba 
la deserción de batallones enteros, y' franqueaba a los portugueses la entrada 
del río como medio de que las fuerzas de Montevideo pudieran comunicarse 
con las que operaban en la frontera y quedara el adversario envuelto entre 
dos fuegos. 

;Era tan formidable esa guerra que partía de la propia capital de las 



216 


ANALES HISTÓRICOS 1>EL URUOIJAY 


Provincias Unidas, que en diciembre de 1817 estuvo tentado Artigas a de- 
jar momentáneamente la Provincia Oriental a los portugueses para dirigir 
sus ejércitos contra el Directorio! 

El caudillo Hereñú estaba insurreccionando la campaña de Entre Ríos 
con el concurso de Buenos Aires y Artigas escribía con tal motivo al Gober- 
nador Vera, de Santa Fe: 

«Ya he tomado la providencia de perseguirlo, remitiendo fuerzas para 
uno y otro lado, y si se efectúa la protección que le dispensará Buenos Aires, 
desatenderé esto para dirigir allí todos mis esfuerzos.» 

Meses más tarde expresaba al mismo Gobernador: 

«Es preciso desbaratar esta maldita combinación de portugueses y por- 
teños... Los portugueses, no son capaces de llevar adelante su conquista... 
Hasta el presente sólo ocupan el terreno que pisan, no obstante habernos en- 
contrado tan distantes y divididas nuestras fuerzas.» 

Y, efectivamente, si los ejércitos portugueses necesitaron cuatro años 
para extinguir la resistencia artiguista, a pesar de la formidable colabora- 
ción del Director Pueyrredón, el triunfo habría sido de los orientales si 
éstos hubieran contado con todas las fuerzas del Protectorado y aún con 
las exclusivas fuerzas propias, pero tranquilas, sin los fraccionamientos que 
imponía la guerra civil. 

Concluyamos: la entrega de la Provincia Oriental a los portugueses 
fué propuesta por el Director Alvarez a la Corte de Río de Janeiro, como 
medio de enterrar el programa artiguista de reorganización de las Provincias 
Unidas del Río de la Plata a base de un régimen republicano federal, calcado 
en la Constitución de los Estados Unidos; y' se hizo efectiva por los Directores 
Balcarce y Pueyrredón con el concurso activo del Congreso de Tucumán y 
de todas las fuerzas militares de la Nación. 


★ ★ 



CAPITULO XXVI 


LA CONQUISTA DE LA PROVINCIA ORIENTAL POR LOS PORTUGUESES 
Las primeras alarmas. 

Desde mediados de 1815 empezó a sentirse en la frontera nn movimiento 
de reconcentración de fuerzas que debía provocar y provocó alarmas en la 
campaña oriental. 

Si los portugueses son realmente hostiles, escribía con tal motivo Arti- 
gas al Cabildo, «habremos de contrarrestarlos, persiguiendo a unos limítro- 
fes a quienes debemos la may'or parte de nuestras desgracias. Entretanto 
procure V. S. que nuestras guardias se mantengan únicamente a la defen- 
siva y sus comandantes guarden la mejor armonía con sus vecinos. Estas son 
mis órdenes comunicadas a cada comandante en particular, y las que nue- 
vamente he repetido a don Fernando Otorgués. Con igual objeto estoy a la 
mira de las operaciones de aquéllos, y no dude V. S. que en cualquier rom- 
pimiento inesperado somos bastantes a sostener nuestra dignidad y de- 
rechos». 

Pero el marqués de Alegrete, Gobernador de Río Grande, se apresuró 
a explicar satisfactoriamente la reconcentración portuguesa y el ambiente 
internacional volvió a serenarse. 

«Celebro que V. S. convenga conmigo en que es difícil que ningún ex- 
tranjero nos incomode y que de nuestro sosiego resultará precisamente el 
orden # el adelantamiento de nuestro sistema. Acaso la fortuna no nos des- 
ampare y el año 16 sea la época feliz de los orientales.» • 

Así hablaba Artigas al Cabildo de Montevideo a principios de enero 
de 1816. 

Muy pocos días después tenía, sin embargo, que rectificar sus juicios 
en presencia de una carta de Río de Janeiro que anunciaba l'a llegada de 
un cuerpo de ejército procedente de Lisboa y el próximo arribo de otros cuer- 
pos más, destinados a efectuar en abril o mayo la conquista de la Banda 
Oriental, con el grave agregado de que la Corte portuguesa parecía proceder 
de acuerdo con personajes de Buenos Aires. 

Ante revelaciones tan concretas, empezó Artigas a organizar la de- 
fensa. Dió instrucciones precaucionales a sus jefes para que observaran los 
sucesos, y escribió al Cabildo: 

«Lo que interesa es que V. S., penetrado de las circunstancias, apure 
sus esfuerzos para que ningún americano sea indiferente al sistema. Todo 
el mundo debe alistarse para venir en un caso forzoso. Lo mismo deberá 
hacer V. S. con la milicia cívica de esa plaza. Entretanto no llegue este mo- 
mento, a nadie se incomodará; el servicio continuará como hasta el pre- 
sente, dejando a los labradores, hacendados y jornaleros continúen sus la- 
bores hasta que veamos venir esta tormenta que nos amenaza.» 

Preparábase, pues. Artigas para la lucha. Pero véase en qué forma ad- 
mirable: a los comandantes de las guardias fronterizas les recomendaba 
una actitud rigurosamente defensiva y la mayor armonía con los portugue- 
ses, mientras no fueran atacados; a Rivera y Otorgués, que estuvieran a la 
expectativa; y al Cabildo de Montevideo, que decretara el alistamiento ge- 
neral, sin incomodar por el momento a nadie, como medio de que la Provin- 
cia continuara la obra de progreso y de resurgimiento de industrias que cons- 
tituía uno de los capítulos de su programa efectivo de Gobierno. 



218 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


El Cabildo convoca al país a las anuas. 

A mediados de junio de 1816 el Cabildo de Montevideo lk 
a las armas, en una viril proclama que llevaba las firmas de do: 
rez, don Lorenzo Justiniano Pérez, don Juan de Medina, don 
don Agustín Estrada y don Jerónimo Pío Bianqui, concebid! 
minos: 

«¡Habitantes de la Banda Oriental! El Gobierno de Morí 
ñado en vuestra libertad e independencia, tiene el placer di 
para anunciaros los preparativos de una invasión portuguesa, 
de Río de Janeiro se destina para invadirnos. Esta noticia c 
causar temores en las almas débiles o apocadas, debe hacer r 
otros el amor a la libertad y aquel ardor y santo entusiasmo 
que siempre fué el precursor de vuestras victorias.» 

«La Patria os llama, y todos debéis correr a ella: en ^ 
se deposita hoy el bienestar de vuestros hijos, de vuestras 
vosotros mismos: de ellas depende vuestra libertad o ésclav 
corred, pues, todos los que no os halléis alistados y os sentís 
fuego santo de la libertad, a recibir las órdenes de este G 
será compañero en los peligros y partícipe de vuestros suces 
adversos.» 

Por su parte Artigas dirigió una circular a las guardi 
ordenándoles que reunieran a los vecinos, y que estuvieran p 
impedir sorpresas. 


Empiezan las hostilidades. 


Dos cuerpos de ejército organizó la Corte portuguesa: 
compuesto de las tropas de Río Grande y de San Pablo, a c 
qués de Alegrete y del general Curado; y el otro, compuesto 
procedentes de Lisboa, a cargo del general Lecór. 

El cuerpo de ejército de Lecor, fuerte de cinco mil hombr 
actuado bajo la dirección de Wéllington en las campañas co 
constituía la base fundamental del plan de conquista. Sus div 
habían ido llegando a Río de Janeiro desde diciembre de 181 
de 1816, y en junio se pusieron en marcha sobre su presa. 

Según el almirante Sena Pereyra, que formaba parte del 
cionario, el plan de Lecor consistía en tomar la plaza de Mon 
zar las fuerzas de Artigas a la Banda Occidental del Uruj 
en la Provincia de Entre Ríos y continuar la persecución hasl 
de Santa Fe, dominando así toda la zona del artiguismo. P 
pués necesidad de alterar el itinerario, agrega. La expedicñ 
en Santa Catalina, y de allí siguió por tierra a través de h 
Río Grande, invadiendo finalmente el territorio uruguayo a m 
tubre, por la angostura situada entre el mar y la laguna Merír 
Antes de esa irrupción por la Angostura, ya el estado 
había producido en toda la frontera por las fuerzas del marqu< 
Gobernador de Río Grande y del general Curado, apostadas 
nes del Uruguay y parte 'de las fronteras terrestres para act 
nación con el ejército de Lecor. 

La rápida reconcentración de esas fuerzas invasoras a 1 
frontera había hecho creer a Artigas a mediados de junio qu 
era inminente y escribía con tal motivo al Cabildo: 

«Las tropas y‘a están en marcha, y yo salgo en breve a d 
raciones. Por noticias extraordinarias que tengo, del interior 



LA CONQUISTA DK LA PROVINCIA ORIENTAL POR LOS PORTUGUESES 210 

gre se mueven tropas y acaso felizmente vamos a encontrarlas no a mucha 
distancia.» 

«En consecuencia, la guerra es declarada y V. S. nombrará un Regidor 
que con escrupulosa conducta proceda al embargo y venta de todos los inte- 
reses de Portugal y de los portugueses que no siendo notoriamente decididos 
por el sistema y avecindados merezcan esta fena. Para ello deberá dicho 
Régidor asociarse del Ministro de Hacienda y con él llevar la cuenta y 
razón precisa como de unos intereses pertenecientes al Estado, y que ellos 
han de ser los más preciosos recursos para sostener los esfuerzos de la 
guerra.» 

Pero la invasión se retardó hasta fines de agosto en que los portugue- 
ses atacaron y tomaron la guardia del pueblo de Arredondo y’ la fortaleza 
de Santa Teresa. 

Casi en los mismos momentos Artigas prevenía al Cabildo que se ponía 
en marcha, rumbo a la frontera, al frente del resto de sus fuerzas, y formu- 
laba esta patriótica recomendación: 

«Entretanto, es preciso que se mantenga en ese departamento el orden 
instituido, la tranquilidad y unión de todo su vecindario.» 

Amplitud de la conquista. 

Afirma el almirante Sena Pereyra que el plan de persecución a Artigas 
hasta los limites de la Provincia de Santa Fe, emanaba del doctor Herrera. 
El hecho es que el voraz conquistador, no satisfecho con la Provincia Orien- 
tal, se proponía extender sus tentáculos a los territorios de Entre Ríos, Co- 
rrientes y' Misiones. ¿Pero quién era el autor del regalo? 

Don Nicolás Herrera, ex Ministro de Alvear y factor importante de la 
política directorial, estaba enteramente subordinado al Ministro argentino 
en Río de Janeiro don .Manuel José García. Nada lo demuestra tan conclu- 
yentemente como esta declaración del doctor García al Director Balcarce, 
al anunciarle que el ejército portugués se ponía en marca sobre la Provincia 
Oriental: 

«Nuestro amigo Herrera estará luego en Montevideo. El mismo no lo 
sabe ni se lo diré hasta última hora. El será depositario de nuestras co- 
municaciones, y así serán más prontas y seguras. Será, además, encargado de 
otras cosas.» 

El doctor Herrera formaría parte del estado mayor del general Lecor; 
sería el depositario y el ageiite de comunicaciones de importancia. Pero él 
recién sabría todo eso al recibir la orden de embarcarse! ¿Cómo atribuir 
a un agente tan secundario la iniciativa del regalo de las tres Provincias 
argentinas sometidas al Protectorado de Artigas? 

¡No! La iniciativa corresponde toda entera a la diplomacia argentina, 
o más bien dicho a los Directores Alvear, Alvarez y Balcarce, que habían se- 
ñalado sucesivamente su orientación a esa diplomacia, y que todo estaban dis- 
puestos a sacrificar con tal de impedir el triunfo del programa político de 
Artigas. 

i 

El plan militar de Artigas. 

El plan militar de los invasores quedó recién ratificado y ultimado en 
un consejo de guerra celebrado en Porto Alegre, a mediados del mes de 
septiembre, con asistencia del Gobernador de Río Grande, marqués de Alé- 
grete, el general Lecor, el general Silyeira Pintos, y' otros militares de alta 
graduación. De acuerdo con sus conclusiones, debía ocupar el general Lecor 
las plazas de Maldonado, Montevideo y Colonia, mientras las demás fuer- 
zas se dirigirían al Salto y Paysandú para atacar el centro de la defensa ar- 
tiguista. 



220 ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Artigas había empezado a preparar su plan militar desde principios d 

año. 

«No hay que vivir descuidados — escribía el 26 de enero de 1816 a si 
teniente Andresito, Gobernador de las Misiones, — cuando los portuguese 
no se duermen. Sus movimientos son muy' sospechosos y nunca debemos es- 
perar a que nos sorprendan. Si ellos se preparan a hacer la tentativa po 
algún lado, es preciso robarles la vuelta y entrarles por otro. Lo que Ínteres 
en este caso es pasar el Liruguay por arriba del Ibicuy y entrar en sus pe 
biaciones.» 

En junio, ya cuando los ejércitos portugueses marchaban sobre su pres 
y el Cabildo de Montevideo había llamado a las armas, volvía a escribirl 
a Andresito: 

«No hemos de aguardar a que ellos precisamente nos ataquen. Debemo 
penetrar a su territorio, a cuyo fin estoy tomando mis providencias para da: 
un golpe maestro y decisivo. De lo contrario, el Portugal se nos echa encim 
y nos acabará de arruinar.» 

Y descubría parte de su plan al Cabildo de Montevideo en la forma qu 
extractamos a continuación: 

El grueso de las fuerzas orientales marcharía sobre la frontera. Rivera 
con una partida de cien hombres iría a Maldonado, para observar a lo: 
portugueses y poner en actividad las milicias de aquel punto, con ordei 
de correrse a Montevideo en el caso de que los invasores siguieran esa di 
rección; Otorgués, como jefe de la vanguardia, se dirigiría a Cerro Largo; la; 
tropas de Purificación se pondrían en marcha sobre el cuartel general de lo 
portugueses en San Diego, al mismo tiempo que las divisiones de Entr 
kios cubrirían las costas del Uruguay y repasarían el río a la altura de laí 
Misiones orientales. 

Lo que quería, pues, el Jefe de los Orientales, era radicar el teatro di 
la guerra en territorio portugués, mediante una doble invasión a travé; 
ael Uruguay para reconquistar las Misiones orientales y a través de Rí< 
Grande para atacar al marqués de Alegrete en su .propio cuartel general 

Este plan recibió un fuerte principio de ejecución en los primeros día; 
de septiembre. , 

Andresito cruzó el Uruguay a la altura de las Misiones; Artigas se di 
rigió al paso de Santa Ana sobre el Cuareim; y Sotelo y Verdum marcharoi 
en combinación, con orden de reunirse todos en las márgenes del Santa María 

Andrés Guacurarí, como se llamaba originariamente; Andrés Tacuary 
como aparece en las crónicas portuguesas; Andrés Artigas, como se firme 
después de haber sido adoptado por el Jefe de los Orientales; o Andresito 
como vulgarmente le llamaban sus contemporáneos, era un indio nacido er 
San Borja, según el testimonio de Joao Pedro Gay, vicario de ese pueblo 

Al llegar a los muros de su ciudad natal, ocupada a la sazón por el ge- 
neral Chagas, Andresito habló así al jefe portugués: 

«Rinda V. S. las armas y entregue el último pueblo que me falta, pues 
vengo a rescatarlo, no habiendo otro fin que me mueva a derramar la úl- 
tima gota de sangre sino nuestro suelo nativo quitado con toda ignominia 
en 18 01, pues estos territorios son de los naturales misioneros a qufenes co- 
rresponde el derecho de gobernarlos, siendo tan libres como las demás na- 
ciones.» 


Seis derrotas sucesivas. 

Todos los historiadores están contestes en que el plan de Artigas ha- 
bría hecho honor al mejor de los generales de la época. 

¿Cuál íué, entretanto, su resultado sobre el terreno? 

El capitán Moraes Lara, del ejército portugués, ha dejado una «Memo- 



LA CONQUISTA DE LA PROVINCIA ORIENTAL POR LOS PORTUGUESES 


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ría de las campañas de 1816», que puede extractarse, así en cuanto al resul- 
tado final de los combates: 

Combate de Santa Ana. — Entre una partida de Artigas y otra de Curado. 
Tuvo lugar el 22 de septiembre. El triunfo íué de los portugueses. Pero los 
vencedores tuvieron que abandonar el campo por falta de municiones. 

Batalla de San Borja. — Casi a las mismas horas en que se desarrollaba 
el combate de Santa Ana, era dispersada por el coronel Abreu una división 
artiguista, al mando de Sotelo, que cruzaba el río Uruguay en protección 
de Andresito. El jefe victorioso se dirigió luego al campamento de Andresito, 
librándose con tal motivo el 3 de octuore la batalla de San Borja, en la que 
los portugueses consiguieron una nueva victoria que les permitió recuperar 
el territorio de las Misiones orientales. 

Batalla de Ibiraocay . — La columna artiguista del coronel Verdum fue 
derrotada el 19 de octubre por el brigadier Mena Barreto. 

Batalla de Carumbé. — El brigadier Oliveira fué atacado por la columna 
que había penetrado a territorio portugués bajo la inmediata dirección de 
Artigas y* triunfó de ella el 27 de octubre. 

Con esta victoria, dice el capitán Moraes Lara, quedaban recuperadas 
más de cien leguas de territorio portugués y desalojados cuatro mil soldados 
de Artigas en los treinta y tantos días que corren desde el 22 de septiembre, 
día de la batalla de Santa Ana, hasta el 27 de octubre, día de la batalla de 
Carumbé. 

Acción del Arapey y batalla del Catalán. — Se internó en seguida el ejér- 
cito portugués en territorio uruguayo con idéntico resultado. 

El 2 de enero de 1817 fué atacado, deshecho e incendiado el campa- 
mento de Artigas en el Arapey, por el ejército de Abreu. 

Y el 4 del mismo mes el grueso de las fuerzas de Artigas al mando de 
La Torre, atacó al marqués de Alégrete en las márgenes del Catalán, con 
resultado desastroso, pues los atacantes quedaron totalmente deshechos. 

El ejército victorioso contramarchó hasta la margen izquierda del Cua- 
reim y 1 después de algunos días cruzó el río y ocupó sus cuarteles de invierno 
en Kío Grande. 

La destrucción de las Misiones argentinas. — Otra columna portuguesa al 
mando del brigadier Chagas, recibió orden de abrir hostilidades contra los 
pueblos ae la Provincia argentina de Misiones, y cruzó el Uruguay con ese- 
objeto en enero de 1817, en seguimiento de diversas partidas de Andresito, 
Yease como resume el capitán Moraes Lara la obra del brigadier Chagas: 

«Después de saqueadas y demolidas las siete poblaciones de Yapeyú, 
Cruz, Santo Tomé, Santa María, San Javier, Mártires y' Concepción, situa- 
das en la márgen derecha del Uruguay y solamente saqueados los pueblos 
de San José, Apóstoles y San Carlos; saqueada y talada la campaña en una 
extensión de más de ochenta leguas, de lo que resultó una rica presa de 
sesenta arrobas de plata, muchos y riquísimos ornamentos de las iglesias, 
seis mil caballos y yeguas, y otros artículos avaluados todos a precios ín- 
fimos en cincuenta contos de reis; y finalmente, después de establecidas 
las guardias necesarias que debían quedar en la margen derecha del Uru- 
guay, en observación de los movimientos del enemigo, el brigadier Chagas 
repasó aquel río el 13 de marzo de 1817, con sus tropas cubiertas de gloria 
y cargadas de despojos del enemigo, al que habían hecho las mayores hosti- 
lidades que es posible hacer, sin recibir otro perjuicio que el de un hombre 
herido.» 

Las cifras de los muertos. — Hace ahora el capitán Moraes Lara el resu- 
men de las campañas del marqués de Alegrete y del general Curado en 1.816 
y principios de 1817: 

«Tuvo el enemigo, por lo menos, 3,190 muertos y' 360 heridos y prisio- 
neros.» 



222 ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 

La pérdida total de los portugueses sólo fué de «135 muertos y 26 7 
heridos». 

Los planes de Artigas interceptados por los portugueses. — Previene tam- 
bién el capitán Moraes Lara que la circular a los comandantes de la frontera 
y otros documentos indicativos del plan de invasión ideado por Artigas, fue- 
ron interceptados por los portugueses, y que a consecuencia de ello el mar- 
qués de Alegrete pudo adoptar medidas militares con el concurso del te- 
niente general Curado, a. quien confió el mando de las tropas. 

Tres observaciones sugiere la memoria del capitán Moraes Lara. 

En primer lugar, que cuando Artigas creía sorprender, fué sorprendido. 
Su admirable plan de llevar la guerra al teiritorio de Río Grande, había 
sido conocido y estudiado anticipadamente por el marqués de Alegrete 
y su estado mayor de jefes y oficiales, habilitados así por el secuestro de un 
correo para cubrir y fortificar los puntos por donde debían invadir las co- 
lumnas orientales. - 

Las tropas de Artigas que marchaban llenas de confianza con la vista 
fija en los enemigos que maniobraban a su frente, pudieron ser así rápida- 
mente destrozadas por otros cuerpos de ejército lanzados en ayuda de los 
puntos amenazados, y que desconcertaban el cálculo de los invasores. 

De ahí el desastre, y sobre todo la increíble rapidez con que se consumó 
el aniquilamiento de las fuerzas artiguistas en los combates y' batallas de 
Santa Ana, San Borja, Ibiraocay, Carumbé, Arapey y Catalán, que se suce- 
den en el intervalo que media desde el 22 de septiembre de 1816 hasta el 4 
de enero del año siguiente. 

En un oficio del marqués de Alegrete al Ministro conde da Barca, da- 
tado el 16 de julio de 1817, relativo a estas campañas, se afirma que las 
fuerzas artiguistas ascendían a siete mil hombres, y que de ellas apenas mil 
quinientas prosiguieron la lucha contra Lecor, porque todas las demás habían 
sido derrotadas y' deshechas por la capitanía de Río Grande. 

Para dar más importancia a sus victorias se han empeñado los generales 
e historiadores portugueses en demostrar que la superioridad numérica es- 
taba invariablemente del lado de Artigas. 

Se trata, sin duda, de una insostenible leyenda. Dado el valor extraor- 
dinario de los soldados orientales, que los mismos partes oficiales se apre- 
suran a reconocer, no es presumible que invariablemente opusiera el alto 
comando portugués fuerzas inferiores, ridiculamente inferiores muchas ve- 
ces, como en el combate de Arapey, donde según el capitán Moraes Lara 
800 hombres mandados por Artigas fueron derrotados por 600 portugueses; 
o la victoria de Belén, alcanzada en octubre de 1817 por Bentos Manuel al 
frente de 90 hombres sobre el coronel Verdum al frente de 300 soldados, 
que dió base al marqués de Alegrete para decir al Ministro Bezerra que 
«el valor de las tropas de la Capitanía y su superioridad nunca interrumpida 
sobre el enemigo,* encuentra pocos ejemplos en otra historia que no sea la 
historia portuguesa». 

Convengamos, pues, que las derrotas de la campaña de Río Grande tu- 
vieron su origen en el conocimiento anticipado del plan de Artigas, que 
permitió acumular fuerzas en los puntos que debían ser atacados y con toda 
seguridad fuerzas dobles o triples que las que tenía el Jefe de los Orientales. 

En segundo lugar, que los soldados de Artigas peleaban con verdadero he- 
roísmo. Se trata de un hecho que reconocen los propios historiadores por- 
tugueses. 

Según el capitán Moraes Lara, la proclama del Cabildo de Montevideo 
llamando a las armas, «fué el primer paso para decidir a los habitantes a una 
loca y obstinada defensa». 

«Es increíble que un enemigo indisciplinado, sin orden y puesto en 



LA CONQUISTA DE LA PROVINCIA ORIENTAL POR LOS PORTUGUESES 


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confusión, se mantuviese por espacio de dos horas en la creencia # de poder 
contrarrestar a nuestras armas», dice el coronel Afyreu relatando su victo- 
ria de San Borja sobre las fuerzas de Andresito en las Misiones orientales. 

La batalla de Carumbé, afirma el capitán Moraes Lara, «fué una de las 
más sangrientas de la campaña por el furor y el denuedo con que atacó 
constantemente el enemigo». 

«Estos insurgentes pelean como desesperados», exclamaba el general 
Mena Barreto refiriéndose a los soldados de Artigas en la batalla de IbL 
raocay. 

A las manifestaciones arrancadas por el heroísmo de los soldados ar- 
tiguistas, hay que agregar un hecho grandemente significativo: la retirada 
de los ejércitos del marqués de Alegrete y’ del general Curado a raíz de las 
victorias del Arapey y del Catalán. 

Había fracasado estruendosamente el plan de invasión a Río Grande. 
Todas las divisiones de Artigas habían quedado aniquiladas a uno y otro lado 
de la frontera. El ejército de Lecor estaba ya en Montevideo. Y, sin em- 
bargo, las fuerzas del marqués de Alegrete y* del general Curado, victoriosas 
en todos los combates y rebosantes de recursos, retroceden después de la 
victoria del Catalán a la línea fronteriza y acto continuo se internan en terri- 
torio portugués. 

Según el capitán Moraes Lara, porque el ejército no tenía orden de 
avanzar. 

Pero como veremos más adelante, el propio marqués de Alegrete se ha 
encargado de atribuir el hecho a los orientales que volvían furiosamente a la 
ofensiva a raíz de sus mayores desastres, ¡obligando con ello a los vencedores 
a retroceder a su frontera! 

Y en tercer lugar, que los portugueses consumaban verdaderas carni- 
cerías en los campos de batalla. 

Es una denuncia que resulta de los propios partes oficiales. En la bata- 
lla de San Borja y reconquista de las Misiones, hubo 1,000 muertos y’ sólo 
73 prisioneros, incluyendo mujeres. En la batalla de Ibiraocay, hubo ^80 
muertos y sólo 24 prisioneros. En la batalla del Catalán, el número de 
muertos fué de 900 y' el de los prisioneros se elevó a 290, gracias al marqués 
de Alegrete, quien se elevó, según el capitán Moraes Lara, «al mayor grado 
de gloria por el heroísmo practicado en la caridad a que se entregó en fa- 
vor y socorro de los prisioneros heridos». 

Nada más terrible que el resumen general de esas y demás batallas de 
la campaña de 1816 y principios de 1817: 

3,190 muertos y’ 360 heridos y prisioneros sanos, incluidas las mujeres. 

Descontando los salvados «por el heroísmo del marqués de Alegrete» 
en la batalla del Catalán, ¡queda reducido el saldo de todos los demás com- 
bates a 70 prisioneros escapados a la cuchilla portuguesa! 

Tratábase, pues, de una guerra en que el conquistador no daba cuar- 
tel. Los heridos y prisioneros sanos que caían en sus manos eran degollados 
en el campo de batalla. Y así podía el vencedor estampar tan pavorosas 
cifras en sus partes oficiales. 

Un ejemplo de la barbarie portuguesa. 

No han quedado rastros en la historia uruguaya de esas grandes heca- 
tombes de prisioneros que apenas conocemos por lo que dicen los propios 
cronistas portugueses. Los orientales que salvaban de un desastre, morían 
en otro, y nada pudo quedar escrito acerca del plan de exterminio de que 
eran víctimas. 

Pero la crónica portuguesa basta y sobra en ciertos casos para iluminar 
el cuadro de la conquista. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la destrucción 
de los pueblos de la Provincia de Misiones. 



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ANATAS HTSTÓRTCOS DEL URUGUAY 


Habla Joao Pedro Gav\ vicario de San Boria: 

El maroués de AJesrrete ordenó al general Chavas «míe destruyese to- 
dos los pueblos de las Misiones Occidentales v trajese su población para ser 
repartida entre las Misiones brasileñas»; y efectivamente, el general Chagas 
«fué un fiel y concienzudo ejecutor de estas medidas extremas y extermi- 
nadoras». 

«De los actos de horror que se practicaron en esos parajes. Instruye el 
autor de la «Memoria Histórica» del extinguido regimiento de infantería de 
Santa Catalina, que registra el caso de un teniente del regimiento guaraní, 
Luis Maira, que estranguló más de una criatura y que se jactaba de ello, y 
oue describe también el espectáculo de la inmoralidad, el sacrilegio, el 
robo, el estupro en todo su auge.» 

Fueron asaltados y destruidos, agrega, los pueblos de Yaoevú. San 
José, Santo Tomé, Apóstoles, Mártires, San Carlos, Concepción, Santa María 
y San Javier. Un ano después el general Chacras volvió a las Misiones para 
perseguir a Andresito que se había atrincherado en la iglesia de San Car- 
los. Cbagas mandó atacar e incendiar la iglesia, y alerunas brasas cayeron 
sobre los depósitos de pólvora, produciendo un estruendo horroroso. 

«Andresito y su gente, ante la inminencia de ser quemados o aplas- 
tados por los palos del techo oue se desprendían y por los cañones que abrían 
boquetes, hicieron una salida desesperada y consiguieron romper la línea 
portuguesa que circundaba la plaza, cayendo heridos muchos de ellos... 
Trescientas personas de ambos sexos murieron en este ataque maltratadas 
o quemadas. . . Chagas hizo destruir en el acto lo que quedaba en los pue- 
blos de San Carlos y Apóstoles.» 

Es ilustrativo agregar que una de las poblaciones misioneras. Yaneyu, 
cuna del general San Martín, fué saqueada e incendiada el 13 de febrero de 
1817, precisamente el mismo día y a la misma hora en nue el héroe de 
ios Andes, después de vencer en Chacabuco, hacía su entrada triunfal en San- 
tiago de Chile, notable coincidencia nue constituye todo un proceso para el 
Gobierno de Buenos Aires y para el Congreso de Tucumán. promotores v 
auxiliares de la conquista portuguesa, que así extendía sus zarpazos sobre las 
provincias argentinas. 

Refiere Martín de Moussy que de acuerdo con el plan de destrucción 
de las Misiones argentinas, fué arrancado de su casa un centenario llamado 
fray Pedro, universalmente Querido por sus virtudes y transportado a las 
Misiones portuguesas: y traza este cuadro que puede presentarse como el 
cuadro general de todos los pueblos visitados por Chagas: 

«Sentado a la orilla, del río. miró las Pamas que se elevaban del 1 ti- 
rar donde había vivido tantos años v que devoraban el templo y las casas. 
Entonces, rodeado de las pobres indias que lloraban, de los ancianos y ni- 
ños nue habían sobrevivido, el viejo sacerdote se enderezó y con las manos 
tendidas al cielo, el rostro bañado en lágrimas: ¡Dios mío! exclamó, ¡hasta 
dónde ha subido la perversidad humana nue yo pueda ver hoy día vuestro 
augusto templo incendiado, las reliquias de vuestros santos profanadas, los 
campos de vuestros servidores asolado^, sus asilos en llamas, y ellos mis- 
mos expirando ba.io el sable asesino! ¡Dios mío, perdonad a estos hombres, 
perdonadles, pues no saben lo que hacen!» 

Se complementa el desastre de Artigas en India Muerta. 

Al mismo tiempo que los ejércitos del marqués de Alegrete y del ge- 
neral Curado, con el plan de Artigas en la mano, destruían una por una las 
columnas invasoras en Santa Ana, San Boria, Ibiraocay, Carumbé, Arapey y 
Catalán, todas las demás fuerzas con el general Lecor a la cabeza vencían a 
Rivera y a Otorgués por la incontrastable superioridad de sus elementos 
de guerra. ‘ ' : 



LA CONQUISTA DE LA PROVINCIA ORIENTAL POR LOS PORTUGUESES 


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La batalla de India Muerta, librada el 19 de noviembre de 1816, agrega 
una nueva derrota y a la vez una página de gloria a la causa de los orientales. 

Rivera, que sólo tenía 1,400 soldados, mal armados y peor municiona- 
dos, atacó a la vanguardia de Lecor, compuesta de 1,400 infantes, 500 hom- 
bres de caballería y una dotación de 4 piezas de artillería, bajo el .mando 
del general Pintos. 

Fué derrotado y sufrió una fuerte baja de 300 hombres entre muertos 
y prisioneros. Pero realizó actos tales de heroísmo que los vencedores tuvie- 
ron que abandonar el campo de batalla y replegarse al ejército principal. 

Véase cómo describe dos de las escenas de la batalla uno de los jefes 
portugueses, el coronel Márquez Souza: 

«Faltaban aún algunos minutos para el mediodía, cuando sus cazadores 
montados rompieron el fuego haciendo un tiroteo infernal, el qu© era co- 
rrespondido por nuestra parte, avanzando en el mismo orden; pero preten- 
diendo el enemigo cercarnos por el flanco derecho, fué cargado por uno de 
los escuadrones de la división, el cual fué envuelto... Entonces fué man- 
dado el otro a apoyarlo, y uno y otro se vieron envueltos: por nuestra pér- 
dida puede V. E. calcular la resistencia del enemigo, que sólo después de 
mucha sangre cedió a la bravura de nuestros escuadrones.» 

«Como la compañía que había quedado cubriendo el paso de la retaguar- 
dia nos quedaba y’a a grande distancia, pretendió el enemigo cortarla; mandé 
la mitad de un escuadrón a apoyarla, pero siendo éste luego cargado por 
una grande fuerza, púsose en retirada, y como yo viese que se aproximaba 
ya a su retaguardia, avancé con el otro medio escuadrón, y luego que se 
vió apoyado el que venía en retirada, volvió sobre el enemigo. Escapé no sé 
cómo de tres que denodadamente me vinieron a atacar al frente mismo de 
mi escuadrón.» 

«Finalmente, después de cuatro horas y media de fuego horrible conse- 
guimos la derrota del enemigo... Nuestra pérdida fué considerable.» 

«Después de la acción nos pusimos en retirada y ay'er a la noche llega- 
mos al campamento donde fué recibido el general por la tropa con vivas.» 

Con la batalla de India Muerta quedaba franqueado a Lecor el camino 
de Montevideo y a él se dirigió con su ejército. 

La plaza de Montevideo sel prepara para la defensa. 

Las murallas y el parque de Montevideo estaban desmantelados por 
obra del ejército de Alvear. Todos sus cañones y todos sus fusiles habían sido 
transportados a Buenos Aires y la pólvora de los grandes depósitos fiscales 
arrojada al agua. Artigas había gestionado durante todo el curso del año 
1815 la devolución de ese rico material de guerra en previsión de cualquier 
tentativa de reconquista española, pero invariablemente sin éxito. 

Al planearse los preparativos de la defensa contra los portugueses, el 
Cabildo consultó acerca de la conveniencia de proceder a la demolición de 
las murallas que circundaban la plaza, inútiles para los orientales, pero 
formidables para un ejército que pudiera artillarlas. Artigas, que todavía 
creía lejos el desastre, contestó: 

«Es preciso que los momentos sean muy apurados para la demolición 
de los muros de esa ciudad. Ellos inspiran respeto y están en razón de su 
fuerza pasiva que siempre entra en el cálculo del enemigo para destruirla. 
Por lo demás, pierda V. S. cuidado que los portugueses no marcharán muy 
sin recelo hacia ese punto con la rapidez de nuestros movimientos. Mucha 
sangre debe derramarse antes de verificarse su empresa, y creo bastante 
difícil su ejecución con tal que queramos ser libres.» 

Un mes después llegaban noticias de invasiones parciales en el territo- 
rio fronterizo, y resolvía el Cabildo con el voto de los capitulares Durán, 
Medina, García, Estrada, Sierra, Giró, Pérez, Trápani y Bianqui, abordar el 


v* 



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ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


problema del abastecimiento de la población, entre otras de las «medidas 
conducentes al sostén y defensa de esta plaza, estrechamente recomendanda 
por el Jefe de los Orientales y quitar así a los portugueses toda esperanza de 
remachar los grillos de la servidumbre a un pueblo que supo romperlos con 
energía y constancia inimitable, y' que estaba dispuesto a perecer una y 
mil veces antes que renunciar a su cara y sagrada libertad». 

Una revolución contra Barreiro. 

Con el propósito de organizar más rápidamente la defensa, quedó con- 
centrado el Gobierno en Barreiro, que era el delegado de Artigas, y en don 
Joaquín Suárez, miembro del Cabildo y ciudadano de actuación culminante 
en las luchas de la independencia. 

Dos medidas adoptó desde luego el nuevo Gobierno: la salida a la cam- 
paña del Batallón de los Cívicos y' el embargo de las mercaderías portu- 
guesas consignadas al comercio de Montevideo. 

«Una y otra medida, dicen los señores Larrañaga y Guerra, alarmó a los 
malcontentos, nada conformes con dejar la comodidad de sus casas y con 
haber de desprenderse de sus lucrativas comisiones; y así fué que en la noche 
del 2 al 3 de septiembre reventó una conspiración mal meditada y peor 
conducida, que produjo por pocas horas el arresto del delegado y de algunas 
otras personas, cambiándose la suerte con sólo no tomar parte la guarnición 
de la ciudadela.» 

El Cabildo publicó con tal motivo un bando por el que invitaba al 
pueblo a concurrir a las casas consistoriales «a explicar su voluntad y pres- 
tar sobre ella sus sufragios, debiendo retirarse inmediatamente a sus res- 
pectivos cuarteles las tropas situadas en la plaza para que de este modo re- 
luzca el voto general». 

Concurrieron al llamado unos cien ciudadanos, y abierta la sesión, 
«fué interrogado el pueblo», dice el acta, acerca de la deposición y arresto 
de don Miguel Barreiro, delegado del Jefe de los Orientales; don Santiago 
Sierra, Regidor^ Defensor de Pobres; don Bonifacio Ramos, comandante de 
artillería; don Pedro María Taveiro, secretario del Cabildo; y otras perso- 
nas. Y el pueblo contestó que por haberlos «encontrado sospechosos y’ haber 
visto con desagrado la marcha del cuerpo de infantería cívica a campaña», 
agregando que su voluntad era que el Cabildo reasumiera el gobierno. 

Prometió el Cabildo al pueblo allí congregado «que su voluntad sería 
cumplida escrupulosamente». 

Dos días después volvía a sesionar el Cabildo, pero esta vez para anun- 
ciar que los jefes de la revolución estaban arrestados o habían fugado y que 
libre ya de toda violencia debía declarar y declaraba nula y de ningún valor 
su resolución anterior, inspirada en el deseo de evitar may'ores desórdenes, 
debiendo por lo tanto continuar simplificado el Gobierno en el delegado 
Barreiro y en el regidor Suárez. 

Quedó así sofocado un movimiento que pudo alzar como bandera la 
salida a campaña del Batallón de Cívicos y el embargo de las mercaderías 
portuguesas; pero que con toda seguridad arrancaba de trabajos del Direc- 
tor Pueyrredón para aislar a Artigas y colaborar en la acción confiada por 
la diplomacia argentina a los ejércitos portugueses. 

Larrañaga y Guerra, testigos presenciales de los sucesos y concurrente el 
primero de ellos al cabildo abierto decretado a raíz del arresto de Barreiro, 
dicen efectivamente «que según se susurró después», existía el propósito de 
«disponer que esta plaza reconociera la dependencia de Buenos Aires e im- 
pedir con esto que las tropas portuguesas penetraran en la campaña, y 
para calzarse el mando con este motivo los autores». 

El Cabildo se apresuró a comunicar el grave suceso a Artigas. Pero debió 
hacerlo en forma vaga, para que todo quedara olvidado según resulta de este 



LA CONQUISTA DE LA PROVINCIA ORIENTAL POR LOS PORTUGUESES 227 


oficio del Jefe de los Orientales, datado el 30 de noviembre de 1816, des- 
pués de los grandes 'desastres militares que habían aniquilado sus ejércitos, 
pero no debilitado su respeto a la corporación representativa del pueblo: 

«No he recibido más que una comunicación de V. S. datada el 5 de sep- 
tiembre y a ella contesté inmediatamente por su importancia. Después no he 
tenido ninguna y no creo oportuno violentar de nuevo la atención de esa muy 
ilustre corporación, observando su profundo silencio sobre la revolución de 
esa ciudad y sus fatales consecuencias.» 

Artigas ordena la desocupación de la plaza de Montevideo. 

Barreiro en Montevideo y Suárez en campaña se entregaron con ardor 
a la organización de las milicias encargadas de la defensa de la plaza. 

Pero ya era tarde. Los invasores habían triunfado en Santa Ana, San 
Borja, Ybiraocay, Carumbé e India Muerta. Y Artigas, que se veía en la im- 
posibilidad de abandonar sus posiciones, so pena de entregar la campaña 
a los ejércitos de Curado y que tampoco encontraba en la pequeña guarni- 
ción de Montevideo base para una defensa eficaz contra las fuerzas de Lecor 
que marchaban a formalizar el sitio, escribió al Cabildo: 

«Los portugueses, según el orden de los sucesos y de los partes que se 
me han dado, se lanzan por mar y tierra a rendir esa plaza. Consultado por 
mi delegado si ella debe sostenerse a todo trance según se lo tenía encargado 
o si sería mejor desampararla, he resuelto lo segundo, por no ser fácil so- 
correr esa guarnición en razón de las circunstancias... Las divisiones que 
pudieran operar sobre esa ciudad se hallan en la frontera siempre amena- 
zada... Por lo mismo he, resuelto que toda la guarnición salga afuera a 
obrar con el resto que hace la resistencia en la campaña, debiéndose echar 
por tierra los muros y poner en salvo todos los. artículos y útiles de guerra 
para que esa ciudad no vuelva a ser el refugio de los perversos y los enemigos 
no' se gloríen de su conservación si la suerte nos depara un momento favo- 
rable.» 

Respetuoso, invariablemente, del criterio del Cabildo, agregaba: 

«Sin embargo de lo expuesto, si V. S. halla posible y conveniente el 
sostén de esa plaza mientras tentamos por acá la suerte de las armas, V. S. 
puede probarlo. Deseo acertar con lo mejor y no quiero faltar en nada cuando 
se trata de la salvación del país y de la confianza que él me ha depositado.» 

Eran muy contundentes las razones de Artigas. No había ni batallones 
ni parques para resistir el empuje del ejército de tierra, y de la escuadra que 
secundaba su acción; y’ el Cabildo juzgó también que era inevitable el des- 
alojo. ) 

Lecor avanzaba lentamente sobre las murallas de Montevideo, hostili- 
zado noche y día por las fuerzas de Rivera y de Otorgués y de sus subalter- 
nos Juan Antonio Lavalleja y Manuel Oribe, destacándose entre los hechos 
de armas el combate de Pablo Páez, en que Otorgués desbarató una columna 
portuguesa. 

¿Qué hacían, entretanto, el Director Puey'rredón y el Congreso de Tu- 
cumán? 


★ ★ 



CAPITULO XXVII 


SE REANUDA LA CONTIENDA POLITICA A TRAVES DEL PLATA 
La actitud del Director Pueyrredón. 

La conquista había sido promovida y negociada por la diplomacia ar- 
gentina bajo los Directorios de Alvear, Alvarez y Balcarce. El Congreso de 
Tucumán, por su parte, luego de seguir la tramitación diplomática y* de 
colaborar en sus actos preparatorios con diversos actos de importancia, se 
había asociado enteramente a la obra mediante aquellos famosos pliegos de 
instrucciones ep que aceptaba un monarca portugués para regir los destinos 
del Río de la Plata y ordenaba que se previniera al general Lecor que todo 
cuanto hiciera o dijera el Gobierno argentino contra la conquista de la 
Provincia Oriental respondía al propósito de evitar estallidos populares y 
de ninguna manera a sentimientos de protesta o de guerra. 

Dentro de ese programa los más enérgicos gestos del Directorio y del 
Congreso, en el sentido de alzar el grito contra el invasor o de prometer 
recursos a la Provincia Oriental, tenían que reducirse a simples actitudes 
teatrales, y 1 a eso quedaron reducidos, en efecto. 

Pueyrredón llegó a Buenos Aires para hacerse cargo del Gobierno a 
fines de julio de 1816. Y en el acto procuró tranquilizar al pueblo que aca- 
baba de voltear a su antecesor Balcarce y de obligar a la Comisión Guber- 
nativa que le reemplazó interinamente, a enviar a Artigas cien quintales de 
pólvora y trescientas monturas, pobre auxilio, sin duda, pero que respondía 
a un vibrante movimiento popular del que mucho podía aguardarse en el 
porvenir. 

El nuevo Director hizo efectivo ese envío, y escribió cartas afectuosas 
a Artigas para obtener, como obtuvo, la libertad del general Viamonte y 
su estado mayor, aprisionados por las fuerzas artiguistas de Santa Fe y con- 
ducidos al cuartel general de Purificación. 

Todo el Río de la Plata quedó convencido en los primeros momentos 
de que con Pueyrredón se había operado un cambio radical en la política ar- 
gentina y de que era inminente el envío de auxilios eficaces a los orientales. 

Pero después de esos primeros golpes de efecto, el nuevo Director se 
cruzó de brazos, resuelto a no hacer nada, porque ya se consideraba seguro 
en su puesto y la conquista portuguesa marchaba a paso de gigante. 

Tres meses llevaba ya en esa actitud de expectativa; tres meses largos 
durante los cuales las fuerzas de Artigas habían sido derrotadas en Santa 
Ana, San Borja, Ybiraocay y Carumbé; cuando el pueblo de Buenos Aires 
y 1 los pueblos de las demás provincias volvieron a agitarse en demanda de 
actos salvadores de la integridad nacional. 

¡Salen de Buenos Aires cuatro oficios! 

Pueyrredón resolvió entonces firmar cuatro oficios: uno a Lecor, otro 
a Artigas, otro a Barreiro y otro al Cabildo de Montevideo. 

A Lecor, para hacerle saber que «la disidencia accidental en que quiera 
suponerse una y otra Banda, no debilita el enlace común de ambos pueblos 
para la defensa de su libertad»; y exigirle a la vez que «retrograde a sus 
límites». . 

Era conductor del Oficio el coronel don Nicolás de Vedia. 

A Artigas, para adjuntarle el oficio a Lecor, y expresarle su vivo anhelo 



SE REANUDA LA CONTIENDA POLÍTICA A TRAVÉS DEL PLATA 


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a favor d© «una reconciliación entre pueblos identificados con los principios 
y objetos de la Revolución de América». 

Al Cabildo, para decirle que a causa del profundo silencio en que se 
había mantenido Artigas, sólo había podido enterarse de la invasión portu- 
guesa «por vías indirectas e ineficaces para fijar el juicio del Gobierno». 

Y a Barreiro, para anunciarle el envío ae comisionados al campamento 
de Lecor y al campamento de Artigas. 

Al mismo tiempo que lanzaba desde su despacho esos cuatro cohetes 
de artificio, colaboraba en el plan de la conquista portuguesa, tratando de 
arrancar a Santa Fe del Protectorado de Artigas. 

Habían ya fracasado los resortes militares con el desastre de los generales 
Viamonte y Díaz Vélez, y Pueyrredón resolvió recurrir a la diplomacia. A 
fines de septiembre, refiriéndose a una fórmula de concordia que estaba en 
trámite, escribía al Gobernador Vera: 

«Me extraña la indicación de que el plan de estas transacciones exige 
que no se le desagrade a don José Artigas, que tiene a ese pueblo bajo su 
protección. Yo espero que meditando usted seria e imparcialmente la natu- 
raleza de las circunstancias que nos rodean, quedará convencido de que si he- 
mos de buscar una intervención que dé sólidas garantías a las transacciones 
pendientes, ésta no puede ser otra que la del Soberano Congreso.» 

Y a principios de noviembre volvía a decir al Gobernador Vera: 

«No echando de ver qué camino pueda adoptarse para reunir las cir- 
cunstancias que V. S. descubre en la mediación del general Artigas, creo 
será lo mejor el que V. S. autorice plenamente a una persona que posea toda 
su confianza y la despache , a esta ciudad» para «acabar con la funesta di- 
visión que arrastrará al país al colmo de los mayores sacrificios». 

Eso era 3o práctico: i aislar a Artigas, para que los portugueses lo ven- 
cieran más rápidamente! 

Volvamos a los oficios. 

El coronel Vedia fué al campamento de Lecor, quien se limitó a res- 
ponder: 

«Yo continúo mis marchas que sólo pueden ser suspendidas por orden del 
Rey.» 

«En breve y de más cerca tendré mejor ocasión de poder manifestar cuán 
de buena te son mis operaciones militares.» 

Al campamento de Artigas no fué el comisionado. Pero el Jefe de los 
Orientales recibió noticias acerca de la misión del coronel Vedia al campa- 
mento de Lecor, por intermedio del Cabildo, y la juzgó acertadamente en la 
forma que subsigue: * 

«Este paso no basta a inspirarnos confianza, ni cohonestará jamás las 
miras de aquel Gobierno después que supo que nuestra frontera ha sido in- 
vadida ha más de cuatro meses y él mantiene su comercio y relaciones abier- 
tas con Portugal. Por lo mismo, sea cual fuere la misión del dicho Vedia 
y sus resultados, no puedo, mientras, ser indiferente a la conducta criminal 
y reprensible del Gobierno de Buenos Aires. Por lo mismo he mandado ce- 
rrar los puertos y costas a toda comunicación con aquella Banda. Si esta 
medida no penetra en aquel Gobierno de nuestra indignación por su indiferen- 
cia y poca escrupulosidad en coadyuvar nuestros esfuerzos contra este extran- 
jero sediento de nuestra dominación, yo protesto no omitir diligencia hasta 
manifestar al mundo entero mi constancia y' la iniquidad con que se pro- 
pende a nuestro aniquilamiento.» 

La plaza de Montevideo pide auxilios a Buenos Aires. 

Pronto fueron puestas a prueba las protestas de buena amistad y de 
solidaridad repetidas por el Director Pueyrredón. 

Cuando el ejército de Lecor y la escuadra que apoyaba sus movimientos 



230 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


se dirigían a Montevideo que sólo disponía de 800 defensores y* de murallas 
desmanteladas, Barreiro recabó auxilios a Pueyrredón. En su oficio de 30 
de noviembre le decía: 

«Si la invasión de los portugueses en nuestro territorio es un motilo 
de alarmas que excite los esfuerzos de las Provincias Unidas, estamos ya en 
circunstancias en que debe manifestarse de una manera efectiva... Si ha de 
ser preciso contrarrestarla alguna vez, ¿por qué no se ha de creer más fá- 
cil hacerlo ahora?... Sus auxilios remitidos aquí sin pérdida de instantes 
llegarán a tiempo oportuno... Cualesquiera que sean los pactos que V. E. 
crea precisos al efecto, yo estoy pronto a sellarlos... Las diferencias que 
nos han agitado anteriormente no deben contribuir a más que a hacernos 
ahora más circunspectos, poniendo nuestros verdaderos intereses en el debido 
punto de vista.» 

Trató Pueyrredón de salir del atolladero mediante el proceso de recien- 
tes medidas de Artigas: la clausura de los puertos orientales a las proceden- 
cias de Buenos Aires, ante la connivencia clara y abierta con la conquista 
portuguesa; y el otorgamiento de patentes de corso por el jefe de las fuer- 
zas artiguistas de la Colonia, medida esta última que en concepto de Puey- 
rredón sólo podía ser autorizada por los dos Gobiernos del Plata, es decir, 
¡Artigas que combatía contra los portugueses y el Directorio que los había 
llamado y' que trataba de auxiliarlos en toda forma! 

Obligado luego a dar una contestación acerca de los auxilios pedidos, 
llevó el debate a un terreno en que él sabía perfectamente que no había 
acuerdo posible con el Jefe de los Orientales. 

Dijo que los portugueses habían tomado como pretexto de la invasión 
la independencia en que vivía la Provincia y que por lo tanto lo primero 
que debían hacer los orientales era reconocer al Congreso de Tucumán y 
al Directorio de las Provincias Unidas. 

Anunciaba a la vez su propósito de remitir 600 fusiles, 500 sables, 4 
piezas de artillería y 200,000 cartuchos; o sea un pequeño lote del material 
transportado a Buenos Aires dos años antes. Pero ese mismo pequeño lote 
de armamento «que se estaba encajonando y aprestando», no podría ser en- 
viado con la prontitud que demandaba la inminencia del peligro». 

Terminaba el Director diciendo a Barreiro que Montevideo no tenía 
soldados para sostenerse; «que los auxilios que se preparaban nunca podrían 
salvar la plaza amenazada de un poderoso ejército»; que el pedido de auxilios 
lo colocaba «en un verdadero peligro», desde que «si los manda van a ser 
presa del ejército invasor, y si no, queda en sospecha su interés por la salva- 
ción de ese pueblo». ¡ , ¡ 

«Fusiles, sables y cañones son instrumentos nulos cuando no hay brazos 
que los manejen con destreza: para contener los sucesos que se precipitan, 
hagamos obrar la política: este es el único arbitrio que nos queda, si no 
para salvar infaliblemente la plaza, a lo menos para intentarlo por los me- 
dios que están al arbitrio de nuestra situación.» 

Pueyrredón exige el sometimiento incondicional de la Provincia. 

Mientras los oficios se cruzaban en el estuario, el ejército de Lecor pro- 
seguía su movimiento de avance sobre la plaza y entonces resolvieron Ba- 
rreiro y‘ el Cabildo enviar en comisión ante el Directorio a los capitulares 
don Juan José Duran y don Juan Francisco Giró «para transar cualesquiera 
desavenencias y tratar de los medios conducentes a la salvación de la pa- 
tria» decía el mandato del Cabildo; y «para que traten, estipulen y con- 
vengan con aquel Supremo Gobierno cuanto concierna al mencionado objeto 
y’ sus incidentes», decía el mandato de Barreiro. 

' Partieron inmediatamente para Buenos Aires los dos comisionados y 
Pueyrredón convocó una Junta extraordinaria de Notables para oir opiniones 



SE REANUDA LA CONTIENDA POLÍTICA A TRAVÉS DEL PLATA 


2:u 


acerca de estos dos puntos: si debía enviarse un agente diplomático a Río 
de Janeiro para pedir explicaciones; si debía declararse de inmediato la 
guerra al Brasil. 

Entre los consultados figuraba el ex Director don Ignacio Alvarez, 
uno de los más activos promotores de la invasión portuguesa. Casi todos 
estuvieron de acuerdo en la necesidad de franquear auxilios a los orientales. 
Pero en los demás puntos la discrepancia fué grande: seis votos aceptaban 
derechamente el nombramiento de un enviado diplomático; cinco que la de- 
claratoria de guerra correspondía privativamente al Congreso de Tucumán; 
cuatro que al Directorio correspondía romper las hostilidades; y tres que la 
Provincia Oriental era parte integrante de la Nación Argentina y’ que eso 
obligaba a ir a la guerra inmediatamente. 

Habían quedado frustrados los planes directoriales. Del ambiente de la 
Junta de Notables surgían tendencias y protestas contra la invasión portu- 
guesa que no permitían al Gobierno continuar de brazos cruzados. Era ei 
pueblo de Buenos Aires que acababa de actuar allí con una presión extraor- 
dinaria a favor de los orientales. 

Pero Pueyrredón desvió hábilmente el golpe de maza que se asestaba 
a la política de connivencia con la Corte de Portugal. Recordando en esos 
momentos, de verdadera crisis para su Gobierno y para el Congreso de Tu- 
cumán, que toda la lucha con Artigas giraba en torno del programa polí- 
tico concretado en las Instrucciones de 1813, persuadió a los comisionados 
Durán y' Giró de la necesidad de reconocer a las autoridades supremas de 
la Nación en la misma forma incondicional que ya había sido rechazada ex- 
presamente por Artigas durante el segundo sitio de Montevideo y posterior- 
mente bajo los gobiernos de Alvear y de Alvarez. 

Él sabía que Artigas volvería a exigir como base de reconocimiento una 
Constitución federal que asegurara las autonomías locales. Él sabía, además, 
que Artigas no traicionaría nunca a las Provincias de su Protectorado, 
como tendría que traicionarlas aceptando el tutelaje de Buenos Aires. Y 
precisamente porque lo sabía es que exigió y obtuvo de los comisionados, 
a raíz de la Junta de Notables, la siguiente declaración: 

«Que el territorio de 1a. Banda Oriental del Río de la Plata jurará obe- 
diencia al Soberano Congreso y' al Supremo Director del Estado en la misma 
forma que las demás provincias: que igualmente jurará la independencia que 
el Soberano Congreso ha proclamado, enarbolando el pabellón de las Pro- 
vincias Unidas y enviando inmediatamente a aquella augusta corporación 
los diputados que según su población le corresponde. En consecuencia de 
esta estipulación, el Gobierno por su parte queda en facilitarle todos los 
auxilios que le sean dables y necesite para su defensa.» 

Mediante esta acta que Artigas tenía que rechazar porque importaba el 
repudio de todo su soberbio programa político de reorganización institucio- 
nal del Río de la Plata y el sometimiento incondicional a la misma oligar- 
quía que había pactado la invasión portuguesa, podía el Director lavarse 
las manos y acallar el clamoreo popular que impulsaba a la guerra. 

¿Eran, por lo menos, eficaces los auxilios que ofrecía Puey'rredón a 
cambio de ese reconocimiento incondicional? 

Dando cuenta del resultado de la Junta extraordinaria de Notables, 
escribían los comisionados Durán y Giró al Cabildo: 

Las Provincias Unidas no harán declaración solemne' de guerra; el Di- 
rector enviará una embajada a la Corte de Portugal y otra al ejército para 
que suspenda sus marchas; estando de hecho abierto el estado de guerra 
marcharáji en el acto a Montevideo 300 soldados y 500 fusiles; el resto deJ 
auxilio se dirigirá a la Colonia. 

Al día siguiente, al adjuntar el acta de incorporación, los comisionados 
calculaban así los auxilios inmediatos: 200 quintales de pólvora, 1,000 fu- 



232 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


siles, 8 cañones, 1,000 soldados, y varias lanchas con destino a las familias 
que no estuvieran dispuestas a soportar el sitio de la plaza. 

Lo fundamenta] era la declaración de guerra. Pero la guerra no po- 
día ser declarada al aliado, y' entonces se hablaba de una misión diplomática 
y de una expedición auxiliadora que había el propósito de no realizar, y 
que por lo mismo quedó subordinada a la ratificación del acta por las auto- 
ridades orientales, sabiéndose que Artigas no la ratificaría. 

Barreiro y el Cabildo expresaron que ellos no podían disponer de la 
suerte de la Provincia, ni quitar a los pueblos el derecho de establecer las 
condiciones de la incorporación. 

Sacando partido del incidente, Pueyrredón reunió a sus Ministros, don 
Vicente López, don Florencio Terrada y' don José Domingo Trillo; les expuso 
que la diversidad de opiniones en el seno de la Junta de Notables hacía de- 
pender la declaración de guerra al Portugal de una votación del Congreso, 
y les pidió que dejaran constancia en acta certificada de esta protesta pú- 
blica y solemne: 

«Que él no respondía de los males que podían sobrevenir al orden y al 
Estado por la inacción en que constituía la decisión expresada al Supremo 
Gobierno de su cargo, manifestando al mismo tiempo que si no procedía por 
sí a declarar la guerra, era por reconocer que no estaba en sus facultades.» 

Salta a los ojos la futilidad del pretexto. Aún suponiendo que para re- 
peler una agresión armada tuviera necesidad de autorización, ¿por qué no 
recurría al Congreso que continuaba funcionando tranquilamente en Tu- 
cumán? 

Los dictámenes de la Junta de Notables fueron enviados, sin duda al- 
guna, confidencialmente a Tucumán y como la grita contra la connivencia 
empezaba a caldear de nuevo la atmósfera, la Soberana Asamblea anunció 
al Director el propósito de trasladar su sede de sesiones a Buenos Aires, 
y le advirtió expresamente que mientras ese traslado no se consumara le 
quedaba prohibido declarar la guerra a Portugal. 

Como lo hemos dicho anteriormente, el traslado empezó a mediacfos de 
enero, en que fué clausurado el período de- sesiones en Tucumán y terminó 
recién a mediados de mayo, en que reabriéronse las sesiones ordinarias en 
la capital, i después de cuatro largos meses! 

Por su parte Pueyrredón, cerrando la polémica con Barreiro y el Ca- 
bildo mediante el único auxilio que estaba dispuesto a prestar, envió a Ri- 
vera 300 monturas, 300 fusiles y' 2 piezas de campaña. 


Barreiro reanuda inútilmente su gestión. 


Fracasada la misión de los señores Durán y Giró, envió Barreiro a 
Buenos Aires, en busca de nuevas soluciones, a don Victorio García de Zú- 
ñiga, y éste anunciaba poco después a su instituyente el viaje de don Marcos 
Salcedo al cuartel general de Artigas con las siguientes bases de Pueyrredón: 
«Paz entre una y otra Banda; comercio sin trabas ni interrupciones; 
reconocimiento de Santa Fe a este Gobierno, renunciando don José Artigas 
toda pretensión sobre aquel pueblo; devolución de prisioneros; y remisión de 
diputados con plenos poderes, así del general como de los pueblos orientales, 
para ajustar un tratado firme y estable.» 

Prevenía García de Zúñiga, en cuanto a auxilio de tropas, que había que 
renunciar por el momento a toda esperanza, porque el Director decía, «que 
era preciso saber bajo órdenes de qué jefe irían», y en cuanto a declaración 
de guerra a los portugueses, que se aguardaría la decisión del Congreso. 

El objeto era, como se ve, sustraer la Provincia de Santa Fe al Protecto- 



SE REANUDA LA CONTIENDA POLÍTICA A TRAVES DEL PLATA 


233 


rado de Artigas, librando a la diplomacia lo que no había podido obtenerse 
por las bayonetas. 

Todo lo demás se discutiría oportunamente, ¡después que los portugue- 
ses se adueñaran de la Provincia Oriental! 

Artigas rechaza la incorporación incondicional., 

Cuando se firmaba en Buenos Aires el acta de incorporación y* surgía 
contra ella el voto de Bareiro y el Cabildo, Artigas estaba peleando contra 
los portugueses a grandes distancias de Montevideo. 

Los señores Durán y Giró resolvieron someterle la disidencia que aca- 
baba de producirse y para que su fallo fuera definitivo le adjuntaron todos 
los antecedentes de la negociación. 

Ya habían tenido lugar los desastres de Santa Ana, San Borja, Ybirao- 
cay, Carumbé e India Muerta y* estaba en víspera de sucumbir la plaza de 
Montevideo. 

Pero Artigas no desmayaba en su noble apostolado. Tenía la obsesión 
del triunfo de su programa político de reorganización del Río de la Plata, 
y cada derrota en vez de abatirlo parecía darle nuevos bríos para continuar 
su gigantesca lucha contra todos los despotismos. 

Después de expresar a los comisionados consultantes que ni él mismo 
podía disponer de la suerte de la Provincia sin previa consulta al pueblo, 
formulaba el rechazo del acta de incorporación incondicional en esta forma 
verdaderamente lapidaria por las angustias militares del momento y la obse- 
cuencia inalterable a las gloriosas Instrucciones de 1813: 

«El Jefe dé los Orientales ha manifestado en todo tiempo que ama de- 
masiado su Patria para sacrificar este rico patrimonio de los orientales al 
bajo precio de la necesidad.» 

Artigas era el verdadero paladín de la unión nacional de todas las 
Provincias del Río de la Plata, pero de la unión nacional a base de institu- 
ciones, y no de dictaduras como las que ejercía la oligarquía de Buenos 
Aires. . j 

La aceptación del acta de incorporación incondicional significaba la 
entrega del país a los mismos que habían provocado y pactado la conquista 
portuguesa; el repudio absoluto de la idea republicana y del régimen fede- 
ral; y ante todo y sobre todo el sacrificio de los más grandes principios po- 
líticos al éxito prepotente. 

De ahí esa célebre frase, la más alta, la más patriótica, la de may'or 
temple cívico de toda la historia de la Revolución americana! 


★ ★ 



CAPITULO XXVIII 


LOS PORTUGUESES SE APODERAN DE MONTEVIDEO, PERO ARTIGAS 
CONTINUA SU GIGANTESCA LUCHA 

Barreiro ovacua la plaza. 

Fracasadas las gestiones del Cabildo y de Barreiro para obtener auxi- 
lios de Buenos Aires, era forzoso que los 800 hombres que constituían la 
pequeña guarnición de Montevideo salieran a campaña para continuar la 
lucha en mejores condiciones de éxito. 

«El 18 de enero de 1817, dicen los señores Larrañaga y Guerra, hallán- 
dose el ejército portugués sobre Pando, fué evacuada la plaza con el mayor 
orden, sin accidente alguno ni de robo ni desgracia. Merecedor se hizo enton- 
ces Barreiro al reconocimiento público por haber ejecutado con tropas bi- 
soñas y en ocasión tan peligrosa lo que tal vez en lances semejantes no se 
consigue con tropas acostumbradas a la más severa disciplina.» 

El Cabildo hace el proceso de Artigas y glorifica al conquistador. 

Una vez evacuada la plaza, se reunió el Cabildo para deliberar. Asis- 
tían los señores Juan L de Medina, Felipe García, Agustín Estrada, Lorenzo 
Justiniano Pérez, Jerónimo Pío Bianqui. Faltaban los señores Juan José 
Durán, Juan Francisco Giró, Joaquín Suárez, Juan de León, José Trápani 
y el secretario Pedro María Taveyro. 

Estaban en minoría, pues, los capitulares. Pero esa minoría, que había 
resuelto entenderse con el invasor, pasó a deliberar. 

* Dijo el señor Pío Bianqui, que «debían tomarse algunas medidas des- 
pués del abandono de la plaza por la fuerza armada que oprimía al vecin- 
dario» y que «libres de aquella opresión los capitulares se hallaban en el 
caso de declarar y demostrar públicamente que la violencia había sido el 
motivo de tolerar , y* obedecer a Artigas». 

Esas palabras condensaban el sentimiento de la minoría y, en conse- 
cuencia, fué sancionada la siguiente declaración: 

«Atento a haber desaparecido el tiempo en que la representación del 
Cabildo estaba ultrajada, sus votos despreciados y estrechados a obrar de 
la manera que la fuerza armada disponía: vejados aún de la misma solda- 
desca, y precisados a dar algunos pasos que en otras circunstancias hubie- 
ran excusado, debían desplegar los verdaderos sentimientos de que estaban 
animados, pidiendo y admitiendo la protección de las armas de Su Majestad 
Fidelísima que marchaban hacia la plaza.» 

Dos comisiones nombró en el mismo acto la minoría del Cabildo para 
entrevistarse con el general Lecor, jefe del ejército de tierra, y con el conde 
de Viana, jefe de la escuadra. Los comisionados eran los señores Larrañaga, 
Estrada, Viana y Pío Bianqui. 

El jefe de la expedición dió a los comisionados una copia de su pro- 
clama; aceptó la propuesta que ellos le formulaban a favor del manteni- 
miento del Cabildo; y les anticipó que tenía mucha confianza en que los 
sentimientos generosos del monarca asegurarían a los orientales todas sus 
libertades. ' ‘ ■ f 1 

Con estas declaraciones volvió a sesionar lu minoría del Cabildo, para 
resolver, como efectivamente lo hizo, qiie fuera entregada la ciudad, y «se 
admitiese la protección que la bondad de Su Majestad Fidelísima ofrecía por 



LOS PORTUGUESES se APODERAN DE MONTEVIDEO 


235 


medio del ilustrísimo general Lecor a estos miserables países desolados por 
la anarquía en que han sido envueltos en espacio de tres años». 

Quedó resuelto en esa misma sesión que al día siguiente saldría «el 
Ayuntamiento en Cuerpo con los demás tribunales hasta la puerta de la 
ciudad, donde haciendo entrega de las llaves el Síndico Procurador al expre- 
sado señor general, se le condujese bajo palio a la iglesia Matriz, donde se 
entonase un solemne tedéum en acción de gracias al Todopoderoso por los 
beneficios que su infinita misericordia se dignaba dispensarnos». 

El día 20 de enero se realizó la ceremonia de la entrega de la plaza. 
Lecor preguntó al Cabildo en el portón de entrada si tenía algo que pedir, 
y’ entonces el Síndico Procurador señor Pío Bianqui «hizo presente la nece- 
sidad de sofocar la exaltación de las pasiones que por la divergencia de opi- 
niones motivo de la guerra civil, había ocasionado varios insultos dentro 
del mismo pueblo, para lo que pedía se tomasen medidas serias que lo evita- 
sen en lo sucesivo, tanto por la trascendencia que ellos tenían, cuanto por 
los males que podían traer». 

«Seguidamente fué guiado (el general Lecor) en la forma acostum- 
brada, entre vivas y aclamaciones de gozo que acreditaban los sentimientos 
públicos, a la iglesia Matriz, desde la cual, después del tedéum se retiraron 
a las casas capitulares cpn el mismo acompañamiento y comitiva; tomó po- 
sesión de la ciudad; sus tropas ocuparon los cuarteles y fortalezas de la 
plaza con el mayor orrlen y disciplina; se enarboló el pabellón de Su Ma- 
jestad Fidelísima, que Dios guarde, con salvas y repiques de campana.» 

Todo esto consta en el libro de actas del Cabildo. 

Los señores Larrañaga y Guerra, que se incorporaron a la administra- 
ción portuguesa, hablan también de las manifestaciones de regocijo. Véase 
en que forma: i ' 1 

«Entró solemnemente a la plaza el General'en Jefe 'barón de la Laguna, 
en medio de la Municipalidad y bajo de palio, a la cabeza de su brillante 
ejército, dirigiéndose a la plaza may’or y a la santa iglesia Matriz, donde se 
cantó misa de gracias, finalizándose la función con tedéum en medio de las 
aclamaciones y universal regocijo público.» 

Entre aclamaciones e insultos. 

La actitud de la minoría del Cabildo h^bía dado lugar, como se ve, a 
aclamaciones de gozo, pero a la vez a manifestaciones vigorosas de protesta. 

Ha escrito en sus «Memorias» el almirante portugués Sena Pereira, 
testigo presencial de los sucesos que narra, que el día de la entrada de las 
tropas de Lecor a Montevideo los españoles hicieron «una, demostración de 
regocijo como indicando o creyendo que las operaciones de nuestras fuerzas 
de mar y tierra no pasaban de auxiliares e iban a reivindicar los derechos 
de su soberano, recuperando sus perdidas posesiones en la América del 
Sur». 

En Montevideo dominaba absolutamente la población española y esa 
población estaba persuadida de que el triunfo portugués significaba la vuelta 
al régimen colonial derrumbado. Tal es el origen de las aclamaciones de 
gozo. 

Los orientales, en cambio, protestaban contra la minoría del Cabildo, y* 
de la energía de sus protestas da idea la actitud del capitular Bianqui, en 
la ceremonia de la entrega de las llaves, cuando suplica a Lecor medidas 
severas contra la exaltación de las pasiones y especialmente contra los in- 
sultos del pueblo. 

En cuanto a la actitud del Cabildo, vale la pena de recordar que los 
cinco capitulares que atacaban a Artigas y bendecían a Lecor, eran los mis- 
mos que pocos meses antes habían redactado y firmado la proclama que con- 
vocaba a las armas «contra la miserable incursión de esclavos», y* pedía a 



236 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


los orientales que corrieran a alistarse, previniéndoles que de ellos y nada 
más que de ellos dependía que el país fuera libre o fuera esclavo. 

Esa actitud, por otra parte, que tanto han explotado los escritores an- 
tiartiguistas, tenía ya notables precedentes en la historia de las Provincias 
Unidas y seguía teniéndolos todavía. 

Hablando de la primera invasión inglesa y' de la actitud asumida por la 
población de Buenos Aires, declara un testigo tan autorizado como don Ig- 
nacio Núñez, que «los ingleses individualmente fueron distinguidos por las prin- 
cipales familias de la ciudad y sus generales paseaban de bracete en las 
calles con las Marcó, con las Escalada y las Sarratea», y que los prelados 
de las comunidades religiosas hablaban así al general Beresford: 

«Aunque la pérdida del Gobierno en que se ha formado un pueblo, suele 
ser una de sus may’ores desgracias, también ha sido muchas veces el primer 
pie de su gloria: no nos atrevemos a pronosticar el destino de la nuestra, 
pero sí a asegurar que la suavidad del Gobierno inglés y las sublimes cuali- 
dades de V. E. nos consolarán en lo que acabamos de perder.» 

Varios años más tarde el Director Alvear ofrecía las Provincias Unidas 
a la corona inglesa y organizaba con tal motivo una misión diplomática qu^ 
el general Mitre califica de «misión vergonzosa», aunque agregando aue 
«no tenía en su tiempo la misma gravedad, atento al estado de desmorali- 
zación de la opinión pública y la circunstancia de no haberse declarado aún 
la independencia». 

Pero revela la invariable orientación de los hombres dirigentes el hecho 
de que el Congreso de Tucumán, fresca aún la tinta de la independencia 
(9 de julio) autorizara a sus comisionados (4 de septiembre) para aceptar 
del general Lecor el establecimiento de una monarquía en Buenos Aires so- 
bre la base de la casa de Braganza. 

Si tales resoluciones tomaba el histórico Congreso, lejos del teatro de 
la guerra y’ a los dos meses escasos de la jura de la independencia nacional, 
¿por qué suponer que si la minoría del Cabildo, bajo la presión de las bayo- 
netas de Lecor aceptaba el yugo portugués y conducía al triunfador bajo 
palio, era en razón del odio que inspiraba Artigas? 

Las instrucciones ele Lecor. 

E'l general Lecor traía un pliego de instrucciones de la Corte de Por- 
tugal, que puede resumirse así: 

Organizar sobre la base del territorio uruguayo una capitanía de la 
que sería Gobernador el propio Lecor; prometer garantías a todos los habi- 
tantes y* la conservación de sus sueldos al Gobernador, oficiales y tropas 
de Montevideo, si la plaza se entregaba sin resistencia; conservar al Cabildo, 
con sus atribuciones; ofrecer a Artigas una residencia en Río de Janeiro, 
con goce de sueldo de coronel de infantería; expresar al Gobierno de Bue- 
nos Aires que la expedición no pasaría a la otra margen del Río de la Plata. 

De acuerdo con estas instrucciones Lecor conservó al Cabildo y empezó 
a desarrollar un plan de absorción, que tuvo pleno éxito en la ciudad. La 
campaña, en cambio, seguía peleando incensantemente. 

El Cabildo so convierte en ejecutor de la conquista portuguesa. 

Pocos días después de instalado Lecor en el Gobierno, resolvió el Ca- 
bildo comisionar ante la Corte de Río de Janeiro a los señores Dámaso La- 
rrañaga y Jerónimo Pío Bianqui para expresar al Rey sus agradecimientos 
y gestionar la incorporación de la Provincia Oriental a la corona portuguesa. 
Resolvió a la vez destituir a los capitulares don Joaquín Suárez y don San- 
tiago Sierra, «que habían abandonado sus cargos concejiles voluntaria y 
maliciosamente», y reintegrar en sus bancas a los señores Juan José Durán 



LOS PORTUGUESES SE APODERAN DE MONTEVIDEO 


237 


y Juan Francisco Giró, previa prestación del competente juramento de fi- 
delidad. 

Los señores Larrañaga y Bianqui sólo pudieron obtener en Río de Ja- 
neiro que Lecor fuera confirmado en su empleo ‘y algunos víveres para su 
formidable ejército que estaba rigurosamente sitiado por las fuerzas arti- 
guistas. En cuanto a la incorporación de la Provincia Oriental, tenía que 
sufrir y sufrió el más absoluto fracaso en razón de que las grandes poten- 
cias europeas amenazaban a la Corte portuguesa con declararle la guerra 
si no devolvía a España su antigua colonia de Montevideo. 

¿Conseguíase, por lo menos, con esas humillaciones, el respeto y la 
consideración del conquistador? 

Véase lo que dice don Juan Manuel de la Sota, uno de los testigos de 
la época: 

«Eran entonces repetidos los insultos y desaires que hacían los ofi- 
ciales de la guardia principal del Cabildo, sometiendo a mil vejaciones a los 
vecinos de Montevideo y aún a sus propios capitulares, obligándolos para 
poder entrar a las oficinas, a hacer un círculo alrededor de las armas, con 
sombrero en mano, negarse a dar auxilio para la encarcelación de personas 
y otros mil denuestos que formaban un contraste con, el título de Excelencia 
que investía la corporación.» 

Pero el Cabildo, lejos de interrumpir el cumplimiento del programa de 
absorción que le trazara el conquistador, regaló a la Capitanía de Río Grande 
en 1819, con el pretexto de reunir fondos para construir un faro en la isla 
de Flores, las fortalezas de Santa Teresa y de San Miguel, y una considerable 
zona de territorio a todo lo largo de la línea fronteriza! 

Prosigue Artigas su gigantesca lucha. 

Después de sus grandes desastres de Santa Ana, San Borja, Ybiraocay, 
Carumbé e India Muerta, y cuando ya Lecor marchaba sobre Montevideo, Ar- 
tigas escribió al Cabildo: 

«Antes de veinte días creo que tendremos algún nuevo reencuentro con 
las divisiones portuguesas que se hallan a nuestro frente. Si tenemos un re- 
sultado feliz, como lo espero, no dudo que minorarán muy en breve nuestras 
desgracias. De cualquier modo, V. S. debe contar con que mis esfuerzos serán 
siempre eficaces y sostenidos y que nuestra campaña se teñirá en sangre antes 
que el portugués la domine.» 

El reencuentro se produjo, efectivamente, dentro del plazo que se- 
ñalaba Artigas. Pero una vez más con resultados desastrosos para el Jefe 
de los Orientales, en el Arapey', donde estuvo a punto de caer prisionero y 
en el Catalán, la batalla más sangrienta de la campaña, según el capitán Mo- 
raes Lara. 

Pero su fe en el triunfo final no decaía. 

«Sin embargo de ser apurados los momentos», escribía al Gobernador 
Vera después de la batalla del Catalán, «tengo esperanzas de ver recuperado 
el honor y la gloria de los libres. El ataque fué sangrientísimo y ya triun- 
fante al fin se decidió en contra. ¡Cómo ha de ser! Redoblaremos los tra- 
bajos; pero los tiranos no se gloriarán de nuestra dominación.» 

Los ejércitos portugueses sitiarlos por los orientales. 

Después de la victoria del Catalán, el ejército que comandaba el mar- 
qués de Alegrete y el general Curado, se retiró a Río Grande, según ya he- 
mos dicho, sin atreverse a permanecer en el campo de batalla y mucho me- 
nos a seguir avanzando en territorio uruguayo. Y frente a él quedó Artigas 
con sus diezmadas pero bravas divisiones. 

En esos mismos momentos el ejército de Lecor, dueño ya de Montevi- 



238 


AÑALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


deo, quedaba rigurosamente sitiado por las fuerzas de Barreiro, de Rivera, 
de Otorgués, de Lavalleja y' de Bauza, que estaban en las proximidades 
de Montevideo o diseminadas en puntos estratégicos de la campaña para im- 
pedir todo contacto entre los dos poderosos ejércitos portugueses conquista- 
dores de la victoria en siete batallas, pero inmovilizados en sus respectivos 
campamentos, y sin poder combinar absolutamente ninguna acción de con- 
junto. 

En la «Memoria de los sucesos de armas» que algunos historiadores 
atribuyen a Rivera, y que con toda seguridad fué escrita por un testigo pre- 
sencial, se establece que el ejército de Lecor quedó durante tres meses en- 
cerrado en la ciudad, sin realizar salida alguna contra las fuerzas patriotas 
que ocupaban el Manga y el Peñarol, y’ que se corrían hasta el Cerro para 
arrebatar las caballadas que allí tenían los invasores. 

Recién en los primeros días de julio, agrega ese testigo, realizó el barón 
de la Laguna una primera salida hasta Toledo en busca de trigo y de maíz, 
abriéndose camino a través de las partidas que le disputaban el terreno 
palmo a palmo. Dos meses más tarde realizó una segunda expedición hasta 
Canelones al frente de 500 hombres, hostigado incesantemente por los pa- 
triotas, a cuy'o frente estaba Rivera, que no le dieron descanso ni a la ida 
ni al regreso, y que aprovecharon esa misma oportunidad para llevarse toda 
la caballada concentrada en el Rincón del Cerro. 

Para defender sus medios de movilidad se vió obligado Lecor, dice la 
«Memoria» que extractamos, a construir una zanja o cortadura desde la Barra 
del Santa Lucía hasta el Buceo, provista de reductos artillados- con piezas 
de grueso calibre. 

Otro testigo presencial de los sucesos, el coronel Cáceres, establece en 
sus «Memorias» que una división de 400 hombres, a cuyo frente estaba 
Lavalleja, organizó un verdadero sitio en torno de Montevideo; que el general 
Lecor salió al fin con la mitad de su ejército en dirección a la Florida; que 
una columna que se separó del grueso del ejército con ánimo de forrajear, 
fué dispersada por las guerrillas de Lavalleja; que entonces Lecor se puso 
en retirada y Barreiro marchó en su seguimiento con el grueso de las fuer- 
zas, instalándose en el Paso de la Arena,., desde cuyo punto estrechó riguro- 
samente el sitio de la plaza. 

Lecor lanxa un decreto do exterminio contra los orientales. 

Lecor intentó vencer esta resistencia por medio del terror. De ahí su 
sensacional decreto de marzo de 1817: los prisioneros artiguistas serían con- 
siderados como salteadores de caminos y perturbadores del sosiego público; 
sus estancias serían quemadas; y sus familias serían conducidas a bordo 
de la escuadra. 


Y Pueyrredón se re obligado a protestar. 


La noticia de este bárbaro decreto llegó a Buenos Aires juntamente con 
el parte de la victoria de Chacabuco. El pueblo de la capital, estimulado por 
un acontecimiento que exaltaba su patriotismo hasta el delirio, volvió a exi- 
gir medidas contra los portugueses. Y el Director no tuvo más remedio que 
salir de su silencio. Dirigió, pues, un mensaje al Congreso de Tucumán, un 
manifiesto al país y un oficio a Lecor. 

«Los edictos, decía en el mensaje al Congreso, van a producir en los 
pueblos el efecto de exaltar los clamores, exponiendo a violentas convulsiones 
al Estado o extinguiendo su ardor patriótico toda vez que por parte del Go- 
bierno se note la menor apatía... El noble orgullo que se ha apoderado de 
todos los corazones después de la gloriosa jornada de Chacabuco, los ha 



LOS PORTUGUESES SE APODERAN DE MONTEVIDEO 


239 


hecho indóciles para contemporizar con un extranjero que ejecuta hostili- 
dades en el suelo patrio, que subyuga a nuestros hermanos y' profiere amena- 
zas en mengua del nombre americano.» 

Una revolución contra las autoridades constituidas: ¡tal era el temor 

que asaltaba a Pueyrredón! 

Véase ahora en qué forma hablaba al país acerca do la conquista por- 
tuguesa: 

«Mi tolerancia respecto de una medida verdaderamente hostil no ha 
tenido otro fundamento que la esperanza que se me había inspirado de 
que ella era dirigida a la dicha y engrandecimiento del Estado. Todos mis 
anhelos habían sido ineficaces para penetrar este misterio a que se vinculaba 
nuestra fortuna y nuestra gloria. La necesidad de contemporizar con el 
espíritu público alarmado con injuriosas sospechas contra la integridad de 
mis sentimientos, por instigaciones sediciosas, me obligó a dar pasos me- 
nos seguros para la consecución de tan importante descubrimiento; sin 
embargo, aunque en medio de bastante oscuridad llegué a comprender que 
los fines de ’la Corte vecina no eran compatibles con los de que se habían 
hecho dignos los pueblos argentinos por su constancia, valor y heroico sa- 
crificio. Para poner término a tantas incertidumbres, se hallaba en vís- 
pera de partir un enviado extraordinario a Río de Janeiro. En estas cir- 
cunstancias recibo en la noche de ayer un edicto publicado el 15 de febrero 
ppdo. por el general Lecor, cuyo contenido causará espanto^ en todas las na- 
ciones civilizadas.» 

Confesaba, pues, el Director su connivencia con los portugueses, aunque 
procuraba atenuarla «con el misterio» de la conquista, que no era tal misterio 
sino un hecho perfectamente conocido y hasta documentado en una abun- 
dantísima correspondencia diplomática en la que habían intervenido sus 
tres predecesores: Alvear, Alvarez y Balcarce. 

En el oficio a Lecor asumía Pueyrredón la defensa de los orientales. Era 
el medio de adormecer al pueblo de Buenos Aires, que sabía voltear Direc- 
torios antiartiguistas. 

«V. E. (le decía) pretende tener derecho a ese territorio por la protec- 
ción que dice dispensarle y sobre esta base cuenta con el consentimiento 
de los puntos subyugados. Los bravos orientales se han propuesto acreditar 
que las fuerzas de V. E. no son capaces de dispensar semejante protección, 
y a este efecto han emprendido sus hostilidades sobre esos mismos pueblos 
que V. E. confiesa mantener en indefección, al paso que pretende someterlos 
a su yugo. Para cubrir este vacío de poder, apela V. E. al extraño arbitrio 
de una mal entendida represalia, y' al mucho más extraño proceder aún 
de declarar salteadores de caminos a los defensores de la libertad. Aunque 
los orientales no fueran, como son, hermanos, la sola razón de vecinos auto- 
rizaría a este Gobierno para interesar todo su poder en favor de ellos por 
la infracción de un derecho que corresponde vindicar a todos los Estados 
americanos indistintamente. Pero ya he repetido a V. E. que el territorio 
oriental, sustrayéndose a la dependencia de determinados gobiernos, no 
ha pretendido romper los vínculos de una unidad moral con los demás pue- 
blos sus hermanos, con quienes protesta estrechar cada vez más sus rela- 
ciones. Los orientales sostienen su causa y la de los pueblos occidentales 
a un mismo tiempo: así es que han sido y serán constantemente auxiliados 
de esta capital hasta que V. E. desaloje el territorio de que se ha apoderado 
con violencia.» 

Don Manuel José García, el agente diplomático argentino que actuaba 
en la Corte de Río de Janeiro desde la época de Alvear, y' que había sido 
y continuaba siendo el confidente de todos los gobernantes de su país, tomó 
a lo serio las publicaciones de Pueyrredón y se apresuró a calmar así sus 
ímpetus: 

«Demos por supuesto que triunfamos de los portugueses, y que los 



ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


240 


obligamos a desalojar la Banda Oriental... Entonces el poder de Artigas apa- 
recerá con mayor ímpetu y será irresistible... Entonces habremos gastado 
nuestras fuerzas, atrasado nuestras relaciones exteriores y debilitado nues- 
tros ataques al enemigo común, no para recobrar la Banda Oriental, sino 
para robustecer a un monstruo que revolverá sus fuerzas y desgarrará las 
Provincias.» 

Estas ideas del diplomático argentino que había pactado la invasión 
portuguesa, eran las ideas de los directores Alvear, Alvarez y Balcarce, 
y continuaban siendo las del Director Puey'rredón y del Congreso de Tucu- 
mán, resueltos todos a mantener la dictadura que ejercía la oligarquía de 
Buenos Aires sobre las demás provincias y a combatir como una calamidad 
nacional el programa artiguista condensado en las Instrucciones de 1813. 

Estimulando el cíuos en el campo artiguista. 

Todas las protestas de Pueyrredón debían perderse y se perdían en el 
vacío, desde que sólo respondían al plan de impedir la insurrección nacio- 
nal encabezada por el propio pueblo de Buenos Aires. En cambio, tenían 
pleno éxito los trabajos del Director para facilitar la acción de los portu- 
gueses. 

El deán Funes, testigo presencial de los sucesos que narra y* actor en 
muchos de ellos,» al referirse a este mismo período histórico de grandes re- 
veses artiguistas en el campo de batalla, y a la vez .de energías inagotables 
de los orientales, se expresa en la forma que extractamos a continuación: 

El sentimiento de la unión con Buenos Aires se generalizaba. El Di- 
rector, en vista de ello, mandó una partida de armas a la Colonia y se puso 
al habla con Rivera, quien aceptó la mediación siempre que fuera ratificada 
por Artigas. El partido favorable a la unión contaba con Barreiro, con Bauzá 
y su Batallón de Libertos, con el comandante de artillería Ramos, con un 
cuerpo de cazadores y algunas milicias. Don Tomás García de Zúñiga, fué 
nombrado comandante' en jefe para entenderse con Buenos Aires. Rivera 
pidió entonces refuerzos a Artigas y triunfó de los demás. 

Tal es la declaración del deán Funes, adversario decidido de Artigas. 
Ella revela la existencia de una vasta conspiración de Pueyrredón encami- 
nada a producir la guerra civil en el campo de los orientales y a facilitar, 
en consecuencia, la conquista portuguesa; y de una conjuración que tuvo 
efectos terribles para Artigas, aunque sin conducir al anonadamiento com- 
pleto que perseguía el Directorio. 

Nos referimos a la deserción del Batallón de Libertos, de que era jefe 
el coronel Bauzá, uno de los conjurados, según el deán Funes. He aquí sus 
antecedentes: 

A mediados de mayo de 1817 hubo una junta de jefes y* oficiales en 
Santa Lucía Grande, «con el fin de deliberar lo más análogo a los votos que 
hemos expresado por la unión de esta Provincia con las demás del conti- 
nente americano». 

Así reza el encabezamiento del ^cta en que los conjurados destituyen al 
comandante general de la vanguardia don Fructuoso Rivera, «por falta de 
la debida reciprocidad y confianza», y nombran en su lugar a don Tomás 
García de Zúñiga, «en quien concurren, además del sufragio general, las 
cualidades más recomendables». 

Pocos meses después de esa junta de guerra que concuerda perfecta- 
mente con los trabajos de Puey'rredón a que hace referencia el deán Funes, 
el coronel Bauzá se embarcaba para Buenos Aires con su Batallón de Li- 
bertos. 

El almirante Sena Pereyra que comandaba el buque encargado del 
transporte de la tropa a Buenos Aires, ha descrito así este episodio de la con- 
nivencia del Directorio con la conquista portuguesa: 



LOS PORTUGUESES SE APODERAN DE MONTEVIDEO 


241 


De acuerdo con las comunicaciones entre el general Lecor y su asesor 
oficial don Nicolás Herrera con Rufino Bauza y don Manuel Oribe, el ba- 
tallón de artillería, su tren, cañones y armamento, fueron recibidos en Mon- 
tevideo por el ejército portugués en día y' hora determinados y embarcados 
en seguida con destino a Buenos Aires bajo el compromiso de no pelear con- 
tra las armas imperiales. Mientras se preparaba el embarque se trató de 
persuadir a los jefes y oficiales de la conveniencia de quedarse en la plaza. 
«Pero la pertinacia de don Manuel Oribe, mancebo de un carácter imperioso 
y ardiente, frustró todos los medios». Durante la travesía explicaron Bauza 
y Oribe su deserción en esta forma: 

«Que no queriendo servir a las órdenes de un tirano que vencedor re- 
duciría el país a la feroz barbarie, y vencido, lo abandonaría al extranjero, 
a lo que ellos ni patriota alguno debían sujetarse, echaron mano de un úl- 
timo recurso que al mismo tiempo salvase su honor y' su patriotismo.» 

Barreiro quedó envuelto en la conjuración encabezada por don Tomás 
García de Zúñiga, o por lo menos fué arrestado y procesado por orden de 
Artigas, según declara el coronel Cáceres que intervenía como secretario 
en el proceso. 

A fines de febrero de 1817 escribía Pueyrredón a San Martín: 

«De Artigas nada sé, sino que estaba en el Hervidero haciendo nuevas 
reuniones para hacer sin duda huevos sacrificios. Me estoy entendiendo 
con Frutos Rivera.» 

Algunos meses después procuró entenderse también con Otorgués, quien 
al principio cayó en la celada, según lo revela este párrafo de un oficio a 
Pueyrredón, datado en agosto: 

«Por acá están tomadas todas las medidas que faciliten . el acierto. El 
objeto es obligar a don José Artigas a que oiga el clamor general.» 

La deserción del Batallón de Libertos, único resultado práctico de es- 
tas maniobras, obtenido en octubre del mismo año, debilitó grandemente el 
sitio de Montevideo: eran 600 soldados veteranos, con el único tren de ar- 
tillería que había podido organizar el exhausto parque artiguista. Pero no 
rompió la línea sitiadora, y como consecuencia de ello los dos grandes ejér- 
citos portugueses que actuaban en la frontera y en Montevideo siguieron 
incomunicados, tan absolutamente incomunicados, que un año y medio des- 
pués de la capitulación de Montevideo ¡todavía el marqués de Alegrete y el 
general Curado ignoraban dónde estaba el ejército de Lecor! 

Pueyrredón franquea a la escuadrilla portuguesa la entrada al río Uruguay. 

No pudiendo abrirse paso por tierra, resolvió finalmente Lecor organi- 
zar una escuadrilla al mando de Sena Pereyra. 

Había que pasar por el canal de Martín García y el oficial de marina 
Barrozo Pereyra se trasladó a Buenos Aires en busca de autorización, la que 
le fué concedida en el acto. 

«En las conferencias habidas con Barrozo, parecía que el Gobierno de 
Buenos Aires marchaba de acuerdo con el general Lecor en todo lo que te- 
nía relación con la destrucción de Artigas y nuestra ocupación pacífica», 
dice el almirante Sena Pereyra. 

Aunque Buenos Aires, agrega, juzgaba que Montevideo forma parte in- 
tegrante de su territorio y destacó en diversas oportunidades misiones a 
cargo del coronel Vedia y de otras personas, el hecho es que siempre pro- 
testaron «los emisarios al general Lecor y el mismo Director a Barrozo que 
tal proceder nada tenía de positivo, siendo su único objeto tranquilizar a las 
Provincias del interior, inquietas por nuestra proximidad y por los continua- 
dos triunfos adquiridos por nuestras armas». 

De esta forma especial de la connivencia de Puey'rredón con Lecor, es- 
taba instruido Artigas desde meses atrás por cuatro marinos portugueses 



242 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


aprisionados en la costa del San Salvador, quienes declararon ante el Alcalde 
que del puerto de Montevideo habían salido varias balandras armadas, rumbo 
al Paraná, con licencia expresa del Gobierno de Buenos Aires, y que al en- 
frentarse a Martín García el comandante había pasado a cumplimentar al jefe 
argentino que estaba allí de apostadero, reanudando en seguida el viaje río 
arriba. Así lo decía don Bonifacio Gadea a Artigas en oficio datado en sep- 
tiembre de 1817. 

Gracias al Directorio, los dos ejércitos portugueses se ponen al habla. 

Según* Sena Pereyra, en mayo de 1818 la escuadrilla portuguesa re- 
montó el río Uruguay «para abrir comunicaciones con el ejército del general 
Curado». Al llegar al paso de Vera hubo necesidad de contestar el cañoneo 
de una batería situada en la costa entrerriana, y poco después apareció en 
la margen oriental una fuerza portuguesa al mando de Bentos Manuel, la 
cual cruzó el río, apresó las baterías y las embarcaciones que allí estaban y 
regresó con mucho botín y bastantes prisioneros. 

Hubo verdadero regocijo en el cuartel general de Curado, agrega, al 
tenerse noticia de la victoria de India Muerta, de la capitulación de Monte- 
video y de la deserción del batallón de artillería de Artigas, con su jefe Bauzá 
a la cabeza. 

Cuando la escuadrilla estuvo de regreso en el puerto de Montevideo, 
termina el almirante Sena Pereyra, y recibió Lecor noticias acerca del estado 
del ejército de Curado y de les prisioneros que había en su campamento, 
entre los cuales figuraba Lavalleja, «grande fué el regocijo público y un 
entusiasmo general se manifestó en todas las clases, formándose desde enton- 
ces una fuerte opinión para abrirse luego la campaña y acabar de una vez 
con el enemigo». 

De cestos datos resulta que recién en mayo de 1818 supo Curado, por 
boca de Sena Pereyra, el triunfo de India Muerta alcanzado por Lecor en 
noviembre de 1816, y que hasta el momento en que Pueyrredón franqueó 
el canal de Martín García a la escuadrilla portuguesa, Lecor en Montevideo 
y Curado en la frontera, sólo eran dueños del terreno que materialmente 
pisaban, y que todo lo demás pertenecía a los orientales! 


★ ★ 



CAPITULO XXIX 


ARTIGAS VUELVE A LLEVAR LA GUERRA A RIO GRANDE 
Y ORGANIZA EL EJERCITO CONTRA BUENOS AIRES 


Por qué los portugueses retrocedieron después de la batalla del Catalán. 


A pesar de sus victorias de Santa Ana, San Borja, Ybiraocay, Carumbé, 
India Muerta, Arapey y Catalán, los dos grandes ejércitos portugueses ha- 
bían quedado, pues, inmovilizados en sus respectivos cuarteles y campa- 
mentos de Montevideo y de la frontera; 

El marqués de Alegrete, Gobernador de Río Grande y General en Jefe 
de los portugueses en la batalla del Catalán, explicaba así en 30 de marzo 
de 1817 al Ministro conde da Barca, el motivo de su retroceso a la frontera 
a raíz de la victoria alcanzada: 

E*1 ejército portugués empezó a seguir la misma dirección que llevaban 
los orientales derrotados, y eso obligó a Artigas a transportar a la costa 
argentina las familias, las reservas de municiones, los ganados y las caba- 
lladas, «quedando yo, entonces, persuadido de que el enemigo no me espe- 
raría y que evacuaría al lado oriental del Uruguay». Pero al tercer día de 
haber apurado las marchas, llegaron noticias de que los orientales habían 
reconquistado Santa Teresa y Cerro Largo e interceptado las comunicaciones 
«entre esta Capitanía y todos los cuerpos al mando del teniente general Car- 
los Federico Lecor, amenazando el importante punto de Basé, mal guarnecido». 

En vista de ello, concluía el marqués de Alegrete, hubo una Junta de 
oficiales, y quedó resuelto la suspensión de la marcha. 

Habla el coronel Cáceres de la espantosa miseria en que vivían los sol- 
dados orientales. 

«Sin embargo, estos hombres eran tan constantes y tan entusiastas que 
el que salvaba de tan frecuentes derrotas procuraba luego a Artigas para 
incorporarse y continuar en el servicio.» 

«En su tránsito por Corrientes y Misiones salían los indios a pedirle le 
bendición y seguían con sus familias e hijos en procesión detrás de él, aban- 
donando sus hogares.» 

Tal era la fuerza inmensamente prestigiosa ante la que se intimidaba 
el vencedor de Catalán, y que daba pie al mismo Artigas para decirle al 
Gobernador Vera, de Santa Fe, al acusar recibo de algunos útiles de guerra, 
en febrero de 1817: 

«Ellos tendrán el uso que corresponde desde que a pesar de los con- 
trastes, nuestros esfuerzos serán siempre enérgicos y sostenidos. Yo me hallo 
con más de tres mil hombres reunidos y no será tan fácil al enemigo adelantar 
sus proyectos impunemente. Él toca la imposibilidad de nuestra obstinación 
y vigorosos encuentros. Teme con razón el furor de los hombres libres y 
al pasar la frontera debe creer sea nuestra resistencia más uniforme y 
empeñosa.» 

«La suerte nos ha desairado, pero ella podrá cansarse de sernos ingrata.» 



244 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


La segunda contrainvasión de Artigas. 

Pero Artigas no se resignaba a tener inmovilizados a los portugueses 
ni tampoco aceptaba la guerra de recursos, que era la ruina absoluta de lí 
campaña uruguaya. 

En mayo de 1819 resolvió, pues, repetir el plan de contrainvasión qu 
le había fracasado en septiembre de 1816. Sin mayor éxito, desgraciada 
mente, porque de nuevo sus comunicaciones cayeron en manos del enemigi 
y de nuevo en vez de sorprender fué sorprendido. Entre las comunicacione 
secuestradas por los destacamentos portugueses, figuraba un oficio en qu< 
Artigas anunciaba su marcha a la frontera para entrar en Santa Ana a 
mismo tiempo que Andresito penetraría en las Misiones orientales. 

«Yo no pienso descansar, decía Artigas a Andresito. Si ellos acudiera] 
también a este punto en razón de hallarse usted ya de este lado, no se alarme 
que mis movimientos serán rápidos al mismo tiempo que usted penetra ei 
los pueblos de arriba. Lo que interesa es que el teniente Caíré apresun 
su entrada por el Ibicuy, a ver si logramos reunir las dos divisiones par; 
marchar si fuera posible hasta Santa María. Para mí es indudable que s 
los portugueses se ven estrechados en su territorio, Curado volverá al con 
tinente.» 

Un cronista portugués, el mayor Augusto Fausto de Souza, describe as 
la segunda contrainvasión: 

«El nuevo plan de Artigas iniciado ahora por las operaciones de Andre 
sito, era tan audaz y bien concebido como el anterior. Andrés al invadir lai 
Misiones por el Norte atraería hacia ese lado las fuerzas brasileñas y la¡ 
iría entreteniendo con algunas guerrillas, a la vez que el caudillo con e 
grueso de la división siguiendo por la Sierra de San Martinho, iría a sorprende] 
al general Patricio Cámara en Santa María da Boca do Monte; y por un golpe 
de mano asolaría el río Pardo, Cachoeira, Trumpho y proximidades de Porte 
Alegre; marcharía a reunirse al jefe Manuel Cairé, quien a esa fecha pasaría 
el Ibicuy; y ambos irían a incorporarse al ejército de don José Artigas, entre 
Lunarejo y Santa Ana, a ( fin de caer sobre' las fuerzas del general Curado 
con grandes probabilidades de éxito.» 

«Por fortuna nuestra, habiendo el capitán Bentos Gonzálvez da Silva 
batido y aprisionado el 6 de mayo al famoso coronel Otorgués, sufrió serios 
trastornos la correspondencia entre los caudillos, quedando Andresito luego 
de ocupados los pueblos de arriba indeciso acerca de lo que debía hacer.» 

Como resultado del secuestro de la correspondencia, Anresito fué batido 
por los portugueses, y luego aprisionado, martirizado y remitido a una forta- 
leza de Río de Janeiro, donde murió. 

«Yo vengo a ampararos, yo vengo a buscaros porque sois mis seme- 
jantes y hermanos, yo vengo a romper las cadenas de la tiranía portuguesa, 
yo vengo, por fin, a daros lo que los portugueses os han quitado desde el 
año de 1801 por causa de las intrigas españolas.» 

Tal era uno de los párrafos de la proclama de Andresito a los pueblos 
de Misiones donde había llevado la simiente de las Instrucciones de 1813, 
en la esperanza de constituir una provincia autónoma, dentro de las Provincias 
Unidas del Río de la Plata, con todos los indígenas diseminados a una y otra 
margen del río Uruguay. 

El último y glorioso esfuerzo. 

Dos de los grades tenientes de Artigas habían sido batidos en el curso 
de esta segunda invasión y sufrían el martirio en las cárceles portuguesas. 

Sólo quedaban fuerzas aisladas que, aunque todavía oponían harreras 



ARTIGAS ATACA A RÍO GRANDE Y SE PREPARA CONTRA ROENOS AIRES 245 


formidables al movimiento de los ejércitos portugueses, dueños ya de pueblos 
y zonas importantes, no permitían tomar la ofensiva y la ofensiva era la base 
predilecta de las operaciones artiguistas. 

Otro jefe cualquiera, el más grande de su época, se habría sometido a 
la fatalidad de los sucesos. 

Pero Artigas no podía someterse a la fatalidad de los sucesos mientras 
estuviera rodeado de un centenar de hombres, porque tenía la obsesión de 
la victoria final, y porque como apóstol de un gran programa político estaba 
resuelto a no arrollar su bandera. 

Su último esfuerzo tenía que ser digno de la gigantesca lucha en que 
estaba comprometido contra la conquista portuguesa y contra las autori- 
dades de Buenos Aires que habían provocado esa conquista y que la ayudaban 
en toda forma. 

Resolvió, pues, organizar las fuerzas de las provincias argentinas de su 
Protectorado para voltear al Director Pueyrredón y al Congreso de Tucumán, 
y reorganizar los restos de las fuerzas orientales para llevar por tercera vez 
el teatro de la guerra a territorio enemigo, doble plan que respondía a una 
sola y exclusiva idea directriz, la vieja idea directriz, causa de la lucha con 
Buenos Aires y de la conquista portuguesa: la reorganización de las Provin- 
cias Unidas del Río de la Plata a base de una carta federal calcada en el 
modelo de la Constitución de los E’stados Unidos de Norteamérica. 

Sigamos, pues, la evolución de esos dos movimientos finales que tan 
diverso éxito debían alcanzar: el triunfo del federalismo en Buenos Aires, 
con el derrumbe del Directorio y del Congreso de Tucumán, y la derrota de 
Artigas en su contienda contra los portugueses. 


¥ + 


V 



CAPITULO XXX 


* 


ARTICAS EH DERROTADO POIt LOH PC > IIT ITCAl’ EHE8 
PEltO TRIUNFA EN IHJENOH AIRES 


Artigan prepara el movimiento federal contra Buchón Aires, 

Desdo fin oh do 1818 y un todo oi curso de 1819 procuró Artiga» unifica 
la» fuerzas do las Provincias do su Protectorado para llevarlas sobre Bueno 
Aires, considerando, y con razón, que el Directorio y el Congreso constituía! 
(‘I grande apoyo do los portugueses y el único obstáculo a la organlzaelói 
republicana del Ufo do la Plata. 

Al Cabildo de Santa Fe lo hablaba así en noviembre de 1818 de 1 
acción conjunta de los (í oblemos do Buenos Aires y del Brasil: 

«Ellos han apurado sus recursos para echar el último resto sobre San ti 
Fe y los primeros ensayos en Fraile Muerto han manifestado que el brilh 
del poder se eclipsa por el brillo de la justicia. Los portugueses tienen Igua 
suerte on nuestra Provincia; yn no tratan de conquistar sino de conservarse 
su inacción es igual en todas parles. Han ganado las costas atrincherándose 
En consecuencia, creo que es llegarlo el caso de correrse el velo y que lo 
pueblos cumplan con su deber. Santa Fe ha dado un ejemplo. El bastan 
para arrastrar tras de sf el entusiasmo de los demás. Roto ese extremo d< 
la combinación, los portugueses desmayarán en su empresa. En unión coi 
Buenos Aires no han podido lograr su proyecto después do /los años y medir 
de guerra, ¿cómo podrán asegurarlo solos, intimidados y cada día más débiles' 
Espero (íuo V. S., animado de los más generoso» sentimientos en favor de h 
Provincia y do la causa común, quiera elevarlos al conocimiento de las demás. 

En una. segunda nota de febrero siguiente, expresaba Artigas al misirn 
Cabildo do Santa Fe que el año 1819 era el indicado para descorrer el volt 
do la conjuración tramada por los dos gobiernos, y agregaba refiriéndose \ 
Buenos Aires: 

«Ella se ha constituido on árbitra de sí misma y de las demás, abusanth 
del nombro sagrado de los pueblos, no para aliviar su opresión, sino nnn 
reagravarla. V. S. mismo, habrá oído decir que los pueblos aún laboran or 
ignorancia; que aún no tienen un juicio prematuro para sancionar sus dore 
chos, ni la edad suficiente para su emancipación. (Ton que en suma, nuestra 
suerte será la de los africanos, que por su ignorancia viven sujetos al per- 
petuo y duro yugo de la esclavitud. Los pueblo» no tienen más derecho* 
que los que, quiere concederlos Buenos Aires, ni otra emancipación que estar 
bajo su tutela. Para mí nuda más lisonjero que los pueblos expresen su 
voluntad, pero no por los trámites del Congreso de Tucumán, cuyos resul- 
tados hace tros años lloramos.» 

En diciembre de ISIS felicitaba al (Sobornador López, de Santa Fe, por 
babor triunfado en Fraile Muerto sobro las tropas que el Directorio había 
vuelto a lanzar contra esa provincia heroica, y agregaba con relación ai 
dóblenlo de Buenos Aires. 

«Muy lejos do atender a las Incursiones del portugués, que atenta sobro 
nuestra dignidad y derecho, se empeña solamente en destruir aquellos pueblos 
que sostienen la patria con honor y derraman la sangre por verse libres do 
tiranos. Sin duda es nuestro delito y él ha avivado la expedición sobro Santa 



247 


ARTIGAS DERROTADO POR I.OS PORTUGUESES, TRIUNFA EN BUENOS AIRES 


Fe. La sangre americana ha sido derramada para sacudir el yugo infame 
del opresor español, ¿con qué derecho pretende ahora entregarnos a manos 
del portugués? Este delito nacional ya no puede ocultarse: se ve precisado 
a la realización de su compromiso: se halla en descubierto; y las provincias 
son el blanco con que pretende cubrirse: finge motivos, prepara expediciones 
y muy lejos de alarmar al espíritu público contra el portugués invasor, es 
todo su empeño complicar los momentos y envolver las Provincias de la confe- 
deración en su ruina. Por lo mismo, sea todo el empeño de V. S. recordar 
a las Provincias el deber sagrado que les insta de perseguir a sus opresores 
y no a sus hermanos. Ellas deben reconocer que habiendo sido violados sus 
derechos y los de la Nación, son los jueces para residenciar al Gobierno de 
Buenos Aires y Soberano Poder Representante. Ya no es posible ocultar 
los hechos: ellos llevan estampados el sello de nuestra dignidad: reunamos 
nuestros esfuerzos hasta dar a la Patria un día de gloria y a las Provincias 
el goce de su libertad.» 

«V. S., aniihado del mejor celo para el contrarresto de tan inicuos 
opresores, no debe perdonar sacrificio para adelantar un paso hacia los 
pueblos hermanos y convocándolos a una reunión general activar los inte- 
reses de la guerra contra la liga de Buenos Aires y el Brasil.» 

En un nuevo oficio al Gobernador de Santa Fe, datado también en 
diciembre de ISIS, daba Artigas instrucciones para promover el levanta- 
miento de la campaña de Buenos Aires: 

«Debe perseguirse a Balcarce y su ejército devorador, hasta obligarlo a 
salir de la jurisdicción de los Arroyos; de allí no deben pasar nuestras avan- 
zadas; de allí sólo debe estimularse la campaña de Buenos Aires y compro- 
meter su vecindario por la unión, estimulándolo con mi proclamación.» 

Y en otro anunciaba al Gobernador López el envío de tropas para auxi- 
liar a Santa Fe y también a Córdoba «con las instrucciones competentes para 
libertar a esta Provincia de la dominación porteña y entusiasmarla dirigién- 
dole mis proclamaciones»; y concluía así: 

«No hay remedio, es llegado el día de confusión para Buenos Aires y 
en que los pueblos deben asegurar su futuro destino sobre la sólida base de 
la inviolabilidad de sus derechos.» 


El programa del movimiento federal. 

Estos oficios, restos dispersos de una activísima correspondencia de 
Artigas desaparecida en gran parte, denuncian los grandes lincamientos del 
plan que trazaba el Protector de los Pueblos Libres a fines de 1818 y co- 
mienzos de 1819. 

Formulando el proceso de la oligarquía de Buenos Aires, decía, pues, que 
ella había atraído a los portugueses; que los ayudaba mediante el concurso 
de los ejércitos nacionales; que mantenía las provincias bajo una férrea 
dictadura a título de su ignorancia, que era también la razón en que se asen- 
taba la trata de negros de Africa. 

Para contrarrestar esas dos grandes calamidades: la conquista extran- 
jera y la esclavitud interna, procuraba Artigas reunir en una sola aspiración 
a todas las provincias, sin excluir la campaña de Buenos Aires, y proponía 
como fórmula de agrupación de fuerzas un gran Congreso que entablaría jui- 
cio de responsabilidad al Director Pueyrredón y al Congreso de Tucumán, al 
Congreso de Tucumán «cuyos resultados hace tres años lloramos», exclamaba 
Artigas, recapitulando en esa frase el largo proceso parlamentario que em- 
pieza con la conquista portuguesa y que remata con el proyecto de coronación 
del príncipe de Lúea, enlazado con una princesa de la misma familia real 
conquistadora. 



248 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


Artigáis da las últimas instrucciones a su teniente Ramírez. 

El trabajo de reorganización de fuerzas contra el Directorio y el Co] 
greso de Tucumán continuó durante todo el año 1819. 

En agosto trasmitía Artigas al comandante Ramírez, el jefe de mi 
alta jerarquía de la Provincia de Entre Ríos, varias informaciones procedente 
de Buenos Aires, y le decía: 

«Yo no dudo que al repaso de una fuerza al otro lado del Paraná, 1< 
porteños se verán en conflicto, y por uno u otro medio «serán obligados 
romper esa liga vergonzosa con los portugueses. Asegurado ese paso, h 
demás vendrán a su turno. Para realizarlo espero el contesto de Santa Fe. . 
Yo por momentos espero el contesto de Sotelo y marchar al Cambay. De al 
o de aquí avisaré inmediatamente lo preciso conforme al plan que le ten§ 
comunicado. No estará de más que usted vaya escribiendo por caballadas 
algunos amigos de la otra banda del Paraná, y que se vaya alarmando 
campaña, que es lo que más interesa tener siempre favorable y mirar a s 
vecindario con la debida consideración.» 

Cae Pueyrredón y ocupr# su lugar Rondeau. 

Pueyrredón, que debía estar al corriente del vasto plan de Artigas, reso 
vió eliminarse del escenario político. 

A mediados de 1819 renunció el cargo de Director de las Provincia 
Unidas y fué reemplazado por el general Rondeau, quien en el acto despacb 
emisarios al campamento de Artigas, aparentemente para gestionar su coi 
curso contra los españoles, pero en realidad con el propósito de conjurar ] 
tormenta interna próxima a desencadenarse. 

«Empiece usted — contestó Artigas — a desmentir esas ideas mezquina 
de su predecesor y a inspirar la confianza pública: empiece usted con i 
rompimiento con los portugueses y este paso afianzará la seguridad de le 
otros. Nuestra unión es el mejor escudo contra toda y cualquier especie d 
coalición. Empecemos por el que tenemos enfrente, y la expedición español 
hallará en la ruina de los portugueses el mérito de su desengaño.» 

La connivencia de Rondeau con los portugueses. 

La declaración de guerra al Brasil: tal era la base indeclinable par 
Artigas, quien con razón juzgaba que sólo así podía iniciarse una reacció 
radical contra la política de que emanaban la conquista de la Provincia Orien 
tal y el estado de permanente guerra civil en las provincias de su Protectorado 

Era absurdo, en efecto, que se gestionara su concurso contra la expe 
dición española, al mismo tiempo que se le remachaban los grillos de la con 
quista portuguesa. 

Cuando Artigas formulaba esa base única de pacificación, ya había tenidi 
amplia publicidad en el Río de la Plata un oficio de Rondeau a Lecor reca 
bando el envío de tropas a la Provincia de Entre Ríos para actuar en combi 
nación con las de San Martín que marcharían contra Santa Fe, atacándose 
así al artiguismo simultáneamente en sus dos principales focos de energía 

Rondeau tachó de apócrifo ese documento datado el 2 de febrero de 1819 
Pero que era auténtico resulta de otro oficio suyo a don Manuel José García 
agente diplomático argentino ante la Corte de Río de Janeiro, del 31 d< 
octubre del mismo año, cuando ya las fuerzas de Artigas se ponían en marcha 
sobre Buenos Aires. Habla de las vacilaciones de Lecor para entrar con suí 
ejércitos en las provincias argentinas, por falta de instrucciones de su Go- 
bierno; y agrega: 

«Bajo este concepto es de necesidad absoluta que trate V. S. de obtenei 



artigas derrotado por los portugueses, triunfa en buenos aires 249 


de ese gabinete órdenes terminantes al barón, para que cargue con sus tropas 
y aún la escuadrilla sobre el Entre Ríos y el Paraná, y obre en combinación 
con nuestras fuerzas, debiéndose sí guardar la condición precisa de que sólo 
hayan de ocupar aquellos puntos mientras este Gobierno se pone en aptitud 
de hacerlo, o más bien que habrán de dejarlos libres luego que se les pidan 
por el Gobierno.» 


San Martín y Belgrano ante el ejército artiguista. 

Pero los acontecimientos apuraban; no era posible aguardar la res- 
puesta de Río de Janeiro; t el Director Rondeau tuvo que echar mano de 
los ejércitos que comandaban San Martín y Belgrano, las dos figuras más 
grandes de la independencia argentina. 

El primero se preparaba para libertar al Perú cuando recibió la orden 
de retrogradar a Buenos Aires. Pero lejos de cumplirla prosiguió tranquila y 
resueltamente su tarea, desacatando al Ministro de la Guerra, general Iri- 
goyen. 

San Martín explicó así su actitud, algunos meses después, al abrir su 
gloriosa marcha contra los españoles: 

«Compatriotas: Yo os dejo con el profundo sentimiento que causa la 

perspectiva de vuestras desgracias: vosotros me habéis acriminado aún de no 
haber contribuido a aumentarlas, porque este habría sido el resultado si yo 
hubiera tomado una parte activa en la guerra contra los federalistas; mi 
ejército era el único que conservaba su moral, y lo exponía a perderla abriendo 
una campaña en que el ejemplo de la licencia armase mis tropas contra el 
orden. En tal caso era preciso renunciar a la empresa de libertar el Perú, 
y suponiendo que la suerte de las armas me hubiera sido favorable en la 
guerra civil, yo habría tenido que llorar la victoria con los mismos vencidos. 
No; el general San Martín jamás derramará la sangre de sus compatriotas, y 
sólo desenvainará la espada contra los enemigos de la independencia de 
América.» 

Ya desde marzo de 1819, cuando las tropas de Santa Fe tenían que 
contrarrestar a las de Buenos Aires, San Martín se había dirigido a Artigas 
en iguales términos: 

«No puedo ni debo analizar las causas de esta guerra entre hermanos 
americanos. Pero sean cuales fueran las causas, creo que debemos cortar toda 
diferencia y dedicarnos a la destrucción de nuestros crueles enemigos los 
españoles, quedándonos tiempo para transar nuestras desavenencias sin que 
haya un tercero en discordia que pueda aprovecharse de estas críticas circuns- 
tancias. Mi sable jamás se sacará de la vaina por opiniones políticas, como 
éstas no sean en favor de los españoles o sus dependencias.» 

Belgrano, en cambio, mucho más apegado a la disciplina militar, acató 
la orden del Gobierno de Buenos Aires y se puso en marcha hacia el teatro 
de la guerra civil. Pero ¡cuántos sufrimientos morales le esperaban! 

Sintetizando sus impresiones escribía al Director en abril de 1819: 

«Es urgente concluir esta desastrosa guerra de cualquier modo. Todo 
es desolación y miseria: las casas abandonadas, las familias fugitivas o arras- 
tradas, los campos desiertos de ganados y caballos, todo, en fin, invadido de 
hombres que se han destinado a una guerra de las más terribles que pueden 
presentarse. El ejército que mando no puede acabarla; es un imposible; 
podrá contener de algún modo; pero ponerle fin, no lo alcanzo sino por un 
avenimiento.» 

Al aproximarse al Rosario pidió al Gobierno recursos con destino a 
sus tropas que estaban desnudas y hambrientas, y ese pedido tan justo le 
valió un reproche que es todo un proceso de la política imperante. 

«Los orientales, decía el Gobierno, nos han hecho ventajosamente la 



250 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


guerra, porque no pagan a sus tropas, ni satisfacen el preci 
que arrebatan para su subsistencia. Sin embarco, cuentan 
aquel territorio, a los que obligan con el terrorismo a llena 
La réplica de Belgrano constituye el mejor elogio del 
«Tampoco deben los orientales al terrorismo la gente 
ni las victorias que los anarquistas han conseguido contra las 
Aquélla se les ha aumentado y les sigue por la indisciplina d 
y los excesos horrorosos que han cometido haciendo odioso 
de la patria.» 

Tuvo que dimitir Belgrano, a la mitad de la jornada, ] 
de su salud. Y gracias a ello, no presenció la sublevación < 
causas que el general Paz, uno de los jefes del motín, expl 
«Que se culpaba a las autoridades de Buenos Aires de 
de violar la Constitución que acababa de jurarse, y de pugm 
de una monarquía!» 

El ejército artiguista en marcha hacia Buenos Aires. 

De acuerdo con el plan de Artigas, las fuerzas de Ehtr< 
Fe pusiéronse en marcha sobre Buenos Aires en octubr 
derrumbar al Directorio y al Congreso de Tucumán. 

La proclama del jefe entrerriano Ramírez, terminaba c 
a sus compatriotas «para arrojar del mando a los déspot; 
igualdad civil entre los pueblos y ciudadanos, y fuertes en 
con el ambicioso portugués y con los restos de la impotenc 
El Gobernador López, de Santa Fe, invitaba en su pr 
de Córdoba a concurrir con sus huestes guerreras al mo^ 
promesa de arrancar esa Provincia de manos de sus opresor 
a todos «los más felices resultados y la protección invenc 
Artigas, vencedor de riesgos y minador de bases de toda t 
que cual otro Hércules dividiría con la espada sus siete cab 
E’l ejército iba al mando de Ramírez, por su calidad 
recto de Artigas, como que en el lenguaje oficial de la é 
Corrientes y Misiones formaban parte integrante de la Bar 

Artigas reanuda a la vez su ofensiva contra* los portuguese 

Artigas a su turno se puso en marcha hacia la fronter; 
intentando por tercera vez el traslado de la guerra a territo 
A mediados de noviembre de 1819 exponía sus ideas 
estos términos que extractamos del oficio dirigido al comam 
cha, don Felipe Duarte: 

Las tropas inactivas del cuartel general consumen muc 
la Provincia. Al llevarlas a territorio portugués, se obtiene 
de consumir ganados del enemigo y de obligar a los invas 
defensa de sus propios intereses. 

Todas las otras fuerzas deben mantenerse en sus pueste 
de las divisiones portuguesas. 

«Es preciso que cada legua que avance el enemigo 
trabajo y mucha sangre.» 

«Usted es el encargado de ese punto y el solo responsa' 
ciones: estoy cierto que un empeño común debe poner tér 
desgracias en este verano.» 

Al mismo tiempo escribía al Cábildo de Canelones: 

«Los recursos se consumen: y el número de tropas qu( 
no es fácil sostenerlo sin mucho detrimento de los intereses na 



ARTIGAS DERROTADO POR LOS PORTUGUESES, TRIUNFA EN RUENOS AIRES 


251 


vincia. Por lo mismo lie resuelto marchen estas tropas, dejando los demás 
puntos cubiertos y fiados al desempeño de los respectivos comandantes.» 

«Todos de acuerdo podemos dar un día grande a la patria y superar 
las dificultades que hasta hoy han hecho inútiles nuestros esfuerzos.» 

Pero después de dos victorias, es derrotado en Tacuarembó. 

Cuando Artigas resolvía así trasladar por tercera vez el teatro de la 
guerra a Río Grande, los dos grandes ejércitos portugueses sufrían los rigores 
de un verdadero sitio. i 

Lecor permanecía encerrado en Montevideo al abrigo de las fortalezas 
y de la famosa zanja que se extendía desde la barra del Santa Lucía hasta 
el Buceo, con reductos artillados en toda su extensión. 

Y el general Curado, que había conseguido avanzar hasta el Rincón de 
Haedo, costeando el río Uruguay al amparo de los cañones de la escuadrilla 
de Sena Pereyra, no gozaba de mayores libertades. Véase, efectivamente, 
lo que dice en su Memoria el almirante Sena Pereira: 

«Fué el Rincón de Haedo convertido en un verdadero punto militar: se 
cerró la entrada con grandes árboles; se abrió por un lado de ésta un ancho 
y profundo foso; y se levantó un campamento regular.» 

Las circunstancias parecían, pues, favorables para la contrainvasión. 
Pero una vez más la correspondencia de Artigas fué interceptada por los 
destacamentos portugueses, según se infiere de un oficio del conde de Fi- 
gueira, Gobernador de Río Grande, datado en diciembre de 1819, acerca del 
conocimiento anticipado que tuvo ,del avance de Artigas y de las medidas 
precaucionales que le fué dado adoptar para repeler el ataque. 

Marchaba, pues, Artigas, contra fuerzas que estaban sobreaviso y que 
disponían de toda suerte, de elementos bélicos para combatirlo. 

Asimismo consiguió el 14 de diciembre de 1819 una sonada victoria 
contra las fuerzas del general Abreu, la victoria de Ybirapuitán, en terri- 
torio portugués; y con igual éxito atacó a los generales Abreu y Cámara 
en el paso del Rosario y en el Ibicuy-Guazú. 

Pero marchó en ayuda de los atacados el conde de Figueira y entonces 
se vió obligado Artigas a evacuar el territorio enemigo y a dirigirse a las 
nacientes del Tacuarembó, donde libró su última y sangrienta batalla el 22 
de enero de 1820. 

Según el parte oficial del conde Figueira, el ejército de Artigas, fuerte 
de 2,500 hombres, tuvo 800 muertos y 15 heridos, desproporción horrible 
que denuncia la verdadera carnicería a que se entregaron los portugueses en 
el campo de batalla. 

La campaña oriental se somete a los portugueses. 

Pocas semanas antes de la batalla de Tacuarembó el Cabildo de Monte- 
video había iniciado y concluido negociaciones para el sometimiento al domi- 
nio portugués de varios jefes, oficiales y soldados de las zonas próximas a la 
capital, bajo la promesa de conservarles la organización que tenían. Toda 
la división de Canelones, con sus jefes y oficiales a la cabeza, coronel Candia, 
comandante del Pino, capitán López y tenientes Burgueño, Figueredo y Casa- 
valle, fué incorporada así al ejército portugués. 

Después de Tacuarembó los comisionados del Cabildo gestionaron y 
obtuvieron el sometimiento del coronel Fructuoso Rivera, el jefe de más vali- 
mento que le quedaba a Artigas. 

A principios de marzo de 1820 anunciaba Rivera al Cabildo que se po- 
nía en marcha rumbo a Canelones para hacer efectivo su compromiso. 

«Desde el momento en que determiné reconocer al Gobierno de la capital 



252 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


como autoridad del país (decía), nada más consulta 
total de la anarquía y el restablecimiento de la tran< 
pre que el Excelentísimo Cabildo era el autor de tan 
presa, inspirada sin duda por los sentimientos más i 
Expresó en otro oficio que durante el curso del ai 
diaban, con la mediación del Cabildo, las proposición* 
en su campamento una fuerza portuguesa al mando 
intimarle el reconocimiento del Gobierno de Lecor; 
habría podido retirarse y continuar las hostilidades 
cerlo en el deseo de evitar los males que produciría 
Según el almirante Sena Pereyra, cuando Art 
después de Tacuarembó, Rivera, desacatando la oí 
su jefe, se internó al frente de 200 hombres en dire 
esas circunstancias marchó a su encuentro Bentos 
forzarlo a combatir o negociar, pudiendo realizarse es 
ción de don Julián Espinosa. 

El conde de Figueira, vencedor de Tacuaremb* 
sus comunicaciones oficiales que Rivera desacató, s< 
lidades, la orden de Articas; licenció la mayor parte 
gradó al frente de una columna de cien hombres C( 
porque de otro modo no habría hecho el licenciamiei 
Afirma a su vez el coronel Cáceres que después 
rembó. Rivera se puso «en relación con los portugués 
Francisco Joaquín Muñoz y de Durán», y agrega: 

«Esta noticia hizo desesperar al general y resol\ 
es por esto que hasta sus últimos momentos no qu 
Frutos, pues culpaba a éste porque su defección daba 
gueses.» 

Durante la segunda presidencia de Rivera fué ei 
delegación militar con el encargo de gestionar la re] 
éste, sin abrir ni contestar los pliegos, reiteró a las 
su deseo de morir en el destierro. 

La forma de la negativa parecería confirmar 
Cáceres. 

El ejército artiguista voltea al Directorio y. al Congi 

Las comunicaciones del conde Figueira a la C< 
fijan el 14 de febrero de 1820 como fecha efectiva de 
torio oriental por Artigas y sus tropas. 

En esos mismos días las fuerzas artiguistas, a 
mírez y López, derrotaban a Rondeau en la bata] 
febrero ) y dirigían al Cabildo de Buenos Aires una 
proclama exigiendo la disolución del Directorio y del 
y la organización de un Gobierno que real y positivam 
gio libre para pactar con las demás provincias. 

Eran las dos únicas exigencias que formulaba] 
fieles al programa de Artigas ya iniciado a raíz de 
Juntamente con esa nota al Cabildo, adjuntaba 
toria de Artigas al Congreso de Tucumán, datada el 2 
y el parte de la batalla de Ybirapuitán. 

En su conminatoria decía Artigas al Congreso: 
«Merezca o no Vuestra Soberanía la confianza de 
senta, es al menos indudable que Vuestra Soberanía < 
de la Nación. Esta representa contra la pérfida coz 
Brasil y la administración directorial. Los pueblos 



ARTIGAS DERROTADO POR LOS PORTUGUESES, TRIUNFA EN BUENOS AIRES 253 

están alarmados por la inseguridad de sus intereses y los de la América. 
Vuestra Soberanía decida con presteza. Yo por mi parte estoy resuelto a 
proteger la justicia de aquellos esfuerzos. La sangre americana en cuatro 
años ha corrido sin la menor consideración: al presente Vuestra Soberanía 
debe economizarla si no quiere ser responsable de sus consecuencias ante la 
soberanía de los pueblos.» 

La inmediata declaración de guerra al Brasil y en su defecto la disolu- 
ción del Gobierno; tal era el dilema de Artigas al Congreso de Tucumán, del 
que éste se enteró en su sesión del 7 de febrero de 1820. 

Al adjuntar el parte de la batalla de Ybirapuitán, decía Ramírez al 
Cabildo: 

«He recibido de S. E. el Protector de los Pueblos Libres, la comuni- 
cación que incluyo a V. E\ Ojalá que los resultados correspondan a nues- 
tros deseos, poniendo pronto término a una guerra atroz que va a sepultar 
a la Nación entre sus ruinas.» 

«Puede V. E. leer los partes de aquel jefe inmortal para tomar una 
idea exacta de los sucesos.» 

El Congreso contestó al Cabildo, por cuyo intermedio había recibido la 
conminatoria de Artigas: 

«Que instruido del tenor de las comunicaciones de Ramírez y de las 
contestaciones, tenía la satisfacción de declarar que ellas eran conformes 
a sus sentimientos, así como las ^medidas de que se ocupaba a consecuencia 
de la nota del Jefe de los Orientales don José Artigas.» 

Y el Cabildo se dirigió a su vez a Artigas para adherir a la campaña 
contra el Directorio: 

«Con efecto, este pueblo ha sido la primera víctima que se ha sacri- 
ficado en el altar de la ambición y la arbitrariedad, y al concurso funesto de 
tan fatales causas es que debemos atribuir ese tropel de males y horrores 
civiles que nos han cercado por todas partes.» 

Había llegado la hora del derrumbe. 

El ex Director Pueyrredón, acusado por el anatema popular como cola- 
borador de la conquista portuguesa y gestor de la guerra civil, resolvió eludir 
el veredicto que le estaba decretado y se presentó al Congreso pidiendo venia 
para salir del país «de un modo decoroso, capaz de dejarme abiertas las 
puertas para volver algún día a la patria». 

La resolución del Congreso de Tucumán encaminada, sin duda alguna, 
a aquietar al país, tenía que defraudar y defraudó al solicitante. Hela aquí: 

«El Congreso ha resuelto que conviene a la tranquilidad pública salgan 
fuera del país el Ministro de Estado en el Departamento de Gobierno, doc- 
tor Gregorio Tagle y el brigadier general don Juan Martín de Pueyrredón, 
hasta que mejoradas las circunstancias puedan o libremente restituirse al 
seno de su hogar o responder a cargos que se les tenga que hacer.» 

Hizo también el Congreso un llamamiento a la patria. 

Pero la conminatoria de Artigas exigía mucho más que eso. Y, en 
consecuencia, el Cabildo de Buenos Aires, que se había encargado de su 
ejecución, exigió y obtuvo el 11 de febrero la renuncia del Director Rondeau 
y la disolución del Congreso de Tucumán, expidiendo con tal motivo un 
memorable bando en que hacía constar su acatamiento a la idea federal en 
esta forma: 

«Que habiendo los poderes públicos penetrádose de los deseos generales 
de las provincias sobre las nuevas formas de asociación que apetecen, el 
Soberano Congreso ha cesado y el Supremo Director ha dimitido en manos 
del Ayuntamiento el mando que le estaba cometido.» 

Pocas semanas después los miembros del Congreso eran encarcelados 
por alta traición, iniciando el proceso el nuevo Gobernador don Manuel de 
Sarratea con una proclama en que decía: 



254 


AIS! ALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


«El Gobierno se ha visto obligado a descargar contra estos crimínale 
los primeros golpes de su poder.» 

Así concluyó el Congreso de Tucumán. Constituido en 1816 dentro d 
un ambiente monarquista y de perfecta solidaridad con la Corte portugués; 
sobre la base del sacrificio de la Provincia Oriental, decretó la independencia 
pero sin abandonar jamás la idea de substituir el trono español por otro trom 
que fué sucesivamente ofrecido a la casa de Braganza y a varios príncipe 
de Europa. Todavía al caer tenía entre manos el plan de coronación de 
príncipe de Lúea y de una princesa del Brasil ¡tan arraigadas y persistente 
eran sus convicciones monárquicas! 


Artigas era el jefe de la coalición triunfante. 

Son decisivos los documentos oficiales que acabamos de relacionar. 

Artigas era el organizador del movimiento de Santa Fe, Entre Ríos 
Corrientes y Misiones contra el Gobierno de Buenos Aires. A él correspondí 
el impulso y a él correspondía la fórmula del movimiento. Los generale 
Ramírez y López, que marchaban como tenientes suyos, lejos de ocultar si 
rango subalterno lo denunciaban al referirse al Protector de los Pueblos Li 
bres, tratamiento que seguían dándole. Antes de hablar en nombre propio 
daban curso a la conminatoria de Artigas al Congreso de Tucumán. 

Tampoco el Congreso ponía en duda la autoridad superior de Artigas 
En su sesión del 3 de febrero, a raíz de la batalla de Cepeda, sancionó est 
oficio al Directorio cuyos términos revelan que Ramírez, General en Jefe de 
ejército, desaparecía en absoluto absorbido por Artigas: 

«Exigiendo el actual estado crítico y peligroso del país las más eficace 
y extraordinarias medidas, para salvarlo de los inminentes riesgos que 1 
amenazan y hacer cesar la ominosa guerra con Santa Fe y el Jefe de lo 
Orientales, se autoriza, etc.» 

Más expresivo todavía se manifestó el Cabildo de Buenos Aires al re 
asumir el Gobierno de las Provincias Unidas por la renuncia del Directora 
y disolución del Congreso de Tucumán. En su proclama del 11 de febreri 
invocaba: «el cúmulo de desgraciadas circunstancias de las intestinas desave 
nencias con las Provincias hermanas limítrofes de la Banda Oriental ; 
Santa Fe». 

Para el Cabildo, como para el Congreso, el territorio de E'ntre Río 
formaba parte de la Banda Oriental, y por eso no lo mencionaban a la pai 
de Santa Fe y juzgaban que el General en Jefe del ejército victorioso erz 
un mero teniente de Artigas. 

Algunas semanas antes, cuando las tropas de Ramírez y López se poníar 
en marcha hacia Buenos Aires, el general Díaz Vélez dirigió una circular er 
que pedía caballadas «para la campaña contra Artigas y Santa Fe»; y agre- 
gaba: 

«Artigas y sus secuaces no se han contentado con arruinar las hermosas 
y ricas campañas de Entre Ríos y Banda Oriental. Nuestro Gobierno Su- 
premo quería hacer la paz. . . pero Artigas y sus secuaces de Santa Fe nada 
más quieren que destruir y aniquilarnos enteramente.» 

Tal era el lenguaje corriente de la época: Artigas y Santa Fe, conside- 
rándose a Ramírez como un simple subalterno, sin personería propia, ¡a pesai 
de que la jefatura del ejército estaba en sus manos! 

La victoria política de Artigas. 

El derrumbe del Directorio y del Congreso de Tucumán y la aceptación 
en principio del régimen federal por el Cabildo de Buenos Aires, habían sido, 
pues, la obra exclusiva de Artigas. Los documentos oficiales hablaban tam- 



ARTIGAS DERROTADO POR LOS PORTUGUESES, TRIUNFA EN BUENOS ATRES 


255 


bien de Santa Fe, porque jamás quiso Buenos Aires involucrar esa Provincia 
en la zona artiguista, a la par de Entre Ríos, Corrientes y Misiones. Pero 
como Santa Fe formaba parte del Protectorado de Artigas, la acción principal 
o directriz correspondía siempre a éste, y así resulta de la proclama del 
Gobernador López al pueblo de Córdoba al emprender marcha sobre Bue- 
nos Aires. 

Demoraría todavía algún tiempo la evolución de la idea artiguista triun- 
fante en Cepeda, pero desde el día de ese derrumbe quedaban incorporadas 
a la vida política argentina aquellas soberbias Instrucciones del año 1813 
que Artigas dictara a los diputados orientales que debían integrar la primera 
Asamblea Constituyente de las Provincias Unidas y que esa Asamblea se 
encargó de rechazar con estrépito porque contrariaban las corrientes de la 
época, cargadas de monarquismo, de dictadura y de absoluto desconocimiento 
de las autonomías provinciales. 

Y de tal manera quedaban incorporadas a la política argentina, que la 
actual Constitución nacional y las actuales constituciones provinciales de ese 
país hermano siguen respondiendo todavía hoy al modelo artiguista, pudiendo 
decirse sin exageración alguna que todo lo bueno que ellas contienen está 
en germen en las Instrucciones de 1813 y que los vacíos y defectos que la 
experiencia señala en ellas tendrán que corregirse de acuerdo con las reglas 
que trazan esas mismas Instrucciones para asegurar la perfecta libertad de 
los pueblos y mantener a los gobiernos dentro de sus verdaderas órbitas 
de acción. 


Artigas traza el programa de la revolución triunfante en Cepeda. 

El derrumbe del andamiaje directorial se produjo, como hemos dicho, 
el 11 de febrero de 1820, veinte días después de la batalla de Tacuarembó. 
Eran muy lentas las comunicaciones y a Buenos Aires sólo había llegado hasta 
ese momento el parte oficial de la batalla de Ybirapuitán, que Ramírez se 
apresuró a trasmitir al Cabildo con un mensaje revelador del rango subalterno 
que ocupaba con relación a Artigas, a quien seguía dando el tratamiento de 
«Su Excelencia el Protector de los Pueblos Libres». 

A los tres días del derrumbe directorial, ‘Artigas se dirigía a Corrientes, 

no en calidad de fugitivo, como lo presentan los partes portugueses, sino 

rebosante de bríos para reanudar la lucha contra los invasores y a la vez 
dar forma definitiva a la victoria política que sus tenientes acababan de obte- 
ner en Buenos Aires. Para eso había dado órdenes a sus subalternos de 
que lo siguieran al cruzar el Uruguay, que algunos no acataron, como Rivera. 

Y en el acto se puso al habla con las autoridades de todas las provincias 

de su Protectorado. 

Al Cábildo de Santa Fe le decía el 19 de febrero relacionando, sin duda, 
el desastre de Tacuarembó con la victoria de Cepeda: 

«Parece que la suerte se ha empeñado en favorecernos en medio de los 
contrastes y que la América será libre en medio de las grandes contradicciones. 
Superada la barrera del poder directorial, ¿qué restará, pues, para sellar el 
mérito de nuestros afanes y que aparezca triunfante la libertad de la Amé- 
rica? Nada, en mi concepto, sino que las Provincias quieran realizarla. 
Por este deber oficio a todas informándolas en los principios que deben regu- 
lar nuestra conducta en lo sucesivo.» 

«Todas deberán convenir en uno que será el precursor y elemental de 
nuestra libertad civil: que los pueblos sean ' armados y garantidos en su 
seguridad por sus propios esfuerzos.» i 

«De otro modo es difícil entrar con Buenos Aires en avenimientos razo- 
nables, sin que luego se vean desmentidos los mejores esfuerzos; yo por lo 



256 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


mismo permanecerá inexorable al frente de las Provincias mientras no vea 
asegurado ese paso tan necesario.» 

A don Ricardo López, que estaba al frente de las fuerzas de Entre Ríos 
durante la ausencia de Ramírez, le escribía el 20 del mismo mes: 

«Cuando repasé el Uruguay fué compelido de mis enemigos. En mis 
anteriores había prevenido a usted este caso próximo posible, y mi resolución 
de buscar hombres libres para coadyuvar sus esfuerzos. Este es todo mi 
deseo, y por llenarlo no dude usted que estarán prontas mis tropas y las 
demás que tengan las otras Provincias de la liga, luego que se presente algún 
enemigo. Para mí este no es el mayor trabajo, sino los recursos de su 
mantenimiento. Yo no me atrevo a sacarlos del vecindario, si él volunta- 
riamente no quiere prestarlos. Yo espero las contestaciones de Ramírez so- 
bre mis últimas instrucciones. Si esta vez no terminan los males de un 
modo satisfactorio a las Provincias, tendremos que redoblar los trabajos. 
'Entretanto, he creído oportuno contestar a las insinuaciones de Córdoba por 
afirmar los intereses de la liga y oficiar igualmente a las otras provincias 
para reconcentrarlas en los principios que deben entablarse.» 

De estas piezas aisladas que conservan los archivos argentinos, resultan 
observaciones muy importantes: 

Que Artigas había cruzado el Uruguay sin desalientos. Derrotado en 
la batalla de Tacuarembó, volvía a la zona do su Protectorado en busca de 
hombres libres para reanudar su gigantesca lucha. Lo único que le preocu- 
paba era la falta de recursos, porque él no se atrevía a sacarlos por la fuerza. 

Que para los acuerdos que debían suscribirse con Buenos Aires, a raíz 
del derrumbe del poder directorial, él había enviado «instrucciones» a Ra- 
mírez y estaba esperando las respuestas de su teniente. 

Que con el propósito de uniformar opiniones se había dirigido a las auto- 
ridades de su Protectorado, indicando como base previa a todo otro paso, 
el reconocimiento por Buenos Aires del derecho de las Provincias a organizar 
sus propios ejércitos. Artigas, que conservaba fresca la enseñanza de la 
crisis de 1815 en que sus fuerzas derrumbaron al Gobierno de Alvear sin 
otro resultado que el de apurar más aún los sufrimientos de las Provincias, 
veía en esa base previa el éxito de la obra de reorganización política del 
Río de la Plata. 

Que no obstante sus continuados reveses militares en la Provincia Orien- 
tal, seguía en todo su apogeo el prestigio del Protectorado, como que hasta 
Córdoba, que sólo accidentalmente se había acogido a él en años anteriores, 
volvía resueltamente sus ojos a la liga federal. 

El Gobernador Sarratea arma a Ramírez contra Artigas. 

Pero cuando Artigas se ocupaba así de reunir gente y de armonizar opi- 
niones entre las Provincias y de enviar instrucciones al ejército de Cepeda, 
era teatro Buenos Aires de una habilísima intriga encaminada a producir el 
derrumbe del Protectorado. 

Don Manuel de Sarratea había sido designado Gobernador de Buenos 
Aires por una junta de representantes del pueblo, el 17 de febrero de 1820. 

Era el desorganizador del ejército del Ayuí, sediento de venganzas desde 
la época del segundo sitio de Montevideo, en que fué depuesto y embarcado por 
sus propios subalternos a consecuencia de un ultimátum de Artigas. 

Habían tenido tiempo de llegar, por otra parte, noticias circunstanciadas 
acerca de la batalla de Tacuarembó, de la incorporación al dominio portugués 
de las fuerzas de Canelones, y* sobre todo de la actitud de Rivera, el jefe de 
mayor volumen del ejército artiguista. 

Sobraba ambiente para inflar el amor propio de los generales victo- 
riosos; probarles que ellos en ese momento eran más fuertes que su Protector; 



artigas derrotado por los portugueses, triunfa en buenos aires 257 


y que podían desbancarlo y ocupar el primer rango, sobre todo si el Gobierno 
de Buenos Aires les daba soldados de línea, armamento y dinero para poner 
en pie de guerra a las tropas propias. 

El hecho es que el Gobernador Sarratea se trasladó al campamento del 
Pilar y allí redactó el 23 del mismo mes de febrero un tratado de pacifica- 
ción que fué firmado por Ramírez y López, cuyas disposiciones principales 
pueden sintetizarse así: 

El régimen federal responde a un voto de toda la Nación y será materia 
de las deliberaciones de una asamblea de diputados libremente elegidos; 

Los gobiernos de Santa Fe y Entre Ríos recuerdan a Buenos Aires el 
estado difícil y peligroso en que se encuentra la Banda Oriental y esperan 
que remitirá auxilios a esa Provincia aliada; 

Se enviará una copia del tratado al capitán general de la Banda Orien- 
tal don José Artigas, «para que siendo de su agrado entable d$ puevo las 
relaciones que puedan convenir a los intereses de la Provincia de su mando, 
cuya incorporación a las demás federales se miraría como ün dichoso acon- 
tecimiento». 

Tales eran las cláusulas esenciales del convenio público. Depositaban 
la simiente federal en Buenos Aires. Pero destruían el Protectorado; arran- 
caban a Ramírez del rango subalterno en que se había mantenido invaria- 
blemente; eliminaban todo pedido de declaración de guerra contra el Brasil; 
y dejaban a Artigas absolutamente aislado, sin perjuicio de que si él encon- 
traba de su agrado todo eso, entablara negociaciones por su cuenta! 

Hubo también un convenio reservado del que se conocen elementos in- 
completos o truncos. 

En el libro de acuerdos del Cabildo de Buenos Aires dejó constancia 
Sarratea de un oficio de Ramírez sobre - entrega a Entre Ríos de 500 fusiles 
y 500 sables. El general Mitre ha dicho aue la cifra debe estar equivocada, 
puesto que cuando Ramírez exigía el cumplimiento de lo pactado, ya Sarratea 
había girado órdenes para la entrega de 800 fusiles y 800 sables. 

El tesoro y el parque de Buenos Aires debieron volcarse totalmente en 
el campamento del Pilar, para entusiasmar a los vencedores de Cepeda. 

Lo demuestran dos documentos del Cabildo bonaerense. Uno de ellos 
es el bando de 28 de marzo de 1820 que impone a cada cuidadano la obli- 
gación de presentarse con sus propias armas, «siendo constante que el erario 
de la Provincia se hallaba completamente exhausto»; y el otro es la circular 
de 15 de julio del mismo año, en que se dice que ni el tratado de paz del 
Pilar con los gobiernos de Santa Fe y E'ntre Ríos, «ni las' posteriores generosas 
demostraciones hechas con esos gobiernos, franqueándoles con la mayor libe- 
ralidad gruesas cantidades de dinero, armamentos costosos, vestuarios para 
tropas y otros auxilios de diverjo género... habían sido motivo bastante 
para aquietar y contener en los límites de la justicia y honestidad a Santa Fe». 

Del concurso de tropas no se tienen cifras, aunque sí datos que demues- 
tran que tampoco fué escatimado. 

Habla el general Lucio Mansilla, comandante en esa época, de su inter- 
vención en las conferencias del Gobernador Sarratea con los jefes del ejér- 
cito federal: 

«Ramírez, especialmente, simpatizó conmigo, concediéndome mayor 
confianza en sus juicios personales, muy distintos de los de López y Carrera: 
ellos se pertenecían a sí mismos; no así Ramírez, que era subalterno de Ar- 
tigas, sin más categoría que la de comandante del Arroyo de la China.» 

«Ahora bien: en el tratado público y secreto que yo conocía se estipulaba: 
que Artigas ratificaría este tratado por lo que hacía a la Provincia Orien- 
tal principalmente; 2.» que había de suspender hostilidades contra las fuer* 
zas brasileñas que ocupaban la Banda Oriental; 3. o que Buenos Aires entre 


17 



258 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


garfa a Ramírez una cantidad de dinero, un armamento completo para 1,000 
soldados y su oficialidad.» 

«En un momento de expansión y confianza con Ramírez, le dije que 
juzgaba que Artigas no ratificaría el tratado, reservando la idea de que 
tampoco le daría un solo peso ni una tercerola. Ramírez me contestó que si 
Artigas no aceptaba lo hecho, lo pelearía y que si era de mi agrado me invi- 
taba a la pelea. Eludí la respuesta y me retiré a la ciudad. Conversó acerca 
de esto con el Gobernador Sarratea y le manifesté la idea de acompañar a 
Ramírez con el fin de trabajar por el tratado, haciendo lo que conviniera 
según el caso se presentase. Sarratea aceptó y me dió una licencia temporal.» 

Agregaremos que Mansilla partió, con el ejército de Ramírez y que a 
la actuación de la tropa que él mandaba se debe la derrota de Artigas en la 
Bajada del Paraná, de consecuencias absolutamente decisivas para el éxito 
de la campaña emprendida a instancias del Gobernador Sarratea. 

No pueden ,ser más significativas sus declaraciones en lo que atañe a la 
jerarquía de Ramírez y a las cláusulas secretas del tratado del Pilar. 

Ramírez no tenía personería propia. Era un simple subalterno de 
Artigas, con el empleo efectivo de comandante del Arroyo de la China; y 
en ese carácter permanecía en su tienda de General en Jefe del ejército triun- 
fador de Cepeda! 

Y en cuanto a las cláusulas secretas, ellas imponían la cesación de la 
guerra contra los portugueses, y en cambio, la apertura de hostilidades con- 
tra Artigas, a cuyo efecto se daba dinero, se daban armas -y vestuarios, y se 
acordaba licencia a un jefe, hablándose ya en el camnamento de la próxima 
pelea contra el Protector como de una cosa llana y trillada en anteriores con- 
versaciones. 

¡IJn cambio brusco y radical de orientación! Terminada la batalla de 
Cepeda empezó la persecución de las tropas directoriales. El comandante 
Piriz se adelantó a cortar la^retirada y a incendiar el campo para hacer más 
apurada la situación de los fugitivos. Ramírez, que observaba el cuadro, 
despachó en el acto a su ayudante Bartolomé Hereñú, con esta orden: «Diga 
usted a Piriz y a los otros’ jefes que se limiten a observar la retirada: esos 
infantes nos hacen falta para vencer a los portugueses». 

Tal es la declaración que el propio don Bartolomé Hereñú hizo al histo- 
riador de Entre Ríos, señor Ruiz Moreno. Y se comprende que así proce- 
diera Ramírez. El movimiento contra Buenos Aires respondía al propósito 
fundamental de provocar el rompimiento con Portugal. 

Fué necesario todo el talento diplomático de Sarratea para desviar las 
armas de Ramírez y de López del teatro en que actuaban los portugueses y 
dirigirlas al teatro en que actuaba Artigas. 

Una página de la época, la «Relación de los sucesos de armas ocurridos 
en la Provincia de Corrientes desde 1814 hasta 1821» que el doctor Juan 
Puyol publicó en la «Revista del Río de la Plata», describe la llegada de 
Artigas a territorio correntino después de la batalla de Tacuarembó, y agrega: 

«Artigas contaba con la superioridad de las fuerzas de su teniente el 
entrerriano general don Francisco Ramírez. El general Ramírez victorioso, 
entró a Buenos Aires más por las intrigas de los partidarios de Artigas que 
por las armas, y a su regreso lo habilitan de una fuerte escuadra al mando 
del general Monteverde y bastante armamento de toda clase; llega a la 
capital del Paraná, y se pronuncia contra Artigas.» 

Comprueba, también, como se ve, el rango subalterno de Ramírez e 
incorpora al material de guerra entregado por el Gobernador Sarratea la 
escuadrilla de Buenos Aires, 



ARTIGAS DERROTADO PC 11 LOS PORTUGUESES, TRIUNFA EN DUEÑOS AIRES LV>¡) 


Artigas, vencido por Sarratea, se retira Paraguay. 

Regresaba, pues, Ramírez, a su provincia natal en pleno tren de guerra: 
con el tratado del Pilar y el abundantísimo material bélico que le había dado 
Sarratea para dar eficacia práctica al tratado. 

Apenas llegado a su destino, detuvo en la Bajada del Paraná una partida 
de fusiles que Artigas despachaba con destino a Corrientes. 

Fué la señal del rompimiento de las hostilidades. Desde su campamento 
en territorio correntino Artigas increpó a Ramírez su conducta en esta forma: 

«El objeto y los fines de la Convención del Pilar celebrada por V. S. 
sin mi autorización ni conocimiento, no han sido otros que confabularse con 
los enemigos de los pueblos libres para destruir su obra y atacar al jefe 
supremo que ellos se han dado para que los protegiese. No es menor crimen 
haber hecho ese vil tratado, sin haber obligado a Buenos Aires a que decla- 
rase la guerra a Portugal.» 

La lucha se inició con ventajas para Artigas, cuyas tropas triunfaron en 
los combates del Arroyo Grande y de las Guachas (junio de 1820), pero la 
balanza se inclinó al lado de Ramírez en el combate de la Bajada del Paraná 
gracias al tren de artillería y al batallón de cívicos que comandaba Mansilla 
y desde ese momento Artigas no pudo reaccionar y fué batido en todos los 
encuentros. 

Casi al mismo tiempo la escuadrilla entregada por Sarratea apresaba 
en Corrientes el material flotante del artiguismo. 

Y Artigas, profundamente decepcionado, se aproximó entonces a la 
frontera paraguaya, y previa autorización del dictador Francia, la cruzó el 
23 de septiembre de 1820, desapareciendo para siempre del escenario del 
Río de la Plata. 


/ 


* * 



CAPITULO XXXI 


RECAPITULANDO. LA OBRA EFECTIVA I)E ARTIGAS 
EN EL RIO DE LA PLATA 

Puntos de vista fundamentales. 

1 

De cinco puntos de vista fundamentales cabe encarar al personaje que 
en esa forma desaparecía para siempre del escenario del Río de la Plata: 

Como apóstol de la idea republicana, en lucha contra la orientación 
monárquica de sus contemporáneos; 

Como propagandista incansable de la soberanía popular, contra la doc- 
trina prevalente de las facultades omnímodas de los gobiernos; 

Ccnno promotor único de la organización federal del antiguo Virreinato 
del Río de la Plata, contra la absorbente oligarquía que desde la ciudad de 
Buenos Aires pretendía monopolizar todos los resortes gubernativos de las 
Provincias; , i ' ! • i 

C'omo fundador de pueblos, a base de legendarias altiveces de conducta 
y de incomparables sacrificios cívicos por el bienestar general permanente, con- 
tra la tendencia de sus contemporáneos a doblegarse a las tutelas extranjeras 
en holocausto a la tranquilidad del momento; 

Y finalmente, como portaestandarte de las ideas de humanidad y de 
orden, cuando la bandera de sangre y de violencias recorría triunfante y llena 
de prestigios el vasto escenario de la América. 

El republicanismo de Artigas. 

Dando forma definitiva a sus ideas políticas, prevenía Artigas en las 
Instrucciones a los diputados orientales que debían incorporarse al Congreso 
argentino del ano 1813, que «la Constitución garantiría a las Provincias 
Unidas una forma de gobierno republicano que asegurase a cada una de ellas 
de las violencias domesticas, usurpación de sus derechos, libertad y seguridad 
de su soberanía, que con la fuerza armada intentare alguna de ellas». 

Un año antes de la Revolución, habían tratado los próceres de Mayo, 
con Moreno, Belgrano y Saavedra a la cabeza, de alzar un trono en Buenos 
Aires, y si el plan fracasó no fué por falta de empeño de sus promotores, 
sino por efecto de complicaciones políticas y diplomáticas que obstaculizaron 
el viaje de la princesa Carlota. Y la idea surgida así en la víspera de la 
Revolución, estaba tan profundamente arraigada, que a raíz de la declaratoria 
de la independencia no vacilaba el Congreso de Tucumán en ofrecer reiterada- 
mente el mismo trono a la dinastía de Braganza. 

«Exigir que hombres tan cabalmente instruidos y tan capaces como los 
hombres de la Revolución, ha dicho el doctor López, pensaran y creyeran que 
era república y forma definitiva de su gobierno aquel movimiento descabe- 
llado y sin freno que los llevaba arrebatados en alas del tiempo, sería precisa- 
mente negarles las virtudes, la previsión y la actitud con que trataban de 
salvar la Patria de acuerdo con los elementos de orden científico que impe- 
raban en su tiempo. Y que buscaran una monarquía constitucional y parla- 
mentaria como término de su tribulación, no puede hacérseles cargo ninguno; 
porque, además de que eso era eminentemente patriótico en su tiempo, aun- 
que hoy nos aparezca como ilusorio, ellos, aunque arrastrados por esa ilu- 



LA OBRA EFECTIVA DE ARTIGAS EN EL RÍO DE LA PLATA 201 


sión, no economizaron tampoco los deberes ni los esfuerzos que les imponía la 
salvación de la Patria.» 

«La parte ilustrada, agrega el general Mitre, carecía de experiencia y 
tenía ideas muy incompletas sobre derecho público, no habiéndose populari- 
zado aún las instituciones de la república norteamericana. Educados bajo el 
régimen monárquico, sin más lecciones que las que le suministraba la Europa, 
y viendo triunfante por todos lados la causa de los reyes, la mayoría de los 
hombres ilustrados de aquel tiempo era monai quista, algunos por ‘elección, 
otros porque la creían la única organización posible, y los más porque la 
consideraban indispensable para asegurar la independencia y dar estabilidad 
al Gobierno.» ! ■ | ¡ 

Tal es la causa fundamental de la gran lucha que tiene por teatro el 
Río de la Plata desde los albores de la Revolución hasta 1820. 

Todos los hombres de pensamiento y de acción del escenario argentino 
estaban encauzados en la corriente monárquica. 

Sólo Artigas tenía fe en la república. Hasta en la tribuna del Congreso 
norteamericano de 1818, podía resonar sin rectificaciones la voz del que 
lo proclamaba el único republicano verdadero del Río de la Plata. Ya en 
esa época Artigas había hecho fracasar el plan de anexión de las Provincias 
Unidas a la Corona inglesa, obra del Director Alvear, y continuado por su 
Ministro García a favor de la Corona portuguesa sobre la base de la con- 
quista de la Provincia Oriental. Dos años después de extinguido el eco de 
los debates norteamericanos, cuando el movimiento artiguista de 1820 derrum- 
baba el andamiaje monárquico del Congreso de Tucumán y de los directorios 
de Pueyrredón y Rondeau, se daban las últimas ipstrucciones para el coro- 
namiento del príncipe de Lúea en el Río de la Plata, y la diplomacia argen- 
tina apuraba sus recursos para que los ejércitos franceses dieran estabilidad 
a ese nuevo trono que debía quedar enlazado con la dinastía de Braganza. 

La influencia artiguista era absoluta en cinco provincias argentinas (la 
Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Santa Fe), que eran tam- 
bién, con la sola excepción de Buenos Aires, las provincias de mayor empuje 
cívico y militar; y actuaba poderosamente en otras que, como Córdoba, se 
acogían a su altruista protectorado en momentos de crisis. De ahí la gran 
fuerza de Artigas, constituida, puede decirse, por casi toda la masa viril de 
las Provincias Unidas, a la que él llegó a inocular fanatismos por el pensa- 
miento republicano durante su lucha contra el monarquismo porteño defini- 
tivamente vencido en 1820. 

Los historiadores antiartiguistas han llamado bárbaras a esas poblaciones 
fanatizadas por el Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos Libres. 
Pero la función política que ellas realizaban, era la función progresista y 
civilizadora, que rompía los moldes estrechos de la vida colonial, para crear 
el gobierno propio y dar expansión plena y vigorosa a todas las fuerzas com- 
primidas durante tres siglos de tutelaje abrumador. 

Suprímase a Artigas del escenario de la Revolución, en el período de 
1811 a 1820, que es también el período de formación vigorosa de los pue- 
blos del Río de la Plata, -y las provincias argentinas habrían constituido lógica 
y naturalmente una monarquía, y no una monarquía autónoma, sino una 
monarquía tributaria de otras más fuertes que habrían reanudado con ligeras 
variantes el régimen del coloniaje español. 

soberanía popular y la dictadura gubernativa. 

No es aplicable ciertamente al Río de la Plata este cuadro de Vicuña 
Mackenna acerca del pueblo chileno al iniciarse la Revolución de la inde- 
pendencia: ! | 

«En una cama de pellones, con un burdo rebozo de bayeta echado a la 



262 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


cabeza, que le tapaba la vista, el alma remojada en agua bendita y los labios 
húmedos de vaporoso chacolí, dormía Chile, joven gigante, manso y gordo, 
huaso, semibárbaro y beato, su siesta de colono, tendido entre viñas y san- 
diales, el vientre repleto de trigo, para no sentir el hambre, la almohada 
repleta de novenas para no tener miedo al Diablo en una obscura noche de 
reposo. No había por toda la tierra una sola voz ni señal de vida y sí solo 
hartura y pereza.» 

Las invasiones inglesas habían despertado ya al colono del Río de la 
Plata, política y económicamente, cuando estalló la contienda con la metrópoli. 
Pero la Revolución resultó para el pueblo simplemente un cambio de amos: 
en vez del amo español, un amo porteño que se suplantaba al derrocado, en 
el ejercicio de todas sus atribuciones y que hasta lo excedía en privilegios 
irritantes. 

«Forzada así por los sucesos — ha dicho el doctor López refiriéndose a 
la Junta Gubernativa de Mayo — a convertirse en un poder militar y agresivo, 
tuvo que ser un poder despótico, al mismo tiempo que un poder de opinión. 
Y así fué que delante de su influjo prepotente y absoluto, hubieron de caer 
por el momento todas las garantías del nuevo régimen, y con ellas todas 
las formas que atemperaban el poder público, para no dejar más autoridad 
en pie que la que debía encabezar y armar el movimiento del país. Era cues- 
tión de vida o muerte; y bien sabido es que en estos casos no hay lugar, 
para la libertad ni para otra lucha que la de las dos banderas que se dispu- 
taban la soberanía. Imposible fué en los diez primeros años, de 1810 a 1820, 
asegurar sobre un terreno sólido el sistema de garantías y de procedimientos 
que constituye el gobierno representativo.» 

Para los proceres de Mayo el pueblo carecía de derechos, y en conse- 
cuencia, podía prescindirse de su voto en las decisiones políticas de más 
alta importancia. Nada lo demuestra tan concluyentemente como los planes 
monárquicos de que acabamos de hablar. Los directorios, lo mismo que los 
congresos, se consideraban habilitados para ofrecer tronos a todas las dinas- 
tías de la tierra, sin consultar absolutamente a los gobernados y desconociendo, 
al contrario, sus votos y aspiraciones republicanas, en negociaciones diplo- 
máticas tenebrosas y debates parlamentarios que debían mantenerse reservados 
bajo apercibimiento de muerte, como de ello ofrece ejemplo el Congreso de 
Tucumán al discutir en 1817 la fórmula de alianza con los portugueses para 
apurar la conquista de la Provincia Oriental. 

Artigas, en cambio, sólo podía vivir en contacto directo con el pueblo y 
^recibiendo sus inspiraciones en todos los momentos de crisis. 

En la víspera del levantamiento del primer sitio reunía a los orientales 
para persuadirles de la necesidad de hacerse representar en el seno del 
Gobierno argentino, y obtenía en esa asamblea inicial la jefatura de sus 
compatriotas que en seguida lo rodeaban y los seguían hasta el campamento 
del Ayuí. 

Más tarde, durante el segundo sitio, al recibir la comunicación en que 
se le exigía el juramento de obediencia a la Asamblea Constituyente argen- 
tina, llamaba al pueblo a elecciones y reunía el famoso Congreso de abril 
de 1813, ante el cual resignaba su autoridad y solicitaba instrucciones que 
lo habilitaran para resolver el problema que acababa de plantearse, y que 
por su naturaleza estaba fuera del alcance de sus atribuciones como jefe militar. 
«Yo ofendería altamente vuestro carácter y el mío, decía a los diputados allí 
reunidos, vulnerando enormemente vuestros derechos sagrados, si pasase a 
resolver por mí una materia sólo reservada a vosotros». 

Más tarde todavía, cuando las derrotas que le infligían los portugueses 
se agravaban con las hostilidades del Directorio argentino, y alguien hablaba 
asimismo de la necesidad de someterse sin condiciones a la Unión Nacional, 
volvía Artigas a reunir un Congreso y allí resignaba su alta investidura y 



LA OBRA. EFECTIVA DE ARTIGAS EN EL RÍO DE LA PLATA 


2f>3 


afirmaba su propósito de acatamiento a todo lo que el patriotismo y las nece- 
sidades del momento pudiesen imponer a sus conciudadanos, elocuente prueba 
de la que tenía que surgir y surgió con nueves y mayores prestigios. 

Señalamos simplemente la actuación de Artigas en tres períodos extremos 
de su larga y accidentada campaña cívica, llena de otros incidentes revela- 
dores de su invariable acatamiento a la voluntad popular, lo mismo en el 
ejercicio de su mandato de Jefe de los Orientales, que en su suprema magis- 
tratura federal de Protector de los Pueblos Libres, dentro de la cual, valga 
el testimonio irrecusable de los historiadores provinciales, gozaban las Pro- 
vincias de la elección libérrima de sus autoridades, y se respetaba amplia- 
mente la autonomía de las autoridades así surgidas. 

Es que las ideas y los planes de Artigas eran también las ideas y los 
planes de las provincias que lo acataban, y entonces las sanciones populares 
servían para afirmar y robustecer al mandatario, en vez de dificultar su 
marcha, como se la dificultaban a la oligarquía gobernante, obligada a ocultar 
sus planes y sus ideas para evitar las protestas de los gobernados. 

El régimen federal y la campaña artiguista. 

Es más acentuado todavía el antagonismo entre Artigas y los próceres 
de la Revolución, en materia de autonomías provinciales. 

El plebiscito del 2 5 de mayo parecía encaminado a la consagración de 
esas autonomías provinciales, desde que mandaba convocar a los vecindarios 
para la elección de diputados encargados de dictar la forma de gobierno que 
considerasen más conveniente. Pero la clase dirigente se encargó en seguida 
de desviar ese grande y fecundo impulso inicial, transformando a los miem- 
bros de un Congreso Constituyente en resortes de la Junta Gubernativa, donde 
debían quedar inutilizados o, como dice el doctor López, «influenciados por 
el medio revolucionario de la capital». 

Se quería de todos modos concentrar en Buenos Aires la dirección única 
e irresponsable del Gobierno. Y por eso se aplazaba la Constitución y se 
convertía a las provincias en simples cosas, desprovistas de derechos y de 
fueros, como que hasta sus mismos mandatarios debían salir de la prepotente 
y avasalladora capital. 

Para Artigas, en cambio, el principio de la unión nacional estaba subordi- 
nado a la Constitución y a las autonomías provinciales. 

«Va a contar tres años nuestra revolución, y aún falta una salvaguardia 
general al derecho popular. Estamos aún bajo la fe de los hombres, y no 
aparecen las seguridades del contrato. Es muy veleidosa la probidad de 
los hombres; sólo el freno de la Constitución puede afirmarla.» 

Tales eran sus palabras a los diputados orientales del Congreso provin- 
cial de abril de 1813. Y dando una fórmula concreta y definitiva a los que 
debían ser intérpretes de sus ideas en el Congreso Constituyente argentino, 
exigía como condición indeclinable de incorporación de la Banda Oriental 
a las Provincias Unidas, el mismo régimen federal existente en los Estados 
Unidos, con su gobierno nacional y sus gobiernos provinciales, distribuidos 
en tres poderes, Legislativo, Ejecutivo y Judicial, independientes en sus facul- 
tades y limitados por los derechos del hombre y del ciudadano y por los fueros 
provinciales, en forma de evitar el despotismo interno y la subyugación de 
unas provincias por otras. 

Las declaraciones concretas formuladas en esa oportunidad por Artigas, 
siguen constituyendo el ideal del patriotismo argentino, y ya hemos dicho 
que antes que Artigas nadie absolutamente en el Río de la Plata Sabía lo 
que era el régimen federal, ni tenía la más remota noticia de lo que ese régi- 
men significaba, incluso Mariano Moreno, el numen de la Revolución de Mayo, 



264 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


para quien el federalismo consistía exclusivamente en una liga de todas las 
naciones de la América española. 

Se ha avanzado, con el propósito de llevar a otras cabezas la aureola, 
que Artigas era adversario decidido de la unión nacional, cuando es lo cierto 
que en todos y cada uno de los grandes incidentes de su campaña contra el 
centralismo monárquico de la oligarquía porteña, exigió siempre el manteni- 
miento de la unidad sobre la base indeclinable de instituciones que estuviesen 
arriba de la voluntad omnímoda y caprichosa de los gobernantes. 

«Examinad, decía, a los diputados provinciales del C'ongreso de abril 
de 1813, si debéis reconocer la Asamblea per obedecimiento o por pacto. 
No hay un sólo motivo de conveniencia para el primer caso, que no sea contras- 
tare en el segundo, y al fin reportaréis la ventaja de haberlo conciliado todo 
con vuestra libertad inviolable. Esto ni por asomo se acerca a una separa- 
ción nacional: garantir las consecuencias del reconocimiento, no es negar el 
reconocimiento.» ¡ 

Y de ese programa escrito en la línea sitiadora de Montevideo, no se 
apartó jamás, ni aún bajo la presión de los crueles y 'enormes desalientos 
que le producía la actitud del Gobierno de Buenos Aires, al subyugar a las 
demás provincias y entenderse con el conquistador extranjero para exterminar 
a las disidentes. 

Háse dicho y repetido también que el génesis del federalismo imperante 
hoy en la República Argentina, se remonta a la convención del Pilar, obra 
de Ramírez y de López, que hacían prevalecer su nacionalismo sobre la polí- 
tica separatista de Artigas, siendo así que los hechos y los documentos de 
la época prueban irrecusablemente que esos dos caudillos actuaban simple- 
mente como tenientes del artiguismo, y que su programa federal era el del 
jefe que los había puesto en movimiento contra el Directorio y el Congreso, 
aún cuando llegado el momento de suscribir el pacto recibieran del mismo 
Gobierno de Buenos Aires impulsos y elementos para desconocer la jefatura 
de Artigas, o, más bien dicho, para suplantarse a ella. 

Artigas fundador de pueblos. 


¿Representará Artigas algo más en el génesis de las nacionalidades del 
Río de la Plata? Si es el apóstol y el portaestandarte de la idea federal 
hecha carne finalmente en la República Argentina, ¿podrá figurar también 
entre los precursores de la «República Oriental del Uruguay?». 

Como Jefe de los Orientales, puso a contribución todas las extraordinarias 
cualidades de que estaba dotado para formar un pueblo de grandes tradiciones 
propias y de vigoroso relieve internacional. 

Obra suya, exclusivamente suya, fué la insurrección de la campaña 
oriental en 1811, coronada por la victoria de Las Piedras y el establecimiento 
del primer sitio de Montevideo. 

Cuando la oligarquía porteña, alarmada por los prestigios de esa obra, 
decretó el levantamiento del sitio, Artigas reunió a sus . compatriotas para 
decirles que estaba dispuesto á continuar la lucha, a falta de armas, «con pa- 
los, con los dientes y con las uñas!» 

No pudo hacer efectivos sus propósitos en esos momentos, a causa de actos 
del Gobierno de Buenos Aires que inclinaban al aplazamiento de la guerra; 
y se retiró a la otra margen del Uruguay, seguido por el pueblo oriental, que 
lo había aclamado jefe y que estaba resuelto a compartir su suerte, y que 
en prueba de ello dirigía una representación al Gobierno argentino, diciéndole 
que seguía al ejército, porque no podía encorvarse de nuevo bajo el yugo 
extranjero y porque quería vivir en cualquier otro punto libre del conti- 
nente americano, hasta que la justicia se cumpliera también en su propia 



LA OÜIiA. EFECTIVA 1)E ARTIGAS EN EL RÍO DI0 LA PLATA 205 

tierra. Los hombres de aquel tiémpo, ha dicho el coronel Cáceres, respiraban 
patriotismo hasta por los poros. 

Llegada al fin la hora de reanudar la lucha contra los españoles y los 
portugueses, volvió Artigas de la emigración, y al frente siempre de su 
pueblo continuó la campaña militar, a la vez que en memorables congresos 
provinciales despertaba y educaba el sentimiento cívico de sus ¿compatriotas. 

Pero su obra vigorosa y definitiva de consolidación del Pueblo Oriental, 
Se desarrollo más tarde, en los cuatro anos corridos desde 1816 hasta 1820, 
uefendiendo palmo a paimo el territorio nativo contra la conquista portuguesa. 
Había dicho al Cabildo, a raíz de sus primeras derrotas, «que la campaña se 
teñiría en sangre antes que el portugués la dominase», y cumplió su programa 
con una constancia y un entusiasmo tan enormemente contagiosos, que sus 
soldados volvían a buscarlo, a raíz de sus derrotas, resueltos como el a no 
aceptar en ninguna forma la subyugación de la Patria. Cuando todos se 

doblegaban ante la conquista prepotente y desaparecían uno tras otro los 

cuerpos de ejército escalonados para la defensa del territorio, él volvía a 

levantar su bandera de reconcentración de los dispersos, en medio de colo- 

sales pruebas de obsecuencia a los principios políticos proclamados, como lo 
atestigua su respuesta a los capitulares de Montevideo que a cambio de auxilios 
de guerra entregaban a Pueyrredon el dominio de la Banda Oriental sin insti- 
tuciones de garantía: «el Jefe de los Orientales ama demasiado su patria 
para sacriiicar este rico patrimonio al bajo precio de la necesidad». 

¿Qué más necesita Artigas para ser considerado fundador del Pueblo 
Oriental, si con su sangre, su constancia, su heroísmo, su desinterés, su 
carácter y sus principios políticos, creó vínculos que antes no existían, entre 
todos los habitantes del territorio, les dio tradiciones de gloria, despertó sus 
sentimientos cívicos y educó el carácter nacional en la escuela del sacrificio 
a los intereses generales, de las altiveces de conducta y de la consecuencia a 
los principios republicanos, cuando todo su medio ambiente era apresa del des- 
aliento, de los temores del momento y de la falta de grandes y nobles ideales? 

Una sola cosa no hizo Artigas: estimular entre sus compatriotas la idea 
de segregarse de las Provincias Unidas para organizar una república indepen- 
diente. Si hubiera sido un caudillo del molde común, como cualquiera de 
los que surgieron en el país después de su eliminación absoluta del escenario, 
la idea de presidir una república sobre la base de la Provincia Oriental y 
hasta de las de Entre Ríos, Corrientes y Misiones, como reiteradamente le 
ofreció el Gobierno argentino, habría constituido su grande y realizable aspi- 
ración del momento. Pero Artigas, que era una gran cabeza, a la par que 
una gran voluntad, quería una patria amplia y poderosa, compuesta de todos 
los pueblos del Río de la Plata, que entrarían a ella con su organización 
propia, con sus poderes Legislativo, Ejecutivo x Judicial, con sus derechos 
garantidos y en plena actividad, a la sombra de una Constitución que sólo 
acordaría al gobierno central la administración de los intereses generales, y 
que al arrancar el asiento de ese poder de la ciudad de Buenos Aires, donde 
dominaba la oligarquía monarquista y centralista, lo trasladaría con toda 
seguridad a la de Montevideo, convertida así en cabeza de la Nación más 
fuerte de la América (Jel Sur. 

Se hizo finalmente carne el pensamiento de Artigas en la República Argen- 
tina. Pero la Provincia Oriental, que los directorios habían entregado a la 
conquista portuguesa, no pudo seguir la misma suerte. Disputada por 
argentinos y brasileños, hubo que convertirla, para que la balanza no se incli- 
nara a un lado más que a otro, en república independiente, vale decir, en lo 
que Artigas no había aceptado antes y no habría aceptado jamás en su noble 
obsesión de constituir la gran federación del Plata. 

Quiere decir, pues, que Artigas es realmente el fundador del régimen 



266 A NALKS 1IISTÚKJC0S DEL Ultü'OUAY 


federal argentino, y que su estatua surgirá en la Plaza de Mayo, algún día, 
cuando desaparezca la tradición de inconcebibles calúmnias amasadas por 
el odio a sus principios políticos hoy triunfantes, aunque todavía no entera- 
mente glorificados por la aplicación real y efectiva del institucionalismo norte- 
americano que él proclamaba; pero quiere decir también que no es el fun- 
dador, ni siquiera el precursor de la «República Oriental», que a ese título 
ni podría ni cfebería erigírsele estatua, sin falsear la verdad histórica. 

Pueden tranquilizarse, sin embargo, los orientales. Eso no amengua 
el -prestigio del gran personaje, ni aún del punto de vista del patriotismo local. 
Porque si es cierto que Artigas quería constituir una patria amplia y poderosa, 
no es menos cierto que en su fecundo plan, la Provincia Oriental debía ser 
la cabeza del coloso sudamericano, y para que esa cabeza tuviera verdadero 
valor internacional desarrolló en ella, en ocho años de luchas gigantescas, 
enseñanzas y ejemplos de los que más dignifican y retemplan a los pueblos, 
hasta el extremo de que puede decirse que si falsea la historia el que afirma 
que Artigas es el fundador de la «República Oriental», también la falsea el 
que asegura que esa independencia fué un regalo de la Inglaterra, del Brasil 
y de la Argentina, desde que Artigas había formado un pueblo de hombres 
libres con energías para reivindicar sus destinos contra todas las dominaciones 
y contra todas las imposiciones de la tierra. 

T jr bandera de Artigas era de humanidad y de orden. 


De la orientación de la Revolución de Mayo, da idea el célebre dictamen 
de Mariano Moreno sobre los medios prácticos de consolidar la libertad e 
independencia, consistentes en «cortar cabezas, verter sangre y sacrificar a 
toda costa», y no simplemente sobre el papel, como lo demuestran las ejecu- 
ciones de Liniers y de sus compañeros de Córdoba, y las de Nieto y sus com- 
pañeros del Alto Perú. 

Ya había hecho correr sangre de prisioneros el terrorismo de la Revo- 
lución Francesa infiltrado a los proceres de Mayo, cuando apareció Artigas en 
el escenario de la Banda Oriental, «la Calabria del Plata», según el doctor 
Vicente F. López. 

Pero el Jefe de los Orientales, lejos de obedecer al sangriento impulso 
argentino y a la tradición de calumnias inventada por Cavia, proclamó la 
doctrina de que la vida del prisionero es sagrada, y de acuerdo con ella 
entregó al Virrey Elío todos los heridos españoles que habían caído en el 
campo de Las Piedras, y remitió los demás prisioneros a disposición de la 
Junta de Buenos Aires, hermosa lección que tenía que imponerse y se impuso 
a los proceres de Mayo y les dió tema para declarar justamente en el primer 
aniversario de la Revolución, «que los buenos militares hacen la guerrra sin 
ofender los derechos de la humanidad; que su saña sólo se dirige contra 
los que tienen las armas en la mano; que la clemencia ocupa su lugar desde 
el instante en que las rinden, porque saben que la victoria no es un título 
para tratar mal a los vencidos». 

Y de ese camino no consiguieron arrancarle los más grandes excesos de 
sus antagonistas. 

La guerra civil, que es generalmente la más cruel y sanguinaria de todas 
las guerras, sólo suscitaba en su alma, infinita conmiseración. Dígalo su ofi- 
cio de 5 de noviembre de 1814 al comandante don Blas Pico, proponiendo 
después de una larga y victoriosa campaña el canje de todos los prisioneros, 
para que «los infelices (es Artigas quien habla) gocen de tranquilidad en 
el seno de sus familias y demos una lección al extranjero de que los ameri- 
canos son dignos de mejor suerte». 

No era otro el ambiente de Purificación, donde los prisioneros de guerra 



LA OBRA EFECTIVA LE ARTIGAS EN EL RÍO DE LA PLATA 


267 


recuperaban de ordinario su libertad, como de ello ofrecen decisivo testimonio 
el general Viamonte, el coronel Holemberg y todos los jefes y oficiales que 
constituían el estado mayor de esos dos militares y los jefes engrillados que 
el Gobierno de Buenos Aires envió a raíz del derrumbe de Alvear para que 
Artigas pudiera hacer un acto de venganza. 

Y durante la guerra con los portugueses, cuando las represalias podían 
encontrar su más amplia y decisiva justificación, Artigas remitía prisioneros 
a Santa Fe, al solo efecto de que estuvieran seguros, mientras los ejércitos 
de la capitanía de Río Grande degollaban sin piedad a los hombres, a las 
mujeres y a los niños que caían en sus manos. 

Se trata de un amplio sistema de respeto a la vida y también a los inte- 
reses, según lo demuestra el hecho de que al mismo tiempo que en toda la 
América recorría victoriosa la bandera de las expoliaciones, Artigas renun- 
ciaba en 1815 la jefatura de los orientales ante la insistencia del Cabildo a 
imponer contribuciones al vecindario exhausto, y expresaba al comandante don 
Ricardo López, a raíz del desastre de Tacuarembó, que para reorganizar sus 
fuerzas sólo contaba con los ofrecimientos espontáneos del vecindario, pueá 
él no se atrevía a sacar nada a viva fuerza! 

Cuando así hablaba, ya había sabido caracterizarse Artigas en el Gobierno 
por altas condiciones para inculcar a sus conciudadanos hábitos de trabajo; 
por el espíritu de justicia en la resolución tde todos los conflictos; por su 
principio invariable de que para cada empleo es necesario buscar al hombre 
más apto, aún cuando el candidato sea enemigo personal del gobernante; 
por una tendencia marcada a la honradez administrativa y al desarrollo del 
más amplio contralor de los funcionarios públicos y de sus actos. 

Dentro de ese programa de humanidad y de orden, puede explicarse 
otra de las peculiaridades de Artigas: su constante adhesión a todos los 
hombres que se destacaban por la virtud o por el talento. Al producirse la 
invasión portuguesa, estaban al frente de los más altos puestos públicos y 
de consejo, don Dámaso Larrañaga, don Miguel Barreiro, don Joaquín Suá- 
rez, don Juan José Durán, don Juan Francisco Giró, 4on Tomás García de 
Zúñiga, don Lorenzo Justiniano Pérez, don Juan María Pérez. En cuanto 
al ejército, «muchas veces le oí lamentarse, dice el coronel Cáceres, de que 
pocos hijos de familias distinguidas quisieran militar bajo sus órdenes, tal 
vez por no pasar trabajos y sufrir privaciones». 

Y eso, no obstante que sus avanzadas ideas políticas lo divorciaban de 
la mayoría de los hombres ilustrados de la Revolución, resueltos a mantener 
los moldes centralistas y monárquicos de la herencia colonial. 

Artigas y Washington. 

Ningún otro personaje de la Revolución sudamericana agrupa así tantas 
cualidades descollantes. 

Todos los próceres de Mayo, y en general, todos los próceres de la 
Revolución sudamericana, eran monarquistas, por razones permanentes los 
unos, por circunstancias del momento los otros. Ninguno de ellos se encon- 
traba habilitado, en consecuencia, para ejercer el apostolado de la nueva idea. 
Rompían con mano vigorosa los moldes del coloniaje español, y en eso hacían 
grande y fecundo apostolado. Pero llegado el jnomento de la reconstruc- 
ción, en vez de ir derechamente a la organización institucional de las fuerzas 
libertadas, volvían los ojos a las monarquías europeas y aguardaban de ellas 
la organización y el impulso que no se atrevían a buscar dentro de las propias 
fronteras de la Patria. 

;Hay que alzar la vista hasta Wáshington, como lo hacía Larrañaga, el 
sabio de la Revolución, para el estudio comparativo del Jefe de los Orientales 
y Protector de los Pueblos Libres! 



CAPITULO XXXII 


ARTIGAS EN EL PARAGUAY 
Los jjerseguidores de Artigas, perseguidos a su turno. 

No alcanzaron a gozar de su triunfo los dos instrumentos de que Sarratea 
se había valido para destruir el protectorado artiguista: López y Ramírez. 

Pendiente todavía la guerra entre Ramírez y Artigas, y explotando pre- 
cisamente la disgregación del ejército que había triunfado en Cepeda, el Go- 
bierno de Buenos Aires resolvió apoderarse de la Provincia de Santa Fe. 

Véase cómo explicaba el Gobernador López al Cabildo de Buenos Aires 
la celada de que había sido objeto a raíz de 3a celebración del tratado del Pilar: 

«Pasados aquellos días aciagos, no siendo ya necesaria la permanencia 
del ejército, a la primera insinuación del Gobierno ordenamos su retirada 
con la satisfacción de haber observado durante el tiempo de nuestra perma- 
nencia en Buenos Aires una conducta tan liberal como imparcial. Volvimos 
persuadidos de que jamás ya seríamos obligados a derramar sangre americana, 
porque creíamos en las promesas del Gobernador y confiábamos en los esfuer- 
zos de unos americanos hartos de experiencia y de sufrir opresiones.» 

«Mas en vano: no habíamos pasado San Antonio de Areco, cuando inter- 
ceptábamos «cartas del general Soler al coronel Vidal, pidiéndole unirse y orga- 
nizar una fuerza respetable contra los tunantes que les habían dado la ley: 
así se expresaba para señalar a los que habían cansado con abrazos en demos- 
traciones de gratitud: para que Buenos Aires obtuviese otra vez el rango que 
de justicia le correspondía.» 

Ramírez, que había derrotado a Artigas y que activaba su persecución, 
respondió, a mediados de junio de 1820, al llamado del Gobernador de Santa 
Fe con un manifieste) en que anunciaba su propósito de marchar contra Bue- 
nos Aires, invocando: «haberse quebrantado el tratado del Pilar por el Go- 
bierno de dicha Provincia, que hasta buscaba asesinos que atentaran contra 
su vida». 

Ante la nueva tormenta el Gobierno de Buenos Aires cambió de tác- 
tica: propuso una fórmula que momentáneamente tranquilizaba a Santa Fe, 
sobre la base del inmediato sacrificio de Ramírez. 

Ya estaba definitivamente terminada la contienda artiguista, cuando 
Ramírez se vió obligado a solicitar el concurso de López contra Buenos Aires. 
«El gran pueblo duerme y marcho por tercera vez a recordarlo», decía en su 
proclama. 

Pero Santa Fe, lejos de responder al llamado, se preparó para la guerra. 
Un fuerte ejército argentino al mando del coronel La Madrid marchó en su 
ayuda y llegó en momento oportuno, cuando las primeras fuerzas santafesinas 
eran batidas y el doctor Seguí, Ministro de López, proclamaba a los fugitivos 
en términos vibrantes: «Ciudadanos: ¿quién compra valor? ¡Yo vendo!». 

Fué también derrotado el ejército argentino; pero gracias a su concurso 
pudo López rehacer sus fuerzas y vencer a los entrerrianos en el encuentro 
final. 

Ramírez abandonó el campo de batalla con una pequeña columna en la 
que marchaban el coronel Anacleto Medina y el padre Monterroso, dos de los 
servidores de Artigas. Pero fué muerto durante la persecución, y su cabeza 
enviada a López, quien la embaló en un cuero de carnero con orden de que 
fuera colocada dentro de una jaula de hierro en la iglesia Matriz de Santa Fe. 

VoLvamos a Artigas. 



ARTIGAS EN EL PARAGUAY 


269 


La entrada de Articas en el Paraguay. 

El dictador Francia ha descrito así la llegada del Jefe de los Orientales 
el 23 de septiembre de 1820: 

«Artigas, reducido a la última fatalidad, vino como fugitivo al paso de 
Ytapuá y me hizo decir que le permitiese pasar el resto de sus días en algún 
punto de la república, por verse perseguido aún de los suyos, y que si no le 
concedía este refugio iría a meterse en los montes. Era un acto no sólo 
de humanidad sino honroso para la República conceder un asilo a un jefe 
desgraciado que se entregaba. Así, mandé un oficial con 20 húsares para 
que lo trajesen, y aquí se le tuvo recluso algún tiempo en el convento de la 
Merced, sin permitirle comunicación con gente de afuera, ni haber podido 
jamás hablar conmigo aunque él lo deseaba.» 

Agrega que llegó «sin más vestuario ni equipaje que una chaqueta colo- 
rada y una alforje.», y que después de haber permanecido algún tiempo en 
el convento de la Merced, fué enviado a Curuguatí con los dos sirvientes que 
llevaba y un asistente que se le dió. 

Artigas relata su entrada al Paraguay y su régimen de vida. 

En 1846 fué visitado Artigas por su hijo José María, y he aquí las 
declaraciones que hizo el ilustre^ proscrito en tal oportunidad: 

Pudo seguir luchando contra Ramírez, porque todavía conservaba fuerzas 
a sus órdenes, «pero el dolor que le causaban los males de una guerra fratri- 
cida y prolongada, tuvo tal poder en su corazón, que le decidió a abandonar 
todo y buscar un asilo en el Paraguay». 

En su campamento de Corrientes, recibió la visita de dos caciques del 
Chaco que iban a ofrecerle tropas, que él no aceptó. 

También recibió allí un oficio del Cónsul norteamericano radicado en 
Montevideo, ofreciéndole elementos y recursos para trasladarse a Estados 
Unidos, y seguridades de que el Gobierno de Washington lo recibiría con 
verdadero placer. Pero él se limitó a agradecer la generosa invitación, firme 
en su propósito de dirigirse al Paraguay. 

Llegado al término de su viaje, con algunos oficiales y soldados libertos, 
solicitó autorización para entrar en territorio paraguayo, y el dictador Fran- 
cia mandó en el acto un oficial con su respuesta afirmativa. 

Previa entrega de su espada y su bastón, fué introducido de noche en 
la Asunción, y alojado en el convento de la Merced, donde permaneció seis 
meses consecutivos sin haber visto jamás al dictador. 

Después fué enviado a Curuguatí (San Isidro) con una pensión de treinta 
y dos pesos mensuales, que le fué remitida regularmente por espació de 
diez años. 

La fertilidad de aquella zona inclinó su voluntad a los trabajos agrícolas. 
Cuando Francia fué consultado sobre el particular por el comandante de 
Curuguatí, hizo averiguar si Artigas no tenía bastante con su pensión, anti- 
cipando que en tal caso se aumentaría; pero luego de saber que lo que 
deseaba el proscrito era distraerse, le proporcionó bueyes, arados y demás 
útiles de labranza. 

Con sus propias manos desmontó un terreno montuoso, construyó cuatro 
habitaciones, trabajó la tierra, y llegó a tener un centenar de cabezas de 
ganado y todos los productos de chacra necesarios para vivir. 

Desde ese momento resolvió distribuir entie los pobres su pensión. Pero 
al enterarse de ese rasgo el dictador suspendió las remesas mensuales, juz- 
gando que si Artigas repartía su importe, era porque no lo necesitaba. 

El día del fallecimiento del dictador Francia, se libró orden de arresto 



270 


ANALES HISTÓRICOS DEL URUGUAY 


contra Artigas. La partida encargada de cumplir la orden encontró al Jefe 
de los Orientales al pie del arado, con el pecho y las espaldas desnudas para 
resistir el calor. Pidió y obtuvo permiso para ponerse la camisa y en seguida 
fuá encerrado en un calabozo durante un mes, con barras de grillos. 

Algún tiempo después íué traslado a la Recoleta, distante una legua 
de la Asunción, y más adelante se le dió en Iguialu una de las chacras o 
quintas de la familia del nuevo Presidente López, que era donde vivía, al 
tiempo de la visita de que nos ocupamos. 

Allí estaban con él su asistente y un caballo zaino que había llevado de 
la Provincia Oriental y en el que cabalgaba sano y ágil todavía. 

Tal es el extracto de las apuntaciones de viaje de José María Artigas. 

Artigas, padre de las pobres. 

Todos los testimonios de la época están contestes en que Artigas llevo 
en el destierro ujia vida desbordante de virtudes. 

Rengger y Longchamp, que aceptan como un evangelio la tradición 
calumniosa de Cavia, al describir el cuadro que tenían por delante en el 
Paraguay, declaran, sin ambages, que Artigas «era el padre de los pobres». 

Washburn, que repite a Cavia en la misma forma, declara que Artigas 
realizaba «obras de caridad nunca oídas en el Paraguay». 

El vicario de San Borja, Joao Pedro Gay, expresa que Artigas «en la 
tranquilidad del retiro, se mostró trabajador y humano, cultivó su chacra, 
fué el padre de los pobres de su distrito y sirvió de ejemplo a todos por su 
excelente conducta». 

Habla Artigas can el general Paz acerca de su pleito con Buenos Aires. 

El ilustre general argentino José María Paz, que también visitó a 
Artigas en 1846, trasmitió al Presidente del Senado oriental, don Lorenzo 
Justiniano Pérez, algunas declaraciones del proscrito, que reprodujo en esta 
forma la prensa de la época: 

«Yo no hice otra cosa que responder con la guerra a los manejos tene- 
brosos del Directorio, y a la guerra que él me hacía por considerarme ene- 
migo del centralismo, el cual sólo distaba un paso del realismo. Tomando por 
modelo a los Estados Unidos, yo quería la autonomía de las provincias, dán- 
dole a cada Estado un Gobierno propio, su Constitución, su bandera y el 
derecho de elegir sus representantes, sus jueces y sus gobernadores entre los 
ciudadanos naturales de cada Estado. Esto es lo que yo había pretendido 
para mi provincia y para las que me habían proclamado su Protector. Hacer- 
lo así habría sido darle a cada uno lo suyo. Pero los Pueyrredones y sus 
acólitos querían hacer de Buenos Aires una nueva Roma imperial mandando 
sus procónsules a gobernar a las provincias militarmente y despojarlas de 
toda representación política, como lo hicieron rechazando los diputados al 
Congreso que los pueblos de la Banda Oriental habían nombrado y poniendo 
a precio mi cabeza.» 

El Gobierno de Rivera gestiona inútilmente la repatriación de Artigas. 

Cinco años antes de esa entrevista, en 1841, se había intentado la re- 
patriación de Artigas, con ocasión de la muerte del dictador Francia, que 
arrancaba por primera vez al Paraguay del aislamiento absoluto en que vivía. 

«El Nacional» de Montevideo, que era en esa época el órgano más carac- 
terizado de la intelectualidad argentina, inició una entusiasta campaña perio- 
dística a favor de la vuelta de Artigas, sobre la base de un decreto solemne 
que abriese las puertas al glorioso vencedor de Las Piedras, costeara con 



AlíTKíAS KN E\j J > ARA (ir A Y 271 

fondos del tesoro público sus gastos de viaje > le otorgara todos los honores 
debidos a su rango y a sus antecedentes. 

El general Rivera, Presidente de la República a la sazón, despachó una 
comisión encabezada por el ayudante mayor don Federico Albín, con el pro- 
grama de gestionar el regreso de Artigas y de acompañarle hasta Montevideo. 

Ya el nuevo Gobierno paraguayo se había anticipado a ofrecer la auto- 
rización .y los medios para realizar el viaje, y ya Artigas había contestado 
que quedaba muy agradecido, pero que pedía «que se le concediese la gracia» 
de terminar sus días en el Paraguay. 

Los pliegos de Rivera fueron entregados a Artigas juntamente con una 
nota del Gobierno paraguayo, en que se le reiteraba el ofrecimiento anterior 
de elementos para emprender su viaje de regreso. Pero Artigas se negó 
absolutamente a contestar a Rivera y devolvió los pliegos, insistiendo en su 
pedido de que lo dejaran morir en la chacra que habitaba. 

Han quedado en el misterio las razones determinantes de esa heroica 
decisión. Pero con toda probabilidad actuaban estas cuatro: 

La conducta de Rivera a raíz de la batalla de Tacuarembó. En vez de 
seguir a la banda occidental, había retrogradado hasta ponerse en contacto 
con los comisionados del Cabildo, abandonando las banderas cuando más 
necesidad tenía Artigas de robustecer su autoridad para asumir la dirección 
de las negociaciones entre el ejército triunfante en Cepeda y el Gobierno de 
Buenos Aires; 

La conducta de sus compatriotas más culminantes, al plegarse a la con- 
quista portuguesa desde la ocupación de Montevideo por las fuerzas de Lecor; 

La incorporación de la Provincia Oriental a las Provincias Unidas del 
Río de la Plata sin condiciones ni instituciones de ninguna especie, y subsi- 
guientemente la segregación de la Provincia en forma de república indepen- 
diente sólo porque así convenía a los países limítrofes: dos golpes de maza 
contra el Congreso de abril de 1813 y contra las Instrucciones dadas en esa 
oportunidad a los diputados orientales; 

El estado crónico de guerra civil que habían decretado y seguían decre- 
tando sus propios tenientes en las luchas por la independencia. 

Y es forzoso reconocer que hasta en ese gesto de seguir arando la tierra 
paraguaya para buscarse el alimento con sus propias manos, a los ochenta 
años de edad, cuando sus compatriotas lo invitaban a volver en triunfo, re- 
sulta Artigas un procer sin ejemplar en todo el escenario de la Revolución 
americana, tanto por la admirable consecuencia a sus ideales políticos, cuanto 
por el esfuerzo que representa el haberse sabido sustraer a las contiendas de 
bandería personal entre blancos y colorados para no salpicar con sangre de 
hermanos su túnica de fundador de pueblos. 

Artigas murió casi repentinamente en su residencia de los alrededores 
de la Asunción el 23 de septiembre de 1850, el mismo día en que cumplía 
treinta años de ostracismo voluntario. 

Su cadáver fué conducido al cementerio por cuatro únicos acompañantes 
y su asistente el negro Martínez. 

Tenía ochenta y seis años de edad, pues había nacido' en junio de 1764. 


★ ★ 



CAPITULO XXXIII 


CAUSAS DE LOS DESASTRES MILITARES DE ARTIGAS 
Cuatro años de incesantes derrotas. 

La lucha empezada a fines de agosto de 1816 en la frontera oriental 
mediante el asalto de los portugueses a la guardia del pueblo de Arredondo 
y a la fortaleza de Santa Teresa, terminaba así con la expatriación de Artigas 
en septiembre de 1820. 

Cuatro años de lucha incesante en que Artigas había tenido que hacer 
frente a los ejércitos de la Corte de Río de Janeiro, a los ejércitos del Go- 
bierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata y a sus propios subal- 
ternos que se retiraban fatigados, como Bauza y Rivera, o que volvían sus 
armas contra el jefe, como Ramírez. 

¿A qué pueden imputarse las derrotas militares que ensangrientan ese 
período? 

La desigualdad numérica de las fuerzas. 

En junio de 1816, al exponer al Cabildo de Montevideo su plan de 
guerra, decía Artigas abarcando la totalidad de las fuerzas disponibles en la 
Provincia Oriental y en las de Entre Ríos, Corrientes y Misiones, a cargo estas 
últimas de Sotelo, Verdum y Andresito: 

«Cuento sobre 8,000 hombres prontos a abrir la campaña.» 

El marqués de Alegrete, Gobernador de Río Grande, asignaba a Artigas 
cifra más baja en un oficio al Ministro conde da Barca, de julio de 1817. 
Valga su testimonio, «en ciertos momentos» las fuerzas artiguistas habían 
subido a «siete mil hombres», de los cuales solamente 1,400 pudieron pro- 
seguir la lucha contra los ejércitos de Lecor, porque los demás habían sido 
destruidos por los ejércitos de Río Grande. 

Se trata todavía de una cifra muy exagerada. Al escribir ese oficio 
trataba el marqués de Alegrete de poner de relieve el enorme esfuerzo 
desplegado por las divisiones de su mando, «acusadas, decía, de falta de 
cooperación en las operaciones de la guerra», y es natural que inflara las 
cifras del enemigo en vez de reducirlas. 

¿A cuánto ascendían, en cambio, las fuerzas portuguesas? 

Según la «Memoria de los sucesos de armas», escrita en 1830 por «Un 
Oriental», que algunos historiadores han atribuido a Rivera: 

«La línea de operaciones se extendía por la parte Sur de la frontera de 
Santa Teresa hasta los pueblos de Misiones por el Norte. El ejército en la 
parte de tierra constaba más o menos de quince a diez y seis mil hombres 
de toda arma, el cual invadió el territorio de la Banda Oriental en tres co- 
lumnas.» 

Deodoro de Pascual, que al escribir sus «Apuntes para la Historia de la 
República Oriental» tuvo a su disposición los archivos brasileños, dice que el 
ejército invasor se componía de trece a catorce mil hombres distribuidos en 
esta forma: seis mil en la división principal, a cargo del general Lecor; dos 
mil en la columna del general Pintos, que marchaba cerca de la primera; 
dos mil en la columna del general Silveira; y el resto en las columnas del 
general Curado y del marqués de Alegrete. 

Don Juan Manuel de la Sota establece en sus «Cuadros Históricos», que 



CAUSAS DE CCS DESASTRES MILITARES DE ARTIGAS 


la expedición portuguesa «en la parte de tierra ascendería a quince o diez 
y seis mil hombres de todas armas»; y agrega que Artigas disponía de «ocho 
mil hombres enrolados» ál abrir la campaña. Son también dos apreciaciones 
de alto valor histórico, desde que emanan de un testigo presencial de los 
sucesos y adversario político de Artigas. 

El deán Funes, que reúne esas mismas condiciones, estima en diez mil 
hombres las fuerzas de Lecor y agrega: 

«Le era absolutamente imposible al general Artigas oponerse a ese to- 
rrente. Aunque los orientales estaban dotados de gran fortaleza de cuerpo 
e intrepidez de ánimo, con todo, ni su número, ni la naturaleza de sus armas, 
ni su disciplina, ni su subordinación, podían hacerles entrar abiertamente en 
campaña contra invasores tan superiores a este respecto.» 

Es relativa, sin duda alguna, la apreciación numérica del historiado^ 
argentino a las columnas de los generales Lecoi, Pintos y Silveira, que Deo- 
doro de Pascual fija también en diez mil hombres. Y a su estimación habría 
que agi'egar el efectivo no determinado de los ejércitos del general Curado 
y del marqués de Alegrete. 

El desequilibrio militar tenía que resultar y resultaba de las diferencias 
de población. ¡ , 

Tenía el Brasil cerca de cuatro millones de habitantes, según el «Mapa 
estadístico de la población en 1817 y 1818». 

Otra publicación de la época, «Noticias políticas, históricas y estadísticas 
de las Provincias Unidas del Río de la Plata», establece que en 1810 la 
Provincia Oriental llegó a contar de sesenta a setenta mil almas, incluida la 
ciudad de Montevideo con sus veinte náil habitantes; pero que en 1825 el 
número total había quedado reducido a cuarenta o cincuenta mil, corres- 
pondiendo diez mil a la ciudad y el resto a la campaña, por efecto de la 
lucha contra España, de la guerra civil y de la conquista portuguesa. 

La cifra máxima del período tranquilo de 1810 no alcanzaba a la de la 
sola Capitanía de Río Grande del Sur, que según el «Mapa Estadístico» era 
de cien mil habitantes en 1818. 

Los ejércitos brasileños contaban, además, con la ayuda de las tropas 
europeas que habían actuado bajo la dirección de Wéllington en la guerra 
napoleónica. ¡ 

Era muy desigual, pues, la lucha. 

Sólo en el mar tuvieron el peór lote los portugueses, gracias a una 
vigorosa iniciativa de Artigas: la expedición de patentes de corso, con el 
doble programa de auxiliar las operaciones del ejército y de hostilizar el 
comercio portugués. Esta segunda parte del programa adquirió en el curso 
del año 1817 un desarrollo verdaderamente colosal, por la intervención de 
numerosos armadores de los Estados Unidos que, provistos o no de la patente 
respectiva y con la bandera tricolor de Artigas por insignia, atacaban en pleno 
Océano a los buques mercantes portugueses *y conducían sus cargamentos a 
Baltimore, donde al fin quedó reconcentrado el movimiento de entradas y 
salidas de corsarios. 

¡Artigas sólo admitía voluntarios! 

«Cuento sobre ocho mil hombres prontos a abrir la campaña» había 
escrito Artigas al Cabildo a mediados de 1816, y esa cifra coincide, como 
hemos visto, con la del número de «soldados enrolados» que establece el his- 
toriador de la Sota. 

En enero de 1816 escribía Artigas al Cabildo: 

«Todo el mundo debe alistarse para venir en un caso forzoso. Lo mismo 
deberá V. S. hacer con la milicia cívica de esa plaza. Entretanto no llegue 
este momento, a nadie se incomodará; el servicio continuará como hasta el 


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presente, dejando a los labradores, hacendados y jornaleros que continúen 
sus labores.» 

Quiere* decir, pues, que el número de los soldados alistados o enrolados, 
no era el de los soldados en servicio activo. 'Y de las dificultades de la 
transformación dan idea algunos documentos de la época. 

En septiembre de 1816 don Tomás García de Zúñiga, que estaba reclu- 
tando gente en San José por orden de Artigas, escribía a Barreiro, ya en 
medio de las tribulaciones de la guerra: 

«No me acompaña otro sentimiento sino el ver cómo huyen los paisanos 
de concurrir a tomar las armas.» 

En diciembre del mismo año, a raíz de sus primeros y dolorosos desastres 
militares, escribía Artigas al Cabildo de Soriano: 

«La negligencia que ha habido para incorporarse a las divisiones que 
guarnecían la frontera, es el origen de los males que se perpetuarán si cada 
ciudadano, por su parte, no se manifiesta interesado en la defensa del país, 
y si no hacemos un esfuerzo digno de nuestra grandeza y propio de un pueblo 
que ama su libertad. Por el momento, es preciso, que los magistrados en 
sus respectivos departamentos, los comandantes en sus jurisdicciones y los 
jueces en sus. distritos, borren esa inacción de los paisanos, animándolos a 
prestar sus brazos y’ todo sacrificio para el sostén y defensa del país.» 

Dos años más tarde, en diciembre de 1818, volvía Artigas a lamentarse 
de la indolencia del paisanaje, pero sin abandonar su propósito firme y deci- 
dido de mantener la lucha exclusivamente con voluntarios. Véase en qué 
términos se dirigía al teniente Isidoro Alonso, de las fuerzas que actuaban 
en torno de la Colonia: 

«Acompaño a usted el título de teniente de voluntarios, ansioso de que 
pueda dirigir a los paisanos con más empeño y de recompensar los esfuerzos 
de los que tan voluntariamente se sacrifican por la defensa del país. . . Es pre- 
ciso empeñarse en atraer a todo el paisanaje.» 

«Es un dolor que los paisanos sean tan insensibles a este deber. Si ellos 
no ayudaran a los portugueses, ya habríamos concluido con todos ellos.» 

Casi en los mismos momentos se dirigía al Cabildo de San José para 
pedirle que nombrara otro jefe en reemplazo de don Tomás García de Zúñiga, 
que acababa de plegarse a la causa de los portugueses: 

«Amar su libertad es de seres racionales; perderla es de cobardes. Son 
necesarios los esfuerzos comunes; es preciso arrostrar los peligros y supe- 
rarlos; de lo contrario, los sacrificios de ocho años de revolución serán siem- 
pre estériles. Esta sola reflexión debía haber bastado para fijar el mejor 
juicio de los orientales y para portarse con todo el denuedo con que siempre 
se han portado. Ese departamento debe y aún puede prodigar los mayores 
esfuerzos.» 

Es que Artigas sólo quería voluntarios en sus filas. Don Gregorio 
Aguiar, que había quedado a cargo del cuartel general de Purificación por 
efecto de la marcha de Artigas a la frontera, escribía al Cabildo Gobernador 
de Corrientes en septiembre de 1816: 

«V. S. debe creer que si el Comandante en Jefe de esa fuerza se pre- 
senta con e